Capítulo 5

ESA mañana, cosa inusual en él, Nani desembarcó de mal humor del transbordador procedente de Venecia.

La víspera, su paròn lo había llamado a su despacho y lo había puesto al corriente sobre la trágica muerte y sobre los misterios que rodeaban al factótum de San Giovanni Grisostomo, al que Nani conocía de vista, ya que de vez en cuando iba al teatro. Tras mostrarle el retrato que había hecho Jacopo, el avogadore le había encargado que fuera a Mestre, al campiello de las Barche, donde atracaban los barcos que partían y arribaban de Venecia, y que averiguara si alguien sabía quién era; además, le había explicado que, con toda probabilidad, el pobre Momo vivía en esa zona, mejor dicho, que quizá llevaba una doble vida, ya que habían descubierto que su joroba era falsa. En cualquier caso, había que localizar su casa y a su familia sin llamar demasiado la atención.

Nani se quitó la ropa de gondolero y se vistió como un burgués con la velada que Pisani le había prestado, que le sentaba como un guante; las medias de seda y el sombrero le hacían parecer un hombre tan distinguido que cualquiera lo habría confundido con un joven comerciante o con un estudiante de Padua.

A primera hora de la mañana, en el transbordador medio vacío que partía de la desembocadura del Canal Regio, se sentó entre una señora enjoyada de apariencia rica y un sacerdote que enseguida abrió un breviario desgastado y se concentró en su lectura, a pesar de que parecía dormir más que rezar.

—Perdone —lo interrumpió Nani sin importarle si estaba durmiendo o abstraído en la oración—. ¿Suele viajar en este barco?

El sacerdote se sobresaltó y se volvió para mirarlo.

—Pocas veces, hijo. Pero ¿por qué quieres saberlo?

Nani le enseñó el retrato.

—Estoy buscando información sobre esta persona. Es un vendedor ambulante que hace unos días se sintió mal en Venecia. Antes de desmayarse solo le dio tiempo a decir que venía de Mestre y aún no ha recuperado el conocimiento. Ahora está ingresado en el hospital y debemos avisar a la familia. —A Nani no le fallaba la imaginación cuando debía contar una mentira.

—Lo siento, hijo, es la primera vez que lo veo —respondió el sacerdote mirando el retrato. Acto seguido, se volvió a adormecer o a concentrar en la lectura.

—Déjeme ver —dijo la señora que estaba sentada a su derecha alargando el cuello hacia la hoja de papel—. Soy de Mestre, ¿sabe?, nací y crecí allí —añadió esbozando una sonrisa empalagosa—. Conozco a todos, porque mi pobre marido, que Dios lo tenga en su gloria, era comerciante de grano y solía ir con él al almacén. Pero ahora estoy sola. —Suspiró—. No sabe lo duro que es vivir solo —afirmó enjugándose una lágrima imaginaria con un pañuelo.

Nani le puso el retrato debajo de la nariz preguntándose por qué aquella mujer le estaría contando todas esas cosas. Era una señora de mediana edad, aún de buen ver, e iba envuelta en una capa de seda, que dejaba caer por los hombros para mostrar un pecho generoso, adornado con un collar de diamantes. Se había recogido pelo, teñido del color rojo veneciano que estaba de moda y que se conseguía mediante aplicaciones de lejía y exposiciones prolongadas al sol, en un sofisticado moño, y se protegía la cara con un sombrero perforado por el que asomaban algunos mechones. La abundancia de colorete que exhibía a primera hora de la mañana revelaba que la señora aún no había depuesto las armas en el combate del amor.

—Este es el hombre, señora —dijo Nani—. Es fácil reconocerlo, porque el pobre tiene una gran joroba que lo obliga a caminar inclinado.

—Cornelia, me llamo Cornelia Marcon. Pero usted, señor…

—Giovanni, Giovanni Pisani. —Era una verdad a medias, porque Nani no quería decir su verdadero apellido, Casadio, que habría revelado que era un don nadie.

—Pero usted, señor Pisani —prosiguió la mujer llevándose una mano al collar—, ¿no será un capitán de la guardia que está llevando a cabo una investigación?

La fervorosa imaginación de Nani produjo otra media verdad.

