CAPÍTULO II
ASÍ como Roger vivía en el palacio de Andrónico, los otros capitanes se habían instalado en Blanquerna. Desde sus alojamientos se oían los juramentos de los almogávares, las trompetas de la guardia principal y las discusiones de las mujeres en las fuentes a donde iban a buscar agua.
Muchos almogávares preferían dormir al aire libre y sacaban sus mantas y las tendían en el suelo. Por costumbre era para ellos más cómodo el suelo que el blando colchón. El hombre acostumbrado a dormir en tierra no puede gustar de la cama, que se hace incómoda y produce agujetas en los músculos, al menos los primeros días.
Los cuarteles de Blanquerna estaban amurallados y constituían en su conjunto una ciudadela de piedra y ladrillo rojo. Había torreones y casetas coronados de pequeñas cúpulas engastadas de azulejos dorados o azules. Al amanecer y al Caer el sol, es decir, cuando la luz llegaba sesgada, los cuarteles de Blanquerna brillaban por todas partes y refulgían como coronados de fuego.
Nadie mejor que el soldado para apreciar el buen sueño y la comida de la paz. Algunos se ejercitaban en las armas a pie o a caballo. Con ese fin había estafermos por todas partes, a los que arrojaban jabalinas o daban lanzadas evitando el retruque de la plomada. Porque los estafermos podían defenderse. El armazón de esos muñecos era de metal sólido y giraba sobre el eje, que estaba engrasado. En un brazo tenían una rodela, sobre la cual debía dar la lanza del jinete. Del otro brazo extendido —de la misma mano— pendía una cuerda en cuyo remate había una plomada de dos libras de peso. Al girar violentamente el muñeco, la plomada giraba con él, alzándose más o menos a la altura de la cabeza del caballero, quien debía, por lo tanto, encogerse o cubrirse con la adarga. Se habían dado casos de caballeros heridos y hasta muertos en aquellos ejercicios. El estafermo tenía, pues, su defensa y su riesgo.
Para evitar que los caballos se resabiaran, los sacaban a justar. Se oía toda la tarde el ruido de las lanzas contra los estafermos, seguido a veces de risas si la plomada pasaba cerca de la cabeza de alguno o chocaba violentamente contra su adarga.
Otros soldados jugaban a las chapas o a los dados. Algunos tocaban la vihuela y cantaban canciones en el castellano medio provenzal de las tierras de Oc, de Cataluña o de los Pirineos.
Muntaner, Arenós, Fernando de Aonés —éste, capitán de galeras, es decir, marino—, recibían a veces a Georges, general de los masagetas que llevaba consigo un traductor. Encontraban en Georges un hombre precavido y alerta. Se diría que disimulaba curiosidades y que se vigilaba a sí mismo. Evitaba beber cuando estaba con los catalanes y se veía que era un caballero, es decir, un señor. Muntaner y el capitán Aonés tenían la costumbre de calibrar y calificar la nobleza de los otros por rasgos exteriores. A Roger y a Arenós esa nobleza les tenía sin cuidado.
En Blanquerna había sirvientes civiles que ayudaban en los oficios bajos. Sus nombres les sonaban a los españoles de un modo pintoresco. Pelagia, Mónica y Tadea eran mujeres ya entradas en años que se santiguaban con las dos manos juntas al pasar delante de un icono de Santa Sofía. Este se hallaba en la plaza de armas y tenía una cazoleta de aceite y una mecha ardiendo al pie. Se protegía la imagen de la lluvia por un tejadillo cubierto de musgo verde, entre el cual asomaban también los azulejos de colores.
Algunos hombres civiles trabajaban en Blanquerna dedicados a la limpieza de los vanos entre las cuadras, de los pesebres y establos y de las letrinas. También tenían nombres poco frecuentes que sonaban, sin embargo, como los de Castilla: Dalmacio, Basilio y Camilo.
Para que nada faltara había un pobre de espíritu: Simón. Los catalanes lo llamaban Lelo Simonet. Iba y venía harapiento y sonriente. Los esclavos turcos miraban a Lelo con respeto. Algunos, con una especie de temor supersticioso. Otros se burlaban de él. Los almogávares querían que Lelo les divirtiera y Lelo, que a todo decía que sí, trataba de hacer volatines y juglarías sin conseguirlo la mitad de las veces. Iba medio desnudo y las mujeres lo miraban entre complacidas y escandalizadas. Aquel Lelo Simonet tenía un rostro bien parecido y cierta dulzura en la expresión. Esa extraña belleza turbadora que tienen a veces los imbéciles y los locos.
