CAPÍTULO I

EN los muelles de Constantinopla habían acostado dieciocho galeras y cuatro gruesas naves aquella mañana de febrero de 1302.

Las galeras y las naves gruesas llamaban la atención de la gente que se acercaba en silencio a contemplarlas. Los guardas griegos, con sus pintorescos trajes y sus ballestas y dardos calzados de pluma, impedían que los curiosos se acercaran demasiado.

Los españoles iban y venían, atareados, por las cubiertas. Ustarroz blasfemaba mirando al puerto. Siempre blasfemaba cuando había que desembarcar caballos. Eran blasfemias inocentes usando el nombre de Copons, un capitán alto, flaco y macilento, de ojos de hiena. Desembarcar caballos era la tarea engorrosa de las expediciones de mar. Y se oían al mismo tiempo las voces de Ustarroz contra Copons y los relinchos de los animales.

En aquel momento Copons asomaba su cara amarillenta detrás del palo mayor y gritaba algo reconviniendo a Ustarroz, quien dejó de jurar por su nombre y comenzó a blasfemar contra las Tres Sórores, tres montañas del Alto Aragón, su tierra.

La gente afluía al puerto atraída por las hermosas naves empavesadas, y oyendo los silbatos trataba de avizorar entre las maniobras de desembarco los trajes y el continente de los soldados. Roger de Flor revistaba los caballos a medida que iban saliendo. Todos parecían deseosos de pisar tierra firme. Desembarcar los caballos era más difícil que embarcarlos porque con la impaciencia algunos se caían en la rampa. Fuertes y nerviosos caballos. Muchos habían peleado en el Norte de Italia. Otros en Francia, contra las banderas del Papa y los Anjous. Todos sabían lo que era una carga a rienda floja y un antuvión de corazas y la provocación de una valla de picas.

Roger de Flor y sus ocho mil hombres, incluidos los navegantes, iban a Constantinopla a ayudar al rey bizantino Andrónico Paleólogo contra los turcos que amenazaban sus fronteras. Los había llamado el Emperador tres meses antes.

Era Roger un hombre de treinta y cuatro años, alto y rubio, con las cualidades contradictorias de su padre alemán y de su madre italiana y con los resabios de todos los navegantes templarios y los giros y maneras adquiridos en los campamentos de Aragón y de Sicilia. Taciturno y grave, tenía un aire de violencia contenida.

El padre de Roger era noble. Había muerto en el Sur de Francia a manos de Charles de Anjou, es decir, a golpes de mangual (maza en forma de esfera, con picos y puntas), que era el arma preferida entonces por la caballería.

Había dejado el padre de Roger en su testamento unas curiosas páginas dedicadas a su hijo, en las que decía: “Naciste tú, hijo mío, en un cuarto con vidrieras emplomadas y en ellas grabado el escudo de la familia. Eres bastardo, pero algunos hijos legítimos querrían tu suerte. La noche que naciste era de cielo espeso y lluvia fina. Dentro de la casa no estaba más que tu madre. Es decir, yo también. A pesar de ser los dos nobles y de pertenecer a la casa del Rey, tuve que ir a buscar una mujer del pueblo para que te ayudara a ti a venir al mundo.

”Escribo estas líneas por si alguno se atreve a discutir la dignidad de tu nacimiento.

"Estábamos en guerra. Toda mi vida ha sido una batalla para mí.

"Aquella noche yo esperaba a los delegados helvecios y a los de Ba— viera, pero no llegaron. Los helvecios habían muerto en el camino a manos de Anjou y los otros cambiaron de opinión antes de llegar. Gente prudente. Demasiado prudente. Por lo que veo, tu enemigo será también la casa de Anjou, como es mi enemigo hoy. Ten cuidado con ellos, porque nos seguirán con su odio a través de las generaciones.

"Naciste a las tres de la mañana. Lo digo por si alguna vez quieres consultar, como hacen otros, la posición de los astros. Yo recuerdo que no dormí aquella noche. Al amanecer andaba por el parque. Y llovía. La lluvia era como una sucesión de cortinas superpuestas que nos separaban de la vida a los tres: a tu madre, a ti y a mí. Me gustaría estar para siempre separado de la vida con vosotros dos a mi lado y ver qué sabor tiene la paz. Pero comprendo que no es para mí. Cuando seas hombre de guerra, sirve a España, preferentemente a Aragón y, si es posible, contra los infieles de Oriente.

”Si combates en Europa, que sea bajo banderas enemigas de los Anjou”.

Siempre le había llamado la atención a Roger aquella parte del testamento de su padre. La lluvia, una sucesión de cortinas. No le parecía adecuado aquello en un testamento y menos de un guerrero muerto a golpes de mangual. Quedó Roger huérfano cuando no había aún aprendido a balbucear las primeras declinaciones latinas. Y Anjou andaba diciendo que lo mataría y lo enterraría con su padre.

Entró de grumete en un barco templario a las órdenes de un famoso almirante que llevaba debajo del hábito de fraile el hacha de abordaje y el puñal de tres filos. Era el barco Halcón, de quince bancos y seis velas. Aquel almirante bebía y blasfemaba, y a falta de cruz hacía besar los gavilanes de su daga a los enemigos prisioneros antes de ahorcarlos.

