Capítulo 17

 

—HA estado aquí —aseguró Royce—. Aquí mismo, en la ciudad, y apostaría a que ha estado también en el palacio.
—Eso no lo sabéis —advirtió Marcelus. Apenas acababa de hablar, hizo una mueca y comentó—: Parece que siempre estoy diciéndoos lo mismo, lord Hawk, de un modo u otro. Por favor, no me malinterpretéis. No pretendo ni faltaros el respeto, ni descartar vuestras ideas. Es sólo que soy un magistrado y, por tanto, mi comprensión de la verdad gira en torno a las pruebas.
—Entonces, considera sólo al hombre —le sugirió—. ¿Crees que Deilos le encomendaría una misión tan esencial como el asesinato de un subordinado a otra persona? Si lo hiciera, también tendría que matar a ese hombre para asegurar su silencio..., y a otro..., y a otro. La cadena no tendría fin. Antes o después, debería actuar.
—Lo que decís tiene sentido —reconoció Marcelus—, si asumimos que el hombre del patio fue asesinado.
—No ha aparecido ningún guardia que declare haber disparado aquella flecha.
—Había mucha confusión...
—No tanta —intervino Kassandra.
Se encontraban de nuevo en el despacho de Atreus. Allí, al menos, sentía que podía garantizar un mínimo de privacidad. El palacio estaba hasta arriba de gente, o eso parecía. Todos los consejeros estaban allí, incluidos los que, como Polidoro y Goran, habían vuelto a sus tierras durante un tiempo. Sólo le dijeron que creían que lo correcto era estar allí, aunque ella sabía lo que pensaban realmente. La lesión de Elena y la consecuente imposibilidad de llevar a cabo la operación no eran ningún secreto. Todo el mundo entendía que, de un modo u otro, el tiempo estaba acabándose. O Atreus se recuperaba pronto sin ayuda, o moriría. En cualquier caso, el instinto natural los llevaba a estar juntos y unidos en el centro del desarrollo de los acontecimientos.
—Creo —continuó— que debemos reconocer que lord Hawk tiene razón. Es muy probable que el hombre que provocó el fuego fuera asesinado para garantizar su silencio. Hay una persona detrás de todo esto, y creo que es Deilos. Hay que detenerlo.
—No tengo objeción alguna al respecto —replicó Marcelus—. Sin embargo, ya hemos registrado Ilion de arriba abajo. Si realmente el enemigo se encontrara escondido aquí, me gustaría saber dónde.
—Puede que ya no esté aquí —reconoció Royce con pesar— y que se haya retirado a esperar a algún lugar más seguro.
No fue necesario que explicara a qué debía esperar. Todos supieron que se refería a la muerte de Atreus.
—También hemos recorrido Deimos y las otras islas pequeñas —recordó Marcelus.
—Están repletas de cuevas —señaló Royce—. Registrarlas todas llevaría meses.
—Es cierto —admitió el magistrado.
—Si Deilos y sus seguidores se hubieran refugiado en una de esas islas —intervino Kassandra—, sería Deimos. Era de su familia y la conoce desde su más tierna infancia. Además, el azufre y el resto de elementos que habría necesitado se encuentran allí.
—Perdemos el tiempo al estar aquí sentados —saltó Royce—. Deberíamos estar barriendo Deimos de nuevo.
—¿Nosotros? —Kassandra elevó una ceja—. Quieres decir tú, ¿no?
—No me importaría tener esa oportunidad.
Kassandra lo miró fijamente desde el otro extremo de la habitación.
—Tú lo que quieres es matar a Deilos.
Royce se encogió de hombros.
—No lo he ocultado en ningún momento.
Kassandra se retiró de la ventana ante la que se encontraba, caminó hacia el escritorio de Atreus y lo tocó con suavidad. Su hermano poseía la sabiduría del elegido. Ella no, ni la deseaba en realidad. Los papeles que tenían que desempeñar eran distintos. De algún modo, ella debía encontrar en aquel momento su propia sabiduría.
—Ni Deilos ni ninguno de sus seguidores son enemigos extranjeros —contestó con calma—. No son algo remoto y distante de nuestra tierra. Son de Ákora, por mucho que quieran negarlo. Debemos derrotarlos en un modo que honre nuestras leyes y nuestras tradiciones. Sólo así podremos anunciar que el enemigo ya no se encuentra entre nosotros.
Marcelus ya asentía antes de que Kassandra hubiera finalizado.
—¿Qué es lo que sugerís, Atreidas?
—No estoy del todo segura —reconoció—. En cualquier caso, creo que debemos tener paciencia y mostrar valor. No tenemos que actuar como Deilos espera que lo hagamos, sino como sea mejor para Ákora.
—Deilos esperará que vayamos a por él —comentó Royce—. Quizá el ataque al palacio haya sido un intento de llevarnos a hacer eso exactamente.
Se puso de pie y caminó hacia donde ella estaba al mismo tiempo que la estudiaba. Aunque Kassandra no podía ver lo que escondían sus ojos, la sonrisa que Royce esbozó le produjo un escalofrío.
—Habrá preparado el terreno —siguió Royce como si lo viera todo con la mente—. Creerá que está listo para recibirnos.
—Puede que tenga razón, pues cuenta con un arma poderosa —advirtió Kassandra, a la vez que notaba que se le tensaba dolorosamente el pecho—. Ir a las cuevas de Deimos podría constituir un suicidio. Podrían perderse las vidas de cientos de guerreros akoranos, además de la tuya propia.
—Cierto, pero no ir tras él —replicó Royce— y limitarnos simplemente a esperar le dará más oportunidades para atacar.
—Existe ese riesgo —reconoció Kassandra—. A pesar de ello, sigo pensando que eso es lo que deberíamos hacer. —Extendió las manos deseosa de que él comprendiera, como si elevara una plegaria para que lo hiciera y, de paso, que la entendiera a ella también y acaso, en última instancia, la perdonara—. Ákora ha sido siempre un lugar lleno de vida, no de muerte. Le arrancamos la vida a un mundo destrozado que reconstruimos piedra a piedra, y grano a grano. Nuestra devoción por la vida —por cada vida— siempre ha representado una de nuestras mayores bazas. Aunque Deilos trata de que lo olvidemos, no debemos olvidarlo. Tenemos que ser más honestos con nosotros mismos de lo que lo hemos sido nunca.
—El deseo de sangre aumenta —explicó Royce con naturalidad, sin retirar la mirada de Kassandra—. Resistirse a él supone un cierto reto.
Kassandra respiró, lenta y suavemente, para disimular su alivio.
—A ti te lo encomiendo —le dijo—. Aunque requerirá un despliegue de destreza y resistencia delatar, sin que se produzcan innecesarias pérdidas de vidas, a todos los que quieran dañarnos, estoy segura de que puedes hacerlo.
—También necesitaré hombres —le respondió con sequedad—. No muchos, pero sí los mejores.
—Los tendrás —le aseguró—. Tendrás todo lo que necesites.
Y, con esas palabras, se despidió de él en su corazón.

