Llegarían a tiempo sus correos electrónicos?
¿A las personas adecuadas?
Gabrielle Saxe se levantó y caminó inquieta desde la zona de trabajo de su casa de alquiler hasta la ventana. Un domingo deprimente. Una espesa niebla y una lluvia lenta se cernían sobre el lago Peachtree, dejando borrosas las luces del muelle. La ciudad de Peachtree, una comunidad planificada en Georgia, al sur de Atlanta, era el mejor lugar que había encontrado para esconderse desde que vivía peligrosamente, ahora hacía ya diez años. Echaba de menos su hogar familiar en Francia, pero la niebla que había ocasionalmente allí en el sur la hacía añorar todavía más su apartamento de Londres.
También echaba de menos su libertad, pero la seguridad tenía un coste.
Y no solo para ella. Hacía todo lo posible por mantener a salvo también a su familia en Francia. Esa era una de las razones que la habían llevado a esconderse diez años atrás. Justo después de divorciarse de una estrella de la pantalla italiana en alza que la había encandilado para casarse con una única intención: utilizarla. La luna de miel había durado dos meses, luego las cosas comenzaron a estropearse entre ellos. Conoció al verdadero Roberto Delacourte. Primero vinieron los abusos verbales, los comentarios acerca de lo mala que era en la cama, por más que ella tratara de cumplir con sus expectativas. Ella no tenía experiencia, y ocultaba el asco que sentía por algunas de las ideas de él. El día que se despertó atada a la cama y sufrió lo equivalente a una violación comenzó a esconderse de él.
Seis meses después del inicio de esa turbulenta relación él le dio una bofetada en la cara y un puñetazo en el vientre.
Gabrielle se había preparado para recibir más violencia cuando le pidió el divorcio y lo amenazó con denunciarlo para que fuera a la cárcel.
Él dispuso tranquilamente los términos del divorcio con intrincado detalle, demostrando claramente que había planeado muchas cosas por adelantado. Mientras él hablaba, ella se dio cuenta de cómo, en su inocencia, había aportado dinero y contactos sociales que él usaría para llegar más lejos con su carrera. Le explicó cómo informaría a los medios que era él quien pedía el divorcio, y exigió que le pagara una suma exorbitante de un fondo fiduciario que su madre le había dejado. Todos los detalles del divorcio permanecerían ocultos a menos que él decidiera compartir algo, y ella no podría pronunciar jamás una sola palabra negativa contra él.
Ella gritó que estaba loco, con lo cual se ganó otro puñetazo en las costillas. Luego él le advirtió lo que le haría a ella y a su familia si no aceptaba sus condiciones. Enumeró una lista que incluía el derecho a relatar historias morbosas sobre sus supuestas perversiones sexuales. Para satisfacción de los paparazzi dichas historias irían acompañadas de fotos falsificadas que la mostrarían en situaciones comprometidas, y en ellas se aludiría a sus sucios contactos con gente a la que le gustan los niños pequeños, como las dos niñas que su padre y su nueva esposa habían tenido. Ella no permitiría que les ocurriera nada a aquellas niñas. Y con su padre en plena campaña para ascender de posición en el gobierno francés, simplemente el escándalo habría arruinado su carrera.
Ella era entonces muy joven y verdaderamente temía a Roberto, la asustaba pensar lo lejos que podría llegar para conseguir lo que quería.
Gabrielle habría luchado contra Roberto si hubiera sido solo su vida y su reputación lo que estuviera en juego, pero no la de su familia. Y Roberto había recogido una lista de gente relevante que respondería por él en una vista pública. Era culpa de ella. Había sido ella quien lo presentó a las personas más distinguidas de Londres y de París. Todos creían que era un marido maravilloso, puesto que ella se había esforzado por mantener su vida personal en privado. Él era una estrella en auge que quería dinero suficiente e importantes contactos que lo empujaran a la gran pantalla.
Y sabía que ella se sacrificaría por las personas que amaba.
