10
Gonza Iriarte había sido el más joven de Lágrimas de Cocodrilo y, lo mismo que George Harrison en los Beatles, su eterna lucha consistió en querer demostrar a Silvio y a Gabi que sus canciones eran, por lo menos, casi tan buenas como las de ellos. La mayor parte de peleas entre unos y otros surgieron a causa de esa insistencia. Como mucho, en todos los álbumes, Gonza había conseguido meter un tema propio. Únicamente en el último tuvo dos canciones. Dos notables canciones. En cambio era un gran bajista, excepcional, y su compenetración con Silvio a la batería uno de los pilares del sonido Lince.
Viéndole tocar en el Jambore, y a pesar de que no hacían precisamente rock, Juanjo comprendió que no había perdido su magia, su fuerza, su capacidad rítmica, algo que le hacía único.
Eran cuatro, un piano, un saxo, un batería y él al contrabajo. Hacían algo parecido al free jazz pero con toques personales, porque abundaban los solos. Daba la impresión de que no formaban un grupo, sino que se trataba de cuatro músicos unidos para hacer algunos bolos y ganarse unos euros. Cualquier experto podía ver lo mucho de improvisación que había en cada tema, arrancado por uno de ellos y seguido por los demás. Como mucho, se atrevieron con un par de clásicos.
Juanjo pensó en la noche que había visto a Miles Davis en el Palau de la Música, siendo un adolescente.
Tras la separación del grupo, Silvio y Gabi habían iniciado carreras en solitario, Marc se perdió en los vericuetos de sí mismo y Gonza, por más que lo intentó, jamás logró nada individualmente. El tiempo demostró lo que ya se veía en Lágrimas de Cocodrilo: que era capaz de hacer un buen tema cada dos o tres años, no más, y que, como cantante y tercera voz, no superaba a los dos líderes. Rodando por cualquier parte, había tocado en otras bandas, siempre para acabar saliendo a tiros. Si los componentes eran más jóvenes que él, no le soportaban, y si eran inferiores en calidad, porque acababan hartos de sus opiniones cuando no insistencias. En ninguna fue el líder. Tampoco logró formar un conjunto estable. Cosas que se sabían en los mentideros y la trastienda de la industria. Si seguía en la música era por vocación, porque le gustaba, por la necesidad de tocar en vivo, porque no sabía hacer otra cosa, y porque amaba el bajo más que a nada en la vida.
Tal vez hasta que había aparecido Caro.
Terminaba la actuación.
Los cuatro músicos, enzarzados en un crescendo visceral, se dejaban llevar por el último arrebato de pasión. El batería, el más flojo, iba un poco atropellado. El saxo retozaba sobre la base rítmica con sintéticas ráfagas que trataban de mostrar un cierto grado de paroxismo febril. El piano machacaba las teclas con fervor, en lo que parecía ser un alarde pero no era más que artificio. Gonza en cambio estaba haciendo una prodigiosa escala, y además sin aparente esfuerzo. Cuando tocaba con los ojos abiertos podía estar pensando en cualquier cosa, lo cual no significaba que no sintiese la música.
Llegaron al clímax y…
La gente aplaudió el esfuerzo. Ellos saludaron desde el pequeño escenario y, tras decir que volverían a salir en cuarenta y cinco minutos, que no se fueran, se retiraron. Juanjo no fue tras ellos de inmediato.
Con rock o con jazz, después de un concierto o de un pase corto como aquel, había que bajar la adrenalina.
—¿Quiere otra cerveza, señor?
Miró al camarero.
—No, gracias.
Se quedó solo.
¿Cuántos años llevaba así?
La oportunidad de su vida, tal vez la última, dependía de cuatro tipos geniales y de lo que decidieran en los próximos días.
Geniales.
Lo habían sido. Cinco contando con el pobre Pau.
¿Se conservaba ese genio con el paso de los años y el progresivo silencio y estancamiento de sus vidas?
Esperó cinco minutos más.
La gente, el público asistente, era variopinto. Algunos aficionados al jazz, algunos asiduos, algunos turistas y algunos jóvenes que estaban allí por cualquier azar. Probablemente nadie supiera que Gonza había sido uno de Lágrimas de Cocodrilo. Y si alguien lo sabía, le importaba muy poco. O nada.
¿Qué más daba? Allí era uno más. Otro músico tocando en un pequeño club, por placer o dinero. La mayoría de las personas se los imaginaban así, tipos bohemios, viviendo a salto de mata, libres pero muertos de hambre.
La mayoría de las personas no tenían ni idea.
Juanjo se levantó.
Cruzó la sala y se dirigió al acceso de los camerinos. Nadie le cerró el paso. Nadie le impidió cruzar aquella puerta. No era el backstage de un macroconcierto de rock, con veinte mil puestos de control y seguridad junto a una docena de gorilas personales para cada músico. Habían matado a Lennon. Nadie quería ser el siguiente.
Gonza estaba solo, sentado en una silla.
En calzoncillos.
Los dos se quedaron mirando, separados por un millón de años luz.