Capítulo 2
TORTURA, dolor, tormento sin
atenuantes. Tener que permanecer quieta durante horas, y ser
sometida a golpes y pinchazos, y, peor aún, que a una le clavaran
alfileres; tener que escuchar el parloteo y desviar las preguntas
de una mujer que nunca parecía detenerse a respirar... Y todo para
que luego dijeran que aquello era sólo el principio.
Kassandra dejó escapar un enorme suspiro y
se sumergió en el baño. Desde el borde de la cama, donde le hacía
compañía a su cuñada, Joanna preguntó:
—¿Ocurre algo?
—No, no, está todo bien. Es que estoy un
poco cansada, eso es todo.
—Madame Duprès puede resultar agotadora,
pero ahora mismo es la costurera más afamada de Inglaterra. ¡Quién
sabe a cuántos clientes está desairando por venir a atender las
necesidades de la princesa de Ákora!
—Estaba pensando en eso precisamente
—respondió Kassandra—. ¿No sería más apropiado que apareciera con
un vestido akorano?
El muchísimo más sencillo y más cómodo
vestido akorano.
—Pensé que tal vez estarías cansada de todo
este blanco virginal. Por lo menos aquí puedes emplear colores
distintos.
—El blanco no está tan mal, después de
todo.
Joanna le lanzó una toalla.
—Sal antes de que te arrugues como una pasa
o te quedes dormida. Además, lo peor ya ha pasado. Unas pocas
pruebas más y ya está.
—¿Cuántas son «unas pocas más»? —preguntó
Kassandra.
—¡Mmm...!
—¿Qué significa eso?
—Unas pocas, eso es todo. Los vestidos de
día son bastante sencillos. Son los de noche los que requieren más
esfuerzo.
—Podría saltarme los bailes —dijo Kassandra
mientras se secaba. Luego, cambió la toalla por una camisa sin
mangas que le llegaba justo por encima de los tobillos. Aquello, al
menos, era cómodo—. Podríamos decir que, según la tradición
akorana, hay que irse pronto a la cama. Mulridge estaría de
acuerdo.
—Royce es un excelente bailarín.
Sentada en el tocador como estaba, Kassandra
miró a su cuñada a través del espejo de marco dorado. Joanna la
observó con absoluta inocencia, salvo por el brillo de la
mirada.
—¿Baila valses? —se interesó Kassandra sin
poder contenerse—. Te confieso que me muero de ganas de bailar un
vals.
Joanna se llevó la mano al corazón y fingió
desvanecerse.
—Me has dejado perpleja, absolutamente
anonadada. ¿Es que no sabes que el vals se considera un baile
libertino? Está prohibido en el club social Almack's, el único al
que pueden acudir hombres y mujeres indistintamente.
—¿Es que acaso voy a ir al Almack's?
—Sólo si te apetece. Las patronas te
admitirían sin lugar a dudas, aunque no veo por qué tendrías que
ir.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Kassandra
mientras cogía un cepillo de plata y empezaba a cepillarse.
—Porque Almack's es el mercado de
matrimonios por excelencia, por eso. No creo que tengas interés
alguno en un lugar así...
Dejó el comentario en suspenso, sin
convertirlo en una pregunta.
—Por supuesto que no —afirmó Kassandra con
contundencia.
—Sin embargo, creo recordar que el año
pasado, en Ákora, estabas algo preocupada en ese sentido. ¿Qué es
lo que dijiste? ¡Ah, sí! Algo sobre la idea de que casarte con un
guerrero akorano sería como ponerte límites, puesto que no era
probable que un marido así te consintiera viajar. Por supuesto, un
marido inglés vería las cosas de otra manera.
—No, necesariamente. En los últimos tiempos,
he estado pensando que lo más inteligente sería no casarme.
Joanna dijo algo que sonó a «¡bah!» y saltó
de la cama. Estaba sorprendentemente ágil para el avanzado estado
de su embarazo. Le cogió el cepillo a Kassandra y empezó a
desenredarle el cabello. El movimiento resultaba relajante. En unos
minutos, a Kassandra empezaron a cerrársele los ojos.
