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Fragmento de la autobiografía inédita de Peter Maxwell
Llego ahora a uno de los capítulos más difíciles en una vida política que nunca estuvo exenta de retos. Debo hablar de hechos que trascendieron la vida política. Ningún Aristóteles, ningún Shakespeare, ningún autor que me venga a la cabeza ha tenido que describir acontecimientos como los que ahora me dispongo a relatar. No aspiro a tener su talento, soy tan sólo un humilde periodista que se ha visto arrastrado al centro de unos acontecimientos que han cambiado este país, y tal vez el mundo, para siempre. Debo emplearme a fondo, con mis limitados recursos, para ayudar a los lectores a comprender lo que sucedió.
Todo había empezado muy bien.
El jefe estaba de excelente humor tras una semana complicada en la Cámara de los Comunes, y cuando por fin subió al avión, casi se comportaba como el colegial al que dejan salir de la escuela antes de la hora. No obstante, dedicamos la mayor parte del trayecto hasta Sanaa a trabajar. Había que preparar una entrevista privada con el presidente de Yemen y dos o tres asuntos más, pero cuando llevábamos cuatro horas de vuelo Jay se aflojó la corbata, estiró los brazos y dijo: «Peter, ¿queda algo de Oyster Bay Sauvignon en la nevera?»
Saqué una botella, la abrí y volví con un par de copas.
Me encantaba viajar con el jefe, él y yo solos. No sucedía a menudo; normalmente había un fastidioso tercero en discordia, como el secretario del Gabinete o algún otro funcionario, y el jefe no podía desconectar. Nunca confiaba en individuos así, eran el tipo de persona que acaba dimitiendo o escribiendo memorias, y si al jefe se le escapaba algo delante de ellos, seguro que antes o después sería publicado. Cuando estábamos así, los dos a solas, creo que gran parte del verdadero meollo del gobierno quedaba al margen. Solíamos darle vueltas a las grandes ideas: qué hacer con la Seguridad Social; cuál es nuestra posición respecto a China; por qué las sentencias por conducta antisocial tienen que tener un límite de edad. Era material creativo, por decirlo así. A mí me encantaba, y al jefe se le ocurrían muchas de sus grandes ideas después de estas sesiones conmigo.
En ese viaje íbamos él y yo solos otra vez. Bueno, no del todo. En la parte de atrás del avión había un grupo cuidadosamente seleccionado de los medios de comunicación que cubriría el evento; estaban los de seguridad y gente de comunicación. Pero los dos únicos protagonistas de ese vuelo éramos Jay y yo. Nosotros íbamos en la parte delantera, en un área privada de la cabina.
El jefe tomó un sorbo de vino frío cuando le pasé el vaso y dijo:
—Oye, Peter, te mereces una matrícula de honor por percatarte de lo que significan esos votos pescadores. Nadie había reparado en ellos: ni el secretario general del partido ni el coordinador de la campaña, nadie. Y es de lo más obvio.
—Hombre, jefe, a mí me costó bastante tiempo darme cuenta.
—Eso resalta la trascendencia de este viaje. Si antes era importante, ahora es sencillamente crucial. Hay mucho que ganar con el proyecto, si todo sale bien. ¿Qué medios de comunicación llevamos a bordo?
Consulté mi lista.
—Veamos… Como de costumbre, un equipo de la BBC y otro de ITV. Dijiste que nada de Channel Four.
—Después de la cobertura que hicieron de mi visita a Kazajistán…
—Pero tendrán un corresponsal in situ; eso no hemos podido evitarlo. Bueno, al menos tendrán que pagar billete de avión.
—¿Quién más?
Volví a mirar la lista.
—Daily Telegraph, Daily Mail, Times, lndependent, Mirror y Sun. Al Guardian no se lo pedimos. Han desarrollado una actitud muy paternalista respecto al proyecto, y de hecho ahora mismo no nos hablamos. También vienen algunas caras nuevas.
—¿Ah, sí?
—Tenemos a Tiempo de pesca, Trucha & Salmón, La Revista del Salmón Atlántico, Noticiero de Pesca y Desarrollo Sostenible Internacional. Los de la prensa diaria están tomando gin tonics ahí al fondo, pero el grupito de los nuevos se ha quedado aparte, bebiendo té de sus propios termos. Incluso se traen los bocadillos de casa.
Eso pareció complacer al jefe.
—Debo hacer un esfuerzo especial con las publicaciones de pesca. Quiero que el mes que viene esa foto mía con un salmón sea portada de todas las revistas del ramo del país.
