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Fragmento de la autobiografía inédita de Peter Maxwell
Después de que se me ocurriera la idea del programa concurso, supe que me había sido otorgada la absoluta clarividencia de cómo ganar la guerra de los corazones y las mentes en Oriente Próximo. Así que la llevé al Gabinete. Cuando digo el Gabinete, me refiero a los tres o cuatro ministros que venían los viernes por la noche a pasar un rato en la Sala Terracotta del número 10 de Downing Street, a no ser que por alguna razón tuvieran asuntos pendientes en el Parlamento.
Se sentaban allí con Jay, abrían unas botellas de Chardonnay y decidían cómo había que gobernar el país. Los habituales eran: Reginald Brown, el ministro del Interior; Davidson, que en esa época llevaba Defensa; y el entonces ministro de Asuntos Exteriores, que luego se convertiría en premier. El ministro del Economía y Hacienda, James Burden, también solía estar presente.
Le había mencionado a Jay que estaba dándole vueltas a una idea buenísima, una idea que nos pondría otra vez en primera plana. Quería ver qué opinaba él (y ellos) y obtener algunas impresiones antes de diseñar un plan detallado. Jay me dijo que acudiera a la reunión la noche del viernes siguiente. Yo sabía que a las ocho ya habrían llegado todos y habrían tomado al menos una copa, pero aún serían capaces de abordar cualquier tema que yo les presentara, como hacía a veces. Era el mejor momento para captar su atención. Subí la escalera y llamé a la puerta. Jay dijo que pasara.
Estaban los cinco arrellanados en sillones y sofás, con un par de botellas de vino blanco semivacías sobre una mesita baja. Jayme ofreció una copa, que acepté pero no llegué a tocar. Ya bebería después, cuando me dieran palmadas en la espalda felicitándome por mi idea.
—Caballeros —empecé—, voy a explicarles cómo ganar los corazones y las mentes de la población de a pie de Oriente Próximo sin disparar un solo tiro.
No le había contado a Jay de qué trataba la idea que iba a exponer. Jay confiaba en mí. Sabía que si tenía algo que decirles, valdría la pena escucharlo. Yo, en cualquier caso, asistía con frecuencia a esas reuniones, pero a Jay le gustaba dejar claro que lo hacía por invitación expresa de él. El caso es que estaban allí sentados, sin chaqueta ni abrigo, el nudo de la corbata aflojado, la cara un poco sonrosada por el vino. Cuando entré, hablaban precisamente de Oriente Próximo, de modo que mi llegada no podía ser más oportuna.
Di lo que les vas a decir, díselo, y por último diles lo que les has dicho. Ese ha sido siempre mi método, y jamás me ha fallado. Así pues, les anuncié grosso modo lo que iba a decirles, después hice un resumen de mi propuesta para crear el nuevo canal de televisión La Voz Británica, y luego me extendí sobre algunas ideas que estaba empezando a barajar en cuanto a contenidos de programas. Les hablé también de una idea para una nueva tarjeta de crédito fácil de usar y válida para todo Oriente Próximo: crédito concedido al instante para todo aquel que supiera firmar un formulario con su nombre, respaldado por todos los bancos británicos importantes y suscrito por el tesoro público mediante dinero del presupuesto para defensa. Vi que esto último hacía levantar la vista al ministro de Economía y al de Defensa, y supe que mi mensaje estaba siendo captado.
Les hablé de los televisores de bajo coste que serían distribuidos en los países donde más nos interesaba ampliar nuestra influencia, televisores que solamente podrían sintonizar un canal, La Voz Británica, y la red de transmisores que emitiría los nuevos programas veinticuatro horas al día durante toda la semana, incluido el sabbat. Luego les hablé de mi programa concurso, el buque insignia del canal.
Hice la presentación sin portátil ni proyector digital, sin PowerPoint, sin gráficas ni notas. La gente me ha dicho a menudo que cuando hablo así, desde el corazón, es cuando mejor me salen las cosas. Fue una de mis mejores actuaciones. Cuando hube terminado añadí:
—Sería preciso estudiar debidamente las necesidades de presupuesto para una campaña de este tipo, lo que por supuesto no se ha hecho todavía, pero estoy convencido de que costaría bastante menos de lo que estarnos gastando ahora mismo en operaciones militares. Y sería diez veces, cien veces, más eficaz a efectos de transmitir nuestros mensajes y valores.
Se produjo un silencio bastante prolongado. Jay cogió un lápiz, le miró la punta y lo dejó otra vez donde estaba. El ministro de Exteriores se acomodó en su butaca y miró al techo. El de Economía y Hacienda jugueteó con su BlackBerry. Entonces Davidson dijo:
—Peter, debería usted salir más.