A diferencia de él, ella no había planeado sus movimientos ni había tenido cuidado de protegerse contra ese monstruo. Gabrielle lo había introducido en el mundo de su familia, así que ahora tenía que sacarlo. Se tragó el orgullo y aceptó su ultimátum; pensaba que dándole el dinero se lo quitaría de encima.
Si hubiera sabido lo despiadado que podía llegar a ser se habría dado cuenta de que nunca quedaría satisfecho con un simple acuerdo de divorcio de cinco millones de dólares.
Regresó de la ventana y miró su portátil, deseando que le diera una respuesta. Agarró con los dedos el medallón que llevaba colgado al cuello, con una fina cadena de oro, y revisó de nuevo la página de Internet.
¿Por qué alguien, alguien como la CIA, se negaría a poner el mensaje en el boletín de anuncios tal como ella había pedido? Vaya agradecimiento por los riesgos que había corrido al introducir un mensaje en los canales correctos, hasta con las palabras claves necesarias para un ojo suspicaz. Cualquier persona de un servicio de inteligencia sabría entenderlo. Había ayudado secretamente a otras agencias en el pasado, pero no saldría de su escondite de nuevo por los estadounidenses si estos no iban a ponerse de su parte.
Mon Dieu! ¿Qué problema tenían?
Cucú…
Gabrielle se sobresaltó al verse interrumpido el silencio. Tenía que apagar ese reloj cuando se iba a la cama. Nunca dormía por la tarde, pero su cuerpo suplicaba tener un respiro en aquel mismo momento. Le había sido imposible descansar en las últimas cincuenta horas, desde que había recibido una postal que casi le paró el corazón en mitad de un latido.
Se frotó el estómago, allí donde una masa de nervios retorcidos estaba haciendo todo lo posible para provocarle náuseas.
Quizás un té le asentaría el estómago.
Dormir dos días enteros le vendría aún mejor.
Revisó de nuevo el correo electrónico. Nada, solo los mensajes de siempre, desde las preguntas del Centro de Tecnología Informática generadas por artículos que ella escribía de manera anónima para publicaciones digitales, hasta los poco habituales correos personales.
Detuvo la mirada en un correo de Fauteur de Trouble que decía: «Llámame pronto, estoy siendo desterrado y tú eres la única que me entenderá…». Gabrielle sonrió. Babette había escogido un nombre electrónico muy acertado. Era definitivamente una alborotadora, pero de una forma adorable. Gabrielle dudaba de que el drama de la reina Babette, una de las dos hermanastras del segundo matrimonio de su padre, fuera de verdad el destierro.
Lo más probable era que aquella rebelde de catorce años se enfrentara al hecho de ser enviada a pasar las vacaciones con algún pariente para dar a su padre un poco de paz. Aquella adolescente tan testaruda le estaba llenando el pelo de canas, algo que Gabrielle encontraba muy divertido.
Vamos, Babette. Por desgracia para su padre, había engendrado otra hija que también se negaba a ser metida en un molde y salir de él convertida en una niña perfecta. Se trataba de Cora, que tenía once años y era la más joven de las dos hermanastras de Gabrielle.
Odiaba ese término… hermanastras. Sonaba tan despectivo… Sus dos hermanas lo eran todo para ella, con independencia del porcentaje de sangre que compartieran. Si fuera seguro hacerlo, Gabrielle disfrutaría viendo a sus hermanas mucho más a menudo.
Fingía ser una solitaria, y su padre lo interpretaba como que nunca se había recuperado de la muerte de su madre. Ella entendía su confusión y su dolor, pero todavía estaba herida por el hecho de que después del funeral él la hubiera enviado a vivir a un colegio con extraños, para evitar tener que tratar a una niña con el corazón roto.
El primer pensamiento de Gabrielle cada vez que se despertaba cada mañana en la escuela era que el asesino de su madre caminaba libre. El segundo era un juramento: algún día Anguis pagaría por sus crímenes.
