CAPÍTULO XI
SABIÉNDOSE vengado —vengado de sus favorecedores—, comenzaba el príncipe a sentirse generoso: “Lo siento por mi prima la princesa María, pero la suerte del Imperio no va a estar pendiente de los sentimientos de una niña de dieciséis años”.
Del barrio de Pera llegaban gritos a coro como de cacería, mezclados con ladridos de perros: “Cada cual es como es. Había un tiempo en que la princesa María parecía demasiado peculiar y las doncellas se reían a sus espaldas. Hasta que llegó el amor y supo ella misma quién era. Quién era ella, eso es. A mí no me ha llegado el amor, pero necesitaba todo esto para saber quién soy y ser el que verdaderamente soy. Ahora comprendo que me he salvado”.
El aliento no le llegaba al fondo de los pulmones. Y pensaba otra vez en la princesa María. Las doncellas se burlaban a sus espaldas en aquellos tiempos. Se burlaban de ella porque se pasaba un mes y tal vez más sin lavarse ni peinarse y parecía un gatito montés. Luego, de pronto, se sentía coqueta y no salía de las manos de sus azafatas sino hecha un ascua de oro. En esta última época fue cuando llegó Roger. “Debe tener ahora”, pensó Miguel, “diecisiete años, la princesa”. Y se preguntó: “¿Qué pasará cuando se entere de la muerte de Roger?” El príncipe Miguel la odiaba porque le daba la impresión de saber todo lo que hacía él y de guardarle el secreto de un modo reticente y burlón.
Tenía tentaciones de montar a caballo y ponerse al frente de los suyos, pero no quería comprometer más a su padre. Al fin Roger era yerno del kan de Bulgaria y privado del rey de Sicilia. No debía salir el príncipe ni dar la cara mostrándose de acuerdo con los que perseguían, herían y exterminaban. Volvió a entrar y llamó a los músicos —que habían dejado los instrumentos y estaban sentados en la tarima de la orquesta sin atreverse a salir de la habitación— para que siguieran tocando como si no sucediera nada.
La batalla se concentraba en aquel momento entre Pera y Blanquerna. Los gritos recordaban las celebraciones públicas y los días de fiestas y olimpiadas.
Miguel volvió a entrar cerrando detrás cuidadosamente la puerta de la terraza, como si por ella pudiera llegar algún peligro. Y se puso a escuchar la música que tocaba otra vez la canción favorita de Roger. El príncipe se dijo: “También a mí me gusta esa canción. En eso coincidimos”. Le era ya posible coincidir con Roger en algo y eso le extrañaba y le complacía.
Había olor de sangre —de flores marchitas que comienzan a pudrirse— y salió silenciosamente al pasillo. Allí sobre un diván tapizado de seda azul, vio un objeto que tardó en identificar: la cabeza de Roger. Reaccionó de su sorpresa y llamó airadamente. Acudieron dos soldados de alabarda.
—Eso —dijo señalando el diván— es una suciedad que hay que sacar de ahí.
El soldado más decidido —el otro vacilaba— la cogió por los cabellos y salió con ella colgada, como una linterna apagada. El otro soldado, siguiendo las órdenes de Miguel, busco el cuerpo.
Caminaba el príncipe por el palacio huyendo de los lugares donde se oían voces y llantos de mujer. Conocía a la reina Irene. Ella sospechaba lo que iba a suceder pero no quería privarse del derecho a la sorpresa, al escándalo y a la protesta. El príncipe evitaba encontrársela porque no estaba seguro de poder resistir la tentación de decirle todo aquello. Se acercó a las habitaciones de su padre y estuvo dudando si entrar o no. Oyó cerca sollozos de mujer —¿su tía?— y siguió por el amplio corredor tratando de componer un semblante de indiferencia, porque los centinelas y caballeros del servicio cuando lo veían, clavaban en él los ojos tratando de adivinar. “Tengo que andar con cuidado”, pensaba, “para que no me vean demasiado feliz”.
Además, ¿adivinar? No hay que adivinar nada —se decía—. He salvado al país y yo me he salvado de la locura. Estoy en mi derecho salvándome de la locura.
Al volver un ángulo de la galería de los retratos encontró a Nastogo sentado en un escabel, al pie de un sillón. Era la suya una posición de mujer o de niño. Al ver al príncipe, se levantó. El príncipe le hizo una seña y los dos siguieron caminando hasta el salón de los mapas, un cuarto con las paredes cubiertas de cartas marítimas y terrestres que describían el Imperio y sus alrededores. En el cuarto estaba Marulli, que se levantó también.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó el príncipe.
Quería decir el príncipe que en aquel momento debía estar al frente de sus tropas exterminando a los catalanes.
—Señor —respondió Marulli—, para acabar con mil infantes descuidados y doscientos caballeros desarmados no es necesario que un mariscal del Imperio monte a caballo.
El príncipe comenzó a hacer reproches:
—¿Tú? ¿Mil catalanes? ¿Crees que acabados los que hay en Constantinopla has cumplido con tu deber? Hay seis mil más en otras partes del Imperio comiendo el pan de nuestros hijos, robando nuestro oro y violando a nuestras mujeres. ¿Qué haces tú entretanto? Mirar los mapas de estas paredes y tascar el freno que te pone tu cobardía.
Cuando Miguel perdía los nervios, Marulli, por un extraño reflejo, sentía los suyos más tranquilos. Se acercó a los mapas y comenzó a decir cuál era la distribución de las fuerzas catalanas. El príncipe Miguel estaba obsesionado por Berenguer:
—¿Dónde está ahora Berenguer de Entenza?
No lo sabían. El príncipe parecía pensar: “Me gustaría encontrarlo a solas con armas iguales”.
Nastogo puso su dedo sobre la zona de Gallípoli:
—Todo esto está ocupado por ellos. Cuando sepan la muerte de Roger, lo que está sucediendo en Blanquerna y lo que ha sucedido en las calles, cada uno de esos catalanes se creerá obligado a hacernos la guerra hasta la cuarta generación. No habrá ley ni cuartel.
Marulli intervino entre seguro y escéptico:
—Los catalanes están diseminados por las provincias marítimas y antes de que se concentren serán atacados en sus pequeños destacamentos.
Dos soldados pasaban por el corredor próximo arrastrando el cuerpo de Bizcarra. El príncipe salió apresuradamente y dio orden de que todo lo que llevaba Roger en los bolsillos le fuera entregado para enviárselo a la princesa María.
Seguía Marulli contemplando el mapa con indiferencia.
—Aquí hay un destacamento de doscientos catalanes y aquí una avanzada de quince. En Orestiades hay mil. Tarea ardua para los que ataquen si los encuentran juntos y armados. En Gallípoli hay dos mil, pero no todos juntos, sino diseminados por la provincia.