Lo miré fijamente. Era increíble que alguien de su rango pudiera hacer un comentario tan infantil, aunque, conociendo a Davidson, debería haberme imaginado algo así. Parecía como si los últimos quince minutos no hubieran servido de nada.
Me disponía a añadir algo que quizá habría lamentado después, cuando Jay levantó la vista y dijo en tono amable:
—Peter, esto es cosa de visionarios. Típico de ti. Pero creo que debería meditarse un poquito más a fondo. Hay ciertos aspectos religiosos y políticos que requieren un tratamiento cuidadoso. Y, ahora mismo, tienes mucho en lo que pensar. Has trabajado muy duro. Deberías aflojar un poco, tomarte un respiro. Tal vez más adelante volvamos sobre eso. Podemos profundizar un poco. El ministro de Cultura, Medios de Comunicación y Deportes debería intervenir en el debate. Incluso el de Educación también. Les pediré a ambos que estudien el tema. Por ahora, sin embargo, creo que debemos aparcar tu idea, por muy buena que sea. Estamos bastante comprometidos en seguir determinada línea de actuación en Oriente Medio, y sería complicado introducir cambios sustanciales sin que la gente empiece a preguntar por qué demonios nos hemos metido en esto.
No sé por qué, cuando Jay terminó de hablar, noté que los ojos se me humedecían. Me puse de pie, fui a donde se guardaban las botellas y me serví un vaso de agua, de espaldas a la mesa. Luego me sequé los ojos con el dorso de la mano para que nadie me viera. Me sentía rechazado. Mi idea era diáfana, perfecta, un ejemplo de pensamiento lateral. ¿Por qué nadie más podía ver que ése era el camino que había que seguir? El ministro de Exteriores estaba hablando.
—No obstante, jefe —dijo—, a Peter no le falta razón. Puede que tengamos un excelente conjunto de medidas para Oriente Próximo y, como tú sabes bien, siempre las he apoyado incondicionalmente. Es más, estamos seguros de que a la larga triunfaremos. Sabemos que el fundamentalismo anda de capa caída y que las antiguas teocracias están siendo sustituidas por sociedades consumistas democráticas. El precio de la vivienda está subiendo de nuevo en Faluya. Y en Gaza. Esto es tremendamente excitante y confirma parte de lo que Peter estaba diciendo.
Le sonreí agradecido. Una lágrima me resbaló por la mejilla. Nadie pareció darse cuenta.
—Pero debemos reconocer que entre nuestros votantes hay quien piensa que no estamos obteniendo éxitos con la suficiente rapidez. Esas imágenes del helicóptero siniestrado en Dhahran la semana pasada… Los incendios provocados en el Bull Ring de Birmingham… La reciente explosión en esa fábrica de Irán, que todo el mundo nos atribuye…
—Las filtraciones no han salido de mi departamento —dijo Davidson.
—Dejemos eso. Se han producido muchos hechos negativos en la zona. Y luego esos misioneros baptistas tratando de convertir a la población de Basora a base de ofrecerles cien dólares por cabeza. Eso sentó muy mal aquí, y si no llegan a secuestrarlos y ejecutarlos después, a saber el daño que podrían haber causado a las relaciones públicas. Está claro que necesitamos un enfoque diferente. No como recambio a lo que estamos haciendo, sino como suplemento. Es preciso cambiar la idea, que cada vez se halla más presente entre la opinión pública, de que tratamos al mundo musulmán con desprecio e indiferencia.
El jefe parecía pensativo. Todos guardamos silencio a la espera de que dijese algo. Entonces Jay me miró y dijo:
—Peter, ¿y ese proyecto de los salmones? Me refiero a lo de Yemen…
Asentí en silencio, temiendo que mi voz delataría mi estado emocional. Finalmente tragué saliva y dije:
—Te recuerdo que nos habíamos echado un poco atrás.
—Pues habrá que volver a estudiar esa decisión. No sé si llamaste a las puertas adecuadas, Peter. A mí me hacía gracia ese proyecto y me gustaría que prosperase.
Era inútil recordarle que hacía sólo unas semanas, en aquella misma sala, el jefe me había echado la bronca delante de más o menos las mismas personas por aceptar una invitación del jeque e implicarme demasiado en el proyecto. Entonces tuvo razón, y ahora también. Por eso, precisamente, era el jefe.
—Sí, jefe —respondí—. Me pondré a ello. Nos meteremos otra vez en el proyecto.