Gabrielle tocó la rígida postal de Linette apoyada contra la base de la pantalla. Sonrió por los recuerdos que acudían a su mente de aquella joven que había conocido en el colegio privado… Linette Tassone, su única familia durante varios años. Que luego desapareció.
¿Dónde estaba ahora su más querida amiga, y cómo era posible que Linette se hubiera enterado de que esa chica, Mandy, había sido secuestrada?
La parte delantera de la postal estaba decorada con la foto de un caballo color bronce que corría en libertad. Linette amaba los caballos, siempre había soñado con ser dueña de un rancho. Pero aparte de ese recuerdo, lo que había servido como absoluta confirmación de que la postal venía de Linette eran las palabras escritas al final con letra diminuta: «Que seas feeliz», con esa doble «e» que a Gabrielle la había dejado sin aliento.
Ella y Linette habían acordado usar ese «que seas feeliz» únicamente en circunstancias graves, para asegurarse de que el mensaje venía de una de ellas.
Cuando Linette lo sugirió, Gabrielle se había reído, como si esa firma fuera un apretón de manos secreto, pero Linette amaba los secretos que compartían.
Resultó ser algo bueno.
Cualquier otra persona al margen de ellas dos probablemente despreciaría aquel mensaje cuidadosamente escrito tomándolo por un lenguaje extraño, y no por un código.
Fue Gabrielle quien empezó con todo el asunto del código, añadiendo una palabra enigmática en cada nota personal dirigida a Linette, que las descubría muy rápidamente, puesto que era un genio. ¿Qué otra cosa iban a hacer dos almas perdidas, ignoradas por sus padres ricos y acurrucadas en sus dormitorios, durante las vacaciones mientras los otros estudiantes volvían a casa con sus familias?
El viejo castillo del siglo XV que albergaba su escuela en Carcassonne, Francia, parecía sacado de las páginas de un cuento de hadas, con sus preciosos tapices, sus lujosos muebles estilo Luis XV en los dormitorios y las exquisiteces que preparaban los expertos cocineros. Ella y Linette habían ido riendo de camino a su primer cuarto, aceptando las rígidas normas de seguridad necesarias para su protección.
La vida parecía bastante idílica, hasta que Linette desapareció junto a todas sus pertenencias personales justo antes de cumplir diecisiete años.
Nadie contestaba las preguntas personales de Gabrielle, y por su persistencia tuvo que presentarse en la oficina de la decana, donde le advirtieron de que le abrirían un expediente disciplinario si volvía a mencionar a Linette Tassone a alguien del personal. Desde entonces, las paredes de piedra del castillo de cuento de hadas se habían vuelto frías y agobiantes como las de una prisión. No era extraño que se hubiese dejado engañar tan fácilmente por un embaucador. Había estado tanto tiempo sola que era una presa fácil.
Pasó once años investigando, preguntándose qué le habría pasado realmente a Linette, incapaz de creerse la historia que Señor Tassone había contado sobre su hija.
Pero ¿cómo podía discutirla sin tener ninguna prueba que la rebatiera?
Finalmente enterró aquellos recuerdos, aceptando que jamás encontraría a nadie en quien poder confiar tanto como en Linette. Hasta que llegó esa postal. Tal vez Gabrielle no fuera capaz de ayudar a Linette, pero no estaba dispuesta a dejar a su amiga en la estacada.
Abrió la postal y descifró la primera línea de nuevo.
Gabrielle… No puedes ayudarme, pero necesito que ayudes a otros a saber dónde me encuentro.
No necesitaba leer el resto: a esas alturas ya se sabía el texto entero de memoria, incluyendo la extraña referencia a una chica secuestrada que iba a ser enviada a fratelli, el término italiano para «hermandad». La postal había llegado a una oficina de correos de Peachtree tras serle reenviada desde el antiguo hogar de su padre, cerca de París. Gabrielle agradecía que él le hiciera llegar la correspondencia que ocasionalmente recibía para ella, de lo contrario Mandy no hubiera tenido ninguna oportunidad.
