Capítulo 14

—¡DOBLA a la izquierda, Nani, que vamos a las Carampane!

Guiado por la voz de Pisani, el gondolero embocó con habilidad el estrecho rio de la Madonnetta, situado detrás del campo San Polo, con la larga embarcación.

—¿A las Carampane? —bromeó mientras concluía la maniobra, alzando la voz para que su amo lo oyera a pesar del ruido del tráfico de mediodía—. ¿Qué dirán las señoras Chiara y Costanza?

Marco y Daniele se rieron. Todos sabían que en el rio Terà delle Carampane y sus alrededores se encontraban los burdeles de peor fama de Venecia, pero ninguno de ellos, Nani incluido, habría metido un pie en ellos para comprar una hora de amor.

—Nani, Nani —le regañó Marco—. ¿Cuándo aprenderás a ser respetuoso conmigo?

—Pero, paròn —contestó al vuelo el joven—, si no los animara un poco, usted y el abogado Zen no se divertirían un instante, siempre ocupados en sus delitos.

—¿Cómo ha ido esta mañana con Luca Michiel? —preguntó Daniele, recordando que su amigo había citado en su despacho del Palacio Ducal al amante de Angela Donà.

Marco suspiró.

—No he sacado nada en claro —admitió—. A diferencia de Donà, el joven es distinguido y atractivo, también muy simpático. Cuando entró parecía inquieto, su amiga lo había avisado, claro, pero después me describió de forma convincente la situación.

Michiel, contó Pisani, había reconocido que se veía con la señora, aunque sin especificar la naturaleza de su relación. Se divertían juntos, hablaban de muchas cosas. Cuando le había preguntado si le ayudaba a completar su miserable sueldo, el joven se había enojado.

«Con todo el respeto, avogadore —había exclamado—, ¡¿no pensará que soy un vulgar mantenido?! —Al ver que Marco protestaba, había añadido—: Espero que no considere imposible que una gran dama sienta afecto por un joven de pocos recursos y quiera cultivar su amistad y que este corresponda a sus sentimientos de forma espontánea». —Marco había tenido que reconocer en su fuero interno que ese joven atractivo y orgulloso podía hacer perder la cabeza a una mujer madura.

Cuando le había preguntado si estaba al corriente del chantaje, Michiel había confesado sin vacilar que lo sabía, pero, a pesar de habérselo ambos preguntado muchas veces, ni él ni la señora Angela habían podido imaginar quién era el autor. En cuanto al día de la muerte de Momo, Michiel había declarado que había estado con el senador escribiendo al dictado un sinfín de cartas.

«Además, avogadore —había terminado sonriendo—, si la señora Angela y yo fuéramos dos asesinos, víctimas de la pasión, habríamos matado al procurador y no al desgraciado de Momo».

—La verdad es que no creo que esos dos sean culpables —concluyó Marco—. Empiezo a preocuparme, no sé si voy a lograr resolver este caso. Si Baffo, Fusetti y Donà son inocentes, como me inclino a pensar, solo nos quedan dos sospechosos: Soranzo, al que identifiqué ayer, y el señor O, de quien espero averiguar algo gracias a la madama que vamos a ver ahora.

La góndola había enfilado el rio San Cassiano y Nani se disponía a atracar.

—Tengo la impresión de que en las últimas horas has avanzado en la investigación —insinuó Daniele—. ¿No deberías contar a tus pobres secuaces lo que has averiguado?

—No solo es oportuno, también es urgente e indispensable. Esta noche os espero a todos en mi casa —dijo Pisani saltando con agilidad a la orilla del rio, que había tomado el nombre de las antiguas casas de los Rampani.

Ese día, el callejón estaba inusualmente abarrotado. Entre las tabernas y las furàtole de la peor calaña no se veía solo a marineros de permiso o a burgueses caminando con la cabeza gacha y el sombrero calado hasta los ojos. Además, había mercaderes alemanes y holandeses, pajes franceses que, al igual que sus amos, se reconocían con facilidad por la abundancia de encajes en su indumentaria, algún que otro turco y suizos vestidos con telas gruesas, que bien podían ser cocheros o guías alpinos, en lo que constituía una auténtica babel de idiomas y llamadas.

