21
Gonza miraba el techo de la habitación, con ojos extraviados, cuando Caro metió la cabeza por la puerta y lo descubrió. El músico estaba tumbado en la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza, bañado por la intensa luz que entraba por la ventana.
Por un momento, estuvo tentada de dejarle en paz.
Acabó sentada a su lado, contemplándole con cariño. Apartó un mechón de cabello rebelde de su frente y se quedó quieta hasta que él movió los ojos y los depositó en ella.
—Un euro por tus pensamientos —le ofreció.
—Mejor un beso —negoció él.
—Eso es mucho —se cruzó de brazos.
—También lo son mis pensamientos.
—Vale. Ya sabes que se me convence rápido.
Se inclinó sobre él y le besó suavemente.
Luego se apartó antes de que Gonza la abrazara y se animara.
—Tus pensamientos —le exigió.
—No pensaba en nada. Tendré que devolverte el beso.
—Te lo perdono, pero no me vengas con historias, va. ¿Pensabas en el grupo, en el reencuentro, en lo que harás a continuación…?
Gonza se encogió de hombros.
—Un poco de todo.
—¿Nervioso por lo de mañana?
Tardó en responder. Lo hizo con un sucinto:
—Sí.
—No tiene por qué ser tenso. Será un reencuentro feliz.
—La última vez…
—La última vez acabasteis a tortas, sí. ¿Y qué? Cuando tú y yo discutimos…
—Tú y yo nunca discutimos —le recordó.
—Pues sería hora de que lo hiciéramos. Una buena pelea tiene el premio de una buena reconciliación —puso un dedo en su pecho.
—¿Quieres que nos peleemos de vez en cuando?
Caro se echó a reír al ver que él se lo tomaba en serio.
Fue breve.
Recuperó la seriedad y convirtió el dedo en una mano plácida que apoyó en él.
—Escucha —le dijo—. No te conocí en aquellos días, no puedo juzgar de primera mano, no sé lo que sentías, aunque me lo has contado. Solo sé cómo eres ahora, y cómo has sido en estos años que llevamos juntos. Y te diré una cosa: eres el mejor hombre que he conocido, pero como músico te he visto consumirte poco a poco, tocar aquí y allá por la necesidad de sentirte vivo, mantenerte a flote por amor a la música y porque sé que en un escenario es cuando te sientes realmente libre. Lo sé porque te he apoyado, he estado a tu lado en cada momento. Y es ahora, justo en este instante, cuando, lo quieras o no, vas a renacer.
—¿Me ves así? —Frunció el ceño.
—Te quiero, y quiero que seas feliz —se lo resumió ella.
—Aquello fue un infierno, Caro —suspiró Gonza—. Si vuelve a pasar…
—Nadie dice que vaya a ser fácil. Tendréis que cicatrizar heridas, olvidar lo malo, concentraros en lo bueno, quizá empezar otra vez desde cero, no lo sé. Tendréis que daros tiempo, recuperaros los unos a los otros. Intentar salvar a Marc —puso el dedo en la llaga del gran interrogante del regreso—. Y, a fin de cuentas, si no sale, si a pesar de todo no lo conseguís, pues mala suerte. Si no sacáis nada de provecho, adiós. Puede que la clave de todo sea el reencuentro, ayudar a Marc a salir del pozo, recuperaros como amigos —hizo una pausa sin dejar su vehemencia—. Pero sé que lo conseguiréis. Lo sé. Si son como tú, lo que más querrán es lo mismo que quieres tú: tocar, volver a ser lo que erais.
—Yo era el tocapelotas. Lo dijo Juanjo.
—Tienes buenas canciones. Enséñaselas.
—No —fue rotundo—. Esta vez no. Se acabó.
—Entonces deja fluir las cosas —Caro abrió las manos como si soltara algo retenido en ellas.
—Eso es muy zen, querida.
—Puede ser filosofía barata, pero es la verdad.
—¿Qué haría sin ti? —Le acarició la mejilla.
—¡Huy! —cantó ella—. Seguir con alguna pelandusca más, porque la cantidad de pedorras que os rodeaban tenía que ser…
—Horrible.
—Sí, ya —se lo quedó mirando y, de pronto, se tumbó a su lado y le obligó a volverse hacia ella.
Gonza le vio el brillo en los ojos.
Reconocía esa expresión.
A punto de estallar.
—¿Qué? —Se dispuso a esperar lo que fuera.
Cualquier cosa.
Cualquiera menos aquella.
—Pensaba decírtelo esta noche, cenando con velitas y todo, pero creo que este es el momento oportuno, justo para que la cena sea más romántica —curvó los labios hacia arriba, casi de oreja a oreja, y se lo soltó—: Vas a ser padre, cariño.