CAPÍTULO VII

FORMÓ ROGER con las primeras luces del día, que era soleado y claro, tres escuadrones de caballería. Corbarán de Alet, que mandaba la infantería, la dividió también en tres cuerpos: catalanes, romeos y alanos.

En el campo turco se oían pífanos y chirimías. Gritos en masa como los de las altas bandadas de ocas migratorias eran traídos y llevados por la brisa. Dada la señal de embestir, los turcos, que eran mucho más numerosos, extendieron su caballería en un gran arco para envolver a los españoles, pero uno de los escuadrones de Roger cortó el arco y aisló el ala izquierda al mismo tiempo que causaba en él gran daño. Los turcos se batían con valor, pero iban peor protegidos y su maestría en la lidia era inferior. Así, centenares de ellos cayeron en los primeros contactos.

Los almogávares de las filas exteriores penetraban en la infantería turca degollando y avanzando. Los de las filas interiores, mientras llegaba su turno, gritaban su frase sacramental golpeando sus hierros contra el suelo.

Destrozada el ala izquierda de los turcos, con el campo sembrado de caballos muertos o enloquecidos y sin jinete, el escuadrón de Roger se empleó a fondo contra el centro y las tropas dieron la señal de deshacer las formaciones almogávares, es decir, de atacar a discreción, porque lo más duro de la resistencia turca estaba ya quebrantado. Según su costumbre, los almogávares se dedicaban alegremente a la tarea de matar.

Los caballeros atacaban ya sin prudencia ni precaución, confiados en su estrella y en que los turcos se limitaban a la defensa. A media mañana se supo en el campo de Roger que Karman estaba malherido y que lo había sustituido en el mando un sobrino suyo con menos autoridad. Pero cuando todo parecía ya ganado, los turcos reconstruyeron dos escuadrones que parecían retirarse y los lanzaron en un ataque a fondo.

El choque ciego de aquellos escuadrones acababa en lo mismo. Caballos muertos, jinetes caídos sobre su sangre, relinchos y blasfemias turcas, mandaba Muntaner un escuadrón de caballería y salía al alcance de los que después del choque fallido se retiraban. Los caballos turcos eran ligeros y rápidos. Iban menos embarazados de armas. Pero, en la confusión, Muntaner los alcanzaba y los obligaba a pelear. Más tarde decía Muntaner que era una lástima romper con la lanza aquellos chalecos turcos y petos de damasco bordados de oro y plata.

Hacia el mediodía mataron al sustituto y lugarteniente de Karman y los turcos se retiraron con los restos de su caballería. De los infantes turcos no se salvaron más que unos quinientos. Se veían cosas inesperadas y extrañas. Vio Muntaner que un fugitivo que tenía dos caballos emparejados corrió al galope tendido y cuando se sintió fuera del alcance de los catalanes saltó a tierra, degolló al otro caballo y aplicó los labios a la herida. Estuvo bebiendo su sangre un largo espacio y después, abandonando al caballo herido, volvió a montar en el otro y se alejó al trote limpiándose los labios.

Un soldado catalán que vio aquello dijo a Muntaner:

—Eso no es decente.

—¿Cómo? —preguntaba Muntaner distraído.

—¿Es posible que no tengan que dar cuenta de eso algún día? Yo no creo que Dios permita una cosa como ésa.

Muntaner pensaba que la victoria había sido completa y que sus repercusiones serían mucho mayores que las de Artacio.

A medida que se retiraban los restos del ejército turco, los lugares y castillos fuertes que tenía Karman iban siendo desalojados y sus guarniciones se unían a los fugitivos. Por esta razón, y por el recelo de emboscadas en un territorio mal explorado, Roger y los suyos los dejaron huir y ponerse a salvo.

De las tropas de Roger se perdieron ochenta caballos y cien infantes.

Nada corre más veloz que una buena o mala noticia en tiempo de guerra. El mismo día la derrota de Karman se comentaba en toda Frigia, en Artacio, circulaba por Cízico y llenaba de sorpresa y esperanza a todas las ciudades del Asia sometidas a los turcos. Éstos habían estado abusando de su fuerza y en los últimos años llegaban a quitarles las mujeres y los hijos a los bizantinos para llevarlos al interior y educarlos a la manera turca. Destruían templos y monasterios antiguos, donde había reliquias de los primeros tiempos de la cristiandad.

Roger envió un escuadrón ligero a reconocer el campo en torno a la ciudad. Halláronlo todo despejado y entonces los triunfadores entraron en Filadelfia. Salieron a recibirlos los magistrados y el pueblo, con Teolepto, su obispo, al frente. Era éste un sacerdote viejo de rara santidad, en quien todos habían confiado más que en los soldados para la defensa de la ciudad durante los últimos tiempos.

El desfile fue impresionante. Iba primero la caballería con los estandartes ganados a los turcos. Luego varias carrozas con el botín y los despojos. Detrás, mujeres y niños cautivos y prisioneros jóvenes. Al final, las compañías de infantería y en medio de ellas las banderas y los capitanes más señalados.

El público los aclamaba asombrado de las armas y de la riqueza de los adornos. Los historiadores dicen que no hubo aquel día soldado por particular que fuese que no vistiera seda o grana.

Se detuvieron quince días en la ciudad, entretenidos en las fiestas y agasajos del pueblo. Las iglesias con sus esquilas doradas, los diáconos arrojando al aire palomas pintadas de colores, los nobles disputándose la amistad de los capitanes, el pueblo abandonado a sus regocijos daban a la ciudad una atmósfera inolvidable. Quince días después Roger y su ejército salieron a liberar algunos pueblos que estaban en manos de los turcos, entre ellos uno pequeño que se llamaba Culla. Pero los turcos se habían retirado al saber la derrota de Karman. Los naturales abrieron las puertas y recibieron a Roger en triunfo, halagándolo para hacerle olvidar tal vez su propia cobardía y la facilidad con que habían aceptado el yugo musulmán. Roger, cuidadoso con las leyes de guerra, perdonó al pueblo, pero castigó a los jefes más culpables.

Llegados al palacio del gobernador, Roger recibió el ramo de olivo de la amistad, mojó sus labios en el vino con miel que le ofrecían y preguntó:

—¿Quién mandaba la plaza cuando los turcos la cercaron?

—Yo, señor —respondió un hombre de media edad y de grave apariencia—. Traían fuerzas superiores y la defensa habría sido inútil.

Era el gobernador. Vaciló un momento y añadió:

—El pueblo quería defender la ciudad, pero en ese caso habría sufrido daños y miserias sin cuento.

—¿Y abristeis las puertas al enemigo?

—Así fue, señor.

Roger le dio las gracias por el recibimiento que le hacía y después llamó a Bizcarra y le dijo algo en castellano. Cuatro soldados apresaron al gobernador. Poco después su cabeza cortada se exhibía en la plaza con un letrero que decía: Por traidor. El cocinero chino que había regalado la muñeca a la princesa actuó de verdugo.

Después de hecha aquella ejecución hubo en la plaza de armas un largo silencio de temor y de perplejidad.

Otros murieron por la misma razón y sus cabezas se exhibieron al lado de la del gobernador. Al jefe de las guardias del castillo, un viejo sarmentoso, agrio y encorvado por los años, Roger lo condenó a la horca. Se llamaba aquel viejo Dalmacio y Roger decretó que fuera colgado en la misma plaza donde se exhibían las cabezas de los otros reos. El pueblo, que había visto poco antes a todos aquellos administradores y jefes al lado de Roger ofreciéndole olivo, laurel y miel, no podía comprender. Algunos, sin embargo, gritaban su entusiasmo por los catalanes y por Roger.

