CAPÍTULO XVII

AL día siguiente Arenós madrugó y se asomó a la torre albarrana del castillete de Pactio. Hacía un día templado, con un cielo cubierto de nubes nacaradas. Había abajo varios almogávares y uno con una bufanda roja y un hacha. Al otro lado del foso, a una distancia de dos tiros de arbalete, se alzaba un pino de alto y fino tronco y de frondosa copa. El almogávar de la bufanda roja se puso a golpear con el hacha. Al primer golpe volaron de la copa ocho o diez pájaros, entre ellos dos torcaces. Luego, otras aves más pequeñas.

Cayeron también seis u ocho piñas que rebotaron por el suelo.

La herida del tronco desprendía savia por todas partes. El almogávar tenía que secar el hacha y frotarla con arena. Otro soldado pasó cerca llevando un cesto con hogazas de pan:

—Yo sé cortarlo el árbol sin que sangre —dijo.

Pero el otro seguía golpeando. Arenós lo veía desde la ventana y se decía: “Ese árbol está vivo y lo matamos sin necesidad”. Porque él sabía que el soldado lo cortaba para hacer mástiles de tiendas de campaña. Aquellos mástiles no eran en Pactio indispensables.

Otro almogávar pasó y dijo:

—Me da pena a mí ver talar árboles sin más ni más.

Por fin el árbol cayó crujiendo por todas partes. El almogávar fue a la copa y anduvo con sus manos por las ramas más altas, las que sólo habían rozado las brisas y las relumbres más vírgenes del sol. El hecho de tocarlas y arrancar algunas piñas le parecía tal vez una victoria.

Acudió Rocafort a ver a Arenós y cuando supo que los arrabales de Constantinopla ardían y que Arenós había aniquilado un ejército siete veces mayor que el suyo, le pareció muy bien pero no dijo nada.

—¿Vas a Gallípoli? —preguntó

—No.

—¿Por qué?

—Porque estás tú, en Gallípoli. Es decir, porque vas a ir tú.

Se quedaron en Pactio algunas semanas. Una noche se enteró Arenós por el viejo Basilio de que la princesa había tenido un incidente grave con Rocafort. El viejo, haciendo sonar los fuelles de sus pulmones con el asma, dijo:

—Rocafort quería abrazar a la princesa y ella lo amenazó: “Si te acercas”, le dijo, “no respondo de mí”. Y Rocafort se acercó y la princesa sacó una daga y le dio en el pecho, encima del corazón. Pero el catalán llevaba la loriga debajo. Así y todo, la punta de la daga entró por la malla de hierro y le hizo una pequeña sangría al catalán. Y entonces el catalán se levantó y dijo: “La primera vez me diste una bofetada, la segunda un golpe de daga. ¿Qué pasará la tercera vez?” Y la princesa le dijo: “Más valdría que no hagas la prueba. El verdugo que llevas en tu estado mayor es un viejo soldado griego y si llega el caso me obedecerá a mí mejor que a ti”. Rocafort lo echó a broma, pero estaba blanco como un muerto.

Cuando supo la princesa que el viejo galeote había hablado de su incidente, completó la versión ella misma:

—He sentido mucho —dijo— verme en el caso de defenderme de Rocafort y pienso que tal vez no tiene toda la culpa él. Pero no puedo comprender cuándo ni cómo le di yo ocasión para que se atreviera a tanto. Es verdad que si Rocafort no hubiera llevado la cota podría haberlo matado y él lo comprendió. Luego vio que yo estaba pesarosa y me preguntó: ¿Estás triste porque me has herido o porque no me has matado? Yo no quise responder porque cualquiera que fuera mi respuesta no me habría de creer. No comprendo cómo pudo atreverse tanto y creo estar segura de no haberlo invitado ni provocado.

El definitiva —pensaba la princesa— se trataba de un incidente vulgar: un hombre que deseaba a una hembra.

Pasado un plazo de descanso en sus cuarteles de Pactio, los dos ejércitos decidieron juntar sus fuerzas, entrar por Tracia hasta el mar y acercarse a la ciudad de Estagnara por indicación de la princesa, quien les dijo que allí estaban los astilleros más importantes de Tracia y también debían estar las cuatro galeras que los griegos habían robado a Aonés, el almirante.

