Contador, el sexto español en París

Después del pionero Bahamontes, del inconformista Ocaña, del anárquico Delgado, del perfecto Indurain y del sorprendente Pereiro, llegó el prometedor Alberto Contador, el español que ha ganado el Tour con menos años, el hombre que alegró con sus «hachazos» las soleadas tardes del mes de julio. La despedida forzosa de Michael Rasmussen lo elevó al escalón más alto del podio en los Campos Elíseos de París. Su primer Tour.

El espíritu de Contador. Tal vez eso fue el detalle más importante de un Tour de Francia jalonado de escándalos. El espíritu del ganador. Un chico joven, madrileño, escalador, vestido de blanco con el maillot de las promesas, en el equipo de Lance Armstrong.

El Peyresourde, la cima en calma, laderas suaves, verdes, soleadas; el asfalto fino, bien cuidado. Una de las montañas míticas, del círculo de la Muerte. De aquellas en las que los osos campaban a sus anchas durante las décadas heroicas del Tour. El Tourmalet, el Aubisque, el Aspin y, por fin, Peyresourde. «En la montaña, el ciclista está entregado a sí mismo y toma conciencia de su terrible soledad», dejó escrito Henri Desgrange, el inventor de la épica ciclista.

En el Peyresourde dejó su huella Contador. Delgado, moreno, de rostro afilado, con su eterna cicatriz en la cabeza, el recuerdo de su pelea con la muerte. El aspecto arquetípico del escalador racial de los tiempos del hambre, aunque él sea representante de una generación de ganadores. Moderno, sin complejos, decidido, con las ideas claras. Los deportistas españoles de comienzos del siglo XXI ya no tienen que llenar la maleta de guantes de piel de cabritilla para vendérselos a sus colegas y sacarse un sobresueldo. Ya no van a la aventura.

Contador, el ciclista de la escuela de Manolo Saiz, retirado por la operación Puerto a sus negocios de hostelería en Torrelavega. En el Peyresourde, con Johan Bruyneel, la mano derecha de Armstrong, el ciclista que nunca existió, sentado en un coche del Discovery Channel, el último Tour del equipo estadounidense. La pelea por delante solo busca el triunfo de etapa. Vinokourov, un día después en desgracia por su positivo; Zubeldia, arropado por sus incondicionales vestidos de naranja, Juanjo Cobo, Arroyo. Detrás, la esencia del Tour. Rasmussen, líder; Contador, segundo. Los últimos kilómetros de la ascensión, una marea de espectadores entregados a la causa del ciclismo, la carretera en zigzag.

Y el chispazo eléctrico. Contador, que el día anterior ganaba en Plateau de Beille, se levanta del sillín, acelera. Tiene una pedalada alegre, suelta, cada vez que sube una montaña. Es como un vendaval. Mientras los espectadores aúllan de emoción y a Perico Delgado, en la televisión, se le escapa un grito de nostalgia, abre un pequeño hueco con Rasmussen, el danés que dos días después tendrá que dejar el Tour por mentiroso.

La distancia se acorta. Rasmussen resopla y descansa. Solo un segundo. Contador otra vez se ha puesto a la batalla, de nuevo acelera. Esta vez parece que sí abrirá hueco. Por delante le espera Hincapie, el neoyorquino, lugarteniente fiel de Armstrong, para montar la escabechina. Su rival lo sabe, se exprime, conecta con las últimas fuerzas que le quedan. ¿Las últimas? Aún tiene reservas. Tal vez no en las piernas. En la cabeza. Está empeñado en que nadie le arrebate el Tour y allí, en los últimos kilómetros del Peyresourde, a punto de conectar con el acceso al Valle del Louron, Contador lo intenta una y otra vez. Cinco ataques secos, cinco respuestas acertadas. El momento más emocionante del Tour 2007. «No he venido al Tour a conformarme con lo que tengo».

Contador acabará ganando. Apenas un día más tarde de la emocionante exhibición del Peyresourde, el Rabobank expulsa a Rasmussen. Le acusan de haber mentido. Levanta la liebre un exciclista, Davide Cassani. Comenta por la RAI las virtudes del danés, de sus series de velocidad en los Dolomitas, unas semanas antes. Un men in black, entrenándose en Italia cuando decía estar en México. El hotel Mercure de Pau se convierte en un volcán que estalla por la noche. El ciclista se va porque la policía llega. Tal vez para evitar espectáculos como el de Moreni, esposado, o el de los ayudantes de Vinokourov, retenidos en una comisaría. Para salvarse de escándalos como el de Sinkewitz, que provocó la retirada de la televisión alemana, una convulsión para los organizadores.

En la salida del día siguiente en el Parc Beaumont de Pau, una mañana de resaca, Contador era el protagonista, aunque aún no vestía de amarillo. Se puso el jersey de líder al final de aquella jornada de nervios. Quedaban tres días y lo mantuvo hasta París.

Pese a la contrarreloj de Angulema, cincuenta y cinco kilómetros y el acoso de Leipheimer, su compañero de equipo y, sobre todo, del australiano Cadel Evans, que soñaba con la proeza. Pero como en el Peyresourde, Contador apretó los dientes. Le sobraron veintitrés segundos para ganar el Tour de Francia. Cuando terminó todo, abrió la ventanilla trasera de la caravana en la que se cambian los campeones, asomó la cabeza y sonrió.