Dalmacio, con las manos atadas a la espalda y el lazo en el cuello, fue suspendido de la viga que cruzaba un arco de la casa consistorial. Le habían atrapado con la soga las barbas contra el cuello y la violencia de su propio peso y la tirantez de las barbas le hacía abrir la boca y descubría los dientes cariados y la encía inferior.

La gente, los picaros, el populacho que se divierte con esas cosas, gritaba sus injurias y un soldado puso colgado de los pies del viejo Dalmacio un cartel que decía en griego: “Por cobarde”.

El cuerpo de Dalmacio no estaba muy alto. Apenas si sus pies levantaban dos varas del suelo. Y la cabeza doblada hacia un lado parecía presidir en silencio a toda aquella multitud gritadora.

Pero los gritos fueron cesando al ver que la figura del viejo se mantenía inmóvil, que su cuerpo no se convulsionaba con la agonía y que sus ojos calmos y profundos miraban impasibles.

Transcurrió más de media hora y el viejo Dalmacio seguía vivo y sin dar muestras de dolor. Fueron con la noticia a Muntaner y éste acudió al lugar de la ejecución. Cuando llegó, uno de los soldados guardianes iba a colgarse de los pies del reo, pero Muntaner lo impidió:

—Nadie lo toque —dijo—. Dejemos que la naturaleza haga su obra.

La multitud se había callado y el viejo Dalmacio devolvía las miradas perplejas con sus ojos impasibles. Cerca de él veía las cabezas cortadas de sus amigos, puestas en pequeñas jaulas. Debajo del arco de piedra el verdugo chino, guiñando sus ojos bajo el sol, parecía llorar.

Una hora después el hombre colgado seguía vivo y Roger le perdonó la vida porque la gente atribuía aquello a milagro.

El viejo tenía reventadas las yemas de los dedos por la presión de la cuerda con la que le habían atado las manos. En el cuello padecía también escoriaciones y de una de ellas salía sangre. Muntaner sintió piedad por aquel viejo, mandó llamar al médico y acudió uno que se puso a hacer extraños conjuros sobre la cara de Dalmacio, a recitar frases en hebreo y latín, y por fin puso telas de araña en las llagas de la garganta y agua de salvia en las manos. Muntaner no disimulaba su asombro:

—¿Dónde aprendió usted su arte?

—Yo no estudié, señor. Yo soy de la familia de los Panfilógenos. Hijo de Panfilógeno y nieto de Panfilógeno. Todos médicos. Somos médicos de padres a hijos.

—¿Por herencia?

—Eso es.

—¿Sin estudiar?

—¿Para qué, señor? Tenemos la gracia de curar, los Panfilógenos. Desde tiempos remotos.

—¿Entonces sus descendientes, si los tiene un día, serán médicos también?

Panfilógeno sonreía:

—Tengo un hijo de siete años que anda por ahí jugando. Y la gente lo llama ya el mediquito.

Entretanto, los campesinos y artesanos de Culla hablaban del milagro de Dalmacio y un cura que acudía por la calle principal repetía: “Calma, calma, hermanos míos. Si ha habido milagro o no, yo soy el único que puede proclamarlo”.

Muntaner sonreía pensando: “Igual pasaría en Barcelona”.

No era Muntaner muy inclinado a creer en los milagros, aunque aceptaba que todo es milagro en la realidad, es decir, alrededor del hombre. La vida natural le parecía más milagrosa que la multiplicación de los panes y los peces en el Evangelio. Regaló a Dalmacio diez escudos de oro.

El duque de Nastogo de todo se asombraba en silencio. Había tratado de interceder por la vida del gobernador de Culla, pero Roger le dijo que si querían tener aquellos territorios fronterizos seguros, era necesario que siguieran sus avisos.

—Ahora aprenderán los gobernadores —dijo— que vale más morir peleando contra los turcos que dar la cabeza después al hacha del verdugo.

Nastogo lo escuchaba impaciente y sin saber qué responder. Luego se retiraba a escribir sus informes para el Emperador.

Hacía tiempo que Nastogo pensaba que debía ir a ver a Andrónico y a informarle personalmente, pero no veía la manera de hacerlo sin llamar la atención de Roger, a quien comenzaba a tener miedo.

Volvió el ejército a Filadelfia y como en la ciudad había mucha población y el asedio de los turcos había sido largo, los víveres escaseaban. La presencia del ejército de Roger agravó el problema. En los días anteriores a la victoria la situación en la ciudad era tan grave que la cabeza de un caballo se vendió por veinticuatro escudos.

El aprovisionamiento era mejor, pero no bastaba, y la escasez hacía conducirse a los soldados con intemperancia. Los impuestos de guerra producían dinero, pero no víveres. Roger decidió salir otra vez al campo y limpiar de enemigos las provincias marítimas por ser aquellos lugares los que podían ser asistidos con víveres por la escuadra de Aonés, que navegaba rápidamente de un lado a otro.

Salieron, pues, de Filadelfia para Nicea, antigua patria de Constantino, al día siguiente. Estaba Nicea limpia de enemigos y desde allí siguieron a Magnetio donde, apenas llegados, acudieron otros ciudadanos de Tiria a pedirles socorro diciendo que la ciudad no tenía buenas murallas ni bastante guarnición y que si el socorro tardaba con toda seguridad se perdería.

Roger formó un pequeño ejército de la gente más ligera y lo envió dejando bagajes e impedimenta en Magnetio. Caminaron a marchas forzadas para llegar a Tiria antes del amanecer. Iba con ellos como jefe de campo Corbarán de Alet. Caminaron cincuenta millas en quince horas. Roger decidió ir a última hora con ellos. Todos pudieron meterse en la ciudad sin ser advertidos por los turcos.

Al amanecer, el enemigo salió de los bosques próximos y comenzó a talar e incendiar los alrededores de la urbe. Cuando se disponían a acometer los lugares menos guarnecidos salió Corbarán de Alet con doscientos caballos y mil almogávares. Cargó sobre ellos con tanto ímpetu que mató la mitad de la gente y siguió persiguiéndolos de cerca. Un escuadrón turco que quedaba intacto se retiró y se dirigió hacia las montañas. Corbarán, con un grupo de caballeros, apretó en la persecución. Los turcos tomaron ventaja. Al llegar a la montaña descabalgaron y ocuparon posiciones seguras. Para seguirles mejor, los caballeros de Corbarán de Alet descabalgaron también y viendo algunos que los petos y las celadas les dificultaban los movimientos, se los quitaron. Acababa de quitarse el yelmo Corbarán de Alet cuando una flecha de los turcos le pasó la cabeza de parte a parte.

Al ver a su jefe muerto los otros se retiraron a Tiria con su cuerpo y al día siguiente lo enterraron en un sepulcro antiguo que había a dos millas de la ciudad donde, según la tradición, estaba enterrado el cuerpo de San Jorge. Con él enterraron también a dos caballeros y a ocho almogávares.

Volvieron a Magnetio y mientras el ejército iba limpiando las provincias marítimas el duque de Nastogo fue a Constantinopla. Iba decidido a informar contra Roger, pero el Emperador, advertido por su hermana, lo escuchó con reservas y no respondió nada que pudiera entenderse como censura.

