Capítulo 21
LLEGARON a Bolonia a última hora de la tarde, galopando detrás de Bepi en un paisaje cada vez más marcado por la mano del hombre.
Después de la parada en Polesella habían seguido durante un buen tramo el Po, un río que, desde hacía siglos, el hombre había tratado de contener con espigones y terraplenes; habían dejado atrás Ferrara y se habían adentrado en unos campos salpicados de granjas y caseríos, donde el trigo cubría de amarillo la tierra y las vacas pastaban a la sombra de los árboles.
En Bentivoglio, donde se habían detenido para cambiar los caballos, admiraron de lejos el imponente castillo del siglo XV, perteneciente a los condes del lugar, que habían sido señores de Bolonia, y enfilaron el camino que unía la ciudad con los ricos campos que la abastecían. Dejaron a sus espaldas carros cargados de heno, madera, hortalizas y toneles de vino y se cruzaron con los que regresaban vacíos. A la altura de Castel Maggiore, los caballos, que acababan de cambiar, se desbocaron cuando una piara de cerdos, que un joven pastor llevaba a un encinar próximo, pasó por su lado.
En Corticella el paisaje volvió cambiar y el canal Navile hizo su aparición. Flanqueado por molinos e hiladoras, el curso del agua se ramificaba en canales laterales, surcado por barcos cargados de arena, remolachas, arroz y jaulas de animales de corral.
—Mira todo eso —había dicho Guido acercando su caballo al de Marco—, este es el secreto de las riquezas de Bolonia, que es una ciudad de agua. El canal la une al Po di Primaro y al mar. Mejor dicho, la unía, porque, dado lo mal que lo mantienen, se está cegando en la desembocadura. Con todo, esos artilugios —dijo señalando una compuerta que atravesaba las aguas—, aún sirven para regular el régimen de las aguas y fertilizar el campo.
Entraron en la ciudad costeando el parque de villa Angeletti y, después de una última galopada, pusieron los caballos al trote para cruzar los restos del mercado de puerta Galliera, a esa hora desierto.
—Ahora, seguidme —dijo Guido a sus compañeros.
Embocó la calle Galliera, muy animada y flanqueada por edificios porticados de dos o tres siglos de antigüedad. Los ladrillos de las fachadas que se veían por encima de los soportales se teñían de rojo bajo el sol vespertino.
En la calzada adoquinada se cruzaban calesas de dos ruedas, carrozas y palanquines desde los que unas señoras enjoyadas y sus elegantes acompañantes entablaban largas conversaciones. Se veían caballos lustrosos, adornados con penachos, montados por jóvenes que lucían vestidos bordados y botas de piel suave, decoradas con valiosas hebillas. Debajo de los soportales, entre los cafés y las tiendas de tela, plata y calzado, paseaban pequeños grupos de damas que lucían vestidos de seda y encaje, monseñores con túnicas ceñidas y criados embutidos en sus libreas, que se dirigían hacia rumbos desconocidos.
—Pero ¿dónde se han metido los pobres? —preguntó Marco intrigado.
—Los hay, los hay, por desgracia —respondió Valentini—, pero no los ves paseando por calles tan elegantes como la de Galliera. Viven en tugurios en las inmediaciones del torrente Arposa, por ejemplo, y algunos no salen de su barrio en toda la vida.
—Más soportales —exclamó Marco cuando doblaron y embocaron la calle Vetturini, aún más rica y transitada que la precedente.
—Son típicos de la ciudad, se extienden por cuarenta kilómetros —explicó Guido—. Imagínate, los boloñeses han construido un camino porticado de más de tres kilómetros para subir a la colina de San Luca, al santuario de la Virgen negra.
—La vida me parece más opulenta aquí que en Venecia —comentó Pisani mirando alrededor y admirando, entre otras tiendas, las charcuterías, rebosantes de salchichones, jamones y mortadelas, desconocidos en otros lugares.