—Venga, a la cama —indicó Joanna—. Esta
noche sí vas a dormir y mañana lo repasaremos todo. Antes de que
pongas un pie en Carlton House o en cualquier otro sitio, voy a
ponerte al día sobre todo el mundo. Te contaré sus intrigas y sus
ambiciones, los secretos que guardan y los escándalos en que se han
visto sorprendidos. En resumen, no irás desarmada.
—Secretos —murmuró Kassandra—, todo el mundo
tiene secretos.
—Supongo que sí.
Joanna la llevó hasta la cama, retiró la
sábana fresca y animó a Kassandra a cubrirse con ella.
—Hasta yo —afirmó Kassandra.
Tal vez, sólo imaginó que lo decía, pues le
parecía estar hablando no a Joanna, sino a Royce, que asentía con
gravedad, como si comprendiera. Le tomó la mano, como lo había
hecho en el vestíbulo aquella mañana, y le llamó la atención sobre
el lugar en que se encontraban, en una colina que se extendía ante
el agua brillante y las cercanas rocas que se alzaban
orgullosamente hacia el sol.
—Hawkforte —pronunció una voz en sus
sueños.
Y aquel nombre la envolvió como si la
abrazara para darle una esperada bienvenida.
Cuando se despertó por la mañana con el
sonido de la porcelana, aún la acompañaba aquella sensación.
Mulridge depositó la bandeja en una mesa y abrió más las
ventanas.
—Buenos días, princesa. Hace un día
espléndido.
De pronto, se topó con la realidad.
—¿Ya está aquí madame Duprès?
—No, pero no tardará en llegar. —Mulridge se
acomodó el crespón negro de la falda ruidosamente, inclinó la
cabeza hacia un lado y miró la bandeja—. Tómese los bollos antes de
que se enfríen.
Y así lo hizo Kassandra, por lo mucho que
temía que fuera a ser la última comida que tomara en un buen
rato.
Después de otro agotador día en las garras
de madame Duprès y sus adláteres, Kassandra había empezado a
fantasear con la idea de volver a Ákora a nado. Cuando de repente,
la costurera exclamó:
—Ya está; terminado y perfecto, si se me
permite decirlo. —Luego, se frotó las manos con regocijo, quizá
porque ya contaba el dinero que se le abonaría.
Animada por aquella débil esperanza,
Kassandra repitió:
—¿Terminado? ¿Todo? ¿De verdad?
—¡Qué graciosa es usted, alteza! Está
acabado el vestido para la velada de esta noche en Carlton House.
Aún hay muchas otras prendas. Mis jóvenes ayudantes cosieron hasta
dejarse la piel, pero... —Fuera o no francesa, desde luego se
encogía de hombros tan bien como la más parisina de las modistas—.
Ese es su trabajo. Así que, bueno, es precioso, n’est-cepas?
Kassandra se miró en el gran espejo que una
de las ayudantes le colocó delante. Madame Duprès podía ser una
vieja bruja cotorra, pero tenía el alma de una artista. El vestido
de seda color ámbar que llevaba una sobrefalda de encaje dorado
armonizaba a la perfección con el tono de la piel de Kassandra. La
cintura alta y las pequeñas mangas de farol resultaban
sorprendentemente sencillas, de modo que favorecían la elegante
caída del tejido. Llevaba también una pequeña cola, muy manejable,
que le daba un aire majestuoso. Y aunque el vestido le resultaba
más pesado y más limitador que lo que solía ponerse en Ákora, hacía
que se sintiera completamente armada para enfrentarse a lo que
pudiera esperarle en Carlton House.
—Es perfecto —reconoció Kassandra.
Madame Duprès asintió para corroborarlo, si
bien con modestia, pues parecía que no era su obra más
especial.
—Dejaremos que se prepare para la velada de
esta noche, alteza, pero volveremos mañana para hacerle más
pruebas.
