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Testimonio del doctor Jones sobre los hechos que acaecieron en la inauguración del proyecto Salmón en Yemen
Dr. Alfred Jones: Desde un punto de vista científico, el proyecto Salmón en Yemen fue un rotundo éxito.
Supe que había sido así desde el momento en que vi cómo los salmones se incorporaban al agua que bajaba por el wadi. Unos días atrás pululaban dentro de una jaula flotante en una ría de la costa occidental escocesa, y ahora estaban en las montañas de Yemen, bajando por un tobogán de hormigón recién liberados de un depósito también de hormigón.
A ellos parecía no afectarlos. Los salmones penetraron en el wadi, unos cuantos simplemente se dejaron llevar y desaparecieron río abajo, pero la mayoría enfiló aguas arriba, en dirección contraria a la corriente, sin saber adónde iban, tan sólo que debían dirigirse río arriba hasta encontrar un lugar apropiado de desove. Su instinto los guiaba, que es justo lo que había esperado que ocurriera.
La mayoría de los peces eran plateados, pero algunos tenían ya algo de color, señal de que los salmones hembra estaban listos para desovar los millares de huevos que traían consigo, y los machos listos para inyectar su esperma y de este modo fertilizar los huevos. Mis ojos se humedecieron al pensarlo: en la punta de la península Arábiga, pese a estar a miles de kilómetros de sus aguas natales, los salmones se disponían a cumplir con su deber natural.
Mientras veía las aletas abriéndose paso por la superficie del agua, experimenté una sensación de alborozo. Recordé entonces las palabras del jeque, eso de que veríamos un milagro, y supe que lo que acababa de presenciar no era sino eso, un milagro. Me acordé del comentario de Harriet, de que para el jeque ya sería un éxito si sólo un pez lograba remontar las aguas del wadi. Y ahora los había a centenares. Yo ya tenía un salmón dentro de mi chaqueta, recién pescado y muerto. Debía ingeniármelas para hincarlo al extremo del sedal del primer ministro, para que pudiera tener su pez y su foto.
Entonces advertí un cambio de color en el agua, que el murmullo del río iba en aumento y el ruido del agua que procedente de los picos lejanos era más violento y amenazador. El cielo se estaba poniendo negro como la tinta.
Era un tapón. Debí haberlo previsto. Puede suceder en ríos torrentosos, y eso es fundamentalmente el wadi Aleyn: un río que en cuestión de horas pasa de casi seco a una crecida repentina, y viceversa. Los salmones de los ríos torrentosos suelen esperar a que éstos crezcan. Huelen la lluvia, saben que habrá una riada, y entonces nadan contra corriente, enfrentándose al caudal con increíble fuerza y valor, saltando sobre las olas o esperando en el agua de los lados cuando la fuerza del torrente es demasiada incluso para ellos.
Y en ese tipo de ríos a veces se produce un tapón. La lluvia es demasiado intensa para filtrarse en el suelo. El súbito escurrimiento pluvial arrastra consigo barro, troncos, piedras, y si se da el caso de que el acarreo llega a un estrechamiento en el lecho del río, se forma entonces un dique provisional. El agua se acumula detrás del obstáculo hasta que la fuerza es tan grande que consigue abrir una brecha en el tapón, y un muro de agua irrumpe por la brecha y se precipita río abajo. Cuando esto sucede, es mejor que no te pille en el río.
Y ese día llovía mucho. Las lluvias de verano en Yemen son sólo el inicio de un vasto sistema de precipitaciones monzónicas que no tocan el resto de Arabia pero rozan durante unas semanas la costa meridional de Omán y Yemen. Durante esas pocas semanas puede llover con la fuerza de una tormenta tropical y provocar riadas repentinas del tipo que tuvimos aquel día en el wadi Aleyn. Supongo que debería haberlo sabido, pero soy científico pesquero, no experto en hidrología ni tampoco meteorólogo. Sin embargo, todavía me culpo por no haberlo anticipado a tiempo. Tampoco nuestros ordenadores pudieron predecir lo que sucedió.
Recuerdo que grité a pleno pulmón para que el jeque y el primer ministro salieran del agua, pero el rumor del propio río y el de la lluvia sobre la superficie del agua ahogaron el sonido de mi voz. Colin detectó el cambio en el río, vio que el color pasaba de transparente a marrón y escuchó el sonido amenazador de la corriente. Él sabía muy bien lo que estaba pasando y aun así se adentró en el agua para intentar salvar a su amo. Fue un heroísmo calculado. Deberían darle una medalla. Pero ese día sucedieron demasiadas cosas, y la mayoría de la gente ha olvidado el gesto de Colin. Yo no.
