CAPÍTULO XVIII

LA princesa María fue a visitar a las mujeres heridas y les hizo regalos en dinero y en joyas. Había algunas con lesiones graves. Las tres que murieron habían sido heridas de la misma manera. Una flecha les entró por la cara y les atravesó el cráneo. Las heridas en las murallas eran siempre graves. A una de las mujeres muertas la flecha le había entrado por un orificio nasal sin herirle el rostro.

En aquellos días llegaron noticias de que los alanos de Georges habían sido alcanzados por las tropas de Rocafort y de Arenós cuando iban camino de su patria y estaban a punto de pasar las fronteras del Imperio. La batalla se había librado en un valle al pie de las montañas de Hemmos que separan Grecia de Bulgaria. Cada vez que la princesa leía el nombre de aquella región fronteriza sonreía porque el valle de Hemmos quería decir el valle de la sangre y hay palabras que predestinan a las personas, las cosas y los lugares.

Llevaba Georges tres mil caballos de guerra y muchas más acémilas de carga con bagajes. La infantería pasaba de seis mil hombres bien armados que eran los mejores guerreros de Levante. Georges y los suyos debieron ver el pequeño ejército catalán con más sorpresa que temor. Formaron un cuadro con carros, bagajes e impedimentas, dejando dentro a sus mujeres e hijos, y Georges salió con mil caballos a recibir a la caballería catalana, muy inferior en número. Las tropas de infantería fueron cerrando también y la batalla se hizo general. Entonces Gaorges sacó el resto de su caballería. Las tropas tomaron todo el valle a lo ancho, teniendo los flancos protegidos por las escarpaduras del monte. Era el valle de una legua de extensión y recordaba bastante, según los soldados, el lugar de las faldas de Monte Taurus, donde Roger aniquiló al ejército turco al principio de la campaña. Los masagetas mostraban un gran ímpetu sabiendo que de su arrojo y habilidad dependía la vida de todos los suyos. Estaban fuera de los reparos de carretas y mulos de carga y peleaban con coraje. Los tres mil caballos de Georges habían desplegado ya.

Arenós, con un puñado de almogávares y caballeros aragoneses, rompió el escuadrón que protegía a Georges y llegó hasta él derribándolo y rematándolo en tierra. Apresadas las banderas y muerto el general, los demás fueron retrocediendo hacia las trochas para meterse dentro y hacer la defensa más eficaz, pero los catalanes entraban detrás de ellos y muchos alanos murieron al mismo tiempo que sus mujeres e hijos. Los ancianos y hasta los niños se defendían o se ofrecían desesperadamente a la muerte.

Hizo la victoria más fácil a última hora el cuidado de algunos masagetas de salvar sus familias y haciendas, porque abandonaban la batalla y ponían en los caballos a sus mujeres e hijos con la impedimenta que podían recoger. Si sólo se hubieran ocupado de sus personas, la victoria habría sido dudosa y al menos la mayor parte habrían logrado huir porque llevaban caballos ligeros y estaban cerca de las fronteras, pero el amor a los suyos y la codicia los embarazaba. Muy pocos se salvaron. Según decía Arenós en su informe, no escaparon con vida más de trescientos.

Hubo ejemplos de amor y de devoción familiar que Arenós citaba en su carta con respeto. Contaba en su estilo seco de militar algo que conmovió a la princesa. Un joven masageta, viendo la batalla perdida y que los catalanes lo dominaban todo, decidió escapar más para librar a su esposa joven y hermosa que por cobardía. Con la precipitación natural sacó a su mujer de las trochas donde todo andaba revuelto y puesta sobre un caballo y el joven en otro enderezaron hacia el monte. Tres soldados catalanes, aficionados a la belleza de la muchacha, los fueron siguiendo. El marido golpeaba con el alfanje el caballo de su mujer. Cuando vio que los catalanes le ganaban terreno, emparejó su caballo con el de su esposa, a quien echó los brazos al cuello. Le dio muchos besos y abrazos, le dijo mil palabras dulces y después, apartándose un poco, le dio un tajo con el alfanje y le cortó la cabeza. Al mismo tiempo que la mujer caía del caballo, llegó junto al masageta un catalán llamado Guillén de Bellver. El joven alano le dio una cuchillada que le cortó el brazo derecho por el hombro —de esa herida murió Bellver poco después— y los otros dos catalanes, que eran Arnau Miró y Berenguer Ventalolla, cerraron contra el masageta, quien dando y recibiendo heridas cayó por fin junto al cuerpo de su mujer. Arenós decía que aquel alano había cumplido como un buen amante sacrificando su vida, ya que después de matar a su esposa no podía ni debía hacer otra cosa. Leyendo estas palabras, la princesa María pensaba:

“Arenós, con sus patas estevadas y su cara galana, es un verdadero caballero. Pero nunca habla de lo que de veras le interesa, al menos conmigo. Es caballero prudente. A mí me llama la brujita de la victoria. Yo le llamo el caballero Cautela”.

Las noticias de las victorias últimas habían corrido dentro y fuera de las fronteras de Bizancio y a consecuencia de tantas glorias guerreras comenzaron a llegar a Gallípoli emisarios turcos bajo palabra de embajadores y tenían entrevistas secretas con Muntaner, de quien se despedían luego sonrientes y amistosos. Muntaner sólo podía decirles que volvieran cuando Rocafort y Arenós hubieran regresado a Gallípoli. En sus cartas decían los dos jefes victoriosos que se habían puesto en camino y que no tardarían en llegar. Muntaner los esperaba impaciente.