Kassandra palideció ligeramente. Ella era de
una dinastía antigua y fuerte, podría soportarlo.
Joanna había estado echada, para reposar un
poco, después de que Alex insistiera en que descansara si tenía
intención de acudir a Carlton House aquella noche. Se unió a
Kassandra y, fiel a su palabra, le ofreció un resumen rápido y
sorprendente de la alta sociedad, sus enemistades, sus debilidades
y sus gustos. En particular, le explicó los arreglos sociales
llevados a cabo para correr el tupido velo del apellido familiar
sobre los niños de clara diversidad parental.
—La propia lady Melbourne, la Araña —relató
Joanna—, concibió en su temprana juventud seis hijos, de los cuales
se cree que al menos dos no tienen por padre a lord Melbourne. Esa
mujer es absolutamente única.
—Aunque no me considero muy inocente
—reconoció Kassandra—, debo admitir que estoy estupefacta. ¿No hay
nadie que duerma en su propio lecho?
—Parece ser que lo menos posible. La
moralidad, como tú y yo sabemos, no existe. La única norma que rige
es la discreción, y sólo se aplica a las mujeres y de modo
caprichoso. Los hombres hacen lo que les place.
—¿Realmente les place a alguno de ellos?
¿Son felices?
—Por lo que yo sé, no mucho. Creo que, de
alguna manera, son conscientes de ello. Recuerdo que los romanos
solían decir: «Carpe diem quam minimun
crédula postero», es decir, aprovecha el día y no confíes en
el mañana. Eso es lo que resume la actitud de la alta
sociedad.
—También hará que sean bastante peligrosos,
¿no?
—Pueden serlo, aunque para ellos mismos, no
para los demás. En realidad, para ser justa, hay otra cara de la
moneda. Sean lo que sean, no es posible acusarlos de hipócritas, y
despliegan un tremendo sentido del estilo que lo impregna todo: la
ropa, la música, los libros y también los edificios, barrios
enteros e incluso ciudades. Están transformando su mundo.
—¿Están? ¿Es que no te cuentas entre
ellos?
—No, ni tampoco lo hacen Alex ni Royce. Nos
movemos entre esa gente porque es la vía más segura para influir en
lo que ocurre, pero no somos, en realidad, parte de su entorno. Los
valores que sustentan no tienen nada que ver con los nuestros, ni
tampoco sus preocupaciones.
Alex, como príncipe de Ákora, siempre se ha
mantenido al margen, y lo mismo hace Royce, aunque de otra manera.
Él es un Hawkforte y, como siempre ha hecho nuestra familia, sirve
a Inglaterra, o quizá debería decir que sirve a lo que él cree que
Inglaterra puede llegar a ser.
Kassandra, que estaba bien al tanto de lo
que podían ser las visiones, así como del servicio que éstas
implicaban, se limitó a asentir.
Las damas se habían unido a Alex en el
salón. Kassandra estaba aún acostumbrándose a ver a su hermano con
atuendos británicos. Cuando visitaba Ákora, él era estricta y
absolutamente un príncipe de la familia de los Atreidas, pero en
Inglaterra empleaba una identidad distinta, la de lord Alex
Haverston Darcourt, marqués de Boswick, conde de Letham, barón
Dedham, unos títulos que eran suyos por su padre británico. Se veía
elegante con aquel abrigo con faldones de factura impecable, la
camisa blanca, el pañuelo anudado al cuello y aquellos pantalones.
Aunque le explicó que, por tratarse de una velada no oficial y, por
tanto, más informal, aquélla no era la vestimenta habitualmente
apropiada para acudir a la corte, Kassandra pensó que tenía un
aspecto impresionante, al menos hasta que apareció Royce y ella se
vio incapaz de pensar en otra cosa.
Iba vestido de modo parecido a su hermano,
salvo por el abrigo, que era de un tono verde caza más oscuro, en
lugar del gris marengo que había preferido Alex. Royce se había
peinado la recia mata de pelo dorado hacia atrás. Cuando posó los
ojos en Kassandra, ella pudo ver una mirada de aprobación que no
daba lugar a equívocos.
