Capítulo 20

AMANECÍA cuando Marco y Guido, aún soñolientos, desembarcaron del primer transbordador del día, que iba casi vacío, en el campiello de las Barche de Mestre y se abrieron paso entre la multitud de vendedores y comerciantes que esperaban en el muelle para viajar a Venecia.

Alrededor del atraque del Canal Salso pululaban los burchi y los peatoni cargados de frutas y hortalizas de las tierras del interior que se dirigían hacia el mercado de Rialto.

Delante del edificio de correos varios mozos apilaban mercancías en el techo de una diligencia a la que el postillón estaba enganchando cuatro recios caballos de tiro, mientras varios viajeros deambulan por las inmediaciones esperando para ocupar su puesto.

Los dos amigos, cargados con un equipaje ligero y ataviados con unas botas robustas y ropa cómoda, con las pistolas bien a la vista en el cinturón para desanimar a los bandoleros, se dirigieron hacia el edificio donde se encontraban las oficinas, contiguo a los establos y a los almacenes.

—Queremos hablar con el maestro de postas —dijo Valentini tendiendo varias monedas a un mozo que estaba almohazando a un caballo bayo cerca de la entrada.

—Enseguida, señor —exclamó el joven antes de salir corriendo dejando el trabajo sin acabar. Volvió al poco tiempo precedido por un hombretón pelirrojo vestido con unos pantalones de cuero, que le marcaban su prominente barriga, y una chaqueta de paño amarillo adornada con alamares.

—Soy Gianotto Pinelli —dijo a modo de presentación—. ¿Es usted el doctor Valentini? Ayer recibí su mensaje y lo estaba esperando.

Valentini, que había hecho ya aquel viaje en varias ocasiones, explicó que debía ir a Bolonia con el avogadore Pisani y que, como solo disponían de unas horas, no podían usar la diligencia, porque era demasiado lenta, razón por la que estaban dispuestos a gastarse lo que fuera necesario para contratar al mensajero más hábil y alquilar los mejores caballos, que cambiarían en cada posta, para poder llegar a su destino a media tarde.

—Veamos —dijo Gianotto—, son ciento sesenta kilómetros, deben cruzar tres cursos de agua, cambiar unas cinco veces de caballo y parar a comer. Sí, podrían estar en a Bolonia a media tarde si no surge ningún problema y si tienen una buena resistencia. —Los miró de arriba abajo con aire de aprobación—. Deberían llegar a su destino esta tarde. Veo que van armados —añadió—. Es una buena precaución, porque tanto en los territorios venecianos como en los del Estado Pontificio los caminos están infestados de bandidos, de la peor calaña, pero no se acercan si advierten que los viajeros llevan armas de fuego.

—Sería oportuno —lo interrumpió Pisani— que nuestro guía se quedase con nosotros un día para poder acompañarnos a Venecia el jueves.

Pinelli se echó a reír.

—Eso no es un problema, señor —lo tranquilizó—. Basta con que paguen —dijo y, a continuación, les soltó una cifra desorbitada.

Imperturbable, Pisani contó el dinero que Gianotto le había pedido y este, haciendo una profunda reverencia, le aseguró que estaba encantado de poder procurarle a sus mejores empleados. Acto seguido echó a correr llamando a un tal Bepi a voz en grito.

Los dos amigos se sentaron a una mesa que estaba en el exterior de la taberna Tre Pennacchi para disfrutar del primer sol del día.

—Será duro —comentó Valentini bebiendo su café.

—¡Quién sabe qué encontraremos! Pero ¿tus amigos saben que vamos hacia allí?

—Nos esperan con la cena en la mesa y una cama caliente.

Marco miró al médico guiñando los ojos.

—¿Sabes que todo este asunto, que hayas insistido tanto en que fuéramos a Bolonia, me intriga un poco? ¿No será que me ocultas algo?

—Ya lo verás —respondió Guido, cada vez más impenetrable.

En ese momento llegó Gianotto acompañado del tal Bepi, un joven alto y musculoso que hizo una reverencia al verlos y les aseguró que era un honor poder hacer de guía a dos señores tan distinguidos como ellos. Vestía también ropa de cuero, además de dos pistolas.