—Este es el Albergo del Pellegrino, el mejor hotel de la ciudad —dijo Valentini—. Mira —prosiguió cuando llegaron a una plaza donde se erigía una basílica gótica imponente—, ¿ves lo que hay en el prado que está delante de la iglesia de San Francesco, los sarcófagos apoyados en unas columnas finas? Son las tumbas de los glosadores, los primeros maestros de nuestro studium, la universidad a la que Bolonia debe su fama mundial. Pero seguidme, casi hemos llegado.
El trío se adentró en la enésima calle antigua flanqueada por soportales, que, sin embargo, era más tranquila que las anteriores.
—Es la calle San Felice —les dijo Guido a la vez que se detenía y desmontaba del caballo delante de un palacete de ladrillos con las formas típicas del siglo XV; los amplios arcos del pórtico estaban rodeados por adornos de barro cocido finamente esculpidos—. Lleva los caballos al portero, Bepi —ordenó agarrando la aldaba—, y dile que dormirás aquí. Marco, tú sígueme, por favor. —A pesar de que trataba de simular indiferencia, el ojo experto de Pisani comprendió que su amigo estaba turbado.
El portero apareció al fondo del sombrío vestíbulo. Era un anciano menudo e iba elegantemente vestido.
—¡Doctor! —Hizo una reverencia sonriendo—. Bienvenido. —Volviéndose hacia el jardín interior por el que una criada llegaba en ese momento, dijo—: ¡Avisa a la señora, Margherita!
Mientras Bepi y él desaparecían en el jardín en dirección a los establos, Valentini guio a su amigo hacia la escalinata que había a la derecha, por la que se subía al primer piso.
Se oyeron unas ligeras pisadas y en lo alto apareció una figura femenina.
—Guido —exclamó la señora bajando a toda prisa los últimos peldaños y echándose en brazos de Valentini.
Guido la apartó con delicadeza y procedió a las presentaciones mientras Marco se inclinaba hacia ella y le besaba la mano a la vez que la observaba. Era una mujer hermosa, sin duda, a pesar de que se le notaban ya las marcas de la edad. Tenía un cuerpo esbelto y ágil, la cara con los pómulos marcados, ojos verdes de gata y una cabellera ondulada al estilo Tiziano.
—Excelencia Pisani —dijo Camilla sonriendo—. Me anunciaron su visita. Espero que disfrute de mi hospitalidad.
—Así que estabas seguro de que vendría —ironizó Marco mirando de reojo a su amigo.
—Sabía que no podrías resistir la curiosidad —contestó Guido entrando en una amplia sala con el pavimento de barro cocido resplandeciente y decorada con muebles antiguos y grandes cuadros de paisajes y naturalezas muertas. En un rincón había un clavecín abierto con partituras apiladas.
—Qué raro —observó Marco mirando alrededor—. Tenéis una concepción diferente del espacio. En Venecia no podemos permitirnos unos techos tan altos.
—¿Cómo ha ido el viaje? —Camilla tenía una voz armoniosa—. Supongo que estaréis cansados, pero la cena ya está preparada. Sentémonos —añadió señalando varios sillones antiguos, a cuyo lado había una tetera y varias tazas—. ¿Queréis té? Está muy de moda y ayuda a aliviar el cansancio.
Bebieron en silencio la infusión caliente y aromática.
—Aún no he visto mucho —dijo Marco rompiendo el silencio—, pero Bolonia me parece una ciudad muy rica.
—En cierto sentido, tiene cosas en común con Venecia —asintió Camilla—. En el último medio siglo las dos han evitado las guerras de sucesión que han devastado Europa, pero la medalla tiene su revés.
Marco observaba fascinado a su interlocutora.