Le grité a Peter Maxwell que hiciera algo, pero él estaba blanco de miedo y no creo que me oyera. Vi que empezaba a trepar por la orilla para alejarse del agua. Los de seguridad notaron que algo pasaba, pero no habían detectado dónde estaba el peligro. Creían que vendría de las montañas; pensaban en términos de un enemigo humano, no de un enemigo natural. Estaban mirando hacia donde no debían.
Entonces se produjo un destello, y desde alguna parte alguien disparó. Eso distrajo todavía más a los de seguridad. Oí después que habían disparado a uno de los guardaespaldas del jeque, pero no conseguí averiguar por qué. No lo vi. Estaba mirando río arriba y gritando al primer ministro que saliera del agua.
Entonces vislumbré aquella ola, que doblaba el recodo como a trescientos metros, y pensé que moriríamos todos. Era de unos tres metros de altura, marrón y blanca, y venía hacia nosotros a la velocidad de un tren expreso, haciendo más o menos el mismo tipo de ruido. Recuerdo que en ese momento me dije: «Espero que no arrastre río abajo a todos los salmones» pero luego mi propio instinto tomó las riendas y lo siguiente que recuerdo es que estaba agarrado a una roca en lo alto de la ribera mientras el agua me tironeaba los pies.
Cuando pasó el torrente y casi todos los de seguridad y los guardaespaldas del jeque hubieron ido río abajo en busca de los cuerpos, me dirigí hasta la boca del canal por donde los salmones entraban al wadi. Vi cómo un pez tras otro se incorporaba a la corriente, giraba al oler el agua, y se dirigía río arriba. Me quedé allí sin moverme durante un buen rato, mi corazón estaba demasiado colmado para hablar. Al principio unos cuantos periodistas y gente de la televisión bajaron para ver si podía hacer alguna declaración sobre lo ocurrido, pero no les interesaban mis salmones; sólo querían hablar del accidente y del primer ministro. Tampoco les interesaba lo que les hubiera pasado a Colin y al jeque. Yo no tenía nada que decir. Al cabo de un rato se alejaron y un par de horas después oí que uno de los Chinooks despegaba y se los llevaba de vuelta a Sanaa para escribir sus crónicas.
Cuando el último salmón hubo salido del depósito número 1, me senté en una roca plana al borde del agua. Había dejado de llover y entre jirones de nubes el sol fue poniéndose en el cielo. De vez en cuando volvía la cabeza hacia las obras, para ver qué estaba pasando. Divisé a Peter Maxwell a un centenar de metros, hablando sin cesar por un teléfono móvil. Me pregunté qué sería tan importante, hasta que me acordé del primer ministro. Me quedé sentado en la piedra y pensé en el proyecto y en el papel que yo había desempeñado. Independientemente de lo que pudiera pasarme ahora, eso no me lo podían quitar. Era el logro más importante de toda mi vida. No era mío solamente, pero sabía que sin mí no habría sido posible. De repente deseé que Harriet hubiera podido estar allí —la echaba muchísimo de menos—, porque ella había cumplido un cometido decisivo y ése habría sido el gran día también para ella. Pero entonces habría visto cómo las aguas se llevaban al jeque. Sus malos presentimientos se habían cumplido. Y deseé que el jeque hubiera estado a mi lado para compartir aquel éxito con él.
Oí un grito procedente de más arriba y vi que uno de los yemeníes que había ido a pescar allí bajaba a todo correr por el camino. Era Ibrahim, nuestro chófer, uno de los hombres del jeque.
«¡Doctor Alfred! ¡Doctor Alfred!», gritó al verme.
Llegó a la carrera y vi que traía un salmón muerto como quien lleva un niño en brazos. Debía de haber abandonado su caña después de cobrar la pieza. Cuando lo tuve a dos pasos comprendí que Ibrahim aún no sabía lo que había pasado. Puede incluso que estuviera pescando más arriba del tapón. En cualquier caso, había pescado uno. Era plateado, y yo diría que pesaba unos cinco kilos. Un buen pez, un salmón excelente. Ibrahim sonreía de oreja a oreja.
«¡Doctor Alfred —exclamó—. ¡Tengo un pez!»
