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Interrogatorio al doctor Alfred Jones:

el encuentro con el señor Peter Maxwell

y el jeque Mohamed

Interrogador: Explique cómo se desarrolló la entrevista de Peter Maxwell con el jeque Mohamed.

Dr. Alfred Jones: No sé si puede llamársele entrevista. Esto de ahora sí lo es, con toda esa serie de preguntas que quieren hacerme. Por cierto, dudo de que les sirva de nada.

I: Naturalnente, doctor Jones, nos gustaría que se desarrollara en un ambiente amistoso y cooperador, pero sepa que podemos proceder de manera completamente distinta.

AJ: No he dicho que no vaya a cooperar, pero permita que lo cuente a mi manera. Eso ocurrió hace ya mucho tiempo. No siempre puedo acordarme de todos los detalles.

I: Cuéntelo usted como mejor le parezca, pero sin dejar nada en el tintero.

AJ: Haré lo que pueda. Si no recuerdo mal, nada más llegar, el jeque mantuvo una conversación privada con Peter Maxwell. A mí no se me incluyó. Trataban de política, supongo, y yo soy un humilde científico. Me dejaron solo durante un par de horas. Si la memoria no me falla, subí a la habitación y escribí en mi diario, que ustedes ya han examinado. No recuerdo exactamente qué escribí pero sé que me sentía bastante deprimido. Era un día gris y yo estaba muy apesadumbrado. No es que mi mujer me hubiera plantado, pero me sentía como si lo hubiera hecho.

Tampoco a Harriet la consideraron lo bastante importante para participar en esa parte del trato, pese a que se encontraba en Glen Tulloch. Había llegado antes que Maxwell y yo.

I: ¿Harriet? ¿Se refiere usted a la señora Chetwode-Talbot?

AJ: Por supuesto. Luego nos llamaron al despacho del jeque, y a mí se me dio a entender que debía presentarle un informe sobre el estado del proyecto hasta la fecha. No me hizo ninguna gracia. Pocos días antes había recibido varios e-mails de mi jefe, David Sugden, con respecto a un obstáculo clave. David me había dicho que se encargaría personalmente de los suministros, es decir, de conseguir los salmones vivos. Como de costumbre, David hablaba por hablar, no tenía la menor idea de dónde íbamos a sacar los salmones.

l: ¿De modo que entró usted en el despacho del jeque? ¿Quién estuvo presente en la reunión?

AJ: Sí, fuimos al despacho del jeque y nos sentamos alrededor de una larga mesa de caoba. Más parecía una mesa de comedor que una mesa de oficina, y lo único que recordaba a un despacho en aquella habitación era el escritorio grande con un monitor de plasma que había en un rincón. Malcolm, el mayordomo, nos sirvió té en tazas de porcelana y luego se retiró, y el jeque me hizo una seña para que empezara a hablar. Hice lo posible por ponerlo al día. Peter Maxwell dijo que él estaba allí como «observador». Por lo visto le había comentado ya al jeque que el primer ministro estaba entusiasmado con el proyecto y que le daba su respaldo, pero lo repitió para que lo oyéramos Harriet y yo, y el jeque murmuró unas palabras de agradecimiento. Después Maxwell se acomodó en su silla con expresión aburrida mientras yo completaba mi informe.

«Los compartimentos para el transporte de los salmones han sido ya diseñados y probados. Husskinnen, un especialista finlandés en ingeniería medioambiental, se ocupará de redactar el informe de viabilidad. En líneas generales, todo se ajusta a los costes estimados, y creemos que los salmones sobrevivirán al viaje sin más tensión de la necesaria por causa de vibraciones o ruidos, ya que el compartimiento queda completamente aislado del avión en sí.»

Taché un tema de mi lista y miré en derredor por si había preguntas. Aparte del jeque sólo estaban Harriet Chetwode-Talbot y Peter Maxwell, puesto que Malcolm ya se había marchado. Nadie dijo nada.

«Hemos analizado las muestras de agua del wadi Aleyn y los acuíferos. Por supuesto, necesito desplazarme hasta allí con un equipo para hacerme una idea de las condiciones y los desafíos a los que nos enfrentaremos, pero las muestras preliminares no apuntan a ningún factor perjudicial para el salmón, además del calor extremado y la falta de oxígeno disuelto.»

