DOS

A las diez y media de la noche de aquel 22 de junio todavía no ha anochecido del todo, aunque hace ya rato que el sol se ha puesto por detrás de la parte más alta de la ciudad vieja de Cáceres. Un taxi recorre la vía de circunvalación por el norte y vira en una rotonda para adentrarse en el casco urbano. Sentada en el asiento trasero va una mujer madura, de natural buen porte, a pesar de que, aunque parezca extraño, viste un holgado y típico mono de trabajo azul y calza unas chanclas pobres que también le quedan demasiado grandes. Como se habrá vislumbrado, es aquella a quien hace más de tres horas dejaron nadando desnuda junto a otro hombre en el pantano, en medio de un agreste y solitario paraje. Ahora regresa a su casa sola, en taxi, con evidente consternación en su semblante y un ligero resto de rímel corrido bajo el ojo izquierdo, prueba de alguna lágrima vertida.

Cuando el taxi se detiene en un semáforo, ella levanta su mirada hacia la altura de las torres y los campanarios repletos de cigüeñas: una visión fascinadora, con la majestad divina de aquellas siluetas de ensueño, entre sombras y luces, bajo la túnica violácea del ocaso. Luego echa una ojeada a los edificios más cercanos, las tiendas, los restaurantes, las ventanas, los balcones, las fachadas… Ese primer día del verano todo está teñido de un cierto encanto, en la luminosidad tenue y la atmósfera cálida. La mujer lo aprecia, no obstante su fastidio, y hace un gran esfuerzo para serenarse, dejando que su mirada descanse contemplando blandamente la gente que pasa, los niños, las primeras farolas que se encienden, las copas de los árboles y los callejones que se cruzan entre sí. Suspira con cierto aire de conformidad, e incluso se dibuja en la comisura de sus labios un amago de sonrisa extraña.

Girando el volante hacia la derecha, pregunta el taxista:

—¿Por aquí, señora? ¿Aquí me dijo usted? —Detiene el vehículo al principio de una calle céntrica.

—Sí, ahí es. Justo ahí enfrente, cruzando la calle.

Ella abre la puerta y hace ademán de salir, pero inmediatamente se vuelve:

—Deme su tarjeta, con el número de su teléfono —le dice al taxista—. Mañana haré como hemos quedado: le llamaré e iré a pagarle el importe del viaje. Aunque, si lo prefiere, puede esperar a que suba a mi casa a por el dinero… Ya sabe que no llevo nada encima…

—¡Oh, no! ¡Por favor, señora! ¡Faltaría más! Ande, suba a su casa, que estarán preocupados… Además, hay aquí mucho tráfico. Y no hace falta que sea mañana mismo; cuando usted quiera, señora, cuando pueda… ¡Cómo no me voy a fiar! Tratándose de usted… Ya se lo he dicho: ¡no sabe cómo la admira mi mujer! Bueno, ¡y yo! ¡No sabe cómo se la admira en casa! Encantado de poder hacerle este favor y lo que sea preciso, señora…

—Gracias, muchas gracias. Mañana sin falta iré a pagarle. No me gusta dejar estas cosas, que se olvidan…

Ella cruza la calle deprisa, lanzando ojeadas a un lado y otro, consciente de que su atuendo resulta del todo estrafalario. La casa es una vivienda unifamiliar, con una fachada sobria, elegante; cuatro balcones en el piso alto y una puerta flanqueada por ventanas. Como no tiene la llave, no le queda más remedio que llamar al timbre del telefonillo. Nadie contesta; se impacienta e insiste una y otra vez, sin dejar de mirar hacia los lados.

—¿Quién es? —responde al fin metálicamente una voz femenina.

—¡Abre, corre, abre, que soy yo!

—¿Quién?

—¡Mamá!

—¡Ah, mamá!

Un instante después, se abre la puerta y aparece una chica adolescente, de unos dieciséis años:

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! —exclama—. ¡Ha venido la policía!

—Vamos, vamos adentro, hija.

—Pero… ¡Mamá! ¿Por qué llevas ese mono horrible? ¡Mamá, por favor, ¿qué ha pasado?!