El príncipe los miró a los dos con desdén y salió en busca de su padre. Iba muy decidido, pero a medida que se acercaba a la cámara del Emperador acortaba el paso. Cuando llegó delante de los centinelas, uno de ellos cruzó la lanza y el otro explicó:
—Su majestad imperial no desea ver a nadie, ni siquiera a su alteza.
Miguel, contrariado, volvió a la terraza, es decir, a su lugar de observación. Antes de llegar volvió a oír la música que tocaba la canción de Eudosia y sabiéndose solo hizo dos mudanzas de baile sobre la gruesa alfombra persa. Luego miró alrededor, alarmado. No le había visto nadie.
Encontró en la terraza a tres capitanes romeos, entre ellos el comandante de la guardia del palacio, sobrino de Marulli, quien transmitió al príncipe las últimas noticias.
—En el recinto de la acrópolis hay más de trescientos catalanes muertos, cincuenta heridos puestos en hierros y la caballería alana va exterminando a los otros donde los encuentra.
—¿Y ustedes? —preguntó el príncipe a los otros dos capitanes—, ¿qué dicen ustedes?
—En Pera —dijo uno de ellos muy nervioso— hay más de quinientos muertos entre catalanes y genoveses. Muchos catalanes heridos y medio muertos han podido armarse y se defienden hasta el fin. Se cree que los catalanes muertos en Pera pasan de cuatrocientos, entre ellos algunos capitanes conocidos. Antes de la noche, si los nuestros siguen así, no quedará uno solo vivo.
El otro capitán dijo que en Blanquerna tres capitanes catalanes se habían salvado refugiándose en una iglesia y ganando la torre a punta de espada. Desde la torre habían matado por las saeteras más de veinte alanos, y a los que quisieron entrar les franquearon la puerta para degollarlos en las escaleras oscuras. No se les podía vencer ni reducir. Y desde la torre desafiaban a Andrónico y llamaban traidor al príncipe Miguel.
—¿Sólo traidor? —preguntó el príncipe.
De pronto se sintió generoso. Estaba dispuesto a perdonar a aquellos tres capitanes y ordenó que se les diera camino franco hasta Gallípoli. Él les facilitaría salvoconductos especiales.
—Señor... —decía el capitán de la guardia, receloso.
—Es mi deseo —insistió el príncipe—. Tráiganme los nombres de esos tres valientes y díganles que es mi voluntad darles las garantías que quieran. Es mi voluntad expresa, la del príncipe Miguel Paleólogo. Díganles que soy yo quien los salva.
Después de dudar un momento, los dos capitanes salieron sin acabar de comprender. El príncipe decía al capitán de guardia:
—Una hermosa hecatombe, ¿no es eso?
Llegaba un oficial con más noticias. La acción se daba por terminada. La mayor parte de los catalanes habían perecido. Había algunas docenas de prisioneros, todos heridos y puestos en cadenas.
—¿Quién se ocupa de ellos?
—Se los disputan los genoveses y los alanos. Y los van quemando vivos. Encadenados y heridos los arrojan a la hoguera.
Pensaba el príncipe: “Mi padre no sabe nada de esto, digo, de la matanza. Cuando lo sepa, se va a horrorizar, pero le diré que he usado su sello imperial para garantizar la libertad y la vida a esos tres capitanes y eso le gustará. Además, los tres capitanes me deberán la vida. Son valientes estos soldados de Aragón. Con toda seguridad esos capitanes me han matado más de cuarenta hombres. Son valientes”. Y quería dar a aquellos valientes una prueba de su imperial benevolencia. Pensaba ir también más tarde a derramar flores a las tumbas de los griegos muertos en la refriega. Porque Miguel quería ser magnánimo con el vencido y justo con el vencedor. Ése era —pensaba— el mayor placer de las victorias: la magnanimidad y la justicia. Era feliz, Miguel.
Oscurecía y se veían luces de incendio por la parte de Blanquerna. Eran las hogueras a donde arrojaban a los prisioneros heridos y encadenados. Los genoveses se divertían. No había que privarles de aquella venganza tan ansiada desde el día de la boda de la princesa y Roger.
El príncipe no debía intervenir en aquello. Cuando volvía a sus habitaciones encontró otra vez a Marulli y le preguntó quiénes eran los capitanes encastillados en la torre. Una vez más dijo que no quería que se les hiciera daño alguno. Marulli tenía los nombres de los tres. Eran Manuel Arquer, Tous y un tal Roudor. Tenía razón, Marulli. Se trataba de Manuel Arquer, hijo de Gilabert Arquer, natural de Castellón de Ampurias, Guillermo de Tous y Berenguer de Roudor, ambos de Llobregat. El príncipe le hizo extender tres salvoconductos y en el de Arquer hizo constar: “Por la gracia especial del príncipe Miguel”.
Para que pudieran salir de su reducto, el príncipe hizo relevar las tropas que asediaban la torre y las sustituyó por otras de su guardia personal. A favor de la noche los tres capitanes salieron y recibieron caballos en los que galoparon en dirección a Gallípoli. Pudieron llegar después de pasar por graves riesgos, porque la orden de exterminar a los españoles parecía haber sido dada al mismo tiempo en todas las ciudades del Imperio.
Cuando llegaron a Gallípoli, estaban extenuados. Arquer llevaba todo un lado del coselete roto, suelto y colgando. Tous decía a cada paso:
—Es la ruina de todos, porque Dios lo quiere. No hay nada a hacer porque es la voluntad de Dios.
Encontraron la gente muy agitada, los soldados con las armas puestas y un aire general de alarma. El paje correo de la reina Irene había llegado mucho antes y la princesa, después de oír la noticia de la muerte de Roger, no quiso saber nada más y se encerró en sus habitaciones.
Entonces el paje y los tres capitanes fugitivos fueron informando a Muntaner, Rocafort, Berenguer y a los otros oficiales. Muntaner escuchaba los mayores horrores, las violencias y crueldades más incomprensibles y repetía:
—Es natural.
Cuando mayor era la violencia de los hechos, más calmo se mostraba. Lo mismo sucedía con los otros, porque una vez muerto Roger y establecido el horror de la situación, todo era lógico y sin verdadera novedad.
Pedían noticias de algunas personas y los capitanes y el paje (éste exagerando siempre los hechos) decían:
—Debieron quemarlos vivos en Blanquerna.
Los capitanes habían visto desde la torre el suplicio de muchos de ellos. Los apresaban heridos y sin defensa, les encadenaban los pies y las manos y luego los arrojaban a la hoguera. Muntaner, con los ojos apagados, repetía para sí: “Es natural”.