—No, soy un empleado de la avogarìa, pero ¿conoce a este hombre?

—¿La avogarìa? ¿Se trata de un delito?

—Que yo sepa, no —volvió a mentir Nani—. Pero ¿lo ha visto alguna vez? ¿Sabría decirme dónde vive? Con esa joroba no puede pasar desapercibido.

Por fin, Cornelia decidió mirar con más atención la hoja.

—No, jamás lo he visto —afirmó distraída—. Si lo hubiera conocido, lo recordaría, pues es jorobado. Pero usted, señor Pisani —añadió mirando a Nani con picardía—, ¿dónde piensa comer en Mestre? Le recomiendo una taberna muy bien frecuentada que está justo al lado de mi casa. —En ese momento Nani sintió que un muslo carnoso apretaba el suyo y que un pie, oculto por la falda, le acariciaba el tobillo.

Nani era un joven atractivo y estaba acostumbrado a que las señoras más desinhibidas lo asaltaran, pero esta vez se irritó. Se apartó de forma instintiva inclinándose hacia el sacerdote, que se levantó exclamando:

—¡Hemos llegado!

Acto seguido, salió de la cabina para ver cómo atracaba el barco.

A las diez de la mañana, Nani subió las gradas del embarcadero que cerraban por tres lados el extremo del Canal Salso, la vía acuática que unía el campiello de las Barche de Mestre con la laguna. En la explanada la actividad era frenética: acababa de llegar la diligencia postal y un grupo de personas se apiñaba alrededor del cochero esperando a que distribuyeran los paquetes y las misivas. Eran carteros y empleados, vigilados por el maestro de postas. Varios caballeros se protegían del sol bajo los arcos del edificio de correos y en lo alto de los atracaderos los comerciantes observaban a los barqueros que desembarcaban las mercancías. Aún se veían algunas campesinas cargadas con los bìgoli llenos de leche destinados a la ciudad colgados de un palo sobre los hombros. El transbordador se iba llenando con los viajeros que se dirigían a Venecia.

Armado con el retrato de Momo, Nani buscó en vano a alguien que lo reconociera. Como cabía esperar, los mercaderes miraban distraídamente el retrato y negaban con la cabeza; la gente del pueblo, temerosa como siempre de inmiscuirse en asuntos ajenos, seguía su camino; incluso los mozos de cuadra de correos, donde se alquilaban los caballos, dijeron que jamás habían visto al jorobado.

Desanimado, Nani se sentó a una mesa al aire libre de la Taberna de la Campana, situada frente al canal, y, tras beber un vaso de vino y comer unos pescaditos fritos, se puso a pensar. Nunca se había sentido tan abatido. El encuentro con la señora Cornelia en el barco, que lo había tratado como a un semental de pacotilla, lo había puesto de mal humor. Por lo general, las insinuaciones de las mujeres lo adulaban, a menudo lo incitaban a conquistarlas, pero esta vez había sido diferente. La señora Cornelia buscaba un hombre que aplacara su deseo y había apuntado a él. ¿Por qué? ¿Acaso parecía un hombre que se deja comprar a la primera, sin molestarse siquiera en fingir un sentimiento?

Sabía que era atractivo, pero también que podía ofrecer más. Había estudiado con los padres escolapios, que lo habían recogido cuando era un recién nacido a la entrada del convento, hasta llegar a las puertas del seminario, con unos resultados tan buenos que se había visto literalmente obligado a escapar, porque los frailes querían que se ordenara sacerdote.

Trabajaba a gusto con Marco Pisani, porque este no se limitaba a emplearlo como gondolero y, conocedor de sus dotes, solía hacerle encargos de confianza, como la investigación que debía llevar a cabo ese día. El oficio le gustaba, la paga era buena, los regalos frecuentes, quería a su paròn y podía correr detrás de las chicas, pero empezaba a sentirse un poco desperdiciado. Tenía veintiún años y hasta ese momento solo se había dedicado a jugar. ¿Qué le reservaba el futuro?

—¿El señor desea más vino? —El propietario de la taberna, vestido con un delantal blanco que le tiraba en la barriga, había salido del local para servirlo—. ¡Vaya! ¿Qué hace con el retrato de Momo? ¿Es usted pintor? —exclamó observando el folio que Nani tenía en la mano.