Algunos días acudían juglares profesionales con espadas, antorchas, serpientes amaestradas, monos u osos. Los centinelas, generalmente, no los dejaban entrar, y los tres perros que vivían en Blanquerna se enfurecían y ladraban. Muntaner decidió autorizar a los juglares dos veces por semana y acudían puntualmente con volatines nuevos y bailarinas. Llegaban en diversos grupos, y una vez dentro, daban verdaderas funciones de circo. El acto final era una especie de pantomima en la que había mujeres hermosas ligeras de ropa. Los capitanes miraban desde las ventanas de sus alojamientos que daban a la glorieta central, donde los volatineros montaban sus tinglados. En aquellas tardes quietas de Constantinopla, el rugido de algún oso, el gañido de alguna mona y las risas a coro de la soldadesca ponían un fondo aldeano e idílico. Los soldados se mantenían más cerca de su tierra, es decir, de su infancia. Porque la patria de cada uno es el reflejo de su propia niñez.
Simonet estaba en la primera fila y era el que parecía gozar más. Al final se unía a las muchachas que hacían la colecta y las ayudaba a recoger del suelo las monedas. Antes de dárselas a las bailarinas (siempre eran ellas las encargadas de invitar al público a pagar), Lelo Simonet besaba el dinero, como si se tratara de una limosna para él. Luego, excitado por las voces y por el entusiasmo de los soldados, se ponía la mano derecha debajo de la axila izquierda y comenzaba a aletear con el brazo como un ave alicortada y a producir sonidos indecentes, con los cuales seguía el ritmo de una especie de canción que, según dijo una de las bailarinas, era el himno de la casa de los Paleólogos.
Los nombres de aquellas bailarinas eran también cristianos —pensaban los almogávares—, pero resultaban cómicos: Procopia, Severiana, Constantina, Nicéfora, Belisaria, Wladimira, Anastasia, Gaya. Se conducían aquellas mujeres con los soldados de un modo recatado y al mismo tiempo complaciente.
Muntaner tenía habilidad para buscar a algunas de aquellas muchachas y perderse con ellas entre dos luces o conducirlas a su morada. Era Muntaner un hombre discreto en su vida privada, hábil en cuestión de faldas y disimulado como un confidente de reyes. Sobre esta última cualidad Arenós y Fernando de Aonés bromeaban, pero Muntaner no se daba por aludido. Aonés, el capitán de galeras, había navegado con Roger por el Mediterráneo y peleado a su lado en los alrededores de Malta y frente a Nápoles.
Era Aonés amigo de cuentos e historias fabulosas. Su aspecto lo denunciaba: flaco, alto, con cara de hacha y una barba florante de chivo: Móvil e inquieto siempre. Con ascuas en los ojos y cierta torpeza al caminar sobre pavimento sólido y seguro. Los tres, Muntaner, Arenós y él, solían andar juntos, menos en las tardes en que Muntaner se sentía enamorado. O también cuando buscaba ruinas históricas y viejos pergaminos. Estaba orgulloso Muntaner de una traducción griega de Ovidio que halló en la tienda de un mercader, firmada por Manuel Planudes, cuyo nombre le parecía catalán. Tenerla consigo le parecía un privilegio.
Comenzaba la ciudad a acostumbrarse a los soldados de Aragón. La gente humilde los admiraba. La aristocracia griega, también. Los genoveses querían vanamente ejercer con ellos la autoridad de su riqueza.
Tardaban los catalanes en comprender la diferencia entre la iglesia bizantina y la iglesia romana. A los almogávares les tenía sin cuidado. Muchos conservaban supersticiones panteístas, adoraban los misterios del bosque y de las aguas, de la luna y de la noche oscura. Georges el masageta y casi todos sus capitanes también estaban más cerca de esas supersticiones de fondo poético que del cristianismo ortodoxo o romano. En España no había inquisición todavía, como en Francia. Todos se sentían seguros y libres en su fe o en su ateísmo. Y despreciaban un poco la iglesia de Constantinopla, sobre todo por las barbas y las greñas de sus curas, en las que parecía no haber entrado nunca un peine.
La casa donde estaban los capitanes —dentro de la ciudadela de Blanquerna— era antiquísima. En un hueco, que era una especie de antiguo balconaje cegado por un moro de ladrillo morisco y que formaba una ancha hornacina encuadrada por dos columnitas de mármol amarillo, había una colección de ánforas de distintos tamaños.
Eran aquellas ánforas tan antiguas, que podrían haber tenido los perfumes de Nausica o tal vez los vinos del Betis que el rey Gerión envió a Minos de Creta novecientos años antes de la era cristiana, es decir, en los tiempos de Helena de Troya.
