Capítulo 18

 

—CRÉEME, no me has dejado elección —respondió Kassandra.
Amplió aún más el gesto de la boca, hasta mostrar los dientes. Kassandra pensó que más que una sonrisa aquello se asemejaba al rictus irónico de la muerte. Sintió un escalofrío. Sobre todo, debía evitar pensar en la muerte en aquel momento. Hacía mucho que se había quedado atrás la ocasión de pensar. La acción era lo único que importaba.
—Bien, eso pretendía —contestó—. Sois demasiado... esquiva.
—¿Esquiva? —se sorprendió Kassandra al mismo tiempo que, deseosa de mantenerse tranquila, daba un paso al frente hacia él—. Pero si estoy aquí.
—Es cierto.
Deilos reaccionó adelantándose también, elevó los brazos y acabó abrazándose antes de dejarlos caer. Por fin, adoptó una pose: situó un pie hacia delante y se colocó la mano en la cadera. Kassandra se preguntó si él creería que aquélla era una postura noble.
—Yo quería casarme con vos —le espetó.
A Kassandra se le encogió el estómago. Lo sabía, claro. Atreus se lo había comentado hacía dos años o más, de pasada y conocedor, de antemano, de la respuesta que ella le daría.
Desposar a Deilos. La sola idea sonaba absurda.
—Como estoy segura de que debió comentarte el vanax en su momento, yo no tenía interés alguno en contraer matrimonio.
Deilos hizo un gesto displicente con la mano.
—Sí, claro; Atreus me contó algo así. Aunque, por supuesto, sé cuál era la verdadera razón. No me consideraba lo bastante bueno para la elevada posición de la familia Atreidas.
—No. Él dijo la verdad. Yo no deseaba casarme. Quería ser libre.
Deilos, algo confuso, frunció el ceño.
—¿Libre? ¿A qué os referís?
—A lo que he dicho. Quería un grado de libertad mayor al que creía que me esperaba en el seno de un matrimonio. Y, sobre todo, quería viajar.
—¿Por qué?
Deilos parecía realmente perplejo, como si ella le hubiera confesado un ferviente deseo por comer boñigas.
—Tú te has aventurado más allá de las fronteras de Ákora —le recordó—, y sabrás seguro lo emocionante que es el resto del mundo.
—No hay nada de emocionante —respondió llanamente—. Sólo he ido por necesidad, nada más. Ákora constituye el mundo que realmente importa.
—Entonces, ¿por qué tratas de destruirla?
Kassandra no habló con tino, sino porque quería en verdad conocer el porqué. ¿Qué podía haber llevado a un hombre a actuar como Deilos lo había hecho?
—¿Destruirla? —repitió, iracundo—. No es eso lo que hago. ¿Cómo os atrevéis a decir algo así? Lo único que quiero es conservarla.
—¿Cómo, tratando de asesinar al vanax y animar, de este modo, a los enemigos de Ákora a que se alcen contra ella?
Deilos, que no se esforzó en negarlo, se limitó a preguntar:
—¿Os referís a los británicos?
De nuevo, agitó la mano, la de un hombre que despreciaba todo, a excepción de las violentas fantasías que albergaba en su mente. Aquellas fantasías eran del todo reales para él.
—Los británicos no valen nada. Acabaríamos con ellos sin dificultad y, en el proceso, el pueblo se cohesionaría, se haría uno de nuevo, como en los viejos tiempos, como debe ser. Los británicos no son más que un medio.
—Me atrevería a decir que ellos se ven de otra manera.
Con altivez, anunció:
—Eso no importa. Servirían a mi propósito, aunque puede que ahora ya no haga falta. Atreus morirá. Vos y yo vamos a casarnos. El pueblo se sentirá aliviado. Todos se congregarán en torno a mí.
—Lo tienes todo planeado —le acusó mientras la bilis que le ascendía por la garganta hacía que hablar le resultara casi imposible.
—Todo ocurrirá como debe ocurrir —sentenció.
Luego, se aproximó a Kassandra mientras la observaba. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no moverse. Despacio, con cuidado, deslizó la mano por la abertura oculta de la túnica que llevaba puesta, la que había cortado ella misma porque sabía que sería necesario.
—Hay rumores sobre vos.
—¿Rumores?
—Se dice que poseéis un don; hay quien opina que se trata más bien de una maldición. Ha habido otras mujeres así en vuestra familia. —Frunció el ceño antes de continuar—: No me gustaría que ninguna de nuestras hijas estuviera marcada por algo así, de modo que prefiero que engendréis hijos.
