CAPÍTULO

9


Una cesta gris y amarilla

El generoso ovario

El ovario no es hermoso. La mayoría de los órganos internos zangolotean y brillan con una tonalidad rosácea. El ovario, en cambio, es gris. Hasta el ovario más sano tiene un aspecto enfermizo y falto de sangre, como si hubiera perdido la esperanza. Tiene el tamaño y la forma de una almendra sin cáscara, pero una almendra irregular y rugosa. Está cubierto de marcas y cicatrices, puesto que cada ciclo ovulatorio deja tras de sí una mancha blanca allí donde un folículo ha sido vaciado de su contenido. Cuanto mayor sea la mujer, más cicatrices presentarán sus ovarios. Podría argumentarse que los ovarios no son visualmente menos atractivos que sus homólogos masculinos, los testículos, pero no es una comparación demasiado halagadora; recordemos que en La campana de cristal, Sylvia Plath comparaba los testículos con mollejas de ave.

Así que el ovario no es bonito. Es gris, está lleno de cicatrices y su superficie es grumosa como la de un copo de avena. No cabía esperar otra cosa de un órgano que trabaja tan duro, atendiendo a las dispares aunque coincidentes necesidades de lo conocido y lo posible. El ovario es una vaina, el domicilio de nuestra porción fija de óvulos, y se supone que debemos utilizar algunos de ellos, en vista de que la vida lucha por perpetuarse. El ovario es de color gris porque es el único órgano residente en la cavidad pélvica que no está recubierto por el rosado peritoneo, la mullida membrana que envuelve y protege a otros órganos. El ovario no puede estar envuelto porque debe renunciar a sus pertenencias con demasiada frecuencia. Entrega sus óvulos, es cierto, pero también otras muchas cosas. Cede una especie de pudin, una tapioca amarillenta de hormonas que alimenta el ciclo reproductivo y los órganos que poseemos. El ovario funciona como un puente fisiológico y alegórico entre la estasis y la sexualidad, entre la anatomía y la conducta. A través de sus emisiones hormonales periódicas, el ovario se nos da a conocer. Ya hemos hablado del óvulo. Echemos ahora un vistazo a la cesta que lo contiene.

Tal como observaron Freud y muchos otros, los niños más pequeños son más sexuales que los que ya van a la escuela. Una niña de 3 o 4 años juega espontáneamente con su cuerpo y con el de los adultos. Le gusta explorar su vagina, su clítoris, su ano o cualquier otro orificio o protuberancia que encuentre y, para escándalo de sus horrorizados e hipersensibles progenitores, puede que incluso intente tocar el pene de su padre. Es «polimorfamente perversa», como la describió cariñosamente Freud. En caso de que experimente el denominado complejo de Electra —el equivalente femenino del complejo de Edipo, cuando la niña se enamora del padre y se enfrenta a la madre—, lo hará durante esta lasciva etapa infantil.

El interés de las preescolares por el sexo es un reflejo de la fisiología y del extraño diálogo intermitente entre las gónadas y el área del cerebro que las supervisa. Hasta que los niños y niñas tienen 3 o 4 años de edad, una estructura del hipotálamo conocida como la hormona liberadora de gonadotropinas emite pulsos generadores en los que se segregan diminutas ráfagas de hormonas reproductoras. Es como un faro cuyo destello se proyecta de forma lenta pero inexorable en la niebla; cada noventa minutos aproximadamente se emite una nueva ráfaga de hormonas. Los ovarios de la niña responden al pulsátil mensaje segregando a su vez pequeñas cantidades de hormonas ováricas. Nada serio todavía, nada como para que crezcan los pechos o comience a ovular, pero la niñita se muestra algo juguetona y erotizada. Su cuerpo, todos los cuerpos, le fascinan.

Al final de esta etapa infantil, mediante un mecanismo que sigue siendo en gran parte un misterio, el pulso generador deja de emitir a nivel cerebral. El reloj se para. Deja de emitir señales hormonales. También los ovarios guardan silencio y se retiran a hibernar. Por este motivo, y también bajo la tutela de las expectativas sociales, la niña parece volverse remilgada, se avergüenza fácilmente de las funciones fisiológicas y la propia idea de tocar el pene de su padre, o cualquier pene, o cualquier parte de cualquier niño, le produce arcadas. Durante más o menos los siete años siguientes será una criatura asexual y agonadal, alegre y despreocupada, como cuando se está de viaje: se han dejado atrás una serie de preocupaciones y todavía no hay que dar la bienvenida a las nuevas.