 

 

 

Royce, sin embargo, no se marchó. Al menos, no en aquel momento. Había mucho que organizar, muchos hombres a los que reunir, y tenía también que aprovisionarse. Aunque el plan de Kassandra estaba bien, había pequeñas cuestiones de tipo práctico que debían tener en cuenta.
Así lo expuso Royce, que lo explicó mientras se preparaba para zarpar con la marea de la mañana.
Eso dejaba la noche de por medio.
Kassandra no había pensado en aquello. Al decidir dejarlo partir a Deimos, no había caído en la cuenta de que habría tiempo para una larga despedida. Había imaginado que estaría ocupadísima, corriendo del lecho de su hermano a atender todas las demandas que habían recaído sobre ella, de las que ya llevaba varias jornadas ocupándose.
Y aun así, durante aquellos días, y aquellas noches, habían ocurrido tantas cosas más...
Pensaba en ello mientras se dirigía a visitar a Elena. La curandera descansaba con todas las comodidades que le era posible y se esforzaba por asumir lo que le había sucedido.
—Yo no me caigo nunca —le comentó a Kassandra—. Jamás. Ni siquiera me caía al suelo cuando era pequeña y estaba empezando a caminar.
—Bueno, todos nos caemos de vez en cuando —le respondió Kassandra, que trataba de tranquilizarla.
Aunque no sufría dolores, pues Brianna le había disuelto disimuladamente unos polvos calmantes en una bebida cuando la curandera se había negado a tomarlos directamente, Elena estaba muy alterada, tanto que no pareció escucharla.
—He bajado por esa misma escalera cientos de veces, incluso más. La he bajado corriendo en más ocasiones de las que puedo recordar. ¿Por qué me caería justo en aquel momento? ¿Por qué?
—Estabas preocupada por la posibilidad de que otros estuvieran gravemente heridos.
—Tonterías. Yo nunca reaccionaría así. Descendía con calma y conscientemente. No había razón alguna para que me cayera.
—Y sin embargo, te caíste.
—Y sin embargo, me caí —repitió Elena—. Son demasiadas las cosas que pueden cambiar a raíz de accidentes como éste. Si el vanax muriera...
—No sería culpa tuya. Ahora descansa; sabes bien que es la única forma de mejorar.
Poco después Kassandra abandonaba los aposentos de Elena para volver a los suyos, a los que entró sin demasiadas ganas. Atrapada entre la esperanza y el miedo por que Royce estuviera allí, miró a su alrededor.
No estaba. Se vio ante un cuarto vacío, una cama vacía y unas horas vacías. Bueno, bajaría con él al puerto por la mañana. Se colocaría a su lado para dejar claro que zarpaba con su autoridad, que partía porque ella así lo había ordenado. Les desearía, a él y a los hombres que viajaran a Deimos, que la Fortuna los favoreciera. Y lo haría de corazón.
Royce tendría que enfrentarse a sus fantasmas allí, donde había sufrido aquel brutal cautiverio, aunque probablemente le ayudaría a superarlo. Tal vez encontrara a alguno de los hombres a las órdenes de Deilos, que siguieran escondidos allí. Kassandra no dudaba de que él acabaría capturándolos. En cuanto al propio Deilos, estaba bastante segura de que Royce no lo encontraría.
Deilos estaba en Ilion.
Así constaba en la nota que le había llegado hacía apenas unas horas.

 

 

 