Entretanto, Roger había establecido el cuartel general en Magnetio, donde recibió cartas de su esposa y de su suegra, la reina. Esta decía que todo estaba en orden, pero que el orden de Constantinopla no era el mismo que él había conocido antes. La fama de sus victorias comenzaba a atragantárseles a los nobles y, sobre todo, a los altos jefes militares. “Aunque hay malas lenguas, no debes inquietarte. Míos son esos territorios y provincias, más míos que de mi hermano y, por lo tanto, os corresponden en herencia porque son también de mi hija. La parte de Magnetio es de Miguel y si él quiere, que vaya a disputárosla con las armas. Pero no hay cuidado. A pesar de todo, mi hermano el Emperador no quiere más que vuestro bien. Nastogo vino con historias incómodas. Parece que los vuestros han ahorcado a algunos parientes suyos en Germe y a bastantes amigos en otras partes. A algunos tal vez habría sido mejor cortarles la cabeza, es verdad. Pero yo no te reprocho nada. Ni a ti ni a los otros. Ni, siquiera le reprochó a Miguel que sea tu enemigo declarado.”

Roger consideraba una broma lo que la reina decía de las provincias marítimas y de Miguel. Seguía con la idea del servicio a la corona de Andrónico, de cuya fidelidad no se había apartado ni en el pensamiento.

La carta de la princesa María era más extraña: “Si no me envías órdenes contrarias, iré a buscarte. Pienso siempre en ti y te veo triunfador y mirando a tu alrededor sin hablar. Cada una de tus miradas levanta un fantasma que se disuelve o dura en el aire y que dice a los demás lo que cada uno de los demás espera oír precisamente ahora, después de la victoria. Menos a mí. Yo estoy lejos. Y las voces de la confidencia no me alcanzan.

”Tú haces los milagros, Roger, pero aquí sólo ven los más pequeñitos y verosímiles. El Patriarca tiene algo que ver en eso. Yo lo conozco. Parece un perro, el Patriarca. Un perro al que le gusta —cosa rara— que le peguen. Es decir, que le pegue mi tío y que lo reverencien los otros. Uno de esos perros con mirada de hombres que podrían ser más que hombres, si quisieran. El Patriarca y los suyos son esas gentes de buena voluntad que tienen la culpa de todas las guerras y muertes. Porque dicen que odian la violencia. Y entonces los turcos afilan los alfanjes.

”El Patriarca estará rezando contra ti. Es un hombre que tiene miedo a los otros hombres y se encierra y no quiere ver a nadie. Entonces ese miedo toma la apariencia de la virtud y la gente dice que es un santo. El verdadero santo es el archimandrita de Cízico, digo, el de Santa Pelagia. Y no se esconde ni tiene miedo. Ése te quiere a ti y me quiere también a mí. A mí me dice en una carta que es verdad, que debo ir contigo y que mi amor loco es santo y que Dios lo bendice. Eso creo yo. ¿Cómo se atrevería Dios a negarnos su bendición?

”Dice que aunque muera en el camino, yo moriré en gracia porque será buscando tu amor. A ese hombre tendrás que hacerlo Patriarca del Imperio cuando volvamos a Constantinopla. Es un hombre que dice que está siempre harto de sí mismo y por eso parece que está en gracia y que puede por eso hacer milagros. Yo no digo que los haga, no soy en eso como madre, que lo cree todo y hace bajo mano sus intrigas. (Sin dejar de creerlo todo.)

”Me han dicho que has hecho justicias en Filadelfia y en otras partes. Por lo que se refiere al gobernador que mandaste degollar, era noble, pero estaba equivocado y sus errores le llevaron al pilón. Ese gobernador era uno de esos condes que un día han oído una voz siniestra cuyo origen ignoran y no pueden ya dejar de oírla y no hacen nunca nada a derechas. Del jefe de la guardia de Culla, que mandaste ahorcar y estuvo colgado y no murió la gente dice por aquí que tenía un trozo de la túnica de Jesús en el bolsillo. ¿Tú qué crees? Madre se ríe y el archimandrita no dice nada. Tiene miedo de opinar delante de ella. La risa de madre, tú sabes que intimida demasiado a la gente.

”Por la noche se oyen ladrar los perros y la gente dice que todavía van a comer carne de genovés a los arrabales de Pera. Tonterías, porque hace tiempo que los enterraron a todos, digo, a los que mataron tus hombres.

”El jefe de la guardia se pasa el día oyendo noticias de tus victorias en esas provincias y diciendo que a estas horas, si hubiera seguido tu bandera, ya sería general. A veces jura por los alanos muertos y enterrados en Cízico (los de la mala noche que todos recordamos). Parece que en el lugar donde los enterraron, según cuentan los viajeros, se ven por la noche llamas azules que corren sobre la hierba sin quemarla. La gente habla de otras cosas en relación con lo que sucede cerca de tus ejércitos. Mi madre les da la razón a todos, blancos y negros. Mi tío, a nadie.

”Yo estoy cerca de la ventana entornada y discreta que da al mundo. Y me digo: ya ha cumplido Roger con mi tío Andrónico. Ahora nos iremos a Bulgaria y comenzará de veras nuestra vida. Porque la vida de los mejores, como tú y yo, debe ser una vida secreta. ¿No crees?

”Los nobles que tienen acceso a mi madre se atreven a hablarle mal de ti confiando en que una suegra es siempre una suegra. Además, esos hombres que no hacen nunca nada tienen necesidad de hablar. Antes decían cosas feas de Karman y ahora... Mi madre ha llegado a esa situación en la cual antes de hablar dice: Viendo las cosas como son... Y entre tanto yo creo que piensa para sí: a este lo ahorcaría, a este otro le pondría cadenas en los pies. Pero no comprendo la causa. Madre piensa cada día cosas más raras. Hace pocas noches me dijo: En definitiva, ¿qué te importan a ti los catalanes? Roger es galán y te hace feliz y te enseña lo que es la vida, pero, ¿qué te importan a ti los catalanes o los masagetas o los hindúes del Ganges?

”Yo sólo escucho a las mujeres. No veo ni quiero ver ni puedo ver a ningún hombre. Y las mujeres las tolero porque veo dentro de ellas el niño que un día van a tener, como veo dentro de los bloques de piedra de las montañas las estatuas. Las estatuas durmiendo dentro, todas blancas y desnudas.

"Entre las mujeres vienen dos esposas amantes de dos capitanes griegos. Son de esas mujeres que saben hacerse las locas, pero que no enloquecen nunca en verdad. Una dice que tú eres Dios y la otra dice que eres el diablo. Están enamoradas de ti sin saberlo. Todas las mujeres están enamoradas de ti sin saberlo. Por eso las quiero a las mujeres. Pero, ¿qué hago yo con mi simpatía por todas las mujeres? Iremos a Bulgaria porque de un modo u otro, lo mismo que la paloma y que la oruga, yo quiero ser feliz.

"¿Sabes qué dice el archimandrita de Cízico en una carta reciente? Dice que esta aspiración a la felicidad que todo el mundo tiene sabiendo que la felicidad es imposible es más religiosa que el ascetismo de algunos frailes.

"Tú crees en la felicidad y por eso todo el mundo se enamora de ti. Crees en la felicidad y produces con tu gente maravillosas coyunturas en las que prima la sangre.

”Yo tengo que seguirte. Aquí estoy quieta con mis recuerdos sin salir de mis cuadras. Quieta. No me muevo. Verdad es que tengo el movimiento de la tierra misma, yo, rodando por el espacio. Porque la tierra es redonda y rueda por el espacio. Yo creo en eso como creían los griegos antiguos. Mi madre también, y el archimandrita, cuando lo oye, dice sancta simplícitas. Aquí estoy quieta, yo, rodando horizontal por el espacio. No horizontal, sino arrodillada y temblando de emoción porque te recuerdo a mi lado. Y sé que volveremos a estar juntos.

