Capítulo 3

 

OCURRIÓ que Royce se vio obligado a aplazar la visita a la casa londinense de su hermana y su cuñado por tener que acudir, en cambio, a Carlton House. A la mañana siguiente, el príncipe regente lo convocó con un mensaje a una hora sorprendentemente temprana para un hombre que solía dormir casi todo el día, para poder disfrutar más de la noche. Aunque más sorprendente aún había sido la falta de la habitual elegancia del príncipe, que cuando Royce llegó aún llevaba puestos los pantalones y la camisa del día anterior, con manchas y arrugas. Y nunca le había visto con el pelo tan revuelto.
Royce hizo caso omiso de todo aquello, así como del rostro hinchado y del temblor en la comisura de los labios del príncipe, y habló con calma.
—¿Quería verme, alteza?
El príncipe regente dirigió la mirada al vacío por un momento, como si no pudiera recordar que lo había mandado llamar. Parpadeó con los ojos legañosos, alcanzó el brandy que tenía al lado y se lo bebió con el gesto de quien se toma un jarabe.
—Sí, sí, por supuesto. —Despidió con un gesto brusco a los sirvientes que aún rondaban por allí—: Dejadnos. Siempre están por ahí y nunca sirven para nada en particular.
Divagó un rato mientras Royce esperaba con paciencia y tomaba nota, como siempre solía hacer, del hombre que estaba al frente de Inglaterra en aquel momento. Desde que se había lastimado el tobillo durante una demostración del baile de la victoria típico de las tierras altas escocesas, las Highlands, el príncipe regente se había deteriorado mucho. Se había metido en la cama y, durante meses, se había negado a levantarse, mientras se quejaba de dolores virulentos y reprendía a sus médicos por no lograr aliviárselos. Si ya era de por sí corpulento, había ganado aún más peso, además de haberse dado a la bebida más de lo que acostumbraba. Aunque quizá había algo más preocupante: se había aficionado a administrarse cantidades crecientes de láudano. Su carácter también se había visto afectado y, con él, su cordura.
—Malditos luditas —protestó el príncipe regente—. Me he pasado la noche en vela para pensar qué hacer. Mi responsabilidad y todo eso. Aquí no puede ocurrir lo que ha sucedido en Francia. —Le entró un temblor y volvió a tomar brandy.
Se trataba de un miedo que venía de antiguo, uno con el que Royce estaba acostumbrado a lidiar.
—Alteza, el reino del Terror se produjo hace al menos veinte años. Estoy seguro de que si algo parecido fuera a ocurrir en Gran Bretaña, ya habría tenido lugar.
—¿Durante el mandato de mi padre? Él nunca lo habría consentido. Si no soportaba la mayoría de las cosas, imagínese algo así. Sin embargo, ahora todo depende de mí. —Empezó a incorporarse, volvió a pensárselo y se dejó caer de nuevo—. Creí que la nueva ley promovida por Perceval les pondría freno. ¿Qué hombre en sus cabales está dispuesto a morir por destrozar un telar? Y aun así, ahí siguen, vuelta otra vez.
—Están desesperados —comentó Royce con tranquilidad.
—Entonces, deben trabajar más para mejorar la situación, ¿no? Ir por ahí destrozando cosas no parece la manera, ¿no cree?
—Los hombres que sucumben a la desesperación no siempre se comportan de modo racional, alteza.
—Imagino que no... Eso es, pues, lo que ocurre.
El príncipe regente se pasó la mano por la cara cansinamente.
—Si me lo permite, debería usted descansar, señor.
—¡Dios mío, sí!, lo que daría por una noche de sueño de verdad. Con el peso del cargo y todo eso es probable que nunca vuelva a conocer la paz. En cualquier caso, escuche, le he hecho venir por una razón.
En general, al príncipe regente le había llevado menos tiempo de lo que Royce había esperado al entrar en la habitación ir al asunto que tenía en mente. Y no estaba nada mal, pues dada la cantidad de brandy que pasaba por el gaznate real, parecía dudoso que fuera a mantenerse sobrio mucho más tiempo.
Prinny observó a Royce.
—Siempre he creído que es usted más listo que los demás, y su padre antes que usted. Puede ser que el hecho de que su familia sea tan antigua le lleve a mirar siempre más allá.
—Yo diría que tiene razón, alteza.
—¿Sigue pensando que tenemos que plantarle cara al viejo Boney?
—Claro que sí. La negociación de cualquier tipo de paz con Napoleón debilitará, sin duda, la posición de Gran Bretaña en el mundo, y por mucho tiempo.
El príncipe regente se carcajeó.
—Me encantaría que el viejo Grey y los otros comprendieran eso también. Los malditos whigs no pueden ver lo que significaría que Inglaterra fuera la segunda después de Francia, en el caso de que llegara a serlo.
—Sin embargo, como creo que ya sabe, mi visión respecto a las reformas me sitúa en la línea de esos mismos whigs.
—Sí, sí, no hay razón para hablar de eso ahora. No entiendo cómo puede pensar que es posible llevar a cabo una reforma así en momentos tan inciertos, pero ahí está. Lo que importa es que a usted se le conoce en ambos bandos y, por ser como es, en ambos se confía en usted también.
«O en ninguno», pensó Royce, que decidió guardarse el pensamiento para sí mismo.
—Es muy amable por su parte, alteza...
—De amable nada; es lo sensato. Necesito un hombre como usted, que pueda moverse en los dos bandos. Quiero que averigüe lo que puede hacerse para allanar el camino, para volver a poner las cosas en su sitio.
A Royce le vino a la cabeza la rima infantil inglesa sobre Humpty Dumpty que rezaba:

 

 

 

Humpty Dumpty en un muro se sentó,
Humpty Dumpty del muro se cayó
y ni todos los hombres y caballos del rey
pudieron subir a Humpty Dumpty otra vez.

 

 

 

Abotargado y con los ojos empañados, el príncipe regente aparecía como un Humpty Dumpty nada afortunado. Con todo, Royce respondió:
—Lo haré lo mejor que pueda, alteza.
Royce se marchó algo después. Quienes solían estar por allí se dieron cuenta y obtuvieron por respuesta a sus ansiosos saludos un cortés golpe de cabeza. Una vez que estuvo en la calle situada delante de la residencia real, se detuvo, se situó de cara al sol y se concedió un momento. Lo que le pedía el príncipe regente era imposible, pero nunca era bueno decirle algo así a la realeza. De pie, como estaba, en medio del ruidoso tráfico londinense, se vio a sí mismo deseando, y no por primera vez, que apareciera alguna alternativa a la monarquía hereditaria. Inglaterra, al menos, le había dado bastante poder al Parlamento, aunque no era suficiente a los ojos de Royce. Francia había sustituido al rey por un emperador, lo que no reportaba ninguna mejora. En cuanto a los americanos, estaban intentando un extraordinario experimento de republicanismo que podía, o no, funcionar. Inglaterra debía limitarse a encontrar su propio camino del mejor modo posible.
Pensó en dejarse ver por alguno de sus clubes, pero en cuanto pusiera el pie en uno de ellos se producirían los habituales intentos por hacerlo entrar en una conversación, a ser posible de las que los oídos más avezados encontraban dignas de ser repetidas por ahí. Había agotado su paciencia con el príncipe regente, de modo que decidió no dedicarse a tal actividad y empezó a caminar, en cambio, hacia la céntrica calle Strand. Aunque no tenía ningún objetivo concreto en mente, no se sorprendió al verse delante de la editorial que regentaba Rudolph Ackermann.
El señor A, como animaba a sus clientes a llamarlo, había levantado un ordenado negocio para aplacar el aparentemente insaciable apetito del público por adquirir caricaturas políticas. Las más recientes solían exponerse en el escaparate principal, ante el que, en aquel momento, se hallaba Royce, que esperaba encontrarse las habituales sátiras en torno al príncipe regente, a los más importantes miembros de la alta sociedad o a algún ciudadano rico. Aún no había visto una versión de sí mismo en el escaparate y ya se lo había comentado al señor A una vez. El editor le había respondido que, en realidad, había gente en Londres que lo respetaba, y así había zanjado la conversación.
Sin embargo, aquel día en particular, el escaparate se mostraba extrañamente vacío. Había un único dibujo que acaparaba toda la atención. Estaba colocado sobre un pequeño caballete situado en el centro mismo y aparecía rodeado por una elegante tela de seda. Se trataba de un único dibujo, ni de lejos una caricatura, de una joven con el pelo oscuro que le caía en rizos, como una cascada, sobre la espalda. Esbozaba una sonrisa con su boca encantadora y lucía una mirada cálida, llena de inteligencia y de interés.
Kassandra.
Por un lado, le sorprendió, pero, por otro, no. La incursión de la princesa en Carlton House había llamado no sólo la atención de la alta sociedad, sino también del público, que solía convertir a las bellezas en celebridades. Y Kassandra era ciertamente una belleza, como mostraba el dibujo. ¿Quién lo habría hecho? ¿Alguna ayudante avezada de madame Duprès bajo las órdenes directas de la costurera? ¿Algún sirviente de Carlton House que buscara complementar sus reducidos ingresos? ¿O —también podía ser— algún miembro de las clases privilegiadas que no fuera contrario a ganarse algún sobresueldo que sería probablemente gastado en juegos y bebida?