Nani se levantó de un salto y miró al tabernero a los ojos.

—¿Lo conoce? —balbuceó incrédulo, después de tantas decepciones.

—¡Desde luego que lo conozco! Cuando se va o vuelve de Venecia viene siempre aquí para beberse un buen vaso de vino. Es Momo Panetti.

—El jorobado…

—Qué jorobado ni qué ocho cuartos, está más tieso que un palo, pero es él, Gerolamo Panetti.

Nani se dejó caer de golpe en la silla. ¡Qué estúpido había sido! Había preguntado a todos por un jorobado, pero Momo no lo era, la joroba era falsa. En el trayecto de Venecia a Mestre, Momo se escondía en algún sitio y se la quitaba. Al viajar con la bolsa, podía esconderla en la misma, así se explicaba que en Mestre nadie sospechara que fuera jorobado. Apuró el vaso de vino y pidió otro.

Cuando el tabernero volvió a salir, Nani ya sabía qué preguntar. Le soltó la mentira del transeúnte desconocido que se había sentido mal en la calle y añadió que necesitaba saber su dirección para avisar a su familia.

—¡Pobre Momo, claro que sé dónde vive! —Nani exhaló un suspiro de alivio—. Está en Carpenedo, a un par de kilómetros de aquí, en el camino que va a Terraglio, donde muchos venecianos se han construido sus villas, a Tessera, al este. —Señaló la dirección con una mano.

—¿Cómo puedo encontrar su casa?

El tabernero se rascó la cabeza.

—No lo sé, nunca me ha invitado, no tenemos tanta confianza, pero Carpenedo es un pueblo pequeño y cualquiera sabrá decirle dónde vive. Sé que es un comerciante rico, así que será conocido.

Nani tuvo que contener la risa al pensar que el pobre Momo, que deambulaba como una sombra invisible por los rincones del teatro, se hacía pasar por un comerciante acomodado en Mestre.

—Muchas gracias —se limitó a decir—. Esperemos que el pobre se recupere pronto. —A continuación, echó a andar, alegre ante la perspectiva de dar un bonito paseo por el campo, seguro de que encontraría la casa de Gerolamo Panetti, conocido como Momo, que había sido víctima de un desconocido.

Acariciada por el sol primaveral de primera hora de la mañana, Venecia se vanagloriaba de los encajes de mármol, las agujas y los pináculos de sus palacios, del verde tierno de sus jardines y del brillo de sus aguas, en movimiento perenne.

Mientras cruzaba el Gran Canal a bordo de una góndola alquilada, pues Nani estaba ocupado en otra cosa, Marco respiraba el aire fresco y perfumado pensando que en un día así era más propio hacer una excursión al Lido que encerrarse en el Palacio Ducal. Pero el deber era el deber, de forma que, tras desembarcar en Piazzetta, se limitó a hacer una rápida visita a la feria de la Sensa, donde Chiara y Costanza estaban enseñando un lote de terciopelos a un comerciante del otro lado de los Alpes.

Tras llegar al Palacio Ducal, subió la escalinata de los censores, que conducía a las oficinas judiciales, y, cuando se disponía a atravesar la sala de los secretarios para ir a su despacho, Jacopo lo detuvo.

—Alguien lo está esperando, excelencia. Es un religioso, así que lo he acomodado en su despacho. Es un poco raro.

«Veamos de qué se trata», dijo Pisani para sus adentros mientras abría la puerta.

Al entrar, una figura larga y negra se levantó a duras penas de un sillón. Era un sacerdote anciano, vestido con una sotana lisa y manchada, con el pelo cano y desgreñado, barba de tres días y unos ojos aturdidos en una cara delgada y surcada de arrugas.

—Excelencia —balbuceó—, disculpe que me haya sentado, los achaques propios de la edad, ya sabe, me duelen las piernas.

Pisani le pidió que tomara asiento de nuevo y, cuando el religioso lo hizo, vio a sus pies un cofre pequeño de cuero con una llamativa cerradura.

—Dígame.