”Si no me dices otra cosa iré a Filadelfia o a Magnetio. Con mi madre o sola. Y desde allí seguiré por los caminos y los valles hasta que te encuentre. Te doy un plazo de veinte días para que me digas que no. Si me lo dices, me quedaré aquí, pero comenzaré a sentir los ángulos duros del propio cadáver mío que llevo dentro de mí y que siento a veces entre las costillas. ¿A dónde me puede llevar eso? No sé.

”Las doncellas Alejandra y Gregoria vinieron de Cízico. No quieren mucho a mi madre y ayer me dijeron que ella —mi madre— tuvo algo que ver con el enfado y la marcha de Arenos, pero quién sabe. Voy a tratar de averiguarlo.

”Ha llegado ayer a Constantinopla otro español que se llama Berenguer de Rocafort con algunos bagajes, dos galeras, doscientos hombres de a caballo y mil almogávares. ¿Es el que tú esperabas? Parece hombre hosco y recio, con cuello de toro. Me habías dicho que esperabas a otros dos capitanes. ¿Es ése uno de ellos? Mi tío quiere enviarlo enseguida a reunirse contigo. Si es tan buen capitán, ¿por qué no le dejas el mando y vienes y nos vamos?

”Los nobles no pueden tolerarte que hagas las cosas tan fácilmente. Dicen que tienes talismanes y brujerías. Mi madre mantiene a las duquesas a raya y de vez en cuando les dice: Si esto sigue así, un día tendrán que venir los almogávares a poner orden. Ha habido ya algunos incidentes a propósito de lo que estoy diciendo. Algunos campesinos entraron hace algunos días en la ciudad por la puerta de Oriente corriendo y gritando: ¡Que vienen los almogávares! Todos estaban asustados de veras y hubo duquesa que hizo atrancar con hierro las puertas. Era un pánico igual que los antiguos, cuando Pan salía del bosque. Miguel andaba nervioso y decía a todos los que encontraba en el palacio: ¿Lo ven? ¿Lo están viendo? ¿No es lo que yo digo?

"Muchos ricos genoveses corrieron como liebres a encerrarse detrás de las murallas de Pera. Y se oía en las calles —hasta en la plaza de armas del palacio nuestro—: ¡Que vienen los almogávares! Ya ves. Yo corría a los balcones a ver si era verdad, pensando que tal vez vendrías tú también, pero los demás estaban asustados. Miguel vino a verme y me preguntó: ¿A qué vienen los almogávares a la ciudad sin avisar? Estaba pálido.

”Mi madre reía y decía: Todo va más deprisa de lo que yo esperaba. No sé qué quería decir. Si quieres, lo averiguaré”.

Las cartas de la esposa de Roger y de la suegra llegaban al campamento siempre con correos especiales y estaban selladas con las armas del Imperio que la reina Irene llevaba como un relicario de oro prendido de la cintura. Roger no las leía hasta que se retiraba a dormir. Los correos esperaban y eran despachados al día siguiente. Entretanto, hablaban con los soldados y se enteraban de todo lo que había sucedido en los días anteriores. Roger no necesitaba referirse a ello en las cartas. No habría sido discreto, ya que sólo podía contar victorias y grandezas. Si el Emperador le preguntaba en sus cartas detalles de las cabalgadas, los refería. Pero el Emperador tenía agentes que le informaban y cada día preguntaba menos a Roger.

Algunos de sus triunfos militares los dejaba Roger a la voz popular y no decía nada de ellos en sus informes.

Volviendo a leer la carta de la princesa, Roger pensaba que entre muchas cosas vagas y aparentemente ociosas contenía las noticias que le interesaban. No se le iban los hechos de primera importancia, es decir, la creciente osadía de los nobles, el miedo a los almogávares y, sobre todo, la llegada de Rocafort y la primera impresión que le había causado. Había estado Rocafort en Italia al servicio del que pagaba mejor, pero tenía un fondo de nobleza a su manera. Consistía en respetar la palabra empeñada y en pelear como las fieras verdaderas, es decir, con un valor prudente. Rocafort, con sus doscientos caballeros y sus mil almogávares, era una gran ayuda. Y Roger sabía que no podría haber rivalidad entre ellos. Rocafort lo había aceptado siempre como jefe. Eran amigos y en una ocasión, tres años antes, Roger había salvado a Rocafort del descrédito y tal vez de la muerte en las costas de Calabria.

Roger se dijo que debía estar Rocafort ya cerca si era cierto que el Emperador lo había enviado. Y sonreía pensando: El Emperador debía temblar delante de la cabeza obstinada, peluda y ciclópea de Rocafort.

Estaban entonces Roger y los suyos dispuestos a partir para Éfeso, la gran ciudad de los antiguos cristianos y de los más antiguos paganos. Y Roger decidió enviar al puerto de Annya, a donde la escuadra de Aonés llevaría a Rocafort, un pequeño destacamento con Muntaner. Allí se reunirían los dos catalanes y volverían con el pequeño ejército de Rocafort a Éfeso donde Roger pensaba esperarlos.

Al saber los refuerzos de Rocafort, los soldados de Roger estaban tan contentos que creían que nada ni nadie podría oponérseles.

Con veinte caballeros escogidos salió Muntaner para Annya, acompañado de guías del país. Esperaba Roger que llegaría a su destino y así fue, aunque peleó y tuvo que abrirse paso a veces a punta de lanza. En una ocasión en que se les presentaron más de trescientos enemigos, viéndose Muntaner apurado mandó a uno de sus soldados que hiciera sonar el cuerno de auxilio, como si aquella tropilla fuera la vanguardia de un ejército mayor. Al mismo tiempo apretaron en el ataque. Temiendo ser sorprendidos por la espalda, los turcos se retiraron dejando en el campo más de cincuenta hombres. Muntaner recogió treinta y dos caballos excelentes que llevó consigo. Y pensaba: Me gustaría que nos hubiera visto Roger. Que hubiera visto Roger pelear al hombre de letras. Al poeta.

Llegaron a Annya, donde estaban las naves de Aonés. Muntaner conocía a Rocafort de nombre, aunque nunca se habían encontrado hasta entonces. Resultó que en Cataluña habían sido vecinos de una misma pequeña población: Badalona.

Rocafort lo miró sin sonreír más que con los ojos (nunca sonreía de otro modo) y respondió a sus saludos con un gruñido de cordialidad.

—Traigo conmigo —dijo— mil doscientos verdaderos hijos de puta.

Al día siguiente salieron los doscientos caballeros con quinientos almogávares, dejando los otros quinientos para la defensa de las naves, que eran muchas y estaban cargadas con la hacienda de los soldados.

Entre los capitanes había encontrado Aonés algunos amigos que lo llamaban almirante con una insistencia un poco burlona. Aonés respondía poniéndose a tono:

—Pienso hacerme renegado. Almirante quiere decir emir, y en esta tierra los emires renegados se casan con las sultanas de Persia.

Dos días después Rocafort y los suyos estaban en Éfeso con Roger. Muntaner lo había entretenido por el camino con las historias de los hechos del ejército y Rocafort escuchaba atentamente. De vez en cuando preguntaba:

—¿Qué clase de pájaro es el Emperador?

Quería Rocafort estar seguro de lo que podía esperar. Había tenido experiencias de todas clases con señores de Cataluña, de Nápoles, de Provenza. La razón por la cual no se había incorporado antes al ejército de Roger a pesar de haber dado su palabra consistió precisamente en una de aquellas experiencias. El rey Carlos de Calabria le debía pagas atrasadas. Y eso que sus libros de raciones, según decía Rocafort, estaban al justo, es decir, sin plazas a beneficiar. Trescientas raciones eran trescientas lanzas y no ciento cincuenta. A pesar de eso, le debía el rey Carlos más de cuarenta mil ducados. Mientras los pagaba o no, Rocafort mantenía en prenda y rehén siete castillos fuertes de Calabria, de los mejores, sobre los cuales no ondeaba todavía la bandera del Rey sino la de Rocafort, que tenía un sarrio verde pintado sobre blanco. El Rey le mandaba mensajeros y a los mensajes contestaba Rocafort de manera lacónica y tozuda: —De su misa vive el abad. Que mande el oro.