Secuestradores sudamericanos iban tras la joven estadounidense, pero Linette había dicho que Mandy corría «grave peligro» y que «nadie estaba al tanto» del secuestro, lo cual no tenía sentido. A pesar de eso, Gabrielle confiaba en Linette, así que había puesto un mensaje electrónico en los canales adecuados, aquellos vigilados por observadores de servicios de espionaje bien entrenados.
Lo había hecho más que fácil para las agencias de inteligencia.
Entonces ¿por qué no le habían enviado un mensaje confirmando que estaban actuando con aquella información o que Mandy ya había sido encontrada? Si Gabrielle no tenía alguna noticia pronto… ¿qué es lo que haría?
¿Llamar a la CIA? Si lo hacía de manera anónima creerían que se trataba de algún maniático. Enviar un segundo correo electrónico sería arriesgarse demasiado. Usar otra dirección de correo para comunicarse con el servicio de espionaje podría conducirlos directamente a su paradero, si es que no lo habían descubierto ya con el primer correo.
De acuerdo, estaba siendo un poco exagerada con eso, pero había protegido su anonimato demasiados años como para que la encontraran ahora.
Se burló de sí misma. Había pocas personas en el mundo capaces de seguir la pista a su rastro electrónico; y desde luego esas personas no estaban empleadas en los servicios de espionaje. Basta de preocuparse.
Llevaba una década escondiéndose y hasta ahora nadie la había encontrado.
Pero no correría un riesgo innecesario. Ya se había puesto a sí misma y a otras personas en medio de un terreno poco firme, así que el maldito miedo tenía que hacer su parte.
Ella ya había hecho todo lo que podía.
Pocas personas, ni siquiera las pertenecientes al servicio de espionaje, podrían haber averiguado tan rápido que los hombres sudamericanos que iban tras la hija del diplomático trabajaban para Durand Anguis o el hecho de que Mandy sería llevada al castillo de Saint Gervais, en Francia.
Pero es que ninguno de los agentes de los servicios de espionaje llevaba una década dedicándose exclusivamente a buscar una forma de derribar a todos aquellos relacionados con Durand Anguis.
Gabrielle se frotó los ojos arenosos. Sentía en la piel la espeluznante sensación de que algo no iba bien. Se pasó la mano sobre el vello erizado y miró a su alrededor.
No se había disparado ningún sensor ni había sonado ninguna alarma.
Alcanzó su portátil y tocó dos teclas para ver las cámaras digitales que vigilaban el exterior de la casa. El índice de criminalidad era muy bajo en Peachtree, que era un pueblo muy tranquilo. Sus aparatos de protección no estaban destinados a los ladrones corrientes.
La primera prioridad de un ladrón no sería degollarla.
Aparecieron las imágenes de las seis cámaras. Nada más que una persistente llovizna en el exterior de la casa. Si alguien se hubiera acercado por el camino de entrada o a través del bosque, el intruso habría sido detectado por alguno de los numerosos sensores que ella tenía ocultos. Se habrían encendido las luces exteriores. Luego, una alarma interior conectada a un teléfono sonaría hasta que ella la desactivara. La propiedad era una telaraña virtual de cables subterráneos.
Dio de nuevo al teclado para abrir el tablón de anuncios en su pantalla y buscó un mensaje de rebote que se refería a Mandy como «la nena», el nombre que ella les había dado para que le respondieran. Y allí estaba finalmente…
El corazón le latía con fuerza. Leyó el mensaje: «Corremos peligro de perder a la nena. Necesitamos tu ayuda. Ahora».
Oh, mon Dieu!
•• • ••
En cuanto los dos guardias del exterior del castillo fueron neutralizados, Carlos hizo una señal a Sandman para que patrullara por el perímetro. Luego, Carlos y el equipo entraron.
Dentro del garaje débilmente iluminado había aparcados un Land Rover y cuatro motonieves, preparados para ponerse en marcha. Carlos se quitó las gafas e inspiró una bocanada de aire húmedo. Palas de nieve y otras herramientas domésticas colgaban de una pared, por encima de una bañera vacía con demasiados agujeros oxidados como para poderse usar. Armarios de un azul descolorido y un banco de trabajo llenaban otra de las paredes blancas.
