OCHO

El almuerzo consistió en unas raciones compartidas y botella y media de vino, en un restaurante de carretera situado a las afueras de la ciudad, lejos de los lugares del centro, abarrotados, donde seguramente alguien les habría interrumpido para saludarles o tal vez para quedarse con ellos. Después de comer, se sentaron fuera, junto a una mesa hecha de mimbre, bajo una enorme sombrilla, y pidieron unas copas mientras contemplaban las encinas, las sierras cercanas y el paisaje de finales del verano, además del paso de los automóviles. Durante un largo rato estuvieron hablando de cosas sin importancia, como habían hecho mientras estaban dentro, al mismo tiempo que fumaban y bebían, sintiendo ambos esa sensación, esa soltura vaporosa, en la que se empieza a prescindir de inhibiciones y parece que la amistad es más estrecha, aunque no lo fuera antes de ese momento. Marga se manifestaba cada vez más animada, más conversadora. No es que Agustín estuviese retraído, sino que ella le llevaba la delantera en los temas que iban saliendo, y pronto aquello se fue convirtiendo en un monólogo. Y no obstante, él no se aburría ni experimentaba ya el mínimo fastidio. Por el contrario, iba descubriendo en Marga, de una forma indefinida, un algo admirable. Al igual que en sus vivos ojos, advertía en su descontrol una ternura genuina, cálida, que convertía en irrelevante el fondo de su discurso. Era como si se hubiese liberado algo precioso: un aura clara y encantadora que consiguió atraerle hacia una cueva de confidencias femeninas que no le resultaba tediosa y en la que, con una lógica sorprendente, cada pieza encajaba en su sitio.

Pero inesperadamente ella se queda callada durante un instante, mirándole, examinándole, y luego pregunta con una sonrisa:

—¿Te aburro?

—Oh, no, no, de verdad que no.

—Entonces, ¿quieres que por fin hablemos de lo que teníamos que hablar?

—¿Eh? Bueno, Marga, estamos hablando, ¿no? Se está bien aquí y, sinceramente, me alegro de haber venido. Claro que quiero que me cuentes eso… Has conseguido intrigarme…

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. Tengo curiosidad. Así que, por favor, empieza de una vez.

Ella enciende un cigarrillo, tal vez con el fin de concederse algo de tiempo para pensar en la manera de empezar. Fuma en silencio, dirigiendo su vista hacia la lejanía del paisaje. Luego suspira, a la vez que suelta el humo.

—Todo es mucho menos simple de lo que me gustaría que fuese… —admite—. Que yo quería a mi marido, que le conocía mejor que nadie, que aparte de haber estado casada con él era mi mejor amigo, mi más íntimo compañero y confidente… Son hechos verdaderos, evidencias que reconozco, y que ya nada puede siquiera minimizar… Pero no es más que la base, el fundamento de la pena que a veces siento, en mi esfuerzo por recordar cómo fueron realmente las cosas. Porque también me sucede que una parte de mí siente que él era en cierto modo un desconocido y que durante un tiempo oscuro no quedaba rastro del hombre que yo había amado… Y siempre me asaltó una pregunta: ¿me había amado él?

A Agustín le sorprende y hasta le conturba que ella se pregunte aquello con tanta nostalgia, e incluso el mismo hecho de que, en realidad, se lo pregunte, sobre todo porque conoce la respuesta, gracias a la propia vida del marido de Marga, Julián Contreras, alguien cuya fama de hombre despreocupado y un tanto frívolo no le habían hecho precisamente ser popular. No lo fue en sus tiempos de empresario, ni en la política, a la que se dedicó con denuedo hasta el último día de su vida. Es verdad que Julián Contreras, a pesar de su mal carácter, sus estallidos de cólera y sus conocidas broncas, fue siempre fiel a sus amigos, por más que muchos de ellos no hubieran sido del todo leales con él; y también sabía todo el mundo que cuando daba su palabra la cumplía hasta el final, por encima de todo y aun en daño propio; y, sin embargo, a su mujer, a Marga, nunca le guardó fidelidad. La engañaba a ojos vista y, a pesar de ello, el matrimonio duró mucho más de lo que nadie podía esperarse. Porque Julián Contreras, desde luego, amaba a Marga y la había unido a su reino particular exterior, a su afición a las monterías, a los restaurantes, a los viajes, a sus amistades e incluso al complicado mundo de la política. No era pues ella una de esas mujeres engañadas, metidas en casa, aguantándose, el clásico cliché más propio de otras épocas. También Marga tenía su miga… Y seguramente, en su momento, fue esa miga que ambos tenían lo que les había unido; ya que ella, a quien durante años le dio igual una cosa que otra, suscitar o no simpatías o antipatías, amaba a Julián y durante mucho tiempo toleró sus veleidades y su temperamento levantisco. También —todo sea dicho— porque Marga se permitía sus propios caprichos; y fiel, lo que dice fiel, tampoco lo fue a su marido, ya fuera por despecho o por auténtico deseo.