Últimamente el Rey pagó y Rocafort entregó los castillos y salió para Constantinopla. El Rey se quedó jurando que lo empalaría vivo con el asta de su propia bandera si algún día lo volvía a encontrar.

Era Rocafort hombre membrudo, de barba espesa y no muy larga que se unía con los bigotes caídos y graves. Montaba caballos fuertes de ancho pecho. A causa de su barba, lo único que se veía bien en su rostro era la frente cuando se quitaba la celada. Llevaba en su cabeza de corto cabello la sudadera o gorro ligero que evitaba los contactos duros del hierro y que sólo renovaba cuando estaba podrida.

La cabeza de Rocafort era severa y un poco zaina cuando miraba de reojo. Parecía hombre de reacciones pasionales, lentas pero seguras e implacables. Tardaba en formar opinión de una persona, pero la formaba para siempre y no había quien le hiciera modificarla.

Era simple en su sentido de la justicia y lento y paciente en la preparación de su venganza.

Aunque no era hombre gordo, viéndolo a caballo se daba uno cuenta de que el animal debía sufrirlo con cierta incomodidad. Parecía llevar el hierro no sólo en el peto y en la adarga sino también en los ojos y en la sangre. Era el único caballero en cuya armadura se veían aún las huellas de los golpes del martillo que la acomodó en el yunque.

Muntaner se decía sintiéndolo a su lado: Una hermosa bestia de Satanás.

En la lidia contra el enemigo nunca se sabía dónde su maza o su espada iba a golpear. Tampoco era fácil leer en sus ojos las intenciones durante los días de paz en los campamentos.

Sin embargo, al referirse a Roger y a pesar de que éste era ocho o diez años más joven que él, lo llamó “señor”. Estaba Muntaner impaciente por ver Éfeso, ciudad llena de memorias ilustres. Cuando llegaron dejó solos a Rocafort y a Roger y se fue a curiosear. Era una ciudad santa entre todas las de Grecia. Muchos siglos antes de la era cristiana estaba allí el hermoso templo de Diana Artemisa, reverenciada por los romanos y por los persas y macedonios. Después la ciudad fue santificada por los cristianos. Varias veces la visitó San Pablo y a sus moradores les dirigió epístolas famosas.

Del tiempo cristiano Éfeso conservaba muchas memorias. La tradición dice que allí estaba el sepulcro de San Juan Evangelista. Nadie enterró al santo, sino que él mismo se apartó de los mortales y se recluyó en aquel sepulcro, donde más tarde murió. Su cuerpo desapareció arrebatado por una nube roja. Era, al menos, lo que la gente le contaba a Muntaner. El día de San Juan, cuando se cantan las vísperas del Santo, “sale un maná por los nueve agujeros del mármol que está sobre el sepulcro y dura hasta la puesta del sol del día siguiente, y es tal la cantidad de ese maná, que sube un palmo sobre la piedra, que tiene doce de largo y once de ancho”

Curaba ese maná muchas enfermedades, según decían los de Éfeso, entre ellas la ceguera, la lepra, la gota y el asma.

Oyendo Muntaner a aquellas gentes recordaba que Éfeso había sido la capital del mundo jónico. Seguramente antes de la era cristiana aquellos milagros del maná se atribuían a los mármoles de Diana Artemisa, que fueron considerados durante muchos siglos como una de las maravillas del mundo antiguo.

Éfeso fue desde tiempos remotos una ciudad próspera y cuando se produjo la decadencia del mundo jónico, todas las ciudades fueron arruinándose menos Éfeso, que siguió prosperando.

San Juan Evangelista murió, pues, allí, según la tradición, y San Pablo escribió sus epístolas ad ephesos sentando doctrina en muchas materias para el futuro de la iglesia cristiana.

Iba y venía Muntaner recogiendo impresiones, haciendo notas y tocando con respeto supersticioso los mármoles que quedaban en pie del templo más importante que Diana tuvo en el mundo grecolatino. Se preguntaba si la humanidad se ocuparía en el futuro de ellos, de los soldados de Cataluña, como se había ocupado de persas y macedonios y romanos que pasaron por allí. Había inscripciones griegas y latinas en piedra y en mármol por todas partes.

Roger y Rocafort tuvieron una larga entrevista a solas. Lo primero que hizo Roger fue informarle de la muerte de Corbarán de Alet, el senescal o maestre de los almogávares. Rocafort lo conocía y dio muestras de dolor.

Iba y venía Rocafort con Roger viéndolo todo hasta en sus menores detalles. A veces en los alojamientos de la tropa acariciaba una espada o un mangual amorosamente, con expresión experta. Faltaba algo en el carácter de Rocafort. Lo que le faltaba era la compenetración con las circunstancias de su propia vida. Era hombre del pueblo y, sin embargo, hacía tiempo que ponía su energía en un solo hecho y en una sola ambición: separarse del pueblo. Ser más que el hombre común. Ese deseo creaba una especie de abismo artificial con las tropas, que Rocafort cultivaba por actos de autoridad a veces arbitrarios. Los soldados se lo permitían porque admiraban su valor físico y porque en sus momentos de abandono era pueblo e incluso pueblo bajo, con sus malas inclinaciones y sin sus virtudes.

Había estudiado para cura en su adolescencia porque le parecía ésa una manera de subir en la escala social. Pero un día el maestro de estudios quedó postrado y casi enfermo después de haber oído a Rocafort blasfemar en la misma capilla del monasterio. Sin embargo, el fraile tenía simpatía por las almas violentas y dio a Rocafort su bendición profetizándole días de gloria. Luego lo echó del monasterio.

Rocafort había tratado de hacerse acreedor a aquellas esperanzas del abad, pero la guerra es la guerra y había peleado con la misma energía cuando creía servir a Dios como cuando sospechaba que estaba sirviendo al diablo, supuesto que en los dos casos hubiera alguien que pagara una soldada razonable.

Nunca protestaba Rocafort contra las venturas o desgracias que caían sobre él. “Sólo pasa lo que tiene que pasar”, solía decir.

Y atendía a su provecho.

Hablaron mucho Roger y Rocafort de los sucesos más recientes. Estaba especialmente pesaroso Roger de la muerte de Corbarán porque eran amigos entrañables, habían estado siempre juntos y lo estimaba tanto que pensaba casarlo con una hija suya que residía en Sicilia, en la corte del Rey Fadrique. Se trataban como suegro y yerno. Diciendo esto, Rocafort le interrumpió:

—Conozco a tu hija, Roger.

—¿La viste antes de venir?

Rocafort afirmó con la cabeza, y pasado un largo espacio dijo:

—Corbarán se la merecía.

Roger estaba pensando: “En cambio, tú no merecerías nunca una mujer como ella”. Pero no decía nada. Roger siguió con el tema de Corbarán. Habiendo quedado a su muerte vacante el puesto de senescal de los almogávares, se lo ofrecía a él. Rocafort, antes de aceptarlo habló de sus derechos y obligaciones, se hizo repetir dos veces cuál era el salario y cuántas raciones de beneficio tenía asignadas. Roger le ofreció los libros de la administración y después que Rocafort los hubo estudiado, puso la mano encima y declaró:

—Yo no valgo más, pero tampoco menos que Corbarán de Alet. En eso estoy de acuerdo.

