Capítulo 26

El hedonismo era fácil en una habitación de hotel, en una ciudad con diez mil Sarahs, donde nadie conocía su historia ni a su marido. Dentro de este moderno Mayflower, Sarah se vio capaz de navegar al Nuevo Mundo, de convertirse en una mujer distinta, una mujer fértil, una mujer con un amante que se demoraba en sus dedos, su vientre y sus labios con una ternura infinita. Y, a fin de cuentas, ¿no era Nate el hermano que ella siempre había querido? ¿O era sólo que esta habitación, con su moqueta neutra, paredes beis y arte anónimo hacía que toda identidad se desvaneciera en una bendita bruma?

El domingo por la mañana temprano, cuando el sol empezaba a filtrarse por Connecticut Avenue, Sarah se levantó y cerró bien las cortinas. Quería prolongar el momento, antes de dejar la habitación al mediodía. Las doce llegarían como la medianoche de Cenicienta, pero durante las cinco horas que faltaban estaba decidida a ser feliz.

—¿Qué hora es? —murmuró Nate desde la cama.

—Aún no es de día —mintió ella, volviendo a sus brazos.

Esa noche, cuando llegó a su casa y encendió las luces, cada fotografía de David fue una reprimenda silenciosa. Caminó de habitación en habitación retirando fotografías del piano, la nevera y la mesita de noche. No quería enfrentarse a su mirada acusatoria o detectar, en sus labios, el menor atisbo de amenaza. Al tomar a Nate como amante había cruzado una línea imperdonable y habría un juicio. Siempre lo había.

Sarah guardó las fotografías en un cajón de la habitación de invitados. Había llegado el momento de concentrarse en sí misma, no en las imágenes de David. Tomó uno a uno los espejos de la habitación de invitados y los devolvió a las paredes vacías del pasillo y los dormitorios. Para terminar, encontró un destornillador y volvió a montar su tocador, luego se sentó ante el polvoriento espejo y evaluó su cara. Por primera vez en muchos meses, le gustó lo que vio. Al sonreír, parecía más joven: tendría que sonreír más.

Mientas se miraba en el espejo, Sarah intentó elaborar un plan de doce pasos para alcanzar la felicidad; algo que la animara cuando Nate no estuviese. El primer paso era evidente: comida, gloriosa comida. Durante meses, en casa sólo se había alimentado de barritas o cuencos de cereales. Las comidas equilibradas se daban únicamente en compañía, como si una mujer solitaria no se mereciese un estómago lleno. Pero ahora se moría por comer carne roja, verduras y salsas cremosas. Quería atiborrarse de helados de Oreo.

La mañana siguiente temprano se dirigió a Safeway, donde montones de comida la esperaban en altas torres de plástico. Abrió un grifo plateado y medio kilo de arroz basmati cayó en su bolsa. Luego almendras, luego nueces, luego pipas de girasol tostadas con miel. Retorció, anudó y lo pesó todo, colocando las bolsas en fila en la parte trasera del carro.

A continuación vino el pasillo de la pasta, donde pasó de los fideos y las pajaritas de su infancia, plumas y prendas ofrecidas en inglés normal y corriente. A su lado había un mundo inexplorado: campanelle, cavatappi, cellentani, conchiglie. Un festín de sílabas exóticas, como los nombres de villas toscanas. Aquí el espagueti no menguaba hasta convertirse en cabello de ángel; engordaba hasta trocarse enperciatelli, gruesos como los cables de un estéreo. Alzó una bolsa de orechiette, sólo para admirar los círculos cóncavos con forma de lentes de contacto. Al carro fueron, junto con otros impronunciables, coronados por una bolsa de estrellitas, para espolvorear en sopas o ensaladas.

De ahí pasó a la sección de encurtidos, con su prosaica variedad en el idioma local. Había pepinillos grandes, pequeños y enanos, en vinagre, al eneldo y agridulces, encurtidos enteros, en rodajas y en virutas, sazonados con un toque de sensacionalismo yanqui: zingers, snackers y munchers.

Colocó un tarro de pepinillos al eneldo junto a las orechiette, mientras pensaba que en doce años sólo había probado una parte minúscula de las existencias de ese establecimiento. Nunca había probado las olivas rellenas de chiles muy picantes, nunca había comprado carambolas o naranjas sanguinas. Ir a hacer la compra siempre había sido un asunto rutinario en que el éxito se medía por la rapidez. Pero ahora decidió que compraría algo nuevo en cada visita.

