Capítulo 9
EL ESCENARIO del teatro parecía un hormiguero. Marco y Daniele lo contemplaban desde la entrada de la platea mientras esperaban al empresario Bianconi.
Era primera hora de la tarde del lunes 4 de junio y los ensayos se sucedían. Al fondo del amplio espacio, un grupo de bailarinas, entre las que destacaba la cabellera pelirroja de Caterina Velluti, practicaba arabesques y pliés. Detrás de la columna izquierda del proscenio, se recortaba la alta figura de Muranello ensayando un aria acompañado por un clavecín: «Montes y mares he recorrido luchando, por ti he derrotado a los enemigos».
Variaba las vocalizaciones hasta el infinito sin parecer nunca satisfecho.
—¡No, no, maestro! Si debo hacer un agudo tan largo, se rompe la armonía. Probemos otra vez.
Entretanto, en el escenario trajinaban los tramoyistas, los carpinteros y los técnicos de luces, mirando hacia arriba.
—¡Atento, cuidado! —Se oía gritar.
—Apartaos, está bajando —respondía otra voz desde arriba.
—¡Abridlo solo cuando esté en el suelo! —recomendaba un hombre bien vestido, que debía de ser el escenógrafo—. ¿Habéis puesto aceite a las poleas? ¡No se deben oír chirridos!
Lentamente, bajo la mirada atenta de Marco y Daniele, mientras las bailarinas se refugiaban entre bastidores, empezó a bajar un enorme globo formado por cientos de lastras de cristal azul iluminadas desde el interior. El globo llegó a las tablas del escenario y se apoyó en un pedestal.
—Abridlo —ordenó el escenógrafo. Sin que nadie interviniera, el globo se dividió en tres partes dejando a la vista una habitación suntuosa, probablemente una sala de trono, decorada e iluminada con ostentación—. Esta vez ha bajado bien —comentó—. No como anoche, que estaba torcido. Recordad cómo se hacen las maniobras —reprendió a los trabajadores.
Muranello parecía cada vez más descontento con la ejecución de distintas variaciones del aria. De repente, jadeando, procedente de las salitas de descanso de la planta baja, apareció en la entrada la figura rechoncha del empresario.
—Excelencia, disculpe, no sabía… habría venido a esperarlo.
—No se preocupe, Bianconi —lo interrumpió Marco—. Hemos venido a efectuar una simple inspección. Nos gustaría visitar la sastrería.
—Faltaría más, podemos ir enseguida —asintió el empresario sin atreverse a preguntar cuál era el motivo de la visita—. Es mejor que vayamos por la escalera que está cerca del escenario. —Les abrió paso por el arco exterior de la platea hasta llegar al pie de una escalera cuyos escalones, partiendo de los camerinos, parecían desaparecer en la nada.
Había cinco tramos, correspondientes a los cinco pisos de palcos. Llegaron resoplando a lo alto, donde un mundo nuevo e inesperado se abrió ante sus ojos.
Desde una balaustrada, que corría a lo largo del arco del escenario, se podía admirar el ajetreo de los artistas y los trabajadores que estaban abajo.
—Desde aquí —explicó Bianconi señalando una gran balsa suspendida en el vacío—, usando esta plataforma, se bajan las nubes, los carros de las divinidades con los artistas y los ángeles que animan las fiestas. Usando una plataforma especial —prosiguió con orgullo—, bajamos el palacio de cristal, mientras que el globo que los trabajadores están probando justo ahora requiere un arnés invisible que no chirríe. Parece que, por fin, hemos dado con él. Pero la escena más espectacular es la del último acto, no sé si la han visto ya.
—No —confesó Marco—. En el estreno de la ópera tuvimos que abandonar la representación para correr a casa de Momo.
—Es cierto, pobre. ¿Saben ya cómo murió?
—Aún no, pero nos estaba hablando de la escena final. —Pisani cambió de tema.
Bianconi sonrió.
—Ah, sí. Es uno de los tesoros del teatro, obra del modenés Antonio Jolli. Se instaló en 1740 con ocasión de la fiesta que se celebró en honor de Federico de Sajonia y desde entonces lo guardamos celosamente. Se trata del palacio de la princesa. Se necesitan treinta trabajadores para bajarla desde esta altura y muchas cuerdas, que se equilibran mediante un sistema de poleas. Es una plataforma enorme, que sujeta un sinfín de columnas en espiral, templetes de cariátides, pináculos sostenidos por querubines, no sé cuántas agujas, capiteles y guirnaldas de cartón piedra, iluminadas por grandes arañas.