—Lo será. Te lo garantizo.
El jefe se desperezó de nuevo.
—¿Cuánto falta para aterrizar? —preguntó, sirviéndose más vino.
—Unas tres horas.
—Quizá me eche una siestecita antes de llegar. Ya sabes, Peter, que estas dos últimas semanas he recibido clases particulares de pesca con mosca. Quiero que las fotos sean auténticas.
—Seguro que quedarán perfectas —dije, leal—. Le pillaste el truco enseguida.
—Así es, por fortuna, pero te confesaré que creo que lo de pescar podría ser bastante divertido. No me importaría volver a probar cuando tenga más tiempo libre. Lo digo porque supongo que allí sólo podré… ¿Cuánto rato estaremos en el wadi Aleyn?
—Una media hora. Después volvemos a Sanaa y seguimos hasta Muscat para que pronuncies el discurso ante el Consejo del Golfo.
—Sí, veo que sólo voy a tener tiempo para pescar un salmón, o quizá dos. Pero decididamente me gustará probarlo en otra ocasión, cuando estemos de vuelta en casa. ¿Crees que habrá modo de organizarlo?
—Conozco el sitio justo donde podrías pescarlos a montones, jefe —dije, pensando en McSalmon Aqua Farms.
—Estupendo —repuso él, reprimiendo un bostezo—. Planeémoslo. Ahora creo que me voy a descansar un rato antes de aterrizar.
Cuando tocamos tierra en Sanaa era casi de noche, pero el calor que irradiaba la pista de aterrizaje nos golpeó en la cara tan pronto como salimos por la puerta del avión. Y con el calor nos llegaron extraños aromas, que los olores habituales a combustible y diésel no pudieron sofocar. Eran aromas inquietantes, indicios del mundo extraño y poco familiar que medraba más allá de las luces de la ciudad. Luego empezamos a bajar la escalera y a estrechar manos, antes de montar en una limusina con aire acondicionado.
La velada en la capital fue larga, formal y tediosa. No creo que esperáramos conseguir nada, y no creo que lo hiciéramos, salvo que el hecho de cenar con nuestro anfitrión era una aprobación implícita por su parte a nuestra visita «privada» al wadi Aleyn. El hombre parecía un tanto divertido por el asunto y durante la cena me preguntó, bajando la voz para que el jefe no pudiera oírlo:
—¿Por qué le interesa al primer ministro el proyecto de los salmones? Aquí, todo el mundo piensa que es una locura.
—Yo diría que ha conquistado su imaginación —respondí.
—Ah —dijo él, con expresión perpleja.
Me di cuenta de que había decidido no hacerme más preguntas al respecto, pues estaba claro que no iba a responderle nada de utilidad. La conversación volvió a temas de interés general, y durante el resto de la velada sólo se habló sobre la manera de encarrilar de nuevo el proceso de paz en Kazajistán.
Al día siguiente nos levantamos de madrugada y desayunamos muy temprano en la embajada. Todavía recuerdo vivamente aquel optimismo casi infantil con que el jefe y yo nos dirigimos hacia el helicóptero. ¡Era muy divertido salir de pesca para cumplir un deber con nuestro país! Esa era la sensación que ambos teníamos. El jefe no paraba de sonreír, de estrechar la mano a los periodistas que nos seguían en un segundo Chinook, al embajador, que había venido a despedirnos, al piloto y al copiloto. Se acordó justo a tiempo de no tendérmela a mí también. Luego nos hallamos a bordo del helicóptero, y el suelo empezó a inclinarse bajo nuestros pies.
En ese momento, a poco de despegar, se me formó un pequeño nudo en la boca del estómago. Estoy acostumbrado a los helicópteros, de modo que no se trataba de eso. En un breve destello de lo que interpreté como un déjà vu, me acordé de que una vez había soñado que el jefe y yo estábamos en un wadi; el calor seco nos quemaba la piel; él dijo algo, señalando aguas arriba. No pude recordar qué era lo que me había dicho, ni si yo había tenido realmente ese sueño. Supongo que era consecuencia del jet lag. Traté de concentrarme en lo más inmediato.
