Capítulo 15

 

CUANDO Kassandra se despertó, se encontró sola en la tienda. Se quedó allí tumbada un rato mientras contemplaba el techo y trataba de ordenar sus ideas.
¿Lo había soñado o había ella..., Royce había..., habían...? Bueno, si la doble sensación de profunda satisfacción y de una ternura remanente valía como indicación, entonces sí, habían...
Se levantó de la cama con cautela y se enfundó un sencillo vestido de color blanco. Obvió el repentino cosquilleo que, producido por el roce de la tela, notó en los pezones y asomó la cabeza fuera de la tienda con la esperanza de encontrar agua caliente.
Allí estaba, en un cubo tapado y colocado al sol. Con un suspiro de alivio, introdujo el agua en la tienda, llenó con ella la palangana y se lavó. Una vez que estuvo vestida como debía y después de haberse cepillado ya el pelo hasta conseguir que brillara, no se le ocurrió nada más que hacer para remolonear. Adoptó una expresión que esperaba que no revelase el torbellino de pensamientos que le rondaba la cabeza y salió para enfrentarse a un nuevo día.
Los ancianos de Leios y muchas otras personas se habían quedado a pasar la noche con el grupo que acompañaba a la princesa y en aquel momento estaban todos en una tienda abierta en la que se servía el desayuno. Kassandra intercambió los correspondientes saludos, aceptó una taza de leche adornada con un chorro de miel e intentó con todas sus fuerzas no buscar a Royce con la mirada. Justo cuando ya empezaba a preguntarse dónde podría haber ido, lo vio aparecer junto a los dos gemelos lanzadores de jabalina. Al verla, Royce se detuvo, y por un momento se limitó a observarla. Fuera lo que fuera que viera debió de complacerlo porque muy poco a poco fue esbozando una sonrisa absoluta y arrolladoramente masculina.
Sin embargo, el tratamiento que le dio al hablar con ella fue del todo correcto.
—Buenos días, alteza. Espero que hayas dormido bien.
Kassandra pensó que los dos podían participar en aquel juego. Royce parecía lo bastante petulante como para que a ella le apeteciera darle su merecido.
—Lamentablemente, no ha sido así. Creo que había algo muy molesto e insistente rondando por mi habitación..., algún tipo de insecto, me parece.
Royce acababa de tragar un sorbo de limonada. Se atragantó y hubo de toser para aclararse la garganta.
—¿Un mosquito? ¿De verdad? —Se inclinó ligeramente hacia ella para que pudiera oír lo que decía—: Bastante grande, princesa, y muy... atento, ¿no te parece?
Kassandra se esforzó por no sonrojarse y fingió estar realmente interesada en los panecillos dulces y las frutas que había dispuestas en bandejas de madera.
—La verdad es que no me acuerdo —musitó antes de encajar la risotada de Royce con tanta gracia como pudo.
Al cabo de un rato abandonaron el lugar y viajaron por tierra y a caballo a lo largo de los serpenteantes caminos abiertos en los campos de grano. El día aparecía tan dorado como prometía serlo la cosecha. La timidez de Kassandra se desvaneció mientras disfrutaba de la mera compañía de Royce.
Hubo varias ocasiones a lo largo de la mañana y de la tarde en que la partida se detuvo para bendecir los cultivos y charlar con los habitantes de por allí. La acogida que recibían siempre era igual de cálida y de agradecida, y en todas partes mostraba la gente su preocupación por Atreus y la simpatía que sentían hacia su familia.
Aquella noche, las tiendas se levantaron cerca de un lago que estaba rodeado de olorosos pinos. Tampoco esa vez durmió sola Kassandra.
Al día siguiente, llegaron a las famosas llanuras de los caballos de Leios.
—El suelo aquí está endurecido con cal —explicó Kassandra mientras cabalgaban y las herraduras de los caballos iban dejando nubes de polvo a su paso—. La hierba que crece en estas regiones parece dotar de huesos extraordinariamente sólidos a los caballos que se alimentan de ella.
Royce asintió. Oteó los campos y contempló los magníficos ejemplares que galopaban por allí y a los que pastaban tranquilamente. La nostalgia de su hogar resonó en algún lugar de su interior.
—Es igual que en Hawkforte y en otras tierras, como en Irlanda, por ejemplo. Siempre son más fuertes los caballos donde abunda la cal.
