Capítulo 13
MARCELUS se encontraba delante
de la amplia mesa que Atreus empleaba como escritorio. La
superficie aparecía sin papel u objeto alguno, salvo la pluma y el
tintero que el vanax acostumbraba a utilizar. Kassandra no había
hecho ningún cambio —ni había quitado, ni había puesto—, y tampoco
se sentaba en aquella mesa. No podía pensar en algo así mientras su
hermano seguía con vida.
Kassandra se fijó en que, aunque el
magistrado llevaba consigo su tablilla de siempre, la consultaba
menos a menudo que el día anterior. Ahora parecía limitarse a
sostenerla como si se tratara de un talismán, por llamarlo de
alguna manera. Daba la impresión de que había dormido, un poco al
menos, y de que acababa de acicalarse. Y lo que era más importante,
estaba tranquilo y con actitud realista.
—Aunque les diré a los hombres que centren
sus esfuerzos en Deimos, tal y como habéis pedido, Atreidas, les
indicaré que no descarten ninguna pista que puedan encontrar en
Fobos y Tarbos.
Kassandra asintió.
—Muy bien. Ahora, háblame de los que has
detenido. ¿Cómo están comportándose?
—Bien, supongo. Son todos bastante jóvenes,
no pasarán de los veinticinco años, y sus familias, como es
natural, están preocupadas. Hemos procurado tranquilizarlas. Varios
han reconocido haber pintado la consigna en las paredes, así como
haber colocado las pancartas en el jardín de palacio, y yo diría
que casi han alardeado de ello. Sin embargo, insisten en que no han
hecho nada más.
—¿Y qué hay del hombre al que se vio en el
muro del estadio con la tela amarilla en el cuello? ¿Alguno de
ellos lo ha reconocido?
—No; de hecho, insisten en que no
existe.
—Puede que sea verdad —comentó Kassandra con
tranquilidad—; en realidad, sólo hay un testigo que asegure haberlo
visto.
—Tres —corrigió Royce con calma, antes de
retirarse a un lado, junto a las ventanas.
Aunque Kassandra ya no estaba tan pálida
como lo había estado el día anterior, él sabía que había dormido
muy poco, pues él mismo había pasado la noche en vela, contento al
menos de poder velarla a ella, que se había despertado enseguida.
Muy poco después había amanecido y, desde entonces, no había bajado
el ritmo de trabajo ni un segundo.
Después de todo, ella era la Atreidas.
—Se han encontrado dos testigos más —explicó
Royce—. Uno es una mujer que estaba sentada en el lado del estadio
opuesto al del primer hombre. Dice que también se fijó en un hombre
con una tela al cuello. El otro es un niño de unos siete años que
también lo vio. Las descripciones que cada uno ofrece no acaban de
coincidir, pues ninguno tuvo ocasión de ver con claridad qué rasgos
tenía; ahora bien, todos están de acuerdo en que había un hombre
allí y en que llevaba una tela amarilla al cuello.
—Quizá no signifique nada —comentó
Kassandra, pensativa.
—O todo —asintió Royce.
Ambos se miraron durante largo rato.
Marcelus carraspeó para aclararse la
garganta.
—Comprenderéis, Atreidas, que nos
encontramos bajo algo de presión por llevar a los bellacos a
juicio.
—Sí, desde luego —respondió al mismo tiempo
que se obligaba a centrar la atención donde debía—. Qué lástima que
el alto magistrado, el vanax, no se haya aún recuperado. Estoy
segura de que en cuanto se encuentre bien, mi hermano zanjará el
asunto de modo expeditivo.
—Eso podría llevar algún tiempo,
Atreidas.
—Llevará el tiempo que lleve. —A Kassandra
se le endureció la voz—. Mientras tanto, hay que tratar con la
máxima consideración y cortesía a todos los que han sido
detenidos.
—¿Y no vamos a dejarlos en libertad?
—preguntó Marcelus sin demasiada convicción.
—No. Creo que todos sabemos que continúa
habiendo cierta inestabilidad y que los ánimos siguen alterados.
Por lo tanto, es mejor que quienes apoyan a Helios se queden donde
puedan estar seguros y a salvo.
Aunque Marcelus podría haber señalado que no
parecía probable que los detenidos estuvieran de acuerdo, no era un
hombre dado a repetir lo que resultaba obvio, de modo que se limitó
a informar:
—El trabajo continúa con la limpieza de
escombros. La reconstrucción del muro debería comenzar
mañana.
—Me alegra oírlo.
—Y cambiando de tema, si me lo permitís: los
olivos ya están floreciendo.
—Muy bien; se celebrarán las ceremonias
habituales.