—Un hombre no siempre recibe lo que prefiere.
—Yo sí, en cambio, porque sirvo a Ákora. Aun así, decidme: ¿son ciertos esos rumores?
Kassandra cerró la mano con firmeza y tomó aliento para reunir fuerzas.
—Como desconozco su contenido, no puedo responder.
—Veis el futuro. Por eso tenéis ese nombre.
—Puede que a mi madre le gustara, sin más.
—¡Ah! ¿Sí? Es un poco raro si tenemos en cuenta lo que le ocurrió a la Kassandra original. La asesinaron, ¿no? La sacrificaron en la tumba de Aquiles.
—Eso cuenta la leyenda.
—Veis el futuro.
—Puedes pensar lo que quieras.
De pronto, se dirigió hacia ella, con la mano levantada y el gesto torcido.
—No me provoquéis. Sé bien lo que sois. Un ser no natural, una mujer no natural, que trata de ejercer el poder. No tengo paciencia para aguantar algo así. Seréis mi esposa. Me serviréis a mí y serviréis a Ákora. Esos serán vuestros privilegios.
Estaba más cerca, aunque no lo bastante. Kassandra quería gritar; sin embargo, habló con calma.
—Eso me causará dolor, y herirme, como ya sabes, está prohibido.
—¡Ah, sí! El acuerdo entre las sacerdotisas y los guerreros. Fue vuestra familia quien lo consintió, estoy seguro. Yo, en cambio, lo desprecio. Las mujeres servirán, como siempre han debido hacer.
—¿Y serás tú quien gobierne?
Kassandra se sintió asqueada. ¿Cómo era posible que hubiera crecido una serpiente así de venenosa en Ákora? Aquel hombre rechazaba todo lo que se había desarrollado y protegido durante tantos siglos.
—Mi familia debió haber gobernado desde el principio —contestó Deilos—. Fuisteis vosotros, los Atreidas, quienes al inventaros esa estúpida ficción de la prueba de selección, os asegurasteis de que sólo los vuestros pudieran superarlo. Robasteis lo que debería haber sido nuestro.
—Ha habido quienes han ocupado el cargo de vanax y no provenían de la familia de los Atreidas.
—Puede ser que no llevaran ese nombre, pero eran miembros de vuestra familia igualmente, nacidos de madres Atreidas o casados con mujeres Atreidas. Siempre habéis sido vosotros, nadie más. Sí, os desposaré, porque el pueblo no se contentaría con menos, pero no podréis opinar sobre lo que yo haga.
—¡Ah! ¿Sí? Dime: ¿cómo sobreviviste el año pasado?
Deilos la miró sin comprender un instante y luego se sonrojó.
—¿Cuándo?, ¿Cuándo vuestro querido hermano hizo todo lo que pudo por matarme? No lo logró. ¿No lo veis? Estoy destinado a vivir..., a mandar. Nadie puede vencerme.
—Entonces, no tienes de qué preocuparte, ¿no? Te caíste al canal de la Mancha en medio de una repentina tormenta. ¿Cómo es que no te ahogaste?
—Me protegió el dios del mar.
—¿El dios del mar...?
Lo creía; Kassandra se dio cuenta de que Deilos estaba absolutamente convencido de que había sido salvado por intervención divina. Nunca se le habría ocurrido pensar que Deilos pudiera tener ideas como aquélla, aunque en ese momento comprendió el extraño y retorcido sentido que lo explicaba todo. Él no era el elegido, ni podría serlo jamás; sin embargo, podía creerse favorecido por los dioses, de todos modos, y situado, por ende, por encima del resto de hombres. Estaba tan loco como para creérselo.
—Lo dudáis, ¿no es cierto? —preguntó Deilos—. Eso es porque en el fondo no creéis. Profesáis una fe que es falsa. Los dioses de la tormenta y el mar son reales, y se me han revelado.
—En verdad los dioses actúan de forma misteriosa. ¿Y qué ocurre con el antiguo espíritu akorano? ¿Crees que también gozas de su favor?
—No existe ningún antiguo espíritu. Es un invento de los Atreidas.
Si bien Kassandra esperaba que le respondiera algo así, no por ello dejó de sentir un escalofrío en su interior. Aquel hombre no tenía remedio.