La princesa aguardaba como todo el mundo, y al caer la tarde se reunía con las doncellas. A veces invitaban a Muntaner, que se sentía un poco desairado como único varón entre tantas faldas. Los dos galeotes se quedaban fuera, junto a la puerta. Un perro, al que llamaban Llobregat, se había familiarizado con la princesa, pero no se entendía con los titís de la reina Irene.

En la guardia había otros perros, pero eran canis vulgaris, como decía Muntaner. Uno de ellos hacía todas las proezas que había hecho antes Montjuich. Caminaba en dos patas, se sostenía sobre las delanteras con los cuartos traseros al aire, brincaba dando una vuelta en el aire (siempre hacia atrás) y parecía conocer los grados de los oficiales, a quienes saludaba si se lo mandaba el cocinero chino, según los casos, con un ladrido o con varios.

Aquella tarde llegaba del lado de los torreones del mar una canción cantada con buena voz. Decía:

No le daba el sol, que le daba la luna, no le daba el sol de la media fortuna.

Muntaner dijo al oír la canción por tercera vez:

—El que canta no es aragonés, sino asturiano.

Y explicaba a la princesa lo que eran las Asturias. La princesa decía melancólica:

—Tampoco a mí me da el sol de la media fortuna.

Y pensaba que esa media fortuna, es decir, la vida ordinaria y gustosa, la tenían las doncellas de su pequeña corte, pero no ella. Roger había sido indiferente a ese sol. ¿Tal vez lo era también Berenguer? El único que parecía tener en cuenta al sol de la media fortuna era Arenós, el prudente Arenós.

Pero no le interesaba Arenós.

Por fin llegaron los ejércitos de regreso. La entrada en la ciudad duró más de dos horas porque, además de sus bagajes e impedimentas y acémilas, llevaban los de los alanos. Muntaner, el gobernador de la plaza, los recibió desde los exedras de la guardia principal. Desfiló todo el ejército volviendo la cabeza al pasar frente a las banderas.

Los esposos de las tres mujeres muertas en la defensa contra Spínola pidieron a Muntaner a seis de los prisioneros genoveses para matarlos en represalia. Rocafort, que se enteró, dijo:

—¿Cómo, seis? Todos.

Y fue él mismo a las prisiones y desde fuera de las rejas comunicó a los doscientos diez prisioneros alanos, genoveses y romeos que serían ejecutados un día que no había sido señalado aún. Los presos respondieron con alaridos, blasfemias y amenazas.

Una semana después encontró Arenós a Rocafort en las guardias de la prisión, donde estaba tratando con el alférez Fanlo de cuestiones personales de dinero. Fanlo era el comandante de la guardia aquel día.

Cada vez que llegaba algún barco de Negroponte o de cualquier origen mediterráneo, acudía Fanlo, intrigante y secreto, con una bolsa colgada del cinto. Iba en busca de sus amigos genoveses. Conocía cuáles eran las firmas solventes y neutrales y sólo se fiaba de ellas para enviar su dinero, con el cual seguía pagando las deudas de su difunto padre. Los comerciantes genoveses lo conocían bien.

Luego volvía aligerado de sus escudos de oro y hacía extrañas anotaciones en un pergamino mugriento que sacaba del seno. Cuando Caldés lo veía se acercaba y le preguntaba cómo iba el pago de la deuda de honor. Lo miraba Fanlo con sus ojos anchos e inocentes y luego decía:

—¡Qué cosa es la vida! Desde chico no recibí de mi padre más que palos y malas palabras. Esta cicatriz en la frente y los dos dientes que me faltan son recuerdos de él. Y, sin embargo, ya ves.

—Tú lo quieres, a tu padre.

—No sé lo que quiero —decía Fanlo—, pero, al fin y al cabo, era mi padre.

Lo decía con una expresión soñadora.

Fanlo estaba de guardia en la prisión. Era zurdo, Fanlo. Después de los combates metía la mano izquierda entre las ropas de los heridos o los muertos enemigos llevando en la derecha el yelmo, en el que iba dejando caer lo que encontraba. Rocafort sentía amistad por aquel hombre que nunca guardaba para sí parte ninguna del botín y que aunque podía ser rico vivía en la pobreza natural de los campamentos. Rocafort estaba pidiéndole informes sobre algunos de los comerciantes genoveses neutrales cuando llegó Arenós. Dijo que el genovés que podía servirles mejor para sus propósitos estaba preso allí dentro y que necesitaba hablar con él. Se dirigía a la reja que daba acceso cuando Rocafort lo llamó.

—¿Qué vas a hacer? Los presos han jurado hacer pedazos a cualquier catalán que se ponga a su alcance.

Arenós se aproximó a la primera reja (había dos que cerraban enteramente el ancho corredor de arriba abajo) y dijo al centinela:

—Abre.

—Estás loco, Arenós —gritaba Rocafort fuera de sí.

—Abre la puerta, he dicho.

Entre la primera verja y la segunda había un espacio de veinte o treinta pasos, vacío. En la segunda verja vigilaba un segundo centinela. Al otro lado, cuarenta o cincuenta presos, con los ojos febriles —algunos con una expresión desencajada y descompuesta— esperaban sin comprender.

Arenós miró a Rocafort con el aire del que piensa: “Si tú tienes miedo, es asunto tuyo. Yo sé que eres valiente en el campo. Yo lo soy en el campo y en la ciudad, con armas y sin ellas”.

