CAPÍTULO II
Lori Holmes miró la mancha de humedad roja que había abajo. El color rojo no era más que el reflejo de la luz de una señal de parada que había al otro lado de la ventanilla del pasajero, pero la humedad era auténtica. Justo debajo de sus pies se filtraba la humedad formando una mancha.
—Necesitas otras alfombras —dijo ella.
Russ Carter afirmó con la cabeza.
—Lo lamento. Antes del viaje tenía la intención de comprar un juego, pero no tuve ocasión.
—No estaría mal que lo hicieras. Cómpralas mañana, cuando deje de llover —le respondió Lori—. Y, además, cómprate un coche nuevo.
Russ sonrió y luego miró al frente cuanto cambiaba de luz. El limpiaparabrisas batía las gotas de agua que se estrellaban sobre el cristal, al tiempo que él afinaba la vista para luchar contra la reluciente superficie de la carretera que se extendía ante ellos.
—Detrás hay una manta —dijo él—. Abrígate los pies.
Lori volvió la cabeza haciendo un recuento del desorden que reinaba atrás. Sobre el asiento había cuadernos de notas, un maletín de ejecutivo, una linterna, una máquina de afeitar sin cable, una piel de antílope raída, un poncho a medio enrollar, unas gafas de sol con el cristal izquierdo partido y una caja de barquillos abierta. Ella suspiró y Russ le hizo un guiño.
—Sé lo que estás pensando. Pero un buen reportero debe estar preparado para cualquier emergencia.
Como la manta estaba doblada y colocada en un extremo, ella tuvo que tirar con habilidad y delicadeza para no desbaratar los cachivaches que había debajo.
—¿Tienes problemas? —dijo Russ mirando hacia atrás.
—Puedo arreglármelas sola. Tú mira la carretera.
Fue tirando de la manta hasta arrastrarla sobre el respaldo de su asiento y luego la extendió debajo de sus pies.
Russ hizo girar el volante para contrarrestar un patinazo y el coche cabeceó. Las luces rojas posteriores de un camión que iba delante se encendieron al aminorar la marcha en un golpe de parachoques a parachoques.
—Seguro que hemos hecho bingo —dijo Russ—. La lluvia y una hora punta. Combinación perfecta.
Su pasajera se dejó caer hacia atrás en el asiento, sonriendo al mirar sus zapatos bien protegidos por la manta.
—Como vamos a llegar un poco tarde, lo mejor será disfrutar de la escena y dar la bienvenida al gran Los Ángeles.
Russ guiñó el ojo.
—Eso es, Lori mía.
Las palabras se mezclaban con el fragor de la lluvia y con el chirrido incompleto procedente del roce del limpiaparabrisas contra el cristal, pero ella, al escuchar su nombre, disimuló de manera consciente el enojo que la asaltaba.
A Lori nunca le había gustado su nombre, incluso antes de estudiar etimología. El patronímico Holmes en inglés medieval significaba procedente de las islas medias, y si resultaba bueno para Sherlock también lo era para ella. Pero Lori le sonaba mal. Lori era un diminutivo de Laura, forma femenina de Lawrence, que en latín significaba coronado de laurel.
Esto la molestaba sin saber por qué. Por lo tanto, ella no era ningún Lawrence femenino, no había sido nunca coronada de laurel ni tampoco procedía de las islas medias, dondequiera que estas estuviesen. ¿Pero qué diferencia podía haber? Simplemente le sonaba mal y deseaba conocer la razón.
Russ correspondía a Russell, por supuesto, en francés antiguo, cabellera roja. Y Carter derivaba del término inglés carretero. Russ no era francés, no tenía el cabello rojo y conducía un Toyota. ¿A qué venía ese nombre?
Se acordó de sus padres. Edward significaba guardián próspero, lo que resultaba muy apropiado; él fue siempre un hombre próspero y sin duda cuidaba de su hija tan bien como cualquier padre podía cuidar de la suya en el complicado mundo de hoy. Frances, en su forma masculina, significaba hombre francés. Por lo que Lori sabía, su madre no era más francesa que Russ. Pero eso no la había fastidiado nunca. Tuvo otras muchas cosas que la fastidiaban, pero no se había quejado jamás.
Tampoco sus padres eran de los que se quejaban; aceptaban los contratiempos de la mejor manera posible. Como el no haber podido asistir hoy a la ceremonia de graduación. Lori comprendía lo mucho que este día significaba para ellos. Durante ese último semestre papá le había preguntado cómo iban sus estudios cada vez que habían hablado por teléfono. Y tenía la sensación de que mamá se estaba resistiendo a morir hasta verla con los estudios terminados.
Lori se llenó de aire el pecho en un suspiro silencioso. ¿Cómo debía sentirse pasando la vida anclada en una silla de ruedas, tomando píldoras y sin otra cosa por delante que la nada? Y papá, que había dejado el trabajo que tanto quería por estar junto a ella cuidándola, ¿qué consuelo podía tener? Este ajetreo de recuerdos no era más que un mero pasatiempo, jugando con el pasado porque no había futuro. Y ahí estaba ella, abrigada como una chinche en una manta, sumida en especulaciones porque no le gustaba su nombre. Sabe Dios dónde había empezado y por qué; eso no importaba.
