TRES

Después de la firma, Mavi y su editora fueron a cenar a base de tapas en la barra del Estay, un conocido restaurante-cafetería de la calle Hermosilla. Bebieron cava en abundancia, entre plato y plato, para celebrar el éxito de la novela. En los postres, a mitad de la segunda botella, el sentido del humor de Virginia ha alcanzado un punto indiscriminado, entre la euforia burbujeante y la dicha por el prometedor porvenir que entrevé para La familia y la bestia; y encima, el suceso del comisario jubilado le brinda la oportunidad añadida de reír con ganas de vez en cuando y hacer chistes a su costa.

—Tenías que haberte visto la cara —le dice a Mavi, ruborosa y floja por el regocijo—. ¡Y la cara de ese imbécil! ¿Cómo se te ocurrió? ¡Eres genial, querida! ¡A la mierda! ¡Váyase usted a la mierda! ¡Ay, qué risa!

Virginia es una asturiana gordezuela, rubicunda, guapetona; tras los cristales de sus gafas de moldura color violeta brillan unos inteligentes y azules ojos. En casos como estos, bebe como una esponja y es entonces cuando emana de ella su parte más sensible y afectuosa, que de forma habitual está oculta bajo una máscara de eficiencia y racionalidad. Mavi ha aprendido a apreciarla sinceramente, aunque esto haya sido poco a poco, de comida en comida, de cena en cena, a golpes de Ribera del Duero y gin-tonic en los días más intensos de las promociones de sus últimas novelas, después de las reuniones formales en la editorial o durante las ferias del libro de Madrid. Aunque bien es cierto que al principio la editora le pareció una de esas mujeres distantes y calculadoras que viven para su profesión nada más. Nada más lejano a la realidad; ya que, aunque Virginia es hiperactiva en el trabajo, sabe, llegado el momento, soltar ataduras, abrir compuertas y derrochar a raudales sentido común, afecto y eso que, melosamente, se conoce como vida interior.

—… La gente se quedó de piedra —prosigue, azuzada por la última copa que acaba de apurar casi de un trago, al tiempo que asesta un picotazo en el brazo de Mavi—. Todas aquellas señoras encopetadas, que seguro que antes te consideraban una escritora modosita, una rarita de biblioteca… ¡Pasmadas se quedaron! Verás como se tragan ahora lo del aquelarre y todo lo demás que se cuenta en La familia y la bestia… ¡Ya verás!

Después de decir esto, de repente se queda callada al percibir que Mavi la está mirando un tanto seria y con un velo de confusión de los ojos. Entonces Virginia cambia de tono al preguntar:

—¿Eh? Pero… ¿no te ríes? ¿No te hace gracia, Mavi?

—No sé —responde ella con un filo de duda—. Creo que me pasé tres pueblos… ¿Qué habrán pensado los de El Corte Inglés?

—¡Anda, tonta! ¿Qué van a pensar? ¡Estuviste genial! ¡Anímate, mujer! Tómate otra copita de cava… ¡Por La familia y la bestia! Eh, por favor, camarero, ¡otra botella!

—¡¿Otra?! —exclama Mavi, llevándose las manos a la cabeza.

—Sí, otra; la última. ¡Hay que brindar!

—Virginia, llevamos ya dos botellas. Ya hemos brindado y rebrindado…

—¿Y qué? ¡La familia y la bestia se merece la tercera!

Cuando han tomado un par de copas más, el gasto de cava reporta por fin un provecho para Mavi: si antes parecía reacia y un poco tensa, ahora se relaja y su semblante adquiere un reflejo de hilaridad mezclada con indiferencia. Cuando al fin sonríe, Virginia lo celebra:

—¡Chica, por fin!

—¿Por fin qué?

—Al fin se te ve algo contenta. ¡Te animas! ¿Se puede saber qué te pasa? Estás al borde del mayor éxito de tu carrera literaria y hoy me daba la sensación de que, en vez de alegrarte, te estaba costando un disgusto. ¿Ha sido por causa del comisario imbécil ese? ¡Olvídalo ya!

—Me puso de un malhumor… —comenta Mavi, recordando el incidente—. Yo intentado ser amable para no montar un numerito y él dale que dale… Me consumió la paciencia…

—¡A la mierda! —exclama Virginia, riéndose, levantando la copa de cava—. ¡A la puta mierda!

Brindan entre carcajadas. Este nuevo sorbo parece levantarle aún más el ánimo a Mavi. Pero, no obstante, vuelve a ponerse seria.

—Ahora que lo pienso —dice—, no me arrepiento una pizca de haberle mandado a la mierda. Venía el tío con ganas de gresca y se fue calentito. Aunque… hay una cosa que dijo que da que pensar…

—¿Qué?