Mientras el paje y los capitanes fugitivos hablaban, se oía fuera la extraña cantata del viejo Jaruf, un antiguo adalid de mamelucos de Siria que, golpeando con una piedra en una rodela, marcaba el ritmo de una especie de romancillo donde contaba horrores en un idioma medio árabe, medio persa, que tenía un estribillo castellano. El viejo mameluco, que apenas sí se tenía en sus piernas, contaba los mayores horrores y crueldades y golpeando con la piedra en la rodela repetía: “eia, velar” Daba la impresión de que quería despertar a los soldados catalanes dando la voz castellana de alarma. O tal vez se burlaba de ellos con aquel “eia, velar”’ tardío, puesto que habían perecido en diferentes partes más de cuatro mil soldados. Terminada su cantata, el mameluco giraba sobre sí mismo una y otra vez hasta que su caftán tomaba la forma de una campana. Luego volvía a su canción.
El segundo día después de llegar las noticias de la hecatombe, el mameluco desapareció. Se decía que lo habían matado los perros de las guardias, por la noche. Alguien añadía que después de malherido por los perros, los almogávares lo colgaron en el rastro y lo enterraron. El caso es que nadie lo volvió a ver.
La princesa María se había encerrado en sus aposentos donde la asistían sus doncellas.
Los informes de los tres capitanes habían aclarado la situación. Antes de su llegada nadie comprendía lo que pasaba. Soldados griegos o alanos de procedencia ignorada y sin banderas sorprendían en la cama o en la calle a los almogávares descuidados y los pasaban a cuchillo. Esto no sucedía en Gallípoli, pero sí en algunos destacamentos próximos. Nadie sabía lo que sucedía ni quiénes eran los que atacaban. Rocafort concentró algunas fuerzas y acudió a Gallípoli, donde estaba también Berenguer con unos trescientos hombres de a caballo procedentes de Orestiades. Concentraron a toda prisa la mayor cantidad de fuerzas que pudieron. No fueron muchas.
La princesa María seguía encerrada en sus habitaciones. Alrededor del torreón que ocupaba se sentía un gran silencio y un gran estupor. La joven viuda no lloraba, según sus doncellas. Iba y venía como un fantasma y a veces repetía en voz alta: “Roger no vive “. Aunque el hecho era terriblemente claro y concreto, a veces pensaba que todavía podía tratarse de una noticia falsa. Alguien podía haberse equivocado. La reina misma podía haberse equivocado. El signo más funesto le parecía la presencia de un ave de presa en lo alto del torreón dando día y noche graznidos lastimosos.
Todas las tropas se reunieron con los capitanes en la planta baja del castillo. Rocafort anunció que iba a hablar Berenguer. En medio de un silencio completo, el jefe catalán dijo que el ejército quedaba reducido a menos de la cuarta parte y que era necesario enviar al Emperador una embajada con representantes de todas las armas, es decir, un caballero, un adalid, dos almogávares y dos marineros. Seis hombres en total. La embajada iría por el camino más corto y con las garantías de la ley de guerra. Pedirían al Emperador que castigara a los autores de tanto desafuero y en caso contrario le harían responsable de los daños y desgracias que sucedieran y de las repercusiones y complicaciones que acarreara la guerra dentro y fuera del país.
El príncipe Miguel había enviado algunos escuadrones ligeros para que dificultaran la concentración de los catalanes y los hostilizaran en Gallípoli. Las murallas no cercaban del todo la ciudad, estaban derribadas en la parte contraria al mar y donde se mantenían enteras era fácil escalarlas. Berenguer atendió a fortificar con albarradas y estacadas los arrabales fuera de las murallas y puso allí retenes para fatigar a la vanguardia de la caballería enemiga antes de que llegaran a la urbe. Los primeros escuadrones alanos y griegos llegaron y mientras los catalanes se batían continuaba la tarea de fortificación. En aquellas escaramuzas los catalanes hacían todo el daño que podían sin arriesgar demasiado.
A los tres días la princesa María dio señales de vida llamando a sus habitaciones a los tres capitanes más importantes. En aquellas tres noches sin dormir la princesa se había marchitado bastante y sus ojos lucían como los de un lobezno hambriento. Hizo llevar también dos escribanos y delante de ellos dijo que en nombre de las casas de Paleólogo y de Azán declaraba que su tío el Emperador y su primo el príncipe Miguel eran traidores a su patria y a los intereses de la cristiandad y que merecían guerra y muerte.
Parecía dolida y débil, pero tenía arranques de inesperada energía. Se acercó a Berenguer y le habló echándole el aliento al rostro:
—Sé que habéis enviado una embajada a Andrónico. No es hora de embajadas. ¿Sabéis lo que hará con los seis hombres de la embajada? Les hará cortar la cabeza y puestas las seis en seis jaulas las exhibirá en los pilares de la catedral. ¿Qué necesitáis todavía para ver la verdad? ¿No veis que ellos son hombres que visten oro y damasco para cubrir la mugre y que sonríen para disfrazar el odio y la sed de sangre? Yo los conozco porque soy como ellos. No creáis que estoy hablando animada por el amor de Roger. No. Lo odio a Roger en este momento y os odio a vosotros. Yo. Y conozco a Andrónico y a Miguel porque me conozco. Yo he querido a Roger y os he querido a vosotros, que arriesgabais la vida a su lado. Todo se acabó. Sin Roger soy la princesa María Azán de Bulgaria y Paleólogo. Soy sólo el amor que vuelve sobre sí mismo teñido de sangre sin conocer ya al amado. Estos tres días y estas tres noches últimas he estado encerrada y a oscuras. Ahora quiero gritar pero la voz no me obedece. Y os odio. Odio a Roger, que entre la muerte y las palomas de Bulgaria eligió a la muerte. Os amo y os odio. Id y abrid las gargantas y los pechos de los hombres griegos en los lugares donde han permitido a los soldados de Miguel entrar sin defenderles el paso. Matad también en Gallípoli a los hombres que se niegan a vestir el peto y a salir al combate. Destruid todo lo que no va a ser útil para la venganza. Matad a los hidalgos y nobles alanos, masagetas, comedores de peces, romeos traidores, turcopolos cobardes. Convertíos en los grandes criminales que se salvan después de haber contado sucesivamente las víctimas de sus crímenes. Yo iré con vosotros. Soy bastante fuerte para haceros la comida y para prender fuego al baluarte enemigo si no valgo para manejar la espada. Os amo también y os odio lo mismo que a Roger, quien prefirió la muerte a la dulzura de estos brazos míos. Andrónico tiene muchos hombres flojos, que es peor que tener pocos y fuertes. Todos lo odiarán cuando yo grite mi odio a pleno pulmón sobre los campesinos, los artesanos, los comerciantes y los soldados. Tiene Andrónico un párpado caído que tiembla. Tiene una voz de muchacha malcriada. Todos los caminos son de él, ahora, pero todos están mojados de sangre. Id a limpiarlos y a reconquistarlos. Los embajadores no volverán ya nunca. ¿Para qué los habéis enviado? ¿Cómo es posible que tengáis confianza en Andrónico todavía? Yo lo conozco igual que conozco a mi madre y me conozco a mí y sé que ahora está viviendo el lado abyecto de su naturaleza, igual que voy a vivirlo yo desde ahora.
