Capítulo 1
ROYCE paseaba solo por los
jardines de su ancestral hogar. El sol se ponía e iluminaba las
hojas de los árboles y las briznas de hierba con los últimos dones
del día. Mientras contemplaba cómo la noche iba cubriendo la
tierra, miró al mar y siguió la estela plateada que reflejaba la
luna. Permanecía en él la sensación de que aún estaba al borde de
algo tenebroso, indefinido y de vital importancia. De hecho, era
tal la fuerza de aquella sensación que, sin pensarlo, alargó la
mano como si quisiera atraparla. Había sido un día largo y se
encontraba fatigado. Quizá por eso, allí de pie, con la mano
extendida, mientras respiraba la fragancia de la roca y del mar,
creyó, sólo creyó, distinguir una fragancia a limones...
Arrastrados por el aire de la noche, los
aromas a jazmín, a tomillo y a adelfas se entremezclaban hasta
tejerse en la fragancia que había conocido siempre allí, en Ákora,
su hogar y su prisión al mismo tiempo. ¡Cuánto deseaba salir de
allí, cuánto la echaría de menos cuando lo hiciera! Kassandra
suspiró, inclinó la cabeza y cruzó los brazos al tiempo que
contemplaba el mar que se extendía más allá de las enormes ventanas
del palacio y que se tornaba plata bajo la luz de la luna. Aquella
luna que marcaba un camino que llevaba... ¿Adónde?, ¿hacia cuál de
todos los futuros que se extendían tras el siguiente suspiro, el
siguiente momento? Por una vez, no podía verlo, sólo podía
sentirlo. Y al hacerlo extendió la mano y, sólo durante un
instante, tocó la de otra persona.
Londres, abril de
1812
Ella percibió, a través de las finas suelas
de las zapatillas de seda, el grosor de las alfombras persas en
contraste con la suavidad de los suelos encerados que pisaba al
recorrer el pasillo que llevaba de su habitación a la escalera. La
barandilla, curvilínea, le resultó fresca y resbaladiza al tacto de
la palma de la mano. La casa olía a esencia de limón, a rosas secas
y al agua de lavanda que empleaban para perfumar la ropa blanca.
También se distinguía un ligero aroma a vinagre, dado que se habían
limpiado las cloacas el día anterior, como se hacía cada
semana.
La luz gris perla de la mañana desdibujaba
los perfiles y difuminaba los colores, que sólo se distinguirían a
pleno día para desvanecerse nuevamente al disimularse entre las
sombras cuando la oscuridad volviera y se encendieran las farolas.
Había transcurrido ya una noche, una noche gloriosa, desde que
había desembarcado en el muelle de Southwark. Su primera visión de
Londres desde el gran río había dejado al descubierto los límites
de su propia fantasía, mezquina en comparación con la sorprendente
realidad, con el trayecto recorrido por las calles abarrotadas de
gente, impregnadas de olores poco o nada agradables y envueltas en
un barullo tan impresionante que acallaría a las plañideras, presas
de la envidia. Aunque había imaginado mucho, mientras soñaba, allí
en Ilión, con el viaje que tanto ansiaba emprender, nunca había
imaginado un lugar así.
Un viaje... que estaba realizando. Estaba
allí, bendito lugar, y la inmensidad de aquella certeza la había
mantenido despierta, con los ojos abiertos como platos, mientras el
resto de la casa dormía. Llegado el punto en que no pudo soportarlo
más, se vistió —un extraño proceso que había practicado antes de
llegar— y descendió de puntillas hasta el silencioso salón
y...
Escuchó. Oía la ciudad, lo justo como para
estar segura de lo que era, pues la casa estaba rodeada de una
vasta extensión de césped, además de estar custodiada tras un
elevado muro de piedra. Con todo, más allá del piar de los pájaros,
ya dedicados a atrapar lombrices, más allá del susurro de la brisa
al rozar las frágiles hojas de primavera, y del murmullo ocasional
de las voces que llegaban de las cocinas, podía distinguirse el
chirrido de las ruedas de los carros y el sonido metálico de las
herraduras al chocar contra las calles adoquinadas. Se sintió
repentinamente embelesada. Aquellos ruidos eran la prueba de que la
ciudad existía realmente y de que ella estaba allí de verdad. Ya no
sólo soñaba con seguir la estela plateada de la luna al rielar en
el mar, como tantas veces lo había hecho en las largas noches que
pasaba asomada a las ventanas de palacio cuando debía estar en la
cama y como lo habría estado en aquel momento de no ser por la
excitación que palpitaba en su interior.
Rió y revoloteó, ataviada con la falda de
color amarillo junco que se agitaba a su alrededor, y extendió los
brazos para abrazar el nuevo día en un sitio tan maravilloso.
Y así fue como Royce la vio por primera vez,
a través de las altas ventanas situadas cerca de la puerta
principal. El señor de Hawkforte se detuvo y se quedó mirando
fijamente la visión que resplandecía tras el velo de las cortinas
de muselina que la brisa agitaba.