Marcelus dudó. Clavó los ojos en Royce, que
captó enseguida lo que ocurría y preguntó:
—¿Qué es lo que implica?
Kassandra tardó en contestar y se puso a
mirar la ciudad por la ventana. A Royce le dio la impresión de que
se encontraba muy lejos y se dio cuenta de que aquello le
molestaba. Pero ella continuó en silencio, como si esperara algo,
hasta que, por fin, se volvió hacia él.
—Se trata de unos oficios. No son muy
elaborados, sólo consisten en salir a los campos y rezar las
oraciones correspondientes, ese tipo de actos.
Marcelus tomó la palabra.
—En una situación normal sería el vanax
quien lo haría. A la gente le gusta verlo en un día así. Les
recuerda la continuidad y el orden con que Ákora ha sido
bendecida.
—A Atreus siempre le han gustado estas
celebraciones —comentó Kassandra en voz baja—. Le gusta estar entre
la gente, hablar con los campesinos y, lo que es más importante,
escuchar.
—Así que tú harás lo que él haría
normalmente, ¿no? —preguntó Royce.
—Sí, creo que es lo mejor. Gracias,
Marcelus; aprecio mucho vuestra diligencia.
Una vez que el magistrado se hubo retirado,
Royce le comentó:
—¿No crees que podrías extender a tu persona
la preocupación que sientes por mantener sanos y salvos a los
miembros de Helios?
Kassandra se quitó una mota de polvo
imaginaria de la falda de la túnica blanca que llevaba puesta y se
dio cuenta, de repente, de que, dado que ya no era una virgen,
podía usar otros colores. Lo único que se lo impedía era que
hacerlo sin estar casada sorprendería y alarmaría a su pueblo, por
no decir a su familia. Quizá fuera mejor quedarse como estaba; en
aquel momento no tenía ni tiempo ni energía para ocuparse de la
ropa.
—¿Mi persona?
Royce rodeó el escritorio para acercarse a
ella. Como se había duchado aquella mañana, ya no olía a
madreselva. «No debo pensar en eso», se dijo Kassandra.
—A efectos prácticos, has asumido la
autoridad de tu hermano. ¿No crees posible que quienquiera que
pretendiera acabar con su vida te tenga ahora a ti como
objetivo?
Royce notó algo que no comprendía en la
mirada de Kassandra, y que le disgustaba.
—Yo no soy el vanax.
Royce lo intentó de otro modo.
—¿Qué habría ocurrido si tú no hubieras
actuado como lo hiciste?
—No sé adonde quieres ir a parar.
Royce se sintió lleno de rabia. Estaba
seguro de que se mostraba voluntariamente obtusa. Lo que no sabía
era por qué.
—Claro que sí lo sabes. ¿Qué estaría
ocurriendo ahora en Ákora si tú no hubieras tomado las riendas del
poder?
—Lo mismo que está sucediendo. Estamos
llorando a nuestros fallecidos, orando por los heridos y retomando
nuestras vidas.
—¿No crees que habría habido momentos de
confusión..., pánico..., incertidumbre...?
—Imagino que los ha habido.
—No, no hablo de lo que haya habido, sino de
lo que habría habido. ¿Han asesinado a un vanax alguna vez?
—¡Claro que no! Eso es impensable
—respondió, perpleja, ante la sola pregunta.
—Pues lo impensable ha estado a punto de
suceder hace dos días. ¿Cómo puedes decir entonces que todo habría
transcurrido de igual modo si tú no hubieras dado un paso al
frente, si no se te hubiera reconocido como la Atreidas?
—Soy Atreidas; es el nombre de mi
familia.
—La Atreidas, que es muy distinto, algo que
no se había visto hasta ahora. Oigo cómo se dirigen a ti. Tú
también lo has oído. Más aún, percibo su alivio y su confianza.
Esperan de ti que lo mantengas todo hasta que Atreus se recupere lo
suficiente como para poder retomar sus obligaciones.
—Y eso es lo que pienso hacer —respondió con
una sonrisa que a Royce le pareció forzada—. ¿Te gustaría
acompañarme a los olivares?
Royce buscó en su interior algo de
paciencia, para lo cual hubo de recordarse lo que sentía por
aquella mujer y por Ákora.
—Sí, me gustaría. ¿Quién más vendrá con
nosotros?
—Los miembros del Consejo, supongo; varios
representantes de la curia, y algunas personas más.
—¿Algún tipo de escolta?
—¿Del tipo que suele viajar con el príncipe
regente? —Kassandra arrugó la nariz—. Aquí no somos partidarios de
tanto boato.