Algunos entraban en los locales que se abrían a la calle o salían tambaleándose por haberse excedido con la bebida. Los hombres que desaparecían en los portales malolientes para subir a los burdeles de los pisos superiores se cruzaban con los grupos que salían de ellos riéndose. Ni siquiera en las ventanas se veían mujeres medio desnudas tratando de atraer a los clientes, todas estaban muy ocupadas.

—Las putas hacen su agosto en la feria de la Sensa —observó Daniele.

—Ya —respondió Marco—. En estos días se vende de todo.

A los dos amigos no les costó reconocer la entrada del burdel El Amor Libre, su meta. Al subir la apestosa escalera, oyeron risas y música procedente de lo alto.

Cuando se asomaron al amplio vestíbulo todos los ojos se volvieron hacia los recién llegados y se hizo un silencio repentino: no era frecuente que dos caballeros visitaran lugares semejantes. Una mujer rubia, cubierta por unos cuantos velos, se escabulló a toda prisa de las rodillas de un cliente barrigudo, la joven que estaba tocando la guitarra se quedó con la mano suspendida en el aire y dos alemanes con entradas dejaron en una mesita sus copas de vino para contemplar boquiabiertos a los recién llegados.

Marco y Daniele notaron enseguida que en esa ocasión la vieja madama no se había refugiado en su saloncito privado, sino que estaba sentada, huesuda y muy tiesa, al escritorio que había en un rincón, desde el que dirigía el tráfico y el vaivén del dinero. Para estar a la altura de su papel, se había blanqueado el rostro marchito, que el carmín de los labios atravesaba como una herida, con polvo de Chipre.

—¿A qué debo el honor de su visita, señores? —les preguntó. Los había reconocido al vuelo, a pesar de que, la vez que se habían visto, hacía unos meses, no le habían revelado su identidad. Ya entonces no se había creído que dos señores tan distinguidos como ellos hubieran podido ir a su local atraídos por sus pupilas.

—Nos gustaría hablar con usted en privado —contestó Daniele.

—Un momento. —La mujer se levantó apoyándose en un pequeño bastón de ébano—. ¡Giovanni! —llamó en dirección al pasillo, por el que enseguida apareció un viejo criado—. Ocupa mi lugar y asegúrate de que nadie pierde el tiempo. Ah, pide también que traigan café a mis invitados.

En la sala se reiniciaron las conversaciones, envueltas en los acordes de la guitarra.

—Como usted ordene, señora Ernestina —dijo el viejo sentándose al escritorio.

Seguida de los dos amigos, la madama se encaminó hacia el salón privado que había al fondo del piso. La estancia no había cambiado, el canario enjaulado estaba tomando el aire fuera de la ventana.

—Veamos —dijo Ernestina mientras se sentaba en un sillón y se ajustaba el encaje de su vestido—, por la expresión de los señores deduzco que se trata de una visita oficial.

—Exacto —corroboró Marco—. Soy el avogadore Pisani y el señor que me acompaña es el abogado Zen. Hemos venido porque solo usted puede procurarnos la información que necesitamos para resolver un caso.

Ernestina permaneció impasible, en su rostro apergaminado se dibujó una sonrisa mientras los escrutaba con sus ojos vivaces.

—Dígame.

La interrumpió la llegada de una camarera joven con la bandeja. En cuanto se marchó, tomándose el café, Marco contó a la vieja Ernestina, que lo escuchaba atentamente, cómo, en el curso de la investigación que estaba realizando, habían encontrado un frasco que contenía un líquido turbio que, tras ser analizado por el farmacéutico de Santa Fosca, había resultado ser una infusión abortiva a base de perejil. A continuación, sacó el frasco de cristal morado y lo dejó en el escritorio.

Ernestina lo agarró y lo giró entre las manos sin decir una palabra.

El momento era delicado. Pisani debía conseguir que la mujer colaborara sin irritarla.

—Sabe que la ley considera el aborto uno de los delitos más grave —prosiguió—, de forma que, ya solo por eso, quien preparó ese compuesto debe ser denunciado a la justicia.

—No pensará que fui yo —lo atajó Ernestina en tono seco.