Pasó la primera veja y la entornó, detrás. Fue a la segunda y ordenó al centinela:

—Abre tú, también.

Iba Arenós sin espada, sin daga, sin loriga. Antes de abrir el centinela miró hacia atrás para ver si la verja primera estaba cerrada.

—¿Estás loco, Arenós? —repetía Rocafort.

Y Arenós entró, se acercó a los más próximos y se puso a hablar con ellos:

—¿Cuántos sois? ¿Cómo? Muchos son doscientos treinta.

—Doscientos veintinueve —corrigió un viejo malcarado— porque uno se ahorcó anoche. Todavía está colgado. Tenía miedo de que lo ahorcaran y se ahorcó. Ji, ji, ji.

Otro preso se llevó un dedo a la frente indicando que el que hablaba no estaba bien de la cabeza. Arenós curioseaba:

—¿Dónde dormís? Ah, ya veo. Hay paja en los rincones.

El mismo viejo que había hablado antes, dijo:

—Para reos de muerte cualquier cosa está bien.

Arenós se volvió hacia él y lo miró como si lo conociera desde la infancia:

—¿Reos de muerte? Todos somos reos de muerte. Yo también. Quizá vosotros vais a vivir más que yo. Pero —repitió mirando otra vez alrededor con disgusto— no es manera decente de esperarla, a la muerte. Yo voy a tratar de arreglarlo.

Después de un largo silencio preguntó:

—Por otra parte, los reglamentos son demasiado estrechos. Hace mucho que no habéis bebido cosa que valga la pena. Digo, vino o aguardiente, ¿verdad?

Se alzaron voces. Lo que entendió Arenós era que desde que estaban en la cárcel no habían probado el vino. Y que les daban carne de caballo cruda y a veces podrida y con gusanos.

Arenós visitó los últimos rincones. Había zahúrdas miserables en las que yacía a veces un hombre acostado que al ver a Arenós, trataba de levantarse. Con un gesto le autorizaba el capitán a seguir acostado. Luego decía:

—Peor que los cerdos, vivís aquí.

Percibía las miradas de los hombres a sus espaldas y sentía, sin embargo, una completa seguridad. Al mismo tiempo se decía: “Menos mal. Me siento seguro y eso me salva. Si tuviera un instante de miedo o de recelo, toda esta gente se daría cuenta y me caería encima. De momento están desconcertados y agradecidos a mi confianza”.

No se hacía ilusiones, sin embargo. Sabía que la sorpresa, la confusión, el asombro los paralizaban, y que si la visita se prolongaba demasiado, aquella parálisis desaparecería y el peligro se haría mayor. “Los hombres pensaba— son como las bestias, pero no peores que las bestias. También las fieras se hacen amigas nuestras y agradecen la amistad y la confianza. Y se quedan perplejas, con los valientes”.

Aquellos hombres iban a morir algunos días después. Tenían derecho a hacer alguna locura y, sin embargo, no la hacían y Arenós se sentía seguro.

No volvió a la verja hasta que hubo recorrido toda la prisión y ayudado a descolgar al que se había ahorcado. Ordenó que lo llevaran junto a la puerta y dijo que los de la guardia lo sacarían para darle cristiana sepultura. Uno de los presos se le acercó llevando algo en la mano:

—¿Querría usted hacerse cargo de estos papeles?

Era un viejo con cara de mongol. Dijo que se trataba del testamento y que lo había hecho para que sus hermanos no pelearan por la hacienda. Arenós escuchó con atención, se hizo cargo de los papeles y siguió su camino. Llegó a la primera verja seguido por dos o tres hombres de aspecto fantasmal, vestidos de harapos. Uno de ellos le dijo:

—Gracias, capitán.

Arenós le dio la mano y prometió otra vez mejorar su situación. El centinela abrió la puerta, dejó pasar al capitán y volvió a cerrarla. Entre la primera y la segunda verja sintió Arenós que le flojeaban las piernas. Ya fuera buscó a Rocafort pero se había marchado. Fanlo, el comandante de la guardia, le dijo:

—Iba muy agraviado y echando fuego por los ojos.

Se dio cuenta Arenós de que había olvidado buscar al genovés preso y hablar con él. Dio orden de que sacaran el cuerpo del suicida y salió pensando en Rocafort: “Lo he ofendido demasiado con este alarde de valor físico”, se decía. Y comprendía que sólo había hecho aquello para ofenderlo.

El mismo día volvió la embajada de los turcos. Se trataba de establecer pactos y alianzas contra los griegos. El poder de los catalanes era tal, a pesar de su corto número, que los turcos mismos querían acogerse a sus banderas.

La princesa parecía feliz. Los almogávares le habían hecho regalos. Por otra parte, se había dado cuenta de que Arenós y Rocafort estaban en relaciones tirantes. Cuando se enteró por Muntaner de lo que había sucedido en la prisión, tuvo un comentario: “Le dio una lección, Arenós, y eso siempre es peligroso porque hiere el orgullo”.

