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La puerta que comunicaba el estudio con la salita de la mesa de mezclas estaba abierta, por eso había escuchado la guitarra. No supo si Silvio estaba ensayando o componiendo, así que se quedó quieto, expectante. De pronto comprendió que, a lo peor, le echaba a patadas, sin siquiera oírle. O lo haría después de hacerlo.

Allí se estaba bien, la temperatura era ideal, pero tuvo un ramalazo de frío.

—Ánimo —suspiró.

No, no era una grabación. Los aparatos no indicaban movimiento alguno, todos estaban apagados. Ningún dígito iluminaba las pantallas ni los ordenadores estaban conectados. Además, tampoco había un ingeniero de sonido. Silvio componía algo. Lo comprendió así cuando le vio detenerse, coger un bolígrafo y anotar algo en un papel situado en un taburete, a su lado.

Quizás una letra.

Lo estudió unos segundos mientras se bajaba la cremallera de la cazadora. Tenía el mismo cabello largo, rizado y alborotado. Estaba más delgado, también más enjuto. Superados los cuarenta, algunas canas tintaban de ráfagas blancas su pelo. En los días del grupo, no tocaba nunca la guitarra, así que verle componer con ella le resultó extraño. La batería, su batería, presidía sin embargo el estudio. A un lado, teclados, al otro, media docena de guitarras y un par de bajos. Allí lo tenía todo para hacer su propia música y grabarla.

Como había hecho con sus últimos dos discos en solitario.

Excelentes, pero lejos de la fuerza de Lágrimas de Cocodrilo.

Siguió esperando, sin atreverse a molestarle.

Hasta que Silvio se dio cuenta de que estaba allí.

Levantó la cabeza y le vio al otro lado del ventanal.

Elizabet había arqueado las cejas. Él, ni eso. Solo aquella acerada mirada con sus profundos ojos cargados de historia y música.

Unos segundos, para digerir la realidad.

Después, dejó la guitarra.

Se levantó y caminó hacia él, saliendo del estudio para entrar en la salita de control.

Los dos hombres se estrecharon la mano en silencio.

El primero en hablar fue el recién llegado.

—Hola, Silvio.

—Dios… Juanjo —soltó un bufido que poco a poco convirtió en una leve sonrisa—. ¿Hola Silvio? ¿Eso es todo?

—¿Cómo estás?

—La madre que te parió… Estoy bien, ¿no lo ves? —Abrió las manos—. ¿Y tú?

—Tirando.

—¿Sigues en el negocio?

—Sí, claro.

—Tus artistas…

—Mejor no hablar de eso —movió la cabeza de lado a lado.

Volvió el silencio. Breve. Los dos parecieron estudiarse. Se conocían bien. O se habían conocido bien. Juanjo intentó mostrarse sereno. Silvio siguió sonriendo.

Y eso era bueno.

—No te veía desde aquella noche —dijo el músico.

«Aquella noche».

No hacía falta precisar más.

La noche de los puñetazos, la noche en que todo se había venido abajo, la noche en que Lágrimas de Cocodrilo pasaron a la historia, la noche en que acabó un sueño y todos, todos, entraron en el desierto.

Tras una década de gloria.

Esa noche.

Doce años antes.

Una vida antes.

—Mucho tiempo, sí —reconoció Juanjo.

Silvio se encogió de hombros. Los años le habían dado serenidad, paz y estabilidad. Ya no parecía el batería demencial de antaño. El hombre capaz de tocar como un demonio, pero también de componer y cantar con una expresividad absoluta algunas de las mejores canciones de la historia del rock en español.

—Vamos, siéntate —le indicó la butaca que presidía la sala de control—. ¿O quieres ir arriba?

—Aquí está bien.

Silvio ocupó uno de los otros asientos. El lugar era relativamente grande, pero, con la mesa de mezclas y los restantes aparatos, daba la impresión de ser más angosto. Siguió manteniendo la sonrisa una vez superada la sorpresa. Y desde luego no perdió ni un minuto con una charla insustancial.

—¿Qué has venido a proponerme? —Fue directo.

Juanjo comprendió que era la hora de la verdad.

No iban a hablar precisamente de los viejos tiempos.

Bueno, cuanto antes se lo dijera…

—Quiero que volváis.

Tres palabras. Tres cuñas. Una bomba.

Silvio no alteró su rostro.

Pausa.

—¿Hablas en serio? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no ha habido ningún grupo como vosotros, porque no lo ha habido en estos años, porque seguís siendo una leyenda, porque habéis desperdiciado toda una década, y porque solos no sois nada, pero juntos…

—¿Recuerdas lo que dijimos al separarnos?

—Sí, que volveríais cuando el cielo se quemase, parafraseando a los Eagles.

