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Correspondencia entre el capitán Robert Matthews
y la señorita Harriet Chetwode-Talbot
Capitán Robert Matthews
BFPO Basra Palace
Basora
Irak
1 de noviembre
Querido Robert:
Continúo escribiéndote y ellos siguen devolviéndome las cartas con un «dirección desconocida». Le pedí a mi padre que llamara a uno de sus viejos amigos del regimiento pero no sacó nada en claro, y ni siquiera el comandante general fue capaz de dar una sola pista ni de tu paradero ni de tu misión.
Así que ésta es la situación. Me quedo mirando el montón de cartas que me han devuelto y pienso en todo lo que quería decirte —que te decía, en realidad— y que tú no has llegado a leer. Tampoco vas a leerlas cuando regreses, porque me daría vergüenza enseñártelas. Pero, de momento, las guardo. Es una especie de monólogo, o como hablar con alguien que estuviera dormido, pero es mejor que nada. Cuando vuelvas, hablaremos de otras cosas.
Sigo consultando la web del Ministerio de Defensa donde sale la lista de víctimas de la Operación Telic 2. Así es como llama el ministerio a lo que estáis haciendo en Irak, ¿no? Tu nombre no aparece, pero cada mañana entro en la página web y experimento unos instantes de congoja al leer los nombres nuevos de la lista. Cada vez es más larga.
Qué hipócrita es la gente. No voy a la iglesia, no he vuelto desde que dejé el instituto salvo para la boda de alguna amiga y los funerales de amigos de mis padres. Pero últimamente me ha dado por rezar por ti. Rezo a un Dios en cuya existencia no creo, pero le rezo igual.
Y lo que recibo, tanto de Dios como de ti, es un silencio ensordecedor. Hasta tal punto me resulta insoportable, que he hecho algo que juré no hacer nunca porque sé que te enfadarás cuando te enteres. La semana pasada llamé al Comando 41 de Infantería de Marina y pregunté si alguien podía decirme dónde estabas. Me pasaron con varias personas, pero nadie parecía tener la menor idea. Apenas estaban dispuestos a reconocer que existieras, pero continué llamando hasta que por lo visto pude traspasar la muralla defensiva, porque una voz que sonaba alegre y muy diferente de las anteriores me dijo: «Caramba, ¿cómo ha conseguido que le pasen conmigo? ¿Bob Matthews? Lo último que supe de él es que estaba en As Sulimaniyah, una región de bandidos, cerca de la frontera con Irán.» Pero antes de que yo pudiera sonsacarle algo más concreto, alguien lo hizo callar y entonces oí otra voz, una voz melosa, que decía: «Lo siento, señora, por motivos operacionales no podemos dar esa clase de información.» Debo de haber probado una docena de veces desde entonces, he llamado a tu regimiento, al ministerio. Lo he intentado incluso en el Centro de Apoyo a las Familias, pero me dijeron que no disponían de información.
Tu madre me ha telefoneado un par de veces. Han guardado mucho la compostura respecto a este asunto. Sé que tu padre sirvió en Irlanda del Norte y quizá también en otros sitios peligrosos, así que estarán más acostumbrados a la idea de que la gente pueda permanecer ilocalizable durante semanas. Tu madre repite: «No te preocupes, Harriet. Al final siempre aparece. Supongo que no debe de tener tiempo para ponerse a escribir.» Pero me parece que está preocupada, se lo noto en la voz. Yo sigo adelante con mi vida, Robert, estoy muy liada, pero quiero ser honesta contigo aunque nunca llegues a leer esto. La inquietud es como un dolor de cabeza. A veces es más bien como lo que imagino que se siente cuando tienes un tumor maligno. En ocasiones, aunque no a menudo, el dolor es atroz. Por regla general suele ser un dolor sordo pero constante.
En cualquier caso, con tanto trabajo casi no tengo ni tiempo para pensar. El proyecto, que es como nos referimos aquí al plan del jeque yemení, me tiene ocupada todo el día. Probablemente no recuerdas de qué hablo; ya no sé qué es lo que te conté de este asunto antes de que empezaran a devolverme las cartas. Es un proyecto de lo más absurdo: introducir la pesca del salmón en un país desértico. Y sin embargo se está llevando a cabo.