Había otra causa —más importante— de alegría: noticias de Berenguer. En una carta la reina Irene le decía: “Embajadores del Rey don Jaime de Aragón han conseguido la libertad de tu ilustre amigo. Berenguer, ya libre, fue a ver al Rey don Jaime, le expuso la situación de los catalanes de Gallípoli y el Rey le dijo que sería mejor que le hablara a su hermano Fadrique de Sicilia por hallarse este reino más cerca y más a punto para atender y socorrer la expedición. Pero la cosa es clara. En el fondo es una negativa —de la que yo podría alegrarme—. Berenguer, desesperando de conseguir nada, fue al rey de Francia y le pidió alianza para exterminar a los turcos y alejar el peligro de los reinos cristianos, pero tampoco el rey francés quiso comprometerse. La prudencia guarda la hacienda. Entonces Berenguer acudió al Papa, quien temeroso del auge y fortaleza que la casa de Aragón podía alcanzar con tantas victorias se negó a apoyar a los catalanes, incluso con una bula y una pública bendición. Desesperado, Berenguer volvió a Aragón, vendió la mayor parte de su hacienda y juntó quinientos hombres, todos gente conocida y práctica en la guerra. Dicen que la gente de Aragón es tozuda.

”En un grueso navío que fletó con sus medios —añadía la reina Irene— ha salido rumbo a Gallípoli en auxilio de tus amigos hija mía. ¿Por qué hace eso Berenguer? ¿Por amor tuyo, de sus amigos, por codicia, por afán de gloria y grandeza, por obstinación? Hija, yo no podría contestarte. A esos hombres no hay quien los entienda. La verdad es que van tomando otra vez demasiada fuerza y que esa fuerza no va a beneficiar a ninguno de nosotros. Es lo que me decía el kan, tu padre, en el último correo de Sofía”.

La carta de la reina Irene terminaba diciendo: “Tu Berenguer está cerca de Gallípoli a estas horas, si no ha llegado ya. Cuando llegue, dime qué banderas lleva a bordo y cuáles en tierra”.

A la carta de la reina Irene acompañaba otra de la condesa Olga que decía: “El soldado miedoso se muere a veces después de una terrible batalla en la que ha salido ileso. Y se muere de la picadura de un alacrán o de una araña pequeñita como aquellas que, según decías tú cuando eras niña, bajaban a la empalizada del jardín dos veces cada noche a comer alelíes y violetas. Eso le pasará a tu primo Miguel, quien anda como un alma en pena por Dalmacia y se pierde por la noche, como siempre, en lugares secretos con mujerzuelas.

”Te escribo temblando como tiemblan las alas de las grandes aves en el amor. Tus catalanes son amantes de la vida blanca y de la muerte rubia y tienen para ellas sus horas públicas y sus horas privadas. Lo que dices en tu última carta lo entiendo muy bien. Eres igual que eras cuando estabas aquí.

”Te veo en tu castillo bajar al jardín y mirar los arbustos mientras llega o no llega un barco empavesado. Otros príncipes llegarán a Gallípoli de las mismas tierras de Roger.

”Y bajas al jardín y miras los arbustos. A algunos les estalla la savia dentro y salen las orquídeas inútiles y preciosas. Como tú. También tú eres inútil y preciosa.

"¿Quién es ese encapuchado glorioso que dices que hay cada tarde en tus azoteas con una capucha color de lino cruda?

”Si ese encapuchado te mira, hay otra azotea desde donde lo miran a él. Y otra desde donde miran al que mira. Así es todo.

"Espero vernos pronto en Tesalónica. Vuestros héroes recorren las fronteras incendiando las ciudades lejanas, donde tienen amantes plenas, amantes usadas y amantes a medio uso todavía. Las aman con cierto rencor y a veces el rencor es más grande que la gratitud por el placer, y las matan. Para ti hay otras ciudades y castillos con largos pasadizos y en ellos alfombras negras con escarabajos de oro. No lo podrás andar entero, ese pasadizo, por mucho que vivas. Más vale que pienses venir aquí y te conformes con lo tuyo”.

Aquel mismo día y con los mismos correos la princesa contestó a su madre y a su madrina en una sola carta que escribió en latín Muntaner. Le gustaba a Muntaner ser a veces secretario y amanuense de la princesa. Ella sabía latín, pero no quería escribirlo porque le parecía todavía una lengua bárbara al lado del griego y porque le irritaba que fuera el idioma del Papa, enemigo de Roger. El hecho de escribir en latín era porque la princesa quería a toda costa que Muntaner dijera de Berenguer lo que supiera en aquella carta, por su cuenta. Pero comenzaba así: “Quiero deciros a ti y a mi madre que por ahora seguiré aquí con estos hombres. Espero que la justicia o la venganza o la catástrofe de Dios hayan cambiado o cambien algún día el color del cielo sobre Constantinopla. Mi madre también lo espera, aunque no diga nada. Por ahora es la luna amarilla de los romanos la que está encima de nosotros. Últimamente he dormido en casas y no en palacios ni castillos. Había muertos por todas partes. No importaba. Hay ahora garzas blancas que se levantan en mi prado lentamente —blandamente— y llevan mi augurio de patíbulo en patíbulo. En algunos se detienen, pero no mucho. Es decir, no demasiado.

"Sé que me aman las sencillas personas de labios glotones, pero por ahora sólo me miran. Me miran perplejos y con su mirada yo voy creciendo”.

Escribiendo estas cosas, Muntaner se preguntaba a veces si no sería aquélla una escritura en clave. Pero no se atrevía a preguntarlo porque, en caso afirmativo, tendría que pedirle a la princesa la traducción y no creía que la situación del ejército le obligara a usar de aquellas precauciones.