—Leios abastece de caballos a toda Ákora. Se dice que mientras que el dios toro se adora en el resto del país, aquí es el dios caballo el que reina.
—¿Difieren mucho entre ellos realmente?
Kassandra negó con la cabeza al mismo tiempo que valoraba con un gesto su sensibilidad.
—La gente necesita algo familiar que le ayude a comprender a qué pertenece, algo que sea más grande que ella.
Un poco después, tiraron de las riendas al llegar al patio central de una finca de considerable tamaño. Enseguida salió un hombre que corrió a recibirlos. Royce vio que se trataba de Goran, uno de los consejeros que habían regresado a sus tierras para estar con sus gentes mientras asumían la enormidad de lo que estaba ocurriendo.
—Princesa —saludó mientras que se acercaba—, vuestra presencia nos honra. Espero que el viaje no haya sido demasiado cansado.
—En absoluto —lo tranquilizó Kassandra a la vez que desmontaba sin retirarle la sonrisa a aquel consejero delgado y de creciente calvicie—. Y tú, Goran, ¿cómo te encuentras?
Goran se encogió de hombros y extendió las manos como disculpándose.
—Os confieso que me siento aliviado al estar en mi propio hogar, aunque dividido también al pensar que, en realidad, debería estar en Ilion.
—Cuando sea el momento de volver, lo sabrás —le respondió Kassandra con convicción.
Atreus siempre había definido a Goran como un hombre «sólido» y a ella no le había dado razón alguna para discrepar.
—El vanax... —comenzó con delicadeza—, hemos oído que no ha habido cambios.
—No los ha habido para bien, aunque tampoco para mal. Está, en cualquier caso, en las mejores manos.
—Bueno, de eso no tengo ninguna duda. Elena salvó a mi querida esposa en un parto muy complicado. No sé qué habríamos hecho sin ella. —Por un momento, Goran pareció perderse en el trágico recuerdo de aquel escarceo con la muerte, aunque se repuso enseguida—. Bueno, venid conmigo si lo deseáis. Tengo un nuevo trío de potros de los que presumir.
Uno acababa de nacer apenas hacía unas horas y continuaba acurrucado junto a su madre en un establo repleto de paja. Los otros dos, con unos días de vida, ya eran lo bastante mayores como para estar fuera, en el prado, donde trataban de trotar sobre aquellas piernas larguiruchas y nada resistentes. Aunque salían disparados dando pequeños brincos, nunca se alejaban mucho de su madre, que los observaba con paciente tolerancia.
—Mira aquél de allí —le dijo Royce a Goran al mismo tiempo que señalaba al potro que mostraba una mancha blanca en la frente—. Me recuerda a un potro que nació el año pasado en Hawkforte, un semental que promete mucho.
—¿Haréis que compita? —preguntó Goran.
—Es probable, aunque sólo durante uno o dos años; luego lo pondré a ejercer de lo que es, de semental.
—Tampoco es una mala vida —se rió el consejero.
—No, la verdad es que no —coincidió Royce, que también se echó a reír.
A Kassandra no le importó dejarles compartir aquel momento de hombres y se mantuvo callada.
—¿Hay caballos salvajes en Inglaterra? —se interesó Goran algo más tarde, cuando volvían a la casa principal, donde iban a pasar la noche.
—Muy pocos —contestó Royce—, aunque se dice que quedan más en Escocia y en algunas partes de Irlanda. ¿Por qué lo preguntas?
—Aquí en Leios sí que los hay. Hace tiempo que decidimos permitirlo, aunque los vigilamos, y cuando vemos uno especialmente fuerte y valiente, dejamos que se aproxime a nuestras yeguas.
—¡Qué idea tan inteligente!
—Me imaginaba que pensaríais así —respondió Goran con una sonrisa.
Aquella noche Kassandra durmió sola, o al menos lo intentó. Aunque la casa de Goran era cómoda, no era especialmente grande. No había ni de lejos la intimidad que proporcionaba el palacio y, menos aún, la que brindaban las tiendas. Si bien cuando se retiró después de la cena se tranquilizó al pensar que Royce comprendía su decisión de ser discretos, a medida que pasaban las horas y no lograba conciliar el sueño, se preguntó si lograría dormir algo en toda la noche.
Al cabo de un buen rato decidió desistir de su empeño. Como se había acostado desnuda, como siempre, antes de salir de su habitación se cubrió con un vestido suelto que, aunque le llegaba apenas a la mitad de los muslos, era lo bastante decente. Contar con tanto tiempo libre le había permitido peinarse el cabello en una gruesa trenza que le caía sobre uno de los hombros.
