Segunda Noche

ENTRE EL 12 Y EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 1683

Tan pronto como entré en mi cuarto, me asomé a la ventana y, por medio de una caña, dejé caer hasta la de Atto un cabo de la cuerda de la que debíamos tirar para dar la alarma. Me eché en la cama, con la puerta entornada y los oídos bien alerta, aunque con el temor de que el sueño no se demorase en vencerme. Aun así, me dispuse a la espera, porque además en el lecho de enfrente yacía casi inconsciente mi pobre amo, y Cristofano me había pedido que lo vigilase. Le coloqué unos paños viejos en los calzones para que absorbiesen probables micciones, y empecé la vela.

El relato del abate Melani, pensé, me había tranquilizado algo. No había tenido reparos en admitir su amistad con Fouquet. Y había esclarecido por qué el superintendente había caído en desgracia: más que a la contrariedad del Rey Cristianísimo, todo se debió a la envidia de Colbert. Todo el mundo conoce la fuerza maligna de la envidia: ¿acaso no podían responder a ella también los comentarios de Devizé, Stilone Priàso y Cristofano acerca del abate? Era probable que el ascenso del hijo de un campanero, que, después de haber sido sólo un pobre castrado de joven, daba consejos al Rey Sol, suscitase demasiados celos. Los tres, sin duda, habían demostrado que lo conocían y sus palabras no podían ser fruto de la fantasía. Empero, la hostilidad de Cristofano bien podía deberse a la envidia de un paisano: nemopropheta in patria, dice el Evangelio. ¿Qué pensar, además, de la extraña mentira de Devizé? Había contado que en Venecia había visitado el teatro del Cocomero, que por lo visto estaba en Florencia. ¿Debía, pues, guardarme también de él?

Sea como fuere, el relato de Atto era no sólo creíble, sino también grandioso y desgarrador. Mi pecho se desbordó de amargo arrepentimiento por haberlo creído un canalla, un simulador dispuesto a traicionar y a mentir. Cuando en realidad el traidor era yo, yo había traicionado el sentimiento de amistad que brotó en nuestra primera plática en la cocina, y que percibí genuino y verídico.

Le eché una ojeada a mi amo, que parecía sumido desde hacía muchas horas en un sueño pesado y poco natural. Había numerosos misterios que resolver: ¿qué había dejado a mi amo en aquel estado? Y, antes que él, ¿de qué había sido víctima el señor de Mourai? Y, por último, ¿qué había llevado a Brenozzi a regalarme las valiosas perlitas, y por qué me las habían sustraído?

Mi mente seguía aún embargada por esas inquietudes cuando me desperté: sin darme siquiera cuenta, me había quedado dormido. Un crujido fue lo que me despabiló: me levanté de un salto, pero inmediatamente una fuerza oscura y desleal me tiró al suelo, contra el cual a duras penas pude evitar estrellarme con violencia. Imprequé: había olvidado la cuerda que unía mi tobillo derecho al del abate Melani. Al levantarme había tropezado, provocando, al caer, un estrépito con el que a punto estuve de despertar a mi amo, quien gimoteó quedamente. Nos hallábamos a oscuras: mi lámpara, quizá debido a la falta de aceite, se había apagado.

Agucé el oído: en el pasillo ya no sonaba ningún ruido. No bien me puse de pie, buscando a tientas el borde de la cama, volví sin embargo a oír un crujido, seguido de un breve batacazo, un traqueteo metálico y luego de otro crujido. El corazón me latía con fuerza: seguramente era el ladrón. Me desaté el lazo que me había hecho caer y busqué a ciegas la lámpara que estaba sobre la mesa que había en medio del cuarto, pero sin éxito. Sobreponiéndome con dificultad al miedo, decidí entonces salir del aposento para interceptar al ladrón, o al menos para adivinar su identidad.

Me adentré en la oscuridad del pasillo, sin tener ni idea de cómo debía actuar. Descendí fatigosamente el tramo que me separaba del trastero. Si me encontraba cara a cara con el misterioso individuo, ¿lo atacaría o pediría ayuda? Sin saber por qué, me agaché y procuré allegarme a la puerta del trastero, estirando las manos para protegerme la cara y explorar lo ignoto.