La semana que viene viajo a Yemen. Estaremos allí varios días como invitados del jeque para completar nuestros estudios de campo y hacer las últimas comprobaciones. Ya ves, cariño, ¡estaré en Oriente Próximo al mismo tiempo que tú! Viajaré con Fred, el científico, y el propio jeque; inspeccionaremos las obras, que han comenzado ya, y echaremos un vistazo al wadi Aleyn donde algún día, según cree el jeque, nadarán salmones. Fred está entusiasmado con el viaje. Ahora trabaja como asesor para Fitzharris & Price. El CNFP lo despidió por motivos políticos que ni él ni yo comprendemos, aunque el jeque sí lo entiende. Ahora es el patrón de Fred. Total, iremos a Sanaa en el jet privado y de allí en coche hasta las montañas, los montes Haraz. Suena misterioso, es un nombre del Antiguo Testamento.
Resulta frustrante que estés a unos centenares de kilómetros de distancia pero que, a efectos prácticos, sea como si estuvieras en la otra punta del planeta. De hecho, miré en un mapa y sé que te encuentras a unos 2.500 kilómetros de donde voy a ir. Ojalá supiera exactamente cuál es tu paradero, ahora mismo, mientras escribo esto.
No puedo soportarlo.
Muchos besos,
Harriet
Capitán Robert Matthews
BFPO Basra Palace
Basora
Irak
4 de noviembre
Mi querido Robert:
Te escribo tan pronto otra vez porque nos ponemos en marcha dentro de tres días y no sé cuándo podré volver a escribir. Anoche sucedió algo que necesito contarte.
Mañana volamos a Yemen. Pasaremos dos días en Sanaa, la capital, antes de desplazarnos a la casa que el jeque tiene en Al Shisr, cerca del wadi Aleyn. Esta semana ha habido muchísimo trabajo, casi no he tenido tiempo de pensar más que en los preparativos del viaje. Fred (me refiero al doctor Jones) ha estado genial. Cuando lo conocí me pareció muy pedante. Me dijo que todo el proyecto era ridículo y que no pensaba dedicarle más de cinco minutos. Desde entonces ha cambiado mucho. Es un tipo bastante agradable, chapado a la antigua, puritano, diría yo, y totalmente volcado en su profesión. Aparte de eso está pasando un mal trago debido a su vida conyugal, pero no ha dejado que afecte en absoluto a su trabajo.
El jeque le sirve de inspiración. El jeque nos inspira a todos, de hecho. En general estoy tan absorta en los detalles del provecto que no he tenido tiempo de meditar sobre lo que estamos haciendo. Es una manera de protegerme, en realidad, porque la idea original es absolutamente estrafalaria. Si alguna vez me pusiera a pensar en lo que estamos intentando llevar a cabo, lo más probable es que no fuera capaz de seguir adelante. No hizo falta que Fred (cuando aún era el doctor Jones) me dijera que los salmones necesitan agua fresca y rica en oxígeno para vivir, ni que las condiciones en Yemen estaban lejos de ser las ideales. Eso ya lo tengo claro.
El jeque, sin embargo, cree que puede hacerse. Está convencido de que Alá quiere que él lo realice, y actúa en consecuencia. El fracaso está descartado. El jeque nunca muestra temor o dudas. Y consigue que, como él, todos tengamos fe. Nos concentramos en los detalles de cada avance que debamos realizar, pensando: «Si podemos hacer que esto funcione, quizá podremos dar el siguiente paso; si podemos trasladar los salmones, sanos y salvos, a las montañas; si podemos mantenerlos razonablemente frescos en los tanques hasta que vengan las lluvias; si las lluvias llegan y los cauces son apropiados, podemos soltar los salmones en el wadi; si remontan la corriente y… si, si, si…» Sin embargo, como Fred no se cansa de repetir, nosotros contamos con la tecnología. El resto depende de los salmones.
Trato de pensar en otros proyectos descabellados donde la fe ha superado a la razón y la sensatez: las pirámides, Stonehenge, la Gran Muralla china, o ya que estamos, el Millennium Dome en Londres. No somos los primeros ni los últimos en desafiar al sentido común, a la lógica, a la naturaleza. Puede que sea una monumental locura. Estoy segura de que sí. Estoy segura de que la gente se reirá de nosotros y se mofará durante el resto de nuestras vidas. Tú no podrás casarte conmigo porque siempre seré la chica que una vez trabajó en el proyecto Salmón en Yemen.