—Bueno… —empezó a decir el sacerdote tragando saliva. La nuez subió y bajó en el cuello—. Tenía que hacer un encargo, pero me he retrasado varios días, no sabe cuánto lo siento.

—Empiece desde el principio —lo animó Marco frunciendo la nariz y refugiándose detrás del escritorio para alejarse del hedor que emanaba del viejo.

—Soy el párroco de Santa Sofía, la pequeña iglesia que hay detrás del palacio Sagredo. Es una iglesia pobre, pero en la sacristía hay un bonito órgano con las puertas pintadas por Palma il Giovane —añadió con una punta de orgullo—. Un tal Gerolamo Panetti, que trabajaba en el teatro San Giovanni Grisostomo, venía de vez en cuando por mi iglesia, a pesar de que nunca fue muy cumplidor de los deberes religiosos.

Al oír el nombre de Momo, Marco se alertó.

—Con todo, de vez en cuando, sí acudía a misa. Puede que, debido a la joroba que lo deformaba, se encontrara mejor entre mis fieles, gente pobre que vive en las miserables casas de los alrededores, que en una iglesia elegante —añadió el sacerdote alisando un pliegue imaginario de su sotana desgastada.

—Siga. ¿Cómo se llama usted?

El sacerdote enrojeció.

—Perdone, no me he presentado. Soy don Rigoldi. Pues bien, conocía un poco a Panetti, de forma que me sorprendió mucho cuando, hace poco menos un mes, vino a verme y me trajo este cofre. Me dijo que no podía guardarlo en su casa, porque tenía miedo de los ladrones. Esta es la llave —dijo sacándosela de un bolsillo y dejándola encima del escritorio—. Además, me pidió una cosa extraña. Me dijo que si le sucedía algo malo, debía llevarlo todo al avogadore Pisani, famoso por su integridad, que él sabría qué hacer. En un primer momento no comprendí qué quería decir. Le pregunté si debía salir de viaje, pero él me contestó que no. En lugar de eso, insistió: «Si me sucede una desgracia, debe dar este cofre al avogadore Pisani: contiene mi última voluntad».

—Comprendo —dijo Marco, aunque, en realidad, cada vez entendía menos—. Supongo que usted sabe que ha muerto, pero hoy es sábado y Momo fue hallado sin vida el miércoles.

Don Rigoldi parecía cada vez más confuso, retorcía una manga deshilachada.

—No estaba en Venecia, fui a mi pueblo a ver a mi hermana enferma. Anoche volví a la parroquia y me enteré. —Bajó la mirada—. Por desgracia, hay un problema…

Pisani estaba a punto de perder la paciencia, pero ¿cómo podía enfadarse con un sacerdote anciano y, a todas luces, necesitado? Se llevó el pañuelo perfumado a la nariz.

—¿Qué problema?

El sacerdote se inclinó para coger el cofre y lo puso encima del escritorio.

—Momo no solo me trajo esto —dijo. Marcos lo escuchaba expectante—. Me dio también una carta sellada que debía entregarle con el resto.

—¿Y?

—Anoche, cuando volví del viaje, estaba cansado y la noticia de la muerte de Momo me impresionó, así que busqué sus cosas y me senté junto al fuego. Tenía la carta en las manos, se me resbaló y… acabó entre las llamas. No pude salvarla —lo había dicho. Suspiró esperando a que se desencadenara la tormenta.

Marco se quitó la toga y se acercó a la ventana. Mientras contemplaba el edificio de las prisiones nuevas, trató de encajar las piezas de esa extraña historia. El desgraciado chico para todo de un teatro que lleva una doble vida… A saber qué habría descubierto Nani en Mestre… Envenenado a una hora indefinida de la tarde del martes con la digitalina, quizá porque el asesino había querido simular un ataque cardíaco. Un castrato que había estudiado canto, un hombre sin amigos, sin familia, que se hacía pasar por jorobado y que, cuando terminaba la temporada teatral, desaparecía en Mestre. Además, estaba el cofre con sus últimas voluntades y, por último, la carta, que quizá lo explicara todo y que ese desgraciado mugriento, que estaba sentado con las manos apoyadas en el regazo, visiblemente abatido, había quemado sin querer.