—Magnífico —exclamó Daniele—, pero ¿nunca se producen accidentes?
—Tenemos mucho cuidado —contestó Bianconi—. Lo más peligroso son las lámparas, porque si se balancean, pueden caer chispas en las telas o en el papel que tengan cerca, razón por la que las hemos fabricado con unos envoltorios metálicos y de cristal y, hasta la fecha, en el San Giovanni Grisostomo nunca se ha producido un incendio —terminó muy satisfecho.
Marco levantó la cabeza y, a la luz vacilante que subía desde el escenario, entrevió detrás de las vigas del techo un segundo grupo de poleas y garruchas de las que colgaban unas robustas cuerdas.
—¿Y esas? —preguntó señalándolas.
—Son el alma del teatro —les ilustró Bianconi—. Con esas poleas, utilizando un sistema de contrapesos, se bajan los lienzos del fondo. Tenemos cinco, que sirven para todo. Más adelante están los cabrestantes para bajar segundo plano, que divide en dos el escenario cuando es necesario cambiar la escena durante la representación.
—¿Dónde se guarda todo el material? —preguntó Daniele con curiosidad.
Bianconi señaló una puerta situada a sus espaldas.
—Hemos llegado a nuestro destino, ahí está la sastrería, pero si a los señores les interesa, podemos subir un poco más para ver dónde se almacenan las escenografías.
¿Cómo podían negarse? Marco y Daniele siguieron al empresario por un nuevo tramo de la escalera y llegaron a una sala inmensa situada justo debajo del techo que se extendía por toda la platea y llegaba hasta el vestíbulo.
Allí, iluminados por los tragaluces que se abrían en el complejo entramado de las vigas, había, meticulosamente ordenados, objetos de todo tipo. Rollos de tela pintada y alfombras apoyados en las paredes, aquí un montón de árboles, pinos, olivos, robles de tamaño natural, recortados en tablas de madera, allí una fila de espejos sujeta por una rejilla; algo más lejos se entreveía una pila de mesas, sillas y muebles de todas las épocas y, por todas partes, a lo largo de los pasillos que formaban los montones heterogéneos, había estatuas de yeso, perfiles de edificios, balaustradas, púlpitos, confesionarios, altares o carros voladores para las divinidades. En un rincón se acumulaban nubes recortadas y pintadas en cartones gruesos, un amplio espacio albergaba los techos de estalactitas que se utilizaban para las cuevas y, colgados al fondo, brillaban, a pesar de la escasa luz, lámparas de cristal, candelabros y vajillas de los estilos más variopintos.
—Ahora volvamos a nuestra investigación —dijo Marco una vez satisfecha su curiosidad.
La sastrería se encontraba justo debajo del almacén de material escénico y, ocupando el mismo espacio que el patio de butacas, estaba iluminada por unos ventanales que daban al canal. A esa hora estaba medio vacía. Los recibió la jefa de las modistas, Angelina, que estaba cortando una tela plateada en una de las mesas que invadían la primera parte del taller.
—Voy a llamar al señor Canciani —se ofreció y, acto seguido, se dirigió hacia el fondo y desapareció entre los numerosos estantes de ropa que ocupaban casi todo el espacio.
Volvió al poco tiempo seguida del famoso sastre responsable del vestuario, que hizo una cortés reverencia a Marco.
—¿En qué puedo ayudarlo, excelencia? —preguntó.
Marco sacó de un bolsillo la tela dorada que había encontrado en el cofre de Momo.
—Sé que esta tela pertenece a un vestido de un personaje de teatro —aventuró—. Me gustaría saber quién lo llevó en el carnaval de 1748.
Canciani agarró la tela y la examinó acercándose a una ventana.
—Creo que se trata del vestido de un figurante, la tela es basta, una primera actriz jamás se pondría un vestido así. Déjenme ver la colección de 1748 y podré ser más preciso. Pero ¿cómo encontró este retal? —preguntó con curiosidad.
—Es una larga historia —respondió Marco evasivo—, pero usted vaya a verificarlo, lo esperamos.