Muntaner, que era curioso y letrado, puso sus narices en la embocadura de cada una de las ánforas. Sólo olían a polvo y a alfarería. Aunque a menudo necesitaban los soldados vasijas, no quiso nunca hacer uso de aquéllas, que parecían tener un extraño sentido religioso.
En Blanquerna había capilla bizantina con sus cúpulas frágiles en forma de glande. Muntaner fue el que observó que los minaretes árabes y las torres bizantinas eran (como el arco árabe en sí mismo y desde sus orígenes) una alusión sexual. Muchas cosas de la arquitectura y de los símbolos de las monarquías lo son. El cetro, por ejemplo. Y la flor de lis. Arenós lo escuchaba con recelo. No creía necesariamente todo lo que decía Muntaner. Suponía que leía textos raros y papeles inciertos. Una parte de la cultura era entonces asimilada a la falsedad, a la simulación y a la magia. El saber desinteresado no tenía objeto. Cuando una persona sabía muchas cosas que no servían para nada, la gente comenzaba a pensar que en aquella inutilidad había un riesgo y un misterio. El riesgo de perder el alma y el misterio probable de venderla al diablo. Aunque Arenós no creía en esas cosas, tampoco sentía gran afición por las letras, fueran divinas o profanas.
Una o dos veces se presentaron en Blanquerna sacerdotes de Santa Sofía. Los soldados asistieron a los oficios en la capilla con más curiosidad que devoción. Les interesaban las dalmáticas recamadas de plata y oro, las campanas y la manera extraña que tenían de dar la comunión a los que la querían.
Fueron una noche Muntaner, Aonés el marino y un caballero de Jaca, que se llamaba Gavasa, a picardear por los barrios de la marina, en la parte baja de Pera.
La noche clara tenía en el cielo amatista una luna llena que ponía atravesadas franjas de luz en las calles negras.
Había lugares donde se servían buenos vinos y donde alcahuetas de altura —con ese mismo nombre de alcahuetas que, al parecer, había hecho fortuna entre los bizantinos también— hacían los honores. Muntaner discreteaba. Decía que los poetas eran en materia de guerra gente peligrosa, porque en el momento crítico hacían tales cosas y tan inesperadas, que el enemigo se desconcertaba. A eso atribuía Muntaner el éxito de Julio César en sus campañas de Francia. Naturalmente, lo decía en broma, pero explicaba su teoría de tal forma que, si no llegaba a convencer a sus amigos, al menos los dejaba admirados y confusos.
La decoración de aquella casa era como en los tiempos de Justiniano. Lámparas de aceite en huecos semicirculares, en los muros. Mosaicos en el suelo, sin alfombras. Triclinios, todavía como en los refectorios romanos, ánforas para los vinos de Esmirna o de la Bética, vasos labrados con figuras obscenas.
Había varios hombres de aspecto venerable (no era en Constantinopla una vergüenza ir a aquellos lugares) que hablaban italiano, y hallaron otro más joven, un comerciante provenzal, que hablaba al modo de Castilla. Los dos hombres viejos estuvieron explicando a los españoles el origen de la insignia de la media luna que, contra lo que algunos creían, no era turca sino bizantina. Trescientos años antes de nuestra era, cuando Alejandro atacaba Bizancio, apareció en el cielo una luz inesperada —era a media noche— que descubrió los ejércitos asaltantes y permitió a los bizantinos prepararse a la defensa y ganar la batalla. Desde entonces en su bandera aparece una luna creciente y una estrella, símbolos y blasones que los turcos más tarde hicieron suyos.
Aonés quería oír lo que se decía de los aragoneses y, concretamente, de Roger. Con cierta sorpresa vio que aquella gente no tenía ideas exactas. Creían que el de los aragoneses era un ejército del Papa para exterminar a los últimos iconoclastas.
—¿Cómo?
—Es que el Papa es iconódulo.
Los turcos eran iconoclastas, es verdad, ¿pero qué tenía que ver aquello con el Imperio de Andrónico? Un viejo barbado explicó que todavía duraba en el país la pugna más o menos abierta entre los iconódulos (adoradores de iconos) y los iconoclastas.
—¿Y usted qué es? —preguntó Muntaner.
—Iconódulo —dijo él, satisfecho.
Añadió que en la historia de Bizancio todo dependía de los emperadores. Si el emperador se llamaba Basilio o la emperatriz Irene, es decir, si eran de origen europeo, favorecían el uso de iconos en los templos. Si se llamaba Nicéforo y era oriental y descendiente probable de árabes, era enemigo de los iconos y cortaba la cabeza a los frailes recalcitrantes en esa materia.
