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Fragmento de la autobiografía inédita de

Peter Maxwell, Un timonel en el barco del Estado

La imagen del Estado como barco, según mi documentalista, fue una creación de Tenniel o de algún otro ilustrador victoriano de la revista Punch. Era una metáfora del gobierno: el capitán del barco, naturalmente, era el primer ministro de la época. Lo suyo era tener contentos a los pasajeros y mantener a la tripulación bajo control. Las analogías son demasiado obvias para extenderse, pero es la figura del timonel lo que muy a menudo llama nuestra atención.

En mi larga relación con el primer ministro Jay Vent —como empleado, colega y sobre todo amigo—, creo que fui, para él, el timonel al que aludo. En la ilustración victoriana vemos la figura de un hombre vestido con chubasquero en la cubierta de proa, atado al timón para impedir que un bandazo lo arroje por la borda. Empapado por las salpicaduras de unas olas gigantescas, zarandeado de mala manera por el movimiento del mar, el timonel mantiene la vista fija en el firmamento. Allá arriba, entre nubarrones, brilla la estrella polar. Sin preocuparse por su propia seguridad, el timonel se concentra en mantener el rumbo a toda costa, guiado por esa luz en el cielo. Es un hombre desinteresado; para él, sólo existe un objetivo: llevar a puerto sanos y salvos a su capitán y a la dotación completa.

Ni por un momento se me ocurriría exagerar mi importancia dentro de la administración de Jay Vent. Fui una pieza más en el engranaje de la maquinaria gubernamental. Sin embargo, era yo quien muy a menudo ponía sus manos sobre el timón y, con un toque a babor, un tirón hacia estribor, ayudaba a trazar el rumbo.

Aquel invierno, por invitación del gobierno de Irak, enviamos tropas allí a fin de lidiar con la situación de inestabilidad que amenazaba una vez más la reconstrucción de los campos petrolíferos. Por esa época, desafortunadamente, había también otros asuntos que resolver. Aparte de las operaciones militares en Irak, se produjo la desgraciada explosión en una fábrica de hilo dental en Irán, que todo el mundo quiso ver como algo aún más siniestro, resultado de una operación clandestina de nuestras fuerzas armadas. Y, por otra parte, el gobierno de Estados Unidos nos pidió que colaboráramos con la Saudi Arameo, cuyas fuerzas de defensa habían sido desplegadas para impedir nuevos atentados terroristas contra los pozos de petróleo de su territorio.

Para colmo tuvimos un invierno muy frío. Comprensiblemente, nuestra administración, al igual que los gobiernos anteriores, no se había dado prisa en reiniciar la construcción de centrales nucleares en este país. He dicho a menudo que ésa es la dirección que hay que seguir, siempre y cuando exista un debate previo y una revisión de las pertinentes leyes de urbanismo. Entretanto, el déficit provisional en suministro de energía ha sido amablemente cubierto por el gobierno de Ucrania, que ha accedido a aumentar el abastecimiento de gas natural al Reino Unido. Por desgracia, y debido a interminables negociaciones sobre fijación de tarifas que nuestro entonces ministro del ramo no supo llevar demasiado bien pese a los consejos que le di, el suministro fue interrumpido durante casi todo diciembre y enero. Lamentablemente, varios pensionistas fallecieron cuando el gas dejó de llegar, lo cual supuso enfrentarnos a una prensa hostil, y no es ningún secreto que el destino del gobierno quedó prácticamente en mis manos. A menos que pudiéramos explicar con claridad por qué habíamos cancelado el programa de construcción de centrales nucleares a la vez que nos enemistábamos con nuestro primer abastecedor de gas natural, era evidente que tendríamos tormentosas sesiones en la Cámara de los Comunes.