Sonreía Roger mirándolo y el senescal contestó a la sonrisa sólo con los ojos. Su barba negra, a la cruda luz de la mañana, tenía hebras de oro y también algunos cabellos completamente rojos. Pero Rocafort hacía otra pregunta:

—¿Y las raciones de los muertos?

—No se amortizan. Quedan a beneficio de sus familias por la duración de la guerra.

—¿Y si no tienen familias?

—Las cobra el senescal.

Estaba contento con aquello, Rocafort, quien añadió que, además de las raciones de Corbarán, podía beneficiar ciento cincuenta que el Emperador le había atribuido sin pedírselas. Había tardado en hacer aquella importante confidencia el tiempo necesario para que Roger le dijera todo lo que quería saber, por si acaso.

Juntaron la administración y quedó el ejército en un bloque y masa. Consideraban providencial la llegada de Rocafort después de haber muerto Corbarán de Alet.

Así como otros capitanes hablaban castellano aragonés, es decir, un castellano un poco más viejo y arcaico, a Rocafort le gustaba hablar catalán, sobre todo cuando se acaloraba.

A Muntaner, a pesar de considerarlo un intelectual, o tal vez por eso mismo, lo respetaba Rocafort y no se atrevía a usar con él demasiadas confianzas. Tenía la sospecha de que Muntaner podía burlarse de él con ventaja e impunidad y pensaba: “Sus armas son como las de las mujeres y los letrados: la palabra”.

Envió Roger cartas a su esposa y a la reina Irene diciéndoles que si querían podían trasladarse a Magnetio, donde establecía su centro de operaciones y a donde iría a invernar cuando llegara el otoño. Les daba cuenta de la incorporación de Rocafort al ejército. “Es menos escrupuloso que Arenos en materia de justicia y sabe tanto de guerra como él”, decía. Añadía que su ejército era más fuerte que nunca y que el futuro del Imperio estaba despejado.

Dio Roger a Rocafort cien caballos más de los tomados al enemigo para armarlos y aumentar así su caballería y le concedió cuatro pagas a él y a sus tropas de acuerdo con los deseos del Emperador. El capitán recién llegado se sentía a gusto en su piel y se lo dijo a Roger:

—Seremos dos hermanos, Roger. Y tu aviso será bueno para mí en materia de guerra o de paz.

Rocafort no solía ser tan expresivo con nadie.

De acuerdo con los capitanes, Roger iba enviando a Magnetio el tesoro del ejército en armas, joyas y dinero. Se hicieron tributar por las gentes de Éfeso, ciudadanos seguros de sí por la costumbre de más de diecisiete siglos de libertad. La ciudad había tenido franquicias desde antes de Alejandro Magno. Pero los soldados catalanes no se andaban con delicadezas. Macrami, un comerciante rico, fue degollado porque no se apresuró a dar los cinco mil escudos que le pidieron. La familia juraba que los habría dado y que si no lo hizo fue porque no los había entendido, ya que hablaban una lengua extraña.

Muntaner fue a protestar ante Roger, pero vio con él a Rocafort y no se atrevió al plantear la cuestión, ya que los soldados autores del asesinato eran de los que Rocafort había traído consigo.

Todo el dinero iba a parar al fondo del real, es decir, a Magnetio, a donde se dirigían cada día los convoyes ligeros.

Roger decía a Rocafort:

—Si Berenguer de Entenza —a quien esperaban también— llega un día con tantos refuerzos como tú, podremos entrar Asia adentro y conquistarla entera.

Al lado de Rocafort se sentía seguridad y un poco de malestar físico. Aquel hombre había nacido para pelear hasta que alguien más afortunado y con mejores armas lo desmontara y le cortara la cabeza. Esta perspectiva no la había sospechado nunca Rocafort ni había quien pensara en ella viéndolo armado y a caballo.

Entretanto, él, Roger y Muntaner hacían la guerra como una asociación mercantil hace un negocio, esperando alternativas buenas o malas. De los tres, el único que de veras creía en el aspecto moral de la empresa —la defensa del cristianismo— era Muntaner. Y, sin embargo, era el menos religioso y las iglesias y los ritos le tenían sin cuidado.

En Éfeso la vida era monótona. Como la tropa no podía estarse queda se organizaban de vez en cuando concursos de equitación y torneos con estafermos de madera que tenían una plancha de hierro en el lugar de la lanzada. Como premios ofrecían pequeños trofeos: un caballo, una hopalanda de grano de oro, un reloj. Sacrificaban para comer los caballos pesados cogidos al enemigo y algunos corderos y venados de los montes próximos. Entre los presos de las batallas recientes había kirghises, bashires y cosacos del interior. Algunos prisioneros ganaban su libertad con las proezas y gallardías que hacían a caballo.

Los almogávares se sentaban alrededor de sus marmitas puestas al fuego y hablaban y bebían. Tenían vino griego y también kumis cogido al enemigo y leche de yegua y de vaca. Las fogatas eran mayores allí donde se entrecruzaban las avenidas de tiendas o de viviendas firmes y se formaba una especie de plazoleta o glorieta natural.

La avenida general del campamento (que habían levantado pegado a la ciudad) era más ancha que las otras y por ella podía desfilar la caballería en columna de honor, es decir, en filas de veinte. Detrás del real estaban las cocinas de los capitanes y en ellas, como siempre, mandaba y ordenaba el chinito que fabricaba muñecas y cortaba la cabeza a los traidores. Solía decir el chinito:

—Yo no tengo miedo al porvenir. Siempre harán falta en el mundo cocineros y sayones.

Cuando reía ponía una expresión curiosa, la del hombre que llora. A veces Muntaner lo miraba y se decía: Por eso no nos entenderemos con las amarillas o negras. Cuando lloran parece que ríen y cuando ríen parece que lloran. Sayón era un eufemismo de verdugo.

Seguían en Éfeso planeando las campañas futuras y acordaron en una reunión de todos los capitanes pasar las montañas de la parte oriental para bajar a los valles de Panfilia, donde se asentaban los cuarteles generales turcos. Darles a los turcos un golpe definitivo, sí podían.

Salieron de Éfeso después de enviar Roger a Magnetio cartas para su esposa y su suegra —que debían estar ya allí— diciéndoles que cumplida su misión en los territorios de Panfilia, a donde se dirigían, volverían a Magnetio para invernar. Con gusto habría esperado Roger en Éfeso las respuestas para saber si su esposa estaba ya en Magnetio, pero no llegaron y cinco días después salieron hacia la provincia de Karia, que atravesaron entre Armenia y el mar Egeo sin que les saliera al paso el enemigo.

Marchaba el ejército despacio, deteniéndose en las poblaciones cristianas que los recibían alegres de ver armas amigas en aquellos territorios a los que nunca llegaban las de Andrónico.

Poco antes de alcanzar las faldas del monte Tauro, perteneciente a la gran cordillera asiática, se detuvieron en el lugar que divide la provincia de Cicilia de Armenia la Menor. Muntaner se decía: Éste es el territorio de las tres K: karianos, kapadocios y kilicios, según decían los romanos. Mala gente. Pero él no veía en los naturales sino gente amistosa, afable, con mujeres hermosas de ojos verdes, azules, grises, negros, y cabellos de oro o del color de la noche. Muntaner se habría quedado allí algún tiempo. Le dijo a Roger que los montes que se veían al fondo se llamaban Ásperos y que de la fama de valor y de independencia de aquella gente venía la palabra aspereza.