—Si los señores quieren seguirme, los caballos ya están preparados —dijo. A continuación, los llevó a los establos, de donde un mozo salía en ese momento sujetando por las riendas al primer animal, una montura robusta y rolliza con unos flamantes arneses.

Marco metió el equipaje y la bolsa de los documentos en los bolsillos de la silla y montó a lomos del caballo. Guido y Bepi lo siguieron y, acto seguido, el pequeño cortejo se puso en camino.

Llegaron a Padua un par de horas más tarde, después de haber recorrido el camino de sirga del río Brenta, que cruzaba los parques de las villas veraniegas de los patricios venecianos. Tras dejar atrás la ciudad, efectuaron el primer cambio de caballos en la posta de Battaglia y luego, atravesando un ameno paisaje de campos cultivados y granjas, llegaron al río Adigio y embarcaron en el barco que lo cruzaba.

Poco habituados a cabalgar, los dos caballeros parecían extenuados.

—Una hora más de galope y pararemos a comer —los animó Bepi, que estaba más fresco que una rosa.

—¿No estás cansado? —le preguntó Guido apoyado en un rollo de gúmena.

Bepi soltó una carcajada.

—Esto no es nada. Ya sabe que soy correo y hago transportes rápidos. Puedo galopar hasta dos días seguidos para llevar un despacho urgente, de Milán a París, por ejemplo. Me basta con tener siempre caballos frescos. Y, si no llueve ni nieva, me considero afortunado.

Marco estaba bebiendo de una cantimplora de cuero.

—Pero ¿dónde vive tu familia? —preguntó.

—En Venecia, en la Giudecca —respondió Bepi—. Tengo mujer y tres hijos y, mientras pueda, haré esta vida, porque la familia Tassi, que dirige el servicio postal de toda Europa, me paga bien. Cuando envejezca, me adaptaré a trabajar como postillón y a conducir las diligencias sentado en el pescante. Vamos —los invitó aferrando las bridas de su caballo—, podemos desembarcar.

A Marco y Guido se les hicieron eternos los kilómetros previos a la parada, en las tierras cenagosas y desoladas del Polesine, más allá de Rovigo y de la aduana del Estado Pontificio. Después, por fin se abrieron ante sus ojos las aguas resplandecientes del Po. Tras cruzarlo a bordo de otra embarcación, llegaron aliviados al patio sombreado del edificio de la posta de Polesella.

Mientras Bepi se ocupaba de cambiar a los caballos, los dos amigos se refrescaron con el agua del pozo, que les pareció dulce y fresquísima. Tambaleándose un poco, por la tensión a la que había sometido toda su musculatura, entraron en la posada, donde flotaba un buen olor a carne asada.

Una de las mesas estaba ocupada por varios viajeros, en apariencia mercaderes, que se habían apeado de la diligencia que había en un rincón del patio. Marco y Guido se sentaron al lado de la ventana y, tras rechazar las anguilas guisadas que les propuso la joven camarera, pidieron el pollo asado, cuyo delicioso aroma los había recibido al entrar.

—Tengo un hambre canina —dijo Marco suspirando, mientras atacaba la comida—. El aire del campo me ha dado energía. ¿Queda mucho para llegar a Bolonia?

Guido negó con la cabeza.

—No, después de esta parada galoparemos unas tres horas más, pero, tú, ¿de verdad tienes tanta prisa por volver a Venecia? Bolonia es una ciudad espléndida, me gustaría enseñártela.

—Me encantaría quedarme más tiempo —confesó Pisani—. Los procesos pueden esperar, pero no puedo estar lejos de Chiara. Debido a la fiesta de la Sensa, apenas la he visto en estas dos semanas.

—¡Qué suerte tienes! —Guido sonrió—. El amor es una locura, pero ¡qué locura tan dulce!

—También es un tormento —apuntó Marco—. Ya sabes cuánto deseo casarme con ella, pero no puedo dejar de pensar en mi primera mujer, la pobre Virginia, que murió de parto. De hecho, me angustia la idea de que Chiara tenga un hijo.