Aunque Arenós estaba seguro de que la princesa no tenía estimación alguna por Rocafort, se extrañaba de verla aceptar con beneplácito las medidas de violencia del catalán. La verdad es que sin ellas no se habría podido penetrar cuarenta leguas en territorio contrario y enemigo. Sólo produciendo delante el vacío por el terror pudieron llegar a Estagnara, donde entraron sin resistencia, porque lo último que podían esperar era verse atacados por los catalanes, a quienes sabían lejos y ocupados en otras tareas.

Tomada la ciudad atacaron las atarazanas y astilleros y se hicieron dueños de ciento cincuenta bajeles y de las cuatro galeras que perdió el almirante Aonés cuando fue asesinado en Constantinopla. La memoria de su muerte despertó la sed de venganza y los ciento cincuenta bajeles fueron incendiados después de apartar las galeras, en cuyas maniobras intervinieron con entusiasmo un poco infantil los tres viejos galeotes, especialmente Basilio, que parecía borracho con la sensación de su propia autoridad.

Las tropas saquearon la ciudad. Los víveres y el dinero que hallaron en las atarazanas rebasaban la cantidad de doscientos mil escudos de oro. Finalmente llamaron a los elementos en su ayuda y no sólo al fuego que iluminaba el paisaje aquella noche en muchas millas mar adentro, sino también a las aguas porque rompieron diques y vallas y el mar inundó la parte baja de la urbe. Como decía la princesa, se dio el caso extraño de que muchos cientos de personas murieran quemadas en el mar y no menos de ellos ahogados en la tierra. La venganza de los catalanes seguía cumpliéndose.

Arenós preguntaba a la princesa qué haría el Emperador y si acumularía todas sus fuerzas para cortarles el camino por tierra. Ella decía que estaba segura de que Andrónico abandonaría aquellas provincias al rigor de las tropas catalanas porque no tenía ni fuerza ni dinero ni ánimo para otra cosa.

Las cuatro galeras, cargadas de riquezas y custodiadas por algunos almogávares, estaban preparándose a levar anclas. La princesa dijo a Arenós:

—Me voy en la nave capitana a Gallípoli.

Arenós la dejó marcharse sin decir nada. Luego se alegró y en varias ocasiones se dijo a sí mismo que había estado a punto de hacer una tontería peligrosa pidiendo explicaciones a Rocafort sobre su conducta con la princesa. Pero se contuvo a tiempo.

—Soy prudente, como dice la princesa —pensó con humor.

Se había instalado la princesa María en la mayor de las galeras con las doncellas y los tres viejos galeotes, que seguían un poco enloquecidos al verse otra vez a bordo. Tomaba Basilio el látigo del cómitre y se ponía a repasar las espaldas desnudas de los galeotes, cantando al mismo tiempo una canción con el ritmo del remar, una canción burlesca que habían oído muchas veces mientras caían los golpes sobre su cabeza o sobre sus espaldas. Iba y venía con una agilidad sorprendente y cantaba mientras repartía latigazos:

Uno por el Oria, dos por el sultán, cuatro por la gloria de Muley Hassan.

Los de arriba el vino, los de abajo el pan, los de enmedio dale, dale que le dan.

Repartía tales golpes que Nicodemos y Simeón quisieron quitarle el látigo. Pero Basilio lo sacudía en el aire, lo hacía chascar y gritaba:

—Fuera ropa.

Estaban ya desnudos, los galeotes. Pero Basilio no se daba cuenta:

—¡Fuera ropa, he dicho!

Y comenzaba a latigazos otra vez. El látigo era largo y alcanzaba desde el lugar donde estaba Basilio a los primeros galeotes de los tres bancos. Dejaba en sus espaldas huellas amarillas que enseguida se hacían rojas y que luego dejaban filtrar algunas gotas de sangre. Esto regocijaba a Basilio, quien se volvía hacia la princesa con el propósito de decirle que así había que tratar a los galeotes, cuando los dos primeros del banco superior lo atraparon, lo levantaron en el aire y lo hicieron circular dando vueltas por encima de las cabezas de todos. Uno le daba un golpe, otro un mordisco, otro un puntazo con el mango del remo. Cuando hubo dado la vuelta al barco y lo lanzaron sobre el puente, el viejo Basilio respiraba con dificultad, tenía la espina dorsal rota por varias partes y dos heridas por las que sangraba.