—Señoras —saludó sin retirar la mirada de
Kassandra—, estáis las dos preciosas.
—Estoy aquí, Royce —bromeó Joanna mientras
lo saludaba con la mano.
Royce se sonrojó apenas un momento antes de
recuperar el control. Con buen humor, continuó:
—Sí, ahí estás, pero ¿estás segura de que
deberías aventurarte a penetrar en la aglomeración de esta
noche?
—Espero estar tremendamente bien protegida
—replicó mientras señalaba a Alex con la cabeza—. Además, mi
delicada condición nos asegura que no se espere que nos quedemos
hasta altas horas de la noche.
Un poco después, Alex llamó al carruaje.
Tirado por cuatro caballos enjaezados a pares, el landó acomodó sin
problemas a ambas parejas al mismo tiempo que las protegía del
frescor del aire de la primavera. Los escoltas procedieron a seguir
al vehículo, lo que daba muestras de un aumento de la seguridad.
Los dos caballeros, tanto su hermano como su cuñado, portaban
además sus bastones, y Kassandra sospechó enseguida que escondían
espadas. Había leído sobre la existencia de aquellos artilugios y
no encontraba otra razón para que dos hombres en plena forma
llevaran bastones a un acto social por la noche. Encontraba la idea
fascinante y no podía dejar de mirar aquellas relucientes varas de
madera. Al notar su interés, Royce acabó riéndose y levantó la
punta de la suya lo justo para que Kassandra comprobara que sus
sospechas eran acertadas.
—¡Lo sabía! —exclamó Kassandra—. ¿Por qué no
llevas directamente la espada, y ya está?
—Están pasadas de moda —explicó Royce,
claramente apesadumbrado—. Ni siquiera se ven ya las que acompañan
los trajes. Lo máximo que podemos hacer es llevar estos
ingenios.
El vehículo avanzó hasta la céntrica calle
londinense de Pall Mall y enseguida se incorporó a la hilera de
carruajes que iban acercando a los invitados frente a la residencia
del príncipe regente. Alex y Royce descendieron primero para ayudar
luego a las damas. Al fijarse en el elaborado pórtico corintio,
Kassandra sacudió la cabeza sin dar crédito a la visión.
—Hay tanta influencia griega... ¿Es que el
príncipe tiene la intención de recrear Atenas?
—Se sentiría halagado por la idea —respondió
Royce mientras la acompañaba hacia el interior.
De inmediato, las cabezas se volvieron en su
dirección y, con la misma rapidez, se inclinaron unas hacia otras.
El repentino murmullo de cuchicheos le recordó a Kassandra el ruido
de las colmenas. Pensó en lo que Joanna le había contado sobre la
Araña y se preguntó con cuántas más criaturas malévolas se cruzaría
aquella noche. En fin, mientras no se convirtiera en su
aperitivo...
Para rehuir aquel desagradable pensamiento,
miró a su alrededor y se vio repentinamente sorprendida por la
opulencia del entorno. El espacioso interior tenía, según calculó
en poco tiempo, forma octogonal. Todos los lados quedaban
articulados por columnas de mármol con vetas rojas. Las paredes,
decoradas con profusión, se alzaban hasta culminar en un artesonado
delicadamente esculpido. Cada superficie aparecía embellecida de
alguna manera. El puro exceso que emanaba le producía mareos.
—¿Es que no es de tu agrado? —preguntó
Royce.
—No es a lo que estoy acostumbrada
—reconoció—. En Ákora, los salones públicos son muy amplios, aunque
no tan sofisticados.
