NUEVE
La luna, en lo alto de los cielos, ilumina el mar Jónico y los áridos montes de la isla de Ios. Agustín está sentado a solas en la terraza de la cafetería, después de haber tenido una breve y desagradable discusión con Mavi. La situación venía de atrás, de otra bronca más larga y encrespada a mediodía. Todo empezó cuando él propuso que esa noche se apuntasen a una cena romántica, con música griega en directo, que ofrecía un restaurante a orillas del mar, en un pequeño embarcadero. A ella no le pareció buena idea; prefería caminar por la tarde, cenar frugalmente, leer y acostarse temprano. Él se quedó mohíno, callado, contrariado… De momento la cosa no pasó de ahí, pero, más tarde, cuando se estaban bañando en la playa, volvió a salir el asunto y acabaron a voces.
—¡Me estás amargando el viaje! —gritó él—. Todo te parece mal, estás aquí de mala gana, aburrida y distante.
—¡Estoy cansada! Te lo he dicho mil veces, ¡agotada! Solo necesito tranquilidad y silencio; no quiero comilonas ni copas ni bailes… ¡Ya no tenemos edad para eso!
—¡Hasta hace poco te gustaba!
—¡Pues ya no! Y… ¿no habíamos prometido no discutir? ¡Déjame! ¡Déjame en paz!
Durante el resto del día, cada uno había estado por su lado. Hasta la cena, en la que volvieron a discutir tras un intento de reconciliación poco sincero. Mavi se fue a dormir y él se quedó disgustado, tomándose algo en la terraza.
Cuando decide ir a acostarse, se encuentra con que la puerta de la habitación del hotel está entreabierta. Tal vez a causa del calor, Mavi la ha dejado así. Cosa rara, porque ella es miedosa; tiene miedo a los ladrones y a que pueda entrar algún animal. El claro de luna entra por la ventana abierta de par en par. Agustín se aproxima, deja la ropa a los pies de la cama y comprueba por sus ronquidos que ella está dormida. Se siente frustrado. Y se conforma pensando: «Tal vez, la próxima noche…».
Pero, incorporado, sus ojos escrutan la oscuridad. Un hilo de rayo lunar sube por la cama, ilumina un pedazo de pierna. Él fija los ojos, ya excitado… Esperaba dormir esa noche en los brazos de su mujer, y con esa seguridad había ido al restaurante a reservar mesa para la cena romántica. Y junto al deseo insatisfecho, le queda ahora la irritación.
Ve a su lado el bulto del cuerpo de Mavi, la pierna saliendo de la cama… Más que ver, adivina todo lo demás, que es bien conocido para él: la cintura, el vientre, los senos… De pronto, ella se mueve y un pecho salta, casi descubierto. Agustín trata de ver más, mientras acerca a ella la cara y aspira el perfume mezclado con el aroma dulce de su cuerpo…
Un momento después, Mavi se agita de nuevo en el sueño. Él está ya con una mano extendida, casi a punto de tocar el cuerpo dormido. Casi tiembla por la proximidad y el deseo y apenas lo roza en el muslo descubierto. Mavi se sobresalta, abre los ojos, va a gritar, pero le reconoce. Con la mano, instintivamente, busca la sábana y se cubre. Se incorpora a medias y se queda sentada, muy seria, sin decir nada. No trata de esconder el seno, ahora visible a la luz de la luna.
—Perdona, ¿te he despertado? —tartamudea Agustín—. Acabo de llegar ahora mismo…
El deseo sube por su pecho, le aprieta la garganta; sus ojos se oscurecen, el perfume lo embelesa… Él no puede dominarse más, la toma del brazo y con la otra mano busca el seno que parece crecer a la luz de la luna…
Ella se retrae y replica en un susurro:
—No, Agustín, por favor… ¡No!