Allí aprendió Roger a ganar batallas y a perderlas. En tierra firme o a bordo. En las persecuciones que sufrían los templarios por parte de los reyes de Francia y de España y del mismo Papa, el almirante del Halcón había quemado el estandarte del Pontífice y desafiado y batido a sus tropas varias veces.

No le gustaba a Roger la vida en las galeras, que eran nidales de piojos a causa de los galeotes.

Cuando los templarios fueron destruidos, Roger se acercó a Fadrique, rey aragonés de Sicilia, y llegó a ser a la sombra de sus banderas por algunos años el señor del Mediterráneo.

Por fin, segura ya la situación de Fadrique, se dirigió Roger a Constantinopla con un puñado de combatientes escogidos, accediendo a los requerimientos del rey bizantino Andrónico II. No se hacía muchas ilusiones, pero prefería guerrear a pie firme. En el mar, la victoria la decidían con frecuencia no el valor ni la argucia, sino el viento y las olas. Y la quitaba tal vez el resentimiento satánico —tan natural— de los galeotes.

A pesar de su apariencia adusta, Roger era ligero y fácil a la broma. Lo que sucedía era que había tenido pocas ocasiones de sonreír en su vida. Su sonrisa no duraba mucho. A veces se ponía a pensar en su pasado y se extrañaba de no recordar un solo hombre a quien pudiera llamar amigo.

Pese también a su aspereza exterior, Roger resultaba entre los cortesanos —cuando no había otro remedio— brillante sin esfuerzo. La taciturnidad no le era natural, sino más bien un hábito impuesto por los años en que sirvió como caballero templario, mitad fraile mitad soldado, acostándose cada noche sin saber si despertaría en el infierno. El Papa había exterminado a los templarios y perseguía aún a los supervivientes con bulas de excomunión.

Las persecuciones del Papa, secundadas por algunas cabezas coronadas, y la calidad de bastardo de Roger de Flor habían convencido muy pronto al capitán de que sólo la más extremada habilidad, la violencia y la crueldad, si era necesario, le abrirían un futuro. Ese futuro tal vez le esperaba en aquella ciudad mixta de Europa y de Oriente, donde el Cristianismo usaba una liturgia propia y distinta, las iglesias eran rematadas por cúpulas en forma de bulbo y las cruces tenían doble brazo horizontal. Y donde la autoridad del Papa no alcanzaba.

Las compañías de almogávares se iban formando en tierra. Un soldado zapateaba al desembarcar como si quisiera comprobar que pisaba tierra y no tablas vacilantes. Algunos se mostraban pesados y toscos de movimientos.

La impresión que daba la ciudad a los expedicionarios catalanes y aragoneses era confusa. Por un lado se veían hombres vestidos al modo galante de Italia. Por otro, griegos pintorescos y judíos melenudos. Todos aquellos seres macilentos parecía que tenían hambre. A veces pasaban algunos turcos con la cabeza baja y aire de esclavos. En Oriente dan siempre los hombres, incluso los ricos, la impresión de que no comen bastante.

Se acercaba a la orilla el capitán Lope de Azedo, que mandaba la guardia. Era hombre de reglamentos y paradas:

—¿Lista de batallones, Roger? —preguntó saludando.

—¿Para qué? ¿Ha habido riñas y muertes en el camino? ¿No? ¿Se ha tirado alguno por la borda?

—No, señor.

—Entonces, estamos todos —decía Roger—. No hay que pasar lista. Acabad pronto la formación. Las banderas, en medio.

Pocos minutos después estaban en tierra todos los expedicionarios con sus insignias y sus estandartes. Roger seguía a bordo. Se hacía cargo de las fuerzas en tierra Fernán Jiménez de Arenós, aragonés de la montaña, pariente de los Abarcas. Era un hombre joven, con el hábito natural de la autoridad, a quien miraba Roger desde el puente, complacido pero reticente.

Muntaner, que tampoco había desembarcado, se acercaba a Roger bromeando. La cara de Muntaner, al revés que la de Roger de Flor, era ancha, cómoda y abierta. Pero tratándolos de cerca se veía pronto que el taciturno Roger era en el fondo confiado, y el franco y simple Muntaner era o podía ser receloso y extremadamente cauto. Con Roger de Flor nunca se creía obligado Muntaner a usar de su cautela.

—¿Has visto el camarote del chino? —le preguntaba.

Roger estaba atento a las evoluciones de Fernán Jiménez de Arenós y al caballo que montaba:

—Muntaner, aquel caballo es mío. Es Payés.

—¿No has visto el camarote del chino? —insistía Muntaner.

Había en el barco un cocinero chino. Se había pegado a la galera como una de las lapas que se adherían a la quilla bajo la línea de flotación.

—Aquel caballo es Payés. No me gusta que monten mis caballos porque se vician.

Muntaner no le oía y volvía a preguntar:

—¿De veras no has visto el camarote de Chon Fu?

Roger se ajustaba un cinturón con guarniciones de oro y seguía distraído:

—Mis caballos no los debe montar nadie más que yo.

Muntaner volvía a preguntarle por tercera vez si había visto la cámara del cocinero chino.

—¿Qué pasa con él?

—Lo tiene llena de muñecas, algunas tan grandes como él. Están articuladas y mueven la cabeza. Otras, las caderas. Las vende, según dice. Es su contrabando. Pero necesita autorización tuya para desembarcarlas.