—¿Y se ha quemado ya el cielo?

—Sí, Silvio. Se ha quemado —Juanjo sacó el móvil del bolsillo, buscó una imagen y se la mostró.

Una puesta de sol con un cielo rojo, absolutamente rojo.

—¿Tuviste una epifanía? —soltó una risa el músico.

—Hace dos días, sí, viendo esa puesta de sol. Pensé: «Parece que el cielo esté ardiendo». Y en ese momento lo vi claro, pensé en vosotros. Y aquí estoy.

—Increíble.

—¿No lo has pensado ni una sola vez en estos años?

—Alguna, sí —hizo un gesto vago—. Pero eso no significa nada.

—¿Cuántos grupos se han separado a lo largo de la historia, pagando el precio de su éxito, y al cabo de unos años han vuelto más fuertes que nunca, comprendiendo su error?

—No fue un error, y lo sabes. No podíamos más.

—El tiempo lo cura todo. La gente madura con los años.

—Vamos, Juanjo —expresó su desagrado con una mueca—. La muerte de Pau lo complicó todo. El final fue una completa mierda.

—¿Te imaginas lo que podríais hacer si volvierais?

—No.

—¡Claro que sí! ¡Un nuevo disco, una gira…! ¡Todo sería diferente!

—Nunca es diferente.

—¡No tendríais que convivir como antes!

—¿Desde cuándo un grupo no convive? Aunque Gabi o yo llevábamos una canción propia, por separado, las trabajábamos todos, las discutíamos, nos peleábamos…

—¡Coño, Silvio, porque erais unos perfeccionistas! Nunca queríais editar un disco que no tuviera diez o doce éxitos. ¿Un corte de relleno? ¡Jamás! Si una canción no servía como tema en solitario, fuera.

—Por eso hicimos lo que hicimos.

—¡Y por eso habéis de volver!

—Juanjo —Silvio le miró muy serio—. ¿Necesitas dinero, estás en apuros?

—¡No! —Se enfadó—. No nado en la abundancia, pero voy tirando. ¡La música ya no es lo que era, aunque los buenos resistimos! ¿Qué más puede pedir un mánager que haber descubierto a los mejores artistas de su tiempo? ¿Y qué más puede desear salvo que vuelvan? ¡Sería histórico! —Su énfasis le hizo inclinarse hacia adelante—. ¡Acabas de decir que lo has pensado alguna vez! ¡Eso es un resquicio!

—¿Sabes lo tranquilo que estoy aquí, con mi vida, con mi música…?

—¡Y una mierda! —Mantuvo la pasión—. Esto pude ser el paraíso, tienes a tu mujer y a tu hijo, vives bien, pero tú eres lo que eres. ¡Y eres músico! Grabas en solitario de peras a uvas, actúas de vez en cuando… ¡Tres discos en doce años! ¿Sabes que fui a verte una vez, hace dos años, cuando sacaste tu último CD?

—¿Por qué no viniste a decirme «hola»? —se extrañó.

—¿Para qué? ¿Para decirte que muy bien cuando en realidad salí de Razzmatazz llorando? ¡Por Dios, eras el líder de Lágrimas de Cocodrilo! ¡Ese grupito de aprendices con el que tocaste no os llegaba ni a…! —dejó de hablar al ver la expresión del dueño de la casa.

El silencio fue más largo.

—Hablas en serio, ¿verdad? —preguntó el músico.

—¡Claro que hablo en serio! ¡Para eso he venido!

—¿Y realmente crees que funcionaría?

—¡Sí!

—¿Como revival, las viejas glorias que vuelven?

—¡No! —Mantuvo su exaltación el mánager—. ¡Sé que si te pidiera eso me echarías a patadas! ¡Te hablo de volver con todas las de la ley! ¡Nada de vivir del pasado! ¡Incluso sé que si no sois capaces de componer material nuevo, del que os sintáis orgullosos, no lo haréis!

—Juanjo.

—¿Qué?

—Respira.

Tuvo que hacerle caso. Se detuvo y respiró.

Entonces advirtió que Silvio estaba riendo.

La noche de los puñetazos, todos enfrentados con todos violentamente, había sido muy distinto.

Por entonces hacía tiempo que no reían.

—Joder, Silvio… —soltó una bocanada de aire.

—¿Has hablado con alguien de esto?

—No, eres el primero.

—Gabi no querrá.

—Gabi querrá si tú quieres, y Gonza os seguirá a los dos con los ojos cerrados. El único problema es Marc.

—¿Por qué él?

—Ya veo que no lo sabes.

—¿Qué es lo que he de saber? —Se envaró Silvio.

Juanjo se lo soltó como si le disparara a bocajarro.

—Volvieron a internarle, y salió hace poco, pero sigue siendo alcohólico —dijo.