”Las amazonas antiguas —seguía dictando ella— están aquí. Hay tres de ellas muertas en los sótanos y sus maridos llevaron a cinco genoveses —digo seis— y los decapitaron delante de ellas. La sangre era la alfombra de sus amadas que, sin embargo, eran gordas y de ancha cintura y una parecía un lacayo que tuve yo hace años ahí. Digo, en Tesalónica. Pero después de muertas como amazonas antiguas yo las vi y eran hermosas.

”La derrota de Georges habrá sido la última tragedia de Andrónico y tal vez la penúltima de las que tú esperabas. De las que tal vez sigues esperando.

Todos los castillos son de los catalanes. Las altas torres están doradas y en ellas la gloria sigue puesta a secar. Yo vi hombres que eran heridos al llegar al torreón del ángulo NE. Genoveses que asaltaban Gallípoli y caían como frutos verdes aún, desprendidos ellos solos del árbol del aire. Eran aquellos genoveses que poco antes pasaban por Pera hablando mal de mí y de Roger. Tal vez eran aquellos que no se quitaban el bonete al pasar Roger y yo, el día de la boda.

"Algunos caían al agua verde del foso y allí morían como ratas sólo que diciendo el santo nombre de Dios. Yo estaba en la baranda del puente de mis terrazas y lo veía todo.

"El sol me arrojaba sonrisas y papeles escritos y espejitos cuya luna me daba en los ojos de vez en cuando.

"Luego todo se arregló. El capitán Muntaner mandaba a los furrieles que echaran puñados de ceniza sobre los muertos. Y se iba luego el furriel llorando un poco, de entusiasmo. Un entusiasmo merecido y secreto. Aquel día la mayor parte de nosotros estábamos conmovidos o heridos o tocados de Dios. Sobre todo las mujeres.

“El cocinero chino me regaló otra muñeca que también movía las caderas.

“Yo bajé a los sótanos y vi que el foso pasaba descubierto por una esquina y que había olores entre el agua estancada y la bóveda. Ahora que Muntaner lo recuerda —escribiendo esta carta—, está conmovido otra vez. Y se oye una esquila. Ahora, otra más ligera. Dos esquilas. Por los muertos de ayer (murieron dos de los heridos de Hemmos).

”Dices que viene un barco de Aragón. Mi secretario Muntaner no lo cree. Bueno, lo cree con condiciones. Entretanto, el alcaide se ríe desde las almenas de la torre albarrana. Los muertos de ayer están en el sótano —con las amazonas—, donde huele a ranas y a salitre.

"Cuando llegue Berenguer de Entenza, yo te lo escribiré. Por ahora os diré a las dos que Berenguer es (aquí la princesa dejó la palabra a Muntaner, quien escribió por su cuenta lo siguiente: Berenguer es verdadero señor en su tierra. Tiene en su feudo veinte torres fuertes y pocos vasallos, pero muy buenos. Cada uno de sus vasallos podría merecer un condado. Y el que viene por el mar podría, si quisiera, extender los estados de don Jaime hasta más allá del Indostán y de las provincias malayas. Pero la mayor virtud de Berenguer es la lealtad. Es esa clase de hombre que nunca se abandona, pero que tampoco finge nunca. Difícil de entender y fácil de amar. Si viene aquí el barco de Aragón, los hombres razonables tendrán otra vez un padre. Los insensatos tendrán un vigilante y un monitor. Y si el caso llega, también un verdugo (es una manera de hablar y Berenguer nunca ha hecho daño a nadie y odia las justicias sangrientas). Su presencia ha de ser una tortura constante para las personas de alma torcida. Que las hay, y no digo nombres puesto que aunque los dijera no ganaríamos nada y tal vez tú no los conoces. O no los conoces bastante”.

Al llegar aquí, la princesa volvió a dictarle: “No ha dicho mi secretario tanto como yo esperaba que dijera de Berenguer de Entenza, pero es bastante para encender tu imaginación, madre, y te estoy oyendo decir: Demasiado hombre éste para los estados de Andrónico. Demasiado honrado, demasiado esclarecido. No sé si lo dices porque no te gusta o porque te gusta demasiado. En cambio, estas noticias apagarán la imaginación de mi madrina Olga, quien odia las noticias exactas y hasta los nombres de las personas que le interesan. No me extraña. La vaguedad es el origen de la verdadera sabiduría y por ella dejamos entrar en nuestra alma la noticia veraz y rara y difícil. (A veces de veras indecible).

”Te digo la verdad yo, madre. Tan natural es ahora caer, que los que seguimos de pie nos miramos con vergüenza. Si yo no estuviera aquí, tal vez sería diferente para todos. Por eso no voy a Tesalónica todavía.

Prefiero acudir a la playa de Gallípoli, donde tanto se ha peleado bajo mis ojos. Las orlas de arena amarilla tienen huellas de pies heridos y ceniza de huesos humanos. Entre la arena y el cielo cada muerto se hace su hornacina y debajo hay un nombre escrito. En su conjunto la playa es una colmena con cada celdilla iluminada por dentro. Luces votivas que parecen palpitar por las diferencias de matiz entre el amarillo de la luna y el dorado o ambarino de la otra y que embriagan a los que miran como yo, sin objeto. Dentro de cada celdilla hay un muerto (un niño adulto, muerto). Se llamaban en vida Bocanegra, Romagnino, Malatesta, Oriannino y han vuelto a la sensualidad de los peces que, como la de San Gabriel y San Rafael, no es ni masculina ni femenina ni neutra.