—Ya basta —contestó con brusquedad—. Vamos a volver juntos a palacio. Y vais a anunciar nuestro matrimonio, que se celebrará de inmediato.
Sabía lo que tenía que hacer. Decir que no, retarle, dejarle claro que nunca formaría parte de aquel descabellado plan. Aquello lo provocaría para matarla y lo lograría. Sin embargo, para que ocurriera, Deilos debía acercarse mucho a ella. Y cuando lo hiciera, estaría preparada.
Inspiró el dulce aire de la mañana y echó un último vistazo al teatro. Dedicó un pensamiento a su madre y a su padre, a sus hermanos y, sobre todo, a Royce. ¡Cuánto lo deseaba!
Con todo, no escaparía a su deber. Eso, nunca.
—No —se negó, y esperó a que se produjera el paso hacia la eternidad.
—¿No? —repitió Deilos como si Kassandra hablara un idioma desconocido.
—No me casaré contigo. No haré jamás nada de lo que quieres. Te retaré hasta mi último aliento. Nunca vencerás mientras yo viva.
Ya estaba hecho. Si el universo se compadecía de ella, pronto acabaría todo.
Deilos se acercó más a ella, que tembló al ver en los ojos de aquel hombre el verdadero mal que se había apoderado de su alma. Aunque, como se recordó a sí misma, eso había sido así porque él lo había permitido, porque se había rendido a los encantos del poder y la vanidad que lo condenaban al fracaso. Deilos levantó las manos y apretó los puños.
—¡No podéis detenerme!
Más cerca..., Más cerca... La lucha interna por mantenerse quieta y no huir era casi más de lo que podía soportar.
Kassandra tensó la mano y empezó a sacarla. Sabía cómo hacerlo, tal y como le había insinuado a Royce. Todas las akoranas recibían entrenamiento de aquel tipo, no porque hubiera algo que temer de los akoranos, sino a modo de mero recordatorio de que el mundo podía ser más incierto y peligroso de lo que nadie deseaba.
A Kassandra se le había dado muy bien aquella formación. Y aunque sus instructoras le habían dicho que se debía a la sangre Atreidas que le corría por las venas, había sido aún mejor con la espada, con lo que sospechaba que su rama paterna también tenía algo que ver.
Un poco más cerca...
Mataría a Deilos. Y Deilos, mientras moría, la mataría a ella. Y si bien se unirían en la muerte, no lo harían en la eternidad que los aguardaba, así al menos le rogaba Kassandra que sucediera a todo lo que era sagrado.
Ákora estaría entonces a salvo. Eso era lo que había visto.
Con seguridad y rapidez, sacó el puñal, en cuya hoja se reflejó la luz. Tal y como Kassandra lo había visto en la revelación, Deilos vio venir el arma y reaccionó en el acto. Tenía la formación de un guerrero, estaba curtido para el combate y había enloquecido por la lujuria del poder. El cuchillo que él extrajo de inmediato de la vaina que le colgaba de la cintura se dirigió hacia ella a una velocidad letal.
Un latido... El corazón le latía... una vez más..., sólo una vez más, y luego...
Notó a su lado el rugido de una corriente de aire tan fuerte que hizo que se le levantaran los pies del suelo. Se vio sostenida por una potencia como ninguna que ella hubiera conocido nunca, como si unas alas la elevaran hacia lo alto...
Se vio arropada en una extraña quietud, que la lanzaba en una dirección que ni había anticipado en sus visiones ni había sospechado.
El corazón volvió a latirle, y Kassandra sintió que el tiempo avanzaba al mismo ritmo, un momento que nunca había imaginado que conocería. Una parte del mundo en la que ella había pensado que ya no estaría.
Y aun así, allí estaba, de modo irrefutable, consciente de lo que ocurría a su alrededor y, sobre todo, de la fuerza y la furia que guiaban al hombre que cargaba con ella...
Era consciente de la presencia de Royce. Lord Hawk, el hombre halcón que hacía honor a su nombre por los cuatro costados, estaba allí en aquel momento como un depredador de intenciones tan letales que Kassandra casi no podía mirarlo, apenas capaz de soportar el brillo de la ira que brotaba de sus ojos.
—¡Maldito seas! —profirió antes de saltar, con la espada desenvainada, en busca de Deilos.
Denos, sin embargo, ya no estaba.

