CAPÍTULO XVI
“ASÍ, la ciudad de Rodesto ha sido exterminada. Esos hombres del pelo demasiado seco han subido a las últimas terrazas, a los tejados, han arrojado estopas encendidas por las chimeneas para que salgan los que están dentro si hay alguno escondido. Y yo en la plaza de las makarietas, inmóvil en mi caballo. Se oyen trompetas por la parte del castillo y Rocafort debe estar allí. No sé la hora que es. Nadie sabe la hora que es. Siento el reloj de mi corazón en el pecho marcando la hora del castigo. Sé que la venganza no da alegría. No me importa. Si ahora cambiara yo los archimandritas de los conventos y pusiera a los criminales de las galeras —no a los de mi escolta, sino a los ladrones y asesinos de profesión—, a la vuelta de algunos años todo lo que ahora es vicio sería considerado como virtud. Y al revés. Los hechos virtuosos de ahora serían crímenes. Pero la humanidad sería la misma y haría las mismas cosas que hace ahora, ni mejores ni peores, aunque les diéramos nombres contrarios. No habría más delincuentes ni más virtuosos que ahora. Y nos reiríamos de las makarietas. Las llaman así porque la catedral está bajo la advocación de San Makarios. Las makarietas son ahora otra vez vírgenes. La muerte será siempre virgen. Por eso me gusta la guerra y la sangre. Muerto y seco está lo perfectamente virtuoso, como esas makarietas.
"Vamos al castillo bajo esta luz tan viva y, sin embargo, amarilla y como en conserva. El calor de millares de cuerpos humanos se ha marchado y su frío lo va impregnando todo. Yo he visto a un almogávar de unos cuarenta años, peludo y hosco, sonreír inclinándose sobre una virgen. Y llevándola por fin a empujones con la daga ensangrentada a la espalda. La sonrisa del almogávar era un poco beocia, como son las sonrisas del deseo. La mirada era la de la muerte. Muy inteligente, como suele suceder. Y las dos cosas juntas y el almogávar empujándola a la niña me parecían bien.
"Detrás de mí vienen los otros. Van todos hablando, detrás de mí. Contentos los galeotes de estar vivos y en libertad. Estas son las cosas que los hombres hacen en tierra —dice Basilio cuando ve un muerto—. Las doncellas hablan apasionadamente, y por el acento comprendo que sonríen mientras hablan. Creen que necesitan seguir sonriendo y hablando sin cuidado. Ahora yo percibo por el acento de los galeotes que los tres se consideran privilegiados y superiores porque han visto a las makarietas y porque los tres siguen encaramados en el lomo de sus caballos. Y se diferencian de las makarietas en que pueden sentir su mismo frío bajo el sol del mediodía, pero ellas no pueden sentir nuestro calor. No hay humo por parte alguna. Las órdenes de Rocafort se han respetado. No hay humo ni incendios y parece que no queda ya nadie vivo. Ni un perro ni una mula. Los gatos se han salvado en los tejados, detrás de las chimeneas. Esta noche bajarán y se irán comiendo a las mujeres de blandos pechos y de matrices secas. Ya estamos en la plaza otra vez. Ahora vamos al castillo”.
Cuando comenzaban a subir la rampa del castillo, la princesa dejó de monologar para sí y comenzó a hablar con los galeotes. Nicodemos, que solía estar siempre callado, dijo de pronto:
—La historia es como Rodesto: una ciudad poblada de muertos. Y a través (je la sangre y de la niebla de la sangre sólo los tontos se obstinan en mantener su palabra. Yo mantuve la mía diciendo que no cuando debía haber dicho que sí y por eso...
Seguía hablando, pero nadie le escuchaba. En el muro del castillo, a la izquierda de la rampa, había un nicho y un bajorrelieve muy antiguo: San Pedro. La princesa María pensaba: “Igual que el estandarte de la victoria, en Gallípoli. San Pedro. Yo no sé qué pensar, pero aquí, en este cementerio, no es necesario generalizar sobre el mal y el bien”.
Y así llegaron al castillo y entraron. No había guardias. Los vigías de las murallas bastaban para avizorar el horizonte. Por la noche pondrían una guardia por respeto a la princesa.
Extrañó a Nicodemos ver en el patio de armas un grupo de caballos con arneses diferentes y algunos ballesteros que tenían también una apariencia distinta. La princesa miró por el tragaluz de la escalera y les pregunto quiénes eran.
—¿No te acuerdas de nosotros? —respondió uno de ellos—. Yo sí que me acuerdo de ti, alteza. Eres la princesa María, esposa de nuestro señor Roger de Flor que Dios haya. En Artacio recogimos más de dos arrobas de oro turco para mandártelas a Constantinopla. Luego estuvimos en Cízico. Y nos marchamos con Arenos, el gentilhombre aragonés. Pero no llegamos a Sicilia, sino que nos quedamos al servicio del duque de Atenas que tenía guerras con sus vecinos. Jiménez de Arenos y yo y otros fuimos muy mejorados después de las primeras victorias en Atenas y allí estaríamos ahora si no hubiéramos sabido la traición del Emperador y la mala muerte que dieron a los catalanes y la miserable situación de Gallípoli. Al saberlo nos echamos a la mar y fuimos a Gallípoli con sesenta caballos y trescientos hombres, todos soldados viejos.