”Las viudas de esos niños adultos que peleaban en la playa se han quedado en alguna parte sentadas en la orilla y haciendo calceta. Sólo se levantan para ir el día del corpus a la catedral a bailar la zarabanda delante del sagrario, al estilo de Roma.

”Todo lo que sucede aquí es por una sola causa. Por el odio. Aquí el odio y allá, al otro extremo del estrecho, el miedo. Cuando se acercan, el miedo de Bizancio enciende el odio catalán y suceden cosas notables. Es el miedo el que ha salvado hasta ahora a la pobre humanidad, siempre tan sola con sus perros y sus caballos.

”De mis tres galeotes, uno ha muerto a manos de sus antiguos compañeros porque quiso darles con el látigo, lo mismo que los antiguos cómitres hacían con él. De los otros dos, uno cuenta el mismo cuento de siempre: el del hombre que robó el camino, lo arrolló y se lo llevó a la espalda. Ahora los caminos de Tracia los han robado los catalanes. Y Nicodemos, el otro galeote, me habla de cómo son las cosas en los lugares que ha visitado. Sólo los veía desde el banco, asomado a la aspillera del remo, que es pequeña como una saetera. Pero veía siempre cosas raras: un perro caminando en dos patas desde el puesto de Ostia hasta Roma con un mensaje para el Pontífice, y cosas así.

”Yo creo que debes escribirle a mi tío Andrónico, madre. Dile de mi parte que ha llegado para él la hora de renunciar a los grandes recursos. Su hijo con la nariz rota se debe pasar el día mirándose al espejo y poniéndose todavía paños calientes detrás de las orejas para quitarse las venas rojas del blanco de los ojos. Yo sé muchas cosas sobre la vida de familia de los Paleólogos y no necesito que nadie me las diga.

"Siempre estoy haciéndome preguntas a mí misma, ahora: ¿Por qué no hay muertos catalanes y cuando hay uno nadie lo ve ni lo encuentra? Yo lo sé. No son muertos que caen hacia abajo, sino hacia arriba. Una cosa que tú no puedes comprender si no la has visto.

"Seguiré yo aquí por ahora. Decidle a mi padre que no permita nunca a los turcopoles entrar en Bizancio. Y que se lo agradeceré como su hija que soy y que le besa las manos humildemente”.

Así terminaba —de un modo un poco inesperado— la carta de la princesa.

Aquella misma noche Arenós, Rocafort y Muntaner acudieron a sus habitaciones y Rocafort le comunicó oficialmente los últimos sucesos de aquella pequeña corte de Gallípoli, que eran de veras sensacionales. De acuerdo con su propio consejo y con las opiniones de Muntaner y otros capitanes, entre ellos Juan Pérez de Caldés, había aceptado los ofrecimientos del jefe turco Ximeliz, hombre notable como guerrero y diplomático. Las condiciones en las que se aceptaba su ayuda eran las siguientes: No llevaría Ximeliz más que dos mil infantes y ochocientos caballos. Se sometería en todo a las órdenes del jefe catalán. No recibirían soldada alguna, sino una parte del botín, que sería equivalente a la mitad de lo que percibirían los soldados catalanes. Las restantes tropas turcas de las fronteras de Tracia no actuarían dentro del imperio griego sino según los deseos de Rocafort y después de haberse puesto de acuerdo con él.

Esperó la princesa que terminara Rocafort su informe antes de decir nada. Y Rocafort añadió que los turcopoles que estaban al servicio del Emperador le habían ofrecido también sumisión y alianza.

Rocafort añadió al final que esos convenios dejaban a Andrónico casi inerme y sin defensa, por lo cual los catalanes podían atacar y pretender cualquier clase de empresa sin dificultades mayores. Ésa era, al menos, su opinión.

La princesa, después de meditar un momento, dijo:

—Rocafort, ¿tú sabes que viene Berenguer?

—Sí, señora. Todos lo sabemos.

Comprendió ella por el acento de Rocafort, que aquella era la parte crítica de la cuestión y que, pensando en el regreso de su antiguo jefe, había Rocafort apresurado sus alianzas.

—¿Quiénes mandarán a vuestros aliados?

Rocafort respondió:

—Los turcopoles estarán a las órdenes de Juan Pérez de Caldés. Y los turcos a las órdenes directas mías.

Seguía la princesa pensando que todas aquellas alianzas habían sido aceptadas por Rocafort después de saber que Berenguer se acercaba a Gallípoli, pero no insistió en aquello. Preguntó de pronto:

—¿Sabes tú, Rocafort, que la corona del Imperio está en las patas de tus caballos?

El silencio era tan profundo que se oía el roce de una cortina con otra bajo la brisa de una ventana abierta. Y la princesa miraba a Rocafort y reflexionaba a su manera. Fuera del torreón, abajo, se oían voces de sorpresa y de entusiasmo. ¿Sería posible que llegaran los turcos de Ximeliz o los turcopoles, ya? Debajo de aquellas voces a la princesa se le antojaba que el suelo era de arena, de arena transparente, y que era posible ver lo que había debajo. No había más que tumbas de gentes que se llamaban Makarios, Demetrios, Teofilactos. El jefe Rocafort no decía nada. Era aquélla una cuestión difícil. La princesa le allanó el camino:

—¿Es que vais a coronar al príncipe Miguel?