No es que importara. Quienquiera que fuera el o la artista, la obra era excelente. Cuanto más la miraba, más se daba cuenta de lo bien que captaba la luz que parecía surgir del interior de Kassandra: su humor y naturalidad, su entusiasmo por todo lo que la vida tenía que ofrecer, por no mencionar la exquisita redondez de su boca, la fina línea de su garganta y allí, apenas sugerida por un vestido en la parte inferior del dibujo, la curva de su pecho.
La puerta dio un golpe al cerrarse cuando Royce entró en la tienda y se dirigió directamente al mostrador de caoba donde el señor A parecía estar esperándolo.
—Me había parecido que era usted, milord —lo saludó el editor—. Se trata de un dibujo precioso, ¿verdad? Por supuesto, ya sabrá que se trata de la princesa de Ákora. Claro que lo sabe —dijo como si acabara de venirle la idea a la cabeza—, es su cuñada, ¿no es cierto? Imagínese, qué despiste.
—¿Le importaría decirme quién ha hecho el dibujo?
—Vaya, en ese sentido, el artista prefiere permanecer en el anonimato —respondió mientras se encogía de hombros y miraba a Royce como si conociera bien el mundillo—. Ya sabe cómo son estas cosas.
Claro que lo sabía.
—¿Cuánto?
Por una vez en su vida, el avispado señor A se quedó sin habla.
—¿Milord...?
—¿Cuánto pide por el dibujo?
Dicho sea en su honor, el señor A se recuperó enseguida y le puso un precio que habría hecho reír a cualquier hombre en su sano juicio. Royce estuvo de acuerdo de inmediato. El editor frunció el ceño, pues había supuesto que disfrutarían de un agradable proceso de regateo.
—Milord, no es más que un dibujo...
—Tome el dinero, Rudolph.
El que usara su nombre de pila, consciente como era de que se conocían desde hacía mucho tiempo, dejó al editor desencajado. Despacio, le respondió:
—Soy un hombre honrado, milord. Mi conciencia no me dejará tranquilo.
Royce se rió, repentinamente divertido por todo aquel asunto.
—Pues, entonces, done el dinero a alguna causa que merezca la pena. Quién sabe, en Londres abundan.
—Quizá para ayudar a artistas hambrientos...
—¿Ve? Ahí tiene su causa. El dibujo...
—Es suyo, milord.
Pocos segundos después ya lo tenía en sus manos.
Royce abandonó la tienda satisfecho. Había decidido no reflexionar sobre aquella extraordinaria reacción. Por una vez en su vida, había actuado movido por un impulso. De algún modo, el mundo sobreviviría.
En cuanto al dibujo, venció la tentación de mirarlo de nuevo antes de llegar a su propia residencia. Fue entonces, una vez que estuvo recluido en su despacho, cuando retiró el ruidoso papel azul y el cordón blanco con que el señor A había insistido en envolverlo. Royce miró un largo rato aquello por lo que había pagado con tanta disposición. Se trataba, en verdad, de un parecido extraordinariamente bueno, que, en cualquier caso, no sustituía al original.
En absoluto.
El señor A se había empeñado en incluir el pequeño y bonito caballete en que estaba expuesto. Royce encontró un sitio para ponerlo en una de las estanterías que formaban la biblioteca que se alzaba del suelo al techo a lo largo de la habitación. Dispuso el dibujo de modo que pudiera verlo desde el escritorio y se negó en redondo a preguntarse por qué.

