Capítulo 14

 

TRES días... de olivares, incienso, oraciones y vino; de vigilias junto al lecho de Atreus y de consultas murmuradas a Elena. Tres días en que el tiempo pareció ralentizarse y dar de sí como solía hacerlo justo antes de expandirse de modo explosivo.
Tres días, con sus noches. «Un tiempo robado», pensaba Kassandra, reacia a sentirse culpable. Cada instante le era precioso.
A lo largo de aquellas relucientes jornadas, mientras atendía sus responsabilidades, que enseguida se convirtieron en una rutina, se descubría a sí misma recordando de pronto un momento, una caricia, un susurro que le había sido entregado durante la noche.
Concluyó que Royce era el tipo de amante con que sueñan todas las mujeres. Cuando se entregaba a sus brazos en sus horas de intimidad, descubría un mundo diferente, uno en el que no cabían ni el dolor ni el miedo, un espacio sin soledad y sin temor, en el que no había sino amor y la felicidad que éste proporcionaba.
Ella, que siempre había disfrutado del amanecer, despertaba ahora abrumada por el peso del arrepentimiento.
Atreus permanecía inconsciente y no mejoraba. Se limitaba a seguir allí, inmóvil y ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Pronto, muy pronto, habría que tomar una decisión. Y aunque Kassandra sabía bien que sería inevitable, pensar en ello le parecía aterrador.
A menudo se dejaba llevar hasta el otro lado del mar y pensaba en su otro hermano. Le habían enviado un mensaje urgente en un barco veloz que, con todo, tardaría unos días en ponerlo al corriente y habría de transcurrir más tiempo aún hasta que Alex regresara. Siempre, claro, que el curso de los acontecimientos en Inglaterra se lo permitiera.
Había rumores que circulaban en los muelles, que avanzaban camino arriba desde el puerto, atravesaban la gran Puerta de las Leonas situada a la entrada del palacio y penetraban en sus consagradas estancias. Rumores que no eran sino huérfanas habladurías sobre los importantes sucesos que estaban teniendo lugar fuera de Ákora.
Se decía que el emperador Napoleón, aquel que pretendía montarse a horcajadas sobre el mundo como el antiguo Coloso, situaba ahora las vastas llanuras de Rusia en su punto de mira. A Kassandra le costaba creerlo dado que aquella tierra, si bien estaba localizada en un punto muy lejano a Ákora, era muy conocida por su gente. Estaba claro que sólo un necio o un loco creerían que aquél era el momento propicio para conquistarla. ¿Era Napoleón un necio o un loco..., o trataba simplemente de deleitarse en lo que debía de ser la costumbre de la victoria? Pronto se sabría.
También se contaban otras historias, chismes sobre una guerra entre Inglaterra y América, donde los antiguos colonos alimentaban la idea de que, dado que habían ganado su libertad a sangre y fuego, ésta debía respetarse. Sin embargo, veían cómo sus barcos eran víctimas de abordajes y el impacto que esto causaba en sus marineros; eran testigos de cómo se violaban sus derechos de pesca y de cómo ellos mismos eran objeto de burla por su debilidad y su impotencia. Andrew, que había vivido entre ellos, pensaba que no pecaban ni de lo uno ni de lo otro.
—Desorganizados —explicó cuando la conversación de la cena se ocupó de aquel tema— y profundamente enamorados del sonido de sus voces, pues todos tienen derecho a la palabra. Ahora bien, han probado las mieles de la libertad y no se rendirán tan fácilmente.
—Rezo porque no llegue hasta ese punto —comentó Fedra, que si bien ya comía algo más que en los últimos días, aún mostraba un aspecto cansado y pálido—. ¿Para qué tanto dolor? La vida es demasiado corta como para gastarla así.
Mientras su marido la miraba cariñosamente y algo preocupado, y Kassandra balbucía algunas palabras de ánimo, Royce tomó la palabra:
—No obstante, lo que aporta una vida entregada a la defensa de aquello en lo que uno cree de verdad puede tener consecuencias posteriores, en el futuro, ¿no crees? Como las ondas de una piedra que se lanza a un estanque.