—¿Y Jiménez de Arenós, dónde está? —preguntó la princesa.
—Arriba. Acabamos de llegar todos.
La princesa subió al kenourgion. Había allí más soldados recién llegados, cuyos ojos no se habían encarnizado bajo el sol de aquella jornada. Algunos se quitaron los bonetes al ver a la princesa.
En la sala estaba Jiménez de Arenós con sus capitanes. Saludó a la princesa y confirmó después lo que habían dicho los soldados. Rocafort miraba a Arenós con una simpatía taciturna y recelosa. Pensaba: “Salió a tiempo de Atenas, pero ha llegado aquí cuando el peligro mayor ha desaparecido ya. Es un hombre de suerte, Arenós. Ahora tiene la fama de su lealtad y al mismo tiempo la seguridad de los victoriosos”. Pero no era su culpa. Se le acercó y dijo:
—Si te quedas con nosotros, el puesto de senescal es para ti, con la venia de la princesa.
—No, gracias, Rocafort. Soy pieza de mal ajuste.
No le gustaba estar a las órdenes de Rocafort y éste se dio cuenta y no se sintió ofendido. Consideraba a Arenós socialmente superior. Era de una casa conocida, de Sobrarbe. Le preguntó:
—¿Pues qué vas a hacer?
—Asomarme a Constantinopla. Dar una sorpresa. Un golpe sin sostener la ofensa.
—Poca gente llevas para eso, Arenós.
—Poca, pero buena.
La presencia de Arenós —incluso el tono de su voz— le recordaba a la princesa los tiempos de su luna de miel en Constantinopla y después en Cízico.
Para disimular su emoción se acercó a una ventana. Y pensaba: “Arenós estaba enamorado de mí, en Cízico. Eso me decía mi madre”. ¿Sería verdad? Su madre solía decir cosas que no eran verdad, a veces. El silencio de la ciudad era el de una aldea grande en la que no hubiera sucedido nada. Desde aquella ventana se veía la plaza con las makarietas apoyadas todavía en el muro. Decía la princesa: “Aquí yo podría vivir. Pero sin estas moscas verdes con alas de metal que ahora lo invaden todo. Y sin muertos en la ciudad”. Y escuchaba el diálogo de los dos capitanes detrás de ella. Mientras oía hablar a Rocafort con su acento rotundo y a Arenós sonriente y ligero, pensaba: “Rocafort nació con su loriga y morirá con ella, también. Debe hacer el amor con la loriga y la celada puestas. Pero Arenós es de la estirpe de Roger y de Berenguer de Entenza. No sé concretamente cuál es esa estirpe. Es igual. Y lleva —creo que ahora no, por el calor— guantes perfumados y sabe bailar en los salones con las damas”.
Ofreció Rocafort un vaso a Arenós y le preguntó:
—¿Cuándo tomas la vuelta de Constantinopla?
—Esta misma noche.
Le insistió para que se quedara a dormir en el castillo con su gente. La princesa estaba indecisa sobre lo que debía hacer y esperaba que la presencia de Arenós y de sus capitanes le ayudara también a decidirse. No estaba segura la princesa de que deseara quedarse con el ejército de Rocafort. Y junto a la ventana volvía a sentir la emoción del silencio de la tarde. También percibía una vaga sensación de misterio sabiéndose ella —con los catalanes— instrumento del destino que había hecho tantas cosas y tan tremendas aquel día. Las moscas verdes, de alas metálicas, zumbaban alrededor.
Dio Arenós orden a sus tropas (que estaban todavía fuera de la muralla) de entrar y salió con Rocafort y con la princesa a revistarlas. Dejaban en aquellas revistas el lugar de honor a la princesa, quien iba pasando a caballo entre severa y amistosa sin perder la cara de los soldados y deteniéndose de vez en cuando a cambiar una palabra con alguno.
Después, los soldados rompieron filas. Para evitar problemas de competencia con la gente de Rocafort, el capitán Arenós ordenó a los soldados que entraran en el castillo y no volvieran a salir de él sin su permiso. A los que se lo pidieron les dijo que no tocaran nada de lo que vieran ni entablaran discusiones con nadie. Había demasiado botín tentador y demasiadas novedades.
Aquella noche, después de la comida, los capitanes se reunieron con sus jefes y con la princesa. Acompañaban a la princesa dos de sus doncellas y los tres galeotes, cuya presencia chocaba a Arenós.
—¿Quiénes son éstos? —había dicho. Y Rocafort le dijo después de beber y de limpiarse los labios con la manga:
—Son los tres Reyes Magos, ¿no los has visto? Melchor, Gaspar y Baltasar.
Mientras lo decía, apuntaba con el dedo a cada uno de ellos. Uno de los viejos rectificó:
—No. Yo soy Nicodemos.
Bajo la piel tostada por el sol, el rubor se le notaba a Nicodemos en la punta de la nariz.
—Quería contar su vida —dijo Simeón con desdén.
—¿Tú? —se extrañó Rocafort un poco borracho—. ¿No eres un miserable remador de las galeras?
Eso no podía negarlo Nicodemos pero, según decía, no había hecho nunca nada malo. En su juventud iba con la cabeza desnuda y la camisa abierta por los caminos y las aldeas tendiendo la escudilla a las horas de comer. Pero un sátrapa de Cirenaica lo vio un día y desde su caballo hizo un gesto a sus criados.