Una vez en casa, tardó veinte minutos en descargar el maletero. Lata a lata, llenó los armarios hasta arriba y, estante a estante, llenó la nevera hasta abajo. Alimentó los tarros vacíos con harina, arroz y azúcar, hasta que toda la cocina rezumó promesas. Luego se echó en el sofá con sus viejos amigos Ben & Jerry y, mientras comía el helado, consideró el siguiente paso.

También era fácil: saldría a comprar a lo loco, sin reparar en gastos. A fin de cuentas, era Navidad y en toda la ciudad había luces, adornos y Papa Noeles de nariz roja en los jardines de las residencias universitarias. El consumismo era la receta estadounidense para lograr la felicidad, y ¿quién era ella para criticar el pasatiempo nacional? Esa misma tarde caminó kilómetro y medio hasta la tienda de café y pidió medio kilo de Colombia Supremo para Nate, envuelto con un lazo dorado. Para Margaret, examinó las hileras de cajas de cedro para el té, donde las bolsas reposaban en cuadrados de fieltro, como si fuesen pendientes. Demasiado extravagante para una británica que guardaba el té en una fiambrera de plástico.

Tomó un capuchino y fue a la puerta de al lado, la panadería, donde los hombrecitos de jengibre con botones de menta compartían espacio con las barras de chocolate. Para el viernes (su siguiente cita con Nate) encargó un pastel de zanahoria de dos capas con nueces, pasas y glaseado de crema de queso. Antes, sólo había encargado pasteles una o dos veces al año, para el cumpleaños de David o alguna celebración navideña. Pero ¿por qué no una vez al mes? ¿O al menos cinco veces al año?

Compró un pan de masa fermentada y arrancó pedacitos del cálido centro mientras recorría tres manzanas hasta la tienda de artículos de cocina. Allí, entre los cazos y los manteles, estaban todos los artículos que ella solía reservar para regalos de boda. Una ensaladera de teca con cubiertos a juego tallados como esbeltas jirafas marrones: perfecto para Anne. Y, para Margaret, una fuente para el horno pintada a mano en Polonia, con flores de color azulón y amarillo intenso. Escogió un mantel bordado a mano para ella, haciendo caso omiso del precio de la etiqueta con sus siniestros ceros, luego se detuvo en la acera para ajustarse la bufanda antes de emprender el largo regreso a casa. Algo en las bolsas rojas con asas blancas hizo que se sintiera una mujer de recursos.

El segundo día lo dedicó a la ropa. Por costumbre, empezó en la tienda de segunda mano, llena de vestidos de cóctel de universitarias usados una única vez. Los nombres de las etiquetas, —Liz Claiborne, Donna Karan— le parecieron un círculo de amigas ricas a cuyas fiestas nunca había asistido. Pensó que, en las guarderías, los nombres de los niños se escribían en las etiquetas de los abrigos. Ahora todos los niños se llamaban Eddie, Ralph o Giorgio.

Una hora después salió de la tienda con una blusa de rayón y una falda por debajo de la rodilla, pantalones de sport, bufandas y gruesas pulseras de oro. Dos puertas más abajo, entró en una tienda decorada con tutus y cascanueces. En la entrada había una gran cesta con guantes tejidos a mano, con caras de ovejas, vacas y ranas en las puntas de los dedos. Introdujo los dedos en una carnada de perritos y vio cómo meneaban las orejas. Con qué rapidez estas sonrisas estarían mugrientas y rotas, con las manos de los niños agarrándose a árboles y rocas. Pero le gustó el concepto y eligió un tema planetario para sus sobrinas: estrellas plateadas, lunas azules y dorados cometas en llamas.

Al lado estaban los albornoces de los bebés, seguidos de baberos a juego, gorros a juego, calcetines a juego. Dos meses antes, estos expositores de bodis estampados de ranas le habrían corroído el vientre vacío, pero ahora su mundo estaba abierto a infinitas posibilidades. Acarició un par de diminutas zapatillas de lana de llama antes de pasar a la sección de joyería para sus sobrinas.

Finalmente fue a The Body Shop y compró toneladas de espuma de baño: guisante e hibisco, vainilla y menta. Esa tarde, en casa, rodeó la bañera de velas perfumadas y cuencos con perlas para inhalar; luego contempló cómo las ventanas se difuminaban en el vapor.

El tercer día se levantó despacio. Era el momento de comprar para los hombres de su vida, dejar el baño y las tiendas infantiles y entrar en un mundo más oscuro. Sabía lo que quería para David, algo que le hiciese compañía en las tardes solitarias, pero Nate era un desafío, pues ya se había permitido todo aquello que un hombre puede desear.