 

 

 

Royce entró en un estado en el que el tiempo avanzaba lentamente y no existían los sentimientos, por suerte, pues era vagamente consciente de la furia que vibraba en su interior, distinta de cualquiera que hubiera sentido antes, y que lo llevaba casi a la locura. Mejor sería contener aquella rabia. Se puso de pie y se separó a propósito de la mujer que elevaba el rostro para mirarlo, con los ojos como platos, oscuros e impenetrables.
No podía ni pensar en ella ni en el dolor que lo atormentaba. No en aquel momento, todavía no.
Escrutó la oscuridad en que se había sumido parte del escenario, por donde Deilos se había marchado. Con el arma empuñada, con el acero resplandeciente bajo el sol que se apagaba ya, lord Hawk, el hombre halcón, dio un salto al vacío.
Cayó, con agilidad, a una distancia incierta. Se mantuvo muy quieto durante un momento, sin respirar, y se dedicó a escuchar sin oír nada, hasta que... A su izquierda —le pareció que ese lado debía corresponder al oeste—, cayeron un montón de cantos por una pendiente. Royce siguió el sonido, se adentró en un túnel iluminado por una luz muy tenue que penetraba por las aberturas de ventilación que se habían horadado en la superficie.
Por un instante, sólo eso, el espacio entre las paredes pareció estrecharse de modo que quedaba atrapado. Aquello era fruto de su imaginación, se recordó a sí mismo, y pensó en la suerte del hombre al que perseguía. Enseñó los dientes que brillaban, blancos, en la oscuridad. Corrió, sin dificultad y sin esfuerzo, con paso silencioso sobre la tierra húmeda.
Cuando había recorrido ya casi un kilómetro, el túnel se desvió hacia el sur. Royce reconoció el olor del mar. Redobló sus esfuerzos y pronto se vio recompensado. Delante de él, no muy lejos, oyó los pasos de alguien que corría. Deilos podía ser cualquier cosa; ahora bien, era indudable que estaba en forma. Se movía con rapidez, con demasiada rapidez para ser un hombre que trataba de escapar por donde fuera. Sus movimientos no denotaban duda alguna; sabía bien hacia dónde se dirigía.
Justo en aquel momento, el túnel volvió a girar. Al correr, Royce falló en sus cálculos y se golpeó contra la pared, de modo que hizo que se desprendieran unas rocas que había medio sueltas y que cayeron estruendosamente. Deilos se detuvo. En el silencio que se hizo de repente, su voz se oyó aguda y estridente.
—¡Perro inglés! ¡Xenos! ¡Vais a morir por haberos entrometido!
Royce maldijo entre dientes y se colocó pegado al muro. No podía entretenerse en la ironía de que la mujer que había intentado matar, insistiera en salvarle la vida.
—Deilos, no puedes escapar. La Atreidas quiere que seas juzgado. Te aconsejo que aceptes esa oferta mientras puedas.
—¿La Atreidas? —El desprecio se mezcló con la ira que alimentaba a Deilos, aunque no le impidió hablar—. ¡Esa abominación! Debería haberla matado. ¡Y por todos los dioses que lo haré! ¡A ella y al resto de su familia! ¡Limpiaré esta tierra de...!
Continuaba despotricando, pero Royce ya no lo escuchaba. La amenaza que había lanzado a Kassandra eclipsó todo lo demás. Sin importarle su propia seguridad, avanzó con premura hasta ver el brillo del agua. Era un arroyo subterráneo que discurría hasta desembocar en el mar Interior. Era la vía de escape planeada por Deilos y que quedaba completada con un pequeño bote que lo aguardaba.
Por muy loco que estuviera aquel traidor, desde luego era un buen estratega.
«Es ahora o nunca», pensó Royce. Se separó de la pared y se lanzó en dirección a Deilos, que había previsto su llegada y lo esperaba ya con algo en la mano: levantó el brazo y, al mismo tiempo que esbozaba una amplia sonrisa, le lanzó a Royce lo que parecía un pequeño bote de cerámica.
—¡Morid, inglés! ¡Morid por ella y por Ákora! ¡Retorceos en las llamas que nadie puede apagar!
El fuego griego explotó en el suelo y en las paredes del túnel. Y habría alcanzado a Royce si éste no se las hubiera arreglado para retirarse de un salto. Se quedó a escasos centímetros de la línea del fuego que había prendido al instante. Aunque le abrasaba el calor que producía, Royce no se alejó más. Si las llamas no crecían, podría saltar por encima de ellas. Al menos, creía que podría. Y merecía la pena intentarlo...