Kassandra, la princesa de Ákora —el reino
fortaleza ubicado más allá de las Columnas de Hércules—, hija de la
dinastía real de los Atreidas, portadora de un nombre que
pertenecía a una sangrienta leyenda, bailaba como si protagonizara
un festejo para celebrar la llegada de la primavera.
Supo quién era en aquel mismo instante.
Aunque no hubiera estado al tanto de su llegada, habría adivinado
su nombre igualmente por el exotismo que irradiaba aquella maraña
de rizos de ébano que se le desparramaba sobre la espalda, así como
por el rubor bronceado de aquella piel. Se parecía ligeramente a su
cuñado, si bien en una versión muy feminizada, algo lógico, dado
que Alex era el hermano de la princesa. Aunque ambos eran medio
británicos por vía paterna, en aquel momento y a pesar del moderno
atuendo que llevaba puesto, Royce vio en ella la encarnación del
misterio que tanto lo había fascinado desde la infancia.
Ákora. Pese a haber sido considerada un mito
durante largo tiempo, él había ido en su busca, de todas formas.
Quienes regresaban lo hacían contrariados. Otros, acaso con mayor
suerte, no volvían a ser vistos jamás. Abundaban las historias al
respecto: Ákora era una isla-fortaleza, la morada de unos
aguerridos soldados que daban muerte a todo extranjero que tuviera
la desgracia de acercarse a sus orillas; constituía el último
refugio y la máxima gloria de la mismísima raza que había
derrumbado los muros de la afamada Troya; acogía incontables
riquezas e inconmensurable sabiduría, y algún día saldría de los
límites impuestos por la leyenda y plantaría cara al mundo.
Poco se había sabido sobre Ákora más allá de
su mera existencia. Protegida tras unos acantilados inexpugnables,
guardada por unos guerreros que se contaban entre los más fieros de
la tierra, Ákora había permanecido impenetrable. O casi. La
biblioteca de Hawkforte, el hogar ancestral de Royce, albergaba una
colección de artículos que se creían enviados desde Ákora por un
joven hijo que había ido a parar a la isla en la época de la
primera cruzada, más o menos. Se decía incluso que, durante unos
años después de aquel suceso, el reino-fortaleza y los antepasados
de Royce habían estado en contacto.
Esa relación se había reanudado el año
anterior gracias al matrimonio celebrado entre Alexandros, príncipe
de Ákora, que era además el marqués de Boswick, y lady Joanna
Hawkforte, hija de la familia más antigua de Inglaterra. El enlace
había entusiasmado a las clases privilegiadas, que, durante meses,
habían parecido incapaces de hablar de otra cosa. Y si hubieran
conocido las verdaderas circunstancias que habían rodeado la unión,
habrían hablado más aún. Sin embargo, sólo un reducido grupo
sospechaba la verdad, y ni siquiera éstos podían estar
seguros.
Aquella opacidad le iba de maravilla a
Royce, que prefería trabajar en la sombra. Aun así, en ese momento,
quedó al descubierto cuando se vio alumbrado por la luz del sol:
una silueta perfecta y tan masculina que, al verla, Kassandra se
quedó quieta de repente y miró por encima del hombro, sin saber si
marcharse de allí o dirigirse hacia ella.
Hawkforte. Lo reconoció de inmediato, aunque
sólo lo había visto antes una vez. No, no era cierto, lo había
visto una única vez en persona y, en otra ocasión, había alcanzado
a verlo fugazmente. Era y no era un Hawkforte. El hombre que ella
recordaba del año anterior había sobrevivido a un cautiverio que
habría acabado con la vida de cualquiera. Ahora, en cambio,
aparecía... como el astro rey, pensó; fascinante al mismo tiempo
que peligroso si se miraba directamente. Tenía el pelo dorado, que
llevaba sin empolvar, fuerte y largo hasta los hombros. Mostraba
unos rasgos convincentes, poderosos e implacables. A Kassandra le
pareció que era tan alto como su hermano Alex, que tenía una
elevada estatura, y que era igualmente ancho de hombros y de torso
potente. Desplegaba la gracia natural de un guerrero, apenas
consciente del equilibrio perfecto de su cuerpo. No era, sin
embargo, ajeno a otras cosas, como a la presencia de la princesa,
que también se dio cuenta entonces de que ambos habían quedado
atrapados en aquel fugaz momento.
Ella era una mujer joven y soltera, que se
encontraba en el salón de un hogar que no era el suyo y que había
sido sorprendida, a unas horas poco corrientes por tempranas, por
la llegada de un hombre que nunca le había sido presentado. Cabía
retirarse y avisar a un sirviente para que se ocupara de él. De
hecho, eso era lo que Royce esperaba que hiciera exactamente.
Kassandra se volvió hacia él y lo miró a
través de las cortinas de muselina. La falda aún le bailaba
ligeramente al son de su exuberancia. Esbozó una leve sonrisa y,
sin dudarlo, caminó sobre el suelo de mármol y le abrió la
puerta.