Gotthard se agachó para dejar inservibles los neumáticos. Se quedó atrás para cubrir la salida y tener las motos de nieve a punto para cuando Carlos las pidiera.
Korbin subió las escaleras de madera y entró en la casa detrás de Carlos. Rae le seguía los talones. El olor tostado de leños ardiendo en alguna parte circulaba a través del aire cálido.
Cuando Carlos llegó al primer descansillo, hizo señales con la mano a Korbin y a Rae para que se encargarán de los guardias del piso principal.
Derribar a un guardia entusiasmaría a Rae.
Mientras Corbin y Rae empezaban a moverse, unos gritos procedentes del interior de la casa los dejaron helados a los tres. Uno de los guardias le chillaba a otro en español:
—Ella está sangrando… dame las vendas…
Carlos tomó la delantera, haciendo señas a Korbin y a Rae para que lo siguieran, hasta que llegaron a un pasillo, donde debían decidir si subir una escalera hacia el tercer piso o girar a la derecha hacia la cocina.
De la cocina provenían ruidos de cajones que se abrían y puertas de armarios que golpeaban, seguidos de maldiciones que pronunciaban los dos hombres.
Carlos envió a Korbin y a Rae a la derecha, y luego él subió corriendo con cuidado las escaleras. Al llegar al siguiente descansillo, oyó venir a través del pasillo, a su izquierda, una voz profunda que murmuraba gruñidos e insultos. Carlos siguió el sonido hasta una habitación donde lo asaltó un penetrante olor a sangre fresca.
Un corpulento guardia vestido con un suéter negro de cuello alto y pantalones militares estaba encorvado concentrado en su tarea cerca de una gran cama de caoba. En el suelo y sobre la mesilla de noche había esparcidos fragmentos de vidrio rotos, como si un vaso con agua hubiera golpeado contra el borde. Una mata de cabello rubio caía a un lado de la cama, junto a la pierna del hombre.
Carlos desenfundó su cuchillo y entró sigilosamente. Avanzó dos pasos en silencio y agarró con el puño una espesa cabellera negra. Mientras echaba hacia atrás la cabeza del hombre, dejando expuesta su garganta al afilado cuchillo, Carlos obtuvo una clara visión de una mujer joven, tendida y tan quieta como si estuviera muerta… Mandy… con las muñecas sangrando profusamente. Merde.
El guardia se arqueó, pero Carlos terminó de matarlo antes de que volviera a respirar; luego lo apartó de su camino y buscó el pulso de Mandy. Débil, pero no estaba muerta. Todavía no. Levantó con un gesto decidido la sábana de lino que cubría el cuerpo lánguido y comenzó a romperla en varias tiras largas. La camiseta de la adolescente apenas se movía con cada débil respiración. El pantalón gris parecía un pijama de niño.
La sábana blanca tenía más color que su rostro sin sangre.
Malditos los bastardos que la habían llevado a hacer eso.
—Todo limpio —anunció Korbin, entrando en la habitación con Rae.
Carlos asintió, demasiado ocupado tratando de mantener a Mandy con vida como para poder responder. Al menos ya no había que preocuparse por guardar silencio ahora que la resistencia estaba neutralizada.
—Busca un traje de motonieve —ordenó Carlos.
—He visto uno abajo —soltó Rae mientras iba hacia la puerta.
Korbin levantó la muñeca de Mandy, ayudando a que Carlos se la vendara más rápido. Cuando Rae regresó con el traje de motonieve para la chica, ya había acabado. Exactamente como Carlos quería. Le cruzó los brazos sobre el pecho para examinar las heridas que tenía a la altura del corazón, y luego empleó más trozos de la sábana para envolverle los brazos junto al cuerpo, de modo que estos no se dieran golpes al moverla.