 

 

 

—Dice que lo lamenta mucho —explicó Joanna mientras acariciaba la nota de Royce—. Lo han mandado llamar de Carlton House y no sabe cuándo estará libre.
Kassandra se miró en el espejo y se las arregló para no suspirar.
—¡Qué mala suerte! Aunque lo comprendo bien.
Mientras doblaba el papel, Joanna continuó:
—Parece que el príncipe regente necesita mucha ayuda estos días. Me temo que no se encuentra muy bien.
—Es inevitable que las presiones correspondientes a su posición pesen mucho sobre él.
Joanna se quedó muy quieta. Con algo de timidez, preguntó:
—¿Lo dices por lo que ves?
—No —respondió Kassandra, sorprendida siquiera al pensarlo—. Es puro sentido común. Un hijo ensombrecido por un padre dominante, catapultado al poder no por la muerte de su progenitor, algo que al menos sería lo normal, sino por una misteriosa incapacidad que lo ha vuelto loco... En fin, si vuestro Shakespeare estuviera vivo, no hay duda de que escribiría sobre esto.
—Puede ser que algún poeta quiera atrapar este momento.
—Byron —saltó Kassandra entre risas—. Puedo verlo saliendo de su caparazón como un insecto que vuelve a nacer y descubre el mundo que hay más allá de uno mismo.
Joanna hizo un gesto de desaprobación.
—Suena bastante malicioso.
—Sí, supongo que sí, pero no me malinterpretes. Este es un mundo impactante, mucho más joven y más impredecible que Ákora. Estoy encantada de estar aquí.
—Estoy tan contenta de que hayas venido —manifestó recíprocamente Joanna antes de abrazar a su cuñada. De pronto, continuó—: El bebé que perdió mi madre era una niña. Supongo que no debería saberlo, pero lo sé. Siempre me he preguntado cómo sería tener una hermana.
Kassandra se retiró y la miró.
—En Ákora se lleva, cada verano, a todas las niñas que han nacido en el año a un templo para que reciban la bendición. Hay un rito diferente para los niños, pero este del que te hablo es sólo para niñas. Cuando hay una hermana mayor, es ella la que efectúa la bendición y unge la frente de su hermana con el aceite sagrado. Si vas a verlo, puedes observar cómo las niñas muy pequeñas, que a veces no llegan a los dos o tres años, cumplen su deber para con sus hermanas con toda solemnidad.
A Joanna se le escaparon las lágrimas. Kassandra se las enjugó con la punta de un dedo.
—Sabes en tu corazón que tu hermana vive. Ella no es de este mundo, pero es una niña de la Creación.
—¿Es que hay alguna diferencia?
—Claro que sí —dijo Kassandra, y sonrió—. En la Creación todo es posible y todo existe. Sólo experimentamos límites en este pequeño mundo.
Joanna miró profundamente a los ojos de Kassandra, una mirada que ésta no pudo ignorar. Se recordó a sí misma que su cuñada también era portadora de un don: el de encontrar lo que estaba perdido. A su manera, ella también podía ver.