Entraron en una enorme estancia pintada toda
en tonos grises y azules: desde la suntuosa moqueta y las cubiertas
de los muros hasta los muebles, que aparecían exquisitamente
tallados. Las tonalidades quedaban reflejadas por las brillantes
caras de la araña de tres pisos, que estaba rematada en oro. Bajo
la lámpara se encontraba el príncipe regente, que iba recibiendo a
sus invitados. Kassandra vio ante ella a un hombre de bastante
estatura, de aspecto enclenque y regordete, con cabellera morena y
fina, y unos rasgos que podrían haber sido hermosos, de no ser
porque eran la viva estampa del libertinaje. El príncipe iba
elegantemente vestido con prendas muy similares a las que llevaban
Alex y Royce, y tenía buen porte a pesar de su sobrepeso.
El rostro se le iluminó en cuanto avistó a
los cuatro, que se acercaban en grupo. Quienes estaban delante de
ellos les abrieron paso en cuanto el príncipe les indicó que
avanzaran.
—Darcourt, Hawkforte, encantado, estoy
encantado de que hayan venido esta noche. Y lady Joanna, tan
radiante como siempre. —Fijó la mirada en Kassandra con una calidez
que pareció connatural—. Y ella debe de ser...
Invitado a la presentación, Alex se
apresuró:
—Alteza, le presento a mi hermana, la
princesa Kassandra de Ákora.
El príncipe regente le tomó ambas manos y
brilló de emoción.
—Sea bienvenida, querida. Hemos esperado con
deseo su llegada. ¡Qué bien que su majestad, vuestro hermano, le
haya permitido venir! Esperamos poder conocerlo en persona cuando
surja la oportunidad.
Kassandra miró aquellos ojos grises muy
enrojecidos y notó el temblor de las manos que sostenían las suyas.
Luego, sonrió. Con un instinto surgido de una sangre real que
databa de los tiempos en que Inglaterra aún era joven,
respondió:
—Estoy segura de que el vanax estará
igualmente encantado, alteza, si alguna vez lo permiten las
circunstancias.
Intercambió algunas palabras más con el
príncipe regente antes de retirarse para ser presentada a las
decenas de damas y caballeros que esperaban, deseosos, para
conocerla. Gracias a la preparación que le había proporcionado
Joanna, se las arregló bastante bien para enlazar caras, con
nombres y reputaciones. Hubo, sin embargo, un caballero que, a
pesar de su reducida estatura y su adusta expresión, le llamó
poderosamente la atención; un hombre que le fue presentado como
Spencer Perceval, el primer ministro británico. Kassandra se tensó
cuando recibió el besamanos. Por fortuna, el caballero le soltó la
mano enseguida, tras lo cual se dispuso a hablar con afectada
entonación, como si hubiera asumido que extranjera y estulta fueran
sinónimos.
—Espero que su estancia aquí sea agradable,
alteza.
—Se lo agradezco, primer ministro. Estoy
segura de que así será. Inglaterra constituye un delicioso conjunto
de aparentes conflictos y contradicciones, ¿no le parece?
Perceval frunció el ceño, pillado por
sorpresa, sin saber muy bien qué responder.
—Bueno, en ese sentido...
—Después de todo, una cultura que ha
producido esa sorprendente novela, Sentido y
sensibilidad, y el... enternecedor trabajo de lord Byron en el
corto espacio de unos meses no puede considerarse simplemente una
isla que se da autobombo y experimenta delirios de grandeza
imperial, ¿no cree?
—Imagino que no. Quiero decir...
—Discúlpenos, primer ministro —intercedió
Alex con delicadeza—, imagino que comprenderá que hay mucha gente
ansiosa por conocer a su alteza.
Mientras la guiaba hacia el siguiente
invitado, Alex le susurró:
—Te ruego que intentes recordar que no
estamos tratando de entrar en guerra con Inglaterra.
Kassandra se encogió de hombros y se sintió
algo mejor por haber dejado cortado al malvado de Perceval.
—Pero ¿no sospechabas que el primer ministro
tramaba invadir Ákora el año pasado?
Su hermano le dedicó una severa
mirada.
—Se supone que no deberías saber nada de
eso.
—¡Venga, Alex...!
—Está bien, sí, lo sospechaba, pero lo
disuadió el mismo príncipe regente. Ya no hay razón para albergar
preocupación alguna en ese sentido.