Hubo risas a coro en la sala y la princesa aguzó el oído para oír lo que sucedía fuera. Pero decidió que no podía suceder nada importante y siguió:

—Tú, Rocafort, estás confuso y un poco envanecido con las fuerzas que vas a tener sumisas a tu bandera. ¿No han venido aún los turcopoles ni los turcos? ¿No han venido los caballos de Ximeliz con sus arneses bordados de plata y oro? Pero van a venir, ¿verdad? Y eres fuerte. Veo que vas entrando en una etapa más arriesgada que las otras porque comienzas a mirar sin ver, a andar sin ir, a oír sin entender, a amar sin herir, a hablar sin decir y a actuar sin creer.

—¿Yo? —dijo Rocafort, confuso.

Pero luego se tranquilizó:

—Mi cabeza —dijo con ironía— no es bastante fina para entender todo eso.

La princesa se acercó a la ventana y miró hacia afuera. Había una rama de árbol de ángulo y en el codo del ángulo una pequeña flor transparente. La luz se hacía amarilla en aquella transparencia. La princesa oía música en el cuarto de al lado. Y llegó Nicodemos. Entró sin decir nada y se quedó recostado contra el muro, todo él atención, respeto y presencia. Arenós estaba cerca de Rocafort y callaba mirándolo de reojo y pensando: “Me odia desde que entré en la prisión desarmado y sin loriga”.

A través de la ventana se veía un torreón a media milla y en él, pendiente de una antena, un cuerpo colgado. La princesa volvió sus ojos hacía Rocafort:

—¿Qué es eso? ¿No hemos quedado en que dentro de Gallípoli yo debo aprobar o desaprobar las condenas de muerte?

Esta vez soltó a reír Muntaner:

—No es un hombre. Es un muñeco que representa a vuestro tío Andrónico. ¿No veis la corona desde aquí?

La princesa volvió a acercarse a la ventana:

—Aquel cuerpo colgado es el de un hombre. Hay cuervos y buitres en lo alto del torreón. Los buitres no se dejan engañar.

Entonces se acercaron a mirar los tres hombres y Muntaner dijo:

—Es verdad, el muñeco de vuestro tío lo han colgado en otro torreón. Ése es un genovés prisionero que mataron ayer en un motín. Nadie lo condenó a muerte. Lo mataron sus mismos compañeros y después el jefe de la guardia lo ha puesto ahí como escarmiento porque se ve desde las rejas de la prisión.

Pensaba la princesa: “¿Será verdad?” Si era mentira, no le importaba porque era una clase de mentira que revelaba respeto. Y seguía pensando para sí: “Lástima que no sea ahora la tarde en lugar de ser la mañana porque en estas horas primeras los hombres y yo también actuamos por plenitudes (es una manera de hablar) y más tarde actuamos por reflexiones y hasta por omisiones”. La princesa preguntó a Rocafort:

—¿Dónde está el sello de los decretos? Digo, el sello que ponéis al lado de la firma del comandante jefe.

—Muntaner lo tiene —dijo Rocafort, sombrío.

La princesa conocía aquel sello, pero no era precisamente el que le interesaba:

—Hay otro. Estoy segura de que hay otro, aunque nadie lo usa todavía. Hay otro sello que Arenós y Muntaner no han visto nunca. Ese sello que nadie ha visto aún lo tienes tú, Rocafort, en el bolsillo. Sé que lleva grabado el nombre de Constantinopla y que en lugar de San Jorge tiene una corona. O una mitra. ¿De qué es la mitra, Rocafort? ¿De megaduque, de césar o de rey? Yo sé que hay una corona o una mitra y que nadie la ha visto todavía. Rocafort, ¿no te atreves a decir la verdad?

Incapaz de ponerse colorado, Rocafort se puso un poco pálido. Bajo la piel tostada, la palidez sólo se le notaba en la frente, que solía ir resguardada de la intemperie por la gorra o por el yelmo, pero la princesa se dio cuenta. No quiso insistir la princesa, pero había dejado la cuestión planteada. Nicodemos le había dicho que un artífice griego había estado grabando aquel sello para Rocafort y los viejos galeotes no le mentían nunca. Al oír aquellas palabras de la princesa, Nicodemos desapareció sobre las puntas de sus pies.

Muntaner tenía en el rincón del labio una sonrisa contenida y la princesa lo vio. Era lo que ella quería: que Arenós y Muntaner tuvieran una sonrisa contenida cada vez que pensaran en Rocafort. Éste estaba furioso y sólo pudo disimularlo mientras estuvo delante de la princesa María. En cuanto salieron, Rocafort dijo:

—Comienzo a estar harto de esa mujer.

Muntaner le recordó que aquella mujer era la viuda de Roger y había elegido libremente el campo catalán. Dijo también que gracias a sus comunicaciones con la reina Irene de Bulgaria habían tenido informes sobre la fuga de Georges y sobre la buena disposición de los turcopoles para las armas catalanas. Sin la ayuda de la princesa María las cosas habrían sido más difíciles. Rocafort no quiso responder a Arenós, pero dirigiéndose a Muntaner dijo:

—¿Crees tú que eso lo hace por nosotros? Yo no me chupo el dedo. Y comienzo a estar harto de esa hembra.

Diciéndolo se rascaba el pecho en el lugar donde un día la daga de la princesa se había abierto camino entre las mallas de la loriga. Arenós reía francamente:

—Vamos, Rocafort, respiras por la herida.

—¿Qué herida? La daga de la princesa me hizo la impresión de la picadura de un mosquito.

—De una pulga —dijo Muntaner riendo—. Los mosquitos no van debajo de la camisa.