—No, no es eso lo que pienso. Con todo, supongo que, debido a su profesión, sus pupilas sufren de cuando en cuando… si me permite… algún accidente. Y quizá alguna sepa a quién recurrir para resolver el problema.

—¿Está diciendo que mis chicas abortan cuando se quedan embarazadas? —lo interrumpió la madama—. No es así, avogadore. A pesar de su profesión, son mujeres como las demás. Casi todas dan a luz a sus hijos y se los dan a un ama de leche para que los críe. Algunas llevan a los recién nacidos al torno de los orfanatos, pero otras se retiran con sus hijos y se dedican a un trabajo honesto, como el de costurera. Algunas encuentran incluso marido. Yo no les pongo impedimentos, al contrario, he ayudado a muchas.

—No hemos venido a hablar de usted, que, a buen seguro, es un ama bondadosa —terció Daniele, pues convenía seguirle la corriente—, pero las jóvenes hablan y estoy seguro de que entre ellas circula información reservada. Sabemos que en algunas casas de Venecia se esconden alquimistas, presuntos magos y brujas, estafadores todos dispuestos a preparar cualquier mejunje a cambio de dinero, pero no sabemos sus nombres. Los estamos buscando porque tenemos buenos motivos para creer que el autor de esta mezcla es culpable de homicidio. —Señaló el frasco—. Solo sabemos que su nombre empieza por o.

Ernestina se echó a reír. Aquella risa suya, seca y quebrada, acabó en un golpe de tos.

—¿Me está diciendo, abogado, que la justicia ha decidido por fin castigar a la asesina de la pequeña Cecilia Tron? Porque es una mujer. —A continuación, dio unas palmadas y cuando volvió a entrar la camarera le dijo—: ¡Vacía la mesa y trae los vasos y el aguardiente de cerezas que guardo para las ocasiones especiales!

Marco y Daniele se habían quedado atónitos, sus semblantes reflejaban estupor. No se esperaban eso o, quizá, ¿justo era eso lo que andaban buscando? Se levantaron a la vez y comentaron la situación en voz baja junto a la ventana, mientras la vieja llenaba los vasos.

—¿Cecilia Tron? ¿Qué tiene que ver eso con nuestra investigación? Jamás he sospechado nada sobre la muerte de esa muchacha. La familia es conocida —murmuró Marco—. Sabía que murió de forma repentina, creo que hace poco más de un año, pero siempre se dijo que había sido una muerte natural, causada por una debilidad pulmonar.

—Pero, por lo visto —continuó Daniele—, la señora O tiene algo que ver con ella. Tratemos de averiguar algo más, ya que la vieja parece dispuesta a hablar y ha tenido la habilidad de dejar a sus pupilas al margen de la conversación.

En el pasillo se oía un ruido de pasos, risas y portazos: por lo visto, incluso en ausencia de la dueña no faltaba trabajo.

—Por sus caras veo, señores —prosiguió Ernestina mientras los dos amigos tomaban asiento—, que la justicia no estaba al corriente de la suerte que corrió Cecilia Tron. Siendo así, ¿a qué debo su visita?

—Mi querida señora —respondió Marco con frialdad, bebiendo un sorbo de aguardiente—, estoy cansado de perder tiempo. Quiero saber cómo se llama la persona que preparó la infusión abortiva. Los delitos que pueda haber cometido son asunto mío.

—Nadie da nada a cambio de nada —regateó Ernestina ajustándose en el pecho el largo collar de perlas que lucía—. La otra vez, avogadore, me dio dos ducados de plata por una dirección. ¿No cree que el nombre de un asesino vale, al menos, dos ducados de oro?

«¡Ah, las putas! —pensó Marco—. Están obsesionadas por el dinero».

—De eso nada, mi querida señora —contestó—. Esta vez he venido como avogadore y usted es testigo.

Ernestina se entretuvo alisando el encaje de una manga.

—El problema, excelencia, es que soy muy vieja. No recuerdo bien…

Pisani perdió la paciencia.

—Lo siento mucho —la amenazó apretando los dientes—, porque, para que recupere la memoria, me veré obligado a ordenar a dos esbirros que la detengan y que la lleven a pie hasta el Palacio Ducal, cruzando toda la ciudad.