«Es un hombre bueno», pensó Kassandra mientras recordaba el momento en que a su madre le habían brillado los ojos apenas un poco; un hombre que comprendía demasiado bien lo que ocurría. En cualquier caso, se había referido a Atreus, y no a ella, de modo que no había razón para pensar que él intuyera las oscuras fuerzas que la guiaban.
Tres días. En la mañana del cuarto, Kassandra abandonó la habitación en que se encontraba el lecho que aún retenía el calor de la pasión de la noche, y se dirigió directamente al patio, donde la esperaban ya Royce y algunos miembros escogidos de la corte. Melinos había puesto una excusa, y Troizus, como de costumbre, se encontraba fuera de Ilion. Con todo, había allí reunidos más de una veintena de hombres. Aunque le preocupaba que aquél fuera un número demasiado elevado para lo que se proponía, no había querido prescindir de nadie, no fuera a ser que aquello provocara preguntas que no quería responder.
Todos avanzaron colina abajo por el serpenteante sendero que llevaba al puerto al mismo tiempo que iban saludando a los habitantes de Ilion que encontraban a su paso. Kassandra pensó que aunque los ánimos de la ciudad se veían aún algo apagados, a la espera de noticias del vanax, la vida había vuelto a la normalidad en muchos aspectos. Tal y como debía ser. Había que alimentar a los niños, recoger la cosecha y continuar con los negocios. Quizá en aquellas actividades encontraran también algo de consuelo.
El puerto aparecía de un azul oscuro y majestuoso, que brillaba bajo la luz del sol vespertino. Junto al embarcadero de piedra se elevaba un navío con cabeza de toro que estaba esperándolos. Las velas se hincharon con la fuerza de un viento refrescante que los arrastró, lejos de allí, hacia el mar Interior.
Al salir del puerto de Ilion, pasaron junto a muchas otras embarcaciones, cuyos marineros levantaban los remos a modo de saludo en cuanto reconocían el gallardete de la familia de los Atreidas, que ondeaba izado en el mástil.
Kassandra, que estaba en la proa, respondió moviendo el brazo, hasta que empezó a dolerle y le dio la impresión de que se le congelaba la sonrisa.
Por fin, una vez que se encontraban ya a buena distancia del puerto y sin barcos cercanos a su alrededor, se relajó, aunque sólo ligeramente, y dejó escapar un suspiro.
—Hace un día precioso —comentó Royce.
Kassandra se volvió y lo encontró apoyado en la borda. Llevaba puesta la falda de los guerreros akoranos, que le sentaba de maravilla, al mismo tiempo que le permitía confundirse, al menos un poco, con el resto de los hombres que la acompañaban.
—Es verdad —reconoció.
—Leios —pronunció Royce en alusión a la isla a la que se dirigían—, lugar de llanuras. Eso es lo que significa, ¿no es cierto?
Kassandra asintió.
—Leios es más o menos del mismo tamaño que la isla de Kalimos que acabamos de abandonar, aunque son muy distintas. En lugar de las montañas que hemos visto en ésta, Leios conforma una lisa llanura.
—¿Es parte de la Ákora original, la de antes de la erupción?
—Sí, como Kalimos. Aunque ambas sufrieron mucho entonces. Por lo que sabemos, los mayores ríos de magma fluyeron en dirección a Leios, que quedó cubierta de lava. Es muy poco lo que se ha encontrado allí.
—¿Y es fértil la tierra?
—Mucho. Cultivamos trigo, centeno y cebada, aunque Leios es más conocida por sus caballos.
—Nosotros también criamos caballos en Hawkforte —comentó Royce con los ojos relucientes.
—Eso me ha contado Joanna. —Con delicadeza, le preguntó—: ¿Lo echas de menos, verdad?
—¿Hawkforte? Sí, supongo que sí, aunque procuro no pensar mucho en ello. También echo de menos Hawkforte cuando estoy en Londres, que no se encuentra a mucha distancia. En realidad, sólo dejo de sentir nostalgia cuando estoy allí. —El viento le agitó el cabello, y Royce, ausente, se lo atusó—. Imagino que tú debes de sentirte igual respecto a Ákora.