Se oían añafiles y tambores. Comenzaron también a sonar los campaniles de las iglesias. No sonaban como en España o Italia, que tienen en las torres campanas grandes y sólidas de poderosos badajos, sino con un sonido de colleras de hacanea o de esquilas de ganado. “La diferencia está —comentaba Muntaner— en que nosotros tenemos campanarios y los griegos de Constantinopla tienen campaniles. Nuestras campanas son resonantes y se llaman Bárbara, María, Rita, para precaverse contra las tormentas. Las de Constantinopla son pequeñas, doradas, cascabeleras, y se llaman Basilia y Teofilacta.”

—¿Dónde has aprendido tú tanto sobre esta tierra? —dijo Roger.

—Pero hombre, Bizancio es un imperio con dieciocho siglos de historia.

Sonaban las esquilas de los campaniles. Había muchas en cada iglesia. Allí donde los españoles tenían una, ellos tenían cincuenta, aunque más pequeñas y pintadas de oro y plata. El aire estaba lleno de ondas que llevaban a los oídos de los soldados armonías nunca oídas antes. Roger contenía una sonrisa en el extremo izquierdo de su boca. Muntaner adivinó sus reflexiones y dijo:

—Esas campanas parecen pertenecer a una iglesia y a un imperio de juguetería.

Al mismo tiempo pensaba que aquella voz de Bizancio era una voz virgen para los españoles.

Roger miraba hacia la avenida del fondo. “¿Quién vendrá a recibirnos?”, se preguntaba. Pensaba esperar a bordo hasta que llegara alguien digno de la lucida corte de capitanes catalanes que llevaba consigo.

No tuvo tiempo para dudar porque Arenós se acercó al galope, se detuvo en seco y saludó con la espada desnuda:

—El Emperador se acerca con sus dignatarios.

Las trompetas del ejército catalán tocaban la marcha de infantes.

—Está bien, Arenós. Que presenten armas.

Roger saltó a la cubierta. Llevaba un coselete negro y oro y el yelmo de gala. Por encima del coselete se veía el cuello de una camisa de seda. Al llegar a tierra montó en un caballo negro, y el cornetín de órdenes sonó tres veces. Todo el mundo presentó armas. Roger hizo una seña a Arenós, quien se emparejó con él. Asegurándose el yelmo, le preguntó con una expresión dura:

—¿Quién te ha autorizado a montar a Payés?

Arenós fingió que no le había oído. El caballo caracoleaba impaciente. Otros relinchaban aquí y allá, felices de verse en tierra. Muntaner llegaba detrás en su caballo blanco, al trote largo. Llevaba también coselete y yelmo, pero había algo en él que revelaba al letrado más que al hombre de armas.

Las tropas estaban formadas. Los capitanes y muchos caballeros vestidos de seda y brocado, con oro y plata en sus armaduras, daban una impresión abigarrada y colorista. Eran los jinetes más de mil quinientos. Sus banderas flotaban en la brisa mañanera. Los rostros descubiertos mostraban descanso, fortaleza y confianza. Había perfiles de ave de presa y también de cerdo y de perro, sobre todo entre los almogávares, muchos de los cuales tenían cicatrices en el rostro que los desfiguraban.

La infantería almogávar, formada en compañías, daba la impresión selvática de siempre. Iban todos vestidos de pieles de animales salvajes, calzados de abarcas y tocados con una especie de capacete o enrejado de hierro que hacía el lugar de yelmo. Había algunos almogávares que parecían niños imberbes. Otros, próximos a la vejez, ostentaban un vientre solemne y barbas grises.

Eran los almogávares gente feroz, con algo en sus maneras de la libertad áspera de los montes de Aragón. Los campaniles, sonando, ponían con su delicadeza femenina un contraste curioso. Los hombres, mirando a su alrededor y oyendo aquel metálico guirigay, no sabían qué pensar. Había soldados de cincuenta años que parecían de piedra toscamente labrada, con sombras verdes. Todos con armas iguales: una espada, dos puñales y tres jabalinas o grandes dardos (como medias lanzas) con punta de flecha y plumas en el remate del asta. Sus armas defensivas eran pocas y frágiles. No llevaban peto, ni quijotes, ni celada. En su conjunto daban una impresión rara y algunos griegos sonreían burlones.

Viendo la befa de los griegos, Muntaner pensaba: “La apariencia os engaña, hijos de la gran Troya. Vuestros campaniles son pocos para celebrar la llegada de los almogávares”.

Por la avenida que se abría al fondo de la explanada desembocó la comitiva imperial. El Emperador llegaba en un caballo cubierto de oro, sedas y pedrería. Traía a su derecha a su hijo Miguel, joven de piel curtida y ojos negros y febriles. El Emperador aparentaba unos cincuenta años y tenía una expresión naturalmente afable.

Les precedían chirimías, pífanos y timbales. Era una comitiva brillante, toda barbas grises, reflejos de brocado y raso, y caballos con enormes gualdrapas colgantes. Detrás del Emperador se acercaban más de doscientos nobles montados en caballos alanos o kirguises, con sus dalmáticas de oro y sus mitras.

Las tropas aragonesas y catalanas presentaban armas y Roger y el Rey, después de cambiarse saludos, pasaron revista llevando detrás a Muntaner y a Arenós (y al príncipe Miguel, hijo del monarca y heredero del trono). Arenós no hablaba. Era inútil, porque suponía que Miguel no le entendería. Y ante todas aquellas grandezas pensaba que el Emperador tenía su palacio —se veían cerca las terrazas—, pero Arenós tenía también el suyo en Aragón. Le gustaba a Arenós, en momentos de gran ceremonia, alejarse con la imaginación o con el recuerdo; y mientras caminaba al paso de su caballo, pensaba en su propia casa. En su propio solar de gran señor campesino. Todavía no sentía nostalgia, sin embargo. Era más fuerte la curiosidad de las tierras nuevas.

