TRES

—¡Qué noche tan demencial! —suspira Agustín Medina con los ojos entornados, llevándose las manos a las sienes.

—Como si el día que pasaste ayer hubiera sido menos demencial —le corrige su amigo, el abogado Ángel Ruiz, que le mira con aire de estupefacción.

Ambos están sentados frente a la barra de un bar de las afueras de Cáceres, próximo al moderno edificio de la nueva comisaría de la Policía Nacional. Son las siete de la mañana y acaba de amanecer. La luz que entra a raudales por una amplia cristalera hace brillar todo lo que hay en el local: la humeante máquina del café, los taburetes giratorios, el aluminio de la barra, los plateados tiradores de cerveza, las botellas alineadas en los estantes… No hay nadie más allí, excepto el empleado que hace su trabajo colocando los bollos en una bandeja, mientras mira de reojo de vez en cuando hacia la televisión encendida donde los locutores repiten monótonamente las noticias. Mientras tanto, Agustín y Ángel hablan a media voz, al mismo tiempo que dan cuenta de un desayuno completo: zumo de naranja, café y tostadas con aceite, tomate y jamón.

Agustín acaba de salir del calabozo, y el relato de lo sucedido que le hace a su amigo y abogado no puede ser más caótico; como lo ha sido en el despacho policial donde se le tomó declaración una hora antes. Mientras él habla, a Ángel Ruiz le parece que sus palabras, en lugar de esclarecer mínimamente los hechos, los privan del último destello de claridad. Así que no toma al pie de la letra lo que le dice. Agustín es demasiado melodramático y atormentado para expresarse con cordura. Entre la tristeza y el consuelo, la pena y la resignación, con la frente empapada de sudor, sin afeitar y con el desaliño de unas ropas que no se ha quitado en muchas horas, se queja por haber tenido que permanecer encerrado durante siete largas horas.

—En un semisótano —dice con amargura—, sin reloj, sin cinturón, sin los cordones de los zapatos, sin el bolígrafo siquiera… ¿Qué pensaban? ¿Qué me iba a autolesionar? ¿Yo? ¿Se creían que me iba a clavar el boli en un ojo? ¿O que me lo iba a tragar…? Y luego, ¡qué calor! No sabes qué calor hace allí, sin ventilación natural…

—Agustín, es la ley. La ley es igual para todo el mundo… No eres un crío, ya sabes como son estas cosas…

—¡Ah, Ángel, estas cosas! Estas cosas no se llega a saber lo que son hasta que… Ahora sí que me hago cargo de lo que es estar detenido… Qué poca consideración me han tenido. Fíjate, ni siquiera han podido darme uno de los calabozos individuales. Pues no, ¡hala, al colectivo! Con cuatro delincuentes más…

—El comisario ha dicho que los individuales estaban ocupados por gente peligrosa —responde Ángel.

—¡Gente peligrosa! Que no, que no les ha dado la real gana de darme ninguna mínima comodidad. Basta que sea el exmarido de quien soy para que se hayan dicho: «A este como a los demás, para que se entere». Hazme caso, Ángel, que los conozco bien, han disfrutado con mi suplicio… No fuera a ser que alguien se quejase y quedasen ellos mal… Ya sabes, que si trato de favor, que si preferencias, que si mandangas… ¡Mierda! Con cuatro delincuentes me han tenido ahí recocido siete horas… ¡Qué calvario! —resopla—. Había un gordo borracho, allí echado en el suelo, que roncaba, bufaba y se tiraba cada cuesco… ¡Qué cerdo el tío! ¡Qué pedos! De esos que, además de atronar, te asfixian… ¡Qué peste! ¡Qué calvario!

Ángel se echa a reír con ganas. A pesar de lo dramático de la situación, Agustín tiene gracia para contar ciertas cosas; le sale el humor de manera espontánea, sin necesidad de buscarlo aposta, por muy deshecho y atormentado que se encuentre.

—Sí, ríete, ríete —prosigue él, con una mueca que, no obstante ser de contrariedad y resentimiento, resulta algo cómica—. Y para colmo, aparte de pedos, va el gordo y se suelta allí una vomitera, de esas de vino rancio y tropezones de chorizo…

—¡Agustín, ya basta! —exclama Ángel, entre la risa y la repugnancia—. Ya basta, por favor, que no me voy a poder comer la tostada del asco que me da.

—¿Asco? ¡Asco el mío! Asco el que yo he pasado ahí dentro… Verás como yo sí soy capaz de comer… ¡Más de veinte horas llevo sin probar bocado! Desde que desayuné ayer, antes de salir de casa para… En fin, ya sabes para qué…

Ángel Ruiz se pone serio de repente, mirándole muy fijamente.

—No, Agustín, no sé para qué coño tuviste que salir ayer de casa, con Dios sabe qué ideas, qué locas ideas te pasaban por esa cabeza tuya… —le reprende—. ¡Sí que lo sé! ¿Cómo no lo voy a saber? Soy tu abogado… Sé lo que hiciste, pero no sé con qué fin. ¿A quién se le ocurre hacer eso? ¿Estás majara? ¿Cómo te dio por seguir a tu exmujer y a su pareja y hacerles lo que les hiciste? ¡Y la declaración que has hecho al comisario! Farragosa, inconexa, absurda… Veremos en qué acaba todo esto. Porque tu exmujer no se va a quedar quieta: te va a buscar las cosquillas en serio… ¿En qué coño estabas pensando? ¿Cómo se te ocurre ir a quitarle el coche? ¡El coche es suyo!