Kassandra estaba distraída en la contemplación de los dorados mechones que recordaba haber acariciado por la noche y que tan sedosos le resultaban en comparación con la aspereza de aquellas mandíbulas sin afeitar que en las mismas horas le habían rozado los pechos y los muslos.
—¿Qué? ¿Eh...? Sí, supongo que sí, aunque, en honor a la verdad, siempre he soñado con irme de Ákora.
—Como ya lo has hecho.
—Quiero decir abandonarla por mucho más tiempo, más lejos... En fin, da igual.
¡Qué estulticia por su parte haber pensado así! Estaba unida a la tierra por la sangre y por el destino, y no habría para ella un mundo más amplio.
—Eso es algo que siempre he admirado en las mujeres.
—¿El qué?
—La fuerza que tienen para alejarse de todo lo que les es familiar y crear un lugar para ellas en una tierra nueva. Si lo pensáramos realmente, nos daríamos cuenta de que las mujeres lo han hecho mucho más que los hombres. Después de todo, suelen ser ellas las que son entregadas en matrimonio, enviadas a vivir con el clan que hay situado al otro lado de la colina o a una distancia mucho mayor. —Royce miró hacia el horizonte, con los ojos entornados por el reflejo de la luz en el agua—. ¿Qué es lo que dijo Ruth? ¿Tu pueblo será mi pueblo? Debió de costarle mucho decir eso.
—¿La Ruth de la Biblia? He leído el relato. Es conmovedor.
—La Biblia está repleta de mujeres fuertes.
Se movió de modo que se le pronunciaron los enormes músculos de los hombros. Observó los delfines que habían aparecido junto al barco y saltaban, juguetones, en aquel momento sobre la estela que dejaba. Se deslizaban entre ellos unos peces de menor tamaño, de apenas unos cincuenta centímetros, y que, con sus aletas en forma de alas, surgían del agua para ganar velocidad sobre la superficie, como si volaran.
—¿Peces que vuelan? —preguntó con una sonrisa.
—Una de las muchas maravillas de Ákora. Mira allí, a estribor. ¿Ves cómo cambia el color del agua de azul a un verde mucho más claro? —Cuando Royce asintió, Kassandra continuó—: Si buceas allí, verás un arrecife poco profundo, y en él, las ruinas de lo que parece haber sido una casa de considerable tamaño. De algún modo, logró escapar a una destrucción total cuando quedó sumergida bajo el agua. La gente ha ido sacando algunos pequeños objetos de lo que queda de las habitaciones: unas cuantas estatuas, fragmentos de cerámica, e incluso algunos pedazos de mosaicos teselados.
—¿Alguna pista de sus moradores?
—No. Puede que escaparan.
Ambos sabían que aquello era poco probable. El destino que había esperado a la mayoría de los habitantes de Ákora había sido inexorable.
—¿Crees que recibieron aviso de algún tipo? —preguntó Royce.
—Quienes sobrevivieron dejaron escritos que revelan que la explosión se vio precedida por unos temblores de tierra y que las fumarolas de humo duraron algún tiempo. Habían visto eso y cosas mucho peores de la montaña con anterioridad, por eso no se alarmaron.
—¿Creían que estaban a salvo?
—Supongo que sí, aunque es lo que la gente quiere creer siempre, ¿no? Quieren seguir con sus vidas de cada día, tienden a preocuparse de sus asuntos ordinarios y no miran mucho más allá.
—¿Ni siquiera quienes se encontraban a los pies del volcán?
—Ni siquiera ellos. —Kassandra señaló algo a lo lejos y comentó—: Creo que ahí hay un calamar.
Royce miró hacia el lugar que ella le indicaba y estudió la forma oscura que se mecía debajo del agua.
—Es grande —musitó.
—Miden entre cuatro y cinco metros. ¿Ves cómo se van los delfines seguidos por los peces voladores? En realidad, no temen al calamar porque no se alimenta de ellos, pero marcan bien la distancia de todas formas.
—Yo haría lo mismo.
—El calamar es un plato exquisito —dijo Kassandra—. Aun así, procuramos no molestar a los de mayor tamaño.
—¿Son demasiado peligrosos?
—Demasiado duros; me refiero a la carne. No merecen la pena.
Royce se rió y la contempló con tanta ternura que a Kassandra le pareció prudente desviar la mirada, algo que logró hacer apenas por un instante. Los ojos de Royce la arrastraron de nuevo enseguida y se vio anclada en aquellas pupilas que, envueltas en tonos verdes y dorados, veían demasiado.