Anoche nos quedamos hasta muy tarde en nuestro despacho, revisando el inventario de material, las previsiones de caja y la planificación. El jeque controla hasta el último detalle de su proyecto. Si fracasa, no será porque se haya olvidado de algo. Mientras me encontraba yo ordenando papeles y apagando los ordenadores, dijo: «Harriet Chetwode-Talbot, siempre estaré en deuda con usted. Ha trabajado para mí con mucha dedicación.» Casi siempre me llama por mi nombre completo, no sé por qué. Bueno, el caso es que me ruboricé. El suele impartir instrucciones, pocas veces reparte halagos. «Usted cree que nuestro proyecto fracasará.»
No fue una pregunta. Respondí balbuceando, pero él pasó por alto mis palabras. «Piénselo de otra manera. El mismo Dios que me creó a mí, creó al salmón, y en su sabiduría nos reunió y de este modo me dio los momentos más felices de mi vida. Ahora quiero devolverle el favor y llevar esa misma felicidad a mi pueblo. Aunque sólo consigamos que haya cien peces, aunque sólo uno de ellos llegue a ser pescado, piense en lo que habremos logrado. Algunos hombres en mi misma situación, poseedores de una gran riqueza y de la libertad para gastarla como les place, han construido mezquitas. Otros han edificado hospitales o escuelas. También yo he edificado hospitales, escuelas y mezquitas. ¿Qué importa un hospital o una mezquita más? Puedo adorar a Dios frente a mi tienda en el desierto igual que dentro de una mezquita. Quiero ofrecer a Dios la posibilidad de que haga un milagro, un milagro que, si él quiere, será realidad. No usted, ni el doctor Alfred ni los sabios ingenieros y científicos que hemos contratado. Ustedes y ellos han preparado el camino, pero lo que pase será voluntad de Dios. Ustedes habrán estado presentes en el momento del milagro y me habrán sido de una gran ayuda, pero el milagro sólo es de Dios. Cuando alguien vea un salmón en las aguas del wadi Aleyn, ¿podrá dudar todavía de la existencia de Dios? Ése será mi testamento, peces plateados nadando en las aguas pluviales de un país desértico.»
Mi humilde intento de poner por escrito las palabras del jeque, lleno de errores y omisiones, no puede captar por entero la personalidad de ese hombre. Cuando habla así, me imagino el efecto que debieron de causar los profetas del Antiguo Testamento en quienes los escucharon. Las palabras del jeque, sus pensamientos, penetran en mi cabeza y resuenan en mi memoria, están presentes incluso en mis sueños.
Ahora paso a algo oscuro, algo que ojalá no hubiera sucedido. Pero tengo que contártelo.
Cuando salí del despacho con el jeque, su coche apareció como por arte de magia, se detuvo a su lado y él, como hace a menudo, me ofreció llevarme a casa. El chófer lo deja a él primero en Eaton Square y luego me lleva a mí. Suelo aceptar el ofrecimiento. Pero esa noche me dolía la cabeza de tanto mirar cifras diminutas en la pantalla del ordenador, de modo que dije que prefería pasear un rato y que luego tomaría un taxi.
Iba andando por St. James's Street en dirección a Piccadilly cuando un hombre alto que vestía abrigo largo azul marino se puso a mi altura. No le había oído ni visto acercarse y me sobresalté muchísimo. Mi primera reacción fue apartarme de él y cruzar la calle, pero antes de que pudiera hacerlo, el hombre dijo:
—No se preocupe. Soy amigo de Bob Matthews.
Se paró y dejó que lo mirara detenidamente a la luz de una farola. Mi corazón recuperó un poco el ritmo normal. Me pareció evidente que se trataba de un soldado. Cuando mi padre, y tu padre y tú, y muchos otros amigos o parientes están o han estado en las fuerzas armadas, no es difícil distinguir a un soldado. Era alto, enjuto, de cutis más bien oscuro, pelo negro con calva incipiente, cejas negras arqueadas y ojos castaños. No sé si con esta descripción podrás reconocerlo. No sonreía.
—¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? —le pregunté. Creo que me temblaba la voz. El hombre me había asustado al aparecer tan de repente y de manera tan silenciosa.
No me dijo su nombre, solamente que era amigo tuyo, del mismo regimiento, y que tenía algo que explicarme.
Entonces añadió (y sus palabras me produjeron escalofríos):
—Es mejor para ambos si no sabe mi nombre. Quiero explicarle algo, pero no aquí, en la calle. ¿Confía en mí lo suficiente para dejar que la invite a una copa? Conozco un sitio cerca de aquí.
Yo entonces ya me había tranquilizado. Lo que me dominaba era la curiosidad por saber qué tenía que decirme. Estaba convencida de que no corría el menor peligro. Asentí con la cabeza, pues todavía no estaba segura de que si hablaba no me temblara la voz, pero él volvió a asustarme cuando me dijo que era mejor si no andábamos juntos, que lo siguiera unos pasos atrás. Eso hizo que sintiera algo completamente nuevo para mí, como si alguien estuviera vigilándome, como si más allá de la luz de las farolas y los escaparates medrara algo amenazador. Sin esperar mi respuesta, el hombre dio media vuelta y echó a andar calle arriba.
Cruzó Piccadilly para meterse por Dover Street, y después torció por una bocacalle y entró en un pequeño pub. Dentro había mucha gente, ruido y ajetreo, pero vi a tu amigo sentado a una mesa en un rincón más tranquilo. Antes de que pudiera hacerle ninguna pregunta, él me sugirió que tomásemos una copa de vino. Asentí, murmuré algo, y poco después él volvía a la mesa con dos copas grandes de vino blanco.
—Se supone que no debería hablar con usted —dijo, sin más preámbulos—. Probablemente me vería en un buen aprieto si se descubriera que he dado información a un civil sobre asuntos militares, de modo que en cuanto me marche de aquí olvídese de que nos hemos visto.
Se lo prometí y lo miré, deseando que empezara ya, que me contara las cosas horribles que todavía no habían sido dichas. Intuía que no habríamos estado allí sentados si lo que tenía que decirme hubiera sido bueno, agradable de escuchar. Pensé «Dios mío, que no haya muerto». Creo que él se dio cuenta, porque estiró el brazo y me dio unas palmaditas en la mano. Entonces dijo que era el oficial con quien había hablado cuando llamé al regimiento. No reconocí la voz. La de la persona que habló conmigo era alegre, y en el tono de ese hombre no había rastro de la menor alegría ni optimismo.
Le expliqué que todo el mundo insistía en que no era posible revelar tu paradero por motivos operacionales, pese a que tú me dijiste al partir hacia lrak que sólo ibais a realizar un pequeño recorrido por la provincia de Basara.
—Pues le han tomado el pelo.
—¿A qué se refiere? —pregunté.
Él bebió despacio, levantó las cejas y miró mi copa. Supe que me estaba animando a beber antes de que continuara. Tomé un sorbo. El vino no estaba frío ni era demasiado bueno, pero apenas lo noté. Rápidamente, el alcohol me proporcionó un calor fugaz.
—Me refiero a que Bob está donde no debería. Se halla con un destacamento, atrapado en territorio iraní. Lo malo es que el ETI sabe aproximadamente dónde están.
—¿Qué es el ETI?
—El ejército de ellos. Mando operativo occidental. Ésa es la mala noticia.
No pregunté cuál era la buena. No podía imaginar que hubiera ninguna. Tomé otro sorbo. Tuve que usar las dos manos para llevarme la copa a los labios, de lo mucho que temblaba.
—La buena noticia es la misma. Me explico: el ETI apenas sabe aproximadamente dónde están; no lo sabe con exactitud. En esa región hay infinidad de lugares donde esconderse, de modo que Bob estará a salvo… durante un tiempo.
—Entonces ¿qué va a ser de Robert?
—Él y su destacamento deberían ser rescatados, lo antes posible. Mediante un helicóptero. —Pregunté por qué no te rescataban y punto, si el peligro era tan evidente—. No estamos autorizados a sobrevolar el espacio aéreo iraní. No estamos autorizados a admitir que tenemos un destacamento en su territorio, aunque hace años que entran y salen soldados por sus fronteras. Es una operación clandestina. Si enviáramos helicópteros y fueran detectados, los iraníes armarían un escándalo de mil demonios. Entonces tendríamos que reconocer que habíamos enviado gente a esa zona, y eso suscitaría preguntas en el Parlamento. El revuelo sería enorme. Por desgracia, enviar allí helicópteros es exactamente lo que el ETI espera que hagamos ahora.