Se casaron tarde, con los cuarenta cumplidos él, y cerca de cumplirlos ella; después de una larga serie de encuentros, desencuentros y hasta encontronazos, con sonadas peleas en público y reconciliaciones en privado que luego eran exhibidas durante días, efusivamente, con evidencia de salidas juntos a fiestas, a comidas, a cacerías, a actos políticos… La vida de aquella pareja era tan selecta por un lado y tan desigual por el otro que parecía estar ideada para regocijo de los aficionados al cotilleo. Aunque ninguno de los dos se preocupó nunca a este respecto; más bien parecía en cambio que gozaban con cierto exhibicionismo sentimental. No luchaban para dejar de ser impopulares, sino que simplemente no se esforzaron lo más mínimo ni sintieron de una forma visible que agradar a los demás fuera importante. Lo cual, en una apreciación demasiado superficial, hacía pensar a cualquiera que eran unos grandes egoístas. Motivo por el que, ahora, a Agustín le sorprende e incluso le conturba que Marga se plantee a estas alturas, con tanta nostalgia, aquella pregunta: «¿Me había amado él?».

—Ya sé —prosigue ella, como si estuviera adivinando el pensamiento de quien la escucha y quisiera anticiparse a cualquier cosa que se le ocurriera decir—… Ya sé lo que se decía por ahí de nosotros… Y no me extraña. En serio, no me extraña nada. Porque no voy a negar que teníamos nuestras cosas… ¿Pero quién puede saber lo que había entre nosotros de verdad? ¿Quién puede entenderlo? Si no lo entiendo ni yo misma… Y no estoy muy segura de que Julián lo entendiese… No, él no lo entendía… Julián sabía de muchas cosas: de política, de mundología, de vinos, de viajes… Pero ¡qué poco sabía de mi vida! ¿Y del amor? Del amor, nada de nada…

»Fíjate, con todo lo que le gustaban las mujeres, y de eso soy testigo, no tenía detalles. Jamás se le ocurrió traerme un regalo, un simple ramo de flores; ni le salía del cuerpo decirme cosas bonitas, esas cosas tan tontas: te quiero, mi vida… ¡Esas boberías de enamorados! Se le olvidaban siempre las fechas: los cumpleaños, los aniversarios, los recuerdos importantes de nuestra relación… ¡Y para el teléfono…! Para el teléfono era un auténtico desastre: ni llamaba ni lo cogía… No, Julián no sabía cuidar esas cosas que parecen minucias, pero que tan importantes son para el otro… En fin, esas cosas que yo consideraba tan importantes…

»Ahora, después de mucho pensar en ello, después de meditar, me doy cuenta de que esas naderías, o mejor, esa falta de detalles, fueron como un óxido, una carcoma que nos fue minando y que fue la raíz de muchos problemas entre nosotros… Pero también ahora, igualmente después de recordar y poner cada cosa en su sitio, reparo en que, en realidad, Julián no entendía de esos asuntos; no entendía nada de nada esas pequeñas cosas… Porque nadie se las enseñó en su momento. Él no se crio en ese ambiente, en esos mimos, en esas delicadezas. Él venía de gente montuna, brusca, elemental…; gente incapaz de expresar sus sentimientos, porque es probable que a ellos no se las enseñaran tampoco a su tiempo…

»¿Te das cuenta, Agustín? He ahí la importancia de pensar, de recapacitar, de medir y domar algunos sentimientos, cuando todavía se puede, cuando las cosas tienen remedio… Lo que no hicimos nosotros, Julián y yo, sino todo lo contrario: voces, peleas, insultos, recriminaciones… ¡Todo a lo bestia! Siempre entre el amor y el odio, siempre en la frontera, siempre en el límite, siempre al borde del precipicio… Hasta que un día, tal vez cuando no lo esperabas, te caes al vacío, y ya no puedes volverte atrás, porque la cosa ya no tiene posible arreglo…

Estas palabras últimas las ha dicho agudizando la voz y con mayor dureza de expresión. Después se queda en suspenso, como meditabunda y agotada. Enciende un cigarrillo y, entre calada y calada, apura el poco ron con cola que le queda en el vaso. Su cara vuelve entonces a recuperar la exuberancia que tenía al principio de la conversación.