Poco después, murió. Durante su agonía tuvo a Nicodemos a un lado y a Simeón al otro, cada uno teniéndole una mano. La princesa se fue a la proa con el capitán, terriblemente impresionada.

Basilio hablaba todavía para decir que sabía hacer calceta mejor que nadie en el banco de la galera y que cuando estaban anclados hacía hasta dos palmos de calceta en un día.

A mitad de una frase se retorció, abrió los ojos como si fueran a saltarle de las órbitas y quedó inmóvil. Había muerto. Una mosca se posó dentro del ojo izquierdo en la córnea.

Los galeotes seguían remando como si no hubiera sucedido nada y el cómitre recibía el látigo de manos de uno de ellos. El látigo que había perdido el viejo Basilio. Y no dijo nada, tampoco. Ni Simeón ni su colega dijeron nada. Conocían las costumbres de a bordo. Tampoco la princesa protestó.

Pasaban las galeras por el estrecho proa a Gallípoli. Se veían las orillas próximas, despobladas. Por la noche, las nubes de tormenta que alejaban a popa tenían todavía resplandores de los restos del incendio de Estagnara.

Simeón se acercaba a los remadores, aunque no bastante para que pudieran atraparlo, y decía entre dientes una canción que había oído otras veces con el ritmo del remar:

San Juan y la Magdalena, la Magdalena y San Juan, a babor la luna llena y a estribor el huracán.

No sabía más y añadía en griego otras expresiones manteniendo el ritmo del remar.

El cuerpo de Basilio, con una piedra al pie, lo habían echado al agua.

Los pocos almogávares que habían embarcado en las galeras estaban heridos. Sus heridas eran leves, pero los inhabilitaban para pelear durante algunas semanas. Serían en total unos cincuenta. Iban armados de arbaletes, jabalinas y lanzas. Además, las galeras tenían dos cañones de popa y mucha pólvora seca y bolas de hierro para la carga.

Algunos almogávares que decían conocer la artillería estaban día y noche cerca de los cañones. Se habían negado a dar una de aquellas balas de artillería para los pies del cadáver de Basilio y entonces Simeón tuvo que poner una piedra sacada del lastre.

Ahora Simeón lloraba. En cambio, Nicodemos, sentado en el suelo contra la borda, dormía con los ojos abiertos, sin parpadear. Simeón lo miraba y recordaba algunas de las cosas que decía Basilio en tantos años de estar atados al mismo banco. Le decía un día que en el fondo del mar había grandes bosques, pero en lugar de árboles había crucifijos. Otras veces le hacía confidencias más íntimas. Por ejemplo, cuando estuvo casado en su juventud la esposa iba a dar a luz y comenzó una noche a gruñir como una vaca. Entonces él salió medrosico a buscar al médico, pero no se atrevió a mostrarse responsable del parto y no avisó a nadie, ni siquiera a la partera. Y tampoco volvió a casa ya nunca.

Tenía el pelo muy largo, Basilio. También Nicodemos. A los galeotes nunca les cortaban el pelo porque creían que en su pelo estaba gran parte de su fuerza. Toda su fuerza.

Simeón no durmió aquella noche, pensando en Basilio. Era su manera de hacerle los funerales. A veces Basilio se quejaba de que veía a las personas a no importa qué personas, a todas las personas, apartadas y lejos de él, aunque estuvieran cerca. “Debe ser cosa de los ojos”, decía. Ahora

Basilio estaba irremediablemente lejos. Y lejos para siempre. Recordaba Simeón que a veces Basilio se callaba y era él quien hacía las confidencias. Le había dicho un día que tenía en la sangre peces pequeñitos y de diversos colores, verdes, rojos, azules y blancos. Los blancos salían con la esperma cuando hacía el amor.

Pensando en esas cosas pasó Simeón la noche.

Al amanecer llegaron a Gallípoli. Fueron recibidos con alegría. Las galeras de Aonés recordaron a todos la muerte del almirante asesinado el mismo día que Roger. Encontró la princesa muy disminuida la plaza en tropa y población. Sólo se veían mujeres y viejos.