Royce estaba furioso, presa de una ira
intensa, de las que reclamaban acción. Algo iba mal. O ella no era
la mujer que él creía —inteligente, sensata, receptiva—, o había
algo más... Se planteó la idea de estar equivocado acerca de quién
era ella y, después de darle vueltas, la vio caer por su propio
peso. Él conocía a Kassandra. Lo que desconocía era lo que ella le
ocultaba y por qué lo hacía.
—Estaba pensando en una escolta que te
protegiera. No hay nada de ceremonioso en eso.
—Aquí no es costumbre —rechazó al mismo
tiempo que se encogía de hombros.
Royce forzó una sonrisa.
—Tampoco lo es que alguien intente asesinar
al vanax.
Kassandra lo miró con sus ojos grandes y
oscuros. Cualquiera que la viera pensaría que se trataba de una
mujer completamente tranquila; cualquiera, claro, menos Royce. A
cada momento que pasaba, a cada latido, estaba más convencido de
que Kassandra tenía algo en mente que no le gustaba nada.
—Creo que actuar con la mayor normalidad
posible es lo mejor para el pueblo —argumentó.
—Y harás cualquier cosa que sea lo mejor
para el pueblo, ¿no es cierto?
Entonces, apenas por un instante, Kassandra
parpadeó a la vez que permitió que le temblara la boca, aquella
boca tan suave y tentadora.
—No puedo hacer menos que eso. Quizá sería
mejor que te quedaras aquí a ayudar a Marcelus.
—No, yo creo que no. La última vez que
estuve en Ákora no tuve la oportunidad de visitarla. No me gustaría
dejarla pasar en esta ocasión.
—Muy bien; ven, entonces —aceptó con una
sonrisa que esa vez era auténtica.
Con la eficiencia que Royce empezaba a
encontrar normal en Ákora, todo estaba organizado ya a última hora
de la mañana. Dos de los consejeros irían con ellos, Melinos y otro
hombre llamado Polidoro, cuyas fincas se encontraban en la zona que
visitarían primero. La mayoría de los otros miembros del Consejo se
encontraban ya en sus tierras para contar lo que había ocurrido y
tranquilizar a la gente con su presencia. El único que se había
quedado en la capital era Troizus, pues, según había alegado,
sentía que su deber era quedarse allí.
Antes de partir, fueron a ver a Atreus de
nuevo. Por insistencia de Andrew, y gracias a la ayuda de un
brebaje que Elena le había proporcionado, Fedra estaba durmiendo.
Sin embargo, Joanna se encontraba allí, sentada junto a la cama, y
sostenía la mano de su cuñado.
—Hace un rato ha estado consciente durante
unos minutos —les comunicó—. Creo que ha reconocido a su madre y
también a Andrew.
—¿Ha dicho algo? —preguntó Kassandra con
suavidad.
Le pareció que Atreus estaba algo menos
pálido que la última vez que lo había visto aquel día, y rezó por
que aquello no significara que le había vuelto la fiebre.
Joanna negó con la cabeza.
—No, pero Fedra habló con él, y él reaccionó
parpadeando. —Entornó los ojos y, al reconocer la expresión en los
de Kassandra, añadió—: Sé que parece poco, pero hay que tener
esperanza.
—¿Qué dice Elena?
Por primera vez desde que Atreus había sido
trasladado a la tienda en el estadio donde se había atendido a los
heridos, la curandera no estaba a su lado. Ella también necesitaba
urgentemente descansar y había ido a reposar un poco. Sin embargo,
Brianna sí estaba allí, y respondió:
—El corazón le late con fuerza, princesa, y
no hay nada que haga pensar en una infección. La mayor preocupación
continúa siendo el golpe en la cabeza.
«Si no recupera pronto el conocimiento...»
Kassandra no terminó aquel pensamiento. No hacía falta. Todos
sabían que cuanto más tiempo permaneciera inconsciente, menos
posibilidades habría de que se recuperara.
Brianna volvió a tomar la palabra.
—Mi tía ha ido a descansar porque está
considerando la posibilidad de que sea necesario operar.
—¿Operar...? —repitió Kassandra—. ¿Al
vanax?
Y no era cualquier tipo de operación, sino
la más difícil y delicada, la que se desarrollaba en el propio
cerebro.
—Nadie me ha comentado nada —dijo con una
voz que ella misma notó temblorosa.
Aunque Joanna sonrió, mantenía los ojos en
tensión.
—No se ha planteado seriamente y puede que
resulte del todo innecesario.
—¿Cuándo...? —empezó Kassandra. Se detuvo,
consciente de lo consternada y atemorizada que sonaba.