Otro anciano, también barbado pero calvo, se reía de los iconódulos y decía que a un abuelo de él le había hecho un retrato un pintor de Atenas y que un fraile lo compró a la muerte del hijo, le puso una corona de oro encima y ahora lo veneraban como a San Teodosio. Pero lo mejor era que los frailes decían que la mano de aquel viejo del retrato despedía una fragancia balsámica, gracias a la cual se curaban los males de la garganta.
La conversación derivó, pues, hacia los iconos, y Aonés se quedó sin saber lo que en aquellos lugares se decía de Roger y de los catalanes.
Cuando les sirvieron de comer —una comida con varios platos de carne, jalea de pescado y tres clases de vinos—, aparecieron algunos músicos y dos muchachas que bailaban. Eran de pelo entreverado, castaño casi rubio, ojos azules o grises. No tenían nada de orientales. El más viejo explicó que había mucha mezcla de razas en Constantinopla y que por generaciones la guardia imperial había estado integrada por mercenarios ingleses, noruegos, daneses o rusos, gente nórdica y rubia en su mayor parte. El cruce con los griegos morenos del Sur daba tipos hermosos.
Los españoles dieron propinas a los músicos y a las bailarinas, una de las cuales fue a sentarse en el suelo, a los pies de Muntaner, a quien llamaba príncipe.
Los tres viejos bizantinos estuvieron de acuerdo en declarar que la sobrina del Emperador, la princesa María, era una de las mujeres más hermosas del Imperio. Cada vez que la citaban, decían: “Dios la bendiga”. En cambio, cuando se referían al Emperador dijeron en dos ocasiones: “cuyo padre Dios haya perdonado”. Muntaner sabía que el padre de Andrónico había usurpado el trono, pero se abstuvo de hacer comentarios.
La muchacha que se había sentado a los pies de Muntaner tarareaba una canción acompañando a la música, que había vuelto a alejarse y que se oía en las habitaciones interiores. Un comerciante provenzal, que sabía español, tradujo la letra para Muntaner:
La cigüeña da a sus polluelos el día de la fiesta un almuerzo de sapos y culebras y la luna amarilla la bendice.
Aonés dijo que aquella canción le gustaba. Gavasa, un oficial de la vall de Arán como él decía, inocente y bondadoso, pensó que la canción era una tontería. Gavasa solía escribir largas cartas contando todo lo que veía y las enviaba a España. No decía a quién. Sus compañeros lo tomaban a broma, especialmente Muntaner, que había leído una de aquellas cartas y observado que Gavasa escribía sin puntuación en una inmensa frase interminable llena de repeticiones y prolijidades.
Pero Muntaner dijo a la muchacha que cantara otra canción y ella no se hizo rogar:
Todos miran a la tierra
el cerdo, el gusano
el toro, el cordero
todos menos mi hombre
que con sus ojos de águila
mira de frente al sol de mediodía.
Entonces miraron a Muntaner y vieron que tenía ojos redondos, pequeños, un poco hundidos y penetrantes como los de un águila. Al decirlo Gavasa y traducirlo el provenzal, la muchacha soltó a reír y dijo, como si se tratara de una gran picardía, que había inventado aquella letra y la había adaptado a la música. Muntaner la miraba y dijo entre dientes:
—Yo sería capaz de vivir con una mujer así toda mi vida.
—En Ampurias —dijo Aonés bromeando.
—En Ampurias o en Ávila. ¿Por qué no?
Muntaner se quedó callado.
Aonés le dijo que había visto en las faldas de los Pirineos Aragoneses mujeres de aquel mismo estilo, pero un poco más recatadas y, por decirlo así, más —y lo subrayó con ironía— virginales.
Y Aonés añadió que en Alquézar, una villa de Sobrarbe, había una villana llamada Tusteta que valía por cualquier princesa. Y se puso a explicar las particularidades de aquella belleza con una elocuencia encendida. Gavasa dijo:
—Estos viejos bizantinos no hacen caso de las mujeres. Yo creo que no les gustan.
Muntaner estaba intrigado por las formas de cortesía de aquella gente que al principio parecían comerciantes o labradores de poca monta y luego se comportaban como señores. Recordaba formas de cortesía parecidas entre los moriscos de clase media y, desde luego, entre los señores muladíes o árabes. Consistía en una afabilidad sin accidentes, no profunda ni insistente pero, por decirlo así, invariable. A Muntaner le gustaba. Solía decir que no había formas de cortesía más exquisitas en el mundo que las que se encontraban en la tienda de un beduino árabe, en la pequeña tienda de tela listada de verde y amarillo, sentados en el suelo alrededor de una tetera sobre una alfombra roja. Insistía Muntaner en que, a pesar de todo, los árabes eran quienes estaban en el secreto. La cortesía de la Italia del Norte era de palabras y no le parecía tan refinada. La de Francia, tampoco. La de los árabes era de hechos y se usaba no sólo con los extraños, sino entre padres e hijos y entre esposos. Aonés sonreía de medio lado:
—Veremos —dijo— con qué clase de cortesía nos reciben los turcos.