Los tres capitanes escuchaban a aquella persona delicada y frágil cuyos ojos encarnizados mostraban una locura agresiva. Berenguer dijo:
—Señora, nuestra embajada no tiene otra misión que cumplir el último trámite de la honestidad antes de entregarnos a la matanza. Es el pretexto para llenarse de odio y de razón, de justicia y, sobre todo, de merecimientos con el destino.
Muntaner escuchaba y quiso intervenir:
—Permíteme, Berenguer —dijo, y añadió dirigiéndose a la princesa—: Todos sabemos que no hay nada que esperar. Los seis hombres de la embajada también lo saben, igual que tú. El caballero Sisear y el adalid Pero López saben que van a la muerte. La embajada no tiene otra misión que cumplir la última diligencia de la hidalguía antes de entregarnos a los desenfrenos de la venganza. Tal vez lo seis saben que van a morir y no importa. Tienen el miedo de los agonizantes, pero hablarán con calma y hombría a tu tío Andrónico.
La princesa no se dejaba convencer. Las cosas que oía le parecían empeorar la situación. Morir por hidalguía. ¿Dónde se había visto una cosa como ésa?
—Esos seis hombres —dijo— han ido a la muerte también como Roger, ya lo veo. ¿Qué clase de gente sois? Eso no es humano. Vosotros debéis vivir y callar y dejar el destino en paz.
Rocafort miraba a la princesa de mal talante y pensaba para sí mismo: “No sé para qué tantas palabras, con ella. No sé por qué le permitimos que nos insulte. Al fin la princesa es sangre de Paleólogos. Le alcanza la culpa de todos ellos. Yo sé lo que haría con esa cabeza que tan graciosamente se agita sobre los hombros sacudiendo los rizos contra las sienes”. La mirada de Rocafort estaba diciendo todo eso y era tan insolente que se dio cuenta la princesa.
—¿Qué te pasa a ti, Rocafort? —preguntó.
—Lo que me pasa a mí —dijo él, adusto— no le concierne a tu alteza.
—Bien —dijo ella reprimiendo el encono—. Tú eres el único que se da cuenta de lo que pasa dentro de mí. Yo lo he perdido todo. Está bien. No importa lo que haga por ayudaros, siempre habrá detrás un rencor, una saña y una necesidad de venganza más fuerte que yo. Contra vosotros, sí. Yo contra vosotros.
—¿Tú? —preguntó Berenguer.
—Sí, yo. Porque yo soy la vida y vosotros no sois la vida. Vosotros sois la muerte estúpida que se viste de hierro y que...
—Vamos, alteza —le dijo Berenguer queriendo tranquilizarla.
—Déjala —insistió Rocafort—. Es una Paleóloga. Yo sé lo que habría que hacer con toda la familia.
La princesa se acercó a Rocafort y le dio una bofetada. Una verdadera bofetada. Rocafort distendió bajo las barbas sus labios en una sonrisa plácida y saturniana. Muntaner se mantenía a duras penas serio y Berenguer no disimulaba su asombro. Alzaba la princesa su voz, un poco más tranquila:
—Yo soy la viuda de tu señor natural y si alguna vez vacilas con un prisionero de mi sangre, con Miguel o con el mismo Andrónico, tráemelos aquí, que yo te enseñaré a sacarles el corazón del pecho. Yo. Yo soy tan mala como ellos. Los Paleólogos somos así. Y os digo que se acabó todo.
Sólo queda la violencia y el crimen. Mirad a las ventanas. Son las siete de la tarde. ¿Es el amanecer? ¿Es el anochecer? No se sabe. Podría ser el amanecer en una ciudad con peste o terror u otra cosa desoladora. Todo el misterio de la vida está ahí abajo. Todo el futuro de esa gente y el tuyo, el tuyo también, está en mis manos. En estas manos que Roger besaba y que te han pegado a ti. Tú eres como un dios antiguo. Valiente, brutal y un poco estúpido. Sí, tú, Rocafort. Yo soy tu enemiga, es verdad. Soy la viuda de Roger que adora al esposo vivo y lo odia muerto. ¿No lo entendéis? Yo me entiendo, aunque no sepa explicarme, y también vosotros me entenderéis al final.
Rocafort miraba a la princesa con deseo. Ella seguía hablando:
—Yo sé qué clase de personas sois. Vuestra superioridad no es de hombres. Vuestra inferioridad, tampoco. Las mujeres de los griegos están enamoradas de vosotros. Yo también podría estarlo porque en cada uno de vosotros hay algo de Roger. Pero ahora no lo amo, a Roger. Ahora os odio a todos. Mi primo Miguel aborrece la impresión que vosotros hacéis a las mujeres de los griegos. Odia vuestra valentía, también. Dice que no sabéis morir por convicción, sino por obstinación y tozudez. Bien, en todo caso, podéis enseñarle a él esa tozudez que buena falta le hace. Dice que el señorío español se podría tolerar si los españoles no fueran honrados; pero lo son, y eso resulta intolerable. Yo pienso de otra manera. Creo que los españoles tienen derecho incluso a la honradez porque saben dar la vida en prenda. Pero, ¿en prenda de qué? ¿Quieres decirme tú, Berenguer, en prenda de qué se puede ofrecer la vida? La vida es esto —y se golpeaba el pecho—. La vida soy yo. ¿No lo entiendes, Rocafort? ¿Qué más queréis en la vida, idiotas? Yo soy un animal hermoso a mi manera, como Berenguer lo es a la suya. Bien, la vida está en nuestras venas y no en la bandera ni en el hierro, ni en la palabra dada ni en la imaginación ni en el destino. Roger ha sido asesinado. Millares de soldados catalanes han sido sacrificados con él, lo que me parece natural. Otros lo son en este instante y otros lo serán mañana. Os odio a vosotros, y los de Andrónico me aman a mí, pero eso no quiere decir nada. Yo puedo exterminar a esa gente vestida de color leonado y dorado que me ama. Sin dejar de amarlos yo, tal vez. En eso soy como mi madre, la reina. Y los exterminaré. No importa el número ni la calidad. Yo los exterminaré. ¿Sabéis la gente que viene contra vosotros? ¿No? ¿No habéis enviado patrullas a reconocer el terreno y a tomar lenguas como decís? Bien, no es necesario. Yo lo sé. Mi madre dice que se prepara contra vosotros un ejército de treinta mil infantes y doce mil caballos. Cuarenta y dos mil hombres. No son muchos. Os digo que no son muchos. Cubren las llanuras de Andrinápolis, pero no son muchos.