Sin embargo, el fuego se elevó hasta rozar el techo, de modo que Royce no pudo sino echarse hacia atrás y dar media vuelta. A través de las llamas danzantes, sólo logró distinguir la silueta de Deilos, que subió a la barquichuela y de un empujón se lanzó por la rápida corriente del arroyo.

 

 

 

Kassandra había visto cómo Royce se desvanecía en las entrañas de la tierra. Había conseguido ponerse en pie aunque no entendía que las piernas aún la sostuvieran. Aunque podía ver bastante bien, parecía que el mundo no funcionara. Por encima del sonido habitual de los pájaros y de los ritmos distantes de la ciudad se percibía aquella extraña ráfaga de viento. ¿O era acaso la parsimonia de su sangre, que se movía, para su asombro, al ritmo de su corazón?
Transcurrió algo de tiempo en una atmósfera de terror y de incredulidad, lo suficiente como para que el miedo se abriera camino entre el aturdimiento que la atenazaba y empezara a diseñar aterradoras imágenes en su mente. ¿Adonde había ido Royce? ¿Qué estaría ocurriéndole? ¿Estaba a salvo?
Aunque se le hizo un nudo en la garganta, Kassandra apenas lo notó. Lo único que podía hacer era mirar fijamente al infinito y rezar para que Royce le fuera devuelto. Su fe no tenía límites, y aun así, cuando percibió un movimiento en la oscuridad, una agitación que enseguida se perfiló en la forma que tanto amaba, apenas se atrevió a creer que sus plegarias hubieran sido atendidas.
La luz del sol poniente brillaba alrededor de Royce; le iluminaba el cabello rubio y la piel, desnuda y bronceada, de modo que lo doraba como si se tratara de un dios antiguo. Royce caminó presuroso hacia donde ella se encontraba y, sin retirar la vista de Kassandra, envainó la espada.
La agarró del brazo. Aunque no lo hizo con crueldad ni tampoco le hizo daño, Kassandra notó la fuerza con que lo hacía y hubo de esforzarse mucho para no temblar.
¿Tenía... miedo? Sí, tenía mucho miedo de un hombre al que nunca había llegado a pensar que temería, de un hombre del que se fiaba con todo su corazón, su cuerpo y su alma; un hombre que sería capaz de mover montañas armado sólo con su fuerza y su nobleza.
Un hombre que en aquel momento la aterraba porque veía en él lo que más temía en el mundo: no la muerte, a la que se había enfrentado y de la que sorprendentemente se había librado, sino algo mucho peor, la desaparición de algo tan único y tan precioso que habría hecho cualquier cosa por proteger.
La desaparición del amor.
—Royce..., he hecho lo que tenía que hacer..., ni más ni menos. Por favor, intenta comprenderlo. Soy la Atreidas, tengo responsabilidades. Debía...
—¡Basta! —No habló alto, sino con gravedad y con la dureza del acero cuando se arrastraba contra la piedra—. He visto lo que has hecho. He visto cómo lo has atraído hacia ti. Nunca has llevado puñal, no al menos desde que te conozco. ¿Qué creías, que podías matarlo? —Se rió con aspereza, sin una pizca de humor.
—¡Sí, lo habría matado! Deilos habría muerto. Lo vi.
—¿Qué? —Royce la miró fijamente al mismo tiempo que empezaba a comprender lo que no quería—. ¿Lo viste? ¿Habías tenido visiones sobre esto? —Le apretó el brazo, esa vez hasta hacerle daño—. ¿Qué viste? ¡Dímelo!
—Vi morir a Deilos. Vi Ákora a salvo. Aquí, en este lugar en que se han tejido nuestras leyendas y nuestra historia. ¿Es que no es suficiente?
—Si eso es todo, sí; si no, no. ¿Qué más viste?
Podía mentir. Podía decirle que eso era todo. Sin embargo, era una Atreidas, el honor era su escudo. Y, que los dioses la ampararan, amaba a aquel hombre.
—Pensaba que yo también moriría.
—¿Viste... tu propia muerte?
Royce contrajo el rostro al pronunciar aquellas palabras, como si tratara de expulsarlas de su alma y no lo lograra por estar aferradas a ambos.
Kassandra asintió.