Se dio un baño, una actividad tras la que siempre se sentía mejor. Al menos siempre había sido así. Si se casaba con Royce y se iba con él a vivir a Hawkforte tendría que aprender a vivir sin lujos como aquél. O quizá no, porque él había manifestado su interés por la fontanería akorana y tal vez quisiera importar sistemas de allí.
¿En qué estaba pensando? ¿Qué absurdo desorden de su mente había generado una idea como aquélla? Estaba claro que no le hacía ningún bien dejar volar su imaginación de aquella manera.
Se levantó enseguida, se cubrió con la toalla para secarse con tanta energía que se le quedó la piel roja, y luego la dejó, ya húmeda, encima de un taburete antes de volver, desnuda como estaba, a la habitación.
¡Qué raro! No recordaba haber encendido ninguna lámpara y ahora había una luz tenue junto a la cama.
Iluminaba el cuerpo totalmente desnudo y de perfectas proporciones de un hombre que se extendía en su lecho sin reparos. Tenía los fuertes brazos cruzados por detrás de la cabeza y mostraba una tentadora sonrisa que resultaba juguetona en aquellos tersos labios.
—Royce... —pronunció Kassandra, sin darse cuenta de lo que decía.
Él la miró de arriba abajo y, de nuevo, de abajo arriba. Su mirada le quemaba el cuerpo.
—Marcelus se ha ofrecido a ocuparse de todo.
—Qué considerado por su parte.
—Ven aquí.
Ni se movió, ni le tendió la mano, ni le hizo seña alguna. Se limitó a ordenarle que lo hiciera.
Ella podía negarse, claro. Podía hacerle notar la prepotencia con la que le había hablado. Podía fingir algún tipo de peliaguda ofensa.
Aquélla, después de todo, era su cama.
—Pensaba irme a dormir —le explicó mientras se tumbaba de costado y de cara a él. Con elegancia y sin dejar de mirarlo, dobló una pierna y apoyó la cabeza en un brazo.
—Pareces una odalisca.
—Pues no vivo en un harén precisamente.
—Tienes razón.
Se volvió para mirarla. Le caía un mechón dorado por la frente. De verdad era injusto que pudiera haber hombres tan arrebatadoramente guapos.
—No te imagino como la esclava de ningún hombre.
—Me tranquiliza mucho oírte decir eso. —Con delicadeza, añadió—: Aunque la otra noche, en la tienda, me dio la impresión de que pensabas de otro modo.
Royce tuvo la cortesía de sonrojarse ligeramente.
—¿Por qué, porque me puse yo al mando?
—Lo querías... todo.
Royce no lo negó.
—No me ha resultado fácil convertirme en el amante de la Atreidas.
¡Ah! ¿Eso era entonces...? Había tratado de reequilibrar las cosas entre ellos porque le incomodaba que ella contara con el poder que había asumido.
—Ha habido reinas en Inglaterra —se defendió—. La afamada Isabel, por ejemplo. Me pregunto cómo te las habrías arreglado con ella.
Royce soltó una carcajada que le hizo adquirir momentánea y repentinamente un aspecto infantil, cuando ya había hecho su confesión y ella no la había rechazado.
—Sí, pero a ella se la conocía como la Reina Virgen, así que no es el caso.
—¿Crees que de verdad lo era?
—Espero que no —contestó con sinceridad—. Su padre decapitó a su madre, su hermanastra era una fanática religiosa que estuvo a punto de asesinarla y pasó la mayor parte de su vida bajo la amenaza letal de los traidores que trataban de arrebatarle el trono. Espero que encontrara algo de felicidad a título personal.
—Eso puede ser difícil de conseguir.
Y demasiado fugaz. Desvió la mirada hacia los amplios ventanales. Pronto amanecería.
—Creo —continuó Kassandra con dulzura— que hoy me toca a mí.