Peter Maxwell empezó a revisar correos electrónicos en su BlackBerry.

«El diseño de los tanques de retención está ya en su quinta revisión, jeque, y lamento decir que nuestros primeros cálculos económicos parecen ahora un tanto optimistas. Hemos rebasado en un veinte por ciento nuestro presupuesto inicial para esta fase. La empresa de ingeniería Arup se encarga de esta parte del proyecto. En líneas generales, prevemos instalar una serie de depósitos de hormigón contiguos al wadi. Dichos depósitos se llenarán de agua de lluvia, cuyo nivel permanecerá estable gracias al agua adicional bombeada desde el acuífero. Los depósitos serán parcialmente cubiertos por una malla de aluminio que permitirá la entrada de algo de luz solar pero reflejará la mayor parte del calor, lo cual debería mantener la temperatura del agua dentro de lo razonable. Además, dispondremos de termopermutadores a lo largo de las paredes del depósito para contribuir a eliminar el exceso de calor. Debemos conseguir un equilibrio entre el bienestar de los salmones y un gradiente de temperatura no demasiado brusco cuando penetren finalmente en el wadi. Habrá borboteadores en las paredes del depósito a fin de garantizar que haya suficiente oxígeno disuelto en el agua para que los peces sobrevivan. Tal vez le interesará saber que Air Products y BOC nos han ofrecido equipos de oxigenación a bajo coste, puesto que les interesa la publicidad que pueda reportarles el proyecto. Necesitaremos un permiso de urbanización para instalar estos depósitos, y presumo que será necesario llevar a cabo también una valoración del impacto medioambiental.»

Con un leve gesto de la mano, el jeque indicó lo absurdo e irrelevante de una valoración del impacto medioambiental. Luego abordé la parte del proyecto que más me preocupaba. Era un verdadero inconveniente. No había manera de conseguir un solo salmón. Creo haber dicho ya que David se equivocaba al confiar en que tenía esta parte del proyecto solucionada.

I: Hemos visto la correspondencia por correo electrónico al respecto.

AJ: Entonces ya sabrán cómo logró David enemistarse en muy poco tiempo con toda la gente que podía habernos ayudado. Habíamos mantenido conversaciones con la Agencia del Medio Ambiente y no pudimos encontrar un solo río en Inglaterra, Gales o Escocia en el que nos permitieran que nos lleváramos unos cuantos salmones. Recuerdo que Toro Price-Williams, mi contacto en la Agencia del Medio Ambiente, palideció cuando se lo sugerí en una de las reuniones a las que me envió David… para que tratara de calmar los ánimos después de que él hubiera estropeado ya el asunto.

«¿Sacar salmones de los ríos y enviarlos a Arabia Saudí? —dijo Tom—. Usted no conoce a la comunidad de pescadores. Antes preferirían vender a sus hijos como esclavos.» «En realidad es a Yemen», aclaré. «Se levantarían en armas —replicó—. Les importan más esos peces que nada en el mundo. No descarto que hubiera acciones guerrilleras si intentáramos algo semejante.»

Le expliqué todo eso al jeque. Peter Maxwell levantó la vista de la BlackBerry y el jeque frunció el entrecejo. Harriet ya estaba enterada porque yo se lo había contado en el avión. Pero aún había otras malas noticias. Aunque la Agencia del Medio Ambiente o la Agencia de Protección Medioambiental escocesa nos permitieran sacar unos pintos de salmón de alguno de los ríos con más abundancia de ejemplares, todavía quedaba otro inconveniente fundamental.

Esos pintos nunca habrían salido al mar, y en el plazo de un año sus instintos los llevarían a buscar agua salada, donde todos los salmones pasan dos o tres inviernos antes de volver a su río natal para desovar. De modo que quizá íbamos a invertir millones en criar salmones y enviarlos a Yemen para comprobar, al soltarlos en el wadi, que en vez de enfilar río arriba, quizá giraban, por decirlo así, a la izquierda, hasta desaparecer para siempre en el océano Índico. Eso arruinaría todo el proyecto.