—La vi aquel día, en el cuarto de la niña. Ákora sobreviviría si yo acababa con la vida de Deilos, pero hacerlo implicaba mi propia muerte. —Al reconocer la mirada de horror en la cara de Royce, gritó—: ¡Por favor, compréndeme! ¡No quería! Deseaba vivir como cualquiera, pero no parecía que hubiera elección.
—Recuerdo muy bien —comenzó con una voz endurecida— que podías ver posibles futuros. Elegimos nuestro propio destino, dijiste. ¿No es cierto?
—Sí, lo dije. —Lo había dicho en las horas mágicas que habían seguido al nacimiento de Amelia, cuando había sucumbido a la peligrosa tentación y se había dejado llevar hacia él—. Pero no pude ver ningún futuro para Ákora que no requiriese mi muerte.
—¿Y no se te ocurrió que debías contárselo a alguien, que simplemente tenías que mencionarlo, en lugar de cargar sola con todo ese maldito peso sobre tus hombros?
—¿A quién debería habérselo contado? ¿A Atreus, que me habría mantenido encerrada para protegerme? ¿A Alex, que habría actuado de igual modo? ¿A ti quizá, Royce? Aunque también sé bien cómo habrías reaccionado, porque acabas de demostrármelo. Me has impedido que hiciera lo que se supone que debía hacer, y ahora Deilos sigue vivo y anda suelto por ahí, en vez de estar muerto.
—¿Me echas en cara que te haya salvado la vida?
—¡No! ¡No, por Dios! ¡No es eso lo que quiero decir! ¡Me refiero a que nos has lanzado a un futuro que no se me ha revelado y ahora no sé qué hay que hacer!
Aunque Royce movió la cabeza, como si estuviera mareado, Kassandra no creyó que así fuera. Veía con claridad que él seguía enfadado, como percibía también el profundo dolor que se acumulaba por momentos en su interior. Aquello la desgarró. Trató de contener las lágrimas al mismo tiempo que se resistía con empeño a abrazarlo, a rogarle que la perdonara, a decir y a hacer lo que fuera necesario para calmar aquel dolor que los resquebrajaba a ambos.
—¿Llegaste a planteártelo? —preguntó Royce en voz muy baja, tanto que ella casi no podía oírlo—. ¿Pensaste en algún momento en cómo iba a sentirme yo?
¿Cómo iba a sentirse él? Kassandra tenía la mente en blanco; se había quedado petrificada. No podía ni hablar, ni moverse, ni hacer nada para defenderse.
La verdad era que no había defensa alguna.
No, no lo había pensado.
Lo había asumido.
—Yo... Nosotros... nos atraíamos.
—¿Atraer? ¿Qué demonios quieres decir? Yo... ¡Maldita sea! —Royce se alejó, se separó de ella y caminó hacia el borde del escenario. Se distanció apenas unos metros, que a Kassandra le parecieron infinitos—. Yo... te quiero —admitió como si se arrancara la verdad a sí mismo—. ¿Se te ocurrió pensar en cómo iba a sentirme después de tu muerte? ¿Se te pasó por la cabeza que yo y todos quienes... te quieren íbamos a sufrir?
Kassandra se sintió expuesta y condenada. La sola idea resultaba más heladora que el miedo a la muerte cercana o cualquier otra cosa que hubiera experimentado hasta entonces. Había actuado tan decidida en aras de lo que creía ser su destino, incluso su misión, que se había permitido no pensar en otra cosa.
—Quería vivir —explicó en voz baja.
—Sí, pues no has hecho nada por que así fuera. Has caminado directa hacia la muerte.
—Bueno, pero mientras vivía..., he querido vivir.
¿Había sido un acto de total egoísmo aferrarse a la vida mientras había podido? ¿Se había comportado como una mujer insensible y odiosa por no haber considerado cómo se habría sentido él?
La respuesta era clara y dura, y no podía cambiarla por mucho que lo intentara. Por loables que fueran sus razones, había herido a aquel hombre, que merecía su amor más leal.
—Royce..., lo siento.
Royce volvió a mover la cabeza, se encogió de hombros y se volvió para rechazar a Kassandra, al mismo tiempo que se negaba a aceptar sus disculpas.
—No importa —contestó, y a Kassandra le aterró la idea de que fuera cierto.
—¡Sí importa! Tendría que haberlo pensado, tendría que haberme dado cuenta. Me he visto tan desbordada desde que supe que mi vida debía llegar pronto a su fin que...
—Ákora es lo que importa —interrumpió Royce, como si ella no acabara de hablar.