El jefe, como solía llamar a mi amigo Jay, me presionaba mucho. Durante la mayor parte de aquel otoño e invierno trabajé catorce horas durante los siete días de la semana. Y en general fue en vano. Cada vez que conseguíamos meter una noticia positiva en la prensa o lanzar una nueva política o aprobar una nueva ley en el Parlamento, en otro frente se estropeaba algo. Esa foto en portada del Independent durante la crisis de la energía, el cadáver de la anciana con la mano tiesa encima de un radiador frío y carámbanos colgándole de la nariz, nos hizo un flaco favor. La opinión pública pensaba que Jay era un buen tipo, y no se equivocaba. Jay Ventera un estupendo primer ministro, y su mejor virtud fue saber elegir las personas adecuadas para respaldarlo y solventar momentos difíciles como éstos. Pero cuando estaba sometido a mucha presión, Jay se volvía tremendamente exigente con sus más cercanos colaboradores; en especial acudía a mí, «Mister Buenas Noticias», como solía llamarme a veces. Y hay pruebas concluyentes de que Jay podía ser muy duro con aquellos que no cumplían.

Mi trabajo consistía en garantizar que las noticias fueran lo mejor posible tantas veces como fuera posible. Me pagaban para eso, y me pagaban bien. No tengo ningún derecho a quejarme. El caso es que, aquel invierno, yo estaba un poco estresado. Había también un par de asuntos pendientes en mi vida personal. Trabajar tanto suele pasarte factura. Mi salud se resintió, y algunos de mis colegas pensaban que estaba pasándome de la raya. Ciertos miembros importantes del gobierno me instaron a tomarme unas largas vacaciones, por desgracia ajenos al hecho de que me necesitaban para cubrirles las espaldas.

Por lo general, reacciono bien al estrés. Muchas de mis mejores ideas surgen en momentos en que estoy con el agua al cuello. Los lectores se acordarán de cuando el primer ministro participó en un partido de críquet en el orfelinato St. Helen para niños con problemas de visión. Eso fue justo después de unos días en particular difíciles, cuando tratábamos que se aprobara en la Cámara de los Lores una ley que permitiera a un cuerpo recién adiestrado de inspectores de salud y seguridad suministrar apoyo logístico a operaciones en Irak y otros países de Oriente Próximo. La oposición y, mucho me temo, la opinión pública menos informada, no tenía una idea clara de lo que pasaban entonces nuestras fuerzas armadas, de lo contrario podríamos habernos ahorrado tan prolijas discusiones. Debíamos distraer la atención, y ahí surgió lo del partido de críquet en el orfelinato. Se me ocurrió a mí, otra vez más. Pensada en cinco minutos y puesta en marcha diez minutos más tarde, todavía siento un hormigueo de excitación cuando pienso en qué buena era esa idea.

De modo que empecé a reflexionar sobre cómo quitar presión a la agenda del gobierno. Pensé en varias iniciativas de sanidad, de educación, de lucha contra la delincuencia, pero resultó que los tres últimos gobiernos habían tomado tantas medidas en esas áreas, que prácticamente no quedaba hueco para más. Así que centré mi atención en iniciativas de política exterior. Siempre es más fácil hacer cosas fuera; no necesitas permisos ni encuestas públicas ni libros blancos. Simplemente vas a otro país, ya sea en visita de reconocimiento, en misión de buena voluntad (lo cual implicar llevar el talonario encima), o para invadir sin más. Son las opciones normalmente disponibles. Por desgracia, ya estábamos utilizando los tres métodos en diversas regiones del planeta.

Pero Jay no me había contratado para decirle que tal o cual cosa era imposible. Mi misión era encontrar soluciones. Siempre había un modo de avanzar, por muy radical que fuese, y eso Jay lo sabia muy bien. Me llamaba su pathfinder, su explorador, aunque yo, como ya he dicho, prefiero la imagen del timonel. Empecé a buscar alternativas. Me formulé esta pregunta: ¿y si hubiera otras opciones en Oriente Próximo? Para ser absolutamente franco, Oriente Próximo ha sido algo así como un cementerio para la reputación de un buen número de gobiernos, y de partidos de la oposición. Empecé a darle vueltas a si podía hacerse algo al respecto.