Kassandra no contestó. Ella tenía su propia
opinión al respecto y aún no estaba lista para compartirla.
Las presentaciones continuaron. Enseguida
empezaron a dolerle la cabeza y la espalda, a pesar de lo cual se
mantuvo, siempre sonriente, en su lugar. En cuanto se oyó la
llamada para la cena, se resistió a la necesidad de encorvarse para
buscar algo de alivio.
Dado que el grupo allí reunido era
relativamente pequeño y que el aire de la noche soplaba fresco, la
cena se sirvió en el comedor circular. La estancia estaba
completamente forrada de espejos y adornos de plata, por lo que los
reflejos recíprocos producían un brillo opalescente que a Kassandra
le provocó la sensación de estar cenando en el interior de la
cascara acaracolada de un mitológico nautilus. Joanna le había
advertido que la comida sería elaborada y se alegró de que la
hubiera avisado. Antes de que la cena hubiera acabado, Kassandra ya
había perdido la cuenta de los platos que habían desfilado por
delante de ella. En cualquier caso apenas había comido porque había
encontrado los alimentos demasiado salseados y muy picados,
aplastados y manipulados, de modo que resultaba imposible reconocer
los ingredientes por separado. Y había bebido menos aún, pues
prefería mantener la cabeza despejada.
Escoltada por Royce, a su derecha, y Alex, a
su izquierda, quedaba eficazmente aislada de los más curiosos, que
habrían querido darle conversación. También por ello se sentía
agradecida. Royce demostró ser un compañero de mesa fácil y
participativo, que se interesó por saber qué era lo que le apetecía
hacer durante su estancia en Inglaterra y logró que hablara de
Ákora. Aunque sobre este tema ella se mostró algo reticente al
principio por consideración a la desagradable experiencia de
cautiverio que él había vivido allí, enseguida vio que él le daba a
entender que no debía preocuparse más por aquello, de modo que
pronto se encontró contándole cómo era su hogar, le habló de la luz
del mar Interior al amanecer, la fragancia de los limones, el
camino cubierto de flores que conducía del puerto de Ilion al
palacio que llevaba allí más de tres mil años... Mientras hablaba,
la garganta fue atenazándosele. Después de haber soñado durante
tanto tiempo con partir de aquella tierra, se sorprendió al
descubrir que sentía nostalgia, hasta tal punto que se sintió
aliviada cuando el príncipe regente se levantó: un gesto que
significaba que el ágape había tocado a su fin.
Fueron conducidos a un espacioso salón de
colores rosa y oro, que producía el efecto de una floración que
estaba a punto de acabar. El mayordomo del príncipe regente, un
hombre bajito y tenso como un arco listo para ser disparado, los
esperaba a la entrada de la estancia. Después de inclinarse con
torpeza, los guió hasta un sofá situado en uno de los extremos.
Mientras que Kassandra y Joanna tomaron asiento, Royce y Alex
prefirieron permanecer de pie, para lo que se situaron justo detrás
de ellas. Kassandra pensó que habían hecho bien, pues ya se había
percatado de que los muebles eran sorprendentemente incómodos. El
sofá, para empezar, no era más que una tabla larga y plana, apenas
tapizada con un relleno duro que, según imaginó, debía ocultar una
capa de pelo de caballo que tenía la consistencia de una roca
machacada. Tampoco había respaldo en que recostarse ni, por tanto,
otra opción que la de mantener la espalda en posición erecta. Era
idóneo para la postura, aunque resultaba agotador. Con un suspiro
de añoranza por el mobiliario akorano, que solía estar repleto de
almohadones, observó al resto de los invitados mientras iban
llenando la sala y ocupando sus asientos tan bien como podían. El
príncipe regente ya se había encaramado a una pequeña tarima que
había cerca. A él se le unieron otros dos hombres, tras lo cual se
consultaron entre ellos en voz baja.
—Se trata de una velada musical —susurró
Royce.