—Elena no ha dicho cuánto tiempo cree
necesario esperar —respondió Brianna—. Supongo que varía en cada
caso. —Se volvió para mirar a Atreus—. Es muy fuerte.
—Y deberá seguir siéndolo —reconoció
Kassandra antes de dirigirse al lecho, inclinarse y tomar en sus
manos las de su hermano, a quien le susurró en tono
apremiante:
—Atreus..., escúchame...: te queremos y te
necesitamos. Vuelve con nosotros desde dondequiera que estés ahora.
Encuentra el camino de vuelta y síguelo. No ha llegado tu momento.
Aún no ha llegado tu momento.
Royce le puso la mano en el hombro. El
contacto la alejó de aquel oscuro dolor que amenazaba con
apoderarse de ella.
—Están esperándote —le recordó.
Kassandra salió de la habitación y del
palacio. Fuera el día era tan brillante que el sol le hacía daño en
los ojos. Montó el bonito caballo blanco que habían preparado para
ella y avanzó por las calles con Royce a su lado. Saludó a la gente
y aceptó sus saludos; algunos eran tímidos, otros sentidos, y unos
pocos, cautos e inseguros. Y no dejó de pensar en Atreus en ningún
momento durante el trayecto.
Y lo mismo parecía que le había ocurrido a
Royce, pues en cuanto dejaron la ciudad a sus espaldas y giraron al
este, hacia las fértiles colinas y valles que había más allá de
Ilion, le preguntó:
—¿Cuál es el tipo de operación que está
planteándose Elena?
Para su sorpresa, no le importó hablar de
eso con Royce. Al contrario, poder hacerlo hizo que la sola idea
pareciera menos aterradora.
—Se llama trepanación. Consiste en retirar
un pequeño trozo de hueso del cráneo para reducir la presión en el
cerebro.
—He oído hablar de ello, pero...
Al mirarlo, Kassandra se dio cuenta de que
mostraba una expresión grave.
—¿Conocen este método los médicos
ingleses?
—Puede que algunos sí, aunque no creo que
ninguno de ellos opere realmente con un procedimiento así. Me
cuesta imaginar que haya alguien que lo haga.
—Elena es una experta en este tipo de
operaciones.
—¿Quieres decir que ya lo ha hecho
antes?
—Sí, unas cuantas veces.
—Es impresionante —confesó—, en fin, como
todo lo que hay en Ákora.
Kassandra se volvió un momento para saludar
a un grupo de niños, que sonrieron encantados y saltaron una y otra
vez de emoción.
—Después de todos los años que has pasado
tratando de imaginar cómo éramos, espero que la realidad no esté
resultándote decepcionante —comentó mientras avanzaban.
—Todo lo contrario —contestó Royce, cuyos
ojos se enternecieron de pronto al mirar a Kassandra.
Ella se rió un poco, con algo de timidez, y
vio con el rabillo del ojo que Melinos, que iba detrás de ellos, se
había tensado y la miraba con un gesto de desaprobación. Kassandra
reprimió un suspiro. Supuso que el consejero guardián de la
tradición creería que ella debía ir a su lado en lugar de honrar a
un noble xenos. No obstante, dado que Royce era parte de la familia
por el matrimonio de su hermano, ni siquiera Melinos podía
criticarla porque la escoltara un pariente varón.
El olivar más cercano se encontraba a unos
pocos kilómetros de Ilion. Como el camino ascendía por un alto,
antes de que pudieran ver los olivos, apareció un manto de capullos
blancos que florecían delante de sus propios ojos.
A medida que se adentraban en el olivar,
iban surgiendo a su alrededor árboles que, espaciados como estaban,
permitían que les diera el máximo de luz solar. Aun así, aquel
espectáculo era sorprendente.
—Este es uno de los olivares más antiguos de
Ákora —le informó Kassandra.
Miró a su alrededor y observó los árboles
que conocía de toda la vida. Encontró la explanada que se abría
entre unas hileras y en la que ella y Alex habían jugado a
perseguirse durante los días de verano, mientras Atreus acompañaba
a su abuelo, que entonces era el vanax, en sus oraciones. Y allí,
bajo aquel otro árbol enorme y añejo, habían estado sentadas ella y
su madre hacía apenas unos años. Habían charlado de los años que
vendrían, de los sueños que ambas tenían. Cuántas veces había ido a
aquel lugar; con qué facilidad había supuesto que lo que había sido
de un modo durante tanto tiempo lo sería siempre.
—Ya me parecía —confirmó Royce.