Hizo un paréntesis para ver la impresión que aquellas cifras hacían en los tres capitanes. Muntaner se quedó un momento confuso y sin saber qué pensar. Rocafort sintió pasar una sombra por delante de sus ojos como si pensara: “Por lo menos, si ha de morir uno que sea a manos de un ejército tan inmensamente superior que nadie pueda extrañarse”. El único que no mostró la menor impresión buena o mala fue Berenguer. La princesa lo miró amistosa:
—Tú eres el jefe, ¿verdad? ¿No es cierto que tú eres el jefe?
Muntaner afirmó y Rocafort también, después de una pausa. La princesa añadió:
—¿Por qué has tardado tú, Rocafort, en decir que sí?
Rocafort se rascó debajo de la barba alzando la cabeza:
—Vaya una cosa, la jefatura. ¿Sabes tú la misión del jefe en estas condiciones? Enterrar muertos. No se debía llamar jefe, sino enterrador. Sepulturero. Berenguer va a ser el sepulturero de todos. De Muntaner y tal vez mío. El enterrador de tu alteza también. ¿Y él? ¿Quién lo enterrará? Nadie. Se quedará sin enterrar. Para los buitres.
Antes de que Rocafort acabara de hablar, Berenguer dijo a la princesa:
—Abajo está reunida la gente. Yo creo que tu alteza debe bajar ahora con nosotros.
Rocafort dijo:
—¿Para qué? ¿Qué puede decir ella a nuestros hombres?
Muntaner tampoco parecía muy conforme, pero bajaron todos juntos a la sala de armas, lugar muy espacioso en la planta baja del castillo. Estaban allí la mayor parte de los soldados. Rocafort iba repitiendo:
—Berenguer será nuestro sepulturero, no nuestro jefe.
A los soldados les extrañó un poco la presencia de la princesa viuda.
La sala estaba mal alumbrada por antorchas que ocupaban los dos lados de una especie de estrado. Olía a salitre y a humedad. Berenguer de Entenza subió al estrado y dijo:
—Amigos y hermanos, vosotros sabéis que somos perseguidos, maltratados y muertos por los que debieran ampararnos y defendernos. Yo podría deciros palabras biensonantes escondiéndoos la verdad. Pero no es necesario porque todos valéis tanto como yo. Estamos sin esperanza. Después de habernos conducido honradamente, nos piden que nos dejemos matar como cerdos. Por mayor suerte tengo la de los compañeros que han muerto, porque ellos han terminado ya. No hay que hablar de salvación ni menos de escapar y retirarnos a la patria. Eso sería indigno de nuestro nombre. Los deudos y los amigos no nos recibirían en nuestra tierra ni ella nos conocería como hijos si no tratamos de borrar con sangre tanta injusticia y afrenta. Los griegos nos deben tener por perdidos o al menos navegando la vuelta de Sicilia con los navíos que nos quedan. Pero su daño les desengañará. Defender a Gallípoli es lo que ahora nos importa por estar a la entrada del estrecho, desde donde se puede impedir la navegación por estos mares. Los socorros tenemos lejos, tardos y dudosos porque nuestros reyes están ocupados en otras obligaciones más vecinas. Todos los príncipes y naciones que nos rodean son enemigos y no hay que esperar otra ayuda sino la que estos navíos y galeras puedan alcanzar. Este es mi plan y propósito: una parte de nosotros navegaremos y haremos entradas en las costas y así conseguiremos el sustento que nos va faltando y al mismo tiempo divertiremos al enemigo del asedio que dentro de poco va a comenzar a apretarnos. Los que queden aquí se defenderán mejor si nosotros obligamos al Emperador a diseminar y distraer sus tropas. Las poblaciones de estas costas vecinas viven sin recelo, pareciéndoles que no podemos salir de estas murallas. Su descuido nos ofrece una buena ocasión de hacerles daño. Tenemos navíos y armas y debemos comenzar ahora mismo. Y pues que soy autor del consejo, lo seré de la ejecución.
Al terminar de hablar Berenguer hubo en la sala rumores y vacilaciones. La gente estaba cohibida y sólo se veían caras rígidas y miradas sin luz. Rocafort se levantó y señalando a Berenguer dijo:
—En lo primero que ha dicho estoy de acuerdo. Retirarnos a nuestra tierra sería mengua y afrenta. Pero en lo que toca al modo de hacer la guerra, no. ¿Enviar parte de nuestras fuerzas al mar? Yo doy por cierto y seguro que Berenguer robe, saquee e incendie y destruya las costas vecinas, como él dice y promete, pero, ¿quién nos asegura que al tiempo que él está corriendo los mares los pocos que quedemos en Gallípoli no seamos aniquilados? Y entonces Berenguer, ¿dónde pondrá su armada y los despojos de su victoria? No tendrá puerto ni lugar seguro hasta la misma Sicilia. Más seguro me parece que se pierda Gallípoli si él saca alguna gente que el conseguir la victoria en las costas a donde ataque.
Muchos de los soldados afirmaban, convencidos. Rocafort seguía: —Los capitanes de todos los tiempos atendieron antes que nada a socorrer la plaza que el enemigo tenía sitiada, ¿y Berenguer, estando dentro, quiere salir? ¿Quién nos asegura que una vez fuera ha de volver?
—Eso es, bien hablado —gritó alguien.
Los otros impusieron silencio. Rocafort insistió en aquel tema: —Nuestra venganza ya no pide remedios tan cautos y dudosos. Pongamos en un solo trance y peligro nuestra vida. Y aunque por la muchedumbre de nuestros enemigos es más probable la muerte que la victoria, el mismo valor que venció a los turcos, vencedores de los griegos, puede servimos de aliento y esperanza. Si en esta batalla nos aguarda nuestro fin, será digno de los soldados que somos.
Pero Berenguer volvió a hablar y a decir que por el momento el ataque en masa del enemigo no era probable y que, entretanto y para no tener ociosas a las fuerzas, haría algunas excursiones por mar. Entonces se sometió el caso a votación y por una gran mayoría se aprobó el parecer de Rocafort. Así y todo, Berenguer se resistía a aceptarlo, apoyado en su prestigio personal, y decía que se reservaba la libertad de acción en cuanto no dañara ni pusiera en peligro la defensa de Gallípoli.
Rocafort dijo que las fraguas y herrerías estaban trabajando día y noche para dotar a los catalanes de las defensas a las que estaban acostumbrados.
—Sólo entre Rodesto y Pactio —dijo Rocafort— se han perdido más de dos mil armaduras enteras y no es eso lo peor, sino que podrán usarlas nuestros contrarios.
Pero concluyó diciendo que, a pesar de todas aquellas circunstancias, no tenía más miedo del que los griegos merecían. Y rio. Los soldados que estaban más cerca rieron también.