El sastre se adentró de nuevo entre los estantes y, mientras Bianconi supervisaba el trabajo de la modista, los dos amigos no pudieron resistir la tentación de dar una vuelta por el taller. Había miles de trajes, tanto masculinos como femeninos, con sus correspondientes pelucas y joyas. Como, por tradición, el teatro de ópera no respetaba la veracidad del aparato escénico, casi todas las prendas, incluso las destinadas a las representaciones de época clásica, reflejaban las modas posteriores al siglo XVI. Los terciopelos, los damascos, los tules y las sedas orientales se alternaban en una explosión de todos los colores del arcoíris, entre los miriñaques colgados de las paredes, las capas, las plumas y las máscaras.
—Allí guardamos los vestidos de los protagonistas: sopranos, sopranistas y tenores —explicó la modista Angela.
Marco y Daniele se acercaron curiosos a aquel espacio y admiraron los cuerpos de raso finamente bordados de oro y perlas, las faldas con cristales incrustados, los uniformes militares resplandecientes, decorados con pasamanería, una muestra de lo mejor que podía ofrecer la artesanía veneciana.
—Aquí está —los interrumpió Canciani emergiendo de las profundidades del taller. Llevaba en las manos un amplio vestido dorado—. Cada prenda tiene prendida una hoja donde se precisa en qué ocasión se utilizó. El vestido que los señores están buscando lo lució una figurante en la ópera Semiramide de Nicolò Jommelli, que se representó durante el carnaval de 1748. Miren —añadió levantando un borde de la falda—, el pedazo de tela que me han enseñado lo arrancaron de aquí.
En la falda se veía, en efecto, un agujero que correspondía al pedazo que Marco tenía en las manos. El avogadore se apresuró a preguntar:
—Pero ¿quién lo llevó?
—Ahí está el problema —suspiró Canciani—, nunca escribimos el nombre de los figurantes. Pueden cambiar de una representación a otra, excelencia, pero si tiene la cortesía de decirme qué quiere saber, intentaré informarme mejor.
Marco, que no quería divulgar noticias confidenciales, se despidió de él un poco decepcionado.
—Se lo agradezco mucho, Canciani, pero ahora debo marcharme. Me esperan en palacio.
El sastre responsable del vestuario hizo una reverencia.
—Como quiera, excelencia, sepa que estoy a su disposición.
Una figurante, pensaba Marco mientras se dirigía hacia la planta baja. Se preguntaba cómo era posible que Momo hubiera chantajeado a una simple figurante. Sin embargo, el pedazo de tela pertenecía al traje que Canciani le había enseñado.
—¿Qué opinas? —susurró a Daniele para que Bianconi, que los acompañaba, no lo oyera.
—No entiendo nada —confesó su amigo.
Michiel Grimani los esperaba en su despacho en compañía de su criado, que acababa de dejar en la mesa una cafetera humeante y unas delicadas tazas orientales. Como siempre, la elegancia del propietario del teatro era intachable y, en aquella ocasión, además, la corbata de encaje que lucía resaltaba sus facciones, dignas de aparecer en una medalla.
—Acomódense, señores —los invitó con cordialidad—. Pero, avogadore Pisani, ¿por qué no me ha avisado? Lo habría recibido personalmente. Acabo de llegar y Rinuccio se ha apresurado a informarme de su visita.
—Decidí venir de repente —explicó Marco—, pero quizá su ayuda nos sea útil. Se trata de un asunto privado.
Bianconi comprendió al vuelo.
—Si no me necesitan más, tengo que seguir con los ensayos —dijo a modo de despedida.
—Imagino que su visita y la del abogado Zen está relacionada con la muerte de Momo —aventuró Grimani haciendo los honores de la casa—. ¿Puedo preguntarle cómo va la investigación?
De hecho, el propietario no había vuelto a saber nada desde que lo habían avisado de que unos desconocidos habían puesto la casa de Momo patas arriba. Daniele le informó brevemente de lo sucedido y Grimani se quedó atónito al saber que el criado para todo del teatro llevaba una doble vida. No pudo contener la risa cuando se enteró de que estaba casado, pero la historia del chantaje lo dejó luego pensativo.
—De forma —comentó— que ahora hay que descubrir quién era la figurante que fue víctima del primer chantaje, la que responde a la letra efe. Sospecho de quién se trata, pero, si me dejan echar un vistazo a los registros del teatro, se lo confirmaré enseguida. —Sacó un grueso volumen de un estante, donde figuraba escrito en letras doradas AÑO 1748—. Aquí anotamos los acontecimientos más relevantes de todas las temporadas teatrales. Veamos qué sucedió en enero.