«El siguiente paso —expliqué—, fue negociar con las agencias medioambientales la posibilidad de atrapar salmones criados en el Tyne o el Tweed o el Spey, y que una vez maduros hubieran regresado a sus ríos para desovar. Las agencias rechazaron de plano esta alternativa. En primer lugar, atrapar salmones maduros y después exportarlos a Oriente Próximo sería infringir la función estatutaria de las instituciones de proteger su piscicultura. Para que pudieran hacerlo sería preciso que el Parlamento aprobara una enmienda a sus atribuciones. Y, como me dijo Tom, probablemente se produciría un levantamiento popular.»

«Descartémoslo —dijo entonces Peter Maxwell. Ahora seguía la discusión, y las palabras "que el Parlamento aprobara" habían hecho que se incorporara de golpe, con las orejas más tiesas que una liebre—. Por ahí no vamos bien.»

«Desde luego —concedí—, y, de cualquier modo, las agencias nunca solicitarían la enmienda. El otro problema con que se encontrarían si se les propusiera esta medida es con una oposición abierta por parte de los pescadores. Ningún pescador de caña permitiría que un solo salmón que vuelve del mar y que él confía en pescar fuese sacado del río antes de que tuviera la oportunidad de capturarlo, y menos aún que se lo lleven de viaje a Yemen. Es sencillamente imposible.»

«Además —dijo Peter Maxwell—, lo que en el fondo persigue este proyecto, en lo que respecta al gobierno, es crear un clima de buena voluntad en Oriente Próximo. Quiero serle absolutamente franco, jeque Mohamed. Y eso sólo funciona si, a la vez, no contribuimos a enrarecer todavía más el ambiente aquí, en el Reino Unido. Un mal ambiente entre los votantes. Así que, volviendo a lo de antes, necesitamos otra solución o tendremos que desechar el proyecto.»

Se hizo el silencio. Harriet miró los papeles que había encima del escritorio y no dijo nada. Peter Maxwell fue mirándonos de uno en uno como si nos retara a plantar cara.

«Señor Maxwell—dijo con suavidad el jeque—, por supuesto que el proyecto seguirá adelante y por supuesto que saldrá bien. Tengo gran confianza en el doctor Alfred. Si viene a verme con un problema, es que ya ha dado con la solución a ese problema. ¿No es así, doctor Alfred?»

«Oh, claro —dije—. Tengo una solución, pero no estoy seguro de que vaya a gustarle.»

I: ¿Y cuál era esa solución?

AJ: Enseguida voy a eso. Terminada la reunión fuimos arriba para bañamos y cambiarnos, y luego bajamos a cenar.

I: ¿Dijo algo más Peter Maxwell, que usted recuerde, durante la cena?

AJ: Creo que nadie habló mucho. La cena transcurrió casi en silencio, con mucha formalidad. Malcolm, sigiloso como siempre, fue sirviéndonos una comida tan exquisita y unos vinos de tan buena calidad como recordaba de mi anterior visita a Glen Tulloch. Sin embargo, para mí fue como si hubiera tenido ceniza en el plato y vinagre en la copa. Me demoré una eternidad en comer, el vino lo tomé sin saborearlo. Ni siquiera Maxwell, tras un par de infructuosos intentos de hacer hablar al jeque sobre sus sentimientos de amistad hacia Gran Bretaña, tuvo mucho que decir.

Vi que Harriet me miraba un par de veces y comprendí que la expresión de mi cara traslucía sin duda lo mal que me sentía en ese momento. Nunca he tenido facilidad en disimular mis sentimientos. Durante un rato no se oyó más que el entrechocar de los cubiertos. Al jeque le daba lo mismo si alguien hablaba o guardaba silencio; él no sentía la necesidad de entretener ni de que lo entretuvieran. Ese tipo de conversación que parece que a nosotros nos hace falta como el aire que respiramos era ajena a él. Si había algo de que hablar, historias que contar, bien; si no, también.

Peter Maxwell no podía soportarlo. Era evidente que le gustaba ser el centro de atención, y sus dos o tres intentos de entablar conversación, esta vez con Harriet, habían sido en vano.