Los primeros indicios de la reanudación de las preocupaciones y la perversidad aparecen hacia los 10 años, pero no como resultado de la actividad gonadal, sino a petición de otro conjunto de órganos: las glándulas adrenales, unas estructuras muy vascularizadas situadas encima de los riñones como si fueran un sombrero de pastel de cerdo. El descubrimiento de la influencia de las glándulas adrenales en los albores de la adolescencia es muy reciente. Estas glándulas segregan adrenalina, la mecha que enciende el barril de pólvora, y también pequeñas dosis de hormonas sexuales. Las adrenales maduran en torno a los 10 años de edad, momento en el que niños y niñas suelen empezar a fantasear sobre el sexo y a enamorase obsesivamente de sus compañeros de clase, estrellas del pop o profesores. Puede que el cuerpo de una niña de 10 años sea prepubescente, pero su cerebro ha cargado las pilas y vuelve a ser erótico. (¿Os acordáis? ¡Yo sí! Recuerdo cuando, en clase de quinto, un chico que estaba sentado a mi lado dejó caer su lápiz al suelo. Se agachó para recogerlo y, para incorporarse, se agarró a mi pierna. Nunca había sentido nada especial por ese muchacho, de hecho era pequeñajo, parecía tener menos de 10 años, pero en ese momento sentí una sacudida de placer por todo mi cuerpo y pensé: ¡esto del sexo me va a gustar!) Cuando las adrenales han hablado ya no hay vuelta atrás, y la ansiedad y el ruido no dejan de aumentar. El cuerpo seguirá las directrices de la mente y adquirirá carácter sexual.

Hacia los 12 años de edad, el pulso generador del hipotálamo resucita, se desinhibe, y vuelve a segregar paquetes de hormonas. Del mismo modo que desconocemos el motivo por el que se detiene antes del jardín de infancia, ignoramos también por qué comienza a hacer tictac de nuevo. Tal vez lo estimulen las señales procedentes de la glándula adrenal, o quizás la culpable sea la grasa, dado que sus células segregan una molécula señalizadora llamada leptina que, según ciertos experimentos, es el interruptor que pone en marcha el reloj cerebral. Es posible que el cerebro estime la disposición reproductiva en función del contenido en grasa de la niña y que esta deba alcanzar un determinado nivel de grasa, un cierto peso, antes de ser capaz de ovular. Suele decirse que, por regla general, la niña entra en la pubertad cuando alcanza aproximadamente los cuarenta y cinco kilos de peso, con independencia de su altura o incluso de su edad. Las niñas obesas tienen la regla antes que las delgadas o las atléticas. Si una cuarta parte de esos cuarenta y cinco kilos es grasa, estamos hablando de algo más de once kilos de este material, que representan una reserva energética de ochenta y siete mil calorías. Un embarazo requiere del orden de ochenta mil calorías, por tanto, en teoría, es posible que el cerebro evalúe los niveles de emisión de leptina en función del crecimiento del tejido adiposo de la niña y que ponga de nuevo en marcha su metrónomo a partir de la señal de los cuarenta y cinco kilos.

Sea cual sea el desencadenante, la cuestión es que el reanimado hipotálamo es ahora mucho más fuerte que en la época del parvulario. Y aún más fuertes son los ovarios, los sacos grises que guardan las perlas de la familia. Están listos para funcionar. Las adrenales ya han dado lo máximo de sí mismas, pero los ovarios no conocen límites. Son la principal fuente de hormonas sexuales, que dotan al cuerpo de carácter sexual. Antes incluso de poder ofrecer un óvulo viable, los ovarios son maestros en servir hormonas sexuales, las que hacen que aparezca el vello púbico, que crezcan los pechos y las caderas, que se ensanche la pelvis y que, finalmente, fluya la sangre menstrual.

Si el lector o la lectora lleva años —como yo— leyendo acerca del ciclo ovulatorio, lo encontrará tedioso. Todos hemos visto los gráficos del aumento y la disminución de los niveles hormonales, a los que, además, se les otorgan rancios nombres que en nada recuerdan a las sensaciones o ideas que tengamos sobre nuestro cuerpo: hormona luteinizante (LH), hormona folículo-estimulante (FSH), o el peor de todos ellos, ya mencionado anteriormente, hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH). ¡El ciclo parece ajeno a la ciclista!

Por favor, dejemos a un lado la intolerancia. Lejos de ser aburrido, el ciclo menstrual es dinámico y atlético. Al describirlo, corro el riesgo de parecerme a los anatomistas victorianos, que se quedaban pasmados ante el ciclo ovárico. A algunos les fascinaba, a otros les repugnaba, pero todos escribieron sobre él como en las novelas góticas y encontraron en la rotura folicular mensual y en la emisión posterior de sangre otra razón más para apiadarse del bello sexo, el mejor, el herido y maltratado. El padre de la patología moderna, Rudolf Virchow, comparaba el estallido del folículo con la dentición y el óvulo que se abre camino hacia la superficie del ovario con el diente que brota y se asoma por las encías, causando dolor y «una fuerte alteración de la nutrición y de la fuerza del nervio». Los médicos franceses comparaban la ovulación con la ruptura de un absceso agudo, mientras que Havelock Ellis veía la liberación mensual de un óvulo como un «gusano» que «carcome periódicamente las raíces de la vida». Según el análisis del historiador Jules Michelet, Thomas Laqueur escribe: «La mujer es una criatura “herida cada mes” que sufre constantemente el trauma de la ovulación, trauma que a su vez ocupa el centro de la fantasmagoría psicológica y fisiológica que domina su vida». Puede que el ovario tenga el tamaño de una almendra, pero para los médicos victorianos que lo observaban era más bien una almendra amarga.

Para mí, la hinchazón del folículo ovárico y la posterior liberación del óvulo no tienen un carácter tan macabro y tampoco los veo como una carnicería, sino como actos relacionados con la reproducción, el optimismo sexual y las emociones fuertes. El folículo se hincha de igual modo que el lóbulo de la mama se llena de leche, los conductos lagrimales se llenan de agua salada o los genitales se congestionan durante la excitación sexual para después estallar, liberándose la tensión cuando los fluidos vitales desbordan sus límites.