—Me arrestaron —decía Nicodemos— y el sátrapa me tentó los músculos del brazo y los de la pierna y dijo: “A las galeras de mi primo”.
La princesa le preguntaba si le gustaría ir a tender otra vez la escudilla por los mercadillos. Nicodemos se quedaba un momento meditando y por fin decía:
—La verdad es que no hay vida como ésa, señora.
Tenía la princesa la manía de atribuir a Nicodemos crímenes secretos e inconfesables y él a veces sonreía como una ardilla y decía entre dientes estos versos que había conseguido rimar con bastante fluidez y que a él le parecían sublimes:
El crimen es siempre el crimen y la virtud es virtud guárdalos los dos secretos de la cuna al ataúd.
Simeón dijo irritado:
—Este Nicodemos siempre con tonterías, buscando palabritas que peguen una con otra.
En cambio, Nicodemos censuraba a Simeón porque después de brindar y beber, rompía el vaso tirándolo contra el suelo, como si fuera un hombre de riqueza y señorío.
Todos escuchaban a los “Reyes Magos” con disposición a la chanza. Y Arenós no pudo menos de preguntarle a la princesa por qué los llevaba con ella.
—¿Yo? —preguntó María un poco asombrada—. Los llevo conmigo porque son simples seres humanos cuya felicidad depende de mí.
—¿Y nosotros? ¿No somos humanos, nosotros?
La princesa María no contestaba. Pensaba para sí: “Sois a veces sobrehumanos, pero quizá por eso mismo no es posible con vosotros cierta intimidad neutra. Y yo la necesito. Sois unos pequeños monstruos. Sois dioses mortales”. Pensaba todo esto sin decirlo. La princesa sabía como nadie mirar de frente sin contestar.
Rocafort y Arenós se hacían confidencias en catalán. Rocafort dejó bien establecido que Arenós no debía esperar ser racionado o pagado por las arcas de Gallípoli. Ya no había detrás de ellos tesoro imperial alguno. Y si quería actuar por su cuenta, debía atenerse a las consecuencias y no esperar socorro ni ayuda. Bromeaba Arenós y decía al final:
—No necesito ayuda, pero si algún día estás en apuros, ten la seguridad de que acudiré. Con dinero, con víveres o con armas. Aunque no haya tesoro imperial detrás.
A Rocafort no le gustaba la simpatía fácil de la gente con Arenós. La tropa sabía que Rocafort tenía las arcas repletas de oro, en Gallípoli. Y víveres y ropas de lujo. Estar con Rocafort era ser rico. Y tener la perspectiva de serlo para siempre y poder un día “echar censos y fundar rentas” en Cataluña. A pesar de todo esto, la gente simpatizaba más con Arenós.
El capitán aragonés miraba a las doncellas y a los “Reyes Magos”. La princesa quiso hacer hablar a Basilio, que cabeceaba adormecido sobre su copa de licor. Basilio volvía a la realidad y mascullaba amenazas contra sus enemigos. Nicodemos, en cambio, que no solía hablar, estaba deseando poder decir algo, sin duda porque había bebido. Se acercó a la ventana y habló dirigiéndose al exterior:
—Oh, madres de Rodesto, llenas de preces. Lo que pasa es grandioso, pero, para mi gusto, bastante es ya bastante y es aún demasiado. Yo no he hecho más que acompañar a su alteza. La ciudad huele a mar y las mujeres muertas tienen las cabelleras embreadas de negro y no falta más que arrimarles el ascua, la candelita. Ellas tienen las uñas pintadas de rojo. Las mujeres se pintan las uñas para que los hombres se fijen en ellas —en las uñas— y se crean domadores de tigres. Pero los hombres de aquí no eran ni tigres ni gatos. Y la gente mata a la gente. Los soldados pueden matar. Es su oficio. Pero los otros..., ah, yo sé por qué se mata tan fácilmente. Cuando dan el pequeño empujón con la lanza debajo de la barba, cada cual cree que matando al otro (que es su imagen y semejanza) se matan a sí mismos. Entre el cielo y el caballo uno se queda solo y cree que lo entiende todo. Y sigue matando. Matándose a sí mismo cuando da el empellón con la parte sana. Así es la vida y yo no la he hecho ni la pienso deshacer. Yo veo el mar, siento el olor del mar y obedezco a la señora.
Rocafort derribó dos copas de plata sin querer, y alzándose a medias dijo:
—No quiero borrachos delante de mí. ¡Que se vayan!
Dijo la princesa que los galeotes eran sus amigos y Rocafort insistió en que debían salir del cuarto porque a él no le gustaban los Reyes Magos y no había creído nunca en ellos.
Arenos advirtió:
—Son del séquito de la princesa María.
—¡He dicho que se vayan!
La princesa había acordado marcharse con Arenos, pero quería quitarle a aquella decisión la apariencia de un rompimiento con Rocafort. Odiaba los malentendidos pequeños que a veces estallan como minas y causan catástrofes.
Entonces otro soldado de Arenós, que acababa de entrar en la sala llevó aparte a su jefe y le dijo:
—Capitán, yo creo que debo darte cuenta de una grande novedad. No es éste un sitio a propósito para hacer noche.