—Me explico… —prosiguió ella—. En el resto de Italia se están produciendo unos cambios muy profundos: los Habsburgo en Lombardía, los Lorena en la Toscana y los Borbones en Nápoles, Parma y Piacenza. Estas transformaciones también guardan relación con las ideas de los franceses Rousseau y Voltaire. Además, se está formando una generación de jóvenes emprendedores. Nada de todo eso procede de nosotros. Aquí la regla es el inmovilismo, solo pensamos en organizar fiestas fabulosas, banquetes, meriendas, las mujeres rivalizan en el lujo de sus vestidos y sus joyas y nada cambia. La industria, sobre todo la de la seda, que siempre ha sido nuestro orgullo, está siendo aniquilada por la competencia extranjera y la agricultura hace caso omiso de los estudios más recientes y Roma se queda con los ingresos.
Camilla hablaba con vehemencia y Marco la escuchaba admirado.
—Te olvidas de que aquí el debate científico es muy animado —terció Guido—. Gracias al marqués Marsigli, tenemos la Academia de Ciencias, y también contamos con la Escuela de Cirugía, de la que soy uno de los fundadores. Benedicto XIV está muy atento al progreso científico.
—No lo niego —replicó Camilla—, pero él está en Roma y quizá ignore que entre nosotros priman los privilegios y los monopolios, mientras el pueblo se muere de hambre. El confaloniero, que debería ser el garante de nuestras libertades, solo es un subalterno, de forma que el gobierno está en manos del cardenal. En cuanto a nuestro embajador en Roma, ha conseguido que acaben llamándolo el «embajador de las mortadelas», de tanto ofrecer licores y fiambres a los poderosos de la curia para obtener su favor.
—Querida —objetó Guido mientras Marco se reía de buena gana—, cualquiera diría que estás lista para hacer la revolución.
—¡Solo soy una pobre mujer! —Camilla sonrió—. Pero ahora id a refrescaros un poco, después nos sentaremos a la mesa. Imagino que estáis deseando que os cuente la información que me pedisteis.
En el amplio comedor, iluminado por una lámpara con los brazos de hierro forjado, esperaban a los huéspedes una vajilla de plata, dispuesta encima de un aparador antiguo, y una mesa cubierta con un mantel blanquísimo.
Entró un criado con una sopera humeante y, mientras servía los tortellini, Camilla empezó a contarles el resultado de sus averiguaciones.
—Me ha costado un poco reconstruir la gesta de Gerolamo Panetti, a pesar de que recordaba que hace años protagonizó un escándalo, que, sin embargo, no pasó a mayores. Veamos —continuó mientras los dos amigos la escuchaban atentamente—, el tal Panetti llegó a Bolonia alrededor de 1740, procedente de quién sabe dónde.
—De Roma —la interrumpió Marco.
—Bien. Se quedó aquí hasta 1746, de eso estoy segura. Para saber de qué vivía, ayer fui a ver a un viejo amigo, el maestro de música Rinaldo Prosperi, quien me dijo que sabía que era un buen violinista y que, como tal, lo había dirigido varias veces en los espectáculos que en Bolonia suelen celebrarse en las salas de música de los palacios privados.
—Así que frecuentaba los círculos musicales —observó Pisani.
—Era lo único que sabía hacer —apuntó Guido—, pero sigue, querida.
—Por lo visto, era bastante esquivo, no trababa amistad con nadie, a pesar de que en Bolonia es fácil, si no hacer buenos amigos, tener al menos compañeros —contó Camilla mientras vigilaba al criado que estaba cortando un magnífico pollo relleno rodeado de espárragos de invernadero—. Prosperi me recordó que en la primavera de 1746 Panetti desapareció de repente sin avisar a nadie. Por aquel entonces se rumoreó que con él habían desaparecido también varias joyas de gran valor de la cantante Francesca Miniati, que, sin embargo, no lo había denunciado, lo que dio lugar a más habladurías.
—¿De forma que es posible que el dinero que encontramos en Venecia procediera de la venta de esas joyas? —observó Pisani.