—Lo del nombre, lo que dijo sobre el seudónimo con que firmo mis novelas.

—¿Eh? ¿Y qué pasa con el seudónimo?

—Seré sincera —responde Mavi, endureciendo la mirada hasta cobrar una expresión de contrariedad—. La verdad es que a mí eso de Laura White ya hace tiempo que me parecía una horterada…

—¡Mavi! —exclama la editora, con los ojos encendidos por la sorpresa—. ¡Qué dices, chica!

—Pues eso, que ahora me arrepiento un montón de haber escogido el seudónimo Laura White. No sé en qué estaba yo pensando por entonces… ¿Quién iba a suponer que aquella primera novela mía iba a funcionar? Y ahora, con el éxito de La familia y la bestia, hubiera preferido un nombre más…

—¡¿Más qué?! —la interrumpe Virginia, con los ojos echando chispas—. ¿Hablas en serio?

—Sí, muy en serio. ¿O a ti no te parece una horterada lo de Laura White?

Virginia la mira completamente atónita. Su expresión da a entender que no puede creerse lo que está oyendo y, apretando el antebrazo de Mavi, levanta la voz al responder:

—¡¿Una horterada?! ¡Una horterada que funciona de maravilla! Pero… ¿tú no has leído lo que se dice de ti en todos esos periódicos y revistas? ¿Ya te has olvidado de lo que decía el editorial de Leer hoy? Mavi, ¡serás babaya! —El acento asturiano de la editora se aviva cuando se enfada. Ha pasado de la euforia a la irritación y, con voz grave, prosigue—: «El más original e imaginativo relato de misterio». ¿Tú sabes lo que significa eso escrito en un editorial de Leer hoy? ¡«El más original e imaginativo…»! ¡Condelgada! ¿Ahora me vienes con esas? Una horterada, una horterada…

Mavi suelta una carcajada.

—¡Cómo te pones!

—Claro… Claro que me pongo… ¿Cómo no me voy a poner? —replica, poniéndose en pie y hurgando en su bolso—. ¡Vamos afuera, que me tengo que echar un cigarro…! —En la puerta del restaurante, la editora fuma con ansiedad y sigue refunfuñando—: Me sales con unas cosas, Mavi… ¿Cómo que una horterada? ¿Y Calvo Poyato, que escribe con el alias Peter Harris? Lo de Laura White nos pareció ideal y funcionó. ¿O no ha funcionado? ¿O acaso era mejor poner Visitación de la Vega? ¡Por Dios, Mavi! ¡Visitación de la Vega! ¡En una novela de misterio…! ¿Te lo imaginas? «La familia y la bestia, escrita por Visitación de la Vega…». ¿O por qué no mejor Visi del Río? ¡Carajo, eso suena a folclórica!

Ella se echa a reír con ganas.

—Anda, dame un cigarro —le pide.

—¿Eh? ¿Un cigarro? ¿Tú…? Pero… ¡¿Vas a fumar?!

—Sí, sí, voy a fumar. Me han entrado ganas; será por todo el cava que hemos bebido…

—¡Pero, Mavi! ¡Llevas tres años sin fumar! ¡Ojalá hubiera tenido yo esa fuerza de voluntad para dejarlo! Si fumas hoy, seguramente te engancharás otra vez…

—¡Dame de una vez ese cigarro!

Las dos fuman en silencio durante un rato. Con el tabaco parece haber llegado la seriedad. Hasta que Virginia, que no puede dejar de pensar en lo que Mavi le dijo antes, vuelve a la carga:

—¿Y Sarah Lark? ¿Qué me dices de Sarah Lark? ¿Sabes cuál es su nombre de nacimiento? Christiane Gohlse se llama y, además del alias Sarah Lark, usa el de Ricarda Jordan. Fíjate que cursilería: Ricarda, Ricarda Jordan. ¡No te joroba!

—Anda, déjalo ya —le dice Mavi, mirándola con cara de hastío—. ¡Vaya matraca has cogido con eso!

—¡Si te parece! ¡Me has agriado la noche! Con lo contenta que yo estaba, me vienes tú con lo del nombrecito…

—¡Basta! ¡Déjalo ya!

Virginia sonríe maliciosamente.

—¡A la mierda! ¡A la puta mierda! —grita—. ¡A partir de mañana, tu seudónimo será la Visi!

Las dos se echan a reír y entran de nuevo al restaurante para dar cuenta del cava que les queda. Cuando están sentadas en la barra y apuran sus copas, los ojos de Mavi se enturbian de repente con un velo transparente y le brotan un par de lágrimas que resbalan mejillas abajo.

