CUATRO
Dan la orden de abrocharse el cinturón y el avión empieza a descender un momento después. Tampoco se ve nada. Abajo debe de haber solo mar, negro, mar que se siente de nadie, o de todos, y que es una nada sin la claridad prestada de lo alto… El insomne Agustín cierra los ojos, como si ahora pretendiera recuperar lo que durante todo el viaje le ha resultado imposible: dormir aunque sea un instante. Pero el altavoz con las indicaciones, el barullo, el removerse de los pasajeros por la inminencia del aterrizaje y el repentino encenderse de las luces hacen que falle su intento. Incluso Mavi se ha despertado, rezonga y susurra:
—¿Se ve ya Creta?
—No, no se ve nada…
—¿Qué hora es?
—Las tres menos cuarto.
Mavi tiene los ojos hinchados y el pelo revuelto. Lucha por espabilarse y, pasándose la mano por la nuca, dice con disgusto:
—Las tres menos cuarto… ¿Y qué podemos hacer a las tres menos cuarto en Creta? A esa hora no vamos a ir a un hotel…
—No, no merecerá la pena. Sobre las diez de la mañana tomamos el barco hacia la isla de Ios.
—¿Un barco? —replica ella—. ¿Después de este palizón de aviones, un barco? ¿Este es el viaje sorpresa que me tenías preparado? ¡Agustín! Estoy hecha polvo… Yo, precisamente ahora, aventuras y fatigas no es lo que necesito… Quiero descansar…
—Mavi, Mavi… ¿Qué me prometiste?
—No estoy discutiendo, Agustín… Prometí no discutir durante el viaje; y me estoy quejando, nada más. Digo lo que siento; no discuto. ¿O no tengo derecho tampoco a quejarme? La queja es un derecho inalienable…
—Lo sé, sé que estás muy cansada… —la interrumpe él, mirándola sonriente, con indulgencia—. Solamente te pido que aguantes un poco, Mavi. Verás como te alegrarás. Lo tengo todo calculado: a partir de mañana todo será más tranquilo. Y podrás descansar. Ya lo verás.
Mavi también sonríe, hace una pequeña exhibición de gratitud y luego se incorpora para mirar por la ventana, teniendo que desplazar medio cuerpo por delante de Agustín. Él aprovecha, sintiéndose mínimamente aliviado, para plantarle un beso en el pelo negro, revuelto. Ella apenas le presta atención y comenta:
—Se ve el aeropuerto y luces junto al mar… —Después de decir esto se queda pensativa, mira a Agustín, como frenándose antes de ir demasiado lejos, y añade—: En aquel viaje no vinimos a Creta… ¿Por qué no hemos venido en un vuelo directo a Atenas como entonces?
—Porque hubiéramos perdido dos días hasta llegar a Ios. Y si estás protestando por estar una noche viajando…
—¿Yo estoy protestando? A ver si va a resultar que el que tiene ganas de discutir eres tú.
Él la regaña a media voz, sonriendo:
—Nadie aquí va a discutir; así que no me piques…
Durante el tiempo que ha durado esta porfía, el aparato ha tomado tierra. La gente se suelta los cinturones y se abre la puerta. En el exterior, en plena noche, el aire es cálido, ligero. Apenas hay cincuenta metros hasta el edificio principal del aeropuerto, que los viajeros recorren a pie.
—¿Y ahora qué? —pregunta Mavi, mientras tira de su maleta y de su cansancio—. ¿Vamos a estar cinco horas en esa sala?
—Un poco de aventura, Mavi. Podemos ir a ver la ciudad de Heraklion.
—¿A las tres de la mañana?
—Aquí son las cuatro.
—¡Bah! ¿Y qué va a haber a las cuatro de la madrugada por ahí?
—Gente de copas.
—¿Tú tienes el cuerpo para copas?
—Yo tengo un cuerpo buenísimo, a pesar de no haber dormido ni un minuto. Y tú no has dejado de roncar desde Sevilla… Con lo que deberías tener mejor cuerpo que yo…
Agustín habla con calma, sin levantar la voz, sin lamentarse ni amenazar; está resignado, entregado a la permanente queja de Mavi, como si se hubiera preparado para ello a conciencia, desde mucho tiempo atrás. Sabe bien que los viajes son el mejor caldo de cultivo para las peleas de pareja…
—Agustín, dime qué vamos a hacer ahora, a las tres nuestras que son aquí las cuatro.
—Irnos ya hacia el puerto.
—¿Hacia el puerto? ¿Y qué hacemos en el puerto hasta las diez? ¡Son seis horas!
—No lo sé, Mavi. Por favor, ten un poco de paciencia. Cojamos un taxi aquí y luego, en el puerto, ya veremos.
Suben al taxi y, tras un breve recorrido por una autovía solitaria, llegan al puerto. Hay allí anclado un enorme buque con la pasarela extendida hacia el muelle, dejando ver una bodega inmensa. Una larga fila de vehículos, coches, furgonetas y camiones se van aposentando en el garaje interior.
—¿Será ese nuestro barco? —pregunta Mavi—. Podríamos entrar ya y, por lo menos, pasar dentro lo que queda de noche cómodamente.
Van hacia las dependencias portuarias. Las ventanillas están cerradas. No se ve a nadie a quien poder preguntarle. La información con los horarios de salida está puesta en un panel. No hay vuelta de hoja: el ferri hacia la isla de Ios zarpa a las diez en punto.
—¿Y ahora qué? —inquiere Mavi, molesta, con una implacable cara de fastidio—. Yo me caigo de sueño… ¿Qué hacemos durante estas tres horas?
—Vamos —contesta Agustín—. Ya encontraremos donde echarnos un rato. Seguro que habrá algún hotel cerca…
Caminan por las atarazanas del puerto, que están desiertas, escasamente iluminadas. Él va delante, llevando las dos maletas. Ella le sigue, refunfuñando:
—No, si verás como al final nos roban todo lo que tenemos… ¡Agustín, por Dios! Me está entrando un miedo…
Sigue él al frente, sin volverse, caminando cada vez más deprisa, diciendo:
—¿Ves, Mavi? Si hubiéramos traído las mochilas como aquella vez, con los sacos de dormir y las esterillas, ahora podríamos echar una cabezadita en cualquier sitio…
—¿Tú estás en tu sano juicio? ¿En cualquier sitio? ¡Agustín, que ya no tenemos veinte años! Anda, cojamos un taxi y que nos lleve a un hotel…
—Será peor acostarse ahora, para dormir apenas dos horas y pagar una habitación… Nos costará luego más esfuerzo levantarnos y volver al puerto… Los hoteles deben de estar arriba en la ciudad. —Se mete por unos parterres, en un jardín pequeño con árboles medio secos y un césped mal cuidado—. Vamos a echarnos aquí un par de horas —propone, deteniéndose para mirar aquella hierba amarillenta.
—¡¿Aquí!? —protesta Mavi—. ¡Mira, hay cacas de perro! ¡Qué asco!
—Ay, Mavi, Mavi, ¡un poco de espíritu, mujer!
—¿Espíritu? ¡Agustín, tenemos cincuenta años! A mí no me apetece andar tirada por ahí encima de orines y mierdas de perros.
—¡Quién te ha visto y quién te ve, Mavi! ¿Ya no te acuerdas de cuando querías ser jipi…?