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Los aplausos del último pase fueron mucho más consistentes que los del primero. Había más gente, y parecían más entendidos. Incluso una mujer, de unos treinta y cinco años, se le acercó para pedirle un autógrafo antes de que entrara en la zona de los camerinos del local.

—Me llamo Iria.

—Precioso —reconoció mientras se lo ponía en el papel que acababa de tenderle y con el bolígrafo que le había dado.

—Siempre me pareciste genial —le dijo ella mientras firmaba la dedicatoria.

—Gracias.

—Adoraba tus canciones, aunque solo hubiera una o dos en cada disco. Ladrón de medianoche me marcó.

—¿Qué edad tenías entonces?

—Diecinueve.

—Ya.

—Estoy con una amiga. ¿Quieres tomar algo con nosotras?

Gonza la miró.

Era una mujer. Ni mejor ni peor que otras. Lo bastante atractiva. Lo bastante interesante. Lo bastante poderosa como para atraer a cualquiera, y más a aquella hora. La amiga tampoco estaba mal. Las había visto sentadas en primera fila. Dos mujeres solas, tal vez separadas, tal vez, simplemente, libres.

En otro tiempo habría dicho que sí.

«En la madrugada, después de tocar, todas te parecen guapas, y más si se mueren por ti», le dijo una vez un viejo roquero, cuando ellos empezaban.

En otros tiempos.

—Gracias, he de irme a casa.

—Claro.

Se dieron un beso en las mejillas. Iria olía bien. Al separarse le vio el brillo de los ojos. Luego ella regresó a su mesa y él entró en el pasillo.

Fue rápido. Secarse el sudor, ponerse una camisa limpia, meter la sucia en la bolsa y salir a recoger el bajo. Luego, sin buscar con la mirada a Iria y a su amiga, caminar hasta la barra sin detenerse.

Todas las botellas, todas las bebidas.

Pensó en Marc.

Marc solo en la clínica, pasándolo jodidamente mal.

Pero vivo.

Salió del Jambore y cruzó la plaza Real en dirección a las Ramblas. El lugar todavía estaba lleno de noctámbulos. Algunos eran turistas apurando la noche. Encontró el taxi sin problemas y le dio la dirección de su casa. Se arrellanó en el asiento y agradeció que el taxista no fuera de los habladores.

Siguió pensando en Marc, pero también en Pau.

Luego por su cabeza aparecieron Silvio y Gabi.

Iria le había dicho que Ladrón de medianoche la marcó.

Era una gran canción. Posiblemente la mejor que hizo junto a Esta noche no quiero pensar en ti. Había sorprendido a Silvio y a Gabi con ella. Por una vez, no hubo discusiones. En cambio en tantas otras…

Era un buen músico pero no un gran autor.

Ni siquiera «un buen autor».

No había tráfico, así que llegó antes de que se diera cuenta. Pagó la carrera y subió al piso. Entró sin hacer ruido, pero al llegar a la habitación escuchó la voz de Caro en la penumbra.

—Puedes dar la luz.

—¿Despierta?

—Tampoco es tan tarde. ¿Cómo es que llegas temprano?

—No siempre me apetece quedarme con los demás a tomar algo.

—Bien. Anda, ven.

—Voy.

Se desnudó sin dar la luz como le había pedido ella. Se puso una camiseta y el pantalón corto, que encontró a tientas a los pies de la cama, y se metió bajo la sábana para encontrarse con los brazos abiertos de Caro.

Su cuerpo era cálido.

—¡Mmm…! Qué bien —le susurró ella al oído.

Se quedaron así unos segundos.

Hasta que Caro le acarició el rostro.

Le dijo una sola cosa.

—Has tardado en darte cuenta de cuánto los echabas de menos, ¿verdad?

Gonza no se sorprendió de su clarividencia.

Nada le sorprendía en ella, y más ahora que estaba embarazada.

—Sí —le respondió antes de buscar sus labios para besarla.