Capítulo 28
Nochebuena llegó con Sarah sentada junto a Anne en una iglesia presbiteriana, mientras Nate y el marido de Anne, Ben, las flanqueaban como unos paréntesis o un par de sujetalibros. Presenciaban la representación infantil; los bancos estaban repletos de niñas y niños engalanados con terciopelo rojo y pana verde. Las niñas más pequeñas coloreaban los programas con lapiceros ocultos en el cantoral, mientras que los niños espiaban con los programas enrollados a modo de periscopio.
—¿Cuándo fue la última vez que entraste en una iglesia? —preguntó Sarah a Nate.
—¿El funeral de David cuenta?
Sarah negó con la cabeza.
—Seguramente la Pascua pasada. A veces Jenny me llevaba a su iglesia, pero sólo he ido si alguna mujer me lleva. No soy creyente.
Sarah se quedó algo sorprendida; conocía a pocas personas que admitieran no ser creyentes. La mayoría de sus amigos eran deístas confusos; tenían fe en un creador, pero no en Cristo. Hasta David había mantenido una fe imprecisa en un designio inteligente, diciendo que si Albert Einstein creía en Dios, ¿quién era él para ponerlo en duda? Sin embargo, Sarah dudaba, aunque no en el sentido tradicional. No dudaba tanto de la existencia de Dios como de la capacidad de los seres humanos para inspirar amor divino.
Pero aquí, en esta limpia iglesia blanca, donde el pastor leía el Evangelio de Lucas mientras las ninfas con alas de ángel y los niñitos con cayados representaban un retablo silencioso, Sarah imaginó un motivo de gracia. Estos niños se merecían la intervención divina; antes de la adolescencia, la mayoría de los niños conservaban indicios del cielo. ¿Cómo lo dijo Wordsworth? «Nubes de gloria arrastramos, pues de Dios venimos».
El breve sermón del pastor pareció reconocerlo. La Navidad, dijo, era un momento para apreciar a los niños, para recordarnos que toda vida es sagrada, que cada niño está tocado por el Espíritu Santo. Invitó a todos los niños presentes a que formaran una fila y dio a cada uno un clavel rojo, ofreciendo bendiciones mientras ponía los tallos en sus suaves manitas.
Esta era una comunión que Sarah podía admirar: sin vino, sin hostia, sin salvador que devorar, sólo un pequeño regalo de la naturaleza ofrecido con una o ración. Se sintió escarmentada por su simplicidad. Había pasado ocho días buscando la felicidad en sus tarjetas de crédito, descubriendo qué medida de satisfacción podía derivarse del plástico. Y había cierto consuelo en esas tarjetas y todas sus promesas de vestidos de seda y hoteles de lujo. Sin embargo, en última instancia, la felicidad no podía salir de una cuenta bancada. Mirando a los niños, supo que cualquier esperanza de una nueva vida tendría que crecer dentro de ella.
Miró de reojo a Nate, preguntándose si sentiría lo mismo: «que los niños eran el único consuelo» de este mundo, la única recompensa por tanto sufrimiento. Aún no había hablado con él de anticoncepción, intentaba encontrar el momento oportuno. Y quizás ahora, si Nate le daba alguna señal, como un comentario acerca de lo encantadores que estaban los niños, o un cómplice apretón de manos… pero en lugar de eso permaneció sentado con la vista baja, mirando el programa.
—Ha sido una representación preciosa —dijo Sarah cuando salían.
Nate hizo un gesto de indiferencia.
—La misma que hacíamos de niños.
Sarah volvió a estudiar a Nate la mañana del día de Navidad, mientras sus sobrinas se las veían con una montaña de regalos. Anne y Ben se pasaban todos los años; la mayor parte de estos juguetes y artilugios estarían rotos u olvidados en cuestión de meses. Pero durante una hora maravillosa las niñas eran totalmente felices, y se preguntó si Nate apreciaba la singularidad de aquello.
Los últimos dos días Nate se mostró inquieto, probablemente, como había predicho Margaret, aburrido por toda esa domesticidad: el ponche de huevo, las galletas glaseadas y la colección de figuritas de porcelana Hummel. Hasta Sarah se sintió algo avergonzada por la ingenua hospitalidad de su hermana; Anne parecía ajena al cambio operado entre Sarah y Nate. Había alojado a Nate en la habitación de invitados, mientras que Sarah dormía arriba en la cama de su sobrina menor, la niña en el suelo, en un saco de dormir de La sirenita, formando una barrera que Nate nunca podría cruzar. En toda la visita, él sólo consiguió rozar la mano de Sarah con los dedos. Sólo pareció sentirse a gusto después de la comida de Navidad, cuando salió con las dos niñas a montar en trineo, ayudándolas a subir a sus naves plateadas Por los solares vacíos de la urbanización y a bajar a toda velocidad hasta el viejo estanque.
La risa de las niñas se colaba por las ventanas de doble acristalamiento, mientras Sarah miraba desde el comedor. Cuando Nate entró tenía las mejillas rojas, como ella las recordaba de Vermont.
—Se te dan bien los niños —le dijo Sarah cuando él colgaba el abrigo junto a la puerta.
—Me gustan los juegos —replicó él.
—Serás un buen padre, algún día.
Nate se echó a reír.
—Supongo. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro, mientras se despojaba de la bufanda—. Si quieres que te sea sincero, nunca he conocido a una pareja que no haya perdido diez años de su vida cuando sus hijos cumplían los dos años. Te chupan toda la energía.
—Siempre había considerado los hijos como un principio —sugirió Sarah.
Nate se pasó los dedos por el cabello.
—El principio del fin.
Sarah se quedó inmóvil mientras él entraba en la sala y se sentaba con Ben para ver un partido de fútbol americano.
—Creo que me echaré un rato —dijo antes de retirarse a la habitación color lila de su sobrina.
Allí se quedó mirando los símbolos de la vida infantil: los pósteres de Hogwarts pegados con celo a la pared, el tocador cubierto de brillo de labios, esmalte de uñas y esferas de nieve, y las fotografías de Orlando Bloom embutidas en el marco del espejo. Nunca había esperado que a Nate le importasen esas cosas, nunca imaginó que le gustase jugar a las casitas. Tampoco había pensado que se casaría con ella, ni que le pasaría una pensión para los hijos, o le sostendría la mano en la sala de partos. Pero sí lo había imaginado como un tío ejemplar, de la clase que traía regalos maravillosos en todas las fiestas. Y había asumido, como mínimo, que Nate se alegraría por ella si en algún momento conseguía que otra vida se aferrase a su cuerpo.
Pero ahora sabía la verdad; que si le contaba que no había usado ningún método anticonceptivo, Nate se horrorizaría. ¿Y por qué no? Ella estaba horrorizada. Horrorizada por su capacidad de engañarse a sí misma.
Claro que un hombre como Nate no había pensado en las consecuencias. Era asunto de la mujer, ocuparse del incómodo tema de la contracepción. Probablemente Nate había saltado de una cama a otra durante toda su vida sin siquiera posar la vista en una píldora anticonceptiva. Por lo que ella sabía, era posible que él ya fuese padre; tal vez había poblado toda la costa este de niñitos de cabello oscuro.
Sarah miró la repisa de la ventana, donde las muñecas de su sobrina estaban sentadas como jueces acusatorios, desde su ventajosa posición de sana esterilidad. Oh, en qué desastre se estaba convirtiendo su vida.