Finalmente dijo: «Jeque, como usted ya sabe, el primer ministro es un apasionado de la pesca. Es decir, lo sería si alguna vez dispusiera de tiempo para practicarla.» El jeque sonrió y dijo: «Lamento que no disponga de tiempo. Debe de ser triste amar mucho una cosa y no poder hacerla nunca.»

«Bueno, el primer ministro es un hombre muy ocupado, pero si este proyecto de los salmones funciona, a él le encantaría ir a verlo en persona.»

«Su primer ministro será bienvenido, si encuentra el momento para desplazarse», dijo el jeque.

«Ya, me refiero a que una invitación oficial por parte de usted alrededor de la fecha de presentación sería vista muy favorablemente en el Número 10.»

«¿Qué es el Número 10?», preguntó el jeque, haciéndose el perplejo.

«Me refiero al gabinete del primer ministro.»

«Oh, por supuesto. Su primer ministro puede venir entonces o cuando prefiera. Sólo tiene que decirlo y lo acogeremos en nuestra modesta casa, y así podrá venir con nosotros y disfrutar de su pasión por la pesca todo el tiempo que le permitan sus numerosos compromisos. Usted también será bienvenido, señor Maxwell. ¿Es otro apasionado de la pesca?»

«Nunca he tenido tiempo para probarlo —respondió el señor Maxwell—. Pero me encantaría ir. ¿Debo entender que estamos invitados a asistir a la inauguración del proyecto, cuando eso ocurra?»

«Claro, claro —dijo el jeque—. Sería un gran honor.»

«Una cosa, jeque —dijo Peter Maxwell—, naturalmente no sé cuánto tiempo podrá quedarse Jay hasta que hayamos revisado las fechas, pero imagino que si le doy a usted algunas fechas que él tiene libres por ahora, quizá podríamos ajustar el momento de la inauguración en función de ese calendario.»

«El doctor Alfred y Harriet Chetwode-Talbot son quienes llevan el proyecto, señor Maxwell. Sobre fechas y esos asuntos debe usted hablar con ellos.»

Peter Maxwell me miró y dijo:

«Téngame al corriente, Fred. —Era una orden, no un ruego. Luego se dirigió de nuevo al jeque—: Una última cosa. Jay, quiero decir, el primer ministro, cree que sería una idea estupenda en relación con el proyecto si fuera posible fotografiarlo a su lado sujetando una caña de pescar. Quizá podríamos organizarlo para que pescara algún salmón o algo, mientras está allí. Habíamos pensado que podría desplazarse a Sanaa, tomar un helicóptero hasta el wadi, reunirse durante unos veinte minutos con el equipo del proyecto y hacerse unas fotos saludándose, ofrecer quizá algún tipo de condecoración, y luego veinte minutos con ustedes (me refiero a usted, jeque, y algunas de las personas que hemos visto antes en el jardín), todos con cañas de pescar. Podríamos sacar también más fotos de grupo. Sería magnífico si todo el mundo llevara atuendo tribal, con esa especie de puñales. Quizá Jay podría ponerse una indumentaria típica, bueno, es decir, como si fuera un miembro honorario de la tribu…»

Noté que me ruborizaba de vergüenza ajena, pero el jeque sólo sonrió.

«¿Y cree usted que el primer ministro dispondrá de veinte minutos para pescar un salmón conmigo?», dijo.

«Tendremos que organizarlo, pero, sí, necesitaríamos una buena foto de Jay pescando un salmón. Estaría bien que fuese el primer salmón capturado en la península Arábiga. Eso daría una estupenda publicidad al proyecto. Naturalmente, dejaríamos que usted utilizara esas fotos para todo lo referente a la mercadotecnia.»

«A veces se tarda un poco más en pescar un pez —dijo el jeque—. Incluso aquí, en Glen Tulloch, donde tenemos muchos salmones, pueden pasar horas o incluso días hasta que alguien pesque uno.»

«Eso se lo dejaré a Fred —dijo Maxwell—. El es el experto. Pero el primer ministro contará con pescar un salmón. Fred, no me importa demasiado cómo lo consiga, pero asegúrese de que eso suceda.»