Decidí actuar como suelo hacerlo en estas situaciones; es uno de los motivos por los que era tan bueno en mi trabajo. Tengo gran capacidad para ponerme en el lugar del votante medio, que está sentado mirando la tele, como yo solía hacer a diario. ¿Qué imágenes vería ese votante? ¿Cuáles elegiría como representativas de lo que sucedía en el mundo? ¿Cuáles le quedarían grabadas y conformarían la base de sus opiniones?

Una de las consecuencias de lo que ocurre en Oriente Próximo era la creciente división entre los que querían gobiernos teocráticos, observancia de la sharia y a las mujeres en casa pero no al volante de un coche o en un restaurante, y los que querían gobiernos democráticos, el voto para la mujer y un poder judicial independiente de la Iglesia y el Estado. Se trata, por supuesto, de discusiones fundamentales que vienen sucediéndose desde hace décadas. Podría decirse que Oriente Próximo se ha polarizado en torno a estas opciones. El otro día vi unas imágenes de Damasco en la televisión: una ciudad de interminables bloques de edificios —cada uno con antena parabólica en el balcón—, entre los cuales asomaban las cúpulas de un millar de mezquitas. Me pareció que eso resumía el conflicto presente en el islam de hoy en día. Como he comentado en un capítulo anterior, yo veía mucha televisión. En mi despacho había tres grandes televisores de pantalla plana, uno sintonizado con la CNN, otro con la BBC 24 y el otro con Sky News.

Por regla general miraba la tele sin volumen, y cuando parecía que la noticia era importante, activaba el sonido con el mando a distancia. La mayor parte del tiempo sólo veía las imágenes. Rozaban apenas la superficie de mi cerebro y luego desaparecían, pero de vez en cuando alguna de ellas se me quedaba grabada en la memoria. Y daba forma a mi manera de pensar.

Miraba las imágenes en la pantalla y pensaba en lo que podían significar. Veía a jóvenes kazajos y osetios ataviados con gorra de béisbol y chándal, tirando piedras a los antidisturbios que intentaban dispersarlos de la vía pública por la noche, o impedir que utilizaran teléfonos móviles y llevaran ropa occidental. Veía a los que no habían conseguido esquivar las balas, tendidos en la calle en medio de un charco oscuro. Veía otras imágenes: hombres jóvenes o viejos con el atuendo tradicional de su pueblo, sublevándose contra los occidentales. Y veía que esa sociedad se hallaba en un punto basculante. El islam había nacido en el desierto de Arabia hacía mil cuatrocientos años, y en menos de un siglo controlaba ya una zona que iba desde España hasta el Asia Central. Lo mismo podía estar a punto de suceder ahora. O quizá todo lo contrario.

Imágenes de gente de Oriente Próximo vestida a la occidental, gastando como occidentales: eso es lo que el votante/telespectador quiere ver. Es un signo palpable de que estamos ganando la batalla de las ideas; la lucha entre, de una parte, consumo y crecimiento económico, y tradición religiosa y estancamiento económico, de otra.

Y me dije:¿por qué esos niños salen cada vez más a la calle? No es por algo que hayamos hecho nosotros, ¿verdad? No es por ningún discurso que hayamos pronunciado, ni por países que hayamos invadido, ni por nuevas constituciones que hayamos redactado, ni por golosinas que hayamos repartido, ni por partidos de fútbol entre soldados y nativos del lugar. No, es porque ellos también miran la tele.

Miran la tele y ven cómo se vive aquí, en Occidente.

Ven a chicos de su edad conducir coches deportivos. Ven a adolescentes como ellos que, en vez de vivir en monástica frustración hasta que alguien les arregle un matrimonio, salen con muchas chicas, o chicos, diferentes. Los ven en la cama con muchas chicas, y chicos, diferentes. En bares ruidosos, bebiendo cerveza de la botella, siendo felices, disfrutando del privilegio de emborracharse. Los ven animar o abuchear a gritos en campos de fútbol. Los ven subir y bajar de aviones, volar de un sitio a otro sin límite y sin temor, disfrutando de larguísimas vacaciones, tumbados al sol. Sobre todo, los ven ir de compras: ropa, PlayStations, iPods, videoteléfonos, ordenadores portátiles, relojes, cámaras digitales, zapatos, deportivas, gorras de béisbol. Los ven gastar dinero —que nunca parece faltarles— en pubs y restaurantes, hoteles y cines. Estos hijos de Occidente siempre están gastando. Están siempre en movimiento, siempre contentos, y tienen un acceso ilimitado a dinero en metálico.