—Eso es otra cosa —advirtió Gavasa—. La guerra es la guerra.
Uno de los viejos bizantinos dijo que los españoles eran los soldados mejores del mundo, pero que se acabarían con la difusión y generalización de las armas de fuego. La artillería hacía destrozos en el mar y los haría en la tierra. Y entonces, adiós, chapetones de Castilla.
Fernando de Aonés acarició los cabellos de la bailarina que parecía haberse dormido con la cabeza en las rodillas de Muntaner. Fue la caricia que se hace a un gato. Ella suspiró sin alzar la cabeza. Muntaner le ofreció un vaso de vino y ella tocó el cristal con los labios, sin llegar a beber. Cortesía oriental, también. De pronto, la muchacha se levantó:
—¿Quieren que venga el juglar Muley? —preguntó como una niña súbitamente inspirada.
Desapareció y volvió poco después con un joven vestido con calzones anchos y con el torso desnudo, que hizo una serie de reverencias y comenzó a mostrar sus habilidades. La muchacha lo miraba con una devoción que le hizo pensar a Aonés: “Debe ser su amante”. Era un joven musculado y con la piel brillante —debía haberse puesto alguna clase de grasa— que se sabía admirado por la bailarina.
Dio a los españoles el tratamiento de excelencias en castellano y dijo algo en griego. Aonés lo miraba con recelo:
—Este —dijo— debe ser algún renegado español.
Miraban al juglar con una indiferencia un poco pugnaz y el muchacho se dio cuenta, y después de hacer tres reverencias caminando hacia atrás, se marchó. La bailarina miró de uno en uno a los hombres, como buscando una explicación, pero Muntaner la levantó del suelo, la atrajo a sí y la besó en los labios. Fue un beso ligero y sin insistencia.
Aquello disgustó a los viejos griegos. Era una falta de respeto a la vejez y uno de ellos se levantó, se inclinó afablemente y se marchó. Quedó el provenzal conteniendo la risa.
—¿Qué le ha pasado? —dijo Muntaner.
—Nada —respondió el provenzal evasivo—. Es tarde y hace tiempo que quería marcharse.
El otro se fue poco después, también.
El provenzal dijo que se llamaba André Dugave, y cuando estuvo seguro de que los viejos se habían alejado bastante, dijo que los bizantinos eran gente refinada, supersticiosa y muy diferente de la gente europea.
—Están siempre haciendo teatro —dijo—, es decir, mintiendo. Pero se mienten a sí mismos también.
Muntaner quería seguir oyendo a aquel provenzal:
—Pues no lo parece —dijo.
—No, claro. Son grandes artistas. ¿Ve usted que parece que ustedes no les interesan? Pues no piensan en otra cosa que en ustedes, en la ropa que llevan, en la manera de hablar y de mirar, en sus orígenes sociales. Son curiosos como los gatos y disimulan su curiosidad como las mujeres.
La muchacha creía que estaban hablando de ella. Muntaner le preguntó cómo se llamaba.
—Humberta.
Le acarició la grupa y le dijo:
—Es verdad, Humberta. Estamos hablando de ti y diciendo que debes ser hija de turco y de china.
Aquello que debía ser un elogio —después de haber oído al anciano griego decir que eran las mujeres más hermosas del mundo— le pareció a la muchacha ofensivo. Se puso triste y dio la impresión de que iba a llorar.
Considerarla turca, aunque sólo fuera por parte de padre, la había herido. Entonces el provenzal le explicó que Muntaner había querido elogiar su belleza y la muchacha dio un gran suspiro y dijo:
—Yo soy hija de masageta y de bizantino.
Era un grado menos de china (masageta-tártara) y un grado menos de turco (bizantino de origen oriental y no europeo). Muntaner dijo:
—Es lo mismo que yo decía, sólo que suavizado y amerado.
Añadió que, “amerada y todo” —es decir, mezclada con agua para hacerla menos alcohólica—, aquella muchacha se le subía a la cabeza.
Transcurrió el resto de la velada sin accidentes.