La luna estaba alta y aparecía rodeada de un halo brillante que tornaba el tono violeta que lucía en la zona exterior al rojo del interior tras pasar por todos los colores del espectro intermedio. El nimbo se prolongaba en el cielo como un círculo perfecto. Relucía con tanta intensidad en conjunción con la propia luna que si Kassandra lo hubiera deseado, habría podido leer con aquella luz, que producía las sombras negras y alargadas de los árboles y los edificios en contraste con la claridad del suelo. Su propia sombra la precedía al caminar hacia el pequeño jardín que con tanto esmero cuidaba la esposa de Goran en el atrio situado en el centro de la casa.
Una vez allí, se sentó en un banco de piedra y escuchó el agua que manaba a borbotones de la fuente. El aire estaba perfumado con esencias de jazmín, además de otras hierbas y plantas olorosas. Aunque notaba el peso del cansancio, la fatiga no era del tipo que crispa los nervios, sino que Kassandra sentía que si se quedaba en un lugar tan pacífico un poco más, cabía que al volver a su habitación lograra de verdad conciliar el sueño.
Estaba planteándoselo cuando de pronto un ruido cercano y extraño captó toda su atención. Se volvió para mirar hacia atrás por encima del hombro y trató de localizar la fuente de aquel sonido. Cuando iba a hacerlo, oyó lo que pareció una ráfaga de viento a su derecha y, en aquel mismo instante, notó que alguien la lanzaba al suelo.
Por un espacio de tiempo equivalente al de unos cuantos latidos, sólo supo que algo muy grande y duro la retenía allí. Un hombre... Movida por el instinto empezó a pelear para liberarse. Sin embargo, se detuvo en cuanto oyó a Royce hablarle al oído.
—Quédate quieta.
Royce estaba encima de ella, la cubría y protegía con su cuerpo por completo. Tenía la cabeza levantada y miraba en todas direcciones. Kassandra vio su rostro iluminado por la luz de la luna y sintió que temblaba. Ella conocía bien a aquel hombre, se había acostado con él y aun así, en aquel momento, comprendió que sería un enemigo aterrador, capaz de matar sin un ápice de duda o de piedad.
—Royce —le dijo mientras le tocaba el brazo con suavidad—. Estoy bien.
Entonces, él miró hacia abajo y contempló la cara de Kassandra. Ella pensó que no la había oído. Sin embargo, la expresión fue cambiándole poco a poco. Royce se levantó con ella en brazos y, sin dejar de protegerla un instante con su propio cuerpo, la llevó lejos de la fuente, hasta las sombras que había en el extremo del atrio. Le presionó la espalda contra la pared para mantenerla en la oscuridad y le dijo:
—Quédate aquí hasta que sepamos lo que ha ocurrido.
Kassandra creyó que se refería a que iba a investigar, aunque en realidad las intenciones de Royce eran bien distintas. Sin dudarlo, se separó de ella un paso y se colocó en posición militar de descanso. Allí, iluminado por la luz plateada de la luna que perfilaba sus rasgos como si estuvieran esculpidos en piedra, gritó:
—¡A la Atreidas!
De pronto, aparecieron hombres por todos los lados del jardín. Algunos se retiraban las túnicas y otros estaban ya con sus espadas desenvainadas. Se acercaron con rapidez y seguridad, sin dudar o tropezarse. Entre ellos se encontraba Goran y, con él, sus hijos, el menor de los cuales no pasaría de los catorce años. También había hombres de mayor edad, algunos bastante mayores, a pesar de lo cual se mostraban preparados y listos para atender a la llamada y era probable que se sintieran insultados si alguien sugiriera que no debían.
«¿Cómo lo ha sabido Royce?», se preguntó Kassandra en el mínimo espacio de tiempo que hubo antes de que los hombres los rodearan. ¿Era porque él mismo era un guerrero y comprendía que los hombres leales y de honor siempre estaban dispuestos a salvar a un verdadero líder?
Royce les dirigió unas rápidas palabras y los hombres se relajaron. Enseguida trajeron unas cuantas antorchas que iluminaron el atrio como si fuera de día. Aparecieron las mujeres; algunas llamaron por la ventana y la mayoría de ellas se retiraron una vez que supieron que la Atreidas se encontraba sana y salva.