El golpe llegó cruel y súbitamente. Alguien, o algo, me pegó en las mejillas, dejándome dolorido y desorientado. Presa del terror, traté de evitar un segundo zarpazo retrocediendo hacia la pared y gritando. Mi angustia se hizo insoportable en cuanto descubrí que mi boca no emitía ningún sonido: el pánico tenía completamente ocluidos la campanilla y los pulmones. Así, cuando me disponía a rodar desesperadamente por el suelo para huir del desconocido enemigo, gimiendo como un cordero antes del sacrificio, una mano me aferró del brazo con decisión, y al tiempo oí:

—¿Qué haces, memo?

Era, fuera de toda duda, la voz de Atto, que había acudido al notar que la cuerda se tendía cuando yo, alarmado por el sospechoso crujido, me levanté de improviso. Le expliqué lo ocurrido y me quejé del golpe que había recibido en la cara.

—Nadie te ha golpeado, sino que, cuando bajabas como un papanatas las escaleras, te has estrellado contra mí, que venía corriendo a ayudarte —musitó conteniendo su ira—. ¿Dónde está el ladrón?

—La verdad es que, aparte de a vos, no he visto a nadie —susurré todavía tembloroso.

—Pues yo sí. Mientras subía he oído rechinar sus llaves. Debe de haber entrado en el trastero —dijo encendiendo una lámpara que había tenido el tino de coger.

Desde arriba vislumbramos un haz de luz tenue bajo la puerta de Stilone Priàso, en el lado derecho del pasillo de la segunda planta. El abate me pidió que bajase la voz y me señaló la puerta del pequeño escondrijo en el que suponía que había entrado el ladrón. La portezuela estaba entornada. Dentro reinaba la más absoluta oscuridad.

Nos miramos y contuvimos la respiración. Nuestro hombre debía de hallarse allí, ya sabedor de que estaba atrapado. Tras vacilar un instante, el abate abrió con decisión la portezuela. Dentro no había nadie.

—No es posible —dijo Melani visiblemente decepcionado—. Si hubiese huido escaleras abajo, se habría topado conmigo. Si escaleras arriba, aunque se te hubiese adelantado, no hay otras posibilidades de fuga: la puerta que da a la torreta de Cloridia conduce a los tejados y la han sellado por fuera. Por otra parte, si hubiese abierto la puerta de alguno de los otros cuartos, lo habríamos oído.

Nos sentíamos completamente desconcertados. Y a punto estábamos de emprender la retirada cuando Atto me indicó con un gesto que me quedase donde estaba mientras él bajaba veloz el tramo de escaleras. Seguí su lámpara de aceite con la mirada y lo vi detenerse ante la ventana del pasillo del segundo piso que daba al patio interior. Dejó la lámpara en el suelo y alcancé a ver cómo se asomaba bastante por el alféizar. Se quedó allí un rato. Picada mi curiosidad, me acerqué a la pequeña reja del ventanuco que de día iluminaba el trastero. Pero estaba demasiado alto para mí, y no vi sino una noche alumbrada por una mortecina luna. De regreso en el trastero, el abate se agachó hasta el suelo y lo midió en cuartas, llegando hasta debajo del estante de las herramientas que estaba pegado a la pared del fondo. Reflexionó un instante y después repitió la operación, pero esa vez teniendo en cuenta también el espesor de la pared. Luego midió la distancia entre el ventanuco y la pared del fondo. Cuando por fin se sacudió el polvo de las manos, me agarró sin decir palabra y, levantándome en vilo sobre un escabel y plantándome en la cabeza el candil, de suerte que yo tenía que sujetarlo con las manos, me colocó frente a la reja.

—¡No te muevas! —me ordenó poniéndome un dedo en la nariz.

Lo oí bajar a tientas hasta la ventana del segundo piso. Cuando por fin subió de nuevo y me miró, yo estaba impaciente por conocer sus reflexiones.