Aunque era un hombre razonable, parecía
estar perdiendo el tino. En el fondo de su mente anotó que no debía
esperar de la princesa Kassandra las reacciones corrientes.
—Buenos días, alteza. Siento molestarla a
estas horas de la mañana. Soy lord Royce Hawkforte, el hermano de
Joanna.
Kassandra le ofreció la mano. Royce se
inclinó para el besamanos, pero ella lo interrumpió:
—No nos impongamos formalidades, milord.
Después de todo, somos familia. Por favor, llámame Kassandra.
Royce se irguió, y Kassandra pudo ver la
sorpresa en aquellos ojos color avellana.
—¡Ay! —exclamó—. ¿He sido demasiado directa?
¿No debería haberte pedido que me llamaras por mi nombre de pila?
Es que en Ákora no ponemos tanto énfasis en lo ceremonial.
—No, está bien —la tranquilizó—, y por
favor, llámame Royce. A pesar de haber pasado varios meses en Ákora
—Royce evitó con discreción mencionar la desagradable naturaleza de
su estancia—, sé muy poco de ella, aunque tiendo a encontrar las
formalidades bastante aburridas y me alegro de saber que allí no es
costumbre mantenerlas.
Le soltó la mano con algo de reticencia y
enseguida cruzó las suyas por detrás de la espalda, como si
quisiera evitar acercarlas a ella otra vez.
Kassandra tuvo una agradable y femenina
intuición. Sabía, por supuesto, lo que significaba, pues ninguna
joven que hubiera crecido en el sensual ambiente akorano podría
haberlo ignorado. Aun así, se sorprendió porque era la primera vez
que ella la tenía y aquella perplejidad la llevó a mirar al inglés
con cautela.
Salvo que estuviera equivocada, la misma
reacción de sorpresa se revelaba en los ojos de Royce. Ya tenían
algo en común.
—¿Qué es lo que te divierte? —preguntó él al
verla sonreír.
Kassandra empezó a reírse con cierto
nerviosismo —ella, que no se había sentido nerviosa en toda su
vida—, y negó con la cabeza.
—Nada. Es que estoy emocionada por estar
aquí.
—Joanna y Alex se quedaron encantados cuando
supieron que se te había permitido visitarnos.
—Seguro que no más de lo que lo estuve yo.
Llevo años soñando con hacer este viaje. Mi hermano mayor, Atreus,
es un líder sabio y bueno, pero tiende a ser bastante protector. En
cualquier caso, es muy poco frecuente que alguien abandone
Ákora.
—Eso tengo entendido. ¿Puedo preguntarte qué
es lo que hizo que el vanax Atreus se
inclinara a dejarte venir?
—Tiene confianza plena en Alex y en Joanna,
por supuesto, y están esperando su primer hijo. Era normal que yo
quisiera estar con ellos en un momento así. Además, las cosas
parecen estar más tranquilas que hace unos meses.
—Sí, eso parece —coincidió Royce. La duda,
sin embargo, le empañaba los ojos.
Kassandra arqueó las cejas.
—No habrás venido tan temprano con malas
noticias, ¿no? ¿Ha lanzado Napoleón una flota hacia las costas
inglesas? ¿Van a invadirnos? ¡No, espera, ya sé! Se trata de ese
sujeto, ¿cómo se llama?..., Byron, el que escribió el poema del que
habla todo el mundo. Ha renegado de la poesía y ha jurado no volver
a escribir ni un solo verso más. ¿Es eso?
Royce negó con la cabeza y dio muestras de
una ofuscación muy masculina. Aquella mujer hacía gala de un
discurso fluido y la mente parecía funcionarle igual. Lo retaba a
estar a la altura.
—¿Cómo es posible que conozcas a Byron? Ese
poema apareció publicado hace unas pocas semanas y tú acabas de
llegar.
—Ya, pero Joanna me envió una copia junto
con la ropa que me preparó. Lo leí durante la travesía hasta
aquí.
—Ya veo. ¿Y qué te ha parecido?
—Se lo aclama como el poeta del momento, ¿no
es así?
—Imagino que sí. En cualquier caso, ha
convulsionado a la sociedad. No me has contado, sin embargo, qué
opinas del poema.
—Es muy... intenso.
—¿Y ya está?
—Y romántico. La gente lo califica de
romántico, ¿verdad? Y a él también.
—La gente dice de todo. ¿Qué te parece a
ti?
—Ya que insistes, creo que el poeta se gusta
mucho a sí mismo. En cualquier caso, dado que estoy deseosa de
integrarme en sociedad, es probable que me contenga y no anuncie lo
que opino a todo el mundo.
—Muy diplomática —respondió Royce esbozando
una sonrisa.
—Intuyo que lord Byron te gusta tanto como a
mí...
—Puede ser que con el tiempo, si es que
llega a salir de ese ensimismamiento, produzca algo que merezca la
pena leer.