Tomemos como punto de partida el primer día del ciclo ovulatorio (al que habitualmente denominamos ciclo menstrual porque podemos ver la sangre, pero no así el óvulo). El día uno es el primer día de la menstruación, un momento de tranquilidad para los ovarios, ya que no liberan óvulos y generan muy pocas hormonas sexuales, si es que generan alguna. Calma abajo significa frenesí arriba, en el pulso generador del hipotálamo, que, ante las escasas señales de producción hormonal procedente de los ovarios, se acelera. El hipotálamo envía su mensajero, la hormona cerebral GnRH, quien, a su vez, estimula la glándula pituitaria situada justo debajo del hipotálamo. La pituitaria segrega su propio paquete de hormonas y volvemos de nuevo a las jóvenes damas grises, las vainas. Las señales procedentes de la pituitaria las despiertan. Las vainas son un conjunto de folículos, unos pequeños nidos que encierran, cada uno de ellos, un óvulo inmaduro, igual que las celdillas del panal encierran las larvas de abeja en una colmena. Cada mes, unos veinte folículos y sus ovocitos correspondientes reciben el toque de diana del cerebro y comienzan a dilatarse y a madurar. Son como jóvenes aspirantes a estrella en una audición, con la cabeza llena de pájaros. Finalmente, hacia el décimo día, se toma la decisión y uno de los folículos es elegido para el papel. Solo su óvulo continuará hasta fructificar, hasta llegar al punto de ovulación. (Algunas veces ocurre que madura más de un óvulo en un mismo ciclo, de ahí que nos encontremos con hermanos mellizos o trillizos, camadas humanas.) Nadie sabe cómo se efectúa la selección. Es posible que el folículo ganador sea simplemente el que ha crecido más rápido desde el principio, o puede que haya dejado pistas desde el primer momento de la valía genómica de su ovocito y por ello haya resultado seleccionado para el puesto. Sea como sea la criba, el resto de los folículos reconocen su derrota, ya que el décimo día dejan de crecer y comienzan a marchitarse, llevándose con ellos a sus óvulos rechazados. El folículo elegido, en cambio, persiste. Su óvulo madura y sus cromosomas se organizan mediante la meiosis. Al final, el folículo se ha dilatado tanto, es tan enorme, que llega a medir 2,5 cm de ancho por 1,25 cm de alto.

La dilatación del panal ovárico es un acto exhibicionista. Verdaderamente es digno de atención. Las trompas de Falopio, esas preciosas plumas de mar rosadas, siguen el espectáculo con sus extremos en forma de plumero. A medida que los folículos crecen, las trompas peinan la superficie de los ovarios con firmeza e insistencia, buscando pistas; el sobre, por favor, ¿cuál será el folículo elegido? Las trompas son extraordinariamente sensibles, son como los tentáculos de un pulpo, o como tubos de aspiradora. Y, aunque cada trompa se suele ocupar del ovario más cercano, una trompa puede, en caso de necesidad, cruzar la cavidad pélvica hasta tocar el ovario contrario. Esto es lo que ocurre en las mujeres con endometriosis, por ejemplo, cuando una de sus dos trompas está bloqueada por una maraña de tejido uterino extraviado y no puede tomar muestras de su vaina. La trompa opuesta asume entonces el cometido de controlar y aspirar la superficie de ambos ovarios, de manera que cuando el óvulo elegido esté listo, ya sea en uno u otro ovario, la solitaria trompa móvil estará ahí para atraparlo.

La señal definitiva para la ovulación, para la expulsión del óvulo, procede nuevamente del cerebro y se produce aproximadamente entre el duodécimo y el decimocuarto día del ciclo mediante la emisión, por parte de la glándula pituitaria, de un chorro de hormonas luteinizantes. La oleada hormonal convence al folículo de que se abra. A veces, en la ruptura se libera un poco de sangre, las manchas de la ovulación, que pueden ir acompañadas de leves dolores abdominales, los dolores intermenstruales. El óvulo navega hacia el exterior, hacia las fimbrias, los dedos de la trompa de Falopio que le aguardan. Las fimbrias, a su vez, están recubiertas de unas protuberancias vellosas que se mueven de forma rítmica y sincrónica creando una corriente que succiona el óvulo hacia el interior de la trompa, la madriguera de la fertilidad.

(Toda mujer que haya utilizado un kit de predicción de la ovulación cuando intenta quedarse encinta conoce el pico de la hormona LH, porque es justamente su detección la que le indica: haz hoy el amor, cuanto antes, el óvulo está listo para salir. Sin embargo, hay dudas razonables de que el máximo de la hormona LH coincida con el momento óptimo para la fecundación. Un exhaustivo estudio sobre pautas de fertilidad publicado en 1995 reveló que el día de la ovulación es el último día en el que la concepción es posible y que la mayoría de los embarazos se producen tras un coito que tuvo lugar uno, dos o hasta cinco días antes de la ovulación; el esperma está diseñado para durar varios días y puede necesitar tiempo para llegar al óvulo. Este descubrimiento resultó sorprendente. Los expertos en fertilidad pensaban que la mujer disponía de uno o dos días para concebir una vez roto el folículo, pero no es así: el óvulo emancipado es demasiado sensible para este mundo o es un obseso de la puntualidad. En cualquier caso, su vida extrafolicular no dura más de unas pocas horas. Por tanto, si esperamos a alcanzar el máximo de hormona LH para hacer el amor, puede que el esperma llegue demasiado tarde. La fiesta ha terminado. El óvulo se ha desvanecido.)