Esta reflexión, al parecer sin importancia, hizo a Roger ser más prudente y envió patrullas de reconocimiento que visitaran los pasos peligrosos y los lugares donde podía haber sorpresas. Volvieron los exploradores con grandes noticias. Los pasos estaban libres, pero al otro lado de la sierra había un campamento donde se calculaban más de veinte mil hombres a pie y diez mil a caballo. Fuerzas tres veces mayores. Pero Roger decidió acelerar la marcha y sorprenderlos si podía antes de que tuvieran tiempo de ocupar las cortadas y alturas de alrededor. Caminaron toda la noche y al amanecer dieron vista a aquellos valles.

Los valles que se divisaban, cubiertos de fuerzas turcas, eran inmensos y de una belleza paradisíaca. Muntaner había dicho: Un lugar de estos debe ser el valle de Josafat del que habla la Biblia. Esa hipótesis bastó para que Rocafort repitiera a los suyos que aquel era el valle del juicio final y que había que echar de allí a los infieles.

Aunque los turcos habían visto el ejército de Roger, no parecían alarmados. Había algunos jinetes turcos corriendo a pelo en sus caballos y haciendo acrobacias. Se ponían en pie, se acostaban, recogían al paso del suelo un fez o una babucha. La proximidad de los catalanes parecía no inquietarles. Tal vez hacían aquello para simular desdén o porque realmente no los consideraban por su número peligrosos. Los catalanes se habían detenido y vigilaban los movimientos del campamento, un poco perplejos. Conocían las fantasías de los turcos, pero temían que hubiera trampas y celadas y querían estar seguros antes de atacar.

Muntaner, fatigado de la marcha y de la falta de descanso, estaba al lado de Roger y decía:

—Va a ser una jornada dura, Roger.

Éste volvía la cabeza a medias y respondía:

—Dura para los letrados.

Con estas bromas, que ya eran viejas entre los dos, Muntaner se irritaba y le pedía el mando de un escuadrón. Roger le decía:

—Te reservo para el final. Cuando nos veas en apuros y perdidos, si es que lo estamos alguna vez (es muy posible), tomas la caballería almogávar que te deje Rocafort y emplea tu entendimiento y buen ingenio. Siempre habrá alguna manera de aprovechar la extrañeza del enemigo viéndote hacer las cosas más inesperadas y estupendas.

Roger sonreía y Muntaner le decía que haciendo aquellas cosas desusadas ganó César la guerra de las Galias.

—Está bien, Julio César —le decía Roger.

Y desde su caballo avizoraba el campo contrario.

La vista de aquellos valles cubiertos de ejércitos enemigos produjo un efecto muy curioso entre los almogávares. Se felicitaban los unos a los otros con una especie de impaciencia y locura, como si fuera una gran suerte ver tanto enemigo junto. Otros, sin dejar de caminar, golpeaban las picas y las espadas contra el suelo gritando su famoso desperta, ferro.

Y el ejército descendía abriéndose ya la caballería en alas. Abajo, los turcos se preparaban también. Se oían las trompas de guerra llamando a formación de combate y los ecos se repetían en los valles y barrancadas. Al principio sospecharon los catalanes que las montañas estaban ocupadas por otros ejércitos. Rocafort fue el primero que se dio cuenta de que sólo se trataba del eco. Hubo un momento, sin embargo, de sorpresa y desánimo.

Cuando se hubieron convencido de que a sus espaldas y a sus flancos no había nadie, los primeros escuadrones entraron en el valle y se extendieron para el ataque.

Los ejércitos se embistieron. Muntaner, desde la silla de su caballo, seguía contemplando en arrobo el primero de los tres valles. Y pensaba otra vez: En la antigüedad, este monte se llamaba Aspero. Y aquí vamos a tener el choque más violento de nuestra historia. Si somos vencidos, nos exterminarán hasta el último, lo que será mejor, en todo caso, que caer prisioneros. A ellos les pasará lo mismo. Si son vencidos, muy pocos escaparán con vida y los que escapen serán probablemente aniquilados por las poblaciones de su retaguardia, que los odian. Muntaner percibía en el aire los olores familiares de los días de combate. El rocío del alba se había posado sobre las armaduras y lanzas, sobre las espadas y los yelmos. ¿A qué huele el hierro mojado? A herrumbre. Y a grasa animal. Todos solían untar el juego del ventalle de la celada con grasa de caballo y a falta de otra cosa con grasa humana sacada de los muertos. El olor de herrumbre y de grasa agria, unido al del rocío que caía sobre los metales, daba al amanecer un carácter definitivo. Los almogávares decían que el amanecer en Artacio olía de un modo diferente que en Sicilia. Y en Karia de un modo diferente que en Artacio.

Se había entablado la lucha. Rocafort descendía por la izquierda a dos tiros de ballesta. Se alzó sobre la silla y con el brazo hizo el gesto de avance por el lado contrario de la ancha colina. Muntaner, levantada aún la celada, bajó con los suyos al paso.

En el centro y el ala opuesta hacía rato que había comenzado el combate. Eran las primeras horas de la mañana. Las condiciones materiales, aparte de la superioridad de los turcos en número, casi de cuatro a uno, eran las mismas para los dos bandos. El sol no estaba de frente ni de espaldas a los ejércitos, sino sesgado. Los dos maniobraban en un terreno llano y sin accidentes.

Podía considerarse como desventaja la fatiga de la noche pasada en vela, pero cuando esa fatiga no es extenuante excita de tal manera los nervios que cada soldado es más ágil y fuerte que nunca y también más decidido. El enemigo, bien dormido, era tal vez más prudente. Desde luego, más apegado al sentimiento gozoso de la vida.

Cerca de Muntaner, un jinete aragonés, de Monzón, a quien llamaban por el nombre de su pueblo, se detuvo con su caballo cerca de un arroyo. Iba el animal a acercar el belfo al agua cuando su vecino Copons le dijo:

—No dejes beber a la bestia. En un instante vamos a entrar en acción. No la dejes beber porque puede costaros la vida a los dos.

El de Monzón tiró de las riendas y siguió bajando al valle con los suyos. Aquella escuadra no tenía aún órdenes de atacar, sino de tomar posiciones por la izquierda. Copons añadió algún trecho después:

—Yo mejor le dejo mear que beber en acción a mi caballo. Pero tampoco es bueno dejarle mear. Porque se destempla.

Siguieron bajando. Muntaner se puso al trote y todos los de su escuadra siguieron. Como si el de Monzón quisiera pedir perdón a su animal, le palmeó el cuello.

Se combatía en todo el primer valle. La mayor parte de aquellos turcos eran restos de otros ejércitos desbaratados por Roger en encuentros anteriores. Todos tenían algo que vengar. Habían abierto en una sola ala inmensa de tres filas su caballería por el lado derecho, seguros de envolver a los españoles. Corrían con las filas separadas en fondo por espacio de cincuenta pasos más o menos mientras los catalanes se aseguraban en su sillas y avanzaban a trote lento. El primer choque de las lanzas catalanas en el ala izquierda había sido fatal para los turcos, pero la segunda fila llegaba fresca y las mazas, las hachas y las espadas tenían que emplearse duramente abollando y rompiendo rodelas y yelmos, y la batalla estaba en toda su furia.

La superioridad de los turcos se hacía sentir. Hacia el mediodía la batalla estaba dudosa y los almogávares gritaban su desperta ferro con rabia. Marulli se batía bien y los mil alanos que formaban el ala izquierda móvil de Rocafort manteníanse firmes y peleaban.