—Tendría que haberme imaginado que, como akoranos que sois, no os arredraríais ante ningún reto.
—Aun con todo, elegimos nuestras batallas.
—En efecto, eso es lo que creo que hacéis.
Se hizo un silencio entre ellos. Kassandra no quería siquiera pensar en lo que había querido decir. Iban a Leios, el lugar de las llanuras, en un día brillante y encantador.
Lo que tuviera que pasar, pasaría.
—¿Y no habrá olivas esta vez?
Movió la cabeza sin volver a mirarlo y clavó los ojos en el agua que el casco hendía a toda velocidad.
—En Leios, no. En realidad, sería una buena idea no mencionar lo de las olivas. Allí la gente las come, claro, y también usa el aceite, pero creen que el cultivo del grano sobrepasa con creces la dificultad del mantenimiento de un olivar.
—¿Hay entonces rivalidad entre Kalimos y Leios?
—Supongo que en cierto modo sí, aunque no es nada serio. Es una pena que Brianna no haya podido acompañarnos.
—¿Su familia es de Leios?
—Sí, y estoy segura de que la echan de menos. Aun así, ella no abandonará a Elena.
No lo haría en un momento tan duro y difícil, un momento en que la curandera podía estar enfrentándose al reto más importante de su vida.
—Kassandra, estoy convencido de que Atreus va a recuperarse.
Se lo dijo para tranquilizarla y así aceptó ella sus palabras. Cuando él se acercó y le pasó un brazo por la cintura con delicadeza, Kassandra no se retiró. Que quienes los vieran pensaran lo que quisieran. En aquel mínimo espacio de tiempo, le gustó no ser la Atreidas, sino sólo una mujer.
«Tu pueblo será mi pueblo.» Cuánto deseaba hacer una declaración tan sentida como aquélla. Cuan amargo era saber que no podía.
Entrada la tarde apareció un manchón negro hacia el norte. Kassandra no dijo nada y confió en que Royce no se diera cuenta. Durante un rato creyó que así había sido, pero él acabó preguntándole:
—¿Es eso Deimos?
Kassandra fingió que la veía por primera vez en aquel momento, aunque sabía que a él no podía engañarlo.
—Sí.
Royce se quedó callado durante varios minutos, que mantuvieron a Kassandra angustiada y preguntándose cuáles serían los horribles recuerdos de su cautiverio en aquella isla que estarían atormentándolo en ese momento. Por fin, comentó:
—Pensé que era más grande.
—Experimentar la realidad puede ser decepcionante.
—Ya veo. ¿Siguen allí los hombres de Marcelus?
—Creo que se iban hoy. Han mandado antes un mensaje en el que afirman que no han encontrado restos de minería de azufre en la isla.
—Realmente, no es necesario excavar para dar con él si el azufre que dejó el volcán aparece en forma de cristales, ¿no?
—Supongo que no. Pueden encontrarse cristales así en el suelo o, con mayor frecuencia, en cuevas. Sin embargo, que se sepa, en la isla ni vive ni trabaja nadie.
Royce desvió la vista para observar la elevación isleña.
—Sabes que nunca se ha capturado a ninguno de los hombres de Deilos.
—Sé que es posible que así sea. Ahora bien, como nunca supimos con seguridad con cuántos hombres contaba, tampoco podemos saber ahora si quedan algunos sueltos. Aun así, sin el propio Deilos a la cabeza para guiarlos, no es muy probable que lleguen a conseguir algo.
—Asumes que Deilos está muerto.
—No —respondió despacio.
Sintió crecer en su interior el recuerdo oscuro de la visión que había tenido en el cuarto de juegos, como se percibe el retumbar de los truenos que avisan de que se acerca una tormenta.
—No asumo nada.
Salvo el hecho de que ella cumpliría con su deber.
—Eso está bien. Llevaría semanas, si no meses, registrar todas las cuevas subterráneas de Deimos. Y aun así, cabe que no encontráramos nada. Si sigue vivo, podría estar en Tarbos o en Fobos. Esas islas también están inhabitadas y agujereadas por cuevas.
—Si sigue vivo —dijo Kassandra—, puede que ni siquiera esté en Ákora.
Ella, sin embargo, sabía que no era así, o al menos eso pensaba. Justo en aquel momento el sol quedo cubierto por una nube, y Kassandra se estremeció.