—¡Eh, chica, estás llorando! —exclama la editora, alzando, pasmada, las cejas—. Supongo que será de felicidad…

A Mavi le cuesta articular palabra, pero, cuando consigue vencer el nudo que se le ha puesto en la garganta, dice en un susurro:

—El cava siempre me hace llorar…

—¡Imposible! ¡El cava da alegría! ¡Déjate de tonterías, Visi!

La otra se ha reído de nuevo, aunque de manera bobalicona. La bebida ya se les ha subido a las dos a la cabeza.

—Tengo que contarte una cosa —murmura Mavi, adoptando una expresión rara.

—Miedo me da —replica Virginia—. ¡A ver con qué me sales ahora! Porque, por lo que veo, a ti el cava te pone babaya.

¿Babaya? ¿Y eso qué es?

—Boba, tontita… Es que cuando bebo me sale la asturiana que llevo dentro. Como tú, que te pones extremeña cerrada, cerrada… Y dices cosas como chiquinino, poquino… Pero… a ver, ¿qué es eso que me tienes que contar? ¿El tema de tu próxima novela?

—No, no tiene que ver nada con temas editoriales. Es un asunto personal…

—¿Personal? ¡No me asustes!

Mavi baja la cabeza y su boca se contrae en una mueca de contención. Y a pesar de que lo intenta, no puede evitar echarse a llorar.

—¡Eh! Mavi, Mavi… ¿Y ahora qué te pasa? ¡Chica, qué rara estás hoy! ¿Lloras? ¿Ahora lloras?

Avergonzada, ella saca un pañuelo y se enjuga las lágrimas. Permanece durante un momento encorvada, mirando al suelo, trémula, gimoteando.

—¡Tú lo que tienes es un pedo…! —le espeta Virginia—. ¡Vaya que si te hace llorar el cava! ¡Como una Magdalena, Visi!

Mavi, muy afectada, levanta la cabeza.

—Pues claro que tengo un pedo… —balbucea—. ¡Tres botellas, Virginia! ¡Ay! Tres, tres, tres…

—¿Pido la cuarta? —pregunta la otra.

—¡No! Por favor, no…

—Pues habla de una vez. A ver, ¿qué carajo te pasa?

Ella se enjuga una vez más las lágrimas, inspira como para infundirse ánimos y acaba soltando de sopetón:

—¡Que me he enamorado!

Estas palabras acaban de colmar el estado de Virginia y las riendas de su cordura terminan soltándose del todo.

—Pero… ¡¡¡Visi!!! —exclama, lanzándole una mirada llena de estupor y a la vez de incredulidad.

Mavi ha vuelto a dejar los ojos fijos en el suelo. Cuando los levanta, una dulce sonrisa le ilumina el rostro. Mira a su editora con una expresión sincera, un poco sonrojada, y añade de corrido una retahíla de explicaciones:

—Perdidamente enamorada… ¡Como una loca! A mi edad, cerca ya de los cincuenta… ¿Quién me lo iba a decir? He perdido la razón, la cordura, el sentido… ¡He perdido la cabeza! A veces me creo que he vuelto a los treinta, ¡o a los veinte! Y lo mejor de todo es que me siento amada; amada de verdad.

Virginia la mira sin salir de su asombro, entre la compasión y la admiración. Le toma el mentón con la mano y le pregunta con apasionamiento:

—¿Debo entender que se trata de un hombre que no es tu marido? —Ella aprieta los labios y, sosteniendo aquella mirada, asiente con profundos y elocuentes movimientos de cabeza—. ¡La hos…! —suspira Virginia.

Durante un instante hay entre ellas un silencio lleno de complicidad. Luego la editora se vuelve hacia el camarero.

—¡Otra botella! —le pide.

—No, por favor —tercia Mavi—. Tráiganos la cuenta.

—Pero, Visi, tenemos que hablar de esto…

—Sí, pero no aquí. ¿No te das cuenta de que llevamos toda la noche dando un espectáculo? Tan pronto risotadas como voces… Y luego, llanto… Además, estamos las dos pedo y aquí hay demasiada luz. ¡Y no me llames Visi!

Virginia la mira.

—En fin, como quieras, chica —responde, encogiéndose de hombros—. Pero te advierto de que si nos tomamos un solo gin-tonic, nos caemos las dos redondas al suelo… Yo un día, después de una fiesta en la que había tomado tanto cava como hoy…

—Virginia, por favor, vámonos, creo que voy a vomitar…

—¿Vomitar? ¿Como una adolescente? ¿Enamorada y vomitando? Pero… ¡¡¡Visi!!!