—Tú también notas esas otras posibilidades, ¿no es así?
—En ocasiones, algunas de ellas. ¿Has colocado alguna vez un espejo enfrente de otro, de modo que puedes verlo reflejado?
—Sí; lo he experimentado en las pruebas con la costurera.
—Y te ves hasta el infinito, reflejada una y otra vez, hasta que es imposible contar cuántas veces estás repetida.
—Eso son los espejos.
—No —respondió Kassandra—, es la verdad. Pero ya basta o nos dolerá la cabeza. Así que Royce no puede venir hoy. ¿Cómo vamos a divertirnos?
—No sé si mencionarlo, pero madame Duprès... —empezó Joanna.
—He de pedirte un favor.
—Claro, lo que sea.
—Trabaja aquí una doncella que se llama Sarah. Tiene una estatura y un tipo similares a los míos. Me gustaría pedirle que ocupara mi lugar con madame.
—¡Qué idea tan brillante! Y así estaremos libres para...
—Hacer lo que queramos. Sin embargo, ninguna mujer debería tener que sufrir algo así sin recompensa. A Sarah le gusta un joven que merodea por aquí, así que he pensado que un bonito vestido para ella...
—Perfecto. Se lo diré a Mulridge, que protestará, pero se ocupará de que así sea. Y ahora, cuéntame lo que más te ha apetecido hacer siempre, y lo haremos.
—¡Me apetece todo! —aseguró Kassandra, que enseguida continuó—: aunque no debes cansarte.
—Estaré bien, sobre todo si hacemos una parada en la tienda Gunter's...
—¿Para comer un helado? ¡Huy! ¡Me encantaría!
Y para allá fueron, a pie, puesto que no estaba muy lejos y a ambas les apetecía hacer ejercicio, e ignoraron todo lo que pudieron las miradas aguzadas de los protectores que les pisaban los talones y cuya presencia no era sino una advertencia silenciosa para cualquiera que pudiera ser tan estúpido como para alterar el tranquilo día de las señoras.
Desde la plaza Berkeley se dirigieron a la afamada confitería, donde ambas acordaron enseguida ser muy malas y procurarse un cono de papel cada una, que rellenaron de frutas escarchadas, mazapanes, turrón, caramelos y toffees. Compraron lo mismo, además de unos helados de sabores, para sus escoltas, que aceptaron la invitación con avergonzado placer.
Una vez recompuestas, caminaron las dos hacia la calle Strand, donde se sorprendieron al comprobar que en aquel momento estaban montando en el escaparate de Ackermann's una nueva selección de caricaturas.
—Suelen hacerlo mucho más temprano —comentó Joanna mientras continuaban caminando, del brazo, para recorrer las tiendas de la calle Bond.
Aunque, en general, se conformaron con mirar, Joanna dio con un delicado gorro de bebé con pequeñas violetas bordadas, al que no se pudo resistir.
Volvieron a la casa de Mayfair a media mañana, para encontrarse, al entrar, con el ruido metálico de las espadas en duelo.