En la cesta gris, el folículo roto sigue vivo. No es una herida o una brecha, sino que, en cierto modo, es una nueva madre, una madre posparto dentro de una madre preparto. Ha dado a luz un óvulo y ahora buscará el modo de alimentarlo. El folículo se dedica a producir hormonas. Las células que revisten la hendidura se hinchan, se llenan de colesterol y se vuelven suaves y amarillas, como si fueran mantequilla o natillas. Forman el cuerpo lúteo, que significa «cuerpo amarillo». El cuerpo lúteo genera grandes cantidades de progesterona y una cantidad moderada de estrógenos, y dichas hormonas se desplazan por el torrente sanguíneo y estimulan el útero, provocando el crecimiento de la pared que lo reviste, y también los pechos, produciéndose cierta hinchazón y dolor. Las paredes uterinas engrosadas podrían dar sustento al producto del folículo, el óvulo, en caso de que este fuera fecundado y estuviera destinado a sobrevivir, y las glándulas mamarias podrían alimentarlo cuando creciera y cruzara al otro lado.

Si se produce el embarazo, el cuerpo lúteo seguirá vivo a lo largo de la gestación. Durante los primeros cuarenta y dos días, sus hormonas son esenciales para la supervivencia del feto, pero el cuerpo amarillo persiste aún después de que el feto haya construido su placenta y esta haya asumido la tarea de sintetizar las hormonas de la gestación. Sigue siendo el folículo dominante, la reina coronada, y mantiene castigados en los ovarios a los folículos inmaduros. Después de todo, ¡a nadie le gustaría ovular durante el embarazo!

Pero el cuerpo lúteo no es solo patrimonio del posible embrión, sino que, mientras existe, también cuida de la madre. Su grueso tejido amarillo derrama hormonas y dichas hormonas impregnan todos los órganos de su cuerpo adulto, los huesos, los riñones, el páncreas y el cerebro. El cuerpo de la madre se aprovecha del festín del ovario igual que los indios norteamericanos aprovechaban un búfalo, utilizando cada esquirla de hueso y cada hebra de tendón para alimentarse, guarecerse y calentarse.

En ausencia de embarazo, el cuerpo lúteo retrocede diez días después de la ovulación. El folículo que una vez atrajo el abrazo y la succión de una trompa de Falopio atrae ahora la atención de los macrófagos, las células del sistema inmunológico que limpian los tejidos muertos y moribundos del cuerpo. Sobre la hendidura se forma tejido fibroso y el cuerpo lúteo se convierte en el corpus albicans, el cuerpo blanco, otra cicatriz sobre el rostro de la experiencia.

El ciclo ovulatorio es una cuestión fisiológica y se produce más o menos por sí mismo. Sin embargo, no es completamente ajeno a la mujer. No debemos cometer el error de pensar que no tiene nada que ver con el cuerpo. Por el contrario, los ovarios, carentes de peritoneo y continuamente en contacto con el cerebro y el cuerpo, son bastante sensibles a nosotras, el entorno en el que viven. La primera mitad del ciclo es la etapa más influenciable. Las mujeres tienen ciclos ovulatorios de duración muy variable, desde ciclos breves de tres semanas hasta ciclos de cuarenta días, y la mayor parte de dicha variabilidad se concentra en los días que transcurren entre la menstruación y la ovulación. Una vez que el óvulo es expulsado, el ciclo se vuelve mucho más predecible. Dura aproximadamente dos semanas, un día o dos arriba o abajo. Antes de la ovulación, el ovario es como un tribunal de apelación: atiende ruegos y escucha declaraciones de dudas y desmentidos. Se deja aconsejar por una serie de señales —procedentes del cerebro, de tejidos cercanos, de tejidos distantes— sobre si debe ovular o vegetar. Cuando tenemos la gripe, por ejemplo, puede ser que no ovulemos o que tardemos más en ovular que cuando nos encontramos bien. Este retraso podría ser consecuencia de un aviso de crisis enviado a los ovarios por el sistema inmunológico. Recordemos que, en circunstancias normales, los macrófagos son atraídos hacia un folículo posovulatorio y ayudan a blanquear el cuerpo amarillo para convertirlo en cuerpo blanco. Durante una enfermedad, la población de macrófagos y otras células del sistema inmunitario se dispara. Parte de estas células sobrantes pueden agruparse sobre el ovario, interrumpiendo la maduración de los folículos e incluso tragándose a uno o dos de ellos. Otra posibilidad es que los cambios inmunitarios inhiban de forma indirecta la ovulación, ralentizando el pulso generador cerebral o la subsiguiente emisión de secreciones desde la pituitaria. Sin entrar en detalles, no es un mal sistema. Si estamos gravemente enfermas, necesitamos centrar todas nuestras energías en recuperarnos. No podemos permitirnos el lujo de desviarlas con un embarazo.