Lo que importaba era que se había graduado; el diploma que reposaba en el asiento junto a ella aportaba una prueba de legítimo orgullo.
Lo que importaba más aún era que tenía a Russ, cuya prueba rodeaba su dedo y resplandecía incluso a la tenue luz del tablero de instrumentos del coche.
Estaba impaciente por llegar a casa y ver la cara que pondrían sus padres cuando les mostrara el anillo y les dijera cómo Russ había puesto en su mano la cajita de color marrón en el momento de bajar del estrado al final de la ceremonia. Ni una palabra por anticipado, sino que este era Russ para ellos, lleno de sorpresas. Corrección: este era Russ para ella. Para ahora y para siempre.
Lori contempló su sombreado perfil y dejó escapar una sonrisa. No era el ejemplar más guapo del mundo; no era el hombre más rico, aunque parecía que prosperaba en su trabajo. El problema con el periodismo de investigación y articulístico estribaba en que interfería la rutina ordinaria. Ella no podía esperar un patrón normal de vida de desayuno a las ocho y cena a las seis en punto. Pero lo que sí podía esperar no tenía nada que ver con la hora…
—Las siete y cincuenta y siete —proclamó una voz anónima—. Y ahora les devolvemos la música de…
El chasquido de las interferencias estáticas ahogaron el resto del mensaje del locutor en el momento en que Russ se puso a manipular en los controles de la radio del coche.
—Baja el volumen —dijo ella.
Russ redujo el volumen y la emisión se sumergió en una suave melodía. Lori se inclinó hacia atrás con los ojos cerrados.
Russ mirándola a ella, encendió la calefacción.
—¿Mejor?
Empezó a salir el calor y Lori asintió, una y otra vez. La música lánguida sonaba como un arrullo lejano. Duerme, niño, duerme…
Pero luego cambió, zumbando con un repiqueteo salvaje; la letra también era diferente: Dámelo, niño, dámelo toda la noche. El estribillo se iba repitiendo sin un instante de reposo. Dámelo, niño, dámelo toda la noche…
La connotación sexual era obvia, pero había algo más, algo entre líneas que obligó a Lori a agitarse inquieta en su asiento. De repente surgió una imagen espontánea, la imagen de un niño auténtico, amenazado por una demanda en la oscuridad de toda la noche.
¿Quién llamaba? ¿Qué quería? ¿Y por qué la molestaba a estas horas?
Lori deseó que la voz se alejara de ella, o que ella pudiera alejarse de la voz. Ahora podía dormir, con su mano derecha agarrada al diploma que tenía al lado y la izquierda apoyada en la pierna de Russ para mayor seguridad. No importaba lo de toda la noche; dentro de poco estaría en casa, no ya como un niño sino como una persona adulta en un mundo de adultos, dispuesta a dar cariño a quienes ella había necesitado y que ahora la necesitaban. Descansa. Descansa en paz.
Le pareció a Lori que el coche tomaba un desvío dejando atrás el denso tráfico. Estaban entrando en Sunnydale, pero no hacía sol. Ni lluvia tampoco, porque el suelo estaba seco; la tormenta no había llegado allí, ni siquiera en su sueño.
Retén el pensamiento. Retén el diploma. Retén a Russ. Estás libre en casa.
Luego cambió el sueño.
Le pareció a Lori que se oían truenos, pero no procedían de la tormenta, y el resplandor que se veía al fondo de la carretera no se debía a los relámpagos. Se estaban aproximando a la casa, pero allí no había casa. Tan solo el ruido de un camión de bomberos que entraba en el paseo desde el extremo de la calle para unirse a otro que ya estaba allí. El resplandor procedía de sus faros y de los focos de la ambulancia y de un coche patrulla de la Policía; era un resplandor blanco que se mezclaba con las llamas rojas que surgían entre un borrón de humo.
A Lori le pareció que unas siluetas frenéticas correteaban por el césped, jugando con mangueras sobre los tejados que se derrumbaban, y que las paredes se caían hacia adentro al ser pasto de las llamas. En su sueño danzaban los demonios en torno a los fuegos del infierno.
Lori tuvo la visión de que el coche se detenía en el límite del paseo, dispersando las negras siluetas de los espectadores. Pareció como si su mano izquierda se cayera en el momento en que Russ abría la puerta y salía del coche, y que una sombra azul se le ponía delante cortándole el paso. Las palabras se elevaban por encima del estruendo.
—¡Siga adelante, amigo! ¡No puede aparcar aquí!
—Pero oficial… mi novia, esta es su casa…
¿Su casa?
A Lori le pareció que estaba arrugando el diploma con su mano derecha, pero no importaba porque no quedaba nadie para verlo. Ni mamá, ni papá.
La única forma de salvarlos era despertándose. Ella podía extinguir las llamas, dispersar a los demonios, disipar el temor… solo con abrir los ojos.
Pero sus ojos estaban abiertos. Lo habían estado todo el tiempo.