Entonces la princesa María se levantó y dijo:
—A mí me gustaría retirarme a algún lugar y cultivar mi tristeza igual que los jardineros cultivan sus arriates con adornos y flores delicadas. Pero soy uno más entre vosotros y tengo, como cada cual, un enorme deseo mudo. No es sólo de ahora. Ya lo tenía cuando era niña y veía el sol saliendo de una nube y entrando en otra y pensaba en mis enemigos.
Algunos soldados, un poco desorientados, se miraban entre sí pensando: “¿A dónde va a parar?” Pero uno que estaba cerca de la plataforma dijo a su vecino:
—Es verdad que a veces el sol sale de una nube y entra en otra, que yo lo he visto.
La princesa siguió:
—Pensaba entonces en esos enemigos a los que yo amaba. También los amo ahora, pero hay que matarlos porque son los asesinos de Roger. Hay que destruirlos a todos. Yo iré con vosotros. Yo, princesa María, lo doy todo por la sangre de un alano. Cada cual tiene una hora en su vida y ésta es la hora nuestra. Yo puedo deciros que os salvaréis y que no os espera la muerte, sino la victoria. En la zona que divide el nublado del sol he visto un ángel y ese ángel llevaba una ballesta y el escudo de Aragón en el pecho. Estaba como en medio de una tormenta natural. Era ayer. ¿Os acordáis? Bueno, es posible que no lo viera ninguno de vosotros y es posible que tampoco lo viera yo, sino que lo haya imaginado, pero la tormenta era verdad. Las calles y las plazas estaban abandonadas a las fiestas de la sangre. Algunos grandes árboles esquivaban la cabeza al viento y toda la arboleda se reía. Debajo de aquella tormenta estaba la otra, con millares de víctimas. Vosotros sois hermanos de esas víctimas y yo soy hermana vuestra. Pero, así y todo, os odio también porque sois como Roger de Flor. Lo mismo que él, buscáis algo por encima de la vida y de la muerte. ¿No os basta la vida? Por encima de la vida y de la muerte no hay nada. Catalanes y aragoneses, es vuestra hora y no tenéis otra. Yo he visto o creo que he visto el ángel con el escudo de Aragón bordado en el pecho.
Y él decía que sí, con la cabeza. Decía que todavía podéis ganarles el campo a los soldados de Andrónico.
Mientras hablaba, la princesa se veía a sí misma en el fondo de la sala en un espejo alargado y vigilaba sus gestos, pero se decía al mismo tiempo: “No miento. Es verdad. Yo he visto o creo que he visto ese ángel en las zonas de mi imaginación, de mi deseo y de mi pena. No miento”.
La gente daba voces y aclamaba a la princesa sin llegar a comprender aquello de sus odios y sus amores.
Berenguer insistía en actuar por mar con las galeras y con la gente escogida que pudiera reunir.
—Por lo menos —dijo—, mientras el enemigo no apriete en el asedio y no intente un asalto general.
Al terminar de hablar Berenguer llegaron mensajeros diciendo que el infante don Sancho de Aragón estaba en Metellín, isla no lejana de Gallípoli, con diez galeras armadas por el Rey de Sicilia. Pero no llevaba gente de guerra. Berenguer y los demás capitanes enviaron enseguida su adhesión y sometimiento y le pidieron al infante que fuera a Gallípoli. Todos consideraban aquello como un buen agüero y algunos pensaron, con la libertad de ideación que suele nacer de las situaciones desesperadas, si aquel Sancho tenía algo que ver con el ángel del que había hablado la princesa. El ángel con el escudo de Aragón en el pecho.
En los arrabales había escaramuzas todos los días con bastante daño del enemigo, porque los catalanes estaban bien fortificados y sólo salían cubiertos de todas las armas para agredir y retirarse sin sostener la ofensa. Cogieron incluso algunos prisioneros y por ellos supieron que el ejército del príncipe Miguel seguía concentrándose. En Branchiallo, cerca de Gallípoli, había sólo unos seiscientos hombres de a caballo, alanos los más, y dos mil infantes griegos. Esperaban cercar del todo la plaza y someter a los catalanes por hambre.
Al día siguiente llegó un correo por mar con noticias de la reina Irene para su hija. Decía: “Los seis embajadores fueron recibidos por el Emperador, quien estaba más temeroso que curioso y más curioso que arrepentido. Al principio se negó a verlos, pero por fin, y gracias a mi mediación, accedió. El príncipe Miguel no estaba presente porque anda ocupado entre Rodesto y Pactio reuniendo fuerzas. Los embajadores dieron sus quejas contra la muerte de Roger y contra todo lo que después ha sucedido y el Emperador respondió que no había dado orden de matar a nadie y que no tenía culpa de nada, pero que si la tuviera no daría razones a los embajadores ni estaba dispuesto a castigar a nadie. En eso estuvo bien, tu tío. Aparte otras consideraciones, se portó como un monarca antiguo. Entonces el llamado Sisear dijo que los catalanes y aragoneses de Gallípoli estaban dispuestos a morir, pero que estimaban su palabra y querían, antes de abrir la guerra contra Andrónico, que constase cómo, en nombre de todos los de su nación, se apartaban de los conciertos y alianzas hechos con el Emperador y que así declaraban inválidos cualquier clase de escritos, tratados y públicos instrumentos de paz y retaban a Andrónico como traidor y le ofrecían defender el reto ciento a ciento o diez a diez y esperaban que sus espadas serían el arma con la cual la justicia de Dios castigaría tanta iniquidad. Dijeron también que lo peor había sido el asesinato de mujeres y niños catalanes, que no tenían culpa de nada, y que matar al mismo tiempo inocentes y culpables había sido una extrema crueldad.
"Nombraron uno por uno a los capitanes y jefes más notables que habían sido muertos, entre ellos Fernando de Aonés, a quien poco antes había honrado el Emperador públicamente, y al final dijeron que la sangre de ellos y la que en el futuro se derramara caería sobre la conciencia de la familia de Andrónico y de Andrónico mismo.
”A todo esto el Emperador escuchaba tranquilo, sin hacer el menor gesto. Pidieron los embajadores que se les diera seguridad para volver a Gallípoli y el Emperador les dio un salvoconducto y un comisario. Con él salieron para Rodesto, a treinta millas de Constantinopla, pero allí sucedió algo que seguramente habían previsto ya los catalanes, pero que no les impidió llevar a cabo su misión. En estos tiempos de locura los mayores crímenes suceden como antes las cosas ordinarias. Esa es la impresión que tuve también el día que mataron a Roger. Al llegar a Rodesto los embajadores, por orden del comisario y, según dicen, del mismo Miguel, fueron llevados a las carnicerías de la ciudad, donde los ataron de pies y manos y los descuartizaron vivos. Luego pusieron sus restos a la vista de la gente, según he oído decir a Marulli, que está indignado. La cosa produjo tanto escándalo que los frailes de San Makario intervinieron para que los quitasen, no por piedad de los muertos, sino por miedo a lo tremendo de la acción.