Cuando salieron de aquella casa encontraron en la puerta una pareja de vigilancia de Blanquerna que los siguió hasta los cuarteles dándoles custodia. El provenzal André dijo que el anciano griego solía hablar mal de los cruzados franceses para molestarle a él, porque era nieto de un cocinero de Arlés que fue con los ejércitos de Godofredo. A Muntaner le pareció raro que no se declarara noble por los cuatro costados, como solía hacer la gente de Europa en los países de Oriente, y aquella modestia le resultó inteligente y amable.
Parecía el francés deseoso de amistad e iba a decirle Muntaner que se quedara en Blanquerna si quería como intérprete, pero se calló recordando que Roger había insistido mucho en que no establecieran contactos con nadie sin una cuidadosa información.
Se despidieron y los tres aragoneses se retiraron a sus alojamientos.
Los capitanes importantes tenían más plazas y raciones atribuidas por la administración militar del Imperio de las que realmente existían en sus escuadrones y compañías. Esta era una medida general en los ejércitos cuando el Rey quería favorecer a los jefes. Así habría sido fácil para Muntaner o para cualquier capitán incorporar a una o a diez personas a sus unidades sin cuidado. Eran “plazas beneficiadas”, como ellos decían. Jiménez de Arenós tenía veinte plazas montadas y cuarenta peones más de los que podía justificar. Esto lo hacía la administración de Andrónico sin que Arenos ni ningún otro jefe lo hubiera pedido.
Los días siguientes, aunque era ya la primavera, aparecieron fríos. Lucas de Exea, que tenía la manía del tiempo, decía: “Fríos tardanos, truenos tempranos”. Efectivamente, en las semanas siguientes hubo dos o tres tormentas.
Y cayó una pequeña nevada que regocijó a todo el mundo.
Pasaba Roger los días en el palacio imperial. Atendía con los secretarios del tesoro a los problemas de la administración. La paga de los soldados se hacía puntualmente en buena moneda de plata y oro (el oro para los salarios de los altos jefes) acuñada en el imperio. Entre las monedas de oro había de pronto algunas acuñadas en otros lugares, en Bulgaria, en el condado de Atenas y hasta en Castilla. Arenós conservaba una de Castilla que no gastaba y de la cual esperaba que le diera buena suerte.
Vestía Roger de Flor como un gran duque, es decir, como un megaduque bizantino. Para trasladarse de un lado a otro no usaba el caballo, sino una carroza dorada que el Emperador había puesto a su disposición. Los lacayos vestían libreas con los colores de la casa imperial, es decir, de seda pajiza.
Todo el mundo iba acostumbrándose a la molicie.
Algunos almogávares se preguntaban si los turcos se habían acabado en el mundo. Se aburrían y tenían ganas de pelea. Gavasa ofrecía dinero a veces al que quisiera pegarle, y decía:
—¡Tres libras jaquesas por una cuchillada!
En Blanquerna habían instalado sus fraguas varios herreros que estaban todo el día trabajando. Cuando una jabalina nueva quedaba lista y aprobada, el almogávar que la poseía clavaba en la punta una zoqueta de corcho como protección y la dejaba en el armero de la cuadra con una señal —una muesca especial en un lado— que la marcaba por suya.
Se oían todo el día los yunques por un lado y por otro.
A veces se oían también gaitas montañesas de piel de cabra, todavía peluda, tañidas por manos torpes e insistentes.
En Blanquerna corría el rumor de que Roger iba a casarse con la princesa María, sobrina de Andrónico. No sabía Roger de donde había salido la especie y anduvo indagando en vano. La noticia le parecía irrespetuosa para la casa del Emperador, y de pronto supo —Muntaner se lo dijo— que el mismo príncipe Miguel, evasivo y taciturno, había hablado de aquello con Arenós y con otros capitanes. Una cosa tan grave no la diría el príncipe si no estuviera autorizado por su padre, el Emperador. Roger se quedaba un poco deslumbrado pensando: “He aquí un Emperador que hace las mercedes antes de recibir los servicios”. No sabía lo que aquello podía significar, pero aunque apenas había cambiado con la princesa María algunas palabras corteses, pensaba que la razón de estado podía tener decisiones encantadoras.
De no saber que era búlgara la princesa María, podría pasar por italiana o española. La reina Irene, esposa del kan Azán, había puesto a su hija tres meses antes maestro de español. Cuando Roger llegó a Constantinopla, la muchacha hablaba ya con soltura. No le extrañó a Roger, porque entonces el castellano y el catalán se hablaban en todas o las más cortes del Mediterráneo.
Pero la muchacha había recibido desde su infancia una cultura extensa. Leía latín y griego antiguo con facilidad y estaba familiarizada con la Alexiada, poema nacional griego que recitaba de memoria.