Arenós pensó: “Éste ha descubierto centenares de muertos. Millares de mujeres y de niños muertos”. El borracho Rocafort se daba cuenta de que la princesa había cambiado de disposición con él desde que vio a Arenós. María preguntaba:
—¿Hay aljibe en este palacio?
No quería quedarse en las casas con aljibe porque producían, según decía, rumores subterráneos por la noche. Era la filtración de las lluvias de los últimos días, tal vez. En un palacio donde días antes se había alojad fueron al aljibe y hallaron una nutria en la orilla. Una nutria que quiso huir y viendo que era imposible se zambulló. Cuando la princesa lo supo quiso cambiar de alojamiento. Y repetía:
—Si hay aljibe en el castillo, me iré a otra parte.
Rocafort creyó que era un pretexto. Los borrachos son susceptibles y a menudo aciertan.
Se oían a veces alaridos lejanos, como de chacales. Pero eran de personas. El soldado de Arenós añadió bajando la voz:
—Suceden cosas que tú no sabes, Arenós. Más de trescientos hombres vivos, pero heridos de muerte, agonizan en el muladar.
Arenós se dirigió a Rocafort y le dijo alzando la voz como si fuera sordo:
—Esta noche nos iremos. Quiero marcharme para estar frente a Constantinopla cuando amanezca.
—Bien, Arenós. Ya sabes. Si necesitas ayuda, avisa.
La borrachera no cancelaba del todo cierto compañerismo. La princesa se apartó con Arenós:
—¿Cuándo te vas?
—Lo antes posible.
—¿Ahora mismo?
—Si han acabado de herrar algunos caballos que andaban mal calzados, ahora mismo.
—Yo voy contigo —dijo ella— y si no te importa llevaré a mis doncellas y a mis galeotes.
—Antes —dijo Arenós, receloso— necesito hacerte una pregunta difícil. Difícil para un caballero. Los soldados tenemos la mano áspera. Perdona, alteza. ¿Tiene motivos Rocafort para sentirse celoso si vienes conmigo? No celoso como capitán, sino como hombre.
La princesa lo miró con las cejas altas:
—Claro que te entiendo. Nadie tiene derecho en el mundo a sentirse celoso de mí como hembra.
Salieron del castillo. Dos de las doncellas los siguieron de mal talante, pero disimulando. Se quedaba Zoé en Rodesto, con el tácito consentimiento de la princesa. Las doncellas informaban de vez en cuando a la princesa sobre lo que hablaban los capitanes entre sí o sobre lo que Rocafort les decía en la intimidad. Sofía y Constantina decían que no entendían el castellano, pero lo entendían y también el catalán. Cuando Arenós descubría alguna de esas aparentes contradicciones, se quedaba desorientado y pensaba que la princesa debía ser un genio para las intrigas. Si hubiera pensado lo mismo de la reina Irene, habría acertado, pero con la princesa se equivocaba.
Los galeotes, felices de verse otra vez a solas con la princesa, es decir, lejos de Rocafort, al que tenían miedo, montaban en sus caballos. Una vez en la calle, la princesa dirigió la pequeña comitiva hacia las murallas evitando los lugares donde sabía que había muertos.
Fuera de las murallas estaban ya las tropas en formación de viaje. La princesa se decía: “Estos hombres son de hierro”. Olvidaba que ella misma estaba poniendo a prueba su resistencia.
Comenzaron la jornada. Cerca, en las sombras —y a veces lejos— se oían gañidos de animales que acudían al hedor de Rodesto. Aunque estaban fuera de las murallas, el aire olía a sangre y los caballos lo percibían mejor que los hombres. El olor de la sangre era el olor de la muerte y los animales que no sabían lo que era la muerte percibían, sin embargo, su proximidad y amenaza. Los caballos tenían más miedo cuando todo había pasado ya, cuando comenzaba a hacerse el silencio sobre la sangre vertida.
El olor de la sangre parecía pegarse al suelo y adaptarse al cuerpo de los hombres. Los caballos lo sentían. Arenós acariciaba al suyo tratando de calmarlo.
Un sargento de coraceros decía a su vecino:
—Al animal se le quiere más que a la persona.
El otro ladeaba la cabeza, negando, y el sargento insistía:
—Si bien lo miras, a una persona se la quiere porque te da el calor de su amistad y si es hembra porque se acuesta contigo y tú sacas tu placer. Pero a un animal se le quiere sin esperanza ni premio. Porque sí. Ahora, dime tú: ¿no tengo razón?
Aquel sargento siempre iba razonando y los otros se daban cuenta de que ponía en sus razonamientos su vanidad y se negaban a dejarse convencer.
La princesa quería oír hablar a Arenós y planteó un tema delicado:
—Rocafort ha ido demasiado lejos en Rodesto. ¿Matar a los niños? Los niños no tienen culpa y no saben de la vida ni de la muerte.
Arenós se dijo: “La princesa ha estado presenciando probablemente todos esos horrores sin pestañear. Pero ahora protesta”.
—Yo no haría cosas como esa, es verdad —concedió Arenos—. Pero no me voy de Rodesto por esa razón. La cosa es que mi gente no debía dormir allí. Pasar la noche en medio de quince mil muertos sin enterrar, con los capitanes de Rocafort borrachos, no es la mejor preparación para las jomadas que esperan a mi gente. Yo creo que los muertos hacen algo por la noche cuando están sin enterrar. Un viejo soldado dice que ponen agua en las venas de los vivos que duermen cerca. A mí me parece una superstición tonta, pero siempre que puedo evito que la gente duerma en el campo de batalla cuando está lleno de muertos. Con mayor motivo en Rodesto, donde no queda nadie vivo.