Estuvimos allí charlando, riendo y bromeando con los de seguridad, fijándonos en las torres grises y blancas y las mezquitas de la capital, que iban perdiéndose en la lejanía. Luego nos aproximamos a las montañas y todo el mundo se quedó callado al acercarnos a aquellos enormes muros de roca. Sobrevolamos cordilleras y grandes cañones de trescientos metros de profundidad, entre nubes y niebla suspendidas en los picos. El cielo era gris y por el sur iban formándose nubarrones. Un paisaje bastante aburrido, la verdad, pero el tiempo prometía.
—Fíjate en esas nubes —le dije al jefe—. Crecerán las aguas de los wadi cuando descargue toda esa lluvia.
Crecerán las aguas. ¿No había soñado exactamente esas mismas palabras?
En efecto, al mirar abajo pudimos ver algún que otro hilillo de agua corriendo por los wadi; y donde las llanuras de grava se juntaban con las estribaciones de las montañas, se habían formado pozas aquí y allá.
Estaba muy excitado. Aquello no tenía nada que ver con un viaje normal. No había hombres con traje gris esperando nuestra llegada, ni duras negociaciones ni ningún discurso que pronunciar. En vez de hombres con traje y corbata, estaría el jeque acompañado de aquellos tipos de imponente aspecto que habían formado como guardia de honor en mi visita a Glen Tulloch. Iban a ser un par de horas de diversión, puro y simple esparcimiento. Jay pulsaría un botón para abrir las compuertas y dejar que los salmones bajaran por las canalizaciones que comunicaban con el wadi. Después se metería en el río con su caña de pescar y haría unos lances a beneficio de los fotógrafos. Fred me había prometido que el jefe pescaría un salmón, y así sería. Un breve discurso seguido de sesión de fotografías de Jay en el río con sus botas altas de pescar, la caña en una mano y el salmón en la otra. Ya veía las primeras planas de los periódicos. Misión cumplida. Un gran viaje, un día en el desierto, y habríamos allanado el camino para que varios millones de votantes confiaran en nosotros.
Luego empezamos a perder altura y el helicóptero descendió entre las paredes de roca del wadi hacia un trecho llano y lo que parecía un gigantesco solar en construcción.
Mientras los rotores dejaban de girar, bajamos del helicóptero agachando la cabeza y atravesamos remolinos de polvo hasta una plataforma de madera. Divisé al jeque, a Fred Jones y a un grupo de hombres con casco, probablemente ingenieros de la obra. Más allá había como dos docenas de hombres del jeque con sus túnicas blancas y sus turbantes verde esmeralda, unos armados con rifles, otros con las manos vacías.
Detrás de la plataforma, describiendo una curva desde la ladera, vi las paredes de tres enormes depósitos de hormigón: los tanques de retención. Por un momento me quedé pasmado ante la enormidad del proyecto. Al oír las explicaciones técnicas de Fred allá en Downing Street, había pensado que sería como construir otra escuela primaria o un supermercado. Sencillamente no caí en la cuenta de hasta qué punto era una empresa monumental. Eso hacía pensar más bien en la presa de Asuán o en las pirámides. Esperaba que los fotógrafos supieran captar toda la espectacularidad de la obra.
En cada pared de depósito había una puerta de hierro de doble hoja conectada con el lecho del wadi mediante un canal de hormigón. Dirigí la vista hacia el wadi y pude ver un caudal de agua ancho y poco profundo. El sol había salido un momento entre las nubes y la luz se reflejaba en una multitud de arroyuelos que serpenteaban entre islotes de grava o se precipitaban en cascada sobre grandes cantos rodados. En la otra orilla, las frondas de las palmeras ondulaban con un viento cada vez más fuerte. Detrás de nosotros las montañas, con la familiaridad de lo que uno sólo ha visto en sueños, se elevaban indómitas y hermosas hacia un cielo encapotado.
—¡Fíjate en eso! —le dije al jefe—. El río parece perfecto. ¡Esto va a funcionar!
Jay me miró sorprendido. Pues claro que iba a funcionar, decía su mirada; no me habrías hecho recorrer casi diez mil kilómetros si no pensaras que iba a funcionar, ¿verdad, Peter? No si tu intención es conservar tu querido puesto de trabajo un día más. No hubo tiempo para explicaciones pues enseguida llegarnos a la plataforma, y otra vez a estrechar manos, sonreír y bromear y charlar. Oí que el segundo Chinook, el que transportaba a los chicos de la prensa, aterrizaba en ese momento.