Al poco rato encontraron la teja que casi había golpeado a Kassandra. Varios de entre los más jóvenes subieron al tejado y, en pocos minutos, dieron con el sitio al que correspondía la pieza.
—¡Aquí, lord Hawk! —llamó un hombre—. Aquí falta una teja y hay otras cuantas desprendidas.
Royce dejó a Kassandra con Goran, al que se le veía nervioso, y trepó al tejado para echar un vistazo. Al cabo de unos minutos, volvió con el rostro adusto.
—Tu tejado está en buen estado —le comentó al consejero.
—Sí, lo está —reconoció el anfitrión—. Y aunque nunca he permitido que fuera de otro modo, precisamente cambiamos las tejas de esa parte del tejado la primavera pasada. Estoy seguro de que no había defecto alguno.
—Aun así —intervino Kassandra, que trataba de tranquilizar a todos—, no ha sido más que una teja y nadie ha salido herido. De verdad, os agradezco, a todos, la preocupación, pero...
Nadie la escuchaba. A la orden de Royce, los hombres salieron del atrio en grupos, si bien algunos, también a su orden, se quedaron para protegerla.
—¿Qué hacen? —le preguntó a Goran—. ¿Adónde van?
Goran la miró sorprendido, como si fuera evidente.
—A buscar al intruso, claro, o a los intrusos. —Como ella seguía sin dar crédito, le explicó—: Lord Hawk ha comprendido lo que yo le he dicho, que esa teja no ha podido caerse sola. Alguien que estuviera subido al tejado, quizá agazapado allí, podría haberla aflojado.
—Un intruso...
Iba a decir que no había pruebas de nada, pero se dio cuenta de lo estúpido que habría sido.
Deilos. Aunque no podía saber con seguridad que se tratara de él o de cualquiera que él hubiera enviado, sí sabía que alguien había estado vigilándola. Notó que un escalofrío le recorría la columna y, por instinto, se abrazó a sí misma.
Bueno, alguien no. Dos alguienes. Royce la había alcanzado demasiado deprisa como para que pudiera hablarse de coincidencia. Aunque él tampoco hubiera podido conciliar el sueño y hubiera decidido salir al jardín, ella lo habría visto..., pero él había preferido permanecer oculto.
Estaba vigilándola. Aunque había sido por una buena razón, Kassandra lo sabía bien, la sola idea le resultaba inquietante. Cuando llegara el momento, y estaba segura de que llegaría, debía ser libre para actuar sin interferencias. Tenía que serlo para morir, porque en su visión sólo eso había impedido que la serpiente roja se tragara a Ákora.
Se le encogió el estómago y trató de contener una náusea. ¡Por todo lo que era sagrado! ¡No debía pensar en eso! Royce estaba ahí fuera a la caza del enemigo que bien podría tratarse del mismo hombre que había estado a punto de matarlo a él.
—Ve tras él —le pidió a Goran.
—¿Tras el intruso, Atreidas?
—No, tras Royce, tras lord Hawk. Él... no..., no conoce bien estas tierras y estoy segura de que agradecerá vuestros sabios consejos.
Goran no se dejó engañar ni por un instante. La miró con cariño y respondió:
—Estoy seguro de que él prefiere que me quede con vos, Atreidas. Y es lo que procede dado que sois una invitada en mi casa. Velar por vuestra seguridad no sólo constituye un honor, sino que además entra dentro de mis obligaciones. ¿Me permitís que os acompañe hasta vuestra habitación?
Aunque aquello, desde luego, era lo más sensato, la idea de encontrarse entre cuatro paredes hasta que Royce regresara era más de lo que podía soportar.
—Preferiría quedarme aquí —declinó. Y cuando Goran dudó, añadió—: No puede ser que creas que hay todavía algún intruso tan cerca que pueda suponer un peligro para mí. Y, de ser así, no dudo de que tú y la guardia de la casa me defenderíais con nobleza.
El brillo de los ojos del consejero dejó muy claro que se daba cuenta de que ella estaba tratando de convencerlo. Pero también de que no podía negarse.
—Como queráis, Atreidas, aunque puede que tarden en volver.
—No me importa esperar —respondió segura, en aquel momento..., de lo que decía.