Terminada la revista, el Rey dijo a Roger, valiéndose de un intérprete:

—En mi casa tiene habitaciones dispuestas y puede llevar consigo su propia servidumbre. Yo lo esperaré para almorzar y presentarlo a mi familia.

Y sonrió de un modo confidencial y amistoso que conquistó a Roger y le hizo pensar con optimismo en el provecho de la expedición. El Emperador dijo a Roger que podía anunciar a sus tropas el pago de cuatro mensualidades como aguinaldo. Roger estaba muy satisfecho con todo aquello y no podía evitar la siguiente reflexión: “El Emperador debe estar muy necesitado de nuestra ayuda”. También esto halagaba a Roger.

Pidió Arenós permiso para desfilar con las tropas hacia el barrio de Blanquerna, donde, según le dijeron, tenían sus cuarteles. Después de presenciar Roger y presidir con el Emperador el desfile de las primeras unidades, la comitiva imperial se marchó, precedida de pífanos y añafiles, como había llegado. Parecía de veras una cabalgata y cortejo de muñecos o figuras de las estaciones del Corpus, con más aire religioso que civil. Eso se debía tal vez a las dalmáticas festoneadas de oro, a las mitras y a aquellos delicados campaniles que no dejaban de tocar.

Detrás del Rey se veía, acompañado de la cruz griega, toda reflejos, al Patriarca de Constantinopla y archimandrita de Santa Sofía, padre Alejo. Tenía una expresión inmóvil de campesino. La hermosa catedral lucía sus cúpulas no lejos del palacio imperial bajo el primer sol.

Camino de Blanquerna, el príncipe Miguel, que acompañaba a Roger, miraba extrañado a los almogávares, cuyos vestidos de pieles contrastaban con el lujo de los caballeros.

—Nunca he visto una infantería como la vuestra —dijo.

A Roger de Flor le gustaba ir directo a las cosas:

—¿Quiere decir una infantería tan deslucida? En el campo se ven los soldados, alteza, y no en los desfiles.

Pensó el príncipe Miguel: “Habla de un modo expedito, como un soldado, pero tiene el acento conciliante del cortesano”. Le gustaba y no le gustaba, al mismo tiempo. Miguel, a veces, lo miraba de reojo entre la admiración y el recelo.

Las tropas quedaron instaladas en una ciudadela limpia y bien condicionada, entre el barrio genovés (el barrio de Pera) y el alano o masageta. El príncipe Miguel iba y venía curioseándolo todo. Se le veía mirar todavía con humor las pieles de los almogávares. Por fin se fue, diciendo a Roger que lo esperarían en el palacio para almorzar. Le dejó como ayudante al duque de Nastogo, capitán general de los romeos, es decir, de los ejércitos bizantinos, hombre viejo con movimientos rígidos que no se sabía si eran de orgullo jerárquico o de reuma.

Advirtieron que el barrio que tenían delante no era romeo, sino europeo. El duque de Nastogo, volviendo el rostro y con él toda la parte superior del cuerpo, como si tuviera la nuca rígida, les dijo:

—Tienen razón vuecelencias. Es el barrio de los genoveses.

Roger se alarmó cómicamente. ¿También había genoveses en Constantinopla? Decir genoveses era entonces lo mismo que decir prestamistas, es decir, acreedores.

Y los campaniles seguían tocando.

Parece que al archimandrita le gustaban también las tropas mercenarias de Aragón y Cataluña. Incluidos los almogávares.

Al mediodía Roger acudió al palacio imperial.

La comida con el Rey fue protocolaria y no se habló de nada apasionante. En lo posible evitaron el tema político. Roger fue el único español invitado. Estaba en la mesa toda la familia del Emperador, quien preguntó por el Rey de Sicilia y discreteó con Roger sobre los templarios, los intereses del Papa y las casas fuertes de Francia. Tenía Roger en la mesa, enfrente, a la princesa María, sobrina de Andrónico. Era una muchacha de unos quince años, con el aura de la virginidad. Y, sin embargo, una muchachita ya hecha y derecha, los ojos seguros de sí y un perfil cargado de herencias extrañas y sutiles. ¿Rusa? ¿Alana? El Rey la presentó diciendo que era hija del kan Azán de Bulgaria y de la duquesa Irene, su propia hermana allí presente. La duquesa estaba al lado de Roger y tenía sus feudos natales en aquellos territorios de su hermano, en Nicea, patria de Constantino, y en Tesalónica.

La esposa del kan de Bulgaria tenía los atributos de una reina. Por eso en la corte la llamaban la reina Irene.

A veces la princesa María le parecía a Roger una niña. A veces, una verdadera mujer. Era demasiado delicada —pensaba— para mujer, y sin embargo, su mirada era firme. Sabía sostener la de Roger e incluso sonreír con un ligero acento de ironía. De una ironía dulce que no hacía mella.

La princesa María miraba a Roger y probaba a hablar castellano.

Era el Rey hombre alto, blanco de piel y gris de cabello. Las barbas eran blancas, pero no revelaban vejez, todavía. La piel, sonrosada y tensa.