—¿Es su alteza un buen músico? —inquirió
Kassandra por encima del hombro. Quería saber lo insoportable que
iba a ser aquello.
—Toca bastante bien el pianoforte y el chelo
—respondió Royce—. También tiene buena voz. Aunque por desgracia no
está en su mejor momento, esto aún puede resultar razonablemente
tolerable.
A una señal del príncipe regente, el
mayordomo golpeó el suelo con un extremo de la vara esmaltada que
sostenía. Se hizo el silencio.
Apolo glorioso nos
saludó desde lo alto,
pues deseaba encontrar
un templo en el que pudiéramos adorarlo...
Las voces a
cappella se alzaron y adquirieron fuerza. Kassandra nunca
había escuchado nada igual y la canción al sonar le pareció
bastante agradable.
Unamos, pues, nuestras
voces y nuestras almas.
Cantemos al unísono
alabanzas a Apolo...
Unidos y alegres
sigamos por siempre.
Unidos y
alegres...
Unidos y
alegres...
—Una selección bastante irónica la de esta
noche, ¿no te parece? —susurró Kassandra mientras se unía al resto
de invitados en un aplauso—. Me parece que no estamos muy unidos, y
menos aún, alegres.
Mientras hablaba, se volvió a mirar a Royce,
que asintió.
—Puede ser que Apolo los escuche y se
apiade.
—Conocemos al mensajero de los dioses en
Ákora, pero ni se confía en él ni en gente como él.
—Sin embargo, tenéis una religión...
—Muy antigua, diferente de la vuestra en
algunas cosas, y parecida en otras.
—Me gustaría saber más sobre eso.
Kassandra dudó mientras miraba fijamente en
lo profundo de aquellos ojos verdes y dorados que le recordaron las
torres que se alzaban junto al agua reluciente.
—Quizá algún día.
Los deleitaron con más canciones del mismo
estilo, incluida una que parecía un tributo al dios de la bebida:
Baco. Para cuando los cantantes agradecieron el tremendo aplauso,
la mayoría de los asistentes ya parecían ansiosos por beber una
copa, o mejor aún, varias.
Unos camareros vestidos con libreas se
apresuraron a complacerlos. Mientras tanto, Alex le echó una mano a
Joanna para ayudarla a levantarse.
—Es hora de irse —recordó Alex.
Kassandra también se puso en pie, contenta
de retirarse. Había disfrutado de la noche hasta cierto punto, pero
no deseaba prolongarla. Se despidieron convenientemente del
príncipe regente, que fue muy comprensivo, como era propio de su
elegancia. «Tiene, en verdad, unos modales exquisitos», pensó
Kassandra. Era una lástima que no pudiera hacer extensiva a su
pueblo la consideración que era capaz de desplegar ante unos
pocos.
Una vez dentro de carruaje, Royce
preguntó:
—¿Qué te ha parecido todo?
Kassandra dudó. Era, después de todo, una
invitada en Inglaterra y, si bien su visita no era en absoluto
oficial, no podía dejar de representar a Ákora, aunque fuera de
modo informal.
—Carlton House no se parece a nada que haya
visto hasta ahora —respondió.
Royce se rió y le dirigió una mirada que
Kassandra notó hasta en los dedos de los pies.
—Esto es igual que lo de Byron, ¿no es
así?
—¿Qué es «lo de Byron»? —quiso saber
Alex.
—Me resultó tremendamente difícil que tu
hermana me contara lo que piensa en realidad de Byron. Es demasiado
diplomática.
Desde su asiento en el lado opuesto del
carruaje, Alex los miró a ambos.
—No me había dado cuenta de que ya habíais
llegado al punto de charlar de poesía.
Joanna le clavó un codo en reprimenda.
—No les tomes el pelo.
Alex se sintió molesto por la sola
idea.
—No estoy tomándoles el pelo. Sólo estoy
señalando que no sabía que se conocieran ya tan bien.