—Atiéndeme bien. El trastero tiene algo más de ocho cuartas de largo, vale decir que es bastante angosto. Si se añaden las paredes, podría llegar a medir diez cuartas. Como se puede apreciar perfectamente desde el patio, la pequeña ala a la que pertenece este trastero es posterior a la edificación de la posada. El ala, en efecto, se ve desde fuera como un gran pilar que llega hasta aquí arriba, pegado al cantón posterior del muro occidental del edificio. Pero hay algo que no encaja: la anchura del pilar es al menos dos veces mayor que la del trastero. Este ventanuco, como ves, está muy cerca del estante, a no más de un par de cuartas del fondo del trastero. Por consiguiente, incluso visto desde fuera, tendría que estar cerca del cantón externo del ala. Sin embargo, cuando me he asomado desde el corredor del segundo piso, he podido comprobar, gracias a la lámpara que tú sostienes, que el ventanuco no se halla ni a la mitad de la pared donde fue hecho.

El abate calló, tal vez esperando que yo mismo sacase las conclusiones. Pero no había entendido ni jota, aturullada como tenía la cabeza de figuras geométricas amontonadas y revueltas por el convincente razonamiento de Atto. De modo que continuó:

—¿Por qué todo ese espacio desaprovechado? ¿Por qué nadie ha robado un poco de espacio en provecho del trastero, tan estrecho que no cabemos dos sin rozarnos?

Fui también a asomarme por la ventana del segundo piso, feliz sobre todo de poder tomar una bocanada del aire fresco de la noche.

Abrí los ojos de par en par. Era verdad. La luz de la lámpara de aceite que vislumbraba desde la reja del trastero quedaba curiosamente lejos del cantón exterior, que resaltaba la reverberación de la luna. Nunca había reparado en ello, demasiado ocupado de día y demasiado cansado de noche para ventanear por el alféizar.

—¿Y sabes cuál es la explicación, chico? —me dijo Atto no bien volví a su lado.

Sin esperar mi respuesta, introdujo los brazos en el estante de las herramientas pegado a la pared del fondo, y empezó a palpar con avidez el muro de atrás. Resoplando, me pidió que lo ayudase a apartar el mueble.

Hacerlo no fue demasiado difícil. El abate no pareció precisamente sorprendido por lo que surgió ante nuestros ojos: medio oculto por la suciedad que el tiempo había insolentemente esparcido por la pared, se elevaba el perfil de una puerta.

—¡Aquí la tienes! —exclamó satisfecho.

Y sin miedo empujó las viejas tablas, que chirriaron.

Lo primero que noté fue una corriente húmeda y fría que me soplaba a la cara. Ante nuestros ojos se había abierto una cavidad negruzca.

—Ha entrado ahí —concluí con rotundidad.

—Yo diría que sí —contestó el abate avanzando la nariz con desconfianza—. Este maldito trastero tenía doble fondo. ¿Quieres entrar tú primero? —Mi silencio habló por sí solo—. De acuerdo —concedió Atto introduciendo la lámpara para abrirse camino—. Siempre me toca a mí arreglarlo todo. —No había aún terminado de hablar cuando lo vi agarrarse desesperadamente a la vieja puerta que acababa de franquear, arrastrado hacia abajo por una fuerza irresistible—. ¡Ayúdame, deprisa! —imploró.

Un pozo: Melani estaba a punto de caer en él, con consecuencias seguramente fatales. A duras penas había conseguido asirse a la jamba, con las piernas suspendidas en la voraz oscuridad que se abría a nuestros pies. Cuando salió del apuro, gracias también a mi lene ayuda, nos hallábamos a oscuras: el candil, que el abate se había visto obligado a soltar, había sido tragado por el agujero negro. Fui, pues, a buscar otro a mi cuarto, que había tenido la precaución de cerrar con llave. Pellegrino dormía plácida y afortunadamente ajeno, me dije, a cuanto acontecía en su posada.

Cuando regresé, Atto ya estaba bajando al hoyo. Su agilidad era inusual para un hombre de su edad. Como pude comprobar a continuación, poseía una especie de vigor, templado pero resuelto, que sostenía constantemente su cuerpo.

No se trataba exactamente de un pozo, me mostró blandiendo el candil, pues la piedra tenía incrustados varios apoyos de hierro, a manera de gradas, que permitían un cauteloso descenso. Bajamos lentamente al agujero vertical, no sin temor. El descenso duró poco: muy pronto hicimos pie en un rústico suelo de ladrillos. Miramos a nuestro alrededor, apuntando la lámpara, y descubrimos que el recorrido no acababa allí, sino que continuaba por uno de los lados cortos del rellano, a través de una escalera de piedra de planta cuadrada. Nos asomamos con el fin de ver dónde terminaba, pero fue en vano.