Nos abrazamos y nos palmeamos la espalda, y lágrimas de felicidad corrieron por nuestras mejillas. El pez había caído al suelo polvoriento e Ibrahim se agachó para recogerlo, riendo todavía por la suerte que había tenido. Aquél fue el primero y, que yo sepa, el último salmón que alguien haya pescado con mosca en Yemen. Bueno, no he sabido que nadie haya pescado otro ni que se haya visto nadar a ninguno en el wadi desde aquel maravilloso y funesto día.
Tuve que decirle a Ibrahim lo del jeque.
Más tarde, cuando ya oscurecía y las murallas de roca se volvían violetas, vi regresar por el cañón a los grupos de rescate. En aquel interminable páramo de roca y piedras, de riscos verticales y hoyos que se abrían a abismos en el lecho del río, ya en los tramos inferiores del wadi, no pudieron hallar ninguno de los tres cuerpos. Creo que debieron de precipitarse por una dolina hasta el mismo acuífero, y es allí, en un mar sin sol, donde reposan los cuerpos de Jay Vent, político; de Colin McPherson, incomparable guía de pesca; y del jeque Mohamed ben Zaidi bani Tihama, el hombre casi santo que ideó el proyecto Salmón en Yemen.
Peter Maxwell vino hacia mí. Todavía estaba blanco, con los ojos enrojecidos y la boca crispada en un gesto amargo, patético.
«¡Estará usted contento!», me dijo.
«Pues sí —contesté—, en muchos sentidos ha sido un gran éxito, aunque ojalá hubiéramos podido evitar pérdidas humanas, lo digo de todo corazón. Pero mire, Peter, si hemos de ser objetivos, se ha conseguido todo cuanto nos propusimos desde el punto de vista científico. El gran interrogante es qué pasará con el proyecto, ahora que el jeque ha muerto. Tendrá usted que ayudarme a averiguar quién lo llevará en adelante.»
Peter Maxwell se quedó mirándome sin hablar. Detrás de él vi a los de seguridad montando en el segundo Chinook.
«Le diré lo que va a pasar —dijo—. Su proyecto está acabado. Usted está acabado. Yo estoy acabado. Debería haber previsto que esto podía pasar, Fred. Debería haberlo previsto…»
Al ver que se echaba a llorar, le toqué el brazo, pero él se apartó con brusquedad.
«Ha matado al mejor hombre del mundo, a uno de los grandes hombres de todos los tiempos, y de pasada ha arruinado mi vida. Pero a usted sólo se le ocurre pensar en sus jodidos peces.»
Dio media vuelta y fue tambaleándose hacia el helicóptero. Momentos después el aparato despegaba, y ya nunca más volví a ver a Peter Maxwell.
Interrogador: ¿Peter Maxwell o algún otro representante de la oficina del primer ministro se puso en contacto con usted a su regreso al Reino Unido? ¿Ha habido algún intento de influir sobre lo que usted iba a declarar aquí?
AJ: Me había convertido en una no-persona. Cuando me presenté en Fitzharris & Price para averiguar cómo quedaba a partir de ahora la gestión del proyecto, descubrí que mi trabajo allí había terminado. Los herederos del jeque, fueran quienes fuesen, no compartían su entusiasmo por el proyecto. La financiación había sido interrumpida ya antes de que yo llegara al Reino Unido. Uno de los socios principales de Fitzharris & Price salió a la recepción cuando aparecí en St. James's Street para retomar el hilo y ponerme a trabajar otra vez. Me entregó una carta de la empresa de contabilidad que había administrado las finanzas del proyecto. En la carta agradecían mis esfuerzos en pocas palabras más que éstas y adjuntaban un cheque por el sueldo de los tres meses siguientes.
Después de leer la carta miré al colega de Harriet.
«¿Ya está? ¿Eso es todo?», pregunté.
Él se encogió de hombros y me dijo:
«Los demás nunca estuvimos muy al corriente de esto. Estábamos agradecidos mientras duró, por supuesto, pero sabíamos que no podía ser para siempre. Esto era asunto de Harriet, exclusivamente, y parece ser que ella ha presentado su renuncia como socio de la firma.»
No volví a St.James's Street, y, por lo que me alcanza, Harriet tampoco volvió.
Hablé por teléfono con ella una o dos veces. Se encontraba de paso en casa de unos amigos en el sudoeste de Francia y no entró en detalles al hablar de sus planes.