Se oía un ronquido, cerca. La princesa explicó:
—Basilio se ha dormido en su caballo. La costumbre del banco de la galera le permite dormir caminando.
Arenós seguía pensando en Rodesto. La princesa dijo:
—El odio fatiga.
Nicodemos advirtió que también se podía castigar a la gente con el amor. Arenós tenía ganas de escuchar a los otros galeotes y ellos no hablaban, no decían nada. La princesa volvió la cabeza a medias:
—Basilio.
—Señora —dijo él con la voz del que despierta.
—Cuéntanos alguna de las historias que has oído en las tierras del Sur, donde hay hienas y grandes lagartos.
—Lagartos fluviales. Así se llaman.
El galeote comenzó:
—Este cuento lo oí yo en las orillas del Nilo. Era una noche como ésta y se veía un camino por el que andaban las carretas hasta— el desierto dejando huellas en la tierra húmeda. Las carretas pasaban en la noche y sus ruedas gemían delicadamente. Su canción era antigua y nadie la entendía, pero yo la entendí. Las ruedas decían que el mal hijo se escapó una noche de casa, salió al camino y lo robó.
—¿Qué es lo que robó, Basilio?
—Robó el camino —dijo Basilio, feliz de saberse atentamente escuchado por la princesa— y se lo llevó arrollado a la espalda. No pesaba mucho, aunque era un camino que entraba y salía de la selva tres veces. El mal hijo se llevó el camino a una cueva cerca del mar y allí estuvo esperando cinco años. Cuando los otros supieron dónde estaba y fueron a buscarlo, el mal hijo echó el camino sobre las aguas y se puso a andar por él, pero el caminito se acababa y le faltaba un trecho para llegar a la isla donde quería salvarse. Entonces pasó un barco, recogieron al mal hijo, le pusieron cadenas en los tobillos y le dieron un remo. Estuvo remando toda su vida hasta que le nacieron barbas blancas, y entonces...
La princesa dijo:
—Esa es la historia de tu vida, Basilio. También Nicodemos quiso contar la suya en Rodesto y no se lo permití.
Pero Basilio contestó con un ronquido. Se había dormido otra vez. Arenós alzó la voz:
—Eh, Nicodemos, ¿qué te parece lo que ha pasado en Rodesto?
—¿Me habla a mí, señor? Pues no pasó nada. La vida es así. Lo que yo pienso es que si Rocafort hubiera matado a un solo hombre indefenso, nadie lo discutiría. Cosas de la guerra. Si en lugar de uno son quince mil, ¿qué más da? La cantidad no hace el crimen peor ni mejor. Eso creo yo. Entonces, yo tampoco digo nada. Sólo digo que la vida es como es y nosotros vivimos y nadie pidió que lo trajeran a la vida.
Caminaron largo trecho sin decir nada. Era fatigoso, caminar. Se sentía en las sillas de los caballos la dureza del suelo. El alférez Arbúes avanzó un poco y se emparejó con el capitán:
—Tengo ganas —dijo— de trotar sobre los prados del valle de Balaguer. Allí el suelo es muelle y gustoso.
Añadía que había corrido por los banquiles del Segre y del Cinca mientras las mozas cantaban en las eras:
Que deja las avellanicas, moro,
que yo me las varearé,
dos y tres en un pimpollo, que yo...
Y bailaban tocando palmas. Los prados de España eran cómodos para los cascos de los caballos. Y en las eras las mozas cantaban.
El cielo negro estaba constelado de estrellas, algunas muy grandes y brillantes. Por ellas Arenós leyó la hora y dijo:
—Antes de las nueve de la mañana estaremos a la vista de Constantinopla.
La princesa, al oírlo, espoleó al caballo, que tomó un paso más vivo sin ponerse al trote. Los otros alargaron el paso, también. La princesa preguntaba:
—¿Por qué te marchaste de Cízico?
Arenós, distraído, parecía estar pensando en el plan de acción del día próximo. Ella repetía la pregunta y Arenós dijo vagamente.
—El tiempo andaba confuso, había niebla. Neblina baja. Confusión entre la gente del palacio.
Callaba Arenós y la princesa preguntaba irónica si no habría niebla en Atenas. Sin percibir la ironía, dijo el capitán que en Atenas no solía haberla, aunque podía ser que la hubiera, sobre todo en invierno y en las primeras horas de la mañana. La princesa cambió de tema y se puso a recordar a las makarietas de Rodesto. Había una que estaba caída en el suelo y conservaba debajo de su cara momificada todo su terror natural. Había otra cuyo perfil denotaba cierta alegría. También recordaba que cuando iba al castillo por las calles de Rodesto, Zoé se detuvo a mirar a una mujer recién muerta. La cabeza era de oro medio vítreo medio cristalino. Nicodemos también se detuvo y tenía ganas de tocarla con las manos, pero no se atrevía. Iba ya a desmontar cuando la princesa le dijo:
—No la toques porque no puedes imaginar si ese contacto quema o hiela.