 

 

 

Le honraba el hecho de que fuera un hombre tan fuerte y disciplinado, pues no había nada más que pudiera explicar cómo logró soportar el delicioso tormento que Kassandra le infligió. ¿Él había querido reequilibrar las cosas entre ellos? Ella necesitaba hacer lo mismo. Y lo que era más importante: Kassandra ansiaba grabarse el recuerdo de aquel hombre en la memoria tan profundamente que pudiera sobrevivir a todo, incluso a la muerte.
Ákora era un lugar lleno de vida. La muerte, sin embargo, había hecho acto de presencia igualmente: una muerte violenta y prematura que no había dado por finalizada su misión. Se cernía sobre ella a una distancia demasiado corta, y la guiaba. Kassandra se entretuvo deleitándose en aquel cuerpo, saboreó el aroma que desprendía y disfrutó del tacto que le ofrecía, como de cada sonido de Royce, de cada caricia de aquella piel, de cada oleada salvaje y liberadora que explotó al mismo tiempo en ambos.
¡Qué hombre tan hermoso! Y aun así, tumbada a su lado como estaba en el corto descanso que se concedieron, tuvo de repente la extraña y fugaz visión de un niño de cabello oscuro como el azabache que jugaba en lo alto de unas rocas junto a un mar que no era el de Ákora. ¡Qué raro!
—¿No tienes ningún hermano, verdad? —le dijo a Royce.
Royce musitó algo que parecía una confirmación. No tenía ningún hermano, lo que tenía era una hermana..., ¿de dónde salía entonces aquel niño de pelo negro? Una ilusión, quizá, nada más, pues alrededor de él se dibujaba el mismo resplandor curvilíneo que iluminaba los límites de aquella visión.
Con todo, no podía ser una de ellas porque no dolía. Al contrario, Kassandra recibió un bálsamo de tranquilidad como si nada en el mundo pudiera preocuparla.
El niño... se reía y lanzaba una piedra al aire, una piedra que giraba y giraba hasta dar en un lugar que no podía ver y que, sin embargo, emitía ondas hacia todas partes...
Una piedra lanzada a un estanque. Royce le había hablado de algo así a su madre. Algo sobre una vida que conservaba aquello en lo que se creía...
No debía quedarse dormida; el tiempo pasaba demasiado deprisa. Cuando abrió los ojos cansados captó ya una línea gris en el horizonte.
¡No, aún no! ¡No tan pronto! Sentía ganas de llorar.
—¿Kassandra...?
La voz de Royce sonaba adormecida y perezosa. Era la voz de un hombre que se rescataba a sí mismo del pozo del agotamiento porque ella le importaba tanto como para hacerlo.
—¡Chhh...! —susurró Kassandra mientras le acariciaba el cabello con suavidad—. No es nada.
Royce murmuró algo, quizá fuera su nombre de nuevo, y la atrajo hacia sí. Acurrucada en el hueco que formaba su cuerpo, Kassandra permaneció despierta, con los ojos bien abiertos, y deseó que aquel niño moreno volviera a aparecer; pero no lo hizo.