 

 

 

Royce volvió, por fin, más de doce horas después, a media tarde. Kassandra no se quedó todo ese tiempo en el jardín, aunque sí estuvo allí hasta mucho después del alba. Al final, a punto de desfallecer por el cansancio, permitió que la mujer de Goran la acompañara, la metiera en la cama como si se tratara de su propia hija y se quedara con ella hasta que hubo conciliado el sueño.
Ni siquiera entonces logró dormir profundamente. Se despertó al cabo de unas pocas horas, y volvió a esperar y a esperar con distintos grados de paciencia, preocupación y, finalmente, rabia, cuando el miedo por lo que pudiera haberle sucedido eliminó todos los esfuerzos por convencerse de que regresaría sano y salvo.
Fue entonces cuando volvió Royce.
La encontró más o menos en el mismo lugar en que la había dejado al partir: en el jardín. Iba vestida con un atuendo de seda blanca y llevaba el pelo trenzado con flores. No sabía que la mujer de Goran, la dulcísima Alia, la había peinado así en un intento de animarla. Tampoco comprendió Royce el torrente de emociones que la habían arrollado mientras lo esperaba. Lo único que vio al mirarla fue que era preciosa, que estaba a salvo y que era suya.
Sobre esto último, Royce estaba absolutamente convencido. A lo largo de las largas y frustrantes horas de una caza que había resultado irritantemente inútil, había decidido que no iba a dudarlo más. Estaba muy bien que Kassandra tuviera responsabilidades para con su pueblo y su tierra, y también que tuviera la fortaleza de estar a la altura de las circunstancias para satisfacerlas. Él admiraba mucho esa actitud y no dudaría en ayudarla en todo lo que fuera posible.
Ahora bien, eso no cambiaba nada. Ella era suya. Llevaba esperándola toda su vida y no permitiría que nada, nada, se interpusiera entre los dos. Que Deilos estuviera preparado, aunque no iba a servirle de nada. El traidor era hombre muerto. Su vida iba a tener los minutos contados desde el instante en que cayera en manos de Royce, como seguramente haría. Llevaba mucho tiempo pensando en la recompensa de Deilos por haberlo mantenido prisionero y casi llevarlo a la muerte. Sólo aquello bastaba para que Royce hubiera acabado con su vida gustosamente. No obstante, ahora era diferente. Mataría a Deilos no por sí mismo, sino con la seguridad y la absoluta certeza de que al hacerlo eliminaba un peligro para Kassandra.
Kassandra lo miraba fijamente con un extraño brillo en los ojos. Ella veía ante sí a un hombre sucio y empapado en sudor, que llegaba a ella como si volviera de una batalla, a pesar de lo cual, bendita fortuna, no estaba herido. Ni una gota de sangre le resbalaba por la piel.
Ni una gota de sangre.
La rabia que sentía se desvaneció.
—No lo has encontrado —le dijo.
Kassandra sabía, aunque no quería pensar en ello, que si lo hubiera encontrado, Royce habría llegado a ella manchado de sangre.
—Lo encontraré —se limitó a responder antes de abrazarla.
No lo hizo con particular delicadeza y tampoco pareció que le importara mancharle el vestido. La abrazó con fuerza, como si necesitara obtener de ella cada aliento de vida. Y ella, que el cielo la amparara, no pudo resistirse. Amoldó su cuerpo al de él con tanta naturalidad como si llevara haciéndolo desde siempre.
—Nadie te hará daño —le prometió.
Kassandra notó que a Royce le había temblado el cuerpo al pronunciar aquellas palabras. Se le hizo un nudo en la garganta. Necesitaba tan desesperadamente que él tuviera razón. Sabía, sin embargo, con tanta certeza que no sería así...
No pensaría en aquello en aquel momento...
—Entra en la casa —le indicó con dulzura—. Tienes que lavarte y descansar.
—Te necesito —le respondió Royce al mismo tiempo que se dejaba coger de la mano y guiar al interior.
Kassandra se olvidó de la discreción cuando empezó a ocuparse de Royce. Los sirvientes llegaron con comida y los ungüentos que la princesa había solicitado para los rasguños y los moratones que había descubierto al ayudarle a desvestirse antes de que entrara en la bañera que había en el cuarto de baño situado junto a su habitación. Aunque Royce hizo alguna mueca que otra durante el proceso, se mantuvo de buen humor mientras ella estuvo a su lado. Cuando ella regresó después de hablar con los sirvientes, Royce la miró con aire desafiante y de sospecha.
—¿Qué traes ahí?