Arenós se sobresaltó:
—Esas cosas de Rodesto no son para volver sobre ellas y menos para hablar. Se hacen y se sigue adelante. Es la guerra.
La princesa callaba.
Al amanecer avivaron el paso. La princesa volvía a hablar y lo hacía con una expresión directa y simple. Arenós la miraba de reojo y hallaba en su rostro el perfil de la infantilidad. Con aquel perfil no había más remedio que escuchar todo lo que quisiera decir.
Llegaron a la vista del estrecho. Olía a mar y se veía una niebla flotante que era azulenca arriba y casi roja abajo. Se detuvieron. Arenós miró a la derecha y a la izquierda con un gesto de perro venteador. O de ave. Un ave nobiliaria, de blasón. Lejos, a la derecha, se veían los arrabales lejanos de Constantinopla. En aquel campo había mucho cuarzo y feldespato y brillaba tanto como si estuviera cubierto de escarcha. El sol llegaba al sesgo.
—Esto es como en invierno —decía un caballero haciendo pantalla con la mano inútilmente porque el resplandor llegaba de abajo.
Más lejos, el brillo del suelo cesaba porque había matorrales y hierba a trechos seca y a trechos verde. Y casas. Eran los arrabales. A la izquierda, un bosque, y al final, otra vez la llanura con feldespato y mica. Parecía encharcada en algunos lugares, aunque en todos estaba seca. Y se veían más casas detrás. Algunas echaban todavía humo por la chimenea, aunque habían sido abandonadas por sus ocupantes. “Todos han dejado el almuerzo a medio cocer”, se decían los soldados.
Olía a resina y a trapos mojados. Un cabo decía que olía a fuego y cuando los otros se reían de él juraba que los caballos sabían por el olfato dónde y cuándo había fuego. Los más próximos reían y decían que los caballos olían el humo.
—Pues yo digo que el agua huele. Y que si huele el agua, también puede oler el fuego, su contrario.
Aquí y allá, las techumbres de las casas blancas o rojas aparecían por debajo de la niebla como barquitos desarbolados. Había zonas confusas entre aquellos grupos de viviendas y cuando Arenós se alzaba sobre la silla para ver más claro, la princesa le explicaba:
—Son los suburbios de Pera.
Seguían caminando. A la derecha y enfrente, sobre la niebla, había una luna de nieve a medio fundir. Arenós envió una patrulla a explorar.
—Que nadie trabe combate —advirtió.
Callaban y avanzaban al trote. Por fin se detuvieron. Detrás de las casas de los suburbios se veía otro barrio más rico de apariencia, y más lejos las cúpulas de Santa Sofía y torres con minaretes y campaniles. La ciudad inmensa se extendía a los dos lados. La princesa dijo que veía las terrazas de su palacio al lado de Santa Sofía y cerca del mar. Se sentía más en la ilusión que en los sentidos, el olor del humo de las cocinas lejanas, el rumor de los campaniles y la fragancia de los jardines imperiales.
Un hombre cruzaba el camino con un haz de leña y al ver a la tropa se detuvo temblando y esperó a los soldados, convencido de que era inútil tratar de huir. Delante de Arenós se puso a suplicar en griego. La princesa lo oía, indiferente:
—Pide que lo matéis —explicaba—. Pide por favor que lo matéis. Dice que si no lo matas tú, lo matarán los soldados del príncipe Miguel.
—¿Por qué te matarán?
—Por haber hablado contigo.
Trataba de arrodillarse el leñador. La princesa le hizo muchas preguntas y el pobre hombre respondía apresurado y temeroso, diciendo todo lo que sabía. Para él, Roger de Flor, muerto en el palacio imperial, había sido Rey en un país lejano y lo mataron por orden de su suegra, la reina Irene, arrancándolo de los brazos de su esposa, la princesa María, “en el lecho de amor”. Del príncipe Miguel no quería decir nada, por miedo. De Rodesto no sabía nada y mirando las tropas que seguían a Arenós, dijo:
—Cuando estas tropas han podido llegar aquí, es que lo han matado y quemado ya todo en Rodesto.
La princesa María le preguntaba por Andrónico el Emperador, y el viejo decía:
—Allá en las terrazas blancas, siempre mirando para Andrinápolis y suspirando.
—¿Está la princesa María con él? —preguntó por el gusto de ver lo que decía.
El hombre respondió con la mayor seguridad:
—No, porque se fue al sepulcro con su esposo Roger y allí está sin comer ni beber y conservándose, a pesar de todo, hermosa y lastimera. Un milagro de Santa Sofía, según dicen. Y también dicen que tiene la cabeza en desvarío por el amor del difunto. Eso dicen los popes en su misa. Yo lo creo a veces y a veces no lo creo.
Estaba la princesa asombrada. Al parecer, Andrónico engañaba a la gente ocultándole el hecho de que la viuda de Roger estaba con los catalanes.
Hicieron más preguntas al leñador para averiguar lo que pudieron en relación con las fuerzas militares de la ciudad y luego lo ataron de pies y manos a un árbol por el lado contrario al sol. Al pasar cerca, los soldados se burlaban y le decían bromas. Uno le disparó un flechazo que fue a dar en el tronco del árbol, encima de su cabeza. El viejo dio un grito y todos rieron y le dijeron maldiciones y procacidades en catalán.