Naturalmente que el jefe esperaba que funcionaría. Él no se hacía idea del enorme trabajo que había supuesto el proyecto, del empeño que yo había puesto para asegurarme de que se hiciera realidad pese a los obstáculos, del gran respaldo que había dado a Fred Jones y al jeque. Miré en derredor mientras Jay y el jeque volvían a estrecharse la mano a beneficio de los periodistas y las cámaras de televisión, y entonces oí la voz de Fred a mi lado, que decía:
—Impresionante, ¿verdad?
—Es fantástico —dije con genuino entusiasmo—. No me imaginaba la magnitud de todo esto. —Señalé los muros de los depósitos y los canales ahora vacíos, que pronto se llenarían de salmones saltarines cuando abrieran las compuertas—. Nuestro proyecto será un éxito, Fred. —Vi que sostenía un salabardo en la mano.
—Eso esperamos —repuso, sonriéndome cordial, y en ese momento incluso me resultó simpático. Hasta entonces no había pensado demasiado en Fred, me refiero a como persona—. Venga a ver los salmones.
Jay y el jeque, los guardaespaldas del jefe y algunos periodistas estaban subiendo por la rampa hasta el borde de uno de los depósitos. Los hombres del jeque se mantuvieron a distancia. Volví a fijarme en que unos cuantos empuñaban rifles y recordé dónde estábamos: en el corazón de Yemen, y no visitando un hospital nuevo en Dulwich. Pero, me dije, ahora Yemen era un sitio seguro, ¿no? De lo contrario, los de seguridad no habrían dejado acudir al jefe. Se había hablado de un supuesto intento de Al Qaeda de asesinar al jeque en Escocia, pero todos habíamos pensado que se trataba de una noticia inventada por algún periódico escocés.
Desde lo alto de la rampa contemplamos el depósito. Estaba lleno de salmones plateados que iban como locos de acá para allá o bien yacían inmóviles en las partes sombreadas de agua. Alrededor del perímetro del tanque y situadas a intervalos había unas máquinas, parecidas a enormes motores fuera borda, que removían y oxigenaban el agua.
—¿Qué tal lo llevan? —le pregunté a Fred.
—Hemos tenido algunas bajas, pero no estoy seguro de si debido al clima o al viaje. De cualquier modo, el número de muertes entra dentro de nuestros pronósticos, y aquí la temperatura del agua es relativamente estable.
Me quedé mirando los peces, casi fascinado. Luego volví la cabeza y contemplé las imponentes montañas, las pendientes de arena y grava, las palmeras, los hombres de las tribus observando desde las rocas y en las laderas cercanas.
—Es increíble —dije—. Si no estuviera viéndolo con mis propios ojos…
—¿Se da usted cuenta? —dijo Fred—. El jeque llevaba razón. Ha conseguido que todos creamos. Y ahora estamos a punto de abrir las compuertas, para que empiece el milagro.
—¿Será así? —le pregunté. Vi que Fred estaba tenso, no porque dudara del milagro en sí, sino a causa probablemente de cierto miedo escénico.
—Lo tenemos todo a favor. La temperatura del aire ha ido bajando regularmente durante los últimos días. Ahora es de sólo veinticinco grados, y eso que nos acercamos a la hora más calurosa del día. La temperatura del agua en el wadi es perfecta y… —Miró el cielo, donde unos cúmulos algodonosos, grises y blancos, tapaban en ese momento el sol—. Creo que lloverá dentro de poco.
Bajamos todos juntos por la rampa y fuimos más allá de la plataforma hasta unas casetas prefabricadas. Jay y el jeque entraron para ponerse el atuendo de pescar y Colin McPherson, a quien yo no había visto antes entre el grupo, empezó a descargar cañas de una camioneta y luego fue armándolas y colocando las moscas. Un grupo de excitados yemeníes formaron corro a su alrededor entre gritos y aspavientos. Pero no todos ellos; seguía habiendo un grupito de guardias vigilando a distancia, manteniéndose al margen y pendientes de las colinas circundantes. Me llamó la atención uno de ellos, ideal para una foto de impacto: destacaba entre los otros por su estatura, estaba mirando hacia el río desde un promontorio y su túnica ondeaba con la brisa cada vez más fuerte, mientras el rifle descansaba en su hombro con el cañón apuntando hacia arriba. Pensé en pedirle a algún cámara amigo que sacara una foto para mí, pero entonces oí aplausos: Jay y el jeque acababan de salir de la caseta equipados con botas altas y camisas a cuadros escoceses. Caminaron hacia la camioneta donde McPherson estaba repartiendo cañas a un grupo de elegidos. Al verlos llegar cogió dos cañas que había reservado especialmente para ellos y se las entregó. Hubo otra ovación, y algunos yemeníes empezaron a aullar. Hasta los mismos periodistas parecían contagiados del espíritu del momento. Vi que el viejo McLeish, del Telegraph, un cínico donde los haya, se quitaba algo de un ojo. Quisiera pensar que era una lágrima, pero puede que sólo fuese un granito de arena.