Los gritos de los turcos eran como de aves de presa, en un tono agudo y chillón, en el que parecía haber burla e ironía. Las voces de los almogávares eran graves y sordas. Los gritos de ira, de entusiasmo o de dolor llenaban el valle y parecían ruidos de vendaval en la selva. Rocafort acudía a todas partes con un escuadrón de cien caballeros que iban y venían manteniendo un trote reposado y cambiando el orden del combate según las sugestiones de Roger.

Era ya media tarde y la pelea continuaba sin que se pudiera ver ventaja decisiva por ningún lado. Una nueva ola de caballería turca, salida de detrás de una colina, repetía el movimiento envolvente que habían intentado por la mañana. Y entonces se vio a Muntaner con su escuadrón dejar el frente, donde peleaba, y meter al galope una cuña entre la infantería turca y la caballería de refresco y envolver a esta última por la retaguardia. El escuadrón de Muntaner era de menos de cien hombres, quienes, rota la formación, peleaban a su libre iniciativa buscando la espalda turca donde y como la hallaban. Esto desconcertó el movimiento del enemigo en aquel lugar y Roger lo aprovechó para incrustar dos batallones de almogávares con sus jabalinas, que mataron en poco tiempo más de ochocientos caballos enemigos. Se veía a muchos jinetes turcos buscar la salvación en la huida, aunque cuando se habían alejado del combate algunos se rehacían y volvían a la brega, siempre por otros lugares.

Los turcos intentaban de vez en cuando dar las señales de la victoria. Levantaban una gran algarabía, agitaban los pendones y se lanzaban en locas cabalgadas, como si el campo estuviera ganado y la batalla decidida, pero esas fantasías les costaban mucha sangre. Tropezaban con la firmeza de la defensa almogávar. El ruido y la algazara de los turcos confundió, sin embargo, en algún momento a Roger, pero se rehízo y siguió llevando con Rocafort y Muntaner la iniciativa del ataque. Rocafort buscaba choques en masa con su escuadrón y en cada uno de ellos caían los turcos en masa, también. Los combates individuales, aunque los almogávares degollaban con destreza, no producían un efecto tan desmoralizador.

Por fin, al bajar el sol se vio que, perdido por los turcos el primer valle y casi todo el segundo, se retraían al tercero, donde éste descendía hacia el campo abierto. Buscaban la fuga. Los catalanes los perseguían y ya no se trataba de combatir, sino de cazar y exterminar. Al hacerse noche cerrada, las tropas se volvieron a concentrar y se reconstruyeron los escuadrones cristianos. Los soldados estuvieron toda la noche sobre las armas temiendo que el enemigo volviera con refuerzos, pero no fue así. Los escuchas comprobaron que los últimos galopes de caballos se habían perdido en la distancia y sólo quedaban en aquellos valles los lamentos de los heridos y los aullidos de las fieras que acudían al olor de la carne muerta.

Al amanecer, el silencio era completo. Y las señales de la victoria no dejaban lugar a dudas. Muntaner registró en el libro de operaciones seis mil caballos enemigos muertos y más de doce mil infantes. El primer valle estaba sembrado de carne humana y de bestias, arneses y armas, algunas muy valiosas, porque es sabida la fantasía y amor de lujo de los turcos.

En un espacio de más de dos millas no se podía poner el pie sin pisar cadáveres (hombres o caballos). Allí iba Fanlo registrando (con la seguridad que le daba la experiencia) a 105 muertos de aire más prometedor. Echaba el dinero y las joyas que encontraba —si eran de oro, porque la plata la dejaba para los masagetas y los griegos— en su yelmo. Y de vez en cuando iba a vaciarlo en un saco de cuero que llevaba colgado de la silla y que se cerraba por arriba con una argolla y un pequeño candado. Cuando Fanlo se sentaba a la sombra de su mismo caballo, se podía asegurar que no quedaba cosa de valor en sus cercanías.

Contagiado Muntaner de la alegría de la victoria, repetía que aquella acción se recordaría en la historia al lado de las de Alejandro y de los príncipes romanos. Y quería seguir hacia Armenia y llegar a los últimos confines del antiguo imperio de los césares. Roger lo escuchaba con sorna y Rocafort atendía a la sorna de Roger, grave e impasible como siempre, desnudándose los brazos y friccionándolos con vino. Solía hacerlo después de las batallas.

Roger felicitó a Muntaner por la descabellada acción de su escuadrón en el momento crítico —cuando el ala izquierda turca los envolvía— y estuvo demostrándole que si los turcos hubieran tenido otra reserva detrás de las colinas, aunque fuera pequeña, no habría quedado de su escuadrón ni los rabos. Con la punta de la espada estuvo haciendo un mapa y marcando en el suelo los lugares peligrosos. Después dijo:

—Muntaner, tú tienes malas condiciones como soldado. La peor es la valentía. Eres demasiado valiente para capitán.

A Muntaner aquello le pareció muy halagüeño.

Aquel mismo día transmitió Muntaner por correos especiales la noticia a Annya, de modo que desde allí la llevara Aonés en una galera ligera a Constantinopla.

Quedaron acampadas las tropas en aquel lugar ocho días, durante los cuales Muntaner, ayudado por los otros capitanes y alféreces, hizo inventario y relación del botín. Como el campamento turco llevaba en aquellos valles varios meses, sus instalaciones y depósitos de víveres eran muy abundantes. Después de la victoria los soldados gozaban del lujo de sus enemigos, que no se limitaban a las alcatifas y a las tiendas, sino también a las mujeres, muchas de las cuales habían sido abandonadas al vencedor. Las había que abrazaban a los catalanes con alegría, pero no faltaban otras que, vencidas y todo, mantenían el rencor en sus miradas. Rocafort se escandalizaba viendo entre las mujeres niñas de once o doce años que los turcos tenían como mancebas.

Por la noche, alrededor de los fuegos, los almogávares bebían y cantaban. Era la alegría campesina de su tierra llena de alusiones a la inocencia de la paz aldeana. Una voz ronca decía:

Si te casas en Monzón no te faltarán melones ni palos en las costillas ni en la saya guarniciones.

Luego se oían rasgueos de vihuela y un ritmo que alguien hacía repicando dos tejuelos entre los dedos. La misma voz cantaba:

Entre Espierre y Loporzano se partieron un antruejo Espierre llevó la cuerna y Loporzano el pellejo.

Oía Muntaner aquellas canciones que, a pesar de su ordinariez, le dejaban en la memoria una cauda de luz lunar y de melancolía. Tantas veces las había oído parecidas en su tierra.

Rocafort se perdía a veces con las mujeres turcas detrás de las colinas.

Era vicioso de hembras. Sin embargo, un hombre habituado a penetrar las intenciones humanas habría visto en los ojos de Rocafort una luz más fuerte que la del deseo de la hembra: la ambición secreta del poder. Desde la silla del caballo divisaba a veces Rocafort los horizontes lejanos del Asia con una mirada de águila que debía ser parecida a la de Alejandro Magno cuando andaba a caballo por aquellos mismos lugares. Pero Rocafort no había leído historia griega como Muntaner ni creía que fueran necesarias las letras para ganar batallas.

Los almogávares se desesperaban de ver tantas riquezas que no podían transportar a sus bases de invierno. Bizcarra, el criado de Roger, decía que había visto a Lucas de Exea llorar de rabia porque no podía cargarse al hombro una silla turca de montar que tenía incrustaciones de oro y de nácar.

Y repetía que el ejército debía llevar una reserva de camellos u otras acémilas de carga para transportar la presa.

Después de dos noches sin dormir y de la excitación y la fatiga del combate, las guardias y las vigilancias nocturnas de aquellos días se hicieron con la innovación de dividir la noche no en cuatro cuartos sino en seis sextos y haciendo los relevos más a menudo y las guardias mucho más cortas.