Al día siguiente María escribió una carta a su madre que decía: “Te escribo otra vez desde Gallípoli después de las victorias de Tracia. Toda la provincia es ahora húmeda, florida y de nadie. Digo de nadie porque los catalanes no la quieren. La dominan, la castigan y la abandonan como si Tracia fuera una mujer. Estoy en Gallípoli al lado de la gran ventana del torreón que da a Occidente, es decir a Tesalónica. El sol es fresco y en el cielo hay un manojito de nubes rizadas. Alrededor hay docenas de pájaros que saltan con un ala tronchada sobre la sangre. Pero eso no es nada. Yo estoy en Gallípoli y sé que los nuestros van a la zaga de los alanos y masagetas a cortarles el camino. Se juntaron los dos capitanes Arenós y Rocafort y te digo que aunque son pocos no hay quien pueda con ellos si se ponen de acuerdo y acometen una misma empresa.

"Arenos está enamorado de mí, pero tiene miedo. Me tiene miedo a mí, y tal vez a sí mismo, que lo veo en sus ojos. Yo, en cambio, espero a Berenguer. Aunque está lejos volverá porque habíamos dejado una entrevista pendiente. Una invitación mía. No sé si Berenguer puede amar todavía a alguien. Aunque con distintos ojos y disposición, Berenguer, lo mismo que el César, mi marido, veían más allá de las cosas que miraban. A veces, viendo que Berenguer no regresa, lo odio. No puedo evitarlo. Por este odio de su ausencia sé muy bien que puedo quererlo un día.

”Y ese amor y ese odio tienen poder a distancia, como Olga me ha dicho algunas veces. No sé si creerlo. Me gustaría creerlo.

"Entretanto, escudriño buscando la raíz del esfuerzo de estos hombres para acabar de entenderlos. Te digo que no hay manera. Sé lo que es su odio. Su amor todavía no lo entiendo. Pero es lo que yo digo: si con el odio pueden hacer tantas cosas (sin contar lo de Rodesto), ¿qué no harían con el amor? Digo, en la vía de la destrucción. Me refiero al gran amor que no tiene nombre. Ya se sabe que el primer estímulo secreto del amor, según me decía Alejo el archimandrita, es hacer el mal. El mal a escondidas y disimulando con los vecinos. Cuando pienso en eso me callo o hablo conmigo misma. Nicodemos abre un poco la boca para atrapar mis palabras, ya que por los oídos no entiende bien.

”El amor que destruye no lo usan, todavía. No tiene nombre ese amor (ni objeto). Pero tiene nombre el daño que podría hacer. Tú lo sabes bien, madre. ¿No es verdad que lo sabes? Aquí sólo lo sabe de veras el prudente Arenós, que a mí me llama brujita de la victoria.

”Estos soldados saben ser ladrones a la hora adecuada —cuando la vendimia— y locos a su tiempo, cuando el amor que tiene nombre nos obliga a nosotras las hembras a pasar delante del espejo después de las doce de la noche. Saben matar y luego sentarse, y beber un trago entre el tumulto de las palomas y la degollación de los inocentes.

”Aquí, en Gallípoli, he hecho traer a mi azotea los bustos de mármol que había en los establos. Son esos bustos que hace cincuenta años quisieron destruir los enemigos de los iconos. Ya están en mi terraza un poco cegados por la luz del sol (antes estaban a oscuras). Envueltos en silencio. Como nadie sabe de dónde les llega ese silencio, dan ganas de rezarles. Y siempre están esperando que yo los mire, esos bustos.

”Todo está bien a mi alrededor, madre, pero a veces me abandono demasiado y tengo miedo de que me sea retirada la confianza. Porque a estos soldados no hay quien los entienda.

"Cuando parecen más sobrenaturales se ponen de pronto a hacer aguas a la vista de los demás. La guerra es la guerra. Cuando me parecen verdaderos cerdos salen con unos rasgos de carácter tan delicados que me quedo sin aliento.

"Hasta ahora ese aliento mío no se lo he dado a nadie. No soy quién para ofrecerlo nadie, porque sería como sacarlo al mercado público, lo que sólo se puede hacer cuando hemos pasado ya el equinoccio de la vida. A mí me falta mucho. Los catalanes de Gallípoli (heridos o viejos para la guerra) discuten con sus mujeres y las llaman putas. Siempre que riñen las llaman así. Después me miran a mí y se quitan la gorra. Otros, como Rocafort, han abierto zanjas delante de mí y las han cubierto con ramilla delgada y con rosas, igual que cuando cazan al inocente tigre.