Sí, a Kassandra le importaba Ákora, pero también él. ¡Dios mío!, él le importaba tanto. Él era su vida, su felicidad, su esperanza para el futuro, aquel niño de cabellos oscuros como el azabache... Un futuro que en realidad no había visto, sino que había conjurado, deseosa de lo que no cabía siquiera imaginar.
—¿Adónde vas? —inquirió al verlo marcharse y caminar como lo haría un hombre que se enfrenta a un deber necesario que detesta.
—A acabar con todo esto —respondió sin volverse, sin mirarla.

 

 

 

Kassandra corrió tras él. Ni el orgullo ni el deber la detendrían, pues ahora estaba en un presente que desconocía. Se sintió renacer de algún modo nuevo y aquella sensación le resultó liberadora y embriagadora. Estaba viva. Sin duda se habrían dado milagros más impresionantes, aunque no para ella.
Royce se dirigió directamente hacia el muelle, donde lo esperaban los hombres que ella creía de camino a Deimos. Lo vieron regresar estoicamente. Y aunque la presencia de la princesa provocó algún gesto de sorpresa, estaban demasiado bien entrenados como para permitirse mostrar alguna reacción más.
—Separaos —les ordenó Royce—. Haceos con los barcos que necesitéis y bloquead ambos estrechos, el norte y el sur, del mar Interior. No permitáis que nadie entre o salga de Ákora hasta que no se os diga lo contrario.
Kassandra captó al momento la inteligencia de aquellas indicaciones. Impedirían que Deilos huyera. Se vería obligado a esconderse en Ákora. Los hombres se dispersaron para obedecer a quien llamaban lord Hawk, el señor de los halcones. Aquello tampoco le pasó desapercibido a la princesa. A ella la respetaban como Atreidas y de ella esperaban que velara por la estabilidad que siempre habían conocido. Ahora bien, cuando se trataba de luchar contra algún enemigo letal, desviaban su mirada hacia la persona a la que seguirían con satisfacción en la batalla.
Así había sido siempre entre los hombres. Así, supuso, sería siempre. La Creación se había confabulado para que los hombres y las mujeres compartieran sus fuerzas.
Una vez que los guerreros se hubieron dispersado, Kassandra miró a Royce.
—¿Qué vas a hacer?
Bien podría haber hablado a la pared porque Royce no le contestó. Ni siquiera vio en él muestra alguna de que hubiera escuchado la pregunta. Estaba encerrándose en sí mismo, dejándola fuera a ella, sellando lo que había sido y lo que sería. La conciencia de aquella idea fue moldeándose en su interior y le hizo sentir por apenas un instante que no podía seguir adelante.
No obstante, seguiría. Había actuado como lo había hecho. Era quien era y como era. Quizá él nunca podría perdonárselo. Su alma se rebeló al pensarlo. Se negó a contenerse, extendió el brazo y le agarró el suyo a Royce. Tenía la piel cálida, nada áspera, aunque no tan suave como la suya propia. Como siempre que lo tocaba, Kassandra sintió una punzada, una especie de cosquilleo, como si hubiera en su interior dos fuerzas de distinta naturaleza que chocaran entre sí sin remedio antes de alinearse.
—Te vas a Deimos.
Royce tenía los párpados caídos, como los tienen los halcones.
—¿Es una pregunta, Atreidas, o una orden?
—¿Una orden? ¡No soy tan tonta! No eres un hombre al que pueda dársele orden alguna. Vas porque crees que es allí adonde irá Deilos.
—Como un tejón que vuelve a su madriguera.
—Voy a ir contigo.
Royce arqueó las cejas y, con algo de acidez, respondió:
—¡Ah! ¿Sí?
El orgullo surgía de nuevo. Kassandra lo ignoró directamente.
—Sí, voy a ir contigo. Quiero ir contigo.
—Porque eres la Atreidas.
—No, no tiene nada que ver con eso. Quiero ir porque te quiero.
Royce se estremeció. Kassandra se dio cuenta y se sintió bien. Había demasiado en juego como para deleitarse en lo que era justo. Era bueno que se sintiera atravesado por la verdad, que ésta lo penetrara hasta el fondo para extraer el veneno del dolor y de la rabia.
—Deimos es el lugar en que se concentran todos tus fantasmas —continuó—, preferiría que no te enfrentaras a ellos tú solo.
—Pues estabas bien dispuesta a que así fuera cuando apartarme del camino convenía a tus objetivos.