—Sin duda —prosiguió Camilla bebiendo un sorbo de vino de aguja de las colinas—, porque mi investigación no termina aquí. Hoy visité a Francesca Miniati. No es famosa por tener buen carácter, pero siempre ha sentido simpatía por mí. Apenas aludí a la muerte de Gerolamo Panetti y a la sospecha de que le hubiera robado, se echó a reír. «Claro que me robó, pero entonces no pude hacer nada. Ahora, ha pasado ya tanto tiempo…». Entonces me contó que en esa época era la protegida del riquísimo conde Lodovico Isolani, que le había regalado, entre otras cosas, un collar de setecientas perlas de un valor incalculable. Una noche de abril cantó en una ópera en el pequeño teatro del palacio Casali, que se encuentra en la calle Miola. Como no había camerinos, se cambiaba en un salón adyacente al escenario. Cantó los primeros dos actos con las perlas al cuello, casi nunca se las quitaba. Esa noche, sin embargo, le molestó su peso, quizá porque el vestido fuera especialmente fastuoso, de manera que, antes de salir al escenario para interpretar el último acto, las dejó en un cofre encima de la mesa. Luego le dijeron que Panetti, después de interpretar una pieza y antes de que terminara la representación, había desaparecido de repente, como si tuviera algo urgente que hacer. Nadie volvió a verlo ni nadie encontró el collar.
—Lo robó él —dijo Guido.
—Eso pensaron todos. Buscaron por todas partes en el teatro y en las salas adyacentes. En cualquier caso, Minetti no quiso denunciar el robo para no alimentar los rumores sobre su relación con el conde. No obstante, hoy me ha contado que, cuando fue a buscar a Momo a su casa y entró en ella gracias a la amabilidad del dueño, que accedió a abrirle la puerta, vio que todo estaba en orden y que no faltaba nada, salvo él y su violín, así que daba la impresión de que se había marchado la noche misma de su desaparición, sin pasar siquiera por allí.
Marco movió la cabeza.
—Eso explica cómo consiguió sus primeros ahorros. Las perlas son fáciles de vender clandestinamente: son todas iguales y, además, es posible deshacerse de ellas poco a poco para no llamar la atención.
—¿Era jorobado? —preguntó Guido.
Camilla se quedó con el vaso suspendido en el aire, asombrada.
—¿Jorobado? No, nadie lo ha mencionado. ¿Por qué?
—Porque en Venecia consiguió que lo contrataran en el San Giovanni Grisostomo gracias a una falsa joroba, que lo obligaba a andar completamente curvado —le explicó Valentini.
La idea despertó la hilaridad de la mujer.
—¡Qué buena idea para pasar desapercibido!
Cuando se acomodaron de nuevo en el salón para tomar licores, Camilla retomó su relato:
—Ahora viene la parte relativa a Matteo Velluti.
—¿También ha investigado sobre él? —preguntó Marco asombrado—. Si viviera en Venecia, la convertiría en una de mis preciosas colaboradoras.
Guido asintió con la cabeza.
—Debes saber, Camilla, que, en lugar de servirse de los esbirros para llevar a cabo sus investigaciones, mi amigo Pisani ha creado un equipo muy singular, formado por su amigo, el abogado Zen, y por su prometida, Chiara Renier, que se dedica a otra profesión, pero que está dotada, además de una aguda inteligencia, de unos singulares poderes paranormales. Luego vengo yo, con mis conocimientos médicos.
—De incalculable valor —añadió Marco.
—De incalculable valor. También recurre con frecuencia a su gondolero Nani, un joven muy listo y con cierta instrucción.
Camilla se reía de buena gana mientras servía ratafía en unas copas de cristal.
—Debe de ser divertido trabajar así.
—Lo es, desde luego —confirmó Pisani—, pero cuando me presento ante los Inquisidores o ante el Consejo de los Diez, nunca les cuento cómo he obtenido mi información, pero, de vez en cuando, pongo al corriente de todo a nuestro Dux, un viejo amigo. Se siente solo en el Palacio Ducal y necesita divertirse un poco.