”Pero no he peleado con nadie, ni siquiera con Rocafort. Quise darle con una daga en el pecho, pero eso es otra cosa. Eso es digno de ti y de mí, creo yo.

”Ya se sabe. Desde que nació cada cual hasta que comprobó, turbado, la idea de haber nacido —el último día—, todos dicen lo mismo: Aquí estoy. Yo también. Tú también, madre: aquí estamos. Otros dicen: Ya he venido. Y entonces la miran a una según el caso y el día.

”Por ahí se cuentan las vidas como monedas un poco sucias. Así es. Yo no soy yo, ahora. Debajo del arquitrabe de Santa Sofía dejé mi propia imagen aquel día que tenían que ayudarme para andar porque mis vestiduras y tiaras y diademas de oro pesaban demasiado. Y siendo joven y ágil y saludable, parecía medio inválida. ¿Te acuerdas? Tenían que sostener mi manto no sólo por detrás, sino también por los dos lados. Hubo un momento en que creí que tendría que llevarme en brazos Roger porque el oro y las perlas pesaban demasiado. Cuando se acabó la boda y pude quitarme la mitad de aquellas cosas, me pareció que iba a volar, tan ligera me sentía.

”Ahora, en Gallípoli, tengo una impresión parecida. Sobre todo después de lo que ha sucedido en Rodesto y en Estagnara y en las riberas y llanos de Tracia. Algún día te lo contaré, madre. Pero sé que no será nuevo para ti. Nada es nunca nuevo para ti.

"Entretanto, espera noticias del alcance de Georges y de los masagetas por los pequeños ejércitos de Rocafort y de Arenós que van detrás a marchas forzadas.

"Sé que Berenguer está en Génova y que están gestionando en Aragón su libertad.

"Aquí sólo hay mujeres que lavan los pañales amarillentos de sus hijos y soldados viejos. El cacarear de una gallina a las dos de la tarde parece resucitar el antiguo testamento.

"Berenguer vendrá aunque tenga que beberse antes toda el agua del Mediterráneo y caminar por el fondo, descalzo. Si no hay otra manera, yo también la beberé y así le ayudaré. Es amarga y salada y esos sabores son estimulantes y están bien, madre.

"Ahora no puedo ir a Tesalónica. Tú comprendes. Tengo que esperar a Berenguer”.

Sucedió en aquellos días otro hecho inesperado, en Gallípoli, que puso en riesgo la plaza y la vida de los pocos que la defendían. Un noble genovés que se llamaba Antonio Spínola, arrogante y parlero, llegó a Constantinopla con dieciocho galeras y algunas tropas para invitar a Demetrios, tercer hijo de Andrónico, a visitar su marquesado de Pontferrato, en Italia. Hablando con el Emperador de la crisis por la que pasaba el Imperio y de los desafueros y violencias de los catalanes, Spínola ofreció atacar a Gallípoli con sus propias fuerzas y echar de allí a los catalanes. La única recompensa que quería era que el Emperador casara al príncipe Demetrios con una hija suya. Andrónico aceptó el ofrecimiento y juró y prometió y dio seguridades. El príncipe Demetrios vio un retrato en miniatura de la hija del marqués y se sintió seducido y feliz.

Spínola marchó a Gallípoli con dos galeras esperando obtener la plaza sin combatir. Era un hombre satisfecho de sí como una mujer. Ampuloso de movimientos y de caderas. Preguntó por el comandante y llevado ante Muntaner dijo:

—Yo soy Antonio Spínola, general de la República de Génova. Vengo a ordenaros que sin réplica y sin dilación dejéis libres estas provincias y os retiréis a vuestra patria. Porque de otra manera os echaremos por las armas y estaréis sujetos al rigor general de la guerra y a nuestra personal y particular saña.

Muntaner estaba sin fuerzas para sostener un ataque armado y respondió con mesura:

—Me alegro de vuestra visita, general, y escucho vuestros consejos, pero el salir de Gallípoli y el levantar los ejércitos de Tracia requiere tiempo, orden y organización. Vuestras amenazas son fuera de razón ya que tenemos hechas fes paces con vuestra República y nuestros Reyes son fieles guardadores de su palabra. Nosotros también la guardaremos si vosotros no rompéis la vuestra, general Spínola.