—No te preocupes, esta vez yo estaré a su lado y ¡soy un buen médico! —Guido le estrechó con afecto una mano mientras lo miraba con sus ojos bondadosos.

—Lo sé, amigo mío —asintió Marco—, pero es un tormento irracional, nunca me liberaré de él. ¡No sabes la suerte que tienes de no haberte ligado nunca a una mujer hasta el punto de querer casarte con ella!

—¿Y, tú, qué sabes?

Marco se quedó con el tenedor suspendido en el aire, mirando a su amigo boquiabierto.

—¿Qué quieres decir?

—Pues… que no sabes nada de mi vida —Guido lo observó con aire repentinamente grave.

El avogadore, que también se había puesto serio, dejó el tenedor y bebió un sorbo de vino aguardando las explicaciones de su amigo. Se oyó el relincho de un caballo procedente de los establos y un perro ladró a lo lejos. Los dos hombres se miraban, envueltos en un silencio cargado de emoción.

Guido habló por fin:

—No temas, Marco, no me has ofendido. Pensaba contarte algo sobre mí, ahora entenderás por qué.

Pisani estaba cada vez más confundido, pero intuía que Guido se disponía a revelarle su secreto más íntimo.

—Estoy casado —dijo por fin Valentini—. Mi mujer está viva y goza de buena salud, es más, no tardarás en conocerla, porque vive en Bolonia.

—Entonces…

—Ya sabes que, desde que era joven, he dedicado mi tiempo al estudio de la medicina, que es mi pasión. Me licencié en Bolonia, después perfeccioné mis estudios en la escuela de cirugía de París, de donde regresé en 1735, cuando tenía veintisiete años. Gracias a mi amigo, el cardenal Lambertini, el papa actual, en Bolonia pude fundar la escuela de cirugía, que me dio cierta fama. Puede que no me creas, pero en esos años era asiduo de los mejores salones de la nobleza, los Albergato, los condes Pepoli, incluso los marqueses Marsigli se disputaban mi presencia. Se me subieron los humos, hasta me olvidé de que era feo y me enamoré de una de las mujeres más atractivas de la ciudad.

Sonrió con amargura.

Marco lo escuchaba en silencio, apretándole un brazo con afecto.

—¿Quieres saber quién es? ¿Has oído hablar de la soprano Camilla Alberti? —Pisani asintió con la cabeza, maravillado—. ¡Justo ella! Ya no era tan joven, tiene cinco años más que yo, pero era una criatura espléndida, divertida, llena de gracia, adorada por el público y por un sinfín de admiradores. De hecho, sigo sin entender por qué me eligió a mí, por qué accedió a casarse conmigo —siguió con los ojos brillantes.

Calló un momento moviendo la cabeza.

—No sabes cuántas veces me lo he preguntado. Estaba perdiendo la voz, en poco tiempo no habría podido cantar una ópera entera. La llevé a los mejores especialistas, pero no tenía remedio: sus cuerdas vocales se habían debilitado. En cualquier caso, incluso después de haber perdido la gloria de los escenarios, seguía siendo una mujer extraordinaria. Además, no era pobre, al contrario. En fin, que no tenía necesidad alguna de casarse.

—¿Nunca has pensado que se casó contigo porque te quería?

—Por supuesto, me hice esa ilusión. Nos casamos en 1739, fue una ceremonia sencilla, oficiada por el cardenal en la catedral de San Pietro, como correspondía a dos novios que ya no estaban en la flor de la edad. Por ella reformé mi casa, la cubrí de atenciones, parecía feliz. Solíamos pasar las veladas charlando delante del fuego, a mí ya no me interesaba la vida mundana y ella parecía que tampoco echaba de menos los éxitos del escenario.

—¿Qué pasó después?

—Una tarde, a principios de febrero de 1740, vino a mi casa un criado de los condes Lini di Pontecchio, jadeaba, traía una carta en la que la condesa me decía que su suegro se había sentido mal de repente y me rogaba que fuera a verlo. Ya sabes cómo soy: preparé a toda prisa el maletín, me puse una capa gruesa, besé a mi mujer y le dije que volvería al día siguiente, porque era una noche terrible, subí a la carroza y me marché.