Fue en coche a Best Buy, a media hora de distancia en una ciudad más grande y se pasó una hora vagando por pasillos de teléfonos móviles, cámaras digitales y accesorios de iPod. Sólo un artículo le llamó la atención, una cámara de vídeo ultraligera. Nunca había visto a Nate usar una; ésos eran juguetes para parejas con hijos, siempre intentando atrapar el momento. Sarah la sostuvo en la palma de la mano, la alzó a la altura de los ojos y pensó que sí, eso serviría.

El sábado por la mañana, se vio brevemente con Margaret para intercambiar los regalos. Dentro de dos días, Margaret partiría a Inglaterra, su anual visita navideña. Volvería en Año Nuevo con más acento británico, y entusiasmada con la crema espesa típica de su región.

—Vaya, vaya, qué bonito —rio Margaret mientras sacaba la fuente pintada a mano de su envoltorio—. Me temo que mi regalo no es ni la mitad de impresionante.

Sarah desenvolvió unos calcetines de lana tejidos a mano, color azul marino con rayas verdes.

—Son perfectos.

—También he tejido unos para mis hijas. Así hago algo mientras miro la tele.

—Tienes que enseñarme. Necesito un pasatiempo.

—Será un propósito para el nuevo año. —Margaret devolvió la fuente a su envoltorio de papel—. ¿Estarás bien esta Navidad?

—Sí, iré a casa de Anne. —Sarah se ruborizó al ver que Margaret arqueaba las cejas—. Esta vez voy de verdad. Nate también viene.

—¿Ah, sí? ¿No te parece arriesgado, llevarte al nuevo galán a que conozca a la familia?

—Nate es familia. —Sonrió Sarah—. Además, ya conoce bien a Anne y no tiene otro sitio adonde ir.

—¿Conque es un acto de caridad?

—Oh, sí. Soy muy caritativa.

—Vaya si lo eres. —Margaret se echó a reír—. ¿Así que nos estamos enamorando?

Sarah pasó el dedo por el canto de la mesa.

—No lo llamaría amor. Cuando ibas al colegio, ¿no había un chico que siempre estaba rodeado de chicas?

—Claro, lo llamaban Georgie Porgie, como en la canción.

—Muy lista. Me refiero a que a todas las chicas les gustaba él. Alguien que salía con todas. Alguien que a ti también te gustaba.

Margaret negó con la cabeza.

—Nunca me gustaron los más populares.

—A mí sí —suspiró Sarah—, al menos un poco. Y ahora siento que me ha llegado el momento de salir con el chico popular. Como si fuera mi turno.

—Hablas de Nate como si fuera una atracción de feria. ¿Como una vuelta por el Túnel del amor?

Sarah se encogió de hombros.

—Mejor que la casa embrujada.

A las tres y media de la tarde abría la puerta de casa de Nate, con una caja de pastelería en la mano izquierda. Nate no volvería del trabajo hasta dentro de dos horas, pero a ella le gustó la sensación de vagar sola por las habitaciones vacías. Estaban tan limpias, eran tan elegantes… como un hotel de lujo. Se sirvió una copa de vino de una botella de la nevera, luego encendió el televisor de pantalla panorámica y vio caer aguanieve en las montañas de Virginia oriental. En el baño principal, donde los accesorios de latón se confundían con las paredes de color marrón dorado, llenó el jacuzzi y abrió los armarios de Nate en una vana búsqueda de espuma para el baño; ése era el regalo para el hombre que lo tenía todo. Dejó la copa en el borde embaldosado, amontonó la ropa junto al lavabo y se acomodó en el agua humeante.

Pasó una hora antes de que oyese sonar el teléfono. La voz de Nate se oyó en el dormitorio, preguntando si ya había llegado. Compraría algo de cenar de camino a casa. Cuando la voz se hubo apagado, Sarah cogió una toalla, quitó el tapón y dejó un rastro de huellas mojadas hasta el dormitorio. Encontró un albornoz en el armario de Nate, se arropó en él y se metió en la cama.

Nate llegó a las seis y media con una bolsa de comida tailandesa para llevar y se echó a reír al ver a Sarah con su albornoz, leyendo en el sofá de la sala.

—Ponte cómoda.

Cenaron en la cocina y abrieron otra botella de vino mientras Nate le contaba cómo le había ido el día. Parecía que la Reserva Federal iba a mantener los tipos de interés durante unos meses más. El mercado subía de nuevo y los riesgos de inflación y deflación se equilibraban. Sarah intentó no escuchar. Era todo demasiado prosaico, este hombre que volvía del despacho y contaba cómo le había ido el día a la mujer que esperaba con un pastel de zanahoria. Sarah abrió la caja de la pastelería sólo para silenciarlo.