—Vamos, vamos, don Rigoldi —trató de animarlo Pisani—. Ya no tiene remedio, quizá no fuera nada importante. Le agradezco que haya venido a verme. —Acompañó a la puerta al religioso, que seguía pidiendo disculpas.

Con el pañuelo en la nariz, Marco corrió a abrir la ventana que daba al canal para dejar entrar el aire fresco del mar. Se quitó la peluca y, por fin, pudo respirar libremente.

El cofre seguía en el escritorio, al lado de la llave. Parecía inocuo, un banal recipiente de cuero con los bordes de hierro. Marco lo observó mientras lo giraba. Algo le decía que contendría más de un problema.

«Ahora me da por hacer el adivino, como Chiara», pensó. Pero ¿qué problemas podía encerrar un simple cofre que había pertenecido a un miserable? Ya, un miserable que había muerto envenenado, un falso jorobado, un verdadero castrato, un antiguo cantante, un hombre con una doble vida. Quizá sus secretos no pusieran en peligro al Estado, pensaba Marco, pero semejante personaje podría haber generado un sinfín de complicaciones y de situaciones desagradables.

Basta, lo único que debía hacer era abrir el cofre y ver qué contenía. Marco giró la llave en la cerradura y levantó poco a poco la tapa como si fuera a liberar un nido de serpientes. En su lugar, vio cinco saquitos de tela ordenadamente apilados, cada uno marcado con una inicial escrita con pintura roja.

Agarró uno, el que tenía la letra o, lo abrió y sacó un refinado tarro de cristal morado con flores grabadas y el tapón de plata. En el fondo había restos de una sustancia grisácea. El segundo, el de la letra efe, contenía una tira de encaje dorado bastante sencillo.

Cada vez más asombrado, Marco sacó del saquito marcado con la letra de un mensaje de amor en el que se concertaba una cita. Del cuarto salió un objeto escalofriante: un martillo carpintero con la punta ahorquillada manchada de una sustancia oscura con unos pelos castaños pegados. Pisani se estremeció al mirar la letra ese.

El último saco, marcado por una be, contenía una carta. Marco la leyó rápidamente y empezó a comprender.

—¡Dios mío! —exclamó sin querer—. ¡El pobre Momo era un chantajista! Estas son las pruebas de los hechos reprobables que habían cometido sus víctimas —hablaba en voz alta, gesticulando, caminando de un lado a otro del despacho—. Pero ¿eran realmente víctimas o también eran criminales? Además, ¿quiénes son? ¿Cómo puedo encontrarlos si la carta que quizá lo explicara todo se ha quemado? Bueno, al menos uno no era, sin duda, un criminal —proseguía agitando la carta arrugada—, solo un desgraciado que defendía su secreto y, además, sé quién es. Pero ¿y el martillo ensangrentado? ¿Y la sustancia que hay dentro del tarro?

Jacopo Tiralli, que había oído al avogadore hablando solo, se asomó tímidamente a la puerta.

—Todo va bien —dijo Pisani para que se fuera.

Cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que el asesino de Momo debía de ser uno de esos cinco señores o señoras, ya que el veneno era el arma preferida de las mujeres. Para protegerse de posibles represalias, en caso de que se descubriera que él era el chantajista, el factótum había entregado a don Rigoldi las pruebas con las que los tenía en sus garras. Pero algo había salido mal, alguien había desafiado a la suerte y lo había matado. ¿Quién? Para encontrarlo Pisani solo disponía de una inicial, mejor dicho, de cinco iniciales, y debía descubrir cuál era la justa.

Por un instante, sintió la tentación de renunciar a una investigación que parecía una adivinanza y que, además, serviría para hacer justicia a un desgraciado como Momo, chantajista de profesión. Podía confiar el asunto al Messer Grando, quien encargaría a sus esbirros que hicieran las debidas averiguaciones y al final todos saldrían impunes, eso si no se acababa culpando a un inocente.

Pero sabía que el maldito sentido de la justicia que su familia le había inculcado desde que era niño se lo impediría. Así pues, tenía entre manos un buen rompecabezas que, sentía, lo metería en unas situaciones sórdidas, las que más detestaba.