Estudió con atención todo lo que los
circundaba, absorbió la imagen de los árboles, que, en algunos
casos, medían unos doce metros de alto en plena floración. Los
troncos eran gruesos, retorcidos y llenos de nudos. Las hojas,
ásperas y lanceoladas, mostraban un verde brillante en el lado en
el que golpeaba el sol, y un tono plateado en el envés.
—He visto olivares en Grecia y en Levante,
pero no son como éste.
Kassandra, que no había estado en ninguno de
esos lugares, preguntó:
—¿Y qué aspecto tienen?
—Más irregulares, con algunos árboles en
flor pero no todos y desde luego, ninguno con ejemplares de tronco
tan grueso como éstos.
Los agricultores se acercaban ya a
saludarlos. Kassandra tiró de las riendas y se dispuso a desmontar,
aunque antes de que lo hubiera hecho, Royce ya había pasado una
pierna por encima de su caballo, se había deslizado por el lomo y
la esperaba con los brazos abiertos. Aunque Kassandra aceptó su
ayuda, enseguida se apartó de él, consciente como era de la enorme
tentación que suponía actuar de otro modo.
Los recibieron con sonrisas ansiosas y un
claro sentimiento de alivio. De pronto, Kassandra se alegró mucho
de haber ido. Polidoro les presentó a unos cuantos habitantes de la
zona. Kassandra habló con ellos, intercambió las amabilidades
propias para la ocasión y se detuvo cuando de repente vio que Royce
se agachaba, recogía un puñado de tierra y lo frotaba entre los
dedos, con aire pensativo.
Al darse cuenta de que tanto ella como el
resto estaban mirándolo, explicó:
—Es una buena tierra. Fértil y húmeda. —Se
levantó, se sacudió las manos y preguntó—: ¿Qué tipo de riego
empleáis?
No hizo falta nada más. De inmediato, las
gentes de allí empezaron a querer explicarle dónde estaban las
acequias y las presas; cómo las gestionaban y las conservaban;
cuándo habían colocado la primera, hacía ya mucho tiempo; con qué
poca frecuencia faltaba el agua y qué hacían cuando esto ocurría.
Royce escuchó con mucha atención. Asentía de vez en cuando,
intervenía con un par de palabras, pendiente, sobre todo, de lo que
le contaban.
Por fin, les comentó:
—En Hawkforte regamos con un sistema que
inició uno de mis ancestros, el que dio su nombre al lugar, aunque
lo actualizamos regularmente. Aunque requiere muchos cuidados,
nunca he entendido por qué los demás han tardado tanto en adoptar
esta práctica.
Polidoro asintió. Era un hombre agradable,
de rostro redondeado y ojos brillantes, y el dueño de aquellas
tierras.
—Incluso un año o dos de descuidos pueden
arruinar un sistema de irrigación. Se caen las presas, las acequias
se deterioran. Hay que vigilarlo constantemente.
—Es verdad —coincidió Royce—. Además, está
el tema de los fertilizantes.
Kassandra apretó los labios para contener
una sonrisa.
Su caballero inglés, el que se movía con
tanta soltura entre las más altas instancias de la corte, era, en
el fondo, un agricultor. Cada paso que daba, lo que miraba, lo bien
que se entendía con la gente del campo, lo delataban.
—No tenía ni idea de que al xenos le
preocuparan estas cosas —le comentó en voz baja Melinos, que pisaba
con cuidado para evitar mancharse la ropa.
—El xenos —replicó Kassandra— es señor de
una enorme finca en Inglaterra. Su familia lleva más de mil años
ocupándose de esas tierras. Constituye, por tanto, un lugar que le
es muy querido.
—Entonces, estará deseando regresar.
El consejero observo la expresión de
preocupación que Kassandra había adoptado de repente, y
sonrió.
Se reunieron en un altar improvisado para
las oraciones. Habían transportado una mesa hasta el campo, la
habían cubierto con una tela blanca y la habían adornado con un
jarrón de flores. Se quemó un poco de incienso y se elevaron las
plegarias. Aunque era poco lo que Kassandra tenía que hacer, aparte
de estar presente en el acto, hacia el final de la ceremonia se
adelantó como lo requería la tradición, tomó el aguamanil de plata
de las sacerdotisas y lo vació con delicadeza sobre la tierra. Al
hacerlo, recitó la antigua oración que ya elevaban sus ancestros
hacía muchos muchos años.
—Dadnos lo que queráis, quitadnos lo que os
plazca, Madre nuestra. Que vuestras bendiciones brillen sobre
nosotros, vuestros hijos.