—No lo esperaré con impaciencia. De todos
modos, es bueno saber que no soy la única que lo ve así. Pero pasa,
soy una grosera por retenerte aquí en el vestíbulo. Los sirvientes
ya están despiertos; los he oído en las cocinas. Quizá podamos
rogarles que nos sirvan un té.
—¿Una princesa ruega?
—¿Suplicar? ¿Implorar? ¿Solicitar
cortésmente? ¿Vale alguno de ésos? —Kassandra suspiró y se adelantó
al comentario de Royce—: ¡Tengo tanto que aprender!
—No —respondió Royce con la mirada fija en
la luz que acariciaba la boca de Kassandra—. Yo creo que más bien
no —dijo, y, muy galante, le ofreció el brazo.
Alex se los encontró cuando ya estaban
sentados en la sala de estar que daba al jardín. Royce se levantó
en cuanto vio entrar a su cuñado.
—Espero que perdones que haya venido tan
temprano, pero tenemos que hablar.
Alex iba vestido de modo informal, con unos
pantalones y una camisa blanca de batista que llevaba suelta a la
altura del cuello y con las mangas remangadas. Parecía relajado,
aunque mantenía los ojos tan observadores como siempre. «No se le
escapa una», se recordó Kassandra a sí misma.
—Claro, Royce, aquí eres siempre bienvenido.
Ya veo que has conocido a Kassandra.
—Nos hemos presentado —intervino ella,
alegremente—. Sin duda, nos hemos saltado el protocolo del modo más
terrible, pero hemos sobrevivido. ¿Cómo está Joanna?
—Bien, o eso dice, y debo reconocer que
efectivamente tiene buen aspecto. Está despierta. Estoy seguro de
que le encantará que le hagas compañía.
El comentario había sido intencionado, de lo
que Kassandra dedujo que la temprana visita de Royce debía de ser
por algo importante. Aunque le apetecía mucho quedarse, Kassandra
se había formado en la manera masculina de hacer las cosas, de modo
que se limitó a asentir recatadamente. Se puso en pie y se alisó la
falda.
—Le llevaré el té y charlaremos de todo tipo
de asuntos de mujeres; nada serio ni sustancial, claro, no vaya a
recalentársenos el cerebro.
Alex le dio un beso en la mejilla con
suavidad y la reprendió por la acidez del comentario:
—Compórtate, granuja.
La guió hasta la puerta. Kassandra se detuvo
y, al mirar hacia atrás, vio que Royce, aún de pie, estaba
mirándola.
—Encantada de haberte conocido, lord
Hawkforte.
Aquel esfuerzo por actuar con decoro impidió
que Royce pudiera contener la sonrisa. Con todo, Kassandra sabía,
ya antes de que se cerrara la puerta tras ella, que era probable
que la diversión se desvaneciera. Algo iba mal en aquella
Inglaterra a la que había viajado. Alex y Royce podían tratar de
esconderle esa información, sin duda por el mejor de los motivos
varoniles, pero no iban a conseguirlo. Descubriría de qué se
trataba lo antes posible. Después de todo, actuar de otro modo
implicaría traicionar el objeto de su visita, que, ciertamente,
ella, y nadie más, se había impuesto, aunque tenía la intención de
verlo cumplido por encima de cualquier riesgo o dificultad. Y eso
también era importante.
Cuando Kassandra entró en la habitación,
encontró a Joanna sentada en la cama. Su cuñada parecía estar en
forma a pesar del avanzado estado de gestación en que se hallaba.
Llevaba el pelo, con aquel toque color miel, tan rebelde como
solía, y había logrado apenas domarlo con unas cintas de seda que
conjuntaban con el camisón de lazos. Estaba ojeando las
invitaciones que llenaban una bandeja de plata.
—¡Dios mío! ¿Lady Melbourne ya, tan pronto?
—exclamó Joanna. Levantó el sobre y lo miró con precaución—.
Llegaste ayer y ya ha enviado esto. Probablemente se trate de una
invitación, y no tienes más opción que ir.
—¿Por qué iba a querer declinarla? —preguntó
Kassandra al mismo tiempo que se sentaba en el borde de la
cama.
—A lady Melbourne se la conoce como
la Araña. Se dice que desprecia la
felicidad de los demás y que lo que más le gusta es destruirla. Aun
así, es una mujer poderosa, que conviene tener en cuenta. Quizá sea
mejor ir y quitarse el asunto de encima.
—¿No es mejor evitar las arañas en
general?
—No, en este caso. Lady Melbourne es una
anfitriona de rara fama, experta en el arte de juntar a las
personas de un modo tal que a menudo se sienten en deuda con ella.
Fue amante, en su juventud, de más que unos cuantos hombres de
influencia, con los que ha mantenido siempre una relación de lo más
cordial. Posee, por tanto, un poder que se ha ganado y que no puede
ignorarse sin que haya consecuencias. Por otro lado, más positivo,
siente que ha ganado cada vez que Alex o Royce se dejan ver en su
salón. Para capturarte a ti, aunque sea por unas horas, puede ser
que incluso se muestre encantadora.