Lo miré fijamente, pero el jeque intervino antes de que pudiera mandar a Peter Maxwell a freír espárragos.

«Estoy convencido de que el doctor Alfred encontrará la manera de tener contento a su primer ministro. Si, como usted dice, es un apasionado de la pesca, será feliz pase lo que pase, y estaré encantado de recibirlo en el wadi Aleyn y de ir a pescar juntos a nuestro nuevo río, al margen de que el doctor Alfred pueda conseguirle un pez. Será lo que Dios quiera.»

«Estupendo —dijo Peter Maxwell—. Creemos que este proyecto es una idea excelente, jeque, muy imaginativa e innovadora, y al primer ministro le satisface enormemente que cuente usted con ingenieros y científicos británicos para lograr su objetivo. Nosotros queremos formar parte del proyecto para que así la nación yemení comprenda que los británicos somos un aliado solidario, prodemocracia y propesca, y que deseamos compartir nuestra tecnología para que los futuros pescadores yemeníes puedan hacer realidad sus sueños.»

Miró en derredor como si hubiera pronunciado un discurso, quería ver el efecto que había causado en nosotros. Supongo que fue una especie de discurso. El jeque asintió con la cabeza y dijo:

«No entiendo de política, señor Maxwell, sólo soy alguien que quiere compartir el placer de pescar salmones con gente de su tribu y demostrarles lo que se puede hacer cuando hay fe suficiente.»

«Con su fe y nuestra tecnología, tendremos salmones brincando por todas partes —dijo Peter Maxwell—, y cuente con que llegarán montones de turistas a Yemen dispuestos a gastar para beneficiarse de esta experiencia pionera. Recuperará usted con creces el dinero invertido, estoy seguro. Bueno, si me disculpan, debo responder unos cuantos e-mails antes de acostarme.» Cogió su BlackBeny y se fue arriba

«No creo que el señor Maxwell nos haya comprendido todavía —dijo el jeque cuando Peter Maxwell hubo salido del comedor—. Pero quizá algún día Dios se le revelará y lo ayudará a entender.»

Nos quedamos allí los tres un rato más. Las velas estaban casi consumidas. La presencia del jeque Mohamed ejerció un efecto sedante en mí, especialmente sin la desabrida presencia de Peter Maxwell. Durante un rato nadie habló.

Me pregunté si el jeque haría algún comentario más sobre Peter Maxwell, pues aunque no había mostrado el menor indicio, estaba seguro de que le resultaba antipático. Sin embargo, me sorprendió al volver sus ojos hacia mí y decir: «Parece usted triste, doctor Alfred.» No supe qué decir. Me ruboricé de nuevo y agradecí que la luz de las velas probablemente disimulara un poco el cambio de color de mi piel. Vi que Harriet nos miraba al jeque y a mí, fijamente.

«Üh… no es nada. Pequeños problemas domésticos,  eso es todo», dije.

«¿Algún enfermo en casa?»

«No, no se trata de eso.»

«Entonces no me lo cuente, no tengo por qué saberlo, pero siento que esté triste. Preferiría verlo con el ánimo alegre y metido en cuerpo y alma en nuestro proyecto. Necesita usted aprender a tener fe, doctor Alfred. Nosotros creemos que la fe es el remedio que cura todos los males. Sin fe no hay esperanza y tampoco amor, o caridad. La fe está antes que la esperanza, y antes que el amor.»

«Me temo que no soy muy religioso, jeque.»

«Eso no puede saberlo —repuso él—porque no ha mirado en su interior, nunca se lo ha preguntado. Es posible que algún día suceda algo que lo lleve a cuestionárselo. Creo que le sorprenderá la respuesta.» Sonrió como si se diera cuenta de que la conversación estaba tomando derroteros demasiado profundos para la hora que era, y luego hizo un gesto con la mano. Malcolm apareció por arte de magia, y me sobresalté, pues me había quedado absorto escuchando al jeque. El mayordomo, que debía de haber estado en la zona de sombra, observando y quizá prestando atención, le retiró la silla al jeque cuando éste se incorporó. Harriet y yo nos levantamos al mismo tiempo. «Buenas noches —dijo el jeque—. Que el sueño les aporte tranquilidad de espíritu.»