—Estamos debajo del trastero, chico.

Por todo comentario sólo acerté a emitir un débil gruñido, dado que ese hallazgo estaba lejos de consolarme.

Seguimos en silencio. Ahora parecía que la bajada no tenía fin, a causa además de una fina película fangosa que lo envolvía todo y hacía el camino asaz peligroso. Llegados a un punto, la escalera cambió completamente de cariz: cavada en la toba, se volvió muy angosta y harto incoherente. El aire era pesado, señal inequívoca de que estábamos en el subsuelo.

Continuamos descendiendo, hasta que alcanzamos un túnel oscuro y hostil hecho en la húmeda tierra. Nuestros únicos compañeros eran el aire pesado y el silencio. Estaba asustado.

—Por aquí se ha ido nuestro ladrón —susurró el abate Melani.

—¿Por qué habláis tan bajo?

—Podría andar cerca. Querría sorprenderlo yo, no que nos sorprendiese él a nosotros.

Pero el ladrón no se hallaba a pocos pasos de distancia, ni más allá. Nos adentramos por el túnel, por el que el abate se veía obligado a caminar con la cabeza baja debido al techo, si se le puede dar tal nombre, muy bajo e irregular. Observó que yo lo precedía con paso ligero y comentó:

—Por una vez te envidio, chico.

Avanzábamos con gran lentitud por un sendero que sólo en algunos tramos era compacto por la presencia de piedras y ladrillos colocados caprichosamente. Dimos unas decenas de pasos más, durante los cuales fue el propio abate quien respondió a mi muda pero previsible curiosidad.

—Este pasadizo debió de ser construido para que se pudiera salir, sin ser visto, en algún punto remoto de la ciudad.

—¿En época de peste, quizá?

—Diría que mucho, mucho antes. Siempre resultaría útil en una ciudad como ésta. Puede que algún príncipe romano se sirviese de él para lanzar a sus sacarlos contra un rival. Las familias romanas se han odiado y enfrentado siempre con todas sus fuerzas. Cuando los lansquenetes saquearon Roma, algunas familias de alto linaje los ayudaron a depredar la ciudad, con tal de que acabasen con sus rivales. Es posible que, en su origen, nuestra posada fuese cuartel de grupos de picarlos y destripadores. Tal vez a sueldo de los Orsini, que poseen muchas casas en las cercanías.

—Pero ¿quién construyó el subterráneo?

—Fíjate en las paredes —respondió el abate acercando el candil al muro—. La piedra es bastante antigua.

—¿Tan antigua como las catacumbas?

—A lo mejor. Sé que en las pasadas décadas un docto sacerdote exploró los subterráneos que hay en algunos lugares de Roma, y que descubrió y reprodujo innumerables pinturas, tumbas y restos de santos y mártires. Sea como fuere, lo cierto es que debajo de las casas y las plazas de algunos barrios hay pasadizos y túneles, unos construidos por los antiguos romanos, otros cavados en tiempos más próximos a nosotros.

Ni aun recorriendo los angostos pasillos en nuestra apurada situación, el abate parecía dispuesto a renunciar a su pasión por los relatos. Así, en un aflautado cuchicheo, añadió que desde tiempos muy remotos en Italia abundaban los pasillos secretos cavados en la piedra o en la tierra, concebidos en un principio para huir de asedios y ataques armados, como los conductos que permiten evadirse sin ser visto de fortalezas y castillos, pero también para organizar reuniones secretas, o incluso encuentros amorosos, como se cuenta que hicieron doña Lucrecia Borgia y su hermano César con sus numerosos amantes. Sin embargo, de las galerías secretas se debía massime desconfiar, Pues garantizaba su inviolabilidad no sólo el secreto (que en ocasiones le había costado la vida al constructor), sino también muchas celadas: Para engañar y disuadir a los intrusos, se construían con frecuencia pasadizos sin salida, o puertas gobernadas por contrapesos y escondidas en las paredes, que se abrían sólo si se ponían en funcionamiento mecanismos ocultos.