—¡Ay!
—Eso digo yo. Bueno, dime cómo estás hoy.
¿Has dormido bien?
—No he pegado ojo —reconoció Kassandra
mientras recuperaba la alegría que le era natural—. Es todo
demasiado maravilloso como para que pueda dormir. Acabo de conocer
a Royce.
—¿Royce? ¿Ha venido tan pronto?
Joanna hizo ademán de levantarse, pero
Kassandra se lo impidió.
—No te molestes; está con Alex y querían
hablar a solas. Me han mandado aquí arriba.
—¡Qué desfachatez! En fin, nos
entretendremos nosotras por nuestra cuenta y ya descubriremos luego
por qué ha venido a estas horas. Llama a Mulridge, por favor.
¡Anda! Mira, aquí está.
La mujer de gran estatura y vestida de negro
que entró cargada con una bandeja miró por debajo de su afilada
nariz a Kassandra y asintió.
—Princesa, madruga usted mucho.
—Espero no haber molestado a nadie.
—En absoluto. A quien madruga Dios le ayuda.
Aquí tiene, milady. Le traigo el té y otra taza para la
princesa.
Joanna se incorporó del todo y ojeó la
bandeja.
—Y también has traído bollos calientes. Que
Dios te bendiga, Mulridge.
Mulridge le quitó importancia con un gesto y
se retiró, con una mirada satisfecha. Joanna extendió mantequilla
sobre uno de los bollos y se lo ofreció a Kassandra.
—Sé buena y no me dejes comer sola. Te lo
prometo, desde hace un tiempo tengo hambre a todas horas.
—Bueno, pero es para bien. En estas últimas
semanas, la niña debe ganar peso suficiente como para estar fuerte
cuando nazca.
Justo cuando iba a darle un bocado al bollo,
Joanna miró a su cuñada.
—¿La niña?
Kassandra se concedió un momento mientras
masticaba y luego tragó.
—¿He dicho niña?
—No juegues... ¡Ay! No, sí. En realidad, no
quiero saberlo. Creo...
Cualquier otra persona se habría visto en
apuros para comprender, pero Kassandra lo captó
perfectamente.
—Joanna —respondió con suavidad—, sabes que
no siempre veo.
—Ya lo sé, sí, claro, y nunca te lo pediría.
Es sólo que... —Cerró el puño para aferrarse a la sábana de lino
holandés rematado con encaje—. Mi madre llevó un embarazo de
gemelos sin problemas, pero perdió al primero de ellos en el
parto.
—No lo sabía. —Al cabo de un momento,
Kassandra añadió—: ¿Y Alex?
—Tampoco, y no tengo pensado contárselo. Ya
se preocupa bastante ahora.
—Pero Elena asegura que gozas de muy buena
salud. Me lo dijo ayer.
Alex había mandado llamar a la conocida
curandera akorana casi en cuanto se había enterado del estado de
buena esperanza de Joanna. Kassandra había contado con viajar con
ella, pero Atreus no le había concedido el permiso, preocupado como
estaba por la situación de inestabilidad civil que reinaba en
Inglaterra. El vanax no había permitido a su hermana viajar hasta
que todo se había calmado.
—Elena es fantástica —confirmó Joanna—. Me
sentí tremendamente culpable por que tuviera que abandonar Ákora,
pero me aseguró que siempre había querido viajar y que estaba
encantada de estar aquí. Igual de contenta está su sobrina,
Brianna, que la ha acompañado. Elena también me ha dicho que el
embarazo transcurre con absoluta normalidad; que soy la salud
personificada y que todo irá bien.
—Y aun así, Alex se preocupa..., y tú,
también.
Joanna se acarició el vientre.
—El niño... —miró a Kassandra— o la niña se
mueve. Noto su fuerza y sus ganas. Estar tan cerca de conocer el
mundo y, sin embargo, estar ahí dentro...
Kassandra posó la mano sobre la de su
cuñada. En realidad, sí que había visto algo, aunque muy vagamente,
unos meses antes, cuando Joanna y Alex habían visitado Ákora con la
noticia de que iban a ser bendecidos con un hijo. Luego, se había
marchado al templo que había bajo el palacio para rezar y meditar.
Allí, los caminos de los posibles futuros se le revelaron, como lo
habían hecho en su nombre hacía tanto tiempo en la Troya condenada.
Nunca sabía lo que iba a ver, si sería bueno o malo, un horror o
una alegría. A menudo, la experiencia la dejaba exhausta y enferma,
pero lo que había visto en aquella ocasión le había resultado
agradable a la vez que fugaz. Había visualizado sólo un poco:
apenas la risa de una criatura, una sonrisa y la voz de Joanna,
cariñosa si bien exasperada, que llamaba ¡Melly! Solamente aquello
y una oleada de felicidad que la había atravesado como un cálido
rayo. Había sido, con diferencia, más agradable que cualquiera de
sus otras visiones, y había bastado. Por eso había ido directamente
a elegir el regalo para la niña, aunque aún no lo había
envuelto.