Al oírlo hablar tan comedidamente, el genovés se creció:

—Vosotros no sois respaldados por reyes ningunos. Sois hombres fuera de la ley. Mantengo las palabras que he dicho y desafío desde ahora en mi persona y en mis soldados a todos los catalanes. Pido y exijo que este desafío conste en acta de escribano, así como la respuesta cobarde que me habéis dado como gobernador de esta plaza.

Y llamó a un escribano que llevaba consigo. Muntaner, perdida la paciencia, alzó el tono también:

—La guerra a la que nos desafiáis es injusta y desde ahora os digo que todos los daños, derramamiento de sangre, robos, incendios y muertes que vengan serán por vuestra causa Y no por la mía. La República de Génova no tiene jurisdicción para obligarnos a salir de Tracia no siendo esta tierra sujeta a su señoría. En todo caso, podéis venir y hacer la prueba. Los hechos mostrarán la diferencia que hay entre el decir y el hacer.

Spínola hizo escribir la respuesta, firmaron los dos, y el genovés volvió a sus galeras y navegó hacia Constantinopla, donde dio noticia al Emperador de la entrevista y le dijo que Gallípoli estaba sin soldados y que se podía tomar a pie llano. El Emperador, codicioso, dio a Spínola siete galeras armadas y bien dotadas de tropas. Consideraban tan segura la victoria que Andrónico mandó a su hijo Demetrios que se uniera a la expedición para seguir después de la batalla el camino de Génova y casarse allí con la hija de Spínola, mientras el jefe griego volvería a Constantinopla con parte del botín.

La escuadra de veinticinco naves llegó cerca de Gallípoli y comenzó a desembarcar sus fuerzas en un lugar próximo que llamaban Palomares.

Muntaner se creyó perdido. Con los pocos caballos que tenía y arriesgando su vida iba al filo del agua dificultando las tareas de desembarco y matando alguna gente y algunos caballos. Pero diez de las galeras de Spínola se apartaron y, a salvo de Muntaner, se pusieron a desembarcar gente en otros lugares. Cuando Muntaner quiso acudir le atacaron de espaldas y de frente, le mataron el caballo y lo hirieron en diferentes partes del cuerpo. Viendo a Muntaner sin caballo y cubierto de sangre, los genoveses comenzaron a gritar: ¡Muerto es el capitán y Gallípoli es nuestro! Pero Muntaner se levantó, pudo subir a otro caballo y se acogió al interior de la plaza con su pequeña escuadra. Al verlo en tan triste situación, muchos creyeron que sus heridas eran mortales; pero, reconocidas, se vio que ninguna tenía gravedad. Muntaner siguió dirigiendo la defensa. Lo primero que hizo fue guarnecer las almenas, torres y atalayas de Gallípoli con mujeres más o menos protegidas con las armas y yelmos que pudieron hallar. Por cada diez mujeres mandaba como cabo un viejo soldado catalán medio inválido. Las mujeres con chuzos, piedras y hasta espadas se mantenían firmes. El enemigo no las asustaba. Los cabos, con ballestas y pértigas, acudían a reforzar la defensa donde más falta hacía. Formaban las mujeres un lucido ejército de dos mil ciento veinte amazonas. Tenían esa inconsciencia del peligro por falta de conocimiento de guerra que se ve a veces entre los soldados bisoños.

Disparaban los genoveses nubes de venablos y arrimaban nuevas escaleras a las murallas en los lugares donde las anteriores habían sido derribadas.

Pero los asaltantes eran rechazados. Docenas de ellos yacían al pie de las murallas. Spínola corría de un lado al otro repitiendo que las mujeres no suelen aguantar más que el primer ímpetu y que la debilidad de su naturaleza les impediría resistir. Se redoblaba el ataque una y otra vez sin mejores resultados.

La princesa miraba desde el torreón de su castillo. Tres horas después de comenzado el ataque, con el sol ya en lo alto, el estrago continuaba y ni un solo soldado genovés había conseguido poner los pies en lo alto de los muros. Viendo Spínola las proporciones de la ruina, decidió desembarcar todas las fuerzas que llevaba y echó a la playa sus cuatrocientos caballos, esperando que con su vista los asaltantes cobrarían ánimos. Cuando vio las proporciones del desastre —había ya cientos de muertos—, se arrepintió de haber acometido la empresa, pero sintiendo que era tarde para retroceder dio orden de un ataque general. Acudieron con arietes a las puertas, con catapultas y trabucos a las torres. Estaban empleando todos sus recursos en un supremo esfuerzo.