Todavía no se sabe con certeza si, en ausencia de una enfermedad manifiesta, el estrés o la ansiedad pueden inhibir el funcionamiento del ovario. La sabiduría popular dice que sí. Los amigos y parientes suelen aconsejar a las parejas estériles que se relajen. Tomáoslo con calma, dicen, y ya veréis cómo lo conseguiréis enseguida. Pero estamos ante un debate como el del huevo y la gallina: ¿es el estrés el que causa la esterilidad o es la esterilidad la que causa estrés? La mayoría de los datos experimentales sobre este tema se reducen a anécdotas. Por todas partes oímos historias de mujeres estériles que dejan sus trabajos agobiantes y se quedan embarazadas enseguida, así como de parejas que, tras varios años intentando concebir, deciden finalmente adoptar un bebé y a las pocas semanas de tenerlo en casa se produce, como por arte de magia, el tan deseado embarazo. En cambio, no solemos oír la historia opuesta, la de las mujeres que se quedan embarazadas en situaciones de estrés intenso, como en épocas de guerra o tras sufrir una violación. Los estudios clínicos sobre los beneficios de los programas de reducción del estrés en el tratamiento de la fertilidad no ofrecen resultados únicos. Algunos sugieren una mejora significativa en las tasas de concepción, mientras que otros indican poca diferencia o ninguna. Los primatólogos que investigan por qué en algunas especies de monos, como el tití de mechón blanco, las hembras subordinadas dejan de ovular en presencia de la hembra alfa, han descubierto, para su asombro, que las clásicas hormonas del estrés no tienen nada que ver con la inhibición de la fertilidad. Los investigadores supusieron en principio que la hembra dominante intimidaba tanto a sus subordinadas que los cuerpos de estas segregaban hormonas del estrés, como el cortisol, que las dejaban temporalmente estériles. Pero resultó que no era así: las muestras de orina de las monas revelaban una concentración casi indetectable de hormonas de estrés en las hembras subordinadas. De hecho, parecía que era más bien al contrario: cuando una hembra joven se alejaba del territorio de la hembra alfa, sus niveles de cortisol aumentaban vertiginosamente y ello se traducía en una desconocida capacidad para ovular.

El «estrés» suele ser uno de esos terroríficos asuntos que se convierten en una fuente inagotable de estrés para quienes los estudian. No hay acuerdo en cuanto a su definición, en cómo medirlo o en dónde está el límite a partir del cual puede considerarse excesivo. Cuando la sensación de impotencia se apodera de nuestras vidas, un mínimo de estrés puede desquiciarnos. Si, en cambio, sentimos que tenemos el control sobre nuestras vidas, estamos ávidos de estrés. Podemos llegar a convertirnos en adictos al estrés y tratar de mantener un estado de emergencia permanente para obtener la dosis de estrés necesaria.

Aparte de las críticas procedentes de la familia política y las inminentes fechas tope de entrega, existen otras vías mediante las cuales el mundo exterior puede incidir en el funcionamiento interno de los ovarios, en la composición hormonal de los folículos en desarrollo, en la curvatura, torsión y succión de los emplumados oviductos. Uno de los ejemplos más célebres y llamativos del modo en que las circunstancias externas pueden influir en el oscilador privado de la mujer es el fenómeno conocido como «sincronía menstrual»: la posibilidad de que mujeres que viven cerca unas de otras se transmitan una misteriosa señal —una sustancia química inodora y volátil llamada feromona— que acaba armonizando sus ciclos. Esta idea fue formulada originalmente en 1971 por Martha McClintock, que a la sazón era estudiante de biología en Harvard y que en la actualidad trabaja como bióloga en la Universidad de Chicago. En un artículo de investigación publicado en la prestigiosa revista Nature, McClintock presentó un conjunto de datos sobre los ciclos menstruales de varios grupos de compañeras de habitación en un college femenino. Las estudiantes habían comenzado el semestre con ciclos menstruales distribuidos aleatoriamente a lo largo del mes, tal como suele ocurrir normalmente. Durante el transcurso del año académico, los ciclos de las compañeras de habitación fueron convergiendo gradualmente. Pasados siete meses, las fechas de comienzo de la menstruación de las compañeras de cuarto se habían aproximado un 33% frente a la dispersión inicial, mientras que no se observaban indicios de sincronía menstrual entre las estudiantes pertenecientes al grupo de control, es decir, chicas que no compartían habitación. El artículo de McClintock tuvo una enorme repercusión tanto en círculos científicos como en círculos no especializados. Los resultados cuadraban perfectamente con las observaciones personales de muchas mujeres, con la sensación de que las madres y sus hijas adolescentes, las hermanas, las compañeras de habitación y las parejas de lesbianas comparten un misterioso inicio común, un asalto simultáneo a la caja de tampones, una hermandad de sangre.

Los estudios posteriores sobre sincronía menstrual, sin embargo, no fueron tan concluyentes. Algunos confirmaron la tesis original, pero otros la refutaron. Según una revisión de los estudios sobre sincronía menstrual publicados durante el periodo 1974–1999, en dieciséis de dichos estudios se han encontrado pruebas estadísticamente significativas de la presencia de sincronía y en diez de ellos no. Algunos estudios han revelado la existencia de asincronía o incluso de antisincronía: a medida que transcurrían los meses, las compañeras de habitación empezaban a estar menos armonizadas en sus periodos en lugar de estarlo más, hasta alcanzar, en algunas ocasiones, una oposición diametral. Es como si las mujeres se indicaran unas a otras: antes no teníamos nada en común, de modo que dejémoslo así.