En cuanto hubo terminado, las gentes de allí
se acercaron para expresarle su gratitud y traer algo de beber. Se
dispusieron más mesas y un grupo de músicos empezó a tocar una
dulce melodía con el tambor, el laúd y el arpa, mientras el vino
corría. Aunque todos se mostraron un poco apagados, sin duda debido
a lo preocupados que estaban por Atreus, hasta Melinos se relajó
cuando se partió el pan, y acabó untando su trozo en el aceite
dorado y verdoso de la campaña del año anterior.
Mientras saboreaba un pedazo de queso de
cabra que una sonriente anciana había insistido en que probara,
Royce buscó a Kassandra. La vio en el centro de un círculo de
mujeres, algunas jóvenes, otras mayores, la mayoría ni una cosa ni
la otra. Estaba habiéndoles y sonreía.
«Se esconde detrás de esas sonrisas», pensó.
No siempre era cierto, pues había veces en que eran auténticas,
pero muy a menudo, sobre todo en los últimos días, era así.
Aunque quizá fuera más conveniente decir que
escondía algo.
A Royce le resultó difícil tratar de apartar
aquel pensamiento de su mente. Quería y necesitaba creer en la
honestidad que había entre ellos. Sin embargo, la duda se había
deslizado en su mente. Tal vez fuera culpa suya y no de ella.
Estaba tan acostumbrado a las intrigas de la corte inglesa, a las
falsas promesas y a las traiciones, a la constante manipulación por
conseguir el poder a toda costa... Ákora era diferente, si bien no
más sencilla; habría sido un error pensar que lo era, pues se
trataba de una sociedad muy antigua y compleja. Quizá fuera que la
gente parecía compartir más. A sus ojos, tenían en común los
ideales, las creencias, los valores e incluso la riqueza. «Aunque
no el poder», se recordó a sí mismo, al menos no lo bastante como
para satisfacer a los seguidores de Helios.
Miró a su alrededor: aquel antiguo huerto,
aquella gente, los caminos y las colinas, y más allá. Estaban al
aire libre, y constituían un blanco fácil para un enemigo que se
atreviera a penetrar en el corazón de Ilion. Con todo, tenía que
admitir que cualquiera que fuera hacia ellos sería descubierto de
inmediato. Aunque Kassandra se había negado a ir con escolta, había
entre la gente de allí varios jóvenes recios que tenían aspecto de
haber recibido el consabido entrenamiento de los guerreros. Royce
no dudó de que, llegado el caso, aquellos muchachos lucharían con
bravura por protegerla.
Tal vez Kassandra no se hubiera equivocado
al ir allí; tal vez no estuviera escondiendo nada; tal vez él
estaba tan enamorado que se le había esfumado la cordura, como le
ocurre a las semillas de vilano de cardo que se lleva el
viento.
El amor. Bebió un sorbo del vino que le
habían servido y se repitió a sí mismo que podía con aquella
situación. Siempre había sabido que el amor existía, que era real y
que constituía una fuerza a la que había que hacer frente. Sus
padres eran buena prueba de ello y, hacía menos, había observado lo
mismo en Joanna y en Alex. Para ser sincero, debía reconocer que
alguna vez había deseado que le ocurriera a él, aunque no lo había
esperado realmente, por lo poco frecuente que parecía. Aun así,
allí estaba: claro e inevitable.
La quería. Por supuesto. Era una mujer a la
que resultaba fácil querer: hermosa, apasionada, valiente. No, eso
no era cierto. ¿Quería que ella fuera sincera con él? Pues él debía
serlo con ella.
No había nada fácil en Kassandra. Para ella
era normal todo aquello con lo que él había soñado en los inocentes
días de su infancia. Royce lo sabía. Aunque ocurría lo mismo al
revés. De algún modo bastante real, ambos constituían el sueño del
otro. ¿Se hacían realidad los sueños?
Con todo, ella era más que eso, mucho más.
Era una princesa, hija de una antigua dinastía, educada para
liderar y para mandar. ¿No había resultado evidente en el momento
en que había dado un paso al frente para ocupar el lugar de su
hermano, sobre todo cuando cualquier otro podría haberlo
hecho?
La Atreidas.
Una nueva idea para Ákora y para él
mismo.
Si Atreus moría, Alex volvería a casa. Ahora
bien, ¿se convertiría en el vanax? No necesariamente. Alex era un
hombre de honor. Cabía que él mismo reconociera que su hermana
tenía una relación especial con Ákora que él no podía
igualar.
Kassandra, por su parte, era una persona a
quien se le había inculcado el sentido del deber y que, como le
ocurría a él, nunca situaría sus propios deseos por encima del bien
de Ákora.
«Por favor, por todos los dioses y todos los
cielos, que Atreus viva, no sólo por él, sino por su propio reino.»