Usó el traje para protegerla, deslizando a Mandy dentro sin dejar ninguna parte de su cuerpo expuesta. Carlos la levantó en brazos y salió de la habitación detrás de Korbin. Rae les cubrió las espaldas mientras avanzaban por el pasillo hacia las escaleras.
—Todo despejado por aquí, vamos hacia allá —dijo Carlos usando su transmisor para comunicarse con Gotthard—. El paquete ha sufrido algún daño. Preparad los vehículos.
Al llegar al pie de las escaleras, Carlos soltó una maldición.
—Comprueba…
—… las marcas de los cuerpos —terminó Rae—. Los tres que yo he examinado tenían el mismo tatuaje en la zona izquierda del pecho.
Carlos no aminoró el ritmo de su marcha hacia el garaje, aunque sentía la urgencia de revisar los cuerpos por sí mismo si no fuera por un problema.
No podía cuestionar la afirmación de otro miembro del equipo.
Y desde luego no tenía manera de explicar por qué necesitaba comprobar los tatuajes personalmente.
El informante había acertado. ¿Cómo? Mataría por un rato a solas con Espejismo, que había resultado ser tan preciso respecto a los secuestradores, la adolescente y su paradero, sobre todo relacionado con Anguis. Alguien que conocía tan bien a la familia Anguis probablemente tendría un interés personal en machacarlos.
Y cualquiera que supiera tanto sobre los Anguis suponía una amenaza para la existencia de Carlos y el secreto que ocultaba. Durand mataba a todo aquel que se cruzaba en su camino, especialmente si se trataba de un chivato, entonces ¿cómo era posible que el informante conociera los asuntos de Anguis tan bien como para traicionarlo y sin embargo siguiera con vida?
Carlos emitió un gruñido en lo profundo de su garganta. Si al menos las pistas hubieran llegado a su equipo antes de que aquella muchacha se cortara las muñecas… Rogaba porque siguiera viva.
Gotthard tenía la puerta del garaje levantada y las motos de nieve ya fuera y encendidas.
—Sandman envió la señal al helicóptero para encontrarnos en el punto de extracción dentro de una hora —le dijo a Carlos. Este asintió, esperando que Mandy sobreviviera tanto tiempo.
El helicóptero tendría un médico a bordo, pero puede que necesitara más sangre de la que normalmente llevaban. Le entregó Mandy a Gotthard.
—Átala a mi espalda.
Carlos se puso las gafas y se colocó en el asiento del conductor de la moto de nieve con los pies en los laterales.
Gotthard sujetó contra él el cuerpo de Mandy envuelto en el traje para la nieve, pasando las largas mangas vacías por delante de su pecho y atándolas con fuerza. Carlos sentía como un cinturón enlazado alrededor de su pecho, ceñido con la fuerza justa para mantenerla cerca de él.
Gotthard le aseguró también las piernas y luego le dio a Carlos una palmada en el brazo.
—Ve.
Carlos le dio con fuerza al acelerador, haciendo una mueca al sentir el cuerpo sin apenas vida apoyado en su espalda cuando el vehículo entró en acción. Miró tras él una vez más para comprobar que las otras motos de nieve lo seguían, llevando su equipo.
Todos vivos. Misión cumplida.
Excepto por la oportunidad de examinar los pechos desnudos de los guardias. Para ver si estos únicamente tenían tatuada una serpiente y un puñal sobre sus corazones, que los identificaba como soldados de Anguis, o si había también en el tatuaje una cicatriz, indicando que eran parientes de sangre de Durand Anguis.
Exactamente como la cicatriz que él mismo tenía en el tatuaje de su pecho.
•• • ••
En el garaje del castillo, la bañera se movió hacia un lado apartándose de la trampilla del sótano. Alguien empujó la trampilla con más fuerza y luego la cabeza de un hombre asomó para examinar el silencioso espacio, ahora vacío excepto por el Land Rover. Este tenía las ruedas desinfladas.
El hombre suspiró y sacó un teléfono móvil.
Primero informó. Luego pidió un transporte.
Su jefe no iba a estar contento.