En ese momento, sin embargo, con la mano en
la de Joanna y ambas tan cerca del bebé, Kassandra no necesitaba
hacer muchos esfuerzos. Apenas lo había tocado cuando ya lo supo;
sencillamente, lo supo. Los temores de Joanna, si bien eran
comprensibles, se centraban en un asunto equivocado.
—Tú no eres tu madre —habló despacio—. La
tragedia de un primer niño no nacido no te ocurrirá a ti.
Joanna parpadeó y unas lágrimas de alivio le
resbalaron por las mejillas.
—Gracias, Kassandra. De todo corazón,
gracias. —Rió, algo nerviosa—. Madre mía, no me había dado cuenta
de lo mucho que me había atenazado esta preocupación hasta que la
has sacado de mí.
Aquello que llamaban su don y que bastante a
menudo parecía más bien una maldición no proporcionaba muchos
momentos como aquél, de alegría sin ambages. Kassandra rió y abrazó
a su hermana de espíritu. Las dos mujeres se entretuvieron
charlando un rato más, entre sorbos de té y bocados a los bollos,
antes de que Joanna se levantara para vestirse.
—Ya hemos dado a los hombres tiempo
suficiente —sentenció.
Juntas, descendieron a la sala para
descubrir que Alex y Royce ya no estaban en la estancia. Se habían
ido a las cuadras, y allí los encontraron enfrascados en una
conversación con un tipo bajito y greñudo, cuyas oscuras cejas,
gruesas como orugas, se dibujaban muy juntas.
—Buenos días, Bolkum —saludó Joanna—. ¡Qué
día tan estupendo! —Luego, sonrió a su marido y a su hermano—.
¿Vais a montar?
Bolkum se aclaró la garganta y desvió la
vista.
—Ahora no —respondió Alex tras mirar
fugazmente a su cuñado.
—Sólo estábamos charlando con Bolkum
—explicó Royce.
—¿De qué?
Kassandra pensó que Joanna lo había
preguntado con tal inocencia que los hombres se verían incapaces de
no responder. Con todo, lo intentaron.
—De nada en particular —intervino
Alex.
—Del tiempo —se animó Royce—; hace más calor
de lo esperado.
Joanna se encogió de hombros.
—Ya le preguntaré a Mulridge. Seguro que
ella lo sabe.
Bolkum se atusó la barba y se excusó.
—Bueno, yo mejor me voy a ver..., eh..., lo
que estábamos comentando.
Se despidió de las mujeres con un gesto de
la cabeza y desapareció tras doblar la esquina del establo.
Joanna esperó, aún sonriente. Kassandra miró
a Royce y vio que él la miraba también. Pasó un rato. Lejos, en la
distancia, los mozos de las caballerizas se gritaban unos a
otros.
—¡Por Dios! —musitó Alex—. Supongo que no
tiene sentido alguno tratar de ocultarte nada, ni siquiera aunque
sea por tu propio bien.
—Ninguno en absoluto —corroboró
Joanna.
—Sabes —continuó Alex— que te he pedido que
abandones Londres. Podrías ir a nuestras tierras en Boswick, de las
que se te ha dejado claro que puedes disfrutar, o, si prefieres,
puedes ir a Hawkforte. No me importa dónde nazca nuestro hijo
siempre que estés cómoda y a salvo.
—Como ya sabes tú también —replicó Joanna—,
te he dicho que lo haré encantada siempre que vengas conmigo.
—Algo que, dadas las circunstancias, no
puedo hacer todavía. —Alex miró a su hermana—. Ahora que Kassandra
está aquí, pensé que te apetecería más hacer lo que cualquiera con
un mínimo de cordura... —dijo, y se detuvo, en un claro esfuerzo
por llenarse de paciencia—, es decir, lo que estoy seguro que sabes
que es lo mejor para ti.
Kassandra apretó los labios con fuerza.
Ahora que por fin había llegado a Londres, no quería marcharse de
allí. A pesar de lo cual, no podía dejar de sentir cierta lástima
por su hermano. No obstante lo magnífica que era aquella ciudad,
también estaba abarrotada, y era sucia y ruidosa, por lo que el
deseo de Alex de que su mujer diera a luz en un entorno más
tranquilo y agradable era de todo punto comprensible. En otro orden
de cosas, la visión de un Alex en su papel de atribulado marido,
incapaz de obligar a su mujer a obedecerlo, resultaba tan amena que
casi implicaba la posibilidad de que las expulsaran temporalmente
al campo. Aunque quería muchísimo a su hermano y lo consideraba uno
de los mejores hombres que había, Kassandra sabía que acababa de
ser presa de la típica arrogancia masculina que le llevaba a creer
que las mujeres y el matrimonio eran mucho más simples de lo que
pudiera haber imaginado.
Su esposa se acercó a él y le posó con
suavidad la mano en el hombro.
—Nuestro hijo y yo estaremos a salvo donde
tú estés. ¿Vais a contarme ahora lo que ha ocurrido?