Jay y el jeque se dirigieron de nuevo a la plataforma contigua al primer depósito. En eso estábamos cuando noté que algo impactaba en mi nuca y levanté la vista. Estaba empezando a llover: eran sólo unas gotas, gruesas y sorprendentemente frías, que abrían pequeños cráteres en el polvo del suelo. Alguien le pasó a Jay un transmisor portátil y todo el mundo empezó a pedir que hablase: «¡Chist! ¡Chist!» El silencio se fue extendiendo hasta que sólo se oyó el murmullo del agua unos cientos de metros más abajo. Y, en medio de aquel mutismo, el jefe dijo:
—Me siento enormemente honrado de poder compartir este momento.
Más vítores y aullidos, pero el jefe levantó la mano y de nuevo se hizo el silencio. Mirando al jeque, continuó:
—Gracias, jeque Mohamed, por invitarme a venir, y desde el fondo de mi corazón quiero decirle que suya es la visión, suya la imaginación, suya la ilimitada munificencia que ha hecho posible este proyecto. Nosotros nos sentimos muy orgullosos de que decidiera trabajar con científicos e ingenieros británicos, y también con técnicos de otros muchos países, para hacer realidad este proyecto y llevarlo a buen término. ¿Quién podía haber soñado que un día veríamos nadar salmones en los ríos de Yemen?
Hizo otra pausa, y el silencio volvió a ser absoluto.
—Usted lo soñó, jeque Mohamed. Tuvo coraje y determinación, y hoy, por fin, ha llegado el gran día.¡Vayamos los dos juntos a pescar salmones en el wadi Aleyn!
Eso desató un delirio de vítores, que fueron difuminándose para reanudarse cuando el jefe sostuvo en alto el transmisor para que todos pudiéramos ver lo que estaba pasando, y luego apuntó con él hacia las compuertas, como si fuera el mando a distancia de la tele. Pulsó un botón. Lentamente, las compuertas empezaron a abrirse. No lo hicieron del todo, pero sí lo suficiente para dejar escapar un caudal estable de agua, bastante para que los peces pudieran nadar en él. De pronto empecé a ver, en el agua que brotaba al pie de las compuertas y en los canales de hormigón, formas que saltaban y se contorsionaban al ser arrastradas.
Al momento, la multitud empezó a desplazarse hacia el río. La lluvia estaba arreciando y el cielo se oscurecía por momentos. Nos apretujamos todos cerca de donde el canal desembocaba en el wadi propiamente dicho.
—Dejen paso al doctor Alfred —gritó el jeque con voz clara, y la multitud se apartó.
Fred no calzaba botas de pesca, pero aun así se metió con las que llevaba en el arroyo y examinó el agua. De cualquier modo, pensé, dentro de nada estaremos todos empapados. Ahora llovía más fuerte y el wadi estaba casi negro.
Incluso desde donde me encontraba veía cómo las aletas de los salmones cortaban las aguas del wadi. Algunos daban saltos en la superficie, casi como si bailaran. ¡Y nadaban corriente arriba! Había otros, los menos, que erraban el rumbo e iban río abajo. ¡Los salmones nadaban en el wadi Aleyn, en plenos montes Haraz!
Jay y el jeque se adentraron en el río con sus cañas de pescar y fueron pisando las rocas que asomaban hasta situarse en mitad del wadi, separados una treintena de metros. Las cámaras de los fotógrafos de prensa y las videocámaras de la televisión enfocaban a los dos hombres. Teníamos conexiones en directo para SkyTV, BBC24, ITV, CNN y Al-Jazira. Divisé a Colin McPherson, pendiente de su amo, en medio de los chicos de la prensa, agachados o de pie en la ribera. Vi que los de seguridad ocupaban posiciones enfrente de Jay, al otro lado del río, sus manos no muy lejos de las pistoleras que llevaban escondidas, escrutando las rocas y montes circundantes. Una docena de yemeníes con sus cañas y salabardos desfiló por el sendero nuevo que bordeaba el wadi, camino de las plataformas que habían sido construidas un poco más arriba.