 

 

 

A ambos hombres les colgaban las camisas de lino blanco empapadas sobre sus amplios pechos y espaldas. El tejido flexible de los pantalones les resaltaba las estrechas caderas y los musculosos muslos. Estaban de pie, cada uno con un brazo en alto, inclinados en una postura tan elegante que podría haber correspondido a la de un bailarín. Por un instante, pareció que estaban congelados a la luz que penetraba por las ventanas en triforio que había cerca del techo en la larga galería y que acababan en los retratos que se alineaban en las paredes para mostrar a sus ancestros, que presenciaban, imperturbables, la batalla que se libraba ante ellos.
Royce se retiró un mechón de pelo y atacó.
El metal chocó contra el metal cuando Alex reaccionó. Hicieron fintas, dieron estocadas y esquivaron embestidas a lo largo de la galería, sin que ninguno de ellos cediera lo más mínimo, y sin que ninguno lo esperara del otro.
—No está mal —rugió Alex cuando bloqueó el florete de Royce con el suyo—, aunque no es suficiente.
—¿Eso crees? ¿Qué te parece esto?
El chocar de las hojas volvió a resonar. Adelante y atrás, continuaron a lo largo de la galería en una danza de muerte que fascinó a Kassandra tanto como le hizo temer por la seguridad de ambos. Tanto ella como Joanna observaron desde el pequeño balcón que sobresalía sobre el gran salón, un lugar destinado a los músicos cuando la galería se empleaba para otro tipo de bailes.
—¿Hacen esto a menudo? —preguntó Kassandra, incapaz de apartar la vista de ellos.
—Bastante —respondió Joanna en voz baja—. Son increíbles, ¿verdad?
Kassandra los observó un poco más antes de asentir.
—Es estupendo que no sean enemigos.
Los hombres se bloquearon los floretes mutuamente justo cuando Royce estaba frente al balcón. En el momento en que vio a las mujeres, se apartó. Se retiró y avisó a Alex, que se volvió y miró hacia arriba.
—Ya habéis vuelto —comprobó Alex mientras se unía a Royce y bajaba la espada—. ¿Qué tal Gunter's?
—Pegajoso —respondió Joanna—. Hemos sido muy malas. ¿Habéis terminado?
—Sí, claro —contestó Royce—. Espero que no os hayamos molestado.
Miró a Kassandra mientras hablaba, y ella le devolvió la mirada con calma, a pesar de que el corazón se le aceleraba. Con dificultad, apartó los ojos de su cuñado y siguió a Joanna para descender la escalera del balcón.
En cuanto aparecieron en la galería, Joanna preguntó:
—¿Por qué habría de molestarme el ver a mi marido y a mi hermano dispuestos en apariencia a trincharse mutuamente?
—Ya sabes que sólo es un juego —se defendió Alex—. Nos relaja.
—Pues no me gustaría ver cómo lucháis cuando no estáis relajados —replicó Joanna con dulzura.
Entre ellos fluía un amor y un entendimiento tan absoluto que Kassandra se vio obligada a desviar la vista para evitar traspasar, sin querer, un espacio que sólo les pertenecía a ellos.
Royce parecía haber sentido lo mismo, pues después de una fugaz mirada, desvió su atención hacia Kassandra.
—¿Y qué te ha parecido la excursión?
—Ha sido estupenda. Todo es como lo imaginaba, o incluso mejor.
—Vas a poner de moda el entusiasmo.
—¡Ah! ¿Sí? —respondió, apenas consciente de lo que decía, pues la presencia de él lo llenaba todo.
Royce estaba allí, con el florete en la mano. El tejido húmedo de la camisa revelaba los músculos poderosos y torneados del pecho y de los brazos. Kassandra pensó que se parecía mucho a los guerreros que ella y toda joven akorana habían espiado en visitas a escondidas a los campos de entrenamiento, mientras se reían tapándose la boca con la mano al mirar y admirar. Aun así, Royce era británico desde el primer cabello de aquella cabeza rubia hasta las puntas de sus relucientes botas.