”Hija mía, yo sé que esto no puede quedar sin castigo. Culpa tienen los catalanes, pero ahora es probable que Dios asista a las tropas de Roger y si yo fuera hombre, éste es el momento en que no sé cuál sería mi determinación, de tal modo están las cosas.
”Tu madre soy. Sin embargo, no te digo que salgas de Gallípoli ni que te quedes. Dejo en tus manos la decisión.
”Te envío el libro que tradujo al castellano el paje de las lenguas y que estaba en la cámara de Roger el día de la gran desventura. Espero que recibiste también los objetos que tenía el César en los bolsillos y la cadena encomienda que llevaba al pecho. Cuidado fue de tu primo Miguel, que me da vergüenza recordarlo. Ahora tu primo parece otro hombre y va y viene y ríe y no se oculta para sus orgías como antes, y hasta trata de dárselas de generoso, por vanagloria. En sus maneras y andares y hasta en el vestido y la barba imita al César Roger sin darse cuenta, tanto lo admiraba y envidiaba. Esa es la mayor miseria.
”Dios lo castigue, aunque los catalanes tienen también culpa.
”He escrito a la madrina Olga, quien me dice que le has escrito tú y que estás resuelta a seguir con los soldados de Roger hasta el fin. Dios te proteja”.
La noticia de la muerte de los embajadores era más o menos esperada por los capitanes, pero causó, a pesar de todo y especialmente entre la tropa, una indignación sin límites. Algunos fueron sobre los nobles de Gallípoli y pasaron a cuchillo a muchos de ellos y a sus mujeres sin que los capitanes pudieran evitarlo.
Los dueños de la casa que ocupaba Muntaner (la duquesa Severiana y su familia) quedaron colgados de los torreones que flaqueaban las puertas. Los tuvieron allí dos días y dos noches. Habría continuado la matanza si no llegara al puerto de Gallípoli el infante don Sancho, hermano del rey de Sicilia.
Era un hombre flaco y alto, pero con el estómago abultado —no debía ser hombre de armas—, y al caminar echaba las puntas de los pies hacia afuera. Lo aposentaron en la casa de Muntaner y en su presencia confirmaron los capitanes el acatamiento y pleitesía al rey don Fadrique y acordaron enviarle mensajeros que le testimoniaran oficialmente la adhesión y le expusieran la situación del ejército de Gallípoli. La princesa María preguntó a Berenguer si esperaban ayuda de Sicilia y el capitán le dijo: —Yo, personalmente, no espero nada de Sicilia, pero hay que dejar abierta la puerta a la esperanza. Digo, para la tropa. La gente peleará mejor sabiendo que detrás de ellos hay un reino y ese reino tiene un príncipe que habla nuestro idioma y que puede enviar socorros en un momento difícil.
—¿Tú crees que los enviará?
—Ya te he dicho, alteza, que no. Pero la tropa creerá otra cosa y así debe ser. La princesa sospechaba que Berenguer no tenía bastante confianza en ella. Había leído Berenguer la carta de su madre y aquellas expresiones de “los catalanes tienen culpa, pero...” habían puesto una sombra en los ojos del capitán. La princesa decía:
—No os entiendo. Vuestra valentía es elaborada y tiene laberintos y sabias entrañas, pero no os entiendo. Yo advertí a Roger lo que iba a pasarle en Constantinopla y, sin embargo, fue al encuentro de sus asesinos, sin armas ni defensas. Os dije que los embajadores que enviabais a Andrónico serían asesinados, y fueron allí y allí los mataron. Ahora mandáis esos delegados a Fadrique y quisiera creer que podrán llegar a los mares latinos. Pero no lo-sé. Todo eso lo hacéis para preveniros contra el azar.
—No —dijo Berenguer sonriente—, sino para darle al azar una oportunidad de ayudarnos, de ponerse de nuestro lado, lo que es distinto.
La princesa parecía meditar. Y preguntó intrigada quién era más importante en la ciudad, el infante don Sancho o Berenguer. El jefe catalán sonrió y dijo, evasivo:
—Tú eres la única persona importante aquí, alteza.
Enviaron la delegación mensajera a Sicilia. Iban en ella tres soldados, uno de ellos Garci López de Lobera, que había sido caballero sirviente de la casa de Fadrique.
En cuanto salieron los delegados, comenzaron a hablar los almogávares de las fuerzas militares de don Fadrique, de la oportunidad con que su ayuda podría llegar en el momento menos pensado y de que habría que aguantar hasta entonces ahorrando energías y sangre y evitando las batallas en campo abierto.
Entretanto, las fraguas trabajaban y se oían los yunques día y noche.
Había entre los griegos pobres de Gallípoli gente muy extraña, que daba color y animación al aspecto de las calles. Entre ellos, una mujer viuda, todavía joven, con varios hijos pequeños que llevaba siempre colgados de las faldas y que mendigaba entre los soldados. Era difícil imaginar nada más miserable. Sus niños gateaban por los umbrales buscando algo de comer. Pero aquella mujer se conducía con decoro y merecía el respeto de los soldados.
La llamaban “la viuda Zorinos” y ella y sus hijos eran, al parecer, los únicos griegos que estaban ciegamente de parte de los catalanes.
—Con esa ayuda... —decían algunos soldados, irónicamente.
En cuanto los pequeños Zorinos comenzaban a tener uso de razón, aprendían una serie de habilidades raras. Iban a veces al matadero y recogían huesos de caballo, los limpiaban, los dejaban huecos y fabricaban una especie de flautas de las que obtenían sonidos agudos y fríos. Con ellos imitaban los toques de las trompetas de las guardias.
El mayor de los chicos, que tenía ya catorce años, había hecho amistades entre los almogávares y esperaba ser uno de ellos. Mientras ese día llegaba, se conducía gravemente y merecía la amistad y el respeto de los soldados.
Seguía el infante don Sancho en la casa de Muntaner y de vez en cuando subía a los torreones y desde allí examinaba el campo y veía las escaramuzas de los arrabales. Le acompañaban casi siempre dos gentilhombres. La princesa no lo había recibido aún con el pretexto del luto. Berenguer solía ir a verlo todos los días al caer la tarde.