A pesar de haberse acercado cautelosamente, todas las casas estaban vacías. No tardaron en ver un destacamento de romeos a caballo. Acometieron y lo desbarataron matando a más de la mitad, que serían unos doscientos. Hechos ya a la violencia y a la sangre, Arenós los dejó saquear e incendiar y se quedó con la princesa y su escolta en un altozano, desde donde se dominaba el campo.
Algún tiempo después ardían la mayor parte de los suburbios de aquel lado Sureste y como el humo es muy escandaloso, el estrago parecía mucho mayor.
Se presentaron por distintos lugares destacamentos de caballería romea y alana. Arenós arengaba de un modo muy diferente que Rocafort:
—Caballeros aragoneses, vamos a tener otra ocasión para mostrar lo que valemos. ¡Adelante!
Pronto quedaron las calles cubiertas de caballos muertos y de jinetes destrozados. Cuando vio Arenós que no había más que quemar o matar, se pusieron a comer y a ordenar el botín. Los caballeros comían sin apearse, entre risas y bromas. La princesa veía que la gente de Arenós conservaba, por decirlo así, sus nervios y no caía en brutalidades innecesarias ni en aquellas orgías de crueldad que había visto a menudo entre la gente de Rocafort.
Miraba a lo lejos las torres blancas de su alcázar y decía:
—Mi tío el Emperador cree probablemente que éste va a ser su último día. Viendo todo este humo y estrago, debe pensar que somos doce mil caballeros y treinta mil infantes.
Pensando en esto, la princesa sentíase culpable sin saber por qué ni de qué. A veces tenía ganas de llorar.
Arenós había presto vigías que alcanzaban los últimos extremos de la ciudad por Oriente y por Occidente y que dominaban los puentes y calzadas. En una extensión de más de quince millas no podía moverse nadie sin ser apercibido.
Soltaron a dos muchachos a quienes habían apresado y antes de que les permitieran escapar la princesa les dijo que tenían consigo seis escuadrones de caballería turcopol de Bulgaria para que lo repitieran al llegar a la ciudad y su tío se sintiera rodeado de enemigos por todas partes.
La princesa pensaba para sí: “Me siento humilde con las tropas de Arenós. Me gusta sentirme nadie entre la gente que también se siente nadie y ataca o se defiende o avanza o huye en masa”. Pero no había visto huir aún a los catalanes ni a los aragoneses. En aquel momento creía simplemente que siendo no más de trescientos podía tomar la ciudad y someter a Andrónico. Arenós le explicó la imposibilidad material y ella se resignó a duras penas:
—Tú no morirás nunca como Roger —le dijo—. Tú eres prudente.
No comprendía, Arenós. Estaba preocupado por el hecho de que no salieran más fuerzas a atacarle. Siguieron paralelos al río, quemando y saqueando hasta casi envolver la ciudad en humo.
—A la noche —dijo Arenós— se verá todo este fuego diez veces mayor de lo que es.
La princesa pensó: “Estará hermoso el horizonte para mirarlo desde las ventanas de mis antiguas habitaciones, en el palacio. Pero sólo lo verá Miguel”. Preguntó por qué lamentaba Arenós que no salieran destacamentos a atacarle y él dijo que aquello era indicio de que estaban concentrando grandes fuerzas en alguna parte y preparando una emboscada para cortarle el camino de regreso.
Y era verdad. Andrónico se sentía punto menos que perdido cuando tuvo noticias de que los asaltantes no eran más que trescientos. Reunió a toda prisa la mejor gente que tenía hasta conseguir ochocientos caballeros muy arrojados y diestros y dos mil infantes. Les mandó que se adelantaran cautelosamente y se pusieran en emboscada cortándoles a los catalanes el camino de regreso.
Pero Arenós caminaba con orden y cuidado. Las patrullas corredoras descubrieron la emboscada y volvieron a avisar. Como no había paso por otro lado, Arenós reunió a las tropas y les dijo:
—Ya veis que el enemigo nos tiene cerrado el camino y que sólo puede allanarlo nuestro valor. Se trata de la vida de todos. Pelearemos como si éste fuera el último día de nuestra existencia y Dios permitirá que hagamos conocer a esta gente vil que donde quiera que estén y cualquiera que sean sus armas y ventajas les ha de alcanzar nuestra venganza justiciera.
Entretanto, la princesa María, desde su caballo, se acercó a los reparos de los romeos y gritó en griego:
—Soy la hija del kan de Bulgaria y os ordeno dejar las armas. La puerta del alcázar de mi tío Andrónico ha sido quemada y hay detrás un perro corpulento alzado en dos patas. Tiene cara humana y se parece al padre de Andrónico, el usurpador. Yo os ordeno que arrojéis las armas. Ese animal detrás de la puerta de mi alcázar da vueltas hacia Oriente, hacia Occidente, cantando los gozos de San Cirilo, que se le aparece en sus sueños al Patriarca. Yo os ordeno en nombre de San Cirilo que dejéis las armas.
Se retiró pensando que si la viera su madre estaría orgullosa de ella. Pero aquel orgullo posible de su madre la inquietaba. Es decir, no le daba la secreta satisfacción de otros tiempos. Desde la muerte de Roger, la reina Irene había evitado encontrarse con los catalanes y la princesa veía en aquello como una confesión de culpabilidad.