Una noche el gigantesco Emperador de la barba blanca le dijo a Roger simulando ligereza y espontaneidad:
—Deseando mostraros mi favor quiero que os caséis con mi sobrina.
Roger replicó que se lo agradecía y que trataría de ser digno de aquel honor. El Emperador añadió algo en griego con su voz atenorada y salió del cuarto para regresar con su hermana Irene. Era una dama de genio vivo y alegre, la menos protocolaria de la familia. Le ofreció la mano a besar, y al tomarla Roger, ella lo atrajo a sí y lo llevó al cuarto inmediato, donde había varias señoras y dos pajecillos jóvenes. Pensaba Roger a veces que estaba viviendo en un reino encantado. Músicas llegaban de una sala contigua, separada sólo por cortinas damasquinadas. Miró Roger alrededor y vio a la princesa María en un extremo, entretenida con otras dos jóvenes de su edad. Pensó Roger contemplándola que era como un juguete raro y precioso.
Se cambiaron una sonrisa. La reina Irene dijo en voz alta a Roger: —Gracias a Dios que os he visto reír. Hasta ahora sólo había visto nubes y borrascas en vuestros ojos, megaduque.
La reina fue a una mesa y tomó un pergamino arrollado, escrito con letras doradas en griego. Pendía de un lado una cinta con el sello del Rey. La reina Irene, con un gesto de picardía y de intimidad sobrentendida, llamó a su hija, quien acudió ágil como una alondra. Observó entonces Roger que todo en el palacio, lo mismo la sala del trono que el gran refectorio y el cuarto donde se encontraban, estaba decorado y tapizado con sedas de tonos pajizos que daban reflejos de plata u oro, según la luz fuera natural o la de los candelabros. Los vestidos de las personas de la familia real tenían el mismo color. Es decir, matices diversos del cobre o del oro. Y la princesa María era tan frágil —pensaba Roger— que podría rompérsele en las manos si la acariciaba. “¿Es posible —se preguntaba— que esto sirva para el amor?”
La princesa María parecía estar no vestida, sino más bien encerrada en un estuche de oro y pedrería.
Aquella noche era en cierto modo —se podía sobrentender— la noche de esponsales.
Roger miraba alrededor, disimulando su curiosidad, y no perdía detalle. Había en el muro un retrato enorme de la reina Irene. Estaba allí con su buena cara de ama burguesa, su mirada tranquila y un tilde de picardía satisfecha en los labios, como si pensara: “Gracias a Dios, en mi familia no se debe nada a nadie”.
Pero la reina Irene no era lo que parecía. Tenía un carácter mucho más complejo de lo que aparentaba. Por el momento estaba enamorada de Roger, como puede estarlo una suegra potencial. Y mostraba el lado inocente e idílico de su carácter.
En el cuarto de al lado se oían los breves chillidos (más de pájaro que de cuadrúpedo) de dos monos titis. A veces la princesa los reclamaba y la duquesa de Nastogo, una anciana herpética, acudía corriendo a buscarlos, los dejaba un rato con la princesa mirándolos desde lejos (porque todos los animales le parecían —según decía— criaturas del diablo) y esperaba un gesto de la princesa para volvérselos a llevar.
Con la vieja duquesa de Nastogo —camarera mayor— había también una doncella a quien la princesa llamaba Gregoria. Era hija de un general alano, ennoblecido por Andrónico, y tenía una expresión siempre de sorpresa, por sus cejas altas.
Cuando llegó la princesa al lado de su madre, ésta le dio el pergamino y le pidió que lo tradujera al castellano para Roger.
La princesa María alzó los ojos hacia Roger y el capitán se preguntó: “¿Es una niña o una mujer?” Por fin, dijo muy serio:
—¿Es posible, alteza, que sepas tantas cosas a tu edad?
Roger era torpemente cortés. Casi todos los soldados lo son pero la princesa María se abrió a las confidencias como una flor.
—No soy tan joven. ¿No sabes que hay pueblos vecinos nuestros para cuyos hombres yo sería ya vieja? Hay gentes de todas clases, en el mundo.
—¿Quiénes?
—Los turcos. Ellos dicen que cuando la mujer sentada en una silla llega al suelo con los pies, es ya vieja. Y tienen razón a su manera, que es la manera de los sátiros antiguos.
—Todo es posible —dijo Roger mirando maquinalmente el pergamino, que era una verdadera obra de arte— con ellos, digo, con los turcos.
—Como dice mi madre —añadió la princesa María con un mohín ingenuo—, tú vas a castigar a los turcos, señor. A mí me gusta la guerra. Es hermosa la guerra.
—Eres hermosa tú, alteza. Más hermosa que la guerra y la paz.
