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Llevaban una hora trabajando en un tema.

No era mucho.

Pero tampoco era poco.

Habían tardado meses en completar su último álbum.

Todo lo contrario del primero, hecho en apenas unos días.

Todos los grupos pasaban por lo mismo, y sin embargo…

Silvio movía la cabeza de lado a lado al tropezar con la invisible barrera de su impotencia. Gabi sentía la rabia del ciego que quiere volver a ver y no puede. Gonza simplemente los seguía.

Todo estaba allí, en el estudio, en sus manos, en sus cabezas, pero no encontraban el camino.

Canciones que, para otros, serían excelentes.

Pero no para Lágrimas de Cocodrilo.

A veces, sin pretenderlo, pensaban en Marc.

Otras en Pau.

En el fondo también se estaban tratando de salvar a sí mismos.

—Tenemos un montón de partes y ningún todo —dejó caer las baquetas Silvio.

—Os metéis demasiada presión —dijo Gonza.

—¿Cuánto tiempo vamos a darnos? —preguntó Gabi.

El interrogante flotó en el aire.

No hubo respuesta.

Silvio miró la hora. Podían pasarse la noche allá abajo, pero sabía que eso, en aquel momento, no serviría de nada, que era mejor descansar y volver a intentarlo al día siguiente. Los días de noches en vela formaban parte de la historia, el pasado en que eran jóvenes…

—Vamos a descansar —dijo apartándose de la batería.

Gabi dejó la guitarra. Gonza su bajo.

Silvio fue el primero en salir. Enfiló la escalera y, a su espalda, se hizo la oscuridad cuando Gabi apagó las luces. Una vez arriba apenas si se miraron.

Como si sintieran vergüenza.

—Hasta mañana, tíos —les deseó.

—Hasta mañana —dijo Gabi.

—Que descanséis —dijo Gonza.

Cuando Silvio entró en su habitación, a pesar de la hora, se encontró con Elisabet despierta, leyendo un libro.