Los catalanes atacaron a fondo. Saltaban los caballos sobre los enemigos en la media luz del atardecer y, acostumbrados al combate, los animales mismos buscaban los lugares donde había flancos descubiertos. Los caballeros derribaban y los infantes degollaban. Las doncellas corrían por los flancos del ejercito romeo gritando:
—De orden de la reina Irene y de la princesa María, dejad las armas y volved a pasar el puente.
Sólo atacaba la caballería en el campo de Arenós. La infantería avanzaba despacio y expectante por el flanco. Únicamente hería y degollaba la vanguardia de la infantería, un pequeño escuadrón en forma de cuña romana.
Basilio y Simeón gritaban y agitaban sus espadas detrás de la princesa. Simeón quería pelear y la princesa no pudo evitarlo. Había recogido del suelo un yelmo y una lanza. En el primer choque se le rompió la lanza y con la mitad de ella, usándola como un garrote, iba y venía descargándola briosamente. Sus grandes fuerzas de remador encontraban por fin una oportunidad.
Arenós tenía que ceder terreno. Sus sesenta caballos, en medio de aquella multitud, no podían perder la formación. Al principio de la batalla intentó la dispersión, pero se apresuró luego a reagruparlos viendo el peligro encima. Retrocedían matando y Arenós los llevaba a un terreno propicio para la infantería. Una vez allí, los infantes almogávares, abiertos en dos alas, comenzaron a lanzar sus jabalinas y a rematar los jinetes caídos. Las dos alas de los griegos fueron replegándose entre un caos de relinchos y de alaridos. Los almogávares abandonaban a muchos de los jinetes romeos que, caídos en el suelo y embarazados con sus propias armaduras, quedaban inútiles.
—En nombre del Emperador Andrónico y del kan Azán...
La confusión llegó a producirse cuando los caballeros bizantinos vieron ocultarse la luna y cerrar la noche. La caballería de Arenós se había separado en seis escuadras de diez y atacaba ya todo el frente sostenida por los almogávares. El destrozo era superior a lo que el mismo Arenós creía posible y los griegos se defendían con dificultad.
Era el terreno pedregoso y los cascos de los caballos sacaban chispas de todas partes. Almogávares y caballeros seguían acuchillando con la eficacia de las tareas bien aprendidas. Entre los griegos nadie oía sino la voz del pánico. Y corrían los supervivientes en las sombras hacia la ciudad.
Recogieron los catalanes más de doscientos caballos vivos y abandonaron trescientos cincuenta muertos o malheridos. Sin detenerse a recoger sino las cosas de más valor, dejaron el campo cubierto de muertos y siguieron su camino hacia Pactio, a donde llegaron a la media noche. Arenós tenía una esquirla de madera —una astilla de una lanza rota— en el brazo derecho porque solía entrar en acción con el antebrazo desarmado y desnudo, como el Cid.
Al llegar a Pactio se curaron los heridos —no había habido un solo muerto— y después de montar las guardias se acostaron a descansar. No todos. Arenós, algunos capitanes, la princesa María y su séquito estuvieron largo espacio comentando las incidencias de la victoria. Arenós escuchaba a la princesa y aunque por respeto no lo decía, recordaba las brujas de los ejércitos antiguos que iban al campo de batalla a confundir al enemigo. Todavía se usaban aquellos pintorescos recursos entre los germanos y los britanos.
Miraba Arenós a la princesa con deseo, pero con reverencia. Arenós tenía la convicción de que la castidad es un arma en tiempos de guerra. Solía decir que después de tres días de castidad las fuerzas del hombre eran tres veces mayores. Cuando hablaba así, adquiría Arenós una especie de aura ascética que intrigaba a las doncellas. La princesa le preguntó de pronto:
—¿Por qué te marchaste de Cízico? Tú eres prudente, Arenós.
—Más que Roger, es verdad.
—Y más que Berenguer de Entenza. Y más que Rocafort. ¿Tú habrías ido al palacio de Andrónico en las condiciones que fue Roger? ¿Habrías pasado a la galera de Oria? —Arenós negó con la cabeza— ¿Habrías quemado las naves, como Rocafort?
—Yo no habría hecho nada de eso, alteza, es verdad.
Ella estaba pensativa y de pronto dijo que poseía el secreto de la guerra, es decir, de la victoria.
—Todo consiste —afirmó decidida— en despertar al dios de las patas de cabra: a Pan. Siempre hay cerca del campo de batalla un bosque donde Pan duerme y hay que despertarlo y hacerlo acudir. Y Pan acude y se pone de parte de los más valientes. Entonces los otros lo ven y les entra el pánico antiguo, el de los griegos, nuestros abuelos.
Arenós no lo creía fácil, pero asentía con la mirada. Era una caricia su mirada —pensaba la princesa—. Pero Rocafort llegó con todas sus fuerzas poco después, cuando acababan de acostarse a dormir las fatigadas tropas de Arenós. Se establecieron también los de Rocafort en Pactio, donde había sitio para todos, y Arenós no quiso levantarse para recibirlos pensando que al día siguiente y a la luz del sol tratarían lo que hubiera que trabar.
La princesa, oyendo el estruendo de la caballería pensaba: “Rocafort viene al reclamo de mi doncella Constantina. No le basta con Zoé, que se quedó ayer en Rodesto”.