 

 

 

—Que la fortuna os guarde —les deseó.
La hilera de hombres que aguardaban en formación en el muelle asintió al mismo tiempo. Todos eran jóvenes, selectos y muy fuertes. Todos formaban parte de las legiones que vigilaban el palacio. Unos hombres que agradecerían que se les presentara la oportunidad de vengar al vanax y que, sin embargo, se empeñarían en el estricto cumplimiento de los designios de la justicia.
Royce estaba al frente. Iba vestido con la falda de los guerreros akoranos. Se había retirado el cabello de la frente con una cinta de cuero. El sol le había bruñido la piel hasta dejarla dorada y bronceada. De la tersa cintura le colgaba un cinturón con una espada, en cuya empuñadura mantenía apoyada la mano izquierda.
—A lo mejor tendrías que haberte traído el bastón —bromeó Kassandra.
Royce tardó un segundo en acordarse y se rió.
—Siento habérmelo dejado. En realidad, debería haber traído cien. ¿Te imaginas a todos estos fantásticos hombres pertrechados con bastones-espada?
La imagen de los guerreros akoranos avanzando hacia la batalla blandiendo bastones resultaba tan ridícula que a Kassandra le entró la risa de repente. Quienes estaban cerca de ella la miraron sorprendidos. En apenas un instante volvió a tranquilizarse. No tendría que haberse reído. Aquel momento era demasiado tenso.
—De verdad espero que tengas cuidado —le dijo tras resistirse al impulso de acercarse a él.
—Siempre lo tengo —le respondió.
Entonces, Kassandra vio algo punzante en su mirada, aunque resultó tan fugaz que no pudo sino concluir que debía de haberlo imaginado.
La marea cambió, puntual a su cita. Kassandra se mantuvo de pie, con la espalda recta, y aunque trató de pensar en unas palabras de despedida adecuadas, no se le ocurrió nada. Royce, por su parte, se inclinó de repente, le dio un delicado beso en la mejilla, y se despidió:
—Procura no preocuparte demasiado.
Y si bien brotaron en su interior miles de respuestas, ninguna de ellas tomó voz. Y allí se quedó Kassandra, en silencio, sola, viéndolo alejarse en el mar.
Una vez que estuvo de vuelta en el palacio, fue a buscar a Amelia. Y como casi no había visto a su sobrina desde que se había producido la explosión en los Juegos, se quedó impresionada con lo mucho que había cambiado. Aunque sin duda había crecido y tenía el cabello un poco más grueso, lo que más le llamó la atención fue que la niña estaba mucho más atenta a todo. Aquellos ojos azules que ya se desdibujaban para adquirir el tono avellana de los de su madre parecían extrañamente maduros para un rostro tan joven.
—¿Qué tal está durmiendo? —le preguntó a Joanna, pues ésa parecía ser la pregunta que había que hacerle a las primerizas.
—Bastante bien. Aun se despierta hacia la medianoche, le doy de mamar y luego vuelve a dormirse hasta las seis de la mañana más o menos. No está nada mal.
—Es preciosa.
—Sí lo es. Ya echas de menos a Royce.
—Yo... no... Acaba de marcharse. ¿Cómo iba a echarle ya en falta?
—Vamos, Kassandra. Yo echo de menos a Alex en cuanto sale de una habitación. ¿De verdad esperas que a ti te ocurra algo distinto?
—Tú amas a Alex.
—Claro que sí. Y tú a Royce.
Kassandra se centró en admirar a su sobrina e hizo como que no comprendía.
—Nunca he dicho eso.
—Yo no suelo comentar que el sol sale todas las mañanas. El hecho de que no lo haga no tiene efecto alguno en el acontecimiento diario.
No, no lo tenía. La naturaleza, con todo su misterio, continuaba adelante a pesar de las preocupaciones de los insignificantes mortales.
Amaba a Royce.
Bueno, claro que sí. ¿Cómo podría no hacerlo? Hacía mucho tiempo que sabía que lo amaba, probablemente desde aquella mañana en Londres en que daba vueltas y vueltas. Desde aquel momento no había vuelto a tener la mente serena, ni mucho menos el corazón.
¡Qué más daba!
Ni el amor, ni la lujuria, ni ningún otro grado de afecto podían cambiar el destino que la aguardaba.
A pesar de ello, amaba a Royce. En ese instante abrazó aquella idea y lo hizo con fuerza, internamente. En ella encontraba un raro tipo de reposo.