En los arrabales, las escaramuzas se producían constantemente y el infante don Sancho, desde lo alto del castillo, estuvo toda una mañana observándolas con un catalejo. Parecía hombre voluble y voluntarioso y hablando con Muntaner decía dónde y cómo se debían disponer las fuerzas para combatir mejor. Con Berenguer y con Rocafort no se atrevía a dar consejos militares. Ofreció a Berenguer acompañarle en sus empresas por mar, puso a su disposición las diez galeras y la poca gente que traía y dijo que le ayudaría en todo hasta que se supiera cuál era la disposición del Rey su hermano. Pero al llegar el momento de embarcar la gente, don Sancho mudó de opinión, faltando descaradamente a su palabra. Nadie podía comprender qué motivos había tenido para cambiar de aquella manera, pero Berenguer se enteró de que el infante llevaba a bordo consejeros que le habían hecho ver los riesgos políticos del problema.
Al saber lo sucedido, la princesa llamó a don Sancho y después de darle a besar su mano y de interesarse por la salud de don Fadrique le dijo de buenas a primeras:
—¿Hay traidores en la casa de Sicilia?
Estas palabras eran muy duras, incluso en una mujer. El infante la miró de arriba abajo, sonrió entre altivo y divertido y se negó a responder.
—Lo digo —añadió la princesa— porque es felonía negarse a combatir al lado de los soldados de Gallípoli.
Esa expresión, felonía, llamó la atención de don Sancho. Y el infante dijo:
—Mi hermano tiene paces firmadas con Andrónico y yo no puedo romperlas ni emplear mis galeras en daño de un príncipe amigo. Siento tener que volverme atrás y negarme a cumplir la promesa que hice a Berenguer, sobre todo en estos momentos difíciles.
La princesa se le acercó y comenzó a decir una por una las arbitrariedades y afrentas sufridas por los catalanes. El infante había oído todo aquello muchas veces y escuchaba paciente, apoyándose en un pie, luego en el otro, con las manos ocultas en la gorra de terciopelo. Los embajadores de Sicilia tenían cuidado de ocultar sus manos. En aquel detalle reconocía Muntaner el estilo de la casa de Fadrique, porque solía decir el Rey que por ellas se revelaba mejor que por el rostro el estado de ánimo del cortesano. Y que sus embajadores debían ocultarlas cuando hablaban.
Con el ruido lejano de las escaramuzas se oían entretanto a través de las ventanas los fragores de una tormenta de primavera, una de esas tormentas violentas y amenazadoras, pero de poca duración. Había torbellinos. Los árboles más pequeños del parque se agitaban y la princesa, contemplándolos, se decía que la ira de los hombres tenía ya millares de víctimas catalanas y aragonesas, pero todavía los embajadores de Sicilia ocultaban sus manos. La princesa miraba a don Sancho con un desdén verdadero. Pero le decía palabras comedidas:
—Es una hora difícil para vuestros compatriotas. Estamos en condiciones de veras críticas. A esta gente, el presentimiento de la felicidad, lo mismo que el de la desgracia, les hace dar el mismo paso atrás con la misma palidez. A ellos, ahora. Pero saben dar la cara. Mi tío y mi primo corren el mundo a caballo y suben las escaleras pisando los peldaños privados y graduados de la tontería y llamando a su gente. Pero esto es mentira. Tú mientes también, infante.
—Yo no miento, señora —dijo el infante con firmeza.
—Es posible, pero eres de esos que a fuerza de invocar la paz en papeles con letras góticas de oro convocan la brutalidad y el crimen de los otros. Y cuando llega la hora de la sangre, dices: Lo siento, pero hay paces firmadas. No te reprocho nada. La tontería y la solemnidad son necesarias en la vida. Además eres hermano de reyes. Prudente hermano de reyes.
El infante callaba, pero en su mirada muda estaba diciendo que tenía razón la princesa. Tanto peor, también. La princesa, tomando un aire confidencial, dijo:
—No te extrañes de oírme hablar. Hasta la muerte de Roger, yo era una mujer que escuchaba. Ahora soy una mujer que habla. ¿Sabes los funerales que voy a dar a mi esposo Roger? Serán los honores póstumos que tenían los reyes persas hasta hace poco. ¿No sabes lo que hacían los persas? Cuando moría el rey, lo enterraban y ponían a su alrededor una guardia de cincuenta pajes empalados por la columna vertebral con varillas de hierro. Así se mantenían tiesos sobre caballos muertos y disecados. Cincuenta pajes y un capitán. Quietos, de veras inmóviles. Una guardia macabra. Allí se estaban día y noche, sin necesidad de ser relevados. Los buitres iban comiéndoselos, pero los restos seguían en pie. Cientos de cuervos alrededor, encima, debajo. Dejaban los esqueletos de los caballos y de los jinetes mondos, pero en pie. Al final de un año, en el aniversario, se renovaba aquella guardia con trompetas, tambores y banderas. Con la bendición de los sacerdotes.
”¿No has visto que siempre que hay honores reales hay un cura con un hisopo? Y así durante cincuenta años. Yo no sé todavía lo que puedo o no puedo hacer. Todo está confuso en el aire delante y detrás de mí. Ya digo que antes no hablaba sino con Roger y hablaba poco porque él no me dejaba lugar, ya que estaba siempre besándome. Ahora tengo que hablar, y cuando comienzo, las palabras me emborrachan un poco. Pero querría hacerle a Roger esos mismos funerales persas. ¿Sabes quiénes serán los pajes empalados? Serán el emperador Andrónico, su hijo, el príncipe Miguel, su hermano Teodoro, el déspota Cario Juan, comedor de ranas y de caracoles como los latinos, y cuarenta y seis megaduques, generales y almirantes. No me mires así. Las palabras no me emborrachan esta mañana. Esos funerales serán razonables, tan razonables como el deseo de olvido de los héroes. Todos estos soldados que ves en Gallípoli están siempre dispuestos a perdonar después de la victoria, pero yo no. Yo no soy bastante noble para eso. Yo quiero que los cuervos vayan a comerles los ojos a los amigos míos. Y no los odio. No creas que los odio. No lo hago por odio a ellos ni por amor a nadie. Lo hago únicamente por mantener alguna forma de verdad en mi vida.
”La muerte de Roger fue una deserción que tiene que pagar alguien. La pagarán ellos y también en su justa medida la pagarán estos catalanes tan amigos de perdonar. Yo le dije a Roger lo que le iba a pasar y la primera vez me respondió con una carcajada. La última vez se lo dije en una carta que le envié a Rodesto, digo, a Orestiades, y que llevaba encima cuando lo mataron. Ahora la debe tener Miguel y debe leerla y reírse de ella. Debe leerla en voz alta a sus prostitutas de Pera. Así estamos. Con mi odio, que no es a Roger sino a su risa, os quiero también y os odio a vosotros. Me da náuseas tu cautela, infante. Me gustaría ponerte a ti también en la guardia de los empalados para que la lección sea más completa. Pero tú te escapas, infante. No entiendes la sencillez de todo este caos. Eres cobarde, falso y hermoso como una vieja duquesa.
Muntaner disimulaba su risa volviéndose y mirando a una de las doncellas que llegaba, la bailarina Zoé.