McClintock es una mujer enérgica, rigurosa y entusiasta que se pone llamativos pañuelos sobre jerséis de cachemir y complementos originales, como calcetines gris perla con dibujitos de peces negros. Investiga cómo influye el entorno en la fisiología, cómo la educación le da un codazo a la naturaleza. Estudia, por ejemplo, el impacto que tiene la actitud mental en el curso de una enfermedad, cómo la convicción de que podemos ponernos bien puede influir en que nos pongamos bien. Investiga también el efecto que tiene el aislamiento social sobre la salud. Como norma general, una situación de soledad continuada afecta de forma negativa a la salud de los animales sociales; las incógnitas son por qué ocurre así y cómo podemos medir esa mala salud e identificar su origen, el punto de inflexión entre el aparente misticismo y los cambios fisiológicos mensurables. McClintock insiste en que la sincronía menstrual es real, pero afirma que la historia no se acaba ahí. Me explica que la gente, ante la idea de la sincronía menstrual, se limita a una interpretación muy maniqueísta: o los periodos de las mujeres que viven juntas convergen de un modo estadísticamente significativo y la sincronía menstrual existe o no convergen y toda la teoría es una bobada.

«La gente se centra en la sincronía menstrual como si fuera el fenómeno principal porque es una idea fascinante —afirma—, pero nunca insistiré lo suficiente en que es solo la punta del iceberg. Es solo un aspecto más del control social de la ovulación. En las criaturas sociales —continúa McClintock—, la fertilidad, la ovulación y el nacimiento tienen lugar en el contexto del grupo. Puede que las trompas de Falopio actúen como pequeñas ventosas, pero no concebimos ni gestamos en el vacío. Estamos a merced de la tribu, y nuestros cuerpos, que lo saben, responden en consecuencia. A medida que cambia la dinámica del grupo cambian también nuestras reacciones. Ovular en sintonía con nuestra cohorte femenina puede favorecernos en determinadas circunstancias y constituir una traba en otras». McClintock y sus colegas han descubierto que las ratas hembras pueden emitir feromonas que inhiben la fertilidad en otras hembras y feromonas que la aumentan. «Estas feromonas pueden producirse en diferentes fases del ciclo reproductivo y también durante el embarazo y la lactancia —afirma McClintock—. Las hembras envían distintas señales dependiendo de su estado y las hembras que viven con ellas responden de diversas maneras. En algunos casos se produce la sincronía y en otros no».

El trabajo con ratas ha revelado innumerables detalles y da una idea de los matices que pueden existir en el diálogo entre el ovario y la sociedad. Por norma general, las ratas hembras de un determinado grupo se esfuerzan por ovular y concebir con una diferencia de una o dos semanas como máximo. Mantienen un ritmo gestacional razonablemente acompasado, de manera que cuando todas han parido pueden amamantar juntas, formando una masa ratonil violenta y chillona. No son precisamente unas candorosas comunistas, sino ratas comunes, el tipo de hoscos y dentudos animales carroñeros que encontramos en basureros y cloacas. Pero resulta que, criando en comunidad, todas y cada una de las hembras se benefician. Emplean menos tiempo y energía dando de mamar del que emplearían si tuvieran que atender solas a su prole y sus crías son, comparativamente, más gordas y sanas cuando las destetan. La sincronía, en consecuencia, es la situación óptima. Y si por algún motivo una rata aborta o pierde a su camada poco después del parto, hará lo que las ratas tanto detestan hacer: esperar antes de reproducirse de nuevo. La hembra esperará las señales de sus hermanas lactantes. Debe poner de nuevo en hora su reloj para sincronizarlo con el de ellas.

Pero aún hay más aspectos de las ratas que nos permiten explicar cómo la sociedad influye en la biología. Si, por la razón que sea, una hembra rompe la sincronía con el grupo y concibe por libre, su propia sensación de asincronía reproductiva la afectará profundamente. Acabará dando a luz una camada compuesta básicamente por hembras en lugar de la habitual, compuesta por la mitad de machos y la mitad de hembras, de una rata armoniosa. Y esto es una realidad. La nueva madre tendrá que vivir y amamantar rodeada de otras hembras que se encuentran en otro momento del reloj biológico y que, por tanto, tendrán crías mucho mayores que la camada recién nacida. Las crías más mayores son reputadas buscadoras de leche, y no hay leche más dulce y nutritiva que la de un pecho recién iniciado en la lactancia. Robarán gran parte de la leche de la madre primeriza y esta poco podrá hacer para evitarlo. Como resultado, parte de su prole indefensa morirá de hambre y si solo van a sobrevivir una o dos de sus crías, lo mejor es que sean hembras. Entre las ratas (como entre otras muchas especies), las hijas son el sexo seguro y los hijos son el sexo de alto riesgo. Las hijas son bonos del Estado; los hijos, bonos basura. Una rata macho puede copular compulsivamente, batir el récord de bebés y convertir a su madre en una abuela rica y triunfante, pero también puede fracasar por completo, no inseminar a nadie y clausurar su linaje. Por el contrario, es muy improbable que una rata hembra no tenga descendencia. Puede que tenga pocas crías a lo largo de su vida, pero alguna tendrá. En tiempos difíciles y perspectivas desalentadoras es mejor invertir en hijas, puesto que mantendrán vivo el linaje. He aquí un extraordinario ejemplo de cómo el exterior se abre camino a empellones hasta las cámaras más recónditas, hasta el útero. La hembra encinta percibe su propia asincronía y el estatus de su grupo social y del pecho comunal, y, de algún modo, traduce esa información sensorial en una tendencia contraria a los fetos masculinos, reabsorbiéndolos hacia el interior de su cuerpo antes de invertir en unos cuidados que posiblemente no lleguen a dar su fruto. Ante el riesgo, su cuerpo busca garantías. Le da hijas.