Un glaseado naranja y verde lima, y una guirnalda de zanahorias diminutas que recordaban a Peter Rabbit. Cortó dos trozos y luego observó cómo las limpias uñas de Nate desataban el lazo dorado de su medio kilo de café.

—Colombia supremo. —Sonrió—. Mi preferido.

—Espera. —Sarah fue a la sala y regresó con una caja de envoltorio plateado—. Quería darte el regalo de Navidad pronto, sin que Anne y las niñas lo viesen.

—Buena idea —rio él mientras rasgaba el papel—, nunca he tenido una de éstas.

Extrajo la cámara del embalaje rígido, enchufó la batería a la pared y examinó los botones mientras Sarah se comía el pastel. Durante los diez minutos siguientes, él le enseñó el zoom y a enfocar, y explicó cómo se podían retransmitir las imágenes en internet.

—Ni te lo plantees —murmuró Sarah.

Nate insertó la batería y empezó a filmarla mientras ella fregaba los platos.

—Deja los platos. —Nate bajó el objetivo y desapareció por el pasillo—. Yo también tengo algo para ti.

Regresó con un paquetito rojo en una mano y la cámara en la otra, sin dejar de grabar.

—Ésta es Sarah, una semana antes de Navidad, abriendo su regalo.

La cámara la observó desenvolver el papel rojo, alzar la tapa de una cajita blanca y quedarse mirando el regalo de Nate, que descansaba en su lecho algodonado. Un anillo de oro y diamantes, pero no para el dedo. Era una pulsera con la forma de un círculo perfecto; los diamantes resplandecieron cuando los sacó de la caja. Normalmente, habría rechazado algo tan extravagante. Este era un regalo para un veinte aniversario de casados, no para una aventura de un mes. Pero las piedras eran tan hermosas y el trabajo tan delicado, que se sintió subyugada. Su arrebato en el supermercado, su entusiasmo por el menaje, los manteles y la teca, de pronto parecían una fruslería. Representaban sólo el más diminuto de los caprichos, mientras que ahí, en sus dedos, tenía la definición del lujo.

—¿Te gusta? —preguntó Nate.

Sarah miró el oscuro ojo del objetivo.

—Sí.

Cuando Nate le cerró la pulsera en la muñeca, Sarah se sintió elegida. El círculo no le pasaba por la mano, igual que el anillo de boda ya no le pasaba por los nudillos, y ésos fueron los dos únicos objetos que permanecieron en su cuerpo esa noche, cuando se acostó en la cama de Nate.

En las horas oscuras de la mañana, siguió despierta con la pulsera suspendida ante los ojos, volviendo la muñeca a un lado, luego al otro. Estaba preocupada, sopesaba las motivaciones de Nate, se preguntaba por qué no estaba acostado junto a una mujer diferente, alguien más joven y hermosa, alguien como Jenny. Supuso que era una victoria acostarse con la mujer del hermano. Supuso, también, que ella era la primera mujer disponible después de su separación. Probablemente Nate era la clase de hombre que no sabía estar solo, que necesitaba la admiración de una mujer para sentirse bien consigo mismo. Sobre todo ahora, con su hermano muerto, imaginó que su romance era un producto del luto, una forma de aferrarse al último miembro de su familia.

Pero Sarah esperaba que hubiese algo más, porque había algo que no le había contado a Nate en el Mayflower, un detalle esencial que le remordió durante toda la cena y la mantenía despierta a esas horas de la madrugada. No le había dicho a Nate que llevaba cinco años sin utilizar ningún método anticonceptivo.

Claro que Nate no era un adolescente irresponsable, ajeno a las consecuencias. Un hombre a mediados de la treintena comprendía que, para una mujer como ella, sexualidad y fertilidad eran una sola cosa. Él debía de saber lo que estaba en juego, igual que supo de todos los embarazos fallidos, llamándola para expresarle sus condolencias por cada pequeña muerte, diciendo cuánto lo sentía y cuánto deseaba poder hacer algo al respecto. Y ahora lo hacía. Con David ausente, Nate desempeñaba la función bíblica de acostarse con la viuda del hermano, para que la familia perdurase.

Sarah no podía decirlo en voz alta. Sonaría demasiado grosero, demasiado calculador e incestuoso. Pero lo consideraba el acuerdo tácito que había entre ellos, en esta cama. Nate interpretaba el papel de Kevin Kline en Reencuentro, el apuesto donante de esperma que comparte su excelente grupo genético. Lo que no implicaba que él fuese a evitar otro aborto natural; el espectro siempre estaba ahí. Pero mientras ella fuese sexualmente activa había un resquicio de esperanza, y ése era el mayor regalo de Nate esas navidades; más que la pulsera, que le guiñó el ojo mientras giraba a la luz de la luna.