Royce hizo una mueca al sorprenderse con aquel deseo tan egoísta y,
como sabía, tan impropio de él.
¿Es que el amor volvía a la gente egoísta?
Quizá, aunque él no iba a pedir disculpas por eso. Quería que
Kassandra estuviera a salvo y fuera libre de vivir su propia
vida... con él.
El vino estaba frío y tenía un sabor ácido.
Volvió a beber y observó a Kassandra, una mujer de extraordinaria
elegancia que les tendía las manos a las mujeres que tenía a uno y
otro lado, que se unía a ellas y empezaba a bailar, primero
despacio y luego más deprisa; danzaba a la luz del sol, que
penetraba a través de las ramas de los antiguos olivos. Como
algunas de las mujeres eran ya algo mayores, se mantuvo el ritmo
tranquilo para que pudieran participar. Bailaban por una razón, con
dignidad, y también con alegría. Aquella piel arrugada del rostro y
aquellos movimientos del cuerpo parecían recordar otros tiempos,
otros placeres. Aunque las jóvenes sonreían, Royce imaginó que
estarían más contenidas que de costumbre por el estado del vanax y
la sombra que se cernía sobre ellos. Aun así, todas bailaban como
debían de haberlo hecho innumerables generaciones, allí, en el
olivar. Bailaban a pesar del dolor y la pena; bailaban porque el
día era dorado y porque habría un mañana.
Los hombres se unieron a ellas. Formaron un
círculo mayor, exterior al de las mujeres, y mantuvieron las manos
en alto. Se movían con fuerza y con energía, con orgullo y con
seguridad. E invitaron a Royce a bailar con ellos.
Accedió, por el vino, supuso, y descubrió,
con sorpresa, que conocía los pasos como si hubiera bailado así en
algún otro lugar, en algún otro momento, en la lejanía de la
memoria. Aunque no allí, no en aquella tierra, sino en Hawkforte,
el sitio al que pertenecía su corazón.
Los tambores tocaron más deprisa, el laúd
sonó más alto, las notas del arpa se elevaron a los cielos como una
plegaria. Unas cuantas flores blancas que el viento había arrancado
volaban sin rumbo fijo arrastradas por la brisa.
Kassandra se volvió para mirar lejos del
círculo de las mujeres y se encontró con los ojos de Royce.
Cabalgaron a casa a la caída del sol, que
tiñó las blancas paredes de Ilion de un dorado carmesí. Saida los
recibió a poco de que llegaran para informarles de que Atreus
dormía pacíficamente y de que Elena había decidido esperar al menos
un poco más.
Kassandra notó que una sensación de alivio
le recorría el cuerpo de arriba abajo y con tanta intensidad que
hubo de imaginar que tenía la columna vertebral de acero para
mantenerse erguida. Le quedaba aún mucho por hacer.
—Melinos —dijo como si no hubiera notado el
gesto de dolor del consejero al desmontar—, nos acompañarás en la
cena, ¿no?
—¿A cenar, princesa? Había pensado que...,
dada la actividad del día...
—A cenar —repitió con firmeza—. ¡Mira!
Troizus, me he imaginado que estarías por aquí. Vente también.
Comeremos ostras y hablaremos de los viejos tiempos.
—De los viejos tiempos —murmuró el consejero
de las carnes caídas. Desvió la mirada hacia Royce, y luego volvió
a mirar a Kassandra—. Sois muy joven para haber vivido los viejos
tiempos, Atreidas.
Kassandra rió, los arrastró a todos al
interior del palacio y los tranquilizó:
—Cenaremos, pero no os preocupéis, no nos
quedaremos hasta muy tarde.
Y así fue, aunque, tal y como había
anunciado la Atreidas, comieron ostras, dispuestas en sus conchas,
que llegaron dispuestas sobre hielo con sal. Para acompañarlas,
sirvieron pequeñas gambas bañadas en una salsa que Royce encontró
deliciosa, aunque no supo identificarla. También había una ensalada
de rábanos ácidos y olorosas verduras, así como otros muchos
manjares, que regaron con un vino, que a Royce le supo a
gloria.
Hablaron —aunque no estaba seguro— de
historias y leyendas, que fueron mezclando. En un momento dado,
Royce se oyó decir:
—Arturo existió; estoy convencido. Vivió en
una época oscura, y si bien se ha perdido mucho, el recuerdo del
hombre es demasiado grande como para que constituya sólo un
mito.
—Siempre surge un héroe en los días de mayor
peligro —comentó Melinos mientras se servía más vino. Parpadeó,
como si se tratará de un búho, por el efecto del vino y el
cansancio acumulado del día, y miró a Kassandra como si le
sorprendiera su presencia—. Un héroe... o...