En 1998, el equipo de McClintock publicó de nuevo un importante artículo en la revista Nature confirmando que nosotras, las hembras humanas, también tenemos algo de ratas, y que nuestros ovarios son también susceptibles al influjo de la Weltanschauung[18] del grupo. Los científicos demostraron que si se realizan frotis de las axilas de mujeres en distintos momentos del ciclo ovulatorio y se aplican las muestras a los labios superiores de otras mujeres, las secreciones de las donantes pueden actuar como feromonas, como señales químicas inodoras. Las secreciones o bien aceleraron o bien ralentizaron los ciclos de muchas de las mujeres expuestas a ellas, aunque no de la totalidad. Las muestras de axila correspondientes a mujeres que se encontraban en el inicio de su ciclo, en la fase folicular, antes de la ovulación, provocaron un acortamiento de los ciclos de las mujeres receptoras, es decir: las beneficiarias ovularon varios días antes de lo que cabía prever según los registros anteriores de sus ciclos. Si, por el contrario, las muestras se recogían más tarde, hacia el momento de la ovulación, las feromonas alargaban el ciclo de las mujeres que habían recibido el tratamiento, es decir: las receptoras ovulaban varios días después de lo previsto a partir de la duración habitual de sus ciclos. Las muestras de feromonas recogidas aún más tarde, una vez que las donantes ya habían ovulado —durante la fase luteínica del ciclo, que precede a la menstruación— no tuvieron impacto en uno u otro sentido en las receptoras.

No todas las mujeres experimentaron la influencia de las feromonas, pero sí las suficientes para revestir a los resultados de una sólida relevancia estadística y demostrar con firmeza que las feromonas humanas existen. Lo que podemos observar en este experimento cuidadosamente controlado es que las mujeres pueden acelerar y ralentizar los ciclos y que pueden responder a otras mujeres de diversas maneras, aunque siempre de forma inconsciente, sin saber por qué, sin gozar siquiera del beneficio del olfato, ya que las mujeres que participaron en el estudio afirmaron no haber olido nada cuando les aplicaron la muestra bajo la nariz salvo el aroma del alcohol utilizado como preparación para realizar el frotis. Los resultados también explican la ambigüedad de los estudios sobre sincronía menstrual, que unas veces han sido positivos y otras, negativos: como las señales de las feromonas pueden tanto acercar como alejar los ciclos de las mujeres en función del momento del mes en el que dichas señales se produzcan, los estudios que simplemente buscaban la sincronía total pasaron por alto las pautas asíncronas emergentes, igualmente importantes.

Pero, ¿cuál es la ventaja de este control social de la ovulación? ¿Qué hay de bueno en que otras mujeres acepten coordinarse con nosotras o que, por el contrario, rechacen la conexión reproductiva? No lo sabemos. Solo podemos especular. Debemos desarrollar nuestra imaginación en todas direcciones. Debemos pensar más allá de las fases lunares y de la simple ovulación y menstruación, y tener en cuenta los meses que las mujeres pasan embarazadas y los meses o los años que pasan amamantando, y los olores y las pistas que pueden emitir durante esos prolongados estados. Debemos pensar asimismo en nuestra relación emocional y política con las mujeres que cohabitan con nosotras y hasta qué punto es de camaradería, de rivalidad o de franco desinterés. Si nos sentimos cómodas con las mujeres de nuestro entorno más íntimo, es muy probable que la sincronía mensual surja más fácilmente. Sentirse segura es estar dispuesta a asumir el riesgo de ser fecundada. Es más fácil concebir cuando la ovulación es regular, y una manera de encarrilar el ciclo, de estabilizarlo, es prestar atención a la frecuencia resonante de las hembras que nos rodean.

Si, por el contrario, nos sentimos en desacuerdo con nuestras compañeras de estudio, ¿por qué esperar una connivencia ovárica o cualquier tipo de influencia estabilizadora por parte de ellas? Entre la hembras de tití de mechón blanco, las subordinadas no ovulan cuando están cerca de la hembra dominante. La hembra alfa no las acosa, ni las golpea ni les roba comida. Fundamentalmente las ignora. Y sin embargo, su mero olor o la percepción de su aura amortigua el oscilador neuronal de las subordinadas y estas no ovulan. ¿Podría una mujer retroceder también ante la presencia de otra hembra amenazadora o irritante? Y si esa rival está criando a un recién nacido, ¿podría ocurrir que la mujer decidiera retrasar un poco su propia ovulación, por supuesto de forma inconsciente, con el objetivo de no tener que afrontar la carga adicional de competir por los recursos con una lactante hostil cuando ella conciba y deba enfrentarse a las demandas del embarazo? El control social de la ovulación podría ser utilizado entonces de forma cooperativa, para armonizar los ciclos, o bien defensivamente, para evitar conflictos, o incluso ofensivamente, para desestabilizar el ciclo de una competidora e intentar minar su fertilidad si fuera necesario.