—Un ungüento. No pica.
Había hablado sin pensar y lo lamentó nada más ver que la mirada desafiante que él le lanzaba se tornaba perpleja y furiosa.
—Estás de broma —le respondió Royce—. No me hace falta ningún ungüento, y menos ningún comentario tranquilizador del tipo «no pica». —Torció el gesto mientras hablaba. Luego, sumergió la cabeza en el agua, la sacó y empezó a moverla para salpicar por todas partes, sobre todo a Kassandra—. Aunque un poco de jabón no vendría mal.
—Aquí está —le contestó mientras le tendía el jabón, aunque no lo suficientemente cerca como para que Royce pudiera hacerse con él—. Aunque tienes una espalda realmente ancha, creo que podré llegar a todas partes.
—No necesito ninguna niñera —protestó Royce al mismo tiempo que se sentaba y permitía que ella actuara.
Kassandra se arrodilló junto a la bañera, empapó una esponja, frotó en ella la pastilla y empezó a enjabonarle la espalda. Era amplia y tan resistente como una pared de granito. Hizo un cuenco con las manos, recogió agua y se la vertió sobre la cabeza para lavarle el cabello. Royce gruñó ligeramente cuando Kassandra le introdujo los dedos entre la melena y empezó a masajearle el cuero cabelludo, de modo que animó a Kassandra a continuar, hasta que la cabeza empezó a darle vueltas.
—Ya vale —masculló—, prefiero mantenerme alerta.
—¡Ah! ¿Sí? A mí me da la sensación de que te apetece bajar la guardia de vez en cuando.
Él encogió aquellos hombros pulidos como el acero.
—Eso es una auténtica locura; eso y que hagas que me olvide de mantener alerta a la guardia.
—No es ninguna locura —le susurró Kassandra. Le aclaró el cabello y caminó hasta el otro lado de la bañera para arrodillarse delante de él.
El agua le había oscurecido el vestido y lo había vuelto transparente en algunas partes.
—¡Madre mía! ¡Mujer! ¿No crees que ya eres, de natural, tentación suficiente? —la regañó Royce con el ceño fruncido.
—No sé a qué te refieres —se excusó Kassandra en un tono remilgado antes de prestar toda su atención a los pectorales de Royce.
Cuando hubo terminado con ellos, empezó a enjabonarle el resto del cuerpo. Prestó especial atención a las largas piernas, con aquellos músculos duros como el hierro que se le tensaban en los muslos y los gemelos, aunque también se entretuvo en las plantas de los pies y en cada dedo.
Royce, que había echado la cabeza hacia atrás, no hacía más que gruñir, aunque lo hacía con una sonrisa. Luego, empezó a hablar con calma:
—No he hecho más que pensar en ti todo el tiempo que he estado ahí fuera. Puede ser que eso haya alterado mi concentración, no lo sé. Aun así, hemos podido seguirlo durante más de tres kilómetros antes de perderle la pista.
—¿Seguir a quién? —preguntó Kassandra, como si no lo supiera.
—A Deilos —contestó con énfasis—. Estoy seguro de que es él.
A pesar de la calidez del cuarto de baño, Kassandra se sintió atravesada por una ola de frío. Royce no podía saber ni lo que ella había visto, ni lo que aquella visión significaba. No podía haberlo adivinado. Ella había puesto mucho cuidado en no revelar la visión que protagonizaba junto a Deilos. Sin embargo, a pesar del amor que él sentía por la tierra y de cómo la comprendía, lord Hawk tenía el espíritu y los instintos propios de un guerrero. Contaba con unos conocimientos que estaban fuera del alcance de Kassandra, por mucho que tratara de entenderlos.
—¿Cómo puedes saberlo si no lo has encontrado? ¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Lo estoy, eso es todo.
La mirada en sus ojos la retó a contradecirlo. Al comprobar que Kassandra no lo refutaba, Royce se calmó ligeramente, aunque toda su tranquilidad se desvaneció en cuanto ella se dispuso a terminar lo que había empezado.
—Ya vale —protestó al instante—. Acabo yo.
—Pues parece que va a llevarte un buen rato —señaló Kassandra, que buscó una salida por medio de una agradable distracción—. No tenía ni idea de que fuera a gustarte tanto que te frotaran los pies.
—¿Es que un hombre no puede tener sus pequeños secretos? —Aunque el tono de la pregunta fue bastante áspero, la expresión que adoptó no lo era. Y se unió a Kassandra en la habitación con sorprendente agilidad.