Las grandes melenas echadas atrás dejaban ver las orejas de una delicadeza un poco femenina. Tenía un continente calmo y una voz suave y un poco engolada, por afectación. Los Paleólogos eran gentes de aventura y de buena suerte. Andrónico se mostraba afable y dulce. Nadie le había visto nunca irritado. Pero, según sus íntimos, casi todos los días, cuando se retiraba y se quedaba solo, lloraba. Las dificultades de la corona (la necesidad de ser siempre mejor y mejor que sus súbditos) le producían fatiga y tristeza.

El padre de Andrónico había sido duque regente del Imperio y tutor del príncipe heredero, a quien encarceló antes de alzarse fraudulentamente con la corona en 1260. La deslealtad del duque Miguel —padre de Andrónico— acabó con la dinastía de los Ducas, emperadores niceos. Y el segundo de los Paleólogos era un hombre agudo, delicado y de una exquisita afabilidad, detrás de la cual se adivinaba una firmeza antigua.

Roger era observado por Irene, hermana del Emperador, y por María, su hija, con un entusiasmo no disimulado. Tenía Roger la distinción natural de los hombres de cuerpo grande y cabeza pequeña. Interesaban a aquellas mujeres las maneras de Roger, distintas de las de Oriente. El Emperador hizo saber que estaba en excelentes relaciones con sus vecinos. Hablaba de su fraternal amigo el kan de Bulgaria, su cuñado, gran cazador de volatería que tenía los mejores jerifaltes de Levante. La duquesa Irene miraba a Roger como si pensara: “No es necesario creer todo lo que el Emperador dice”. Roger se asombraba y disimulaba. Desde el primer momento tuvo la impresión de que la reina Irene no respetaba a su hermano.

Andrónico dio a entender a Roger que estaba al tanto de sus enojos privados. No se lo hizo directamente, porque el Emperador solía ir a las cosas con rodeos:

—El Obispo de Roma —así llamaba al Papa— no tiene aquí representante oficial ni oficioso, señor Roger de Flor.

Dándose cuenta Roger de su intención, fue, como solía, al fondo del asunto:

—Hay quien cree que el Papa daría algo por mi cabeza, pero siempre se exagera en materia de amores y de odios. En todo caso, me es lo mismo.

Tiene más miedo el Papa de mí que yo de él.

El Emperador rio y dijo que debía repetir aquellas palabras delante de Alejo, Patriarca de Constantinopla. Parecía pensar complacido que Roger no tenía pelos en la lengua. Y añadía:

—Nuestro Patriarca cree que el Obispo de Roma es el Anticristo y lo explica con textos sagrados valiéndose de la Epístola de San Pablo ad tesalonians. Dice que el hombre de iniquidad es el Papa.

Entonces el Papa tenía su ejército y, en cierto modo, hasta su policía internacional.

Después de la comida se celebró una recepción en la cual el Emperador entregó solemnemente a Roger las insignias de megaduque, es decir, de gran duque del Imperio. El acto fue en un salón contiguo, donde se había reunido lo más florido de la nobleza. En sus actuaciones públicas, el Rey tomaba una apariencia rígida y altiva; era el estilo tradicional. Y Roger se dio cuenta de que su párpado izquierdo, que era más pesado que el otro, cerraba casi el ojo del mismo lado cuando el monarca se sentía contemplado por la corte y obligado a hablar en público. Era nervioso el Emperador, y su altivez, resultado de un esfuerzo interior sostenido. Después de dar a Roger las insignias de megaduque delante de todos, alzó los brazos con sus mangas de seda pajiza colgantes, lo abrazó y lo llamó primo mío en griego.

Observó Roger que el Emperador era protocolario y apegado a las formas, lo que le pareció indicio de debilidad de carácter. Una vez nombrado megaduque, el Rey quiso mostrarle todavía más confianza. Lo llevó aparte, le habló de los turcos, a quienes llamaban unas veces perros moros y otras sucios beduinos o mamelucos, pero sin alterarse ni cambiar el tono de su voz. A los latinos (los pueblos al occidente de Grecia) no parecía estimarlos tampoco gran cosa. Es decir, exceptuando las casas reinantes, sobre todo la de Sicilia. Los pueblos latinos le parecían —decía— falsos y amigos de banderías y comunidades. Las casas feudales de Francia estaban formadas por verdaderas serpientes venenosas, con excepción, repetía, de la de Bearn. Roger pensó que algunas de aquellas casas estaban emparentadas con la dinastía nicea de los Ducas, destronadas por el padre de Andrónico, y debían digerir su resentimiento como podían. Tal vez Andrónico estaba con ellos en la misma situación que Roger con el Papa.

Pero no importaba. “La armonía —pensaba Roger— no es de este mundo.”

María no estaba en la sala. Había ido a cambiarse de vestidos porque con los que llevaba en la comida —dalmática de oro y pedrería— podía estar sentada, pero apenas podía sostenerse de pie y caminar.

Vio Roger entre los nobles griegos algunos vestidos a la europea, que le fueron presentados como genoveses. Eran entonces los genoveses navegantes y hombres de comercio y banca. Gente rica que en todas partes mostraban una tendencia a considerarse por encima del ambiente.