 

 

 

Alcanzaron Leios a media tarde. A ojos de Royce, aquella isla, sin grandes elevaciones, pero de llanuras onduladas, parecía prolongarse hasta el horizonte. Miró aquellos campos verdes y dorados que se mecían agitados por la suave brisa y se acordó de su hogar.
Al oeste, había una elevación ribeteada de playas doradas que avanzaba hasta penetrar en el mar. Más allá, la tierra se curvaba hacia dentro en una ensenada para ofrecer el agradable abrigo de una bahía donde se asentaba cómodamente un puerto. Era mucho más pequeño que el de Ilion; sólo contaba con media docena de atracaderos y lo que parecían ser dos almacenes. Royce divisó unos edificios situados justo detrás, aunque, dada la planicie de aquella tierra, era imposible saber hasta dónde se extendía la ciudad.
Por el contrario, resultaba mucho más fácil calcular el número de personas que se habían reunido en los atracaderos. Para Royce, serían unos varios miles de ellas, y llegaban más. Todos empezaron a saludar en cuanto vieron aparecer el barco, y el griterío aumentó a medida que iba acercándose.
Poco después, Kassandra desembarcaba para ser recibida por los ancianos de Leios, a quienes acompañaban los hermanos gemelos que habían quedado en primera y segunda posición en la prueba de lanzamiento de jabalina de los Juegos. Aunque la explosión le había provocado heridas leves a uno de ellos, estaba recuperándose con rapidez. El otro había salido ileso. Saludaron a Royce con natural camaradería y se inclinaron respetuosamente ante la Atreidas.
—Nuestras oraciones por la recuperación del vanax son constantes —le comunicó uno de los ancianos—. Día y noche, sin descanso, le rogamos a la naturaleza que lo conserve para nosotros.
—Os lo agradezco —respondió Kassandra.
Luego, miró a los hombres y mujeres que había a su alrededor, jóvenes y mayores. Era gente de orgullo y dignidad que, sin embargo, esperaba que ella dijera algo, cualquier cosa que pudiera aliviar su preocupación de algún modo.
Aunque los compadecía, no podía mentirles.
—Mi hermano, el vanax, necesita de vuestras plegarias —contestó—, igual que yo. Todos nos hemos visto abocados a una situación en la que ni la historia ni la tradición pueden guiarnos. Lo único que podemos hacer es contar los unos con los otros, así como dejarnos llevar por nuestro mejor juicio.
Todos asintieron ante la sabiduría y la honestidad que impregnaban aquellas palabras. Royce pensó que ella era como ya sabían que sería. O, al menos, como lo esperaban. No los decepcionaba, pues hacerlo no le era propio.
Una vez en los campos, mientras él observaba con ojos de agricultor el trigo que maduraba, Kassandra pronunció las oraciones y realizó las ofrendas como lo había hecho ya muchas veces, a pesar de lo cual ni su atención ni su sinceridad se vieron mermadas. De alguna manera, cada vez era para ella la primera.
Más tarde, disfrutaron de una sencilla cena campestre en medio de los ondulantes pastos situados no muy lejos del puerto. Se levantaron las tiendas en las que pasarían la noche, dado el reducido número de lugares en que podían quedarse todos. Royce ya sabía que la población de Leios era similar a la de Kalimos, si bien estaba más dispersa, a pesar de lo cual parecía que muchos habían recorrido distancias nada desdeñables para dar la bienvenida a la hija de la familia que durante tanto tiempo los había servido.
Aunque la tienda de Kassandra estaba situada algo apartada del resto, era, por lo demás, muy parecida a las otras. Royce supuso que también habría sido así de haber sido el propio vanax quien la hubiera ocupado. En Ákora parecían prestar poca atención al rango. Desde luego, no tenía nada que ver con la elaborada ceremonia y ritual que caracterizaba a la corte de Prinny. Royce se sintió agradecido, pues tenía poca paciencia para vanidades de aquel tipo.
Del mismo modo, también pensó que alguna sensata medida de precaución normal en Inglaterra, no habría estado de más. Prinny no iba a ningún sitio sin escolta. Kassandra, por su parte, carecía de ella por completo. Y aunque había pasado días dedicados a convencerse de que no importaba porque estaría rodeada de los fieles akoranos que nunca dejarían que le ocurriera nada, ahora caía la noche con rapidez y la tienda de Kassandra estaba a una distancia que bastaba para que nadie la oyera si pedía ayuda.
Desde luego, también podía gritar por razones más placenteras.
Decidido como estaba, avanzó por la creciente penumbra, retiró la portezuela de la tienda y entró.

