57
Durante los primeros minutos ni hablaron.
Silvio conducía despacio, como si sus pensamientos fueran demasiado pesados. A su lado, Gabi miraba por la ventanilla, en apariencia distraído.
Fue así hasta llegar a la carretera principal.
Entonces Gabi rompió el silencio.
—¿Qué opinas?
—¿De qué?
—De todo —se encogió de hombros—. Marc, la situación, nuestra falta de inspiración…
—¿Cuándo creímos en la inspiración?
—No, claro.
Siempre habían empleado la palabra «trabajo».
Y otras, como «entrega», «voluntad», «ideas»…
—Mira, solo sé que si no hacemos algo, a Marc le perdemos.
—¿Pero no querrás salir del paso con cualquier mierda?
—No, eso no.
—¿Entonces?
—Seguiremos trabajando —se limitó a decir.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta cuando sea necesario. Puedes quedarte en mi casa sin problemas. Todo el verano si hace falta.
—Volveríamos a matarnos.
—No, hombre, no.
—¿Todo un verano solo, contigo y con Elisabet?
—Búscate una novia. La hija de la panadera del pueblo es guapa.
Gabi le soltó un guantazo en el hombro.
—¡Pero qué capullo eres!
—¡Ay! —se quejó Silvio.
—¿Yo con una panadera?
—¡Más quisieras! —se rio el batería—. Cuando la veas, ya me dirás. Y ni nos conocía, así que, como quien dice, mentalmente está virgen.
Circularon un kilómetro más, sin poder correr porque les cerraba el paso un camión.
—¿Recuerdas nuestro último álbum? —preguntó Silvio.
—Los recuerdo todos —asintió Gabi.
—Me refiero a que también nos costó mucho arrancarlo. No encontrábamos nada, ni una nota, ni una idea para una letra, y de pronto…
—Yo compuse Tiempo de cólera.
—Exacto —exclamó—. Te salió sin más, una tarde, y entonces yo hice Paisa y el resto…
—Nos salió en una semana.
—Fueron dos, pero da igual. Conseguimos desatascarnos y acabamos haciendo un disco enorme. Incluso Gonza aportó sus dos mejores canciones. ¡Fue un álbum enorme!
Su canto del cisne, pero eso no lo dijeron en voz alta.
No era necesario.
—¿Crees que la historia puede repetirse? —dudó Gabi.
—Sí, lo creo.
—Así que vamos a seguir en tu estudio, hasta que lo consigamos.
—Hasta que sangremos —dijo Silvio.
—¿Y si llamamos ya a Gonza? ¿O prefieres esperarle?
La propuesta de Gabi le sorprendió.
—¿Hablas en serio?
—Claro. Incordio o no, cuando él se ponía a tocar el bajo…
—Era toda una autopista.
—Exacto. Una buena línea de bajo siempre lo es.
—Le llamaré cuando lleguemos para contarle lo de Marc y ver cómo anda y cuándo acabará de tocar en el Jambore —propuso Silvio.
Gabi apoyó la cabeza en el respaldo y se envolvió con un largo suspiro.
—Trabajábamos bien bajo presión —dijo.
—Teníamos veinte años.
—Y éramos unos capullos creídos —se burló.
La respuesta de Silvio también quedó rematada por una carcajada.
—Sí, ¿verdad?