La princesa estaba en la sala contigua, desde donde llegaban atenuadas músicas y risas. Con un oído pendiente de aquellas risas, Roger escuchaba a tres genoveses que le hablaban en un castellano toscanizado. Roger respondía con graves movimientos de cabeza pensando en otra cosa.

Pensaba Roger que en Constantinopla, igual que en otras partes, la aristocracia se ocultaba entre sus pergaminos y blasones y aparecía al lado del Rey severa y grave como los iconos en sus nichos de mármol dorado.

Iba y venía el Patriarca Alejo, que no había asistido a la comida, lanzando miradas curiosas y paternales sobre Roger. Cambiaron algunas palabras en latín. Era el sacerdote un hombre virtuoso que había sido víctima de toda clase de calumnias de sus rivales políticos. Esto había llegado a desmoralizarlo y últimamente servía de alcahuete al Rey para asegurarse el puesto de Patriarca.

—¿Hace muchos años que vuestra paternidad dirige el clero de Grecia? —preguntó Roger.

—No, no —se apresuró a decir el Patriarca, deslumbrante de sedas y oro—. Sólo tres meses.

Luego supo Roger que el Emperador no quería que los Patriarcas duraran y echaran raíces, porque deseaba proclamarse a sí mismo jefe de la iglesia oriental y buscaba a alguien que tuviera el amor del pueblo pero que careciera de personalidad y de don de iniciativa. Alejo añadió:

—No importa quién es el Patriarca. El verdadero jefe de nuestra Iglesia es su Majestad Imperial.

Roger se dijo: “Este hombre mantendrá la mitra sobre la cabeza más tiempo que los anteriores”. Parecía prudente y alerta.

La reina Irene llegó y tomando del brazo a Roger le dijo:

—¿Sabe lo que el Rey don Fadrique, de Sicilia, escribió a mi hermano sobre usted? Pocas palabras, pero buenas. Dijo: Roger es un hombre que hace bromas y donaires con las mismas cosas que a los más bravos les ponen los cabellos de punta. Eso dijo.

La tarde avanzaba y se mostraba soleada y dulce al otro lado de los cristales. Roger iba a responder cuando llegó el príncipe Miguel muy excitado, diciendo que un almogávar había desafiado a dos caballeros de la corte de Andrónico que se habían atrevido a reírse de su traje. Les dijo el almogávar que estaba dispuesto a pelear a pie contra los dos montados y armados de punta en blanco, es decir, cubiertos de hierro. El príncipe no podía creer aquello y llevaba a Roger y a su augusto padre la noticia. Roger dijo que se podía hacer la prueba y todos salieron a una galería que dominaba la plaza de armas. El Emperador los autorizó a combatir y fueron a armarse para el combate. El almogávar a pie, calzado de abarcas y con las espinillas protegidas por cueros curtidos por dentro, frotaba su espada contra el suelo y decía algo como un conjuro entre dientes.

Llevaba la espada y un hacha pequeña en el costado. Llevaba también dos jabalinas arrojadizas.

El almogávar salió a un tercio de la plaza a esperar a los caballeros. El primero apareció seguido de cerca por el segundo. Al salir el primero, el almogávar le lanzó a distancia una de las jabalinas que atravesó la armadura del caballo como si fuera de papel e hirió al animal detrás del brazuelo. Cayó el caballo malherido. El jinete yacía en el suelo tratando de incorporarse, molido y con la lanza rota.

El segundo caballero saltó con su animal sobre el almogávar, pero el soldado se hizo al lado contrario de la lanza y arrojó de cerca la segunda jabalina contra el anca del caballo. Los dos animales yacían en tierra y el almogávar iba con el hacha levantada sobre el primer caballero, y los habría matado a los dos si el Emperador no interviniera diciendo que era ya bastante y que daba la victoria al almogávar. Había sucedido la refriega en poco más de un minuto. La gente gritaba: ¡Bravo, vítor!

El príncipe Miguel estaba entre asombrado y ofendido. No tenía el príncipe una idea muy elevada de sí mismo, y claro es que la tenía peor de los demás. Lo que le ofendía en la valentía de los almogávares no era su aire sanguinario y brutal, sino la pureza que parecía ir adscrita a esas cualidades. Los almogávares parecían bestias de la selva; pero, como ellas, daban una impresión de pureza irresponsable. No sabía qué pensar el príncipe Miguel.

Tenía el príncipe exteriormente ese aire taciturno, sombrío y evasivo que acompaña a los hombres de grandes necesidades licenciosas, y el color terroso de los libertinos. Ocultaba con cuidado su “vida secreta”. El miedo a ser descubierto —cuando todo el mundo sabía hacía tiempo a qué atenerse— hacía de aquellas circunstancias algo un poco repelente.

Todo esto quitaba gracia y majestad al príncipe, quien detrás de la conciencia de sus vicios podía ser violento e impertinente. Había en él cierta natural aptitud a la crueldad. Miraba al almogávar victorioso con recelo y simpatía.

Para Miguel, Constantino I, padrino de bautizo de la ciudad de Constantinopla, había sido siglos atrás un hombre meritorio y digno de ejemplo. El hecho de ser consagrado por la Iglesia Católica como su más grande favorecedor a pesar de que asesinó a su esposa y a su hijo le parecía un ejemplo de habilidad y de disimulada energía. Cualquier forma de ocultación de un vicio o un crimen le parecía a Miguel admirable.