 

 

 

Kassandra estaba terminando de bañarse. Transportar por ahí aquella bañera de lona y madera cuando bien podría haberle bastado un barreño era un capricho. Y aunque ella lo reconocía, no dejaba por ello de disfrutar del baño. Después de aquel largo día, y de los que le habían precedido, necesitaba la paz que le proporcionaban el agua caliente y el bendito silencio.
Aunque le habría gustado quedarse remoloneando, el agua se enfriaba con rapidez, de modo que se incorporó y se dispuso a coger la toalla que había dejado previamente en un taburete cercano.
Alguien se le adelantó y se la entregó.
Kassandra emitió un grito ahogado y se volvió para descubrir a Royce, que la observaba con obvia satisfacción.
—Estabas muy lejos —le dijo él.
—No es verdad.
Agarró la toalla y se cubrió con ella, a pesar de que hacerlo le hacía sentirse ridícula, como si aquel hombre no la hubiera visto nunca desnuda. Visto, tocado, probado, saboreado... Aquello ahora no importaba.
—Es que caminas sin hacer ruido —le reprochó.
—Un fallo espantoso —contestó él con cara de satisfacción. Luego echó un vistazo a la tienda y comentó—: ¡Qué acogedora es!
—Es cómoda, tanto como lo será la tuya, estoy segura.
Royce arqueó una ceja y, con ello, se hizo evidente el sonrojo. Ella no era una hipócrita. Llevaba cuatro noches compartiendo el lecho con ella y, de encontrarse en palacio, habría vuelto a hacerlo. El problema era que estaban fuera, en público, como si dijéramos, sin la intimidad con la que contaban en sus aposentos.
Sin embargo, en el barco ella no se había apartado y, en realidad, tampoco quería hacerlo ahora.
—Estás atrapada —le dijo Royce, que ante la mirada de perplejidad de Kassandra, añadió—: en las garras de la decencia. Es un lugar bastante extraño en el que estar.
—No trato de ocultar nada.
—Ya me he dado cuenta. Aunque sí intentas evitar alardear de lo que ha ocurrido entre nosotros y que la gente tenga que enfrentarse a algo así en un momento en el que se encuentra tan preocupada y angustiada.
—Sí —confirmó al mismo tiempo que respiraba, aliviada. Él comprendía de verdad—. Eso es, exacto.
—Kassandra... —Royce le tendió la mano para dejarla caer sin haber llegado a rozarla—. Sea lo que sea lo que nos espera en el futuro, lo que me preocupa ahora mismo es tu seguridad. Estás aquí sola en esta tienda que está algo alejada del resto. Si lo prefieres, dormiré fuera, pero no pienso abandonarte esta noche.
A Kassandra no se le había ocurrido pensar en eso, en que él estaría preocupado por ella en una situación como aquélla. Algo tardíamente, se dio cuenta de que su propia visión la había cegado. Sabía que aquél no era ni el momento ni el lugar, pero él, claro, no contaba con esa información.
Y él quería protegerla. En verdad, lo quería.
Aunque se le llenaron los ojos de lágrimas, no se permitió llorar. La toalla era otra cosa... Sin ella, Kassandra se acercó a Royce.