Y Agustín comprende que el discurso ha terminado. No sabe cuánto ha durado. Porque solo en ese momento, después de haber cesado las explicaciones, la nostalgia y las reflexiones, se da cuenta de que están sentados en la oscuridad. Al parecer ha transcurrido toda la tarde… En algún momento, durante el monólogo de Marga, el sol se fue poniendo tras los montes, pero Agustín no fue consciente de ello. Ahora nota la oscuridad y el silencio, solo roto por algún automóvil que pasa por la carretera con los faros encendidos. Aparte de eso, no hay ningún otro sonido, y empieza a hacer algo de fresco… Pasan de esta manera varios minutos; en los que piensa que es él quien debe ahora decir algo. Pero no logra decidir qué debe hacer. Se le ocurren varias posibilidades, pero las va desechando a continuación una por una. Hasta que, al fin, llevado por un arrebato de franqueza, pregunta:

—Marga, por favor, dime la verdad, ¿por qué me has contado todo esto?

Ella suspira, sonríe y responde:

—Porque debía contártelo.

Él frunce el ceño con contrariedad.

—¡Venga ya! —le espeta entre dientes.

—Es la verdad, Agustín, debía decírtelo.

—Sí, pero… ¿por qué?

A ella no se le escapa su turbación y su sorpresa.

—Siento que debía contártelo para hacerte recapacitar —contesta de nuevo, con voz grave, pero suavizada un poco por una mirada amistosa, dulce.

—¿Recapacitar? ¿Yo? ¿Qué quieres decir?

Marga lee el interés en sus ojos.

—Agustín, ¿tú sabes respetar la confidencialidad en la profesión? —pregunta—. Como aparejador, no todo lo puedes contar… Habrá encargos que guardas en secreto para no frustrar los planes de construcción… ¿O no?

—Claro, mujer.

—Pues yo debo decirte que en todo esto hay una parte de secreto profesional. Yo soy abogada y también me debo a la ética de mi profesión. Lo que voy a proponerte es un proceso nuevo que te explicaré con detenimiento y en el cual tú tendrás tu parte, tu tarea, tus obligaciones, como yo tendré las mías… Pero no debes actuar por tu cuenta. Se acabaron las locuras, Agustín… Si aceptas este proceso, deberás guiarte en todo por mis indicaciones y no crear problemas.

Agustín se echa a reír.

—¡Cuánto misterio! ¡Y cuánta tontería! —replica desdeñosamente.

Marga alza los ojos hacia su cara sombría y, tratando de disimular su disgusto, le dice con dulzura:

—Agustín, yo solamente te daré un consejo: recuerda, haz memoria, pon cada cosa en su sitio, empieza desde el principio, desde la base, desde el origen…

Él le lanza una mirada preñada de sentido. Empieza a comprender y a sentirse molesto.

—¿Yo? Ella es quien debe hacer memoria, poner cada cosa en su sitio, recapacitar… —murmura—. ¡Ella! Con tanto misterio, no quisiera imaginar que Ángel Ruiz te manda para crearme remordimientos, para que me crea el malo de esta película… Pero quiero que sepas que yo he sufrido mucho con todo esto, mucho…

Marga se da cuenta de que él está muy irritado y que ya no trata de disimularlo… Opta por callar y dejar que se desahogue.

—Supongo que has venido por lo que hice… —prosigue él con amargura—. Mi abogado te manda a hacerme recapacitar porque dejé en bolas a Mavi en el pantano con ese tío… Y si se trata de ser sincero, fue una barbaridad, ¡una locura!, dejarles en pelotas tirados allí… ¡Y bien que lo he pagado! Estoy procesado y he pasado la mayor vergüenza de mi vida, además de sufrir una noche horrible en el calabozo… Y lo peor fue ver como mi hija me miraba: ¡como si su padre fuera un salvaje!

El agradable rostro de Marga se entristece.

—Qué menos, Agustín, qué menos… —asiente.

Él hace un movimiento con intención de levantarse.

—Sí, ¡qué menos! —replica—. ¿Pero quién se pone en mi pellejo? ¿Quién sabe lo que estoy pasando? Me he quedado sin casa, sin coche, sin hijas, sin despacho… ¡Sin mi mujer! Porque… yo la quería, Marga, yo la quería… No sé cómo querías tú a Julián, pero yo a Mavi la he amado mucho…

—Lo sé —afirma comprensivamente Marga, poniéndose en pie—. Y seguro que ella también te amó mucho… Ese es el problema, Agustín, que en esto no hay medidas… Es una cosa que está fuera del espacio… y también del tiempo. ¿Te acuerdas de lo que te decía esta mañana? Todo esto es tan complejo que requiere su lugar, su método y su tiempo; sobre todo eso: su tiempo… ¡Ojalá me hagas caso, Agustín! Haz un esfuerzo, mañana mismo; haz un esfuerzo para recordar y déjate sumergir en ese misterio: la casualidad y el tiempo… Confía en tu abogado… Y también en mí… ¡Confía en nosotros!