Desde el incidente del almogávar y los dos caballeros griegos, los soldados de la infantería de Roger merecieron el respeto de todo el mundo a pesar de su apariencia incivil. Algunos griegos se hacían lenguas del arrojo sereno del almogávar, a quien el Emperador regaló cincuenta escudos de oro.

Aunque Roger vivía en el palacio imperial, iba cada día a los cuarteles donde estaba su tropa. Todo el mundo parecía contento en Blanquerna y los soldados se sentían ricos con sus cuatro pagas y las promesas del botín cuando el caso llegara.

No faltaba el vino en los cuarteles y a su calor se producían canciones, música y chanzas. Hasta los aragoneses menos locuaces, como Ustarroz o Vallés, el de Binéfar, hablaban por los codos, y los más graves catalanes, como los dos Fruelas (Fruela Samper y Fruela del Pueyo), bromeaban y cantaban a dúo canciones del Ampurdán. Comenzaba a parecerles también Bizancio la tierra prometida.

En los cuarteles todo estaba en orden. Cada cuadra para veinte hombres tenía una chimenea y había un depósito de leña cada cinco cuadras. Pero aquellos cuarteles estaban hechos para tropas ordinarias y no para almogávares, muchos de los cuales llevaban consigo a su mujer y a sus hijos. Hubo que reducir, pues, a la mitad el número de soldados destinados a cada cuadra. Y esos soldados las dividieron con cuerdas tendidas y cobijas colgadas.

Todavía quedaba un espacio libre en cada cuadra para reunirse los hombres y beber y charlar o jugar a los dados. En aquel espacio dejaban las armas, y los muchachos que no alcanzaban aún edad militar las vigilaban por turnos de seis horas. Este orden era el mismo en todas las cuadras. Las armas que había que velar en ellas eran, por lo general, sólo venablos o jabalinas, ya que las espadas o las hachas y los rompecabezas solían llevarlos los mismos almogávares colgados de la cintura. En los muros de cada cuadra había cruzados dos manguales.

La diversidad de los idiomas que se hablaban en las calles creaba una distancia entre los soldados aragoneses y la población. Los almogávares, sobre todo, no se fiaban nunca por completo y solían llevar, además de sus armas agresivas, el capacete de hierro en la cabeza.

Arenós se aburría. Pensaba en su patria lejana, donde tenía un solar hidalgo. La casa de Arenós, al pie de una colina en Sobrarbe, tenía la gracia de los abadiados que antes habían sido almunias moras. La arquitectura armonizaba bien con una avenida de cipreses que cubría del viento frío el ala norte y con otras avenidas de tilos y abedules. En invierno, la casa (más monasterio que castillo) no era fría porque conservaba bien el calor de mediodía. En verano no había un lugar más fresco, y cuando Arenós volvía de cazar, tenía que estarse un rato en una galería exterior abierta al sol para atemperarse antes de entrar en las frescas habitaciones.

Eran esas habitaciones como grutas a salvo de la intemperie.

Tenía Arenós grandes perros mastines para la guarda de la casa y galgos para la caza. Había educado, además, media docena de neblíes para la volatería. Y los tenía en los sótanos con su caperuza, bien alimentados de corazones de pollo.

Había tenido amores Arenós con una jovencita hija de un maestresala suyo, que se llamaba Cristeta y que para él resumía las gracias femeninas del mundo. No dejaba de pensar en ella y se proponía volver a su lado y casarse con ella un día, “si era necesario”. No creía Arenós que fuera necesario casarse con nadie. Había visto ejemplos poco estimulantes entre sus parientes próximos y creía que la naturaleza, mejor que la Iglesia y mejor que la ley, sabía lo que convenía al hombre en materia de afectos y de voluptuosidades. Podía ser Arenós fiel y noblemente dedicado a un amor sin necesidad de creer en el matrimonio, como algunos hombres pueden ser religiosos y virtuosos sin creer en la Iglesia. En esta materia tenía Arenós un lado vulnerable: había matado a un clérigo. Fue en duelo legal, con juez de campo, pero no por eso lo había dejado menos muerto. A consecuencia de aquella muerte Arenós pasó a Sicilia, donde estaba esperando que las jerarquías de la Iglesia lo olvidaran, cuando Roger le propuso la jornada de Constantinopla.

Se encontraba a gusto Arenós en Constantinopla. La ciudad estaba bullente de novedades. Al principio, los barrios de la prostitución se animaron con el anuncio de la llegada de un ejército católico. Después, al saber que los almogávares llevaban consigo a sus mujeres, la animación entre las comadres de la trata disminuyó, pero siempre quedaron esperanzas y éstas se cumplieron porque los almogávares, como todos los soldados, amaban la irregularidad.

Abundaban en este barrio judíos y moros, aunque las mujeres más estimadas eran griegas. Se hablaba griego, masageta (ruso del interior), turco, toscano y hebreo. El castellano que se oía a veces sonaba como el griego, parecía más próximo al griego que al toscano, y los soldados catalanes o aragoneses se confundían en la calle, a veces, oyendo hablar a los del país.

Roger había dado la orden de conducirse dentro y fuera de los cuarteles con arreglo a las ordenanzas de su ejército y no a las leyes del país. Naturalmente, esas ordenanzas eran bastante estrictas y Muntaner las había limado de tal manera que no rozaran ni hirieran las costumbres de la tierra. Es decir, que no suscitaran incidentes. Los almogávares eran gente dispuesta a convertir cualquier incidente —sobre todo por la noche— en una hecatombe.