—O una heroína —terminó Troizus, que luego
elevó su copa para brindar—. ¿No es eso lo que ibas a decir, viejo
amigo? Una heroína es tan válida como un héroe, ¿no crees?
—No lo sé —reconoció Melinos—. Es
diferente.
Troizus asintió, y aunque volvió a elevar su
copa, Royce se fijó en que no bebía.
—Este es un momento decisivo —comentó el
consejero—. Nos encontramos en la frontera de un mundo nuevo.
—Que los dioses nos guarden —farfulló
Melinos antes de levantarse con algo de dificultad y trazar, acto
seguido, una reverencia algo embriagada—. Princesa, me veo obligado
a retirarme antes de quedar en evidencia.
Kassandra esbozó una sonrisa, una auténtica
sonrisa que le iluminó la mirada, y le tendió la mano.
—No podrías, consejero. Tu honor es tu
escudo.
Melinos parpadeó y le devolvió la
sonrisa.
—Fue el primero de los Atreidas quien dijo
eso. Vuestra familia... —Dudó, sin soltarle aún la mano—. Nunca nos
habéis fallado.
—No somos más que hombres y mujeres
—respondió— tan capaces de cometer errores como el resto. Aun así,
aquí, en este lugar, parecemos llamados a algo más.
—El destino nos ha favorecido a todos en
Ákora —reconoció Melinos—, sobre todo a los Atreidas. Rezo para que
no retire su favor ahora.
Luego, se marchó con dignidad y dejó tras él
un momento de silencio que Troizus se encargó de romper.
—Aunque es buen amigo mío, siempre ha sido
muy supersticioso.
Kassandra arqueó una ceja.
—¿De verdad? No veo que le cuelgue del
cinturón ninguna pata de conejo.
—Bueno, claro, no es tan evidente. Sin
embargo, cree en el destino como si fuera una fuerza real a la que
hay que enfrentarse.
—¿Y tú no? —quiso saber Royce.
—Yo creo en la oportunidad, no en el
designio. Un hombre sabio aprovecha las oportunidades que se le
presentan. —Dejó la copa, y el líquido que contenía brilló a la luz
de las antorchas. Royce vio que seguía llena y desconfió de aquel
hombre que no bebía un vino que sabía a gloria—. Yo también os
deseo buenas noches, Atreidas —anunció Troizus—. La luna ya está
alta; me voy a la cama.
Una vez que se hubo marchado, Kassandra
levantó su copa y bebió. Al volver a depositarla en la mesa, se dio
cuenta de que le temblaba la mano.
—Me gustaría ver a Atreus antes de acostarme
—anunció al mismo tiempo que lo invitaba con un gesto a ir con
ella.
Aunque esbozó una sonrisa cansada, el gesto
resultaba tan dulce y cautivador que Royce sintió que se le clavaba
como un puñal.
Juntos, se desplazaron hasta la silenciosa
habitación, donde encontraron a Elena sentada al lado de la cama
para velar al vanax. A su vera, tumbada sobre un camastro que
habían extendido en el suelo, descansaba Brianna, si bien sin
lograr conciliar el sueño del todo.
—Aunque está muy lejos —les explicó la
curandera—, el hilo que lo mantiene unido a nosotros permanece
fuerte.
Kassandra miró fijamente a su hermano, que
parecía pálido en contraste con las sábanas adamascadas.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó.
—No lo sé —respondió Elena con franqueza—.
Unos cuantos días, una semana quizá, no más. Si no vuelve a
nosotros, tendremos que actuar.
Royce y Kassandra se quedaron un rato más
mientras observaban en silencio cómo el pecho de Atreus se hinchaba
y deshinchaba al respirar. Al final, Kassandra dejó escapar un
suspiro. Se inclinó y sorprendió a Elena al darle un beso en la
mejilla.
—Todos confiamos en ti —le dijo— y nunca le
has fallado a nadie. Recuérdalo y reconfortarás tu corazón.
La curandera parpadeó y le dio una palmada
en la mano.
Un poco después, Royce acompañó a Kassandra
a sus aposentos. Se detuvo cuando llegaron a la puerta. Era muy
tarde y todo a su alrededor parecía estar en silencio. No se veía
ni oía nada. Royce pensó en lo pronto que saldría el sol y que, con
él, vendrían todas las tareas del día que pesarían sobre
ella.
—Tienes que descansar.
—Tengo que...
Kassandra no logró acabar la frase. Sólo le
tendió la mano mientras caminaba hacia atrás para entrar en la
habitación que estaba iluminaba por la luz de la luna.
* * *