Entonces el jeque ejecutó su primer lance, seguido momentos después por el jefe. Tuve que reconocerlo: Jay parecía un pescador consumado. El sedal salió disparado a la perfección y apenas produjo un leve chapoteo al entrar en contacto con la superficie del agua. Era típico del jefe que todo le resultara fácil. Si le hubieran dicho que la semana siguiente tenía que esquiar o jugar un partido de waterpolo, lo habría hecho, y encima como si fuera un experto.
En ese momento oí que Fred gritaba:
—¡Cuidado!¡El agua está subiendo!¡Ojo con la crecida! Jay no lo oyó, o no quiso oírlo. Había dejado volver su mosca y se disponía a repetir lanzamiento. Ahora llovía realmente a cántaros y el río parecía hervir bajo el agua proveniente del cielo.
—¡Creo que deberían volver! —gritó Fred—. ¡Está bajando muchísima agua!
Hasta yo pude ver que el wadi empezaba a subir de nivel. Me di cuenta de que, sin querer, yo había retrocedido un par de metros por la ribera. Justo entonces, Colin empezó a vadear el río, supongo que para ayudar al jeque a salir del agua. Vi que los de seguridad se miraban indecisos.
Hubo un relámpago, o tal vez no fuera un relámpago, pero hizo que me volviera y entonces vi al yemení en quien había reparado antes, el que estaba en el promontorio, con el rifle a la altura del hombro. Acababa de disparar o bien se disponía a hacerlo. ¿Había sonado un disparo? El agua que bajaba por el río empezaba a rugir. Uno de los guardias de seguridad se sacó una pistola de la chaqueta con gesto experto y creo que disparó contra el yemení. Sea como fuere, el hombre cayó hacia atrás del peñasco en que se encontraba y lo perdí de vista. Ignoro a quién pretendía disparar. Supongo que al jeque, pero no puedo estar seguro.
Se produjo un tumulto y sonaron varios disparos. Eran los yemeníes, pero no sé contra quién disparaban. Dudo que supieran qué estaba pasando. La multitud se dispersó rápidamente y trepó por la ribera para ponerse fuera del alcance del río y de los disparos. Yo mismo había subido unos metros más, con el corazón a cien, mirando hacia donde estaba el jefe.
Se había dado la vuelta al oír el ruido, pero no se movía.
Creo que estaba sonriendo. Dudo que hubiera visto al tirador en el peñasco, ni en el momento de disparar ni en el de ser abatido, aunque sabía que algo había sucedido pues estaba mirando río abajo.
Vi que miraba al jeque, que se hallaba doblado por la cintura y sostenido por su fiel Colin, quien se debatía para mantener el equilibrio contra la fuerza de la corriente. Quizá le habían disparado al jeque, no lo sé.
Detrás de Jay vi un muro de agua blanca y marrón doblar el recodo de la garganta y bajar en torrente hacia él. Me pareció ver, no tanto oír, que Fred seguía gritándole que volviera. Luego también él, Fred, dio media vuelta y empezó a trepar por la ribera a fin de ponerse a salvo.
El jefe no dejaba de sonreír, creo. Yo entonces me encontraba ya un poco lejos, pero a veces notas que alguien está sonriendo por su postura. Miraba en dirección contraria al muro de agua que se precipitaba hacia él; supongo que lo oiría. No estoy seguro. Puede que no. Dicen que uno se queda ensimismado cuando está pescando. En cualquier caso quisiera pensar —estoy razonablemente convencido de ello— que mientras levantaba su caña para hacer otro lance, Jay era muy feliz. Estaba lejos de la política, de las guerras, de los periodistas, de los diputados, de los generales, de los funcionarios. Estaba metido en un río y le corrían salmones bajo el agua, y sin duda creía que la próxima vez que lanzase atraparía uno.
Entonces lo alcanzó la crecida. Un torrente de agua marrón, barro, piedras y hojas de palmera bajó por el wadi produciendo un rugido como de tren, y en un visto y no visto Colin, el jeque y Jay desaparecieron sin dejar rastro. La gran ola siguió su camino y desapareció doblando el siguiente recodo en el cañón de más abajo. El jefe estaba allí de pie y de repente ya no estaba. No volví a verlo. Ni al jeque. Ni a Colin McPherson. Sus cuerpos nunca fueron hallados.
Eso fue lo que ocurrió en la inauguración del proyecto Salmón en Yemen, cuando los salmones nadaron en el wadi Aleyn.