Alex dirigió la mirada a Royce, que
respondió con algo de reticencia.
—Hay problemas en Yorkshire. Parece que ha
regresado el ejército del general Ludd y ahora se dedica a
destrozar telares y a amenazar de muerte a todo el que le planta
cara.
Kassandra se esforzó por disimular su
perplejidad. Sabía bien que había sido el levantamiento, el otoño
anterior, de un grupo de trabajadores que se hacían llamar luditas
lo que había llevado a Atreus a aplazar el permiso para que ella
fuera a Inglaterra. Y había cedido sólo cuando le había parecido
que el peligro había pasado. Ahora, cabía que se arrepintiera y que
insistiera en que regresara a Ákora.
—No lo entiendo muy bien —intervino—. En
realidad, no existe ningún general Ludd, ¿no es cierto?
—Eso parece —respondió Royce—. Sin embargo,
los trabajadores que ven sus salarios reducidos como consecuencia
del uso de las nuevas máquinas industriales se han refugiado al
amparo de ese mito. Hacen juramentos que los obligan a mantener el
secreto, a portar máscaras cuando atacan, y hay muchos
simpatizantes que los protegen.
—También están arriesgando sus vidas —opinó
Joanna—. El Parlamento ha aprobado una ley temible, según la cual
destrozar esas máquinas se pena con la muerte.
—¿Con la muerte? ¿Por romper una máquina?
—preguntó Kassandra.
Debía de haberlo entendido mal. Llevaba años
estudiando diferentes vertientes de Inglaterra, aunque fuera a
distancia. Había saboreado cada libro y cada anécdota que le traía
Alex de allí; había examinado cada objeto y había soñado con el día
en que podría visitar en persona aquel país, que ella consideraba
una tierra de sentido y sensibilidad, en alusión al título de su
novela preferida.
—Ha sido una reacción desmesurada —reconoció
Royce—. Para ser justos, ese poeta, Byron, habló en contra de la
ley en la Cámara de los Lores. Y lo hizo con bastante elocuencia.
Yo no lo hice con tanto arte, pero también lo intenté, aunque en
vano, lamentablemente. El proyecto de ley ya se ha transformado en
precepto, aunque a simple vista no ha logrado su propósito. Lejos
de haber desaparecido, los luditas parecen más convencidos que
nunca.
—Y potencialmente más peligrosos —añadió
Alex. Luego, miró a su esposa e insistió—: ¿Sigues empeñada en
permanecer aquí?
Joanna le tocó el brazo con amabilidad y
dejó la mano allí posada mientras corregía:
—Estoy empeñada en quedarme contigo,
milord.
Kassandra se dio cuenta de que Alex era en
aquel momento un hombre dividido: si bien se mostraba preocupado
por la seguridad de su esposa, también estaba encantado al
comprobar el amor que la hacía tan reacia a apartarse de su lado.
Con todo, su hermano también sabía rendirse, si no con alegría, al
menos sí con elegancia.
—En ese caso, Royce y yo hemos acordado
ordenar que vengan a Londres hombres de Boswick y de Hawkforte.
Bolkum está buscando las tiendas que se levantarán para ellos
detrás de las cuadras. Recorrerán las tierras día y noche, y tú
—dijo, y su mirada se desvió para abarcar a Kassandra—, bueno,
ninguna de vosotras saldréis de aquí sin escolta armada. ¿Está
claro?
—¿No esperarás de verdad que los luditas
causen disturbios aquí? —preguntó Joanna.
—Si lo hiciera —la informó su marido—, la
elección sobre si quedaros aquí o marcharos ya no sería vuestra.
Dadas las circunstancias, creo que es probable que se mantengan
ocupados en algún otro lugar, a pesar de lo cual, prefiero estar
preparado de todas formas. Y en ese sentido, ¿tengo vuestra palabra
de que no iréis a ningún sitio sin escolta?
Ambas le aseguraron que sí. Kassandra se
sentía tan aliviada al saber que se quedaría en Londres que
sospechaba que habría dicho que sí a prácticamente cualquier cosa.
Aun así, no se le escapó lo irónico de aquella situación. En Ákora,
el reino en el que, según se decía, los guerreros mandaban mientras
que las mujeres se limitaban a servir, ella habría ido a cualquier
sitio que deseara sin preocupación alguna. En Inglaterra, en
cambio, supuestamente más avanzada, no podía dar un paso tras la
puerta sin la compañía de unos hombres armados. El progreso, al
parecer, era un arma de doble filo.
—Y ahora que hablamos de salir —empezó
Joanna mientras se sacaba un sobre del bolsillo—, lady Melbourne no
ha perdido el tiempo.
Los hombres emitieron un gruñido.
—Ya comprendéis las dos —se excusó Alex,
rápidamente— que con esta situación de inestabilidad, voy a estar
ocupado todo el rato...
—Tremendamente ocupado —añadió Royce—. Ambos
lo estaremos. La sola idea de alternar cuando hay tanto que
hacer...
