23

Las primeras palabras habían sido:

—Estás más viejo.

—Y tú más feo.

—Cabrón…

—Será posible…

—Joder, tío.

—Sí, joder, tío.

Después se echaron a reír.

Luego se dijeron:

—¿Estás seguro de esto?

—No, ¿y tú?

—Tampoco.

—Entonces…, adelante.

—Sí, adelante.

—Si estuviéramos seguros, sería peor.

Y volvieron a abrazarse.

Habían transcurrido ya muchos minutos desde eso. Se acercaba la hora de la llegada de Gonza. Silvio y Gabi hablaban de sus discos en solitario, de cómo era de distinto el mercado discográfico, el mundo en general. Daban la impresión de ser lo que eran: dos viejos amigos reencontrándose después de mucho tiempo. Un tiempo oscuro que tocaba a su fin. Juanjo apenas si intervenía, salvo que le preguntaran. Los miraba a ambos, y sentía una enorme felicidad, ganas de llorar. Si no era un milagro, se le parecía. La escena de la pelea estaba impresa en su mente. Le había atormentado todo aquel tiempo. Ahora formaba parte de un pasado tenebroso. Quizá volvieran a pelearse en el futuro. Quizá, a pesar de todo, estaban condenados a repetir la historia y acabarían por segunda vez a golpes. Quizá acabasen como los Stones, odiándose entre sí pero con la suficiente inteligencia y capacidad para seguir trabajando juntos. Quizá fuera peor, aunque creía en los milagros y confiaba en que todo fuera mejor.

Mucho mejor.

Diez minutos antes de la hora en que tenía que llegar Gonza, hablaron de trabajo.

—Gabi, ¿estás de acuerdo en que si no conseguimos componer algo que valga la pena, no habrá regreso?

—Completamente. No quiero salir a un escenario tocando solo las viejas canciones.

—¿Juanjo? —Silvio miró al mánager.

—Lo que digáis —lo aceptó—. Pero, sea como sea, ya sabéis que algunos os acusarán de volver por la pasta. Es inevitable.

—Que les den —fue tajante Gabi.

—La única forma de cerrar bocas es grabar un álbum potente —lo certificó Silvio.

—No sé por qué dudáis de vuestra capacidad —dijo Juanjo—. Siempre que habéis trabajado juntos han salido cosas increíbles.

El batería se expresó con un deje de tristeza.

—El tiempo no perdona —dijo.

—Tampoco hace falta que os forcéis. No hay prisa.

—No habrá prisa, pero yo necesito trabajar —le recordó Gabi—. Me gasté mi último millón de euros hace mucho.

—Puedo pedir un anticipo a la discográfica —tanteó Juanjo.

La respuesta de los dos fue unánime:

—Ni hablar —fue rápido el guitarra.

—Nada a nadie hasta que no estemos seguros —advirtió el batería antes de mirar a su amigo para decirle—: Primero seguimos con nuestras vidas. Yo tengo algunas actuaciones pendientes y he de cumplirlas. Imagino que tú estarás igual, y lo mismo Gonza. Cuando Marc esté bien nos ponemos en marcha. Podemos trabajar en el estudio de mi casa. Allí la vida es más sencilla. ¿Qué te parece?

Gabi levantó las dos manos en un claro gesto de aceptación.

Quedaba lo peor.

Hablar de cómo ir a por Marc.

No llegaron a tocar el tema. El timbre de la puerta sonó por tercera vez y Juanjo se levantó para ir a abrir. Silvio y Gabi se levantaron.

Gonza.

Gonza el tocapelotas.

Gonza el eterno tercero en discordia.

Cuando el bajo de Lágrimas de Cocodrilo entró en la sala se los quedó mirando.

Primero serio.

Muy serio.

Después, poco a poco, expandió una sonrisa quedona en su rostro.

Dio un paso y se echó encima de ellos.

Solo dijo tres palabras.

—¡Hijos de puta!