SIETE

SIETE

Otho Waernicke se sentía como si alguien le hubiese clavado un atizador al rojo en la tripa y le hubiese hurgado un poco en los órganos vitales.

No sabía en qué parte del bosque se encontraba, y estaba más asustado de lo que había estado en toda su vida.

Las pendencias eran más propias de él. Salir a la niebla de Altdorf con sus compañeros de liga y pelearse con las bandas de los Ganchos o los Peces en los muelles, o con los alborotadores del impuesto del pulgar por la calle de las Cien Tabernas, o con los condenados revolucionarios. Esa era la pelea de verdad, la auténtica valentía, el honor de verdad. Una buena pendencia con una buena borrachera, y un buen revolcón con una moza para acabar.

Rudiger era sólo un maníaco que había salido a matarlo. El conde von Unheimlich no era mejor que la Bestia, aquel revolucionario mutante que había descuartizado a media docena de putas de Altdorf dos años antes. Otho había peleado bien la noche en que desenmascararon al monstruo.

Yefimovich era el tipo de criatura que debía ser cazada en la noche. Probablemente se aficionaría a eso.

Le dolían los pies calzados con unas botas que no eran suyas, y estaba helado hasta los huesos.

¿Dónde estaba Sylvana? Ella lo había metido en esto, y ahora era su deber evitar que su grasa fuese a parar al horno.

Ahora la grasa le pesaba. Nunca antes le había resultado tan molesta. La carne y la bebida le conferían un buen físico a un hombre.

Correr no era problema, pero no dejaba de golpearse contra los árboles y hacerse cortes en la cara o desgarrarse la ropa. Pocos minutos antes se había torcido un tobillo que ya le latía, y temía haberse roto algo del mismo.

Esto era una pesadilla.

No podía recordar cómo había sucedido. Sólo había permanecido un momento encima de aquella ramera de Sylvana, cuando lo levantaron con brusquedad y lo abofetearon como a un tonto.

El conde Rudiger lo había golpeado.

Por eso había vomitado tanto.

Una rama de árbol ridículamente baja salió de la oscuridad y le golpeó el rostro. Sintió que le manaba sangre de la nariz y se dio cuenta de que tenía algunos dientes flojos.

Deseaba encontrarse de vuelta en Altdorf, roncando en su cama de la casa de la liga, soñando con mujeres calientes y cerveza fría.

Si salía de ésta, ingresaría en la orden de Sigmar. Tomaría los votos de la abstinencia, el celibato y la pobreza. Haría ofrendas a todos los dioses. Donaría su dinero a los pobres. Se presentaría voluntario para las labores de misionero en las Tierras Oscuras.

Sólo con que le permitieran vivir…

Se agachó para pasar por debajo de una rama y continuó adelante.

Toda la sangre que había estado perdiendo y las ramas contra las que había estado chocando, conformarían un rastro que el conde podría seguir. Los cazadores eran buenos en toda aquella porquería de seguir a las presas mediante arañazos en la corteza de los árboles y ramitas combadas que yacían en el suelo.

¡Misericordiosa Shallya, él quería vivir!

No dejaba de ver la flecha del conde que atravesaba la cabeza del unicornio, el ojo color ámbar que estallaba, la punta de la flecha que emergía entre las crines.

De repente, el suelo desapareció bajo sus pies y Otho cayó. Su rodilla chocó contra una piedra, seguida por su espalda, su cabeza, su culo. Rodaba pendiente abajo, hiriéndose con piedras y ramas. Por último, se detuvo boca arriba.

Se limitaría a yacer en espera de la flecha del conde.

No podía ser peor que correr en la oscuridad.

En lo alto veía las lunas, Mannslieb y Morrslieb.

Le rezó a Morr, dios de la muerte, para implorarle que lo ayudara a resistir. Tenía exámenes que aprobar, una vida que vivir.

Recordó el dolor de estómago y rodó sobre sí. No podía tener nada más en el estómago que pudiera vomitar, pero su vientre se contrajo y él tosió, atragantado con la bilis.

Así es como quería morir.

Frotó el rostro en el gélido suelo y aguardó a que la flecha se le clavara en la espalda.

Dejaría tras de sí tres bastardos no reconocidos de cuya existencia estaba enterado, y cuentas impagadas en una docena de tabernas. No sabía si había matado a algún hombre, pero en las pendencias había arrojado piedras y cuchillos, y cualquiera de sus oponentes podría haber muerto a causa de los puñetazos que él les había propinado. Había servido a su emperador y había llevado toda una vida consagrada a defender la Casa del segundo Wilhelm de los enemigos.

Una punta lo pinchó entre los omóplatos y supo que aquello era el final.

—Matadme —dijo al tiempo que rodaba para ofrecerle el vientre a la espada—. Matadme de frente.

No era el conde quien se hallaba de pie junto a él.

Por el contrario, se encontró mirando dos enormes ojos de color ámbar situados a ambos lados de un rostro alargado, entre los cuales había un cuerno chispeante que le daba empujoncitos.

La yegua de unicornio exhaló aire y de su nariz salieron jirones de escarcha.

Los unicornios son caballos con cuerno, pero los caballos no tienen mucha variedad de expresión.

Aquel unicornio le sonreía, se burlaba de él. Los ojos de los sementales eran turbios, pero los de la yegua eran brillantes, relumbrantes, alarmantes.

Se quedó petrificado y sintió que se le aflojaba la vejiga y le inundaba los pantalones con una calidez húmeda.

El unicornio relinchó algo parecido a una carcajada y apartó el cuerno.

Era más alto que el corcel de caballería más alto que Otho había visto jamás, con una larga crin y poderosa musculatura. Inmensamente fuerte, era a la vez pulcramente femenino.

Horrorizado de sí mismo, Otho no pudo evitar reaccionar ante el animal como lo haría ante una mujer.

Por primera vez en la vida, Otho Waernicke veía algo que consideraba hermoso.

Entonces, con una ondulación de blancura en la oscuridad, desapareció.

Otho no podía creer en su suerte. Sollozó de alivio y profirió una sonora carcajada, atragantándose con las emociones que estallaban dentro de él.

Luego oyó a los otros animales que se aproximaban. Gruñían y ladraban, avanzando a gran velocidad por el trecho que mediaba entre ellos y Otho.

Los dos perros irrumpieron desde dentro de la noche y le clavaron los dientes en la grasa.

Otho profirió un alarido.