 

 

 

Él se movió y arrastró los labios por la sedosa línea de la espalda hasta aquel punto extremadamente sensible situado al final de la columna. Allí se detuvo, le sopló en la piel con suavidad y la acarició solamente con la punta de la lengua.
Kassandra gritó en voz baja y se retorció contra el colchón, en un intento por volverse que resultó fallido por la acción de Royce, que la sostuvo con firmeza, presionándola hacia abajo y con las manos aferradas a sus caderas. Luego, la atrapó con las piernas, como sentado a horcajadas sobre ella, que sólo podía mover la cabeza. El fuego de la pasión empañaba los ojos de Kassandra.
—Ya basta... —musitó, en un tono que estaba entre la exigencia y el ruego.
—Yo creo que no.
Su propia voz le sonó dura a Royce: no podía evitarlo. Había llevado al límite su resistencia. Las ganas de ella resonaban como un rugido en su interior y eclipsaban casi todo lo demás, salvo su total y absoluta determinación.
Royce quería asegurarse de que Kassandra recordaría aquella noche cuando la asaltaran los oscuros pensamientos que, según Royce sospechaba, la visitaban con demasiada frecuencia. Que la recordaría cuando se sintiera dividida entre sus deseos de mujer y sus deberes de Atreidas. Momento a momento, latido a latido, lo recordaría a él, a ellos, y todo lo que ambos compartían. Por todos los santos que se aseguraría de que así fuera.
Aún la retenía. Royce presionó ligeramente entre la curva de sus nalgas y le deslizó los dedos en el vértice de los muslos. Kassandra se removió bajo su cuerpo y Royce pensó, aunque no estaba muy seguro de ello, que las almohadas habían enmudecido una maldición.
—Eres tan suave —le susurró al oído—, tan tersa y de líneas tan perfectas... Eres realmente preciosa.
Mientras hablaba le introdujo un dedo en la hendidura. Luego, comenzó las caricias, primero lentas y después cada vez más intensas, sin ofrecerle ninguna esperanza de liberación.
—¡Maldito seas!
Esa vez sí la oyó muy bien y se habría reído si hubiera contado con algo de aliento. Royce, que atrapaba a Kassandra con su cuerpo todavía, delicado pero inexorable, volvió a acariciarla, con intensidad creciente, hasta que fue recompensado con un gemido.
El sonido de su propio corazón le retumbaba en los oídos. Aun así, se contuvo. Una y otra vez la tocó, primero con suavidad hasta que alteraba el ritmo y presionaba con más fuerza por apenas un instante. Los gritos de Kassandra en cada ocasión sólo conseguían espolearlo. Y no se detuvo hasta que una neblina roja le cubrió los ojos. Le separó las piernas y con un único y dirigido movimiento se sumergió en ella.
El clímax de Kassandra fue profundo e instantáneo, y provocó el de Royce, que notó una brutal sacudida. No le bastó. En cuanto ella se movió para volverse, Royce le retiró el oloroso cabello de ébano del cuello y le mordió la nuca con suavidad.
—No... —le ordenó.
Extendió los brazos para envolverle los pechos con las manos y, con los pulgares, empezó a frotarle los pezones ya relajados.
—Royce..., no puedo...
—Claro que puedes; podrás, podremos.
Royce no tardó en recuperar una excitación que fue aumentando por momentos. Tiró de Kassandra hacia arriba como enroscándola bajo su cuerpo y volvió a empujar, una y otra vez, hasta que el mundo empezó a temblar.
Cuando por fin se desplomó sobre la cama, ambos se quedaron entrelazados entre sí y con las sábanas. En otras circunstancias, Royce se habría quedado dormido sin problemas. Sin embargo, un extraño tipo de desesperación empezó a hacerse con él. Kassandra tampoco era ajena a aquella sensación. Se incorporó, se colocó sobre él y lo miró con un rostro que era una pálida imagen de la belleza. Echó la cabeza hacia atrás hasta que el cabello le llegó más allá de las nalgas y le rozó los muslos a Royce.
—¿Pretendías demostrar algo? —preguntó Kassandra, que lo miraba de nuevo.
Royce retiró perezosamente la mano que tenía sobre los oscuros y humedecidos rizos situados entre las piernas de Kassandra y la deslizó hasta su ombligo mientras se deleitaba en la cremosa calidez de su piel y en el estremecimiento que la recorrió a pesar del esfuerzo que ella hizo por mantenerse impasible.
—¿Que si pretendía? Creo que la pregunta es si pretendo.
Royce levantó a Kassandra, que lo observaba sin comprender, la movió ligeramente y la deslizó sobre su miembro duro y grueso.
—Royce...
Aquel tono de sorpresa en su voz resultaba realmente placentero, justo cuando se hacía imposible la propia acción de pensar.
* * *