Empezó a pasar las páginas, deteniéndose de cuando en cuando, hasta que exclamó:
—¡Aquí está! Lo he encontrado. —Y dirigiéndose a Pisani y a Zen, que lo escrutaban intrigados, explicó—: La tarde del 18 de enero de ese año, durante un ensayo general de la Semiramide de Jommelli, la primera actriz, la soprano Anna Pianacci, mientras bajaba del cielo en una nube, aterrizó encima de una trampilla del escenario que habían fijado mal, cayó en el foso y se torció un tobillo.
—¿Ha dicho Anna Pianacci? —preguntó Daniele.
—Sí, pero no es ella la que nos interesa. Bueno, la verdad es que en ese momento supuso todo un problema, porque, a pesar de que el accidente no había sido grave, supimos al instante que no podría pisar el escenario durante varias semanas y, como siempre andamos cortos de dinero, no nos podemos permitir sustitutos. Sí, la temporada de ópera parecía perdida, pero, de repente, una joven figurante, ataviada aún con el vestido dorado que usaba en las representaciones, confeccionado con la misma tela que usted, abogado, tiene en las manos, dijo que quería verme. Me confió que era una magnífica soprano, que se sabía el papel de memoria y que estaba preparada para sustituir a la primera actriz. Hicimos varios ensayos, al final le dimos el papel y he de reconocer que tuvimos bastante éxito. La mujer era Adriana Fusetti.
Se hizo un profundo silencio.
—De manera que —razonó Daniele— Momo debió de sospechar que Fusetti había provocado el accidente que había sufrido Anna Pianacci. Pero ¿cómo supo que fue así?
Marco señaló el pedazo de tela.
—Quizá Adriana Fusetti había aflojado a propósito la trampilla desde debajo del escenario, porque pensaba que la primera actriz bajaría de la nube justo ahí. Si se producía un accidente, ella tendría la ocasión de su vida. Pero, debido a los nervios, el vestido se le quedó enganchado y se desgarró, y Momo, que debió de ser el primero en bajar allí, encontró el jirón cerca de la trampilla, lo comprendió todo y decidió ganar dinero con esa historia. Con todo, me pregunto —prosiguió dirigiéndose a Grimani— ¿por qué la señora Fusetti permitió que la chantajeara por algo que, en el fondo, no era tan grave?
—Piense, avogadore Pisani, que estando como estaba al principio de su carrera, podrían haberla echado del teatro, se jugaba su futuro. Después, el tiempo pasó y ella, quién sabe… Pero vayamos a ver el foso.
Los tres hombres bajaron la pequeña escalera que había a un lado del escenario. Grimani les abría paso empuñando un farol.
—Tengan cuidado —les advirtió—. Como no se puede excavar mucho, pues enseguida sale agua, en los teatros venecianos el foso es muy bajo. Además, es húmedo, porque el suelo es de tierra apisonada.
A pesar de la oscuridad reinante, en el foso la actividad era frenética. Algunos trabajadores reparaban los carros sobre los que se veían unas formas planas de madera que desaparecían en lo alto.
—Son árboles, puentes, setos y escorzos de edificios que se deslizan por dos pistas cortadas en el escenario, forman parte de los bastidores móviles, que dan la sensación de profundidad —explicó el propietario—. Están accionados por unos carros que deben moverse en perfecta sintonía. —Mientras hablaba, se abría paso entre unos extraños cilindros de seda plateada, azul y verde—. Estos se mueven mediante unas manivelas situadas en los dos extremos y sirven para simular las olas del mar.
—La ilusión es perfecta —comentó Marco—. Siempre me he preguntado cuál era el truco.
—Ya hemos llegado. —Grimani se detuvo en la trampilla ominosa, iluminando el techo bajo con el farol.
En las tablas del escenario se veía con toda claridad una apertura cuadrada, engoznada y cerrada con un pestillo.
—Basta con aflojar el pestillo poniéndolo justo en el borde para que la trampilla se abra con la mínima presión —comentó el propietario del teatro—. Por lo visto, Adriana Fusetti lo manipuló a toda prisa y al marcharse el vestido se enganchó sin que ella se diera cuenta. Pero ahora volvamos al despacho. Nuestra diva está a punto de llegar y supongo que los señores querrán interrogarla. Prepárense para un buen ataque de histeria —dijo sonriendo.