«Me alegro mucho de que el proyecto funcionase, aunque sólo fuera un día. No permitas que nadie te robe ese mérito, Fred. Guárdalo como un tesoro. Pero es una pena que tuviésemos que pagar un precio tan alto. Echo muchísimo de menos al jeque. En cierto modo, es como otra muerte en la familia.»
«¿Cuándo vuelves a Gran Bretaña?»
«No tengo ningún plan. Aquí gasto bastante poco y a mis amigos parece que no les importa que me quede el tiempo que haga falta. Tengo mi propio pisito en un ala de la casa, con puerta independiente, así que puedo entrar y salir sin molestarlos. ¿Sabes, Fred?, en esta parte del mundo casi siempre brilla el sol y nadie me molesta. Es lo que necesito. Sé que tarde o temprano me quedaré sin dinero, y entonces tendré que pensar en buscarme un trabajo, pero por ahora sólo quiero estar tranquila.»
«¿Te veré cuando regreses?», dije, pese a que no tenía intención de preguntar nada semejante. No tenía ningún derecho.
«No lo sé, Fred. No lo sé. Veremos cómo van las cosas.»
Supe semanas más tarde que Harriet había conseguido un empleo en Francia: localizaba propiedades para ingleses en busca de una segunda residencia.
I: Confirme, por favor, qué contactos ha tenido con Peter Maxwell o con su oficina desde que volvió usted a Inglaterra.
AJ: Oh, olvidaba que ésa era la pregunta. Sí, recibí un mensaje de Peter Maxwell en mi buzón de voz. Decía algo como «Me ocuparé de que no vuelva a trabajar nunca más en este país», pero luego se oían sollozos antes de colgar, de modo que no me lo tomé muy a pecho. Claro que es posible que Maxwell intentara impedir que consiguiera otro empleo, por motivos que se me escapan. Lo cierto es que cuando solicité mi antiguo puesto de trabajo en el CNFP recibí una breve carta de David Sugden quejándose de recortes en el presupuesto y lamentando que, en consecuencia, mi antiguo puesto quedaba sin cubrir. De cualquier modo, no sé si habría sido capaz de volver. Después telefoneé a varios amigos de la Agencia del Medio Ambiente y al final pude conseguir otro empleo. No es trabajo de mesa, es trabajo de campo y la paga es lo que llamaríamos mínima, comparada con mi antiguo sueldo. Mary tenía razón. Después de todo, los buenos tiempos duraron muy poco.
Estoy trabajando en una piscifactoría que acaban de montar en las aguas de cabecera del Coquet, en Northumberland. Nuestra tarea consiste en criar esguines recién salidos del huevo en unos tanques de acero inoxidable instalados dentro de una modesta cabaña en los brezales. La idea es garantizar que siempre haya juveniles disponibles para soltar en el río, incluso en los años en que la reproducción natural flaquee debido a la sequía u otro desastre parecido. Me gusta el trabajo. Es muy interesante, y duro también, pero me deja tiempo de sobra para pensar. Es lo que más hago últimamente: pensar.
Nunca hablo con nadie del proyecto de Yemen, aunque de vez en cuando los que trabajan conmigo me gastan alguna bromita al respecto.
Tras la muerte del primer ministro y el jeque, el proyecto obtuvo cierta repercusión en los medios de comunicación, que lo tildaron de estrambótica aventura política. La comunidad científica británica no supo o no quiso valorar lo que conseguimos, pero en Yemen todavía están muy orgullosos de ello. En el Ministerio de Recursos Pesqueros, que ha asumido la responsabilidad del proyecto, no hay un solo día en que no recuerden al jeque en sus rezos. Los depósitos de retención han sido vaciados y toda la maquinaria guardada en reserva. (Con el clima tan seco no se deteriorará en varios años.) Dicen que algún día habrá salmones otra vez en esos tanques, y que los soltarán en el wadi, pero de momento no ha sido así.
La gente de Al Shisr retuvo los salmones restantes en el depósito número 2 durante varias semanas tras la muerte del jeque. Se montaron barbacoas en el lecho del wadi, y el olor a salmón asado ascendía cada noche al cielo yemení.
El viceministro de Recursos Pesqueros me ha escrito para comunicarme que han empezado a elaborar el próximo plan quinquenal de estrategia pesquera, y que cuando se debata la importancia de la piscicultura de salmones en el futuro desarrollo de los recursos naturales del país, me consultarán a mí. De eso hace ya un tiempo, y no han vuelto a ponerse en contacto conmigo. No sé si deseo que lo hagan.