—Entra, entra, que ya te contaré…

* * *

Hacia la medianoche, la mujer ya se ha duchado, ha cenado y, vestida con una bata ligera, está mirando por la ventana de la cocina de su casa, que se abre sobre los tejados de los extremos del barrio viejo. Clava los ojos en la oscuridad con un vago desasosiego, como si estuviera requiriendo de ella ayuda para poner en orden sus pensamientos. Es una mujer atractiva, cuya belleza acentúa el pelo corto, muy negro y brillante, que deja libre un cuello esbelto y una clavícula delicada, perfecta. Incluso aquella bata simple, casi blanca, le aporta un aire de distinción, no obstante el cansancio, la confusión y el halo de disgusto después de lo sucedido esa tarde.

Su hija está sentada junto a la mesa de la cocina. Ha estado llorando hasta hace un instante, pero ahora se ha calmado y únicamente refunfuña:

—No me lo puedo creer, mamá… ¡Imposible!

—Qué sí, Marta, créeme. ¿Cómo me voy a inventar algo así? Parece cosa de película, pero es verdad: tu padre nos dejó allí, en mitad del campo, sin coche, sin ropa, sin teléfono y sin dinero. Tuvimos que ir caminando descalzos cinco kilómetros, hasta Valdecañas del Tajo, y pedir auxilio en un bar… ¡Qué vergüenza! En mi vida, Marta, he pasado una vergüenza así… ¡Creí que me moría!

La muchacha mira a su madre desde un abismo de confusión y tristeza. Es morena, muy guapa; los ojos almendrados, grandes y sinceros; el pelo castaño oscuro, la nariz bien dibujada y una expresión de desvalimiento que da pena.

—Me parece una cosa horrible —dice, rascándose la cabeza—. Es que me cuesta creer que papá pueda hacer una cosa así. ¿Se ha vuelto loco?

—Eso parece, hija, loco de remate. A mí también me cuesta creerlo, pero no me cabe la menor duda de que fue él.

Marta, al oírle decir eso, levanta hacia su madre unos ojos iluminados por una incipiente esperanza.

—A ver si no ha sido papá… ¿Y si ha sido un ladrón? —aventura.

La madre la mira y menea la cabeza.

—¿Un ladrón? ¡Vamos, Marta! ¡Ha sido tu padre! —contesta con desdén.

—Pero… ¿tú le viste? Mamá, ¿le viste?

—No, no le vi. Ya te he contado como fue: estábamos nadando, muy adentro del pantano, y no nos dimos cuenta hasta que a Alberto le dio por volverse y vio que el coche iba ya lejos, por la cuesta arriba a toda velocidad…

—¿Y Alberto vio que era papá?

—No, solo vio el coche, como yo. Había demasiada distancia.

—Pues no era papá… —asegura Marta, con un suspiro de alivio y sonriendo—. No seas malpensada, mamá, que ha sido un ladrón. ¡Seguro que fue un ladrón!

—Marta, hija, ¡qué ingenua eres! Ha sido tu padre, con el único fin de hacerme daño. Él sabía que Alberto iba a venir el fin de semana y que iríamos a comer a Trujillo. ¿No te das cuenta? Cogió un taxi, nos estuvo siguiendo de lejos, para que no nos diéramos cuenta, y cuando vio que íbamos hacia Valdecañas del Tajo… En fin, Marta, que no quiero darte detalles, que eres pequeña aún para tener que saber todo esto…

Se produce un silencio raro, en el que madre e hija se miran. Luego Marta baja la cabeza, fija sus ojos en la mesa y pregunta:

—¿Y para qué ha venido la policía entonces si papá no vive aquí?

—Pues para investigar. Seguramente, para ver si yo había llegado ya. Pero ya he llamado para decir que estoy en casa y que sigo adelante con la denuncia.

—¿Le has denunciado? ¿Has denunciado a papá? ¡Mamá!

—He hecho lo que se debe hacer, Marta.

Se hace un silencio incómodo.

—¿Y estabais bañándoos desnudos? ¿Alberto y tú? —pregunta la muchacha, tímidamente, con un hilo de voz.

—¡Marta, que no te voy a dar detalles! Vámonos a dormir… Ha sido un día horrible…