Él se encoge y baja la cabeza.

—Me lo preguntas como si me interrogaras, Ángel… —contesta compungido—. Me está pareciendo que sigo ante ese antipático comisario que me acaba de tomar declaración en la Policía…

—Agustín, te lo pregunto y basta: ¿a quién coño se le ocurre algo así? ¿No sabes que el coche le pertenece a ella después del divorcio?

Él levanta la cabeza y ensaya una sonrisa que se le ahoga en los labios:

—Fue una broma, una simple broma… —admite.

—¡¿Una broma?! ¿Tú estás en tus cabales? ¡Agustín! ¡Les dejaste en pelota picada en mitad el campo! ¡Por Dios! Sin sus ropas, sin sus zapatos, sin sus documentos… ¡Les robaste el coche!

—¡Que se jodan! ¡Se lo merecen! Además, todo el mundo sabe que ese coche es mío. Yo lo compré, Ángel, tú lo sabes mejor que nadie. ¡Lo sabe Dios! ¡Me cago en…! El coche es mío… Y va ella y… ¡Con ese tío! ¡En mi coche! La muy…

—Agustín, Agustín, razona. El coche no es tuyo; las medidas provisionales se lo adjudicaron a tu exmujer. ¿Cómo coño no te acabas de meter eso en la cabeza de una puta vez? ¡Agustín, que eres aparejador! Tienes una carrera universitaria, no eres analfabeto. Esas cosas no se pueden hacer. Y da gracias a Dios que te haya dejado salir del calabozo el juez; porque la denuncia que te han puesto es por robo con premeditación y alevosía. Y no solo del coche, sino también de las ropas, las carteras, los teléfonos… ¡Te trajiste todo en el coche! ¡En pelotas, Agustín! ¡Los dejaste en cueros! Tuvieron que caminar descalzos hasta el pueblo más próximo; hasta Valdecañas del Tajo, a cinco kilómetros… ¿Te das cuenta, Agustín? ¡A cinco kilómetros! Andando, descalzos, en bolas… El cabreo que tienen es monumental. Tu exmujer ya no va a parar hasta hacerte pedazos. De momento, ha añadido a la denuncia daños físicos y morales, acoso, malos tratos… ¡La has cagado, Agustín! La has cagado bien esta vez…

Agustín ha escuchado atentamente, mientras su amigo le hacía estas reconvenciones. La cara se le ha puesto roja y los ojos le brillan como si estuviera a punto de echarse a llorar. Quiere responder algo, pero acaba emitiendo un sonoro suspiro. Luego devora pensativo la tostada, se lleva la taza a los labios y sorbe el café, encorvado, vencido. Parece que cualquier asomo de respetabilidad ha huido de él, dejándole convertido en un simple pobre hombre.

—Agustín, por favor, razona —prosigue el abogado, que le contempla dividido entre la pena y el enfado—. No puedes hacer estas cosas, porque con ellas echas a perder la poca credibilidad que te queda. Ahora debes estarte quietecito, mientras el pleito está en el juzgado… Además, ya sabes lo que puede pasar: si interpretan como acoso y malos tratos lo que has hecho, no tendrás nada que hacer.

Él suelta la taza y se le queda mirando.

—¡A mí el pleito ya me importa un carajo! —contesta desdeñosamente—. Le darán la razón, como en el juicio anterior.

—¿Y qué has ganado dejándola en bolas en mitad del campo?

—Fastidiarla, fastidiarla a ella y fastidiar también al pazguato ese que la tiene encandilada como a una cría boba de quince años.

—¡Agustín! No te lo diré más veces: si sigues por ese mal camino, acabarás mal. Estáis divorciados; ella es libre y puede hacer lo que quiera. Puede tener novio, puede volver a casarse…

—¡También yo soy libre! —contesta él, golpeándose el pecho y echando chispas por los ojos.

—Sí, pero no para hacer daño deliberadamente. ¡No para cometer delitos!

Se hace entre ellos un silencio incómodo. Han alzado la voz tanto que el camarero, fingiendo estar ajeno a la conversación, seca los vasos mientras lanza alguna que otra miradita torva de soslayo.

Agustín saca el pañuelo del bolsillo, se lo lleva a los ojos y se los enjuga con violencia. Luego se limpia los mocos. Le tiemblan los labios, por mucho que trate de disimularlo.

—Esto es muy duro, Ángel —dice con voz apagada, entre resoplidos—. ¡No sabes qué duro es todo esto para mí! Tengo cincuenta años cumplidos… ¡Si hubiera sido antes!

Su amigo le pone la mano en el hombro y le dice consoladoramente:

—Si hubiera sido antes, seguro que habría sido peor. Ahora tus hijas son mayores: una tiene dieciséis años y la otra veintiuno; imagínate si les hubiera cogido con tres y siete.

Él asiente con movimientos de su cabeza, que está ladeada en claro ademán de escucha.

—Sí, tienes razón —replica—, pero, aun así, a mi hija Marta le está costando mucho…

—Naturalmente, porque es la pequeña.

—Y a mí, Ángel. ¡No sabes lo que estoy pasando!