Era un lord británico que casi había muerto en una cárcel akorana. Desde entonces, su hermana se había casado y pertenecía ahora a la familia real de Ákora, algo que Royce había consentido aparentemente encantado. El propio hermano de Kassandra lo había aceptado como un amigo de confianza. Y ella deseaba con todas sus fuerzas creer que su hermano no se había equivocado y que Royce era tan honorable y franco como parecía. Con todo, había tanto en juego: su país, su pueblo, la vida o la muerte para todo lo que más amaba. Y además, sus propios sentimientos surgían ahora de modo inesperado para complicar más aún las cosas, que ya eran suficientemente complejas.
—¿Ocurre algo? —se interesó Royce.
Royce se acercó para sujetarla, pero Kassandra se echó hacia atrás lo bastante deprisa como para evitar que él la tocara. Royce frunció el ceño, al igual que Alex, que había sido testigo del suceso.
—¿Kassandra...? —empezó su hermano.
—Perdóname —respondió, y trató de disimular su incomodidad con una leve sonrisa—. He pasado un día maravilloso, pero me temo que la excitación está pudiendo conmigo.
Aquello era tan falso, al menos para ella, que esperó que Alex le llamara la atención. Sin embargo, su hermano se limitó a mirarla con preocupación, como hizo Joanna.
—¡Qué despiste por mi parte! —intervino su cuñada—. Claro, debes ir a descansar.
Profundamente entristecida por haber asegurado en falso que debía descansar, una urgencia que era más propia de su cuñada, que cargaba, a fin de cuentas, con un niño, Kassandra permitió que Joanna la acompañara hasta arriba, a pesar de todo. Aunque no tenía pensado reposar, sí necesitaba tiempo para ordenar sus pensamientos. Nunca en su vida se había vuelto loca por un hombre y no tenía intención alguna de que le ocurriera en aquel momento, por muy tremendamente atractivo que fuera Royce Hawkforte.
—¿No habrán sido los dulces? —preguntó Joanna en cuanto llegaron a la habitación de Kassandra—. Si te duele el estómago, Mulridge puede traerte algo o, si prefieres, puede verte Elena.
—No, no —se apresuró a rechazar Kassandra—; estaré bien.
—Si estas segura...
—Por completo. No me dediques ni un pensamiento más. Además, ¿no deberías ser tú la que estuviera descansando?
—Supongo que sí —reconoció Joanna—, pero si necesitas algo...
—Llamaré y subirá una de vuestras extraordinariamente eficientes doncellas.
Una vez satisfecha, Joanna se retiró. Apenas había salido su cuñada de la habitación, Kassandra se quitó los zapatos —¡aquellos odiosos artilugios acabados en punta y con tacones en forma de cuña!— y se dejó caer de espaldas sobre la cama, mientras dejaba escapar un tremendo suspiro.
No se sentía orgullosa de sí misma, en absoluto. En honor a la verdad, había huido de Royce Hawkforte, en lugar de enfrentarse a él, y del deseo que le provocaba.
En aquel momento se encontraba, literalmente, escondida en su habitación y trataba de recuperar el control sobre su díscola personalidad antes de tener que volver a estar delante de él. Y aquél era el comportamiento de la princesa de Ákora...
Una buena reprimenda, que se soltó a sí misma, seguida de un baño refrescante, mejoró mucho su estado. Mientras volvía a bajar por la escalera, dieron las cuatro en el reloj. Era casi la hora del té.