Le pregunté quién te había enviado a Irán, cuando se suponía que no podíamos entrar allí.
—Nunca sabemos de quién parten las ideas, pero por supuesto el último responsable es Downing Street. Bob y su equipo tenían la misión de infiltrarse, dinamitar no sé qué cosa que alguien había decidido que era preciso dinamitar, y después salir del país. Bob consiguió infiltrarse, pero alguien los descubrió.
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —pregunté. Debí de alzar mucho la voz, porque tu amigo miró en derredor. Quizá hasta grité. Una o dos cabezas se volvieron hacia nosotros, pero apartaron la vista ante la mirada fija de tu amigo. Hice un esfuerzo por tranquilizarme—. ¿Qué podemos hacer? —repetí—. ¿Por qué me cuenta esto?
Se inclinó sobre la mesa y habló con especial intensidad:
—Alguien tiene que dar la voz de alarma. Su padre, el general Chetwode-Talbot, es bastante conocido y respetado. El padre de Bob todavía tiene amigos y admiradores en las fuerzas armadas. Debe usted contárselo a uno de los dos, o a ambos. Hacer que hablen con algunos parlamentarios. Plantear el tema en una sesión de la Cámara y que el asunto salga a la luz. Así no tendrán más remedio que hacer algo por Bob.
—Ya, pero ¿qué les digo?
—Procure que su padre llame a un parlamentario de su confianza y le diga que ha recibido información específica y detallada de que el capitán Matthews del Comando 41 y su unidad están atrapados en territorio iraní, tras haber cruzado accidentalmente la frontera en pos de unos insurgentes en la zona oriental de lrak junto al lago Qal al' Dizah. Escríbalo. —Me dejó un momento para que buscara papel y bolígrafo en mi bolso y luego me lo deletreó—. Dígale que Bob estaba persiguiendo a un grupo de insurgentes pero que ahora él y su equipo de seis hombres están inmovilizados en el lado iraní de la frontera.
—Pero eso no es lo que me acaba de contar…
—No importa. Si todo el mundo cree que llegaron allí por accidente, quizá podamos alcanzar un acuerdo con Irán y sacarlos del país. Cualquier otra opción es demasiado arriesgada en estos momentos. —Apuró el vino y luego añadió—: Lo importante es que usted insista en que la información que ha recibido es cierta y que es urgente que el gobierno británico obtenga un salvoconducto por parte del gobierno iraní, a fin de que estos hombres puedan ser evacuados en helicóptero y devueltos a lrak.
—¿Cree que lo harán?
—Si logra usted que un diputado formule una pregunta en la Cámara, algo tendrán que hacer. Se lo diré de otra manera: no me gusta ser tan brusco, pero Bob está metido en un lío del demonio, y todavía será peor si alguien no interviene pronto.
Se puso de pie.
—No se marche —imploré, agarrándolo por la manga del abrigo—. Seguro que tiene más cosas que contarme.
—No, nada más. Por su propio bien, por el de Bob, haga todo lo que pueda, esta noche si es posible. Mañana como muy tarde.
Después se marchó. Ahora estoy en casa. He llamado a mi padre y él se ha encargado de llamar al parlamentario, porque yo ya era incapaz de juntar dos palabras sin echarme a temblar. ¡Qué patética soy cuando hay una verdadera emergencia!
Lo he escrito como sucedió. No te enviaré esta carta porque no te llegará y porque podría leerla quien no debe, pero es preciso que quede constancia de lo sucedido esta noche. No puedo creer que te hayan hecho esto, Robert. Me parece increíble que te hayan traicionado así. Pero te sacaremos. Mi padre tiene amigos que a su vez tienen amigos a los que el gobierno no puede pasar por alto o silenciar. Ojalá pudieras oírme decir lo que estoy escribiendo, oírlo desde dondequiera que estés: te sacaremos de ahí.
Te quiero,
Harriet