«La información es la clave. Siempre es la clave —afirma McClintock—. Cuanta más información se tenga, mejor. La mujer que sea capaz de regular y optimizar su fertilidad, de garantizar que es fértil en el mejor momento posible tanto en términos de su entorno físico como de su entorno social, tendrá más éxito que la que no dispone de ninguna pista sobre cómo hacerlo». Según McClintock, las feromonas son una fuente más de información, pero no la única; ni siquiera son necesariamente la fuente fundamental de información sobre la situación en la que nos encontramos o sobre si es el momento adecuado para moverse. Las feromonas simplemente se suman a las demás fuentes de información y unas veces merece la pena prestarles atención y otras no, de ahí que algunas de las mujeres del estudio de McClintock fueran susceptibles a ellas y otras no lo fueran.

Estamos inmersas en un mar de consejos sensoriales. Nuestros compañeros sexuales ejercen sus propias influencias sobre nuestros cerebros y nuestros ovarios. Las mujeres que conviven con un hombre tienden a tener ciclos más predecibles que las que viven solas, y la regularidad en el ciclo hace aumentar las probabilidades de concebir. Una mujer también puede responder a las feromonas segregadas por las axilas, las ingles o la nuca del hombre, por cualquier punto donde arrime el hocico. ¿Por qué limitarse entonces a la nariz? Todo nuestro cuerpo puede intervenir. Como vimos anteriormente, una mujer tiene más probabilidades de quedarse embarazada en una relación sexual con un amante que con su marido. No hay un criterio único sobre los datos en este sentido, que podrían explicarse por algo tan trivial como el hecho de que la mujer tal vez no esté dispuesta a utilizar métodos anticonceptivos en una cita secreta por temor a ser descubierta. También podría ser, como hemos visto, que la discrepancia sea el resultado de que el orgasmo atrae el esperma deseado, en una suerte de última palabra femenina. Y aún existe otra posibilidad: que el placer, como ocurre con la presencia de otras hembras, afecte a los ovarios e influya en el ritmo de la ovulación, tal vez desencadenando la ráfaga de hormona LH, que libera al óvulo de su celda. Sospecho firmemente que el orgasmo también cuenta: algo que es capaz de hacer que el útero se estremezca de una forma tan insistente seguro que deja también su huella en las vainas vecinas y sus semillas. Es posible que, al sentir el temblor, un folículo acelere su ritmo de maduración y comunique al cerebro que ha llegado el momento, lo que provocaría a su vez la respuesta cerebral en forma de emisión de hormona LH, el himno ovular de la libertad.

Debo reconocer que me he dejado llevar por mi experiencia, por mi encuentro personal con los espíritus de la fertilidad. Mi esposo y yo pasamos varios años intentando concebir. Mis ciclos eran regulares como un metrónomo, cada veintiocho días, y durante un tiempo nuestras relaciones sexuales se produjeron también a un ritmo muy regular, concentrándose frenéticamente alrededor de la mitad del ciclo, cuando creíamos que era más probable la concepción. Probamos todas las posturas indicadas. Unas veces llegaba al orgasmo y otras lo evitaba conscientemente. ¿Quién sabe si un cuello uterino pulsátil atrae el esperma o lo expulsa? ¡Mejor tomar una actitud conservadora! Después me tendía, inmóvil, con las nalgas elevadas. Utilicé kits para predecir la ovulación con el objeto de detectar el pulso de emisión de hormona LH. Durante varios meses vivimos pendientes de la fina línea azul. Pero no ocurrió nada. Nada de nada.

En noviembre de 1995, los bastoncillos del kit no detectaron la presencia de un pulso de hormona LH. Me sentía fatal: un ciclo anovulatorio y con 37 años, ¡qué desastre! ¡Se me estaba pasando el arroz! Sin embargo, en diciembre descubrí que estaba encinta: había concebido el mes anterior, cuando todo indicaba que estaba en barbecho. Repasé la secuencia de acontecimientos y comprendí lo que había pasado. Al principio del ciclo, algunos días antes de fecha en la que yo creía que podía concebir, mi esposo y yo habíamos hecho el amor por puro placer, algo muy raro en aquellos días de obsesivo programa de procreación. Estoy convencida de que ese mágico e inútil despilfarro potenció mi ciclo tan ingeniosamente como Jan Ullrich anima un Tour de Francia. El orgasmo aceleró la incubación de un óvulo ávido, lo que provocó una emisión de hormona LH. Dicha emisión, a su vez, estimuló un folículo, y el óvulo liberado descendió por una trompa, donde le esperaba el esperma del acto que desencadenó los acontecimientos. Y todo ocurrió tan rápido que cuando empecé a realizar las habituales mediciones mensuales de hormona LH, ya había desaparecido mi excitación. Pensé que estaba en barbecho, pero en realidad ya estaba sembrada.

No tengo pruebas de nada de esto, evidentemente. Solo tengo a mi hija. En momentos de angustia, las ratas tienen hijas. La mía, en cambio, es fruto de la alegría.