Más tarde, tumbados como estaban en unas sábanas empapadas de agua porque Royce no se había entretenido en secarse, Kassandra dijo:
—Tenemos que volver a Ilion.
—Buena idea —respondió.
La voz delataba una somnolencia que no era, por otra parte, de extrañar, dado que llevaba dos noches sin dormir, que había ido a la caza de Deilos y que acababa de pasar una hora siendo objeto de deliciosas atenciones. Sin embargo, no estaba tan dormido como para no añadir, como si hablara consigo mismo:
—Atraer a Deilos allí, ponerle más difícil lo de acercarse a ti; luego, acabar con él.
Como plan, resultaba impecable de lo puro sencillo que parecía y, aunque Kassandra no dudaba de que pudiera tener éxito, sabía que no debía permitir que se llevara a cabo.
No pensaría en aquello en ese momento...
—Duerme —musitó, adormecida ella también, mientras se acurrucaba contra Royce.

 

 

 

Dos días después, entraban ya navegando en el puerto de Ilion. Al acercarse a la ciudad, Kassandra se aferró con las manos a la borda con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos. No tenía noticias frescas desde hacía dos días, cuando había llegado el último mensaje a Leios, antes de zarpar. Si Atreus hubiera...
Cerró los ojos un momento y volvió a abrirlos para forzar la vista y captar todo lo que pudiera.
Si su hermano hubiera muerto, habría hogueras encendidas por toda la ciudad. El pueblo estaría ofreciendo preciadas posesiones, por pequeñas que fueran, para que acompañaran al elegido en su camino al cielo. En los templos habría fuegos que arderían día y noche en los altares mientras los sacerdotes y las sacerdotisas presentaban también sus ofrendas.
Y en el palacio...
En el palacio no habría fuego alguno, ni se cocinaría, ni se llevaría agua, ni habría lámparas encendidas. Sólo habría espacio para el terrible y doloroso duelo de una vida arrebatada tan tempranamente y de un pueblo desorientado.
Y luego, la búsqueda, la esperanza, las oraciones que se pronunciarían durante los rituales destinados a encontrar al nuevo elegido. En una ocasión, el proceso había durado dos largos años. A menudo llevaba varios meses. Aunque no sería así, si la serpiente roja estaba acechando.
Si su hermano estuviera muerto...
Levantó los ojos al cielo y allí vio...
Nubes blancas, esponjosas como el lino que crecía en los campos a mitad del verano. El sol bañaba en oro la ciudad, que lucía en todo su esplendor. A un lado y a otro, se veían, esparcidos, los finos zarcillos de humo blanco que salían de los benditos fuegos de las cocinas.
Nada más.
A Kassandra la embargó una sensación de alivio que casi le impidió respirar.
—Está vivo —anunció casi sin aliento.
Luego, se fijó en la sonrisa de Royce y supo que él también se había dado cuenta.
—Está vivo —repitió, y rió un poco entre lágrimas de alegría.
Apenas hubo atracado el barco, salieron los dos disparados hacia el palacio. Andrew los recibió en cuanto entraron en la zona destinada a la familia.
—Habríamos bajado al muelle —se excusó después de abrazar a su hija y darle la mano a Royce—, pero Fedra no soporta separarse de él.
—¿Cómo está? —preguntó Kassandra al mismo tiempo que apretaba la mano de Royce.
—Atreus está vivo —respondió Andrew con calma—. Abre los ojos de vez en cuando y Fedra cree que nos reconoce, aunque yo no lo tengo tan claro. En cualquier caso, en dos ocasiones me ha dado la sensación de que movía un dedo mientras yo hablaba con él.
—Parece tan poca cosa... —musitó Kassandra. Y aun así, era todo un mundo si su hermano vivía.
—Elena está ahora allí —informó su padre antes de mirar a su hija con cariño—. Debemos decidir muy pronto.
Tomar una decisión sobre la operación que podía recuperar la salud del vanax o acabar con su vida. Aquello podía bien salvar a Ákora o sumirla en el caos. Tomar una decisión mientras Deilos esperaba, tramaba, oculto a los ojos de todos.
—Pronto —le confirmó Kassandra, que vio, como si lo sostuviera en su propia mano, que los últimos granos de arena empezaban a caer en el reloj de su vida.
* * *