—Volvamos a Velluti —prosiguió Camilla—. Supongo que sabréis que, después de haber arrancado bien en su juventud, su trayectoria como compositor se eclipsó. Salía adelante repitiendo sus primeras obras y cada vez tenía menos público. En ese periodo vivió una tragedia. El 19 de febrero de 1745, las gentes del teatro recordamos bien esa fecha, el escenario del teatro Malvezzi, que era totalmente de madera, se incendió. Por lo visto, la causa fue un repentino rayo artificial. Estaban representado una de sus óperas y, mientras el público, algo escaso, se ponía a salvo, la falda de la soprano Veronica Contarini, su amante, se quedó enganchada en un árbol entre bastidores. A decir verdad, Velluti corrió enseguida en su ayuda, al igual que el hijo de la cantante, un joven de dieciséis años, pero no pudieron hacer nada. La pobre murió entre las llamas y su hijo, que se llamaba Lelio, se quedó ciego debido al fuego.
—Qué historia tan triste… —comentó Marco—. Velluti se rehízo después, hoy en día es un compositor de éxito y se ha casado incluso con una mujer hermosa, su primera bailarina.
—La verdad es que en Bolonia corren rumores sobre él. Nada en concreto, pero sorprende que no quiera que sus obras se representen en nuestros teatros, a pesar de venir a la ciudad con cierta frecuencia.
—Ya —dijo Valentini meditabundo—, de hecho, viajó aquí hace unos días con la excusa de que su padre estaba enfermo.
Se oyó la risa argentina de Camilla.
—Pero ¡si su padre murió hace mucho tiempo! —exclamó—. Creo que te lo comenté en la carta. Con todo, visita a menudo a otra persona. Bolonia es una ciudad pequeña y nada pasa inadvertido.
—¿Una mujer?
—No, el hijo ciego de la pobre Veronica Contarini. Curiosamente, casi lo adoptó. Al principio vivía con él en una pequeña casa de la calle Nosadella y, después, hace dos años, cuando se hizo rico, Velluti compró una villa que está nada más salir por la puerta Lame, en un lugar aislado, y el joven vive ahora allí en compañía de un viejo sacerdote, eso se cuenta. Velluti se aloja allí cada vez que viene a Bolonia, no visita a nadie más.
Marco vaciló.
—No sé si puede servir para algo, pero me gustaría saber si Momo y Velluti se conocían. Quiero decir, antes de verse en el teatro San Giovanni Grisostomo.
—Buena pregunta —dijo Guido pensativo—, porque los dos vivieron en Bolonia entre 1740 y 1746. No obstante, dudo que un pobre violinista se relacionara con un compositor, por muy en declive que estuviera este último. Por si fuera poco, Velluti hace pesar su rango. En cualquier caso, respondiendo a tu pregunta, creo que Velluti no conocía a Momo, pero Momo sabía de sobra quién era Velluti. Eso explica por qué el compositor no reconoció al factótum en Venecia y, menos, claro está, disfrazado con la joroba.
—No obstante, Momo podría haber visto algo en Bolonia que luego recordó —argumentó Pisani.
Camilla los observaba perpleja.
—¿Podéis decirme de qué estáis hablando?
—¡Por supuesto! —Marco le contó en dos palabras la historia de los chantajes de Momo y que la investigación había llegado a un punto muerto hasta que habían pensado que la solución podía encontrarse en Bolonia, a pesar de que, por el momento, no la habían encontrado.
—No se desespere, avogadore —lo animó Camilla—. Si puedo daros un consejo, yo en vuestro lugar iría mañana a villa Velluti, quizá encontréis algo allí.
—Chiara dijo lo mismo —murmuró Marco—. La solución está en Bolonia.
—Entonces… —concluyó Camilla—. Y ahora supongo que estaréis cansados. Vamos, os enseñaré las habitaciones.