Esta vez Ernestina había perdido, pero, como buena jugadora, sabía cuándo era el momento de rendirse, así que bebió un poco de aguardiente y les contó todo.

—La persona que buscan se llama Zaira Orsato y vive en las fondamenta de la Misericordia, cerca de la sacca. Es una mujer guapa, de unos cuarenta años, con cierta instrucción, y se hace pasar por herborista, pero en el laboratorio que tiene al lado de su casa prepara mejunjes de todo tipo, no solo pomadas curativas o jarabes para la tos, también infusiones abortivas y venenos.

Marco y Daniele se miraron pensando en Momo.

—Cuando el embarazo de una mujer es avanzado, también usa instrumentos para interrumpirlo. Naturalmente, hace todo eso en secreto, es más, pretende hacerse pasar por una gran dama, se viste con elegancia, va al teatro y asiste a las recepciones, conoce a muchas personas importantes que la protegen, porque puede hacer favores preciosos.

—¿Qué le ocurrió a Cecilia Tron? —preguntó Marco.

Ernestina se arrellanó en el sillón y les contó que, según sabía, un aciago día, Cecilia, la hija pequeña de la ilustre familia, se había dado cuenta de que estaba embarazada. Por lo visto, se trataba de un amor juvenil por el gondolero de la casa, por lo que el matrimonio quedaba descartado. No se sabe cómo, quizá a través de una doncella, oyó hablar de la señora Orsato y se hizo con la mezcla abortiva.

—¿Por qué está tan segura de que este frasco procede de Zaira Orsato? —quiso saber Daniele.

—Es muy sencillo, abogado. Estoy segura porque un pariente mío, cristalero en Murano, los fabrica para ella. Como ya le he dicho, la mujer pretende pasar por distinguida. Pero, bueno, para acabar con esta historia, la pobre Cecilia murió al cabo de unos días en medio de unos dolores atroces. Al parecer, la infusión era demasiado fuerte. La voz se corrió y desde entonces mis chicas no han vuelto a ir a su laboratorio.

—¿Y su familia?

—Creo que los Tron nunca supieron del todo de qué había muerto Cecilia. Su madre sigue llorando por la enfermedad pulmonar que acabó con su vida. El médico de la familia, un buen profesional, debió de comprender lo que había ocurrido en realidad, pero alguien lo convenció para que guardara el secreto y Zaira Orsato salió bien parada. Aunque, por lo que veo, no del todo, pues, al cabo de un año, la justicia se ha decidido a buscarla.

Después de despedirse de los dos amigos, Ernestina se preguntó qué delito podría haber cometido Zaira Orsato, pues el avogadore no se había molestado en ir para interrogarla sobre la muerte de Cecilia Tron. En cualquier caso, ella tenía sus fuentes, así que encontraría la manera de satisfacer su curiosidad.

—Una experta mujer de negocios —comentó Marco mientras se dirigían hacia la góndola, abriéndose paso en la multitud que abarrotaba las Carampane.

—¿Quién, Zaira Orsato o nuestra astuta Ernestina?

—Me refería a la dueña del burdel. Es verdad que no ha ganado nada por la confesión, pero hablaba de su actividad como si dirigiera un internado.

—Los burdeles son unos sitios extraños. Además del dinero, por ellos circulan los secretos de la ciudad, igual que las aguas residuales fluyen por las alcantarillas.

—¿Significa eso que los frecuentas? —Marco se rio antes de saltar a la góndola.

Daniele miró su reloj.

—Aún es pronto. La historia de Cecilia Tron me ha intrigado. ¿Por qué no vamos a ver a su madre para averiguar algo más?

También Marco estaba deseando saber más detalles.

—Buena idea, además, Ca’ Tron no queda muy lejos. En cualquier caso, debemos procurar que la madre no se entere de la verdadera causa de la muerte de su hija. Dejémosla con su creencia por el momento y veamos si logramos averiguar algo así.

Nani, que no se había perdido una palabra del diálogo, dirigió la góndola hacia el rio de San Boldo sin que le dijeran nada y luego enfiló el rio Ca’ Tron.