De repente tuve la intuición de que era eso lo que hacía que los hijos de Oriente Próximo salieran a la calle. Comprendí que sólo querían ser como nosotros. No desean ir cinco veces al día a la mezquita cuando podrían estar charlando con sus amigos junto a una parada de autobús, una cabina de teléfono o en un bar. No quieren que sus familias les digan con quién deben casarse. Incluso podrían no querer casarse siquiera y tener simplemente distintas parejas. Bueno, es lo que hace mucha gente, ¿no? No es ningún secreto (después del reportaje que publicó el Daily Mail) que es lo que yo mismo hago. No busco necesariamente un compromiso, ¿por qué no van a tener ellos las mismas opciones? Ellos quieren ser libres de irse de vacaciones en un vuelo de Easy Jet. Ya sé que algunos dirán que la mayoría de esos jóvenes preferiría tener al menos un comida decente al día o la posibilidad de beber agua potable, pero en líneas generales los pobres no son los que están en la calle, y por tanto no serían el objetivo de mi propaganda. Ellos no van a cambiar nada, si no ¿por qué son tan pobres? Los que salen a la calle son los que tienen tele; han visto cómo vivimos nosotros y tienen ganas de gastar.

Así fue como me vino la inspiración.

De repente supe que había una manera mejor de invertir el dinero del contribuyente. Desconocía los últimos cálculos de Hacienda sobre nuestras operaciones militares, pero el gasto era enorme y no dejaba de aumentar. En aquel momento estábamos operando en quince países diferentes, en cinco de ellos de manera oficial. Dado que los motivos de nuestras intervenciones en ultramar son a veces complejos y políticamente sofisticados, es triste constatar que la opinión pública no siempre sabe valorar estas operaciones militares. ¿Quién puede culparla? Algunas de nuestras intervenciones hace demasiado tiempo que duran.

Pero, me dije, también invertimos dinero en otros organismos o instituciones sin realizar un gran esfuerzo por comprender el valor de dicha inversión. Por poner un ejemplo, el canal BBC World Service. ¿Para qué sirve? Es un servicio protegido por cédula real, y aunque en los primeros años de nuestro gobierno me habría gustado cargármelo a hachazos, sabía que era intocable. Hube de reconocer también que mucha gente lo escuchaba, y, me decía a mí mismo, ¿no demuestra eso una gran sed de información acerca del estilo de vida europeo, y británico en particular? Jamás he escuchado el BBC World Service. A la vista del listado de programas, imaginé que eran sobre todo repeticiones de Farming Today, discursos recientes en el Parlamento europeo, documentales sobre ceremonias tribales en el Congo, y eso me hizo comprender que había un público en el mundo árabe que debía de estar realmente desesperado por ver más allá de sus fronteras. Y bien, ¿qué harían si tuviesen acceso a un canal de televisión, de propiedad y control británicos, verdaderamente moderno y dinámico?

Aquel invierno desarrollé la idea de montar una emisora de televisión llamada, pongamos por caso, Voice of Britain, La Voz Británica. Entusiasmado por las posibilidades del proyecto, decidí producir enseguida un programa piloto a fin de presentárselo al jefe. Hicimos el guión pensando en Noel Edmonds como presentador, pero a su agente no le hizo mucha gracia la idea. Al final echamos mano de una especie de doble que trabajaba en Al-Jazira. Otro problema fue que los concursantes hablaban persa, pashto, árabe o urdu, y nosotros necesitábamos emitir el programa en inglés, de modo que hubo que usar traducción simultánea. En conjunto, sin embargo, creo que funcionó extraordinariamente bien.