La princesa contestó con una larga mirada y se quedó un momento sin saber qué decir. Luego llamó a Gregoria, la doncella de jornada, que acudió con una diligencia sumisa. Le dijo la princesa algo en griego y la doncella fue a un extremo de la sala y se puso a maniobrar en una especie de pequeño telar o bastidor vertical. La princesa volvió al documento que le había dejado su madre.
—Atiéndeme, Roger —dijo, y se puso a leer con una vocecita engolada que sin duda le parecía oportuna para aquellas páginas solemnes y de sabor ampuloso—: A los mégaduques, condes, dignidades eclesiásticas y dignatarios todos de mi corte. Al pueblo de Bizancio. Después de implorar la bendición del cielo para mí y para todos vosotros, oh, mis primos y mis vasallos, es mi Voluntad daros a conocer las cualidades personales y la casta natural y la jerarquía que recaen en Roger de Flor cabeza y jefe del ejército que del reino de Sicilia nos es enviado por el Rey Fadrique, que Dios guarde, para fortalecernos contra enemigos comunes de nuestro Imperio y de nuestra religión.
La princesa hizo una pausa y respiró tres o cuatro veces hondamente. Se la veía escéptica y un poco irónica, como si pensara: “Todo esto es trámite cortesano y no hay que detenerse ni hacer demasiado caso. Al fin, tonterías de mi tío el Emperador, que gusta del boato y de la grandeza”. Miraba la princesa a Roger, a veces, como si quisiera darse cuenta de que para él tampoco aquellas cosas representaban nada importante.
Y antes de seguir se justificó diciendo que era deseo de su madre el que le tradujera aquel documento. Y que ella, aunque no lo pareciera, era una niña obediente.
Roger sonrió pensando: “Esta muchacha tiene el gusto de la rebeldía de todos los adolescentes, aún”. La princesa siguió:
—Atiéndeme, Roger. Mira lo que dice mi tío: Sabed, pues, nobles de mi casa, queridos primos míos, que es el señor Roger de Flor hijo de nobles tudescos e italianos, siciliano y aragonés por adopción y real merced. Su padre, Recadero de Flor, era barón montero mayor del rey Federico de Germania y murió al frente de sus tropas combatiendo contra Charles de Anjou en la tierra de Oc. A los quince años Roger de Flor entró a servir como lugarteniente de grado y blasón del almirante Vassail, en la flota de los religiosos templarios. Navegó en el invicto navío Halcón y en él se dio a conocer como hombre de religión, de diplomacia y de guerra. Al entregarse la plaza de Acre a los egipcios, salvó las vidas y las fortunas de los cristianos poniendo en riesgo la suya. Después pasó a militar bajo las banderas de don Fadrique, Rey de Sicilia, en la guerra contra Roberto, Rey de Calabria —el documento no decía que antes se había ofrecido Roger como condotiero a ese famoso duque y llegó a ser el principal sostén de aquella corona de Sicilia y el terror del Mediterráneo hasta el momento en que, por resultar innecesario ya a la defensa de don Fadrique, aceptó esta noble misión de Constantinopla que yo le propuse y ofrecí. El Rey Fadrique de Sicilia considera a Roger de Flor como su principal valedor y en su brazo halló seguridad después de las victorias de ...
Aquí la princesa vaciló un poco. Los nombres de territorios del otro lado de Italia le parecían exóticos. El documento enumeraba una por una las batallas ganadas por Roger en mar y tierra y los honores recibidos después. La princesa traducía aquellas líneas con emoción. Al final, el Emperador decía que el nombramiento de megaduque era sólo el primer paso para consolidar la amistad de su casa imperial con Roger de Flor y demostrar a él y al Rey de-Sicilia su buena gracia y propósitos.
Naturalmente, de la boda con la princesa María no decía nada, pero aquel documento que circuló en siete copias firmadas con el sello del Rey entre los cortesanos era una preparación protocolar para dar después la noticia del enlace. Esto lo sabía Roger, también. Y la evidencia estaba viva en aquel silencio que apenas si era vencido por el rumor de la princesa arrollando de nuevo el documento en torno a una varilla de marfil.
Terminada la lectura, Roger dio las gracias a la princesa y besó la mano de su madre, la reina Irene, que acudía del otro extremo de la sala. Se acercaron los tres al hueco de un balcón. La princesa veía en los ojos de Roger una devoción segura y su alegría se hacía locuaz:
—Me gustan los balcones de esta parte del palacio —decía— porque dan al parque y de noche el parque es también un lugar vivo y despierto.
Llovía. Era una lluvia discreta que todo lo hacía más confidencial.