Ahora le tocaba a ella sentir el dardo de la verdad. Aceptó la estocada sin importarle. En lugar de eso, se retiró el cabello hacia atrás y, con la cabeza alta, se quedó mirando a Royce fijamente.
—Piensa lo que quieras, condéname como te plazca. Voy a ir contigo, de todas formas.
Kassandra temió que Royce fuera a negarse. Sin embargo, Royce se limitó a mirarla con unos ojos que parecían esculpidos en piedra y le respondió:
—No me fío de lo que puedas hacer fuera de mi vista.
Luego, le retiró la mano del brazo.
De ese modo, partieron los dos, aunque no solos, pues eso habría sido necio, si bien tampoco acompañados por un enorme séquito, que habría llamado la atención de Deilos en el caso de que estuviera vigilándolos. Kassandra sospechaba que no lo estaba. Había presentido, y casi olido, el miedo en él cuando lord Hawk había hecho aparición y todos sus grandiosos e ilusos planes habían temblado como lo hace el vidrio mal moldeado. Deilos se escondería bajo tierra, se rodearía de sus más leales seguidores y sus letales armas y esperaría a lo que hubiera de llegar.
Royce no estaba dispuesto a esperar. A bordo del pequeño navío que los transportaba a ellos y a unos pocos hombres escogidos, extendió un mapa. Los guerreros se situaron a su lado para estudiarlo. Kassandra quedó, de nuevo, fuera del círculo de hombres, no sólo por el bloque que formaban sus amplias espaldas de anchos hombros, sino por el murmullo intencionado de los hombres que se preparaban para la batalla.
Se encaramó a la escotilla y miró por encima de sus cabezas. Si bien parecía que el mapa había sido dibujado con sencillez, en realidad incluía muchos pequeños detalles. Aunque le dio la impresión de que lo reconocía, no podía estar segura.
Si Royce la vio, no lo demostró. Una vez que hubo terminado, enrolló el mapa de nuevo para guardarlo. Los hombres se dispersaron en grupos pequeños y en silencio, para sentarse en la cubierta a relajarse y a escrutar el horizonte por encima del agua.
—¿De dónde has sacado el mapa? —inquirió Kassandra.
Rodeada como estaba de tantos hombres, su voz femenina le sonó extraña hasta a ella misma. Royce la miró y no respondió. Kassandra también lo miró, insistente.
—De Joanna —contestó por fin, antes de añadir a propósito—: Alex se lo confió.
Aunque aquello le dolió, claro, no la detuvo. Al menos, estaba hablando con ella. Si podía conseguir que siguiera haciéndolo, no podría aislarla.
—¿Y de dónde lo sacó Alex?
Royce volvió a dudar antes de explicar:
—O lo dibujó él o lo hizo Atreus.
—Espera... Recuerdo algo sobre ellos y Deimos. Creo que se metieron en líos con mi padre por ir a la isla.
—Es que casi mueren allí, aunque parece que en el proceso se lo pasaron muy bien.
Pues claro que se lo habían pasado bien. Y Royce lo comprendía a la perfección. De hecho, si hubiera tenido la oportunidad, se habría unido a ellos en aquella diversión.
—¿Para qué sirve este mapa? —continuó Kassandra.
Aún molesto con ella, Royce aclaró:
—Es de las cuevas.
—Marcelus debería haberlo tenido cuando mandó a los hombres a investigarlas.
—Sí, contaba con él; el problema fue que no había tiempo para recorrer cada pasadizo y cada cámara.
—¿Es lo que pretendes hacer?
A Kassandra empezó a revolvérsele el estómago. Ella, que no se había mareado en el mar en toda su vida, temía que fuera a ocurrirle por primera vez en aquel momento.
—Por lo que sé, tus hermanos se pasaron meses explorándolas. Puede que llegaran a alcanzar las zonas más recónditas. Si no lo lograron, no fue desde luego por falta de empeño.
—No me extraña que mi padre se enfadara tanto. Podrían haberse perdido o lastimado.
Royce se encogió de hombros.
—Algunos de los pasadizos son, en realidad, ríos que discurren bajo tierra a lo largo de grandes distancias.
—Joanna mencionó algo sobre que había mucha agua en las cuevas.
—Eso parece.
—Con todo, debes saber que el agua no puede protegerte del fuego griego.
—Es verdad —confirmó antes de volver a centrar toda su atención en el mapa.
* * *