Pensando ahora en aquel día, me doy cuenta de que yo estaba conmocionado y que no llegué a hacerme cargo de la muerte del jeque. Sucedieron demasiadas cosas a la vez. No podía asimilarlo todo. Después he llorado mucho su muerte, y cuando vadeo ahora las aguas de cabecera del Coquet, vaciando en el río cubos de juveniles de salmón, mantengo con él conversaciones que son algo más que imaginarias.
Lo oigo decirme, detrás de mi hombro: «Si, doctor Alfred, al final lo logramos. Creímos en ello, y por eso lo logramos.»
«Tenía usted razón, jeque. Creímos en ello. Usted me enseñó a creer.»
No puedo verla, pero oigo la sonrisa en su voz. «Le enseñé a dar el primer paso: aprender a creer en el hecho de creer. Un día usted dará el segundo paso y descubrirá qué es en lo que cree.»
Suelto los juveniles en el arroyo cascajoso y poco profundo, y le digo: «¿Y cómo lo sabré?»
La respuesta, más tenue que el murmullo de los riachuelos sobre el lecho de piedras, es: «Lo sabrá.»
De modo que trabajo en la piscifactoría y por la noche me quedo en mi casa alquilada de dos habitaciones cerca de Uswayford, al pie de la mole verde y marrón de Cheviot Hills. Me dedico a pensar. Realmente no sé en qué, aunque a veces todavía pienso en Harriet. Procuro no hacerlo demasiado a menudo; eso despierta recuerdos que preferiría no tener.
A veces también pienso en Mary. Hablo con ella por teléfono casi todas las semanas. He renunciado al correo electrónico a menos que sea absolutamente necesario. Ahora forma parte de otra vida. Hablo con Mary por teléfono, pero a cobro revertido porque no puedo permitirme pagar la factura del teléfono. Mary ahora trabaja en Dusseldorf. No sé si fue el ascenso que ella esperaba. Más bien ha sido un movimiento lateral. Todos sufrimos decepciones en esta vida.
Hemos vendido el piso de Londres y comprado uno más pequeño, ya que ninguno de los está allí a menudo. Viajamos a Londres una vez cada tantos meses. Nos vemos, cenamos juntos, procuramos encontrar un sentido a la vida. No estoy seguro de que lo logremos. Hemos convenido en que seguiremos casados. A ninguno de los dos se le ocurre qué otro paso dar en la vida. Ambos tenemos nuestro trabajo. Le he dicho a Mary que no quiero que se sienta económicamente responsable de mí. Ella está de acuerdo, pero creo que en realidad querría cuidar de mí, si la dejara. Pero en estas colinas, criando juveniles y soltándolos en el río, soy feliz. Estos pequeños salmones tienen más probabilidades de sobrevivir aquí de las que tendrían en Yemen. Éste es su hábitat natural, y también lo es el mío.
Por las tardes leo mucho. Donde vivo no llega señal de televisión y tampoco puedo permitirme comprar una antena parabólica. No echo de menos la tele. Antes tampoco la miraba mucho, de modo que leo. Cualquier cosa, un poco de todo, y los fines de semana, cuando no estoy en Londres, rebusco en las librerías de viejo que hay en Alnwick y Morpeth, las poblaciones más cercanas. No puedo estar al día de las novedades, pero creo que se han escrito ya tantos libros buenos que no es necesario acudir a los nuevos. Compro lotes de novelas viejas y biografías por unas cuantas libras, o a veces cambio los que ya he leído por otros. Me permiten hacerlo. Soy un buen cliente. Compro los clásicos, como Dickens, Thackeray, Fielding. Últimamente me ha dado por el ensayo, obras de Hazlitt, Browne, autores así. Leí en uno de ellos algo que me gustó bastante, y suelo llevarlo encima. Se lo leo, si usted quiere.
«Y recordamos que Tertuliano, hijo de un centurión que vivió en Cartago, que escribió muchos textos sagrados disertando sobre los evangelios y sobre la naturaleza, escribió una vez 'Certum, impossibile est'. Es cierto, o seguro, que esto es imposible. Otros afirman que lo que escribió Tertuliano no fue 'Certum, impossibi!e est' sino 'Credo, quia impossihiie est'. Lo creo, porque es imposible.»
Me gusta, ¿a usted no?
Lo creo porque es imposible.