—Si me dejáis hablar... —Kassandra intervino
con delicadeza—. La velada me ha resultado fascinante. Deseaba
viajar para ver nuevos lugares y conocer distintas formas de
pensar. En ese sentido, este viaje ya es un gran éxito.
—¿Y el príncipe regente? —intervino Royce,
de repente—. ¿Qué opinión te merece?
—He de admitir que me ha sorprendido, aunque
tienes que comprender que los únicos líderes de una nación que he
conocido hasta ahora han sido mi abuelo y, desde su fallecimiento,
mi hermano Atreus. El vanax es sencillamente... distinto de vuestro
príncipe, eso es todo.
—Y no suele levantarse ante un público para
cantar.
—¿Atreus canta, Alex? —preguntó
Kassandra.
—A veces, entre amigos. Muy pocos, debo
recalcar. Recuerda —le dijo a su hermana— que el príncipe regente
ostenta un cargo hereditario.
—¿Y no es así en el caso del vanax? —se
sorprendió Royce.
Alex negó con la cabeza.
—Atreus no sólo se convirtió en el vanax
porque fuera el varón akorano de mayor edad en nuestra familia tras
la muerte de nuestro abuelo. Ser el vanax implica ser
elegido.
—¿Por quién?
—No, no por quién —corrigió Kassandra,
suavemente—, sino de qué modo. Atreus se expuso a la prueba de
selección. Se trata de un antiguo ritual akorano. Espero que no te
ofendas por el hecho de que no te hablemos de ello.
—No, claro que no —la tranquilizó
Royce.
Ya se acercaban a la doble verja de hierro
de la residencia de Alex y Joanna en el barrio de Mayfair. Había
dos hombres de guardia. Iban pertrechados con porras y pistolas en
los cinturones. Al atravesar la entrada, Kassandra vio que había
más hombres vigilando, apostados a lo largo de las murallas.
—Quédate con el carruaje —le indicó Alex a
Royce al descender frente a la casa para ayudar a las mujeres a
bajar del vehículo.
—¿Para apenas medio kilómetro? —preguntó
Royce.
—Aún se me ve la cicatriz de un paseo que di
por la civilizada Inglaterra y que en buena hora me
aconsejaron.
Antes de que Royce pudiera presentar más
argumentos para declinar la oferta, Alex le cerró la portezuela del
vehículo.
Las ruedas ya giraban cuando Joanna le
gritó:
—¡Ah! ¡Royce! ¡Kassandra va a necesitar unas
clases de baile! ¡Pásate mañana y enséñale a bailar el vals!
—¿El vals? —protestó Alex—. ¡No sé por qué
habría de necesitar aprender a...!
El roce del metal sobre la piedra resultó lo
bastante ensordecedor como para que Royce no oyera lo que decía su
amigo. Apoyó la cabeza en el asiento de cuero y pensó en la extraña
ligereza de corazón que le había sobrevenido en las últimas
horas.
Kassandra era... hermosa, por supuesto,
resultaba inevitable darse cuenta, pero era además, e
inesperadamente..., ¿una mujer de mucho mundo? No, no era eso.
Había en ella una naturalidad y una espontaneidad que la apartaban
de los estudiados manierismos a los que él estaba acostumbrado. Aun
así, la princesa mostraba una determinación que él no había
esperado encontrar en alguien tan joven y protegido.
Aunque, en realidad, no sabía nada de su
educación; tampoco de Ákora en ese sentido. Una celda de prisión no
permitía mucha diversión, y el hambre reducía la curiosidad.
Aún había momentos en que tenía que
recordarse a sí mismo que todo aquello había terminado.
Quizá aquella noche dormiría dentro de casa.
Y al día siguiente... La idea de enseñarle a bailar el vals a
Kassandra sonaba tremendamente apetecible.
Unamos, pues, nuestras
voces y nuestras almas...
Se descubrió tarareando y paró con
brusquedad, a pesar de lo cual la música siguió resonando en su
cabeza hasta mucho después de que el carruaje lo dejara junto a la
puerta de casa.
* * *