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El teléfono sonó por enésima vez y Gonza pensó que lo mejor era desconectarlo.
Miró el número en la pantallita.
Desconocido.
El regreso de Lágrimas de Cocodrilo era el tema del día.
El maldito trending topic del día.
Se dejó caer en la butaca y se llevó las manos a la cara.
Pensó en Marc.
En lo que todo aquello podía afectar a su recuperación.
Marc había encontrado el cadáver de Pau. Algo difícil de superar. Llevaba muerto varias horas y estaba solo. Tristemente solo. En lugar de salir corriendo, llamando a quien fuera, se sentó a su lado un rato antes de ir a por bebida, regresar y emborracharse hasta caer desvanecido. Todo un día así antes de que una de las novias de Pau diera con ellos.
Lo peor era que Marc, aquel día, llegó tarde a su cita con Pau. Dos horas tarde. Siempre pensó que si hubiera sido puntual, él seguiría vivo.
No entendía que Pau hubiera muerto igualmente, ese día u otro.
El teléfono dejó de sonar cuando saltó el buzón de voz.
Ningún mensaje.
Quien llamaba, cortó sin más.
Las manos de Caro aparecieron por detrás de él. Iba descalza, así que no había oído ni el rumor de sus pasos. Le besó la cabeza y le acarició el vientre con dulce suavidad.
—¿Tan malo es? —le preguntó.
—Sí —dijo Gonza.
—De todos modos, era un secreto difícil de guardar.
—Si ya tuviéramos algo… Pero no tienen nada. Silvio y Gabi nunca han trabajado bajo presión, y esto va a ser un plus para ellos. Pueden echarlo todo a rodar.
Caro dejó de estar a su espalda. Se colocó delante y se sentó encima de él, de lado, para verle bien. Gonza le puso una mano en el vientre. Un gesto instintivo.
—Y pensar que golpeaste a Juanjo Miralles por el simple hecho de proponerte que regresarais.
—Ahora es diferente.
—Lo sé.
—Quiero hacerlo.
—Dilo.
—¿Decir qué?
—Que lo necesitas.
—Sí, lo quiero y lo necesito —convino sinceramente.
—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó Caro—. ¿Quedarte aquí todo el día oyendo cómo suena el teléfono y sin contestar?
—No.
—Entonces va, haz la maleta y vete con ellos.
—Tengo las actuaciones…
—Pasa de ellas.
—No puedo dejarlos colgados.
—Encontrarán a otro, o esta noche tocarán sin bajo y experimentarán. Es música, ¿no? Tú llámalos. Diles que estás en el hospital con gastroenteritis. Esto es una causa de fuerza mayor.
Gonza le cogió las manos.
—Eres mala —dijo.
—No lo sabes tú bien. Venga —se levantó—. Puedes estar allí esta misma noche. Seguro que lo agradecen. Ahora os necesitáis más que nunca.
Era la verdad.
Tan simple.
—¿Quieres deshacerte de mí ya? —quiso bromear.
—Por supuesto —asintió ella—. Ya me has embarazado así que, ¿para qué te necesito?
—Mira que me lo creo…
—También me tocan unas vacaciones…, aunque no muy largas —convino—. Iré contigo en cuanto acabe el congreso de la semana que viene, ¿de acuerdo?
El teléfono atronó el aire otra vez.
Gonza no pudo ni quejarse, porque Caro le selló la boca con un largo beso.