16
Gabi había conectado los altavoces al ordenador, así que el sonido del vídeo atronaba el piso de un extremo a otro, llevando aquella explosión de rock hasta el último rincón de la casa.
Posiblemente del edificio entero.
YouTube era una mierda.
Todo era gratis. Ningún músico se llevaba nada por aquello. Pero servía para encontrarlo todo, conciertos olvidados, vídeos perdidos, entrevistas que ni recordaba haber concedido…
Era la primera vez que veía el concierto homenaje a Pau.
No llevaba ni una semana muerto, y allí estaban ellos, emulando a los Rollings en Hyde Park en el 69, en el concierto homenaje a Brian Jones.
En apenas veinticuatro horas, Silvio y él habían compuesto Memoria.
—¡Esto es por Pau! —gritaba él mismo en ese momento—. ¡Por Pau, que ahora está tocando con Jim, con Janis, con Jimi, con Brian, con Kurt…!
La gente aullaba.
Había pancartas, en español y en inglés. Pau-Paz, Pau forever.
Algunas fans lloraban.
Y ellos cantaban Memoria.
Gabi tenía un nudo en la garganta.
No por el vídeo, el concierto o la canción. Lo tenía porque no recordaba nada.
Nada.
«¡Por Pau!».
Había superado el dolor con cocaína, pero el dolor era como un corcho. Por más que se le hundiera en el fondo del mar, tarde o temprano salía a flote. Y ahí se quedaba.
Pau los mantenía unidos a todos.
Pau y su buen humor, Pau y sus bromas, Pau y su eterna infancia.
La cámara era estática. No se trataba de una película editada, sino de una filmación simple, aunque con un sonido más que decente. Podía ver más o menos las caras, las expresiones de cada cual. Silvio con los ojos cerrados salvo cuando cantaba. Marc enfebrecido, huérfano sin su compañero de riffs y solos. Gonza quieto, como siempre, como la mayoría de bajos que saben que el espectáculo lo dan los guitarras.
Y él…
Ido, colgado, despidiendo al caído sin ver que a veces lo peor es quedarse.
¿Cuántas puertas hemos de cruzar
para salir de la oscuridad?
¿Cuántas ventanas hemos de abrir
para ver la luz del sol?
¿Cuántos momentos hemos de gastar
para que uno nos de las respuestas?
¿Cuántos amores hemos de quemar
para que uno nos de la paz?
Iba a golpear la pantalla del ordenador con el puño cerrado cuando, inesperadamente, la mano de Maya atravesó el espacio saliendo de su espalda y le quitó el sonido de golpe.
Gabi volvió la cabeza.
—¿Estás loco? —le gritó la modelo con los ojos fuera de sí—. ¡Se te oye desde la calle! ¡El vecino de abajo ya estaba en la escalera y me ha soltado la misma paliza de siempre!
No supo qué decir.
A veces parecía una muñeca.
Vivía en su mundo. El mundo de las muñecas articuladas.
—¿Qué miras? ¡Pareces tonto! —Siguió ella.
Quería besarla. Desnudarla allí mismo y hacerle el amor. Pero también pegarle. Ver si era capaz de llorar alguna vez. Si bajo la frialdad perfecta de su imagen existía un mínimo calor.
Él, pegando a una mujer, como su padre.
—No me he dado cuenta —se oyó decir a sí mismo.
—¿Y qué estabas viendo, por Dios? ¿Qué era esa porquería? —no dejó de gritar ella, más y más furiosa.
—Esa porquería éramos nosotros —dijo él.
—¡Pues no me extraña que os separarais! ¡Sonabais de puta pena!
Le brillaban los enormes ojos. Eran impactantes. Casi irreales. Su pequeño pecho se agitaba. Las cuidadas manos de uñas violetas parecían garfios. Las delgadas piernas sostenían el frágil equilibrio de su cuerpo. Y la boca, pintada de rojo. Sus labios en forma de corazón, siempre asomando por ellos la blancura de los dientes, como marca de identidad.
Sexo o violencia.
Tal vez las dos cosas.
Se sentía turbulento.
—¿Te pasa algo?
—¡Sí, que he estado dos horas haciendo ese maldito casting para nada! ¡Eso me pasa! ¡Y llego a casa y te encuentro aquí sin dar golpe, con los vecinos en pie de guerra!
En la calle era una diosa. En un casting había cincuenta igual que ella. O más.
—¿Por qué no te han dado el trabajo?
—¡Y yo qué sé! ¿Crees que me lo han dicho? ¿Desde cuándo se dignan a tratarnos como personas? ¡Panda de burócratas, ineptos, hijos de puta!
—¿Por qué sigues gritando?
—¡Porque estoy furiosa!
Gabi se olvidó del sexo.
Siguió deseando pegarle.
De pronto ya no la deseaba. En ese momento la odiaba.
—Maya.
—¡¿Qué?!
—Vete a la mierda, ¿quieres? —le dijo envuelto en una exquisita paz.