 

 

 

La nota de Deilos había llegado dentro de un jarrón de flores, lirios en concreto, que le había traído un chico al que el ex consejero debía de haber contratado para ello. El joven había esperado a que Kassandra estuviera atravesando el patio y entonces se había aproximado a ella.
—Un caballero me ha pedido que os entregue esto, señora.
El mozo la miró con timidez, como si le costara creer que la princesa era tan real como para poder dirigirse a ella.
Kassandra aceptó el jarrón y olió las flores. Nunca le había gustado esa variedad en concreto.
—¿Quién te ha dado esto? —le preguntó directamente.
—No lo sé, señora. El hombre no me dijo cómo se llamaba.
Kassandra se detuvo entonces, miró al muchacho por encima de las flores cuyos pétalos, blancos como la nieve, ya empezaban a marchitarse en los bordes, y preguntó:
—¿Qué aspecto tenía?
El chico lo pensó y respondió:
—Era mayor..., bueno, no tanto como mi padre, así que entonces supongo que no era tan mayor. Tenía la cara delgada, pero era corpulento...
Deilos... u otro millar de hombres. ¿Cuántos de entre ellos, sin embargo, le enviarían un jarrón de flores?
Kassandra le dio las gracias y le dijo que siguiera su camino. Una vez que estuvo en su habitación, se dedicó a observar el jarrón. Al hacerlo, descubrió la nota, que contenía una amenaza del todo innecesaria. Rezaba: «Si no venís, desataréis el fuego griego. Serán miles los que mueran.»
No, no lo harían. Aunque la muerte sí llegaría a Ilion aquel día, pues así se le había concedido ver que ocurriría.
Levantó a su sobrina y sostuvo en sus brazos aquel cuerpo cálido y suave. Amelia, que hacía pequeñas pompas de saliva al respirar, dormitaba con la cabecita apoyada en el hombro de Kassandra.
—Deberías tener un niño —le sugirió Joanna.
Un niño de pelo oscuro como el azabache que jugara en los muros de roca que se elevaban junto al mar.
—Te encantó crecer en Hawkforte, ¿verdad?
—Verdad —reconoció Joanna—. Incluso después de que mis padres fallecieran, aquel lugar continuó siendo especial.
—Y aun así, te marchaste de allí.
—No tenía elección. Si Royce había desaparecido no había nada más que importara.
—No obstante, debió de haber un momento, al menos un instante, de duda.
Acto seguido, se arrepintió de haber dicho aquello. Era demasiado personal; no tenía derecho alguno a preguntárselo.
A Joanna, en cambio, no se lo pareció, pues asintió sin pensárselo dos veces.
—Todavía sueño con ello —confesó antes de dejar escapar una pequeña carcajada—. Me veo en el atracadero de Southwark, el mismo desde el que salimos para venir aquí. Lo único que veo delante de mí es un navío de guerra akorano, con la enorme proa de toro que brilla en la oscuridad. A lo lejos, los chicos a los que contraté para que distrajeran a los guardias están haciéndolo lo mejor que pueden. Ha llegado el momento, tengo que actuar. Sin embargo, dudo. No puedo mover las piernas. Me superan la duda y la confusión.
—Y... —interrumpió Kassandra, ansiosa por conocer el resto de la historia.
—Y nada, me despierto. Hasta hace poco, al lado de Alex. Lo que importa en realidad es que yo sé que es un sueño. Sí que actué. Reuní todo el valor con el que contaba y corrí, no para huir del barco, sino directamente hacia él. Y cuando ya no había por dónde correr, salté. —Se miró las manos—. Ha habido momentos en que, al despertarme de ese sueño, aún noto el tacto, áspero y duro, de la cuerda que empleé para colgarme y poder subir hacia la tronera. Es como si estuviera ocurriendo todo de nuevo.
—Ecos... —musitó Kassandra—. La creación parece contener cientos de ellos, ecos de lo que fue, de lo que podía haber sido, incluso de lo que está por llegar.
—¿Los sientes?
—A veces —reconoció Kassandra. Luego, bajó la mirada y disfrutó del roce suave del pelo de Amelia contra la mejilla—. Es una niña encantadora.