El grupo de mercaderes salió ruidosamente del local y Guido hizo una pausa para beber, después se llevó las manos a la cabeza y prosiguió en voz baja:

—A medio camino, mi carroza se cruzó con un mozo a caballo con el recado decirme que podía volver a casa, porque el anciano conde había muerto. Aprecié el detalle de la señora y me prometí que le daría las gracias en la primera ocasión que tuviera. Cuando regresé a casa, las luces del primer piso estaban apagadas y eso me sorprendió, porque Camilla no solía acostarse pronto. Fui a los dormitorios del piso de arriba y…

—No me cuentes más —dijo Marco.

—¿Por qué? En nuestro dormitorio se veía luz y oí unas voces. Sin detenerme a pensar, entré, me acerqué a la cama y descorrí las cortinas. Camilla estaba allí, pero no estaba sola. Vi un cuerpo abrazado a ella. La bonita cabellera de mi mujer tapaba la cara de un hombre. —Guido alzó sus ojos brillantes—. ¿Sabes que eres la primera persona a la que cuento esta historia?

—Para ya —le ordenó Marco tratando de imponerse.

En ese momento, Bepi se asomó a la puerta. Pisani lo despidió con un ademán.

Guido movió la cabeza.

—Ya no me duele y aún no te he contado todo. Camilla se separó de él y enseguida reconocí al joven marqués Rinaldo Pietramellara. Hice amago de salir, pero ella me abrazó llorando, pidiéndome perdón, juraba que aún no habían… ya me entiendes… consumado. Como si eso tuviera importancia. La aparté de mí y la tiré al suelo de un empujón. En ese momento, el joven se abalanzó sobre mí medio desnudo, me agarró la pechera y me amenazó. ¿Sabes cómo reaccioné? Lo reté a duelo, yo, ¡el hombre más débil del mundo!

—¿Tú, a duelo?

Guido se rio.

—Ya. ¿Te imaginas? Después de una noche infernal, en la que no dejé de oír desde mi despacho a Camilla llorando, implorándome, llamando a la puerta, llegaron los padrinos del marqués. Como yo era el ofendido, me correspondía elegir las armas. Jamás he practicado esgrima, mi familia es rica, pero burguesa, así que elegí la pistola: el resultado del duelo me daba igual. El marqués y yo nos enfrentamos al alba del día siguiente, como en las novelas francesas, en una explanada a orillas del río Reno, en Casalecchio. Me había procurado un par de pistolas de pedernal y, mientras acariciaba distraído la madera de la empuñadura, ajustándonos a las reglas del duelo, los padrinos nos colocaron espalda contra espalda. Después contaron veinte pasos y nos volvimos. Cuando dijeron «tres» tiré sin apuntar, es más, cerré los ojos, mientras la bala de mi adversario me rozaba una oreja. Cuando abrí los ojos, me quedé de piedra al ver a mi contrincante en el suelo, sangrando. Lo había herido en un costado, por suerte superficialmente, de forma que allí mismo, en el lugar del duelo, le limpié y le cosí la herida, porque me había llevado el maletín.

—Así que no murió nadie.

—Afortunadamente, no, pero el mundo se me vino encima. Camilla se había refugiado en casa de los condes Ariosti y me escribía cartas de arrepentimiento, me juraba que había sido un arrebato de locura, me suplicaba que la perdonara, pero el encanto se había roto. Cuando me llegó la noticia de que el papa Clemente XII había muerto y mi amigo el cardenal tuvo que marcharse para asistir al cónclave, decidí marcharme yo también. Como ya sabes, él se convirtió en el papa Benedicto XIV después de un cónclave de seis meses. Yo, entretanto, de vez en cuando voy a Bolonia por negocios, he perdonado a Camilla y ahora vive en nuestra casa. Ella fue la que me escribió contándome la información de la que os hablé, porque aún frecuenta los salones y conoce a fondo el ambiente musical. Te gustará, es una mujer muy animosa.

—¿Significa eso que seré su huésped?

—¿Por qué no? A fin de cuentas, sigue siendo mi casa.