Fignon, joven y despreocupado

Laurent Fignon era joven y despreocupado, como el título de su autobiografía, que apareció pocos días antes de que los médicos descubrieran que padecía cáncer. Por eso, a pesar de que estaba a sus puertas, la muerte no le preocupó demasiado. «No me lamentaré mucho si no puedo ganar esta batalla. He tenido una vida hermosa.»

En julio de 2010, Fignon, apenas sin voz, comentó su último Tour para France 2. «Un tumor me presiona una cuerda vocal. Por eso se me oye así. Espero curarme y que vuelva la voz», comentó. Parecía tener buen aspecto, pero solo era una impresión. El año anterior sufrió para presentarse cada día ante los televidentes. Aprovechaba los días de descanso para someterse a duras sesiones de quimioterapia. En su última aparición ya no tenía que plegarse a la disciplina de la medicación. La enfermedad se le había extendido. Sabía que podía ser su último Tour, así que decidió no perdérselo. Era su carrera, la que le encumbró. En 1983, cuando era casi un desconocido con aspecto de intelectual por sus gafitas redondas y su melena rubia —le llamaban el profesor—, ganó por primera vez la ronda francesa y se convirtió en un ídolo para la afición de su país. Fue un triunfo sorprendente para una afición ciclista conmocionada por el abandono de Pascal Simon después de seis días de sufrimiento con la clavícula rota.

Bernard Hinault no corrió aquel Tour. La rodilla no le respondía después de los esfuerzos para ganar la Vuelta a España en la que Fignon había sido su gran colaborador para desbancar a Julián Gorospe en la sierra de Ávila.

Mostró ya su espíritu indómito y lo refrendó un año después cuando distanció en Alpe d’Huez a Bernard Hinault, el representante de la generación anterior para ganar su segundo Tour.

Después, su trayectoria se torció. Nunca volvería a ganar la mejor carrera del mundo aunque consiguió vencer en el Giro de Italia. Las lesiones, las caídas y una sanción por consumo de anfetaminas lo impidieron. Y esos ocho segundos de los Campos Elíseos, en 1989, el año en el que el Tour se jugó en la lucha contra el cronómetro, que comenzó con el tiempo perdido por Pedro Delgado al llegar tarde al podio de salidas en la prólogo de Luxemburgo y acabó con la dramática e inútil pelea de Laurent Fignon para recuperar la desventaja con Greg Lemond, exultante y sorprendido a partes iguales en la línea de meta.

Fue el día más negro de Fignon y del ciclismo francés en las últimas décadas. La contrarreloj entre Versalles y París parecía un trámite sin valor. Lemond estaba a cincuenta segundos en la general. Solo veinticuatro kilómetros para la victoria, pero los tiempos parciales no mentían. A diez kilómetros para la llegada, la ventaja del estadounidense era ya de veinticuatro segundos. Las máquinas de escribir —aún no se veían ordenadores portátiles en la sala de prensa del Tour— dejaron de atronar. Muchos periodistas supieron que tendrían que tirar a la papelera muchos folios que ya tenían escritos.

Cuando Fignon entró en los Campos Elíseos, la distancia era ya imposible para él. Lemond, rodeado de periodistas, comenzaba a creérselo. Fignon perdió su última oportunidad. Apenas unas horas antes había comenzado a convertirse en un personaje antipático para los aficionados españoles, cuando a la salida del TGV que le había llevado a París, escupió a la cámara de Televisión Española, que pretendía filmarle. «Ese Tour no me quita el sueño, pero me persigue. Siempre hay alguien que me lo recuerda». Fignon era así, todo un carácter. «Un adversario honesto y combativo», según Hinault; «un ciclista de leyenda», como recordaba Lance Armstrong. «El inconformista»», que decía Pedro Delgado. Como muchos ciclistas de su generación, jugueteó con las sustancias estimulantes para mejorar su rendimiento. Aún no se habían puesto de moda las transfusiones sanguíneas, ni se conocía la EPO. Usaba anfetaminas y también corticoides, como confesaba en su libro autobiográfico. «Lo que tomaba les parece ahora ridículo a los médicos», decía. «No hay ninguna relación entre el dopaje y mi enfermedad».

Se retiró del ciclismo en 1993, después de dejar una última frase que pasó a la historia del Tour, cuando Miguel Indurain le dobló en la contrarreloj de Luxemburgo después de haber partido seis minutos más tarde: «He visto pasar un cohete». Fignon, que después organizó carreras y se dedicó a comentarlas en los medios de comunicación, era un hombre de frases rotundas: «No tengo ganas de morirme, pero no tengo miedo. No soy valiente ni miedoso. Ni tampoco, en absoluto, religioso. He sido joven y despreocupado, y ha sido maravilloso. Por eso no tengo miedo a morir».

No se lamentó nunca. El día de la penúltima etapa de su último Tour antes de morir, la misma jornada en la que Carlos Sastre dijo aquello de que «estamos haciendo del ciclismo una patraña de niñatos», Fignon, que en sus tiempos nunca se plegó al fair play, y atacaba hasta en los avituallamientos, vivió uno de sus últimos días de gloria, rodeado de sus excompañeros. En el restaurante de la cima del Tourmalet se fotografió sonriendo con Miguel Indurain, con Laurent Jalabert, con Sean Kelly o con Bernard Hinault.

Al día siguiente se despidió de la audiencia de France 2 y le dio las gracias. Unas semanas más tarde, toda la Francia ciclista lloraba su muerte. «Ha dado al mundo entero una brillante lección de dignidad, coraje y humanidad», dijo Nicolas Sarkozy.