Cuando se hubo marchado, Harriet y yo subimos juntos la escalera sin cruzar palabra. Ya en el rellano, ella se volvió y me dijo: «Fred, si alguna vez quiere hablar de algo… aquí me tiene. Me doy cuenta de que las cosas no le van bien. Me gustaría que contara conmigo como amiga. Tampoco me gusta verlo apenado.» Se inclinó para besarme en la mejilla y pude aspirar su cálido perfume. Su mano rozó un momento la mía. «Gracias», le dije, mientras ella iba ya hacia su habitación. No sé si me oyó.

Estuve pensando un rato en mi vida mientras me desnudaba en la habitación. Aún había lumbre en el hogar, el ambiente estaba caldeado. Colgué la ropa prestada en el armario, me puse el pijama prestado y, después de cepillarme los dientes, me metí entre las blancas sábanas de hilo de la enorme y mullida cama.

Qué velada más extraña.

Recuerdo haber pensado entonces que todo en mi vida es extraño. Navego por mares ignotos mientras mi pasado permanece en tierra, visible todavía a través de la bruma de la retrospección, pero convirtiéndose en apenas una línea gris en el horizonte. Lo que me espera, lo desconozco. ¿Qué había dicho el jeque? Notaba que el sueño estaba a punto de vencerme y las palabras que me vinieron a la cabeza, justo antes de quedarme dormido, fueron suyas pero al mismo tiempo parecían proceder de alguna otra parte: «La fe está antes que la esperanza, y antes que el amor.»

Esa noche dormí mejor que nunca desde hacía mucho tiempo.

I: Explique cómo encontró los salmones.

AJ: No es un recuerdo que me resulte nada agradable. El helicóptero vino a recogemos al día siguiente, después de desayunar. El jeque, Harriet, Peter Maxwell y yo subimos y nos abrochamos los cinturones. Las paletas empezaron a girar y, al cabo de un momento, los tejados grises y los verdes céspedes de Glen Tulloch quedaron allá abajo. Sobrevolamos entre nubes de lluvia los oscuros brezales, que subían en paulatina pendiente hasta convertirse en montañas escarpadas.

Luego el helicóptero siguió una hilera de lagos rumbo al sudoeste. Creo que debía tratarse del Great Glen. Nubes bajas rozaban el aparato oscureciendo por un instante la vista, hasta que de repente el cielo quedó despejado y pareció que estuviéramos volando directos hacia el sol. A nuestros pies, trechos de agua se alternaban con los esponjosos verdes y marrones de los salientes, y vi que perdíamos altura y nos aproximábamos a la orilla de una ría. Eché un vistazo a las construcciones que esperaba ver debajo de nosotros.

Aterrizamos en un aparcamiento vacío cerca de unas casetas prefabricadas. Más allá había un embarcadero con un par de barcas amarradas, y al fondo unas estructuras metálicas a flor de agua brillaban bajo el sol. Cuando el rotor dejó de girar, la puerta de una de las casetas se abrió y dos personas con chubasquero y casco vinieron a recibirnos.

Cuando pusimos pie en tierra, entre los rugidos del aparato oí que uno de ellos gritaba: «¿Doctor Jones? ¿El doctor Alfred Jones?» El piloto apagó los motores y respondí: «Yo soy. ¿Archie Campbell?»

«El mismo. Bienvenido a McSalmon Aqua Farms, doctor Jones.»

Le presenté a Peter Maxwell, Harriet y al jeque. Este último llevaba una boina, un pullover de aspecto militar, con charreteras, y un pantalón de faena caqui. Harriet y yo vestíamos chaquetas impermeabilizadas y vaqueros. Peter Maxwell lucía una gabardina blanca encima del traje, y recuerdo que pensé que parecía un inspector privado de una película mala.

Archie Campbell señaló a su espalda las jaulas amarradas en la ría. «¿Quiere que se las enseñe?», preguntó. «Ésa era la idea, sí», respondí.