Más lejos se separaron sin volver a hablar.

Gallípoli parecía una ciudad segura y pacífica. El verano era caluroso. La gente se bañaba en la playa. Los hombres, de día. Las mujeres, de noche. Todos en cueros, como Dios los crío. Las mujeres se quejaban de que el agua estaba fría. Las mujeres, en cuanto se trata de los derechos de su desnudez, se quejan siempre. De día el agua estaba demasiado caliente y de noche demasiado fría.

Algunas no querían bañarse a la luz de la luna porque había muchas supersticiones. Creían que las que se bañaban a la luna llena quedaban embarazadas en el primer contacto con el hombre.

Otras evitaban la luna sólo para no ser vistas.

Las casadas pudientes se hacían transportar agua de mar a su casa y tomaban largos baños para enjuagarse después con agua dulce asistidas por una buena docena de sirvientes. Apenas repuestos los griegos de las matanzas catalanas, comenzaban otra vez a levantar la cabeza y a presumir como mujeres. Esto último era lo que solía decir Rocafort, entre divertido e impaciente.

Cuando nadaban los soldados, siempre había en la playa una corte de mercaderes griegos ofreciendo agua de nieve y algunas raquíticas frutas. Entretanto, contemplaban a los hombres desnudos y discutían entre sí sus gracias o sus defectos. Como hablaban griego, los soldados no los entendían.

Por la noche llegaron algunos capitanes turcos adelantándose al grueso de sus fuerzas. Entre ellos Ximeliz. Muntaner tenía la preocupación de que aquel general turco, hombre espigado, alto y de perfil de ave, era un renegado español. Llegó incluso a pensar que su nombre era Ximénez, y de allí Ximeniz y Ximeliz. La cosa podía ser delicada y no se la dijo ni a Arenós, con quien no tenía secretos.

Seguía Muntaner bienquisto de todos, sin dejar de ser tomado a broma por los soldados. Su victoria contra los genoveses, que había sido una de las más arriesgadas y difíciles, tenía un carácter un poco humorístico por haberla conseguido con las mujeres de los almogávares. Se había propuesto tomar como empresa de caballero la frase: “Mal acompanyat de hommes e ben acompanyat de fembras”. Pero no se había decidido a hacerla grabar en madera ni bordar en estandarte. Lo único que le quedaba como testimonio de su proeza era la nariz rota, el hueso de la nariz roto —como en el príncipe Miguel—, que le daba un aire un poco menos sagaz que antes.

El día siguiente de la llegada de Ximeliz y sus capitanes Muntaner lo dedicó a preparar la instalación del ejército turco y por la noche la princesa invitó a los capitanes a su morada. Estaban también las doncellas y los galeotes. Ximeliz y sus capitanes Solimán y Abenoza eran corteses y afables, aunque Abenoza no podía recordar la recomendación que Muntaner le había hecho de no regoldar delante de la princesa. Entre los turcos el regüeldo no es una costumbre soez.

La princesa miraba a Ximeliz y pensaba: “Ése es el aliado de Rocafort. Difícil de entender, imposible por el momento de conocer. Si pudiera hacerle interesarse por Zoé, tal vez habría alguna posibilidad de entrar en sus intenciones a través de las confidencias de la bailarina”.

Dijo la princesa a Zoé que Ximeliz era un hombre importante y que debía bailar para él aquella noche. No tardó en ver que el jefe turco se conducía de un modo receloso y precavido con las hembras. Tal vez no se sentía especialmente atraído por las mujeres y tenía sus costumbres privadas. La princesa, aunque no lo miraba de frente, no perdía ninguno de sus movimientos. Por el momento trataba a Ximeliz con la mayor cordialidad y le hacía presentir alguna esperanza de granjería y provecho. Los turcos siempre ven en el príncipe el ser providencial de quien depende su felicidad o su desgracia.

En un aparte María le dijo a Rocafort:

—Ximeliz parece hombre avisado.

—Esa fama tiene con los turcos.

—¿Cuántas tropas trae?

Rocafort mintió:

—Seiscientos de a caballo y dos mil peones.

Otras veces había dicho una cantidad bastante inferior. La princesa sabía que Rocafort tenía poca memoria y se atrapaba los dedos cuando mentía. De aquel embuste quiso deducir la princesa que Rocafort trataba de impresionarla con sus aliados personales. Tal vez de intimidarla.

Hubo música y Zoé bailó en grupo con dos jóvenes griegos de una belleza equívoca. La princesa había recabado de Zoé aquellos bailarines pensando en Ximeliz y en sus acompañantes porque la mala fama de los griegos la estaban heredando históricamente los musulmanes. Los capitanes miraban a aquellos bailarines con grandes reservas humorísticas.

Muntaner, Arenós y Pérez de Caldés se habían puesto sus mejores galas. La más estimada era entonces una especie de calzón de delicado tejido hecho con pelo de camello. Los mercaderes de Gallípoli conseguían a veces aquellas prendas. Era el tejido suave como la lana del Pirineo y duro e impenetrable al frío. También tenía, según decían, la virtud de defender la piel contra las cuchilladas, haciendo resbalar el acero. No todas, claro, sino las cuchilladas al sesgo, es decir, de refilón.

Aquellas prendas eran un producto de los telares turcos. Venían de las caravanas africanas y de los beduinos del Asia Menor. Bedua, en árabe, quiere decir desierto. A aquellos calzones les llamaban por esa razón beduinos.