—La sola idea de no alternar —interrumpió
Joanna— es mucho peor. Sabéis de sobra que las relaciones
importantes se cultivan en los salones.
Aunque Alex frunció el ceño, no estuvo en
desacuerdo. Aun así, comentó:
—¿No estarás pensando en acercarte a esa
mujer en tu estado? ¡Quién sabe lo que la exposición a los efectos
de lady Melbourne puede traer como consecuencia para nuestro
hijo!
—Pues yo no voy a dejar que Kassandra acuda
sola. —Con un comentario esperanzado añadió—: Aunque quizá esta
invitación sea para esta noche o para mañana, y así tengamos una
excusa preparada.
—¿Y cuál será? —quiso saber Kassandra.
—Es algo complicado —respondió Joanna—; lo
hablaremos durante el desayuno.
A pesar de haber reconocido que tenían
urgentes asuntos que atender, los hombres estuvieron de acuerdo. La
mañana era tan agradable que pasaron a la terraza de piedra que
daba a los jardines. Mulridge les trajo más té con bollos,
magdalenas con canela, beicon frito, huevos pasados por agua
colocados en hueveras de porcelana china, en tonos azul y blanco, y
fresas del invernadero. Todos comieron y charlaron mientras se
alzaba el sol e iba templándose el día.
—Ya sabes —se dirigió Alex a su hermana— que
aquí en Inglaterra hay dos partidos políticos, ¿verdad?
Kassandra asintió y respondió:
—Los whigs, que son reformistas, y los
tories, que no lo son. Los whigs quieren negociar la paz con
Napoleón; los tories están dispuestos a continuar la guerra hasta
que la victoria británica sea total.
Royce, que había sido incapaz de dejar de
mirarla, se sorprendió.
—No esperaba que estuvieras tan bien
informaba de la política británica.
Acto seguido, ya demasiado tarde, recordó
que había decidido esperar lo inesperado.
Kassandra le dedicó una mirada de infinitas
y femeninas paciencia y comprensión, por debajo de la gruesa capa
de pestañas que enmarcaban aquellos ojos, iluminada como estaba por
retazos de una luz dorada que transformaba el marrón oscuro e
intenso del iris en algo más. Aquellos ojos eran verdaderamente
extraordinarios, unas ventanas que permitían asomarse a un alma que
parecía divertirse por momentos, mientras él continuaba
observándola como un niño inocente.
Alex se aclaró la garganta.
—A Kassandra le gusta leer, y yo he ido
proporcionándole libros desde Inglaterra, además de algunos
periódicos que incluían noticias sobre política. En cualquier caso,
los whigs sufrieron un enorme revés a principios de año, cuando el
príncipe regente, que siempre habían tenido por un amigo, decidió
mantener a los tories en el poder.
—Como resultado —añadió Joanna—, la alta
sociedad se ha dividido en dos bandos: los tories se reúnen en
torno al príncipe regente, mientras sus antiguos amigos whigs lo
rehúyen. Es agotador para todo el mundo, por supuesto, y no puede
mantenerse esta situación por mucho tiempo. Hay mucha gente
perdiéndose demasiadas fiestas.
—Aunque, mientras tanto —le explicó Royce a
Kassandra—, no puedes dejarte ver confraternizando con los whigs,
en concreto con la estupenda lady Melbourne, sin haber ido antes a
presentarle tus respetos al príncipe regente.
—Claro que no —coincidió—. Su alteza debe
tener preferencia. ¿A qué partido perteneces tú?
—Ocupo —comenzó Royce con mucha calma— el
incómodo espacio intermedio. Coincido con los whigs en la necesidad
de llevar a cabo reformas, pero creo, como los tories, en que no
podemos conformarnos con menos de una victoria contra
Napoleón.
Luego, dirigió una fugaz mirada a la
invitación de lady Melbourne, que aún estaba, sin abrir, sobre la
mesa.
—Quizá deberíamos ver qué es lo que quiere
la Araña.
Si bien Alex hizo una mueca, tomó la misiva
y la abrió con el borde de un cuchillo. Extrajo del sobre una única
hoja de papel y leyó en alto:
—Estamos invitados a cenar en la mansión
Melbourne el próximo martes —dijo, y luego dirigió una mirada
irónica a Royce— en honor de ese tipo, Byron.
—¡Ay, señor! —musitó Joanna antes de
introducir la cuchara en el huevo.
Los hombres se retiraron un poco después.
Kassandra estaba planteándose si debía tratar de echarse una siesta
cuando se oyó con fuerza el llamador de bronce de la puerta. Joanna
dio un salto y enseguida se sintió culpable.
—Se me había olvidado la hora que es.
—¿Esperas a alguien?
—Eso me temo... Bueno, no es que lo tema
exactamente, sólo lo lamento, aunque por supuesto, no hay forma de
eludir la situación.
Kassandra la miró fijamente y observó a su
cuñada, algo ansiosa.
—No hay forma de eludirla —repitió Joanna
antes de levantarse—. Ven a saludar a madame Duprès.
* * *