Una de esas ordenanzas era la de no conducirse de una manera individual, es decir, independiente del ejército. Si alguien les exigía algo, si algún griego tenía algo que reclamar, ellos debían remitirlos a sus superiores jerárquicos. La guardia principal de Blanquerna era responsable de todos los soldados. Los capitanes debían decir la última palabra en materias de competencia con las leyes del país. Cada almogávar era un soldado de tal escuadra de tal sección y tal compañía y no un individuo con su nombre, es decir, con su responsabilidad propia. Esa responsabilidad, en todo caso, la determinaría el oficial de la guardia de Blanquerna si era un problema grave e inmediato, y el capitán de la compañía si admitía demora y reflexión. Todos fueron aleccionados y advertidos en ese sentido por Muntaner, quien a veces tomaba un aire curioso, mitad de fraile confesor, mitad de juez.

Como se puede suponer, los oficiales estaban dispuestos a dar la razón a los soldados contra los naturales, especialmente si éstos no eran griegos.

Sobre la cuadra de la guardia principal de Blanquerna se veían izadas las banderas de Sicilia y Aragón. Cuando el príncipe Miguel se lo dijo al Emperador queriendo denunciarlo, como un acto de descortesía, Andrónico tuvo un comentario sagaz:

—Soldados que saben guardar lealtad a sus señores naturales sabrán guardar también la palabra que me han dado a mí.

El Emperador estaba, pues, contento con ellos.

Por el momento, los turcos parecían quietos en los territorios fronterizos, más allá de la península de Artacio. En Filadelfia habían tomado algunos castillos y exigían tributos, pero amenazaban la ciudad desde lejos, todavía. Roger ofreció al Emperador emplear sus fuerzas inmediatamente, pero Andrónico tenía sus planes. Antes de que el ejército saliera para Oriente, quería consolidar su amistad personal y la de su familia y su corte con Roger y con los suyos. Entretanto, esperaba que las concentraciones de turcos, que todos los años se celebraban a principios del verano, tuvieran lugar. La primavera se anunciaba ya. Quería el Emperador que las tropas se emplearan eficazmente contra un ejército lo más poderoso posible.

Tenía el propósito de ligar y obligar a Roger casándolo con una persona de su sangre. Lo que al principio parecía generosidad y amor era también cálculo y prudencia. Un ejército como el de Roger costaba mucho dinero. Ligarse a él por parentesco era obligar a Roger a ponerse al lado de la casa imperial si se presentaban dificultades económicas en el futuro.

Por otra parte, Andrónico necesitaba un plazo para levantar un ejército griego expedicionario. Quería enviar con Roger y sus hombres otros dos ejércitos. Uno de masagetas (rusos de origen tártaro), mandado por un famoso general a quien llamaban Georges. Otro de griegos. Esto del ejército griego le parecía a Andrónico la única manera de hacer compartir las victorias de los catalanes a la nación. Pero requería tiempo y dinero.

Formaban los genoveses dentro de Constantinopla como una ciudad aparte. Eran comerciantes, administradores, intérpretes, juristas, banqueros, armadores de barcos, constructores y contratadores de navíos, hombres de conspiración a veces —en nombre de la república de Génova— e incluso, cuando la ocasión lo pedía, soldados. Mejores en el mar que en la tierra, aunque su infantería no carecía tampoco de prestigio.

Roger conocía a los genoveses. Los había tenido a veces como aliados, a veces como rivales, y siempre como acreedores. No los tomaba en serio, pero disimulaba su desdén porque sabía que no se debe nunca herir el orgullo de nadie si no se le puede a continuación aniquilar. Y era difícil aniquilar a los genoveses.

Había en la ciudad dos sectores sociales bien definidos: la aristocracia bizantina y el pueblo, formado en su mayor parte por artesanos, obreros y peones. Había algunos miles de esclavos negros y turcos y no pocos centenares de seres harapientos de todas clases que vivían de oficios y aventuras imprevisibles. Entre éstos había fugitivos de Persia, de Ucrania, de Mongolia, de las orillas del Indo, renegados italianos que ocultaban su origen, conversos árabes y judíos, algunos iluminados que caminaban con el aire profético de los tipos del Viejo Testamento y sufíes árabes que mendigaban con una escudilla en la mano.

Día y noche iban y venían mensajeros a las fronteras de Artacio. Unas veces del Emperador, otras agentes de los genoveses que tenían sus sistemas de información (como hombres de negocios) con corresponsales en todos los lugares adonde se extendía su trato.

En tiempos de paz Roger hacía mucho caso de las opiniones de Muntaner, que era sutil político y cortesano. Y Muntaner estaba también observando y esperando. Envió correos a Sicilia llamando a algunos capitanes que habían prometido incorporarse a Roger. Sobre todo, los dos Berengueres: Berenguer de Entenza y Berenguer de Rocafort, tan desiguales y tan valiosos cada cual a su manera. Podía ser que cualquier día llegaran de un modo inesperado o que tardaran todavía algunos meses. No estaría mal que alguno de ellos llegara antes de salir los ejércitos al campo.

En todo caso, y por el momento, no necesitaban de nadie.

Los capitanes Roger, Muntaner y Arenós se sentían fuertes y suficientes para cualquier empresa. Roger como mariscal de campo. Muntaner como administrador. Arenós como jefe de la caballería.

Los días pasaban.