Entramos en la caseta prefabricada y nos dieron tazas de Nescafé caliente. Luego Campbell dijo: «Muy bien. Permítanme que les explique lo que hacemos aquí. Criarnos los mejores salmones del mundo. No crean todo lo que les cuenten por ahí. Los salmones de vivero no tienen nada de malo. Al menos uno sabe dónde han estado, no como los salmones silvestres, ¡que pueden haber nadado en sabe Dios qué aguas!»

Soltó una sonora carcajada para indicar que estaba bromeando. En la pared había una gráfica plastificada que mostraba las diferentes fases de cultivo del salmón: el criadero de agua dulce donde a partir del stock de cría se desarrollaban los alevines; las jaulas donde los esguines se convertían en juveniles; las jaulas de mayor tamaño y más adentradas en agua salada donde éstos se transformaban con el tiempo en salmones maduros. Archie nos lo mostró todo y, cuando quedó claro que ya habíamos visto bastante, propuso una vuelta en barca.

Había una barca de pesca amarrada a un embarcadero; subimos a ella y nos dirigimos lentamente hacia el centro de la ría. Ahora que estábamos cerca, pudimos ver que las estructuras metálicas eran una serie de estacadas flotantes que formaban la parte superior de unas jaulas grandes amarradas al lecho de la ría. Dentro de estas estacadas se veía el agua en pleno frenesí de movimiento con las desesperadas idas y venidas de decenas de miles de peces deseosos de estar en cualquier parte menos allí. A cada momento un pez saltaba del agua como si intentara escapar o escalar una invisible escala salmonera o trepar por una cascada que su instinto o la memoria de su especie le decían que tenía que estar allí. Me resultó casi insoportable mirar. He aquí un pequeño animal cuyo profundo instinto lo impulsaba a nadar río abajo hasta detectar el olor salado del océano, y a continuar en busca de la zona de alimentación de sus antepasados en el extremo septentrional del Atlántico, donde pasaría los dos o tres años siguientes. Y después, gracias a un milagro aún más inexplicable, regresaría al sur pasando frente a los estuarios de todos los ríos donde podría haber nacido hasta que algo lo hiciera subir de nuevo hacia el norte por las aguas costeras buscando hasta percibir, por el olfato u otro sentido, las aguas de río que conducían al lugar donde otrora fue desovado. Pero estos salmones se pasaban la vida en una jaula de unos cuantos metros de profundidad y otros tantos de anchura.

«Fíjense en esos pequeñines —dijo Archie Campbell con cariño—. Fíjense en la cantidad de ejercicio que hacen. No me digan que no están tan en forma como los salmones salvajes.»

El agua que rodeaba las jaulas estaba turbia por los residuos, y los desperdicios se extendían por doquier. El jeque miró alrededor con creciente desconsuelo. Después se dirigió a mí: «¿Esta es la única manera? ¿La única?»

«Sí —le dije—, la única.»

«¿Y cuántos decía usted que necesitaba, doctor Jones?», preguntó Archie Campbell.

«Todavía estamos calculando, pero del orden de unos cinco mil. Si fuera posible…»

«Es un pedido muy grande. Necesitaremos saberlo con bastante antelación.»

«Por supuesto», convine.

En el vuelo de regreso a Glen Tulloch, el jeque se mantuvo en silencio durante un largo rato. Sabía que no era eso lo que él tenía en mente. Él se había imaginado unos peces limpios y relucientes que, después de cruzar las tormentosas aguas del Atlántico Norte para volver a casa, aparecían milagrosamente en las aguas del wadi Aleyn, y no esos peces infestados de piojos, nacidos y criados en una especie de prisión gigantesca.

Sin embargo, no había otra solución; tendríamos que servimos de aquellos peces. Finalmente, el jeque sonrió con amargura y le dijo a Peter Maxwell:

«¿Se da cuenta, señor Maxwell, de cómo responde este proyecto a los deseos de su gobierno, de qué bien encaja con su política? Pondremos en libertad a estos salmones cautivos. Serán libres. Les daremos una oportunidad. Los soltaremos en las agua del wadi y ellos podrán votar si quieren ir hacia este lado y volver al mar, o hacia el otro e ir a las montañas. Creo que es muy democrático, ¿no?»

Peter Maxwell, lo recuerdo bien, se mordió el labio y no dijo nada.