 

 

 

Joanna estaba sentada en el sofá del cuarto de estar con un juego de té de plata delante de ella. Royce y Alex estaban de pie, no muy lejos.
Aunque ninguno de los dos mostraba ningún signo del esfuerzo anterior, Kassandra no se dejó engañar. Se recordó a sí misma que tanto Royce como su hermano poseían un corazón de guerrero. Sería bueno que no lo olvidara. Después de ocupar su asiento junto a Joanna, se dedicó a contestar a las preguntas sobre cómo se encontraba y aseguró a todos que no podía estar mejor.
—Pues estupendo —concluyó Joanna al mismo tiempo que le ofrecía una delicada taza de porcelana Meissen llena de té Earl Grey, y un trozo de tarta de limón—. Monsieur Maurice llegará en cualquier momento.
—¿Monsieur Maurice?
—El profesor de baile. —Joanna se encogió de hombros como si se excusara—. Me temo que no hay otra forma. Aunque hay muchos acontecimientos sociales que están tan abarrotados que resulta imposible bailar, antes o después querrás hacerlo y es mejor que aprendas los pasos ahora.
—¿Cómo es posible —reflexionó Kassandra— que en medio de una larga y sangrienta guerra con Francia, los británicos parezcan obsesionados con todo lo francés? La moda francesa, el vino francés, el baile francés. ¿Hay algo francés que no logre deleitar a los británicos? Aparte de Napoleón, claro.
—Supongo que eso nos delata como un pueblo muy contradictorio —reconoció Royce mientras aceptaba la taza que le ofrecía su hermana—; aunque, para ser justos, hay más de unos cuantos ingleses que no tienen la más mínima paciencia con lo francés.
Por primera vez desde que había entrado en el cuarto de estar, Kassandra lo miró directamente, y de nuevo se vio golpeada por la intensidad con que él le devolvía la mirada. Parecía ver lo más profundo que había en ella. Kassandra esbozó una sonrisa con determinación.
—¿He de suponer que esa gente no se pasea por la corte?
—En general, no. Joanna me ha dicho que en Ákora es muy distinto, que allí todo el mundo va al palacio.
—Sí, es verdad. De hecho, tenemos un dicho: «Si quieres ver a alguien, espera en el palacio, porque aparecerá en algún momento.» —Envalentonada por su atrevimiento, añadió—: Fue una pena que no pudieras quedarte en Ákora después de que te liberaran. Aunque puedo comprender que estuvieses deseoso de volver a casa, me temo que no tuviste la oportunidad de conocernos como somos y que, por tanto, te quedaste con la peor impresión posible.
Aunque Kassandra notó lo sorprendidos que estaban Alex y Joanna de que hubiera sacado un tema tan delicado, centró toda su atención en la reacción de Royce, que depositó su taza en la repisa de la chimenea que tenía más cercana antes de dirigirse a Kassandra directamente.
—Me marché pronto porque en su día creí que el responsable de mi cautiverio era tu hermano, el vanax Atreus. Sin embargo, luego me di cuenta de que no fue así.
«Ya que estamos en el baile, bailemos», pensó Kassandra, que volvió a llevar el tema hacia su hogar.
—¿No guardas, entonces, ningún resentimiento hacia Ákora?
Joanna se movió, incómoda, en su asiento, y Alex frunció el ceño. Iba a hablar cuando Royce respondió con tranquilidad:
—Guardo resentimiento hacia quienes se oponen a tu hermano, pues fueron ellos los responsables de lo que me ocurrió. Sin embargo, dado que parece que su líder se ahogó el año pasado y que sus acólitos perecieron con él, no albergo esperanzas de rendir cuentas con ellos. —Su sonrisa, que llegó sin preaviso, hizo que Kassandra se estremeciera de placer—. ¿La deja eso lo bastante tranquila, princesa?
«Debería hacerlo», supuso ella, aunque distaba mucho de sentirse tranquila frente al hombre que la afectaba de modo tan poderoso. Sería mejor cambiar de tema.
—Creía que habíamos acordado tutearnos.
—Y es cierto, Kassandra. Mis disculpas. Y ahora, si no te importa, tengo algo que pedirte.
Ella se había enfrentado a él directamente y, por tanto, le debía una reparación.
—Por supuesto —accedió después de acordarse de respirar.
—Según tengo entendido, querías aprender a bailar el vals.
De repente, Kassandra sintió las extremidades tremendamente pesadas. Era obvio que no era consecuencia de la retadora mirada de Royce.
—He expresado mi interés por el baile, sí.
—Permíteme, con toda mi modestia, que te sugiera que yo sería una pareja adecuada.
—Lástima, nos falta la música.
Aunque no era cierto, pues justo en ese momento apareció monsieur Maurice acompañado de media docena de músicos que enseguida se instalaron en el enorme salón, y Royce le ofreció su brazo a Kassandra. Joanna se sentó en la silla situada cerca de las altas ventanas que daban al jardín, sonriendo ampliamente. Alex se quedó a su lado, con una mano posada ligeramente sobre su espalda en un gesto que delataba su proximidad, a la vez que resultaba reconfortante. Observó con atención a su hermana y al inglés con el que bailaba.
Y bailaron, y bailaron, y bailaron mientras monsieur Maurice —que quizá fuera un francés de verdad, pues parecía tener buen ojo a la hora de detectar el amour incipiente— empezó a indicarles cada vez con menos frecuencia cómo debían moverse y concentró sus esfuerzos, en cambio, en susurrarles palabras de ánimo.
Pero eran de un tipo que Kassandra no necesitaba, pues ya estaba perdida en el cálido contacto de la mano de Royce que sujetaba la suya, mientras la agarraba a ella, con la otra, por la cintura. Corría entre ellos la cantidad apropiada de aire y, sin embargo, sus cuerpos parecían deslizarse como si fueran uno solo, y giraban una y otra vez en el salón de baile del Londres de sus sueños.
* * *