Una niña que se despertó en aquel momento y se movió un poquito, pero no lloró. En lugar de eso, Amelia se quedó mirando a su tía, no con la mirada distraída de un bebé, sino conscientemente. Abrió la boca, la cerró, y volvió a abrirla como si fuera un pajarito. Arrugó la frente, y luego volvió a lanzarle una mirada.
—Creo que intenta decirte algo —comentó Joanna con voz suave, antes de coger a su hija, colocarla en su regazo con la cabeza apoyada en su hombro y darle palmaditas en la espalda.
—Tengo que irme —se excusó Kassandra. Aunque las piernas estaban agarrotadas, no le fallaron.
—Royce estará bien —la tranquilizó Joanna.
—Rezo por que así sea —contestó Kassandra, que salió de la habitación a la luz del día, que ya se desvanecía.
Dudó al pasar por el pasillo cercano a la habitación de Atreus. Aunque sentía de nuevo la necesidad de visitar a su hermano; éste, que seguía inconsciente, no se daría cuenta de su presencia, y el tiempo volaba. Además, seguro que Fedra y Andrew estaban con él y era muy probable que notaran que había algún problema.
Lo mejor era irse de allí directamente.
Se apresuró porque temía que flaquearía si dudaba siquiera un momento. Caminó veloz, atravesó con rapidez los cuartos y los pasillos que conocía de toda la vida. En el patio, se obligó a caminar más despacio para evitar llamar la atención de los ojos curiosos. A pesar de ello, una vez que hubo cruzado la Puerta de las Leonas, se puso casi a correr.
Tal y como Joanna había corrido, y cuando ya no había podido correr más, había saltado. Aunque... Joanna había saltado hacia la vida, y ella, en cambio...
No, no debía pensar; sólo correr deprisa. Ya quedaba poco tiempo. Se oyó a sí misma jadear mientras ascendía por el camino que llevaba más allá de la ciudad. Subió más y más arriba, hasta que llegó a una pequeña meseta en que se elevaba un semicírculo de hileras de piedra situado frente a un escenario.
Fedra la había llevado al teatro por primera vez cuando ella aún era muy pequeña. Kassandra recordaba la emoción, la ilusión que había sentido... Se recordaba caminando agarrada de la mano de su madre.
¡Cómo amaba aquel lugar!
¡Y qué irónico que Deilos lo hubiera elegido!
Sola, le había indicado en la nota, y sola iba. Él no podía saber que no importaba. Las visiones que había tenido eran claras: si ella moría, la serpiente roja no llegaría a Ákora. Y allí, en aquel lugar que ella tanto conocía, allí era donde había visto su propia muerte.
«El mundo es un gran teatro», había dicho el gran dramaturgo inglés. ¡Cuánta razón tenía Shakespeare!
A aquella hora el teatro estaba vacío. Kassandra accedió al recinto por una entrada que llevaba, entre varias filas de asientos, hacia el pasillo que ascendía hasta el escenario. No subió, sino que se detuvo justo antes y se volvió para mirar.
No había señal alguna que delatara la presencia de nadie. Por lo que podía ver, era la única persona allí.
¿Había sido la nota un engaño?
Cuando empezaba a plantearse esa idea, oyó un ruido, extraño..., desconocido, que aumentaba.
Volvió a mirar y vio que algo se elevaba en el centro del escenario. El suelo se replegaba y permitía la ascensión de una plataforma.
«Deus ex machina», pensó. El dios que sale de la máquina. Era un elemento típico de las obras de teatro, la repentina intervención de los dioses que aparecían en el escenario desde un escondite situado debajo. El público más sofisticado solía reírse de aquello, porque estaba considerado ya un cliché.
Kassandra, sin embargo, no sintió ningunas ganas de reírse. De hecho, se vio invadida por el terror al mirar fijamente al hombre que descendía hasta el escenario y le dedicaba una sonrisa.
—Princesa Kassandra —saludó Deilos—, me alegro de que hayáis venido.
* * *