Las mujeres, seguían en sus puestos, algunas con dos o tres heridas en el rostro y negándose a ser retiradas. Los genoveses se renovaban en los baluartes movedizos ocupando los puestos de los que caían. Muntaner, cuando se dio cuenta de que el enemigo había consumido todas sus flechas y que sus escuadrones de caballería mostraban desorden y confusión, se preparó al contraataque. Comprobó que los que no estaban heridos sufrían mucho del calor —eran las dos de la tarde— porque habían estado toda la mañana dentro de sus corazas. Decidió Muntaner salir con cien almogávares y sólo seis caballos, sin armas defensivas, para tener más agilidad y ligereza.

Atacaron rápidamente y el destrozo de los almogávares fue tal que los supervivientes genoveses comenzaron a dirigirse a las galeras. En la persecución murieron más de la mitad de los genoveses a manos de los almogávares. El general Spínola cayó bajo el hacha de Muntaner, es decir, del mismo a quien amenazó de muerte y destrucción algunos días antes.

Muchos viejos soldados salieron detrás de Muntaner a caballo, sin peto ni celada y con sólo una lanza y un hacha.

Como las galeras tenían las escalas echadas en tierra, algunos almogávares entraron en ellas temerariamente para alcanzar y degollar a bordo, y si Demetrios, el hijo de Andrónico, no se hubiera retirado de la orilla con su navío, habría caído prisionero. La princesa estaba viéndolo todo desde su torreón y se impacientaba porque suponía que su primo Demetrios iba a escapar. Quería que impidieran la fuga de Demetrios, que lo cogieran preso y lo colgaran de un torreón.

No todos los genoveses habían logrado embarcar. Un capitán llamado Antonio Bocanegra, viendo que tenía cortado el paso para las embarcaciones, se retiró con cuarenta de los suyos a lo alto de un collado. Las galeras hicieron remos alejándose a toda prisa y los cuarenta soldados y Bocanegra quedaron abandonados en tierra. Muntaner los invitó a rendirse y respondieron con insultos y amenazas. Se entabló otra vez la lucha y después de haber matado o apresado a todos los soldados quedó sólo Bocanegra en lo alto. Muntaner respetaba y admiraba a los valientes. Detuvo a los soldados y con palabras corteses pidió a Bocanegra que se rindiera. El capitán genovés respondió con malas formas desafiando a los catalanes y entonces los almogávares cayeron sobre él y lo hicieron pedazos.

Ninguna de las galeras de los genoveses volvió a Constantinopla, sino que marcharon directamente a Italia, y el príncipe Demetrios tuvo que ser transbordado a alguna distancia del puerto de Gallípoli.

Al saberlo, la princesa se puso muy seria.

—Pobre Demetrios —dijo.

Había jugado con él, de niña, y siempre había sentido por él una especie de piedad y repulsión. Tenía la idea de que todas las cosas le saldrían mal a aquel joven, en la vida. Y no sabía si alegrarse o lamentarlo.

Muntaner envió noticias de lo sucedido a Rocafort y a Arenós. Contaba la defensa que había hecho de Gallípoli mal acompanyat de homens y ben acompanyat de fembres, como él decía..

Hubo algunas mujeres muertas y varios hombres heridos. Entre ellas figuraban dos esposas de oficiales conocidos. A los muertos genoveses los quemaban en diez grandes piras en la playa. Las mujeres muertas no las enterraban todavía. Estaban sus cuerpos extendidos sobre mesas en los fríos sótanos del castillo.

También murió en la refriega el perro Montjuich, que solía hacer juglarías. Acabó sus días entre las patas de los caballos genoveses después de haber recibido un flechazo en los cuartos traseros que le impedía correr. Enterraron al pobre Montjuich y el viejo cabo Monflorite decía muy tierno:

—Triste suerte hasta para un perro, ésta de venir a acabar en tierra de paganos.

Como siempre después de las batallas, al oscurecer los chacales aullaban lastimeramente hasta que el último muerto había sido enterrado y el olor de su sangre barrido por las brisas.