—Me han hablado de un laberinto subterráneo que construyó en Sicilia el gran emperador Federico, cuyos pasillos encubren palos que, si se pisan, abren unas rejas metálicas que caen desde arriba y encierran al visitante, o cuchillas afiladas que, lanzadas desde hendiduras invisibles, son capaces de atravesar y matar a los que pasan por ahí. Otros mecanismos abren de pronto pozos muy hondos, a los cuales quien no está al corriente de esas amenazas inevitablemente se precipita. De ciertas catacumbas se han hecho plantas sumamente exactas. Se dice que también bajo el suelo de Nápoles hay una cantidad extraordinaria de galerías y rutas subterráneas, pero yo no las conozco personalmente. En cambio, algunas de las de París, que sin duda están más extendidas, sí he podido visitarlas. Sé asimismo que en Piamonte, en el siglo pasado, en un lugar llamado Rovasenda, cientos de campesinos fueron acorralados por soldados franceses, y luego empujados por éstos al interior de unas cuevas situadas cerca de un río. Se cuenta que nadie pudo salir después de aquellas grutas: ni los perseguidores, ni mucho menos los perseguidos.

—Don Pellegrino nunca me ha hablado de la existencia de este pasadizo —susurré.

—Me lo imagino. Eso no se cuenta, salvo que sea indispensable. Además, es probable que ni él mismo conozca todos los secretos, dado que regenta esta posada desde hace poco tiempo.

—Pero entonces, ¿cómo ha logrado el ladrón de las llaves dar con el pasadizo?

—Puede que tu amo accediera a una oferta de dinero. O de vino moscatel —dijo riendo socarronamente el abate.

Mientras avanzábamos, poco a poco empecé a encontrarme abrumado por una sensación de opresión en el pecho y la cabeza. El lúgubre camino por el que nos habíamos aventurado conducía hacia un destino desconocido y, verosímilmente, anunciaba peligros. La oscuridad, rota sólo por la lámpara de aceite que llevaba ante sí el abate Melani, era atroz y nefasta. Las paredes del túnel, debido a su tortuosa forma, impedían que viésemos lo que teníamos delante y hacían presagiar a cada paso una sorpresa desagradable. ¿Y si el ladrón ya había avistado hacía largo rato la luz de nuestro candil y nos estaba aguardando detrás de una esquina para tendernos una trampa? Pensé, temblando, en las amenazas que poblaban los túneles que conocía el abate Melani. Nadie recuperaría nunca nuestros cuerpos. A los huéspedes de la posada les costaría lo suyo convencerse a sí mismos y a los armígeros de que el abate Melani y yo habíamos huido de la posada, tal vez saltando de noche por una ventana.

Aun ahora no sabría decir cuánto duró la exploración. Al final notamos que el sendero subterráneo, que al principio no hizo sino llevarnos hacia el fondo, comenzaba gradualmente a ascender.

—Ya está —dijo el abate Melani—. Quizá estemos a punto de salir a algún sitio.

Me dolían los pies y la humedad empezaba a entumecerme. Desde hacía largo rato no hablábamos, deseosos como estábamos de vislumbrar el final de aquella espantosa caverna. Pasé por un momento de pánico cuando vi que el abate tropezó, lanzando un gemido, y casi se cayó de bruces, y con él la lámpara: perder nuestra única fuente de luz habría convertido en una pesadilla nuestra presencia allí abajo. Fui corriendo a sujetarlo. Con expresión a la vez furiosa y aliviada por el peligro que acabábamos de sortear, el abate alumbró el obstáculo: era un tramo de gradas de piedra, tan altas como estrechas, que nos conducían hacia arriba. Subimos por ellas casi a rastras, para no correr el riesgo de caer rodando. Durante el ascenso, una serie de curvas forzaron a Atto a encogerse penosamente. Yo, una vez más, me las arreglaba mejor. Atto me miró.

—De verdad que te envidio, chico —me repitió divertido, sin importarle la evidencia de que a mí no me gustaba su broma.

Estábamos sucios de barro, la frente y el cuerpo empapados de sudores inmundos. De repente, el abate gritó. Un ser informe, rapidísimo y furtivo, cayó sobre mi espalda, se arrastró con dificultad por mi pierna derecha y enseguida desapareció en la oscuridad. Me retorcí, protegiéndome la cabeza con los brazos por el terror, tan dispuesto a implorar piedad como a defenderme a ciegas.

Atto comprendió que el peligro, en el caso de que hubiese existido, había pasado en un santiamén.

—Ya era raro que hasta ahora no hubiésemos topado con ninguna —comentó en cuanto se sobrepuso—. Se ve que estamos fuera de las rutas habituales.

Una enorme rata de agua, molesta por nuestra llegada, había optado por saltar sobre nosotros en vez de hacernos retroceder. En su arrebato se había asido al brazo de Melani, mientras éste se apoyaba en la pared, y luego había caído con todo su peso sobre mi espalda, paralizándome de terror. Nos detuvimos, mudos y asustados, hasta que la respiración recuperó el ritmo normal. Reanudamos la subida, y de pronto, entre las gradas, empezaron a aparecer tramos horizontales de ladrillo, cuya longitud aumentaba progresivamente. Afortunadamente, llevábamos con nosotros una buena reserva de aceite: contraviniendo los reiterados bandos de los camarlengos, habíamos decidido utilizar también aceite comestible.

Algo nos decía que habíamos llegado al final. Caminábamos por una leve pendiente ascendente que nos hacía olvidar las penalidades y los miedos recién padecidos. Salimos de pronto a un espacio triangular ya no cavado, sino de obra. Tenía todo el aspecto de ser un almacén, o el subterráneo de un palacio.

—Hemos vuelto entre los hombres —dijo el abate saludando el nuevo ambiente.

Desde ahí, una última escalinata, muy empinada pero provista de un pasamanos de cuerda fijado a la pared de la derecha con una serie de anillos de hierro, llevaba a la parte de arriba. Subimos hasta el final.

—Maldición —musitó Melani.

Inmediatamente entendí a qué se refería. Al cabo de la escalinata, como se podía prever, había una puerta. Era muy robusta y estaba cerrada.

Había llegado el momento de tomarse un descanso, aunque el sitio fuese tan hostil, y de reflexionar sobre nuestra situación. La portezuela de madera estaba atrancada con una barra de hierro oxidado, y por ella, como resultaba fácil adivinar por el susurro de viento que alcanzábamos a oír, se salía al aire libre.

—Esta vez no voy a decir nada. Quiero que me lo expliques todo tú —me invitó el abate.

—La puerta está cerrada por dentro. Por consiguiente —traté de deducir con esfuerzo—, el ladrón no ha salido por el túnel. Mas, ya que no hemos dado con él, ni hemos encontrado ninguna bifurcación, hay que concluir que no ha tomado nuestro camino.

—Bien. ¿Adónde ha ido, entonces?

—Quizá ni siquiera haya bajado por el pozo que hay detrás del trastero —contesté sin la menor convicción.

—¡Ajá! —rezongó Atto—. En ese caso, ¿dónde se ha metido?

Al momento, Melani bajó las escaleras y recorrió rápidamente el almacén. En una esquina, una vieja barca de madera medio podrida confirmaba la sospecha que yo había albergado no bien llegamos allí: nos hallábamos cerca de la orilla del Tíber. Abrí la puerta, tras descorrer, no sin esfuerzo, el pestillo. Iluminado por los débiles rayos de la luna, aparecía el principio de un sendero. Más abajo corría el río, y, como es lógico, retrocedí ante el precipicio. El viento fresco y húmedo penetró en el almacén, haciéndonos respirar. Justo al lado de la puerta, otro incierto sendero parecía ir hacia la derecha, perdiéndose entre las tierras fangosas de la orilla.

El abate se anticipó a mis pensamientos, diciendo:

—Si huimos ahora, nos prenderían sin remedio.

—O sea —gemí desconsolado—, que hemos llegado hasta aquí en balde.

—Al contrario —rebatió Atto impasible—. Ahora, en caso de necesidad, conocemos esta vía de escape. No hemos encontrado pistas del ladrón, quien, por lo tanto, no ha tomado este camino. Hemos omitido otras posibilidades, debido a algún despiste o a nuestra incapacidad. Pero ya es hora de que volvamos sobre nuestros pasos, no sea que alguien note nuestra ausencia.

El regreso hacia la posada resultó penoso y dos veces más agotador que el primer viaje. Privados del instinto de caza que nos había espoleado a la ida (al menos ése fue el caso del abate Melani), avanzamos padeciendo aún más las dificultades del camino, por mucho que mi compañero de andanzas no deseaba reconocerlo.

Una vez fuera del pozo y dejada atrás con gran alivio la infernal galería subterránea, volvimos al trastero. El abate, visiblemente molesto por la malograda expedición, se despidió de mí dándome a toda prisa algunas instrucciones para el día siguiente.

—Mañana, si quieres, puedes advertir a los otros huéspedes de que alguien ha hurtado la segunda copia de las llaves, o que se ha perdido. Huelga decir que no debes contar nada sobre nuestro descubrimiento, ni de nuestro intento de descubrir al ladrón. En cuanto tengamos ocasión, cambiaremos opiniones lejos de los demás, en la cocina o en otro lugar seguro, y nos mantendremos informados sobre las novedades.

Asentí con desgana, debido al cansancio, pero sobre todo a las dudas que aún albergaba sobre el abate Melani. En el túnel, en el trayecto de regreso, de nuevo troqué mis sentimientos respecto a él: me dije que, por excesivas y malévolas que fuesen las habladurías relacionadas con su persona, de todos modos quedaban zonas de sombra en su pasado, y que en consecuencia, ahora que había fracasado la caza del ladrón de las llaves, no pensaba seguir siendo su criado e informador, para arriesgarme a verme enredado en asuntos poco limpios y acaso peligrosos. Y aunque fuese cierto que el superintendente Fouquet, de cuya amistad gozara Melani, no hubiese sido sino un mecenas demasiado espléndido, víctima de los regios celos de Luis XIV y de la envidia de Colbert, sin embargo no se podía negar, me repetí mientras nos afanábamos por la oscuridad, que me hallaba en compañía de un personaje hecho a las sagacidades, a las sutilezas, a las mil astucias de la Corte de París.

Sabía cuan ásperamente nuestro buen Papa, Inocencio XI, estaba enfrentado con la Corte francesa. Entonces no era capaz de entender la profunda acritud que había entre Roma y París. Sin embargo, por lo que había oído a la gente del pueblo y a los que estaban más familiarizados con las cosas de la política, había comprendido perfectamente que quien pretendiese ser devoto de nuestro Pontífice no podía, y no debía, ser amigo de la Corte gálica.

Además, esa ansia por perseguir al supuesto ladrón de las llaves, ¿no era en sí misma digna de sospecha? ¿Por qué entregarse a esa persecución preñada de incógnitas y peligros, en lugar de limitarse a esperar los acontecimientos y avisar enseguida a los otros huéspedes de la desaparición de las llaves? ¿Y si el abate sabía mucho más de lo que me había confiado? A lo mejor ya tenía una idea exacta de dónde estaban escondidas. ¿Y si el ladrón no era sino él, y sencillamente había buscado distraer mi atención para luego actuar con más tranquilidad, tal vez esa misma noche? Si hasta mi querido amo me había ocultado la existencia del túnel. En resumen, ¿por qué motivo un extraño como el abate Melani tenía que confiarme a mí sus reales pretensiones?

Así pues, le prometí vagamente al abate que seguiría sus indicaciones, pero me cuidé bien de librarme con celeridad, tomando mi lámpara y cerrándome inmediatamente en mi cuarto, donde tenía la intención de ponerme a anotar en mi pequeño diario los numerosos sucesos de aquel día.

Don Pellegrino dormía plácidamente, con la respiración casi del todo sosegada. Habían pasado más de dos horas desde nuestra entrada en el horrendo pasadizo subterráneo, pero no creo que faltase más tiempo para el amanecer, y yo estaba extenuado. Fue, pues, un puro azar que, un instante antes de apagar la lámpara, posase la mirada en los calzones de mi